miércoles, 8 de febrero de 2017

Infra Terra: Entronización - Episodio 3.


Después de quizás una o dos semanas, el tiempo sin Sol ni Luna era difícil de medir en el mundo subterráneo, la dupleta de científicos consiguió por fin descifrar el misterio de la luminiscencia de las paredes de las grutas. Bacterias quimiosintéticas, según Paulette Vignard, la bióloga de la expedición.

– ¿Qué… cosa…? – preguntó Wolfgang Spengler.

– Acá en el mundo subterráneo, las bacterias no pueden fotosintetizar luz solar, porque… no hay, ¿cierto? Pues bien, evolucionaron para alimentarse de los compuestos químicos de las paredes de roca. Hay ciertas vetas de mineral que son muy abundantes acá en el mundo subterráneo, minerales…

– Sulfuros – complementó Jerry Marshall.

– Bueno, el caso es que las bacterias engullen esos minerales por quimiosíntesis, y como resultado del proceso, se vuelven bioluminiscentes: irradian luz. Es una luz débil, y hace difícil la fotosíntesis a una escala como la de la superficie bajo la luz solar, lo que explica que hayan menos vegetales acá que sobre la superficie, pero… al menos tenemos luz.

Por supuesto, no era la única fuente de luz. También estaba un mineral de extraordinarias propiedades energéticas, que tenía una multiplicidad de usos en el mundo subterráneo. Debido a su extraordinario poder energético, Jerry Marshall lo había llamado teranergio, usando la palabra energía más el prefijo griego tera-, que usan los científicos para designar un billón. La luz artificial venía de lámparas alimentadas por teranergio. También se usaba para fabricar armas de rayos; los habitantes del mundo subterráneo conocían la tecnología para fundir metal y fabricar balas, pero dicho método era más caro. Existían plantas eléctricas, pero las mismas se usaban para alimentar factorías y otros centros que requirieran grandes cantidades de energía; para los usos domésticos, las cápsulas de teranergio, que cumplían la función de baterías, parecían ser suficientes.

A su vez, los habitantes del mundo subterráneo habían encontrado la manera de alimentar las bacterias con concentrados de rocas con sulfuros, y así conseguían más luz en lugares determinados. En edificios con habitaciones en donde hacían crecer vegetales, por ejemplo. Gracias a eso, tenían más vegetales de los que podrían obtener cultivándolos al aire libre. Incluso habían conseguido hacer crecer árboles de los cuales obtener madera, aunque la misma era un artículo de lujo, porque los árboles en sí seguían siendo bastante enanos. En cuanto al resto de la dieta, más allá del cultivo de vegetales… extraían productos cárneos principalmente de los peces que vivían en lagos y charcas del mundo subterráneo, el grueso de los cuales solían ser ciegos. Y el resto era una especie de musgo que podía ser cultivado hasta el punto de extraer verdaderos bloques de ladrillo de ellos; la pasta de musgo tenía una consistencia gelatinosa y tenía gusto a… bueno, a musgo, y era increíblemente insípida, pero al menos era abundante, y eso ayudaba a impedir que el mundo subterráneo se muriera literalmente de hambre.

– De todas maneras… el mundo subterráneo… por un lado, viven en condiciones que serían casi el Tercer Mundo en la superficie… pero aún así se las arreglan para tener tecnología muy avanzada: monorrieles, esas especies de pistolas de rayos… Si son capaces de sacarle tanto provecho a lo poco que tienen… no quiero imaginar lo que podrían llegar a hacer si consiguieran aprender demasiado de la tecnología en la superficie terrestre – dijo Wolfgang Spengler, y lo dijo con un escalofrío: él mismo les había estado enseñando las bases para entender la civilización de la superficie.

Este episodio se titula: “Cerca del ojo del huracán”.

– ¿Por qué ya no nos enseñáis como antes, señor Spengler? – preguntó la princesa Yaliana.

De manera que lo había notado. Wolfgang Spengler había comenzado a centrar sus lecciones cada vez más en el idioma, y cada vez menos en los detalles de la vida en la superficie. Miró a los restantes alumnos. Había cerca de una decena de ellos, incluyendo a algunos de los hermanos del príncipe Kriegsweltz. Inicialmente, la asistencia a las clases era obligatoria por mandato del Kaiser Lama, pero andando el tiempo, sólo el príncipe Kriegsweltz, la princesa Yaliana, su asistente Darma y otros dos o tres aristócratas y miembros de la familia real, se habían mantenido constantes. El resto se habían comportado como críos caprichosos, e iban y venían de las clases según se les antojara. Ahora que Wolfgang Spengler había decidido retrasar el ritmo de enseñanza, esto era una bendición: siempre podía volver más lentas las clases con el pretexto de explicarle a los rezagados.

– No… entiendo qué queréis decir, princesa – dijo Wolfgang Spengler, turbado.

– ¡Vamos! ¡Habladnos más de las ciudades en la superficie, de los aviones, de los… los…! ¿Satélites artificiales? Habladnos de esas cosas.

– No quiero ilusionaros, princesa, hablándoos de un mundo que quizás nunca veréis, porque…

– ¡Oh, no os preocupéis por eso! – dijo la princesa Yaliana. – Cuando mi prometido sea mi esposo, y cuando mi esposo sea el Kaiser Lama, de seguro para esas fechas ya habrán relaciones diplomáticas con el mundo exterior, y podremos hacer una gira a la luz del Sol. ¿Seguro que sí?

– No hay nada en el mundo exterior que pueda importarnos – dijo el príncipe Kriegsweltz, hostil. – El mundo exterior tiene más luz, pero nosotros nos hemos adaptado a la vida acá abajo. El mundo exterior tiene más trastos, pero para qué los usan. Para el sibaritismo.

El príncipe Kriegsweltz se levantó del sillón en donde estaba sentado, y avanzó de manera amenazadora hacia Wolfgang Spengler.

– Digas lo que digas, plebeyo, al final hay una sola verdad que prevalece. En tu mundo, tu gente ama sus casas, sus automóviles, sus vacaciones, su música favorita, su… Disneywelt o como se llame… todo lo que es suyo y nada más. Acá abajo puede que no tengamos tantas de esas cosas, pero a cambio, nosotros amamos a nuestro país, a nuestro mundo y a nuestro Kaiser Lama.

Y con el rostro descompuesto, pero con la dignidad suprema que corresponde a un príncipe, el príncipe Kriegsweltz se retiró de la clase, dejando a todo el mundo congelado en su sitio.

Pasaron las horas. Quizás había alguna clase de conexión entre el mundo exterior y el interior, porque las bacterias quimiosintéticas aumentaban y disminuían su luminosidad en ciclos casi circadianos; de todas maneras, no era suficiente como para hablar de día y noche, por lo que la vida era muy similar a cómo debían ser seis meses seguidos de Sol más allá del círculo polar de la superficie. Wolfgang Spengler estaba en su habitación, tirado en la cama, tratando de dormir un poco, y sin conseguirlo, cuando de pronto sintió golpes suaves en la puerta. Acudió a abrir.

Era Darma. A diferencia de otras ocasiones, parecía agitada, y miraba en todas direcciones. Pero no parecía haber nadie mirando. Wolfgang Spengler la hizo pasar, y la invitó a tomar asiento en un sillón.

– Wolfgang… – dijo ella, y cuando empezó a tratar de buscar las palabras adecuadas, sus ojos se humedecieron. – Mi señora me envía con una misión. Un mensaje. Yo…

– Decidme, decidme sin temor – dijo Wolfgang Spengler, intentando tranquilizarla.

– Wolfgang… debéis tratar de ayudarla… ayudarnos. Yo… – dijo Darma. Era raro que luciera tan perturbada; Darma tenía un carácter amable y gentil, pero de todas maneras seguía siendo una aristócrata, y se suponía que mantuviera un perfecto dominio de sí misma, para sobrevivir entre las intrigas palaciegas propias de cualquier corte.

– Darma… Mi señora… El extranjero en tierra extranjera soy yo… bien, vos también lo sois, vos y vuestra señora la princesa Yaliana vienen del país de Malkava, pero… yo vengo de la superficie terrestre. Y además soy un plebeyo, y un prisionero de palacio desde… el incidente ése. Soy yo quien debería tener miedo, no vos… – dijo Wolfgang Spengler, y como sus palabras no parecían surtir efecto, añadió, sopesando muy bien sus palabras. – No puedo confortaros más porque vos tenéis un rango que yo jamás podré alcanzar, por mucho que así lo quisiera.

Ambos se miraron mutuamente, por primera vez de manera abierta, ya no como la dama aristócrata y el plebeyo profesor, sino como seres humanos. Entre ambos estaban los libros que habían leído, las investigaciones que habían hecho, las cosas que se habían enseñado mutuamente de sus respectivos mundos, y los comentarios más o menos livianos que sobre tales cuestiones se habían permitido. Ahora, eran cómplices intelectuales, de eso qué duda cabía. Pero… Wolfgang Spengler apartó la mirada. Darma seguía estando irremisiblemente por encima de su nivel.

– Mi ama os pide que la ayudéis a ir al mundo exterior.

– ¡Estáis loca! – saltó Wolfgang Spengler, y luego, dándose cuenta de la enorme falta de protocolo que había cometido con una imprecación tan insolente, hizo algunos gestos estúpidos con las manos y algunas muecas idiotas con el rostro, intentando disculparse. – Yo… no puedo hacer eso. Yo soy un plebeyo. No conozco nada del mundo inferior más allá de Kriegsburg. Y además soy un prisionero del palacio, junto con toda la gente de mi expedición. Y vuestra señora, la princesa Yaliana es… es la prometida del más poderoso príncipe de toda la civilización subterránea. ¿Qué creéis que sucederá si es que yo intento llevármela conmigo? Nos cazarán con todos los recursos del mundo subterráneo. Si ella tiene suerte, la perdonarán. Y yo… yo me puedo dar por muerto. Y además, ¿qué ocurriría con la misión de la que formo parte? Fracasaría de manera absoluta en su objetivo de conseguir una alianza entre la OTAN y el Kaiser Lama, si es que no ocurre algo peor.

– Mi ama no es feliz – dijo Darma. – ¡Oh, por supuesto que debe parecerlo! Debe parecer siempre en control de la situación, claro. Pero… ella está amarrada a un futuro matrimonio de convivencia con el príncipe Kriegsweltz, uno que cierre décadas de hostilidades entre Freilande y Malkava, pero… habéis visto al príncipe. Es malcriado, petulante, y… además…

– ¿Además…?

– Vos lo habéis notado. El príncipe está prendado de mí – dijo Darma. – Quiere que yo sea su amante.

Un aguijonazo caliente se clavó en el corazón de Wolfgang Spengler. Algo había notado, en efecto, pero prefería no pensar en ello.

– Quizás deberíais aceptar – dijo Wolfgang Spengler. – Si vos aceptáis…

Darma se paró como un resorte, caminó recta hacia Wolfgang Spengler, y cuando éste intentó pararse, sin saber qué hacer, recibió una severa bofetada por parte de ella. Los ojos de Darma ahora estaban al borde de las lágrimas. No se veían en esos ojos las pupilas de una aristócrata, sino las de una mujer.

Wolfgang Spengler encajó la bofetada de la manera más graciosa que pudo, y habló:

– Lejos de mí, querer deciros qué debéis hacer o no con vuestra vida, y si os he ofendido, por favor, perdonadme. De todo corazón os suplico que me perdonéis. Lo único que quiero decir… es que… si vos aceptáis… Estaréis en posición de… influir en el mismísimo príncipe. ¿Acaso él no va a ser el Kaiser Lama, algún día? ¿Acaso no sois vosotras las mejores amigas, la princesa Yaliana y vos? Sería por los mejores intereses de Malkava, y también por vuestra seguridad.

Darma bajó la cabeza. Retrocedió un par de pasos, y se dio la vuelta, dándole ahora la espalda a Wolfgang Spengler.

– Si lo que os ruegue un miserable plebeyo como yo pueda tener alguna cabida en vuestro gentil corazón, mi dama, os quiero pedir… – dijo Wolfgang Spengler, e hizo una pausa para elegir las mejores palabras posibles. Luego, un poco a tropezones mientras elegía cuidadosamente qué decir, añadió: – Por favor, no volváis a acercaros así a mí, ni siquiera para abofetearme. Como volváis a hacer eso, un riesgo más grande corréis, porque vuestras atenciones y delicadezas han hecho que os ganéis mi afecto sincero, y no quiero que tales afectos me lleven algún día a faltaros de manera irreparable en vuestra modestia, la modestia que os debo, siendo vos alguien que está por encima de lo que me cabe aspirar.

Darma se vio la media vuelta, y estuvo a punto de replicarle a Wolfgang Spengler. Pero vaciló por un instante, se contuvo, y luego, asumiendo una máscara y adoptando un tono de frialdad glacial, dijo:

– Mi ama también os tiene un afecto sincero y profundo, señor Spengler. Ni yo le comentaré aquello que acabáis de decirme, ni vos tampoco deberíais hacerlo – dijo Darma.

Wolfgang Spengler tragó saliva.

– Vacilaba en deciros esto – dijo Darma, con el mismo tono diplomático que había adoptado. – Esto es el palacio. Aquí, como en cualquier palacio, nunca se puede confiar plenamente en una persona u otra. Pero quizás, dadas las circunstancias, deberíais saberlo.

Ahora fue Darma quien hizo una pausa, para elegir mejor las palabras. Luego, habló:

– Por supuesto, no cabe que sea de otra manera, el príncipe Kriegsweltz y mi señora conversan, no sólo de romance y cosas tontas, sino también de asuntos de palacio. El príncipe Kriegsweltz no habla sino cosas vagas sobre sus planes: quizás sería bueno esto, quizás sería bueno esto otro… Pero mi señora es hábil y sabe leer entre líneas. El príncipe no quiere estar a la sombra de su padre, tiene sus propios planes, y en ellos no parecen estar incluidos ni vos ni los miembros de la expedición de la OTAN, de la que vos sois parte. Pensadlo bien por un minuto, señor Spengler. Vosotros sois prisioneros porque uno de vosotros enloqueció y empezó a disparar. ¿Quién dice que eso no fue parte de un intento frustrado por dar un golpe de estado, de capturar con un pequeño piquete militar nada menos que al mismísimo Kaiser Lama, así como decís que lo hicieron con… con… con Ataúlfo los españoles?

– Atahualpa – corrigió Wolfgang Spengler, con suavidad. – Los españoles capturaron a Atahualpa. Pero… no sé… no creo… Es una misión diplomática, al menos hasta donde yo sé, y…

– ¿Vos sabéis eso? ¿O eso es acaso lo que os han dicho? – preguntó Darma. – Vos sois un civil, no se supone que sepáis más de lo que os digan. Vuestra expedición no os necesita para hacer planes porque no necesitan un traductor para hablar entre ellos. Y… ¡no protestéis! No pongáis ese gesto. Yo os creo. Vos tenéis un corazón sincero, señor Spengler, a veces sois demasiado ingenuo, eso puedo verlo, pero no importa si eso es cierto o no. Sólo importa que se vea de esa manera. Así es que… basta un incidente, un incidente cualquiera más, uno aislado, que remate en disparos o algo así, y entonces… todos los miembros de la expedición de la que vos sois parte acabarán en las mazmorras, o algo peor.

Wolfgang Spengler sudó frío. Un incidente cualquiera podía ser el resultado de algún expedicionario haciendo algo muy estúpido, por supuesto. Pero también podía ser el resultado de lo hecho por algún agente del príncipe Kriegsweltz, provocando un incidente de bandera falsa.

– Si eso llega a suceder, y queréis escapar con vida de Kriegsburg y Freilande, señor Spengler, entonces quizás no deberíais ser tan desdeñoso con la oferta de mi señora – dijo Darma. Y luego, abandonando el modo señorial y bajando un poco el tono de voz, añadió: – Nuestra oferta.

– Sabéis que todo lo que acabáis de decirme, tengo que reportarlo a la gente de mi expedición, ¿verdad? – dijo Wolfgang Spengler, a la defensiva.

– Si lo reportáis, reportadlo pero no me digáis ni a mí ni a nadie que lo haréis – dijo Darma, imperiosa otra vez. – Esto es un palacio. Nunca dejéis que los demás conozcan vuestras intenciones o planes, y menos aún, los digáis vos. Esa lealtad mal entendida sólo os llevará a la ruina, señor Spengler.

Wolfgang Spengler asintió.

– Os deseo el mayor de los bienes, señor Spengler – dijo Darma, con la voz algo trémula. Luego de lo cual, caminó hacia la puerta. Wolfgang Spengler intentó caminar hacia la manilla para abrirla y así obrar como un caballero, pero Darma fue más rápida, hizo el trabajo por sí misma, y salió de la habitación. Wolfgang Spengler se quedó solitario, rumiando sus pensamientos.

Parecía como si estuviera despertando de un largo sueño. En todo el tiempo transcurrido en el mundo subterráneo, Wolfgang Spengler se había conducido a sí mismo intentando no mezclarse para nada en asuntos que, según veía, no eran de su incumbencia. El estaba ahí sólo para obedecer órdenes, y prestar los servicios propios de su experticia como especialista en idiomas, y más en general, en ciencias humanas. Pero ahora se daba cuenta de que estaba en mitad de un enorme campo minado. Lo que sucediera ahí en Kriegsburg, en particular la potencial alianza entre la OTAN y Freilande, podían cambiar la geopolítica del mundo entero, y él mismo estaba muy cerca del ojo del huracán. Y lo que es peor: Darma estaba absolutamente en lo cierto cuando decía que, desde arriba, sus propios jefes podían tener una agenda en la que él, en última instancia, podía ser desechable. De pronto, por primera vez desde su llegada al mundo subterráneo, Wolfgang Spengler se sintió increíblemente solo.

Próximo episodio: “Situación desesperada en el Palacio de Kriegsburg”.

2 comentarios:

murinus2009 dijo...

Este capitulo fue mas de la llamada Intriga Palaciega salvo por aquellos comentarios sobre el "Teranergio" y las bacterias bioluminiscentes.

Interesantes las reflexiones de Spengler sobre lo bien adaptados al submundo que estan los habitantes de Freilande y lo peligroso que seria que llegaran al mundo exterior.

Inquietante lo que dice Darma a Spengler sobre que Spengler podria ser alguien perfectamente desechable, y como dejó al pobre diablo pensando en lo desesperado de su situación.

A esperar el siguiente capitulo en Marzo.

Guillermo Ríos dijo...

Siempre he sido de la filosofía de que las buenas historias le dan tiempo de respirar a sus personajes, para que después nos importe lo que les pasa. Si ese fue el caso acá, me alegro que haya quedado bien. Saludos.

Related Posts with Thumbnails