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jueves, 6 de abril de 2017

Corona de Amenofis: Arquitectura Oculta - Episodio 5.


LA TIERRA DEL PUNT. AÑO 1.331 A.C.

Hasta hace pocos meses atrás, Neferneferuaten había sido la ama y señora de las Dos Tierras; ahora, ella era apenas una criatura famélica vagando por campos y sembradíos, marchando hacia ninguna parte. ¿Cómo es que la fortuna había cambiado tanto? Había intentado congraciarse con los sacerdotes de Amón para gobernar a las Dos Tierras, y los sacerdotes de Amón la habían traicionado, y elegido a un faraón más manejable, apenas un niño, a Tutankatón. Apenas lo habían elegido, éste había cambiado de nombre para congraciarse con los faraones, y había pasado a llamarse Tutankamón. Neferneferuaten apenas había podido escapar. Ahora, era una mujer sin patria, sin poder, casi enloquecida por el sufrimiento, y cargando a su bebé recién nacida en brazos. Una bebé que era un peligro, que era perseguida como la peste, porque la había concebido seduciendo al niño Tutankatón, y por lo tanto, era posible candidata al trono de las Dos Tierras. Una bebé llamada Ayesha…

Neferneferuaten se dejó caer en el suelo, a la sombra de un árbol, completamente devastada. ¿Qué hacer, hacia dónde ir? ¿En qué lugar podría encontrar refugio ella, la Agraciada, la Hermosa, pobre de ella? Y gimió, gimió, gimió…

Mendigando un poco aquí y un poco allá, incluso dedicándose al poco honorable ejercicio de la prostitución, consiguió avanzar hacia las montañas al sur del Punt. Y allí, su desesperación alcanzó al máximo. No parecían existir almas vivientes. No habían construcciones. No había quien le diera mendicidad ni amparo. Ella y su hija estaban ahora condenadas a muerte.

De pronto, encontró un pozo. No era un pozo con borde ni balde, pero era un agujero en vertical, y al fondo se veía claramente un poquito de agua. Era claramente un pozo, aunque a saber quién lo había construido. A punto de colapsar, rendida por completo, Neferneferuaten se asomó por el borde, vio el agua clara y cristalina en el fondo del pozo, y…

...lo que había en el fondo del pozo no era agua clara ni cristalina. Era algo que se le parecía, sin lugar a dudas, pero era algo gelatinoso, suave, viscoso. Y de pronto, antes de darse cuenta, esa cosa en el fondo del pozo arrojó algo que podría ser descrito de manera muy imprecisa como un tentáculo de agua, y tanto Neferneferuaten como su hija se vieron irremisiblemente atrapadas.

Este episodio se titula: “Corona de Amenofis es parte del plan”.

Braulio salió de su escondite, pistola en mano, y no se cortó en disparar la mayor cantidad de tiros que pudo. Carmiel e Irina cayeron rápidamente abatidos.

Al oir los tiros, Irjiel levantó la mirada. Annabelle estaba demasiado concentrada en el ritual, y no pareció darse cuenta. Irjiel revisó los archivos de texto en su laptop para asegurarse que nada se saldría de control si abandonaba el ritual en ese minuto, y se levantó, sacando su propia arma, listo para disparar contra cualquiera que hubiera hecho algo al respecto.

OxxxOxOOOxOxxxO

Llacolén, ahora al borde del pánico, sólo atinó a ponerse las manos en los oídos, cerrando los ojos con la esperanza de que todo eso desapareciera. De pronto, sintió que alguien presionaba firmemente la mano contra su boca. Abrió los ojos, luchando por sacarse la mano de la boca y gritar por ayuda, cualquier ayuda, pero sin éxito; la otra persona era más fuerte.

La otra persona era una chica. Llacolén no podía saberlo, pero era la chica que había dado el soplo en la tarde, sobre la presencia de ella y Vicente en Corona de Amenofis. Ahora, la chica miraba a Llacolén, haciendo un gesto de silencio poniéndole el dedo índice en los labios. Llacolén, al ver que no parecía querer hacerle daño, se quedó quieta. La chica le quitó la mano de la boca. Llacolén se quedó esperando a ver qué sucedía.

– Llacolén… me llamo Yasna – dijo la recién llegada. Había un resto de jovialidad en su tono de voz, algo increíble dadas las circunstancias.

– ¿Qué está pasando? ¿Cómo sabes cómo me llamó?

– Un amigo me dio el soplo. Llacolén… necesito de tu ayuda. Tú eres la ingeniera en esto, ¿no? Explícame qué está pasando ahí.

– ¡No tengo idea! – dijo Llacolén. – Yo venía únicamente a denunciar las ruinas, y…

– Sí, lo sé. Dime… ¿qué hay adentro del agujero? ¿En las ruinas?

– Es como… un cuarto grande – dijo Llacolén, todavía muerta de miedo, pero no teniendo nada que perder si colaboraba un poquito con la recién llegada. – Como un salón antiguo, muy antiguo, como en esas películas con salones de trono… hay… hay… déjame recordar… un sol. Con un símbolo raro, es como un círculo y un triángulo, rojo con amarillo…

– ¿Un círculo amarillo con un borde rojo, y un triángulo también rojo que mira hacia arriba…?

– S… Sí… – respondió Llacolén, con incredulidad. – ¿Qué… significa…?

– No tengo idea. Pero me advirtieron que me iba a topar con ese símbolo varias veces – dijo Yasna. – Llacolén, necesitamos salvar esas ruinas porque son la gran posibilidad que tenemos, para averiguar lo que significa ese círculo, y saber si… lo que representa… está o no de nuestro lado.

– ¿De nuestro lado?

– Es largo de explicar. Por lo pronto, ¿tienes las fotos de las ruinas?

– ¿Las fotos? Yo… Un momento… ¿Cómo sabes que vine a tomar fotos?

– Eso también es largo de explicar. Llacolén, escúchame bien. Hay circunstancias por las que yo no puedo denunciar las ruinas, eso tienes que hacerlo tú. Tienes que salir corriendo de aquí, y…

– ¡Me van a disparar, Yasna! – dijo Llacolén, luchando por no descontrolarse para que no la oyeran.

– ¡Ya lo sé! Yo les voy a servir de distracción. Pero… así como está la cosa, puede que no salga viva de ésta, así es que, tienes que hacerme un favor. Es un favor realmente importante – dijo Yasna, y abriéndose la chaqueta, descubrió un papel escrito de mala manera. – Esto es una carta para alguien llamado Leoncio. Su padre se llama Adalberto, su hermana se llama Melinda. Se supone que van a comprar una casa en Corona de Amenofis, pero si detenemos la construcción, ellos no vendrán aquí. Y es indispensable que Leoncio esté en esto. Por favor, prométemelo, y te voy a ayudar a salir de aquí.

– ¡Pero, qué…!

– ¡Llacolén, por favor! – insistió Yasna. – Realmente te necesito en esto. Y… Llacolén… conoces el café Alamo Viejo, ¿no?

– Puedo… ubicarlo en Google Maps.

– Entonces, si salgo viva de esto, te veo mañana al mediodía allá, y te prometo que te voy a explicar todo. Si no… le llevas la carta a Leoncio. Muchas cosas dependen de esto, Llacolén.

Llacolén a su vez, sintiendo esperanza por primera vez en la noche más negra de su vida, asintió de manera apresurada.

– Bien – dijo Yasna. – Llacolén, a la cuenta de tres. Uno… dos…

OxxxOxOOOxOxxxO

Después de examinar la caótica situación, Klunn llegó a la conclusión de que lo mejor era dejar que Braulio volara las malditas ruinas precolombinas de una sola vez. El principal objetivo era que Corona de Amenofis se construyera. Si Annabelle no salía del agujero, tanto peor para ella. Annabelle era la fuerza motora tras la construcción de Corona de Amenofis y por tanto dejarla morir era arriesgar demasiado, pero por otra parte, había que asegurar la construcción a toda costa, algo que no ocurriría si estaban esas condenadas ruinas en el subsuelo del lugar.

En el subterráneo, Annabelle empezaba a sentir el flujo de energía en ella. Cápac Huari había sido arrastrado hasta el subterráneo mismo, atraído de manera irresistible por el ritual, y ahora su propia substancia fantasmagórica empezaba a disolverse. El frío del vacío eterno empezó a sacudirle. Annabelle empezaba a sentir el calor de una fuente energética invadiéndola con violencia.

En el exterior, Braulio trató de encender la carga de dinamita. Demasiado nervioso por una situación que hacía mucho se había escapado de todo control, no conseguía encender la mecha improvisada que le había colocado, para arrojarla al fondo del pozo. Desde el borde del fondo del segundo pozo, Irjiel podía ver a Braulio. Levantó el arma para disparar en su contra…

…y no lo logró. Klunn fue más rápido, y lanzó uno de sus tres pulsos biomagnéticos en contra de Irjiel. De inmediato, éstos surtieron su efecto natural, colapsando toda la estructura eléctrica del sistema nervioso de Irjiel, no hasta el punto de provocarle una arritmia y un paro cardiorrespiratorio, pero sí lo suficiente como para sumirlo en la inconsciencia. Irjiel cayó como un costal de peras al fondo del pozo. Annabelle no se dio cuenta, abstraída por completo en el ritual.

Yasna tomó unas cuantas piedras, y saliendo a la carrera de su escondite, las comenzó a arrojar en contra de Braulio, con una precisión realmente increíble. Mientras tanto, Llacolén se lanzó a una carrera desesperada para saltar la verja. Braulio, en el intertanto, había conseguido encender la dinamita, pero ante el apedreo de Yasna, corrió a refugiarse. Una vez logrado esto, arrojó la dinamita al interior del pozo, antes de que le estallara en las manos.

– Mierda – dijo Yasna, apretando la respiración. Miró a Braulio, y corrió a perderse.

La dinamita explotó en el interior de la cámara.

Interrumpido el ritual, Cápac Huari sintió cómo de pronto era libre. Estaba muy enfermo y debilitado, pero ahora podía alejarse de nuevo. Miró a su alrededor. Allí en donde había estado la habitación bajo tierra, ahora existían las tinieblas completas. Todo se había derrumbado. Echó un vistazo a los cuerpos. Ni Annabelle ni Irjiel manifestaban señales de vida; era imposible que hubieran sobrevivido, aplastados por el derrumbe de la habitación encima suyo, que los había sepultado en vida.

Braulio se dedicó a recorrer el lugar, pistola en mano, para buscar a la chica que había tenido el atrevimiento de apedrearle. Al no descubrirla, decidió terminar de completar la faena, sólo para estar seguro que las malditas ruinas desaparecían para siempre. De manera que buscó una carga de dinamita todavía más grande, en parte por el profesionalismo, y en parte como venganza por la pésima noche que le había tocado, y la arrojó al interior del pozo. Cualquier resto de ruinas que hubieran quedado, ahora sí que debían haber desaparecido para siempre.

Después de lo cual, Braulio salió caminando de manera algo maquinal. Se subió a la camioneta, y manejó unos cuantos cientos de metros, hasta arribar a la siguiente área urbana. Una vez allí, para calmarse, decidió encender un cigarrillo. Luego agarró su smartphone, y envió un whassap a Leandro: “Está hecho”. Luego de lo cual, con el cigarrillo colgando en la comisura del labio, dijo para sí:

– Aunque después de este desastre, no me va a volver a contratar nunca más el hij…

OxxxOxOOOxOxxxO

En la construcción, después de marcharse Braulio, Irina levantó la cabeza. No habiendo moros en la costa, respiró con dificultad. Se examinó las heridas: comenzaban a cicatrizar. Y dolían como demonio.

Miró el cuerpo tirado de Carmiel con pena. Lástima que Carmiel fuera un misseliano en vez de una devi como ella. Pero las devi eran siempre mujeres, por supuesto. Un par de días de descanso, e Irina estaría lista para volver al servicio. A sus jefes de Arquitectura Oculta les escondería la verdad. Era la única superviviente del cuarteto, y no se suponía que Arquitectura Oculta supiera que ella era una devi. Jadeando, respirando con dificultad por las heridas, Irina se subió a la camioneta del cuarteto.

Allí, Irina sacó su smartphone, e hizo una llamada telefónica.

Al otro lado del teléfono, en un huso horario diferente a Chile, escondida en lo profundo de Africa, se encontraba Ayesha. Apenas vio que la llamada provenía de Irina, contestó a su manera cortante. No era frecuente que alguien de rango medio como Irina tuviera acceso a alguien de cargo tan alto como Ayesha, pero a Irina no la habían plantado como doble agente en Arquitectura Oculta por nada.

– Ayesha, tengo noticias… malas noticias. Se trata de su madre, de Annabelle. Está muerta – reportó Irina. Y luego, como siguiera un pesado silencio a través de la línea, Irina siguió: – Hubo una operación de Arquitectura Oculta en Chile. Salió mal. Soy la única superviviente.

– Bien – dijo Ayesha. – Envíame los detalles en un reporte después.

– Sí, Ayesha – dijo Irina.

En Africa, al cortarse la comunicación, Ayesha se hundió en un mutismo sombrío. Neferneferuaten. Que se hacía llamar Annabelle en este siglo. Vieja loca. Loca y narcisista. Más de treinta y tres siglos le había tomado el morirse. Siempre con sus planes tontos, siempre tratando de ser más que su propia hija. Ayesha era mucho más aplomada, y había conseguido liderar a las devi por tiempos muy difíciles, incluyendo la llegada de los misselianos, mientras que Neferneferuaten había perdido el tiempo de modo miserable, yendo de aquí para allá y de allá para acá. Incluso sus nombres eran pretenciosos. Nefer, la bella en egipcio, ¿y cómo se había hecho llamar ahora? Annabelle, de Ana, o sea la Graciosa en hebreo, y Bella. Asco de vieja loca.

La indolencia era uno de los efectos colaterales de la casi inmortalidad que eran capaces de alcanzar las devi… y de los métodos que usaban para lograr ésta. De manera que Ayesha guardó de nuevo su smartphone, y siguió en los asuntos que la ocupaban en ese minuto.

OxxxOxOOOxOxxxO

Era casi el mediodía. En el café Alamo Viejo estaba Llacolén sentada frente a su laptop. En las redes sociales arreciaban las noticias acerca de una masacre que había sucedido en una construcción llamada Corona de Amenofis. Llacolén sostenía la carta que Yasna había escrito de manera apresurada. La había leído varias veces, pero no le encontraba sentido. Decía: “Leoncio. No sé cómo escribir esto sin que te espantes. Yo he leído Luz de Sotis. Hay una persona que puede entender lo que pasa contigo. Se llama Ludwica, y es la cantante de una banda que se llama Imperial Sunlight Assembly. Si no llegamos a conocernos, búscala. Sé que entre ambos descubrirán la verdad respecto de Corona de Amenofis, los misselianos, el Protocolo de Erradicación Humana, la ARCECh, y mucho más. Cree en ti mismo, porque el mundo es mucho más grande de lo que te imaginas. Parte por buscar mi carpa cerca de Corona de Amenofis, y allí tendrás más respuestas. Tu amiga, Yasna”.

Llacolén había gugleado Luz de Sotis. En efecto, había alguien que escribía una blogoserie llamada Luz de Sotis, que era una narrativa de ficción. ¿Eso, qué significaba?

– Hola – saludó Yasna. Llacolén levantó la mirada. Yasna añadió: – ¿Me puedo sentar?

Luego de que se hubiera sentado, Yasna le pidió a Llacolén si podía pagarle un café.

– Mira, yo no sé cómo decirte esto… Llacolén, yo soy… podríamos decir que soy una inmigrante ilegal. Así es que no tengo trabajo, me consigo la comida como mechera en los supermercados…

– Yasna… te pago el café, de acuerdo con eso, y te pago una baguette si quieres, pero… ¿me vas a explicar de una vez por todas, de qué se trata todo esto?

– Ya no sé de qué se trata todo esto, Llacolén. Todo iba a salir de acuerdo al plan… a un plan. Todo debía estar escrito… pero no. No estoy segura, no sé los detalles, pero parece que, de alguna manera, la Historia cambió. Quiero decir… no sé cómo te lo vas a tomar, pero… Llacolén… lo que tú llamas el presente, yo lo llamo Historia. Porque… yo vengo del futuro.

Próximo y último episodio de “Corona de Amenofis: Arquitectura Oculta”: “Bienvenidos a Corona de Amenofis”.

1 comentario:

murinus2009 dijo...

Finalmente se va aclarando la aparición en el argumento de personajes egipcios y del antiguo Imperio Inca.

Veo que Vicente no se salvo, hasta el momento, con lo que se acaba el posible triangulo amoroso entre el susodicho, Llacolén y el novio de esta.

Buena acción y manejo del suspenso Guillermo.

Divertido aquello de que Cápac Huari se "sintiera enfermo y debilitado"... siendo que es un fantasma.

Sorpresivo que Klunn tenga armas capaces de afectar el sistema nervioso de una persona... o al menos parece persona.

Aparece otro conocido mio de "Corona de Amenofis", al menos en mención: Leoncio, supongo que "Luz de Sotis", es su versión de "Melrose Place con marcianos".

Yasna resulto ser una viajera del tiempo, ¿será que aparece en "Corona de Amenofis"?

Se crea buen suspenso para los siguientes capitulos.

A esperar a Mayo de 2017.

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