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miércoles, 1 de febrero de 2017

Corona de Amenofis: Arquitectura Oculta - Episodio 3.


– Ustedes, espérenme aquí – ordenó Annabelle a Irina, Injiel y Carmiel, los guardaespaldas de Arquitectura Oculta, vestidos los tres de rigurosa camisa blanca y terno negro, que la escoltaban desde Misselburgo, la capital de Misseldavia, y que venían en calidad de agentes ejecutores.

Annabelle ingresó a la oficina de Almendra Caballero, quién sonrió con la mayor amabilidad posible, aunque en su fuero interno le disgustaba que Annabelle estuviera metida de por medio. Una de las ventajas de haber sido enviada a Chile, era estar lejos del foco de Arquitectura Oculta. Pero Ibis Blanco formaba parte del plan de Annabelle, y Annabelle a su vez tenía agarrado por las bolas a Goran, el Ministro de Relaciones Exteriores de Misseldavia, de manera que no había muchas alternativas. Además, el espinoso asunto de las ruinas precolombinas en Corona de Amenofis lo ameritaba.

– ¿Un café, Annabelle…? – preguntó Almendra Caballero.

– No – dijo Annabelle, con sequedad. Y luego de una brevísima e incómoda pausa, descargó: – Almendra… lo has hecho bien por acá. Así es que… vas a subir. Te vas a hacer cargo de Ibis Blanco.

– Bien, gracias, pero… ¿Y Leandro? ¿Qué va a pasar con él?

– Mientras menos sepas de eso, mejor. Y… Almendra… una vez que estés a cargo, haz todo lo posible por mantener en secreto el asunto de las ruinas precolombinas en Corona de Amenofis.

– No puedo hacer eso para siempre, Annabelle – dijo Almendra Caballero. – Más tarde o más temprano, o las reporto, o la construcción sigue adelante. ¿Y entonces, qué…?

– Todo va marchando como tiene que marchar, Almendra – dijo Annabelle, sin dignarse de darle mayores explicaciones a alguien que, en estricto rigor, era su subordinada. – Sólo asegúrate que las ruinas vayan a estar algún tiempo más ahí, y todo marchará como corresponde.

Almendra Caballero asintió, mientras empezaba a hacerse preguntas para su capote. Hasta el minuto, el cometido de Annabelle parecía claro. En su día, se le había dicho, Annabelle le había propuesto a Goran el tomar posesión de empresas constructoras en todo el mundo, para edificar condominios y edificios en los cuales alojar a agentes de Arquitectura Oculta. Era la mejor manera, en su concepto, de seguir influyendo en los acontecimientos mundiales, país por país. Pero ahora, con la fijación que Annabelle mostraba por las ruinas descubiertas en Corona de Amenofis, Almendra Caballero empezaba a preguntarse si acaso no había algo más de por medio…

Este episodio se titula: “La intervención de Arquitectura Oculta”.

Anochecía, y ya casi no quedaba luz natural. Las dos camionetas llegaron hasta las cercanías de la residencia de Leandro. Era una casa enorme, con amplios jardines, ubicado en el sector nororiente de Santiago de Chile. De las dos camionetas bajaron Annabelle y sus tres agentes; los cuatro usaban lentes oscuros, a pesar de la hora.

Irina miró a Annabelle con expresión interrogante. Annabelle se limitó a asentir con sequedad. Irina entonces le hizo una señal con la mano a Injiel. Este, asintiendo a su vez, sacó un sobre desde el interior de su terno, y del mismo a su vez extrajo alguna clase de dispositivo electrónico, ubicándolo encima de la cerradura del portón de la casa de Leandro. Lo activó. La cerradura eléctrica chirrió, frita, y se abrió. No se tomaron ni siquiera la molestia de lidiar con la cámara que observaba toda la escena.

El cuarteto ingresó, y cruzó el jardín hasta la puerta. Allí, Carmiel extrajo unas llaves maestras, y con éstas abrió la puerta principal. En el interior se oían voces; era evidente que la familia estaba ahí.

– Carmiel, Irina, por la familia. Injiel, los dispositivos electrónicos y los discos duros. Vamos – dijo Annabelle.

El grupo ingresó con la rapidez propia de hombres entrenados para la acción. En el comedor estaban cenando una dama y una niña; Carmiel e Irina los encañonaron con sendas 9x19mm Parabellum. Irina abrió los ojos y se llevó el dedo índice de la mano libre a los labios, pidiendo silencio. La dama se levantó. Injiel, por su parte, abrió un laptop, le conectó un detector electrónico de alguna clase, y echó a andar un software que le reveló la totalidad de la red electrónica de la casa. A continuación, empezó a ingresar comandos para achicharrar sistemáticamente todos los dispositivos de la casa, incluyendo los sistemas de seguridad electrónica.

Annabelle, por su parte, caminó por un pasillo. Vio una puerta entreabierta, la de un dormitorio, y en él, a un veinteañero; Annabelle levantó su arma con silenciador y le clavó dos certeros disparos, que lo dejaron tirado en el suelo, en un charco de sangre. Luego siguió avanzando, y se encontró con una puerta cerrada, tras la cual podía verse luz artificial. Annabelle trató de abrirla, pero sin resultados; estaba cerrada con pestillo. Iba a llamar a uno de sus agentes, cuando de pronto la puerta se abrió.

– ¿Se puede saber qué mierda pasa con Internet…? – salió como una tromba Leandro, antes de detenerse en seco, mirando a Annabelle parada frente suyo. – ¿A… nnabelle…? – preguntó, extrañado, perdiendo de pronto casi toda su dignidad; su cuerpo graso malamente embutido en pantalones de tela y una camisa desajustada y por encima de los mismos. – ¿Estás… en Chile?

Annabelle no perdió tiempo en palabras: puso su arma en la barriga de Leandro, y disparó varias veces a quemarropa. Leandro se desplomó como un saco de patatas en el suelo, boqueando y desangrándose.

Luego, Annabelle salió del pasillo, y se dirigió a Injiel con una señal. Este asintió, dejó su equipo, se metió al escritorio, y cargó el laptop de Leandro, que estaba en el interior del escritorio. Ambos fintaron alrededor del cuerpo gordo tirado en el suelo, apenas moviéndose, sin prestarle atención, como si fuera una roca o un tronco abandonado ahí por la Madre Naturaleza. En realidad, el laptop de Leandro carecía de toda importancia; la única razón para robárselo era inducir a la Policía de Investigaciones para que creyeran que dicho robo podía haber sido el móvil del asalto y asesinato.

Una vez a bordo de una de las dos camionetas, Irina sentada al volante, ella preguntó a Annabelle sobre el siguiente destino.

– Corona de Amenofis – dijo Annabelle.

OxxxOxOOOxOxxxO

Era ya de noche. En Corona de Amenofis podía verse el resplandor de un par de linternas. Por lo visto, después del incidente en el día, habían decidido reforzar un poco la seguridad. Pero Vicente y Llacolén sabían que esto no sería mayor problema. Los guardias de seguridad en las construcciones trabajan en turnos de doce horas, lo que sumado a los tiempos de viaje, y a que les pagan apenas el salario mínimo más horas extraordinarias legales, para cuidar maquinaria que vale decenas de veces su remuneración mensual… todo eso merma en bastante su eficiencia. Vicente y Llacolén contaban con esto.

En el camino, Llacolén le había explicado a Vicente que había traído una cámara fotográfica hecha y derecha, en vez de confiar en las fotos del smartphone, debido a que era de noche.

– Vicente, yo tomo las fotos. Tú, vigila – dijo Llacolén. Vicente asintió. Llacolén se dirigió a Vicente con mayor firmeza. – ¡Pero vigila, bien vigilado! Nos agarran acá de noche, y estamos jodidos por el resto de la vida, ¿está claro?

– Lo sé – dijo Vicente, con aplomo.

Luego de ajustarse sus mochilas, más como un gesto simbólico y para espantar los nervios que por necesidad real, Llacolén y Vicente saltaron la verja. Habían mejorado un poco la iluminación nocturna, pero no demasiado: no iban a gastar demasiada energía, después de todo. Ambos espías improvisados miraron hacia la caseta. Se veían tres cabezas, moviéndose como si estuvieran conversando; a la distancia en que se encontraban, de todas maneras, era imposible escuchar alguna conversación.

– Ahora, a esperar.

Y esperaron un buen rato. Lo mejor era tener tiempo para trabajar, y lo que menos querían era ser interrumpidos por la guardia nocturna. De manera que dejaron pasar el rato, hasta que uno de los guardias, en efecto, salió armado linterna en mano para dar una ronda alrededor. Pasaron largos y enervantes minutos. De manera involuntaria, Vicente sonrió a Llacolén, y era una sonrisa llena de confianza y aplomo; Llacolén se sorprendió a sí misma sonriendo de vuelta, sin siquiera proponérselo. Ambos miraron entonces por encima de la maquinaria, discretamente. El haz de linterna se había ido; el guardia por tanto había terminado su ronda. Tendrían una media hora hasta la siguiente ronda, quizás una hora entera, para buscar la excavación, tomar las fotos, y largarse. Una vez lograda su tarea, las ruinas precolombinas podrían ser denunciadas, y todo caería en su lugar.

Llacolén y Vicente se movieron a través del sitio en el cual estaban excavando para construir los cimientos de lo que a futuro iba a ser el condominio Corona de Amenofis, con mucho cuidado porque el terreno de una construcción siempre es traicionero. Llegaron hasta el lugar.

Vicente ayudó a Llacolén a descender por el agujero de la construcción, en el cual a su vez se encontraba el agujero que llevaba a la cámara precolombina subterránea. Una vez en el agujero de la construcción, Llacolén avanzó hacia el agujero en el agujero con mucho cuidado, rogando porque el suelo no cediera bajo sus pies; si llegaba a hacerlo, bien podía fracturarse algo, por no hablar de que los guardias de la caseta los descubrirían. Vicente por su parte estaba en el borde, nervioso.

Llacolén llegó hasta el borde del agujero que daba hacia la habitación subterránea. Sacó una linterna y la encendió, cuidando mucho de apuntarla bien hacia abajo, hacia el interior de la habitación, para que el haz de luz no los delatara. Lo que vio fue un espectáculo hermoso: un suelo embaldosado, paredes de piedra, adornos sobrios pero elegantes en las paredes. Y en lo que parecía ser un altar, había un sol de claro arte precolombino, tallado en la piedra. Y en lo que parecía ser la frente del sol, podía verse un símbolo de alguna clase, con algunos rastros de lo que parecía ser alguna clase de pigmento desteñido por el paso de los siglos: era un círculo amarillo con borde rojo, dentro del cual había un triángulo equilátero también rojo, mirando hacia arriba.

Llacolén abrió su mochila, y sacó una gran porción de tela negra, con la que se cubrió la cabeza y los hombros, cuidando de dejar su rostro al descubierto; eso ayudaría a que, tomando las fotos con un flash, disminuyera el reflejo del mismo hacia el exterior. Terminada esta operación, Llacolén empezó a tomar las fotos.

OxxxOxOOOxOxxxO

En el exterior de la construcción, se detuvo una camioneta. De la misma bajaron tres hombres, dos de ellos flacos y el tercero más o menos corpulento.

– Yoni, Bráyan… quédense acá el par de mierdas. Voy a que me abran – dijo Braulio.

– ¿Y cómo lo va a hacer usté, ca’allero? – preguntó Yoni, desconfiado.

– El hueón me va a abrir, pero me va a abrir a mí – dijo Braulio, con seriedad, más una cierta casi insultante displiscencia.

Braulio empezó a caminar con toda la tranquilidad del mundo, y llegó hasta la caseta. Una vez ahí, miró de reojo a la camioneta; ni Bráyan ni Yoni parecían haberse movido de la misma. De manera que se llevó la mano debajo de la chaqueta, para sacar una pistola, cuando de pronto oyó voces. Braulio entrecerró los ojos. Por alguna razón, había más de un guardia. Había contado con sólo uno, al que sería fácil clavarle un par de balas y luego meterse a la construcción, pero si había más de uno, iba a tener que tomar medidas más drásticas.

De manera que Braulio se devolvió a la camioneta.

– ¿Y? No abrió el hueón, parece – dijo Yoni, con un tinte burlesco en la voz.

– Parece que el hueón está con alguien más – dijo Braulio. – Hay más de un guardia ahí.

– Entonces se funó la hueá – dijo Yoni. – Ya, vámonos nomah.

– Por hueones como tú es que no progresa este país – dijo Braulio. – Ya, van moviendo el poto el par ‘e hueones. Ayúdenme a pasar la verja.

Yoni y Bráyan se miraron mutuamente; ambos eran delgados, y Braulio tenía un estómago agradecido por innumerables parrilladas y litros de cerveza.

– ¡Ya, muévanse el par de hueones! – dijo Braulio, con voz de autoridad que no admitía dudas. De manera que Yoni y Bráyan se bajaron de la camioneta, lo mismo que Braulio.

Una vez en la verja, ambos auparon a Braulio por encima de la misma. Yoni y Bráyan se quedaron ahí, nerviosos, preguntándose qué hacer. En realidad no podían irse; la camioneta había sido traída por Braulio, éste se había llevado las llaves, y el lugar de la construcción estaba a bastante distancia de cualquier otro territorio habitado. De manera que decidieron esperar.

Rato después, hubo una explosión, allí en donde se suponía que estaba la caseta. Bráyan y Yoni, asustados, miraron en esa dirección. Por fuera de la construcción, apareció caminando Braulio, con su oronda barriga. Sin darse mayor prisa, éste caminó la distancia hasta la camioneta, se subió a la misma, y sin mediar palabra, con sus dos compinches congelados de terror, manejó hasta la entrada.

Lo que había hecho Braulio, era muy sencillo: una vez en la construcción, había ido a un lugar en el cual Leandro le había informado que habían explosivos. Había sacado una pequeña carga, se había acercado a la caseta, en donde estaban los guardias, y la había detonado.

Una vez en la entrada, Bráyan y Yoni vieron un espectáculo inenarrable. Habían tres cuerpos humanos tirados, mutilados, con pedazos de los mismos por aquí y por allá. Ambos se miraron mutuamente, espantados. Una cosa era robar reliquias arqueológicas, y otra muy distinta, matar gente, y además, hacerlo con una carga explosiva.

– No… no… hueón, nos vamos de aquí – dijo Yoni, al borde de la histeria. – Hueón, nos vamos. Nos…

Braulio sacó rápidamente su pistola desde el interior de su chaqueta.

– Ya… ya… rapidito, el par de hueones. Bájense.

Una vez abajo, Braulio miró a Bráyan.

– Ya, hueón. Amárralo a esa retroexcavadora – le ordenó, sin dejar de apuntarle con la pistola.

Asustado, Bráyan amarró a Yoni tal y como Braulio le decía, mientras el segundo gemía suplicando. Una vez terminado el amarre, Braulio se acercó a Yoni y le cayó encima a patadas en el estómago.

– ¡Por favor, no más! – sollozó Yoni, y luego, buscando todas sus fuerzas para poder hablar por encima de su propio llanto, añadió: – Por favor, no voy a huevear más, lo prometo. Por favor, por favor...

– No, hueón, si eso no me interesa – dijo Braulio. – Estoy viendo si el ahueonao de tu amigo te amarró bien. Con esas patadas, si estuvieras mal amarrado te habrías soltado.

Luego, Braulio se volvió a Bráyan. Antes de que éste dijera nada, Braulio le disparó tres tiros. Bráyan cayó en el suelo, tirado cuan largo era. Yoni, al ver esto, ya ni siquiera se esforzó por controlarse.

– Puta, hueón, por qué, por qué… hueón, por qué…

Braulio no se dignó de contestar, aunque la respuesta era sencilla: Leandro le había pagado por volar las ruinas, y nada mejor que incriminar a dos pobres giles que, según lo declararía la Policía, se habían puesto a tontear con explosivos y se habían muerto volando las ruinas de paso. No sería la culpa de nadie más que del par de tarados, y en particular, de nadie relacionado con Leandro o Ibis Blanco.

Braulio avanzó hacia el borde del agujero, con una linterna. Ahí, en el interior del mismo, vio agazapado a Vicente. Asombrado porque no esperaba encontrar a nadie ahí, lo apuntó con la linterna. Vicente, asustado, se levantó lentamente, con las manos arriba. Braulio meditó un instante, y luego, maldiciendo su mala suerte por tener que cargarse todavía a otro infeliz más, disparó.

Próximo episodio: “Antiguamente el Imperio Inca...”.

1 comentario:

murinus2009 dijo...

Este capitulo esta lleno de mucha acción, la forma en como Annabelle y su grupo realizan los operativos contiene mucha tensión, me recordó la pelicula "Fuego contra fuego" "Heat" en ingles de Michael Mann.

La idea de que Misseldavia se apodere de muchas constructoras inmobiliarias para poner en los edificios a sus Agentes y asi influir en el clima politico de todo el Mundo, me recordó a una teoria que me contaron, sobre que aqui en ciudad de México han aparecido cientos de edificios de 20 o mas pisos, muchos están poco ocupados, la teoria dice que esos departamentos vacios casi siempre, se hicieron para cerrar tratos de mercancía ilegal como drogas, para hacer fraudes de todo tipo y como casas de citas desechables, ahora que supuestamente se combate la trata de blancas.

Inesperado el final de Leándro pensé que tendría un papel mayor en la serie, brutal la forma en que Braulio se deshace de los guardias de la obra y despues de los hombres que contrató, el final tiene buen suspenso, sin lanzar Spoiler o eso espero, creo que queda una pequeña esperanza para Vicente y Llacolén en la forma de la adolescente que apareció en el capitulo anterior.

A esperar el siguiente capitulo para Marzo.

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