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miércoles, 18 de enero de 2017

Marbod el Bárbaro: Imago Dei - Episodio 2.


Cuando llegó el gran día, todo era nerviosismo, y desesperación. Drusila apareció con la cabeza cubierta con un velo. Como parte del ritual, Marbod el Bárbaro le pasó a Drusila un anillo de hierro, que por supuesto él mismo había forjado; la forja había consistido en que Marbod el Bárbaro había puesto el pedazo de hierro en la fragua hasta que estuviera al rojo vivo, después lo había sacado, y lo había mirado feo, por lo que el pobre pedazo de hierro, muerto de miedo, se había hecho anillo. ¿Y por qué es esto posible? Porque él es… ¡¡¡MARBOD EL BÁRBARO!!!

Luego, vino la parte de la ceremonia en que se sacrifica un animal en homenaje a los dioses. De manera que hicieron pasar a un buey, que Marbod el Bárbaro agarró por los cuernos, retorciéndolos hasta romper las vértebras del cuello; luego, encomendándose a los manes de sus ancestros germánicos, cogió un hacha y descargó un golpe en el animal, y luego otro, y luego otro más, mientras la sangre saltaba y lo embadurnaba todo, y las vísceras empezaban a deslizarse, y el intestino roto soltaba restos de pasto semidigerido y con olor a heces, hasta que otra persona detuvo a Marbod el Bárbaro, quien jadeaba ahíto de sangre, y lo convenció de que era mejor dejar así lo que quedaba de buey. Un pedagogo, esclavo encargado de la enseñanza de los niños, aprovechó la escena para demostrar que los rumiantes tienen no un estómago sino cuatro, porque matar un buey sólo para dictar una clase, suele ser algo oneroso, y por lo tanto, no es muy frecuente que los pedagogos lo hagan.

Como ambos contrayentes vivían en la misma casa, no hubo desfile con antorchas por parte de la novia a la casa del novio. Pero sí hubo intercambio de antorchas y de cuencos de agua, para cumplir con el rito de aquae et ignis communicatio. Finalmente, ambos estrecharon las manos, dextrarum iunctio, y para simbolizar la fidelidad eterna de Drusila a Marbod el Bárbaro, ella recitó la fórmula clásica:

Ubi tu Gaius, ego Gaia.

Con lo cual, Marbod el Bárbaro y Drusila pasaron al interior de la casa, para que él procediera a desatar el nudo en la cintura que ella se había amarrado como parte del ritual. Los invitados se retiraron entonces, preparándose para el banquete ritual que habría de venir al día siguiente.

En estos menesteres es que apareció corriendo un rapaz, que se metió a toda carrera a la casa. Nada más entrar, vio a Marbod el Bárbaro en plena labor de… digamos… desatar el nudo alrededor de la cintura de Drusila. Con el impacto, perdió el habla.

– Eh… er… ¿Qué pasa? – preguntó Marbod el Bárbaro.

– Eh… eh… es que… bueno… tengo un mensaje, de un tal Multum Bibere Bonum – dijo el rapaz, recuperando el habla. – Dice que vienen los pretorianos para acá, y que vienen con órdenes de ejecutar a… Marbod el Bárbaro… ¿tú eres Marbod el Bárbaro? Porque yo pensaba que te llamabas Marciano…

Marbod el Bárbaro miró con preocupación a Drusila.

Este episodio se titula: “El día de Marbod el Bárbaro”.

Apenas el rapaz se hubo ido, Marbod el Bárbaro miró a Drusila. Ahora ya no estaba solo: por el contrario, tenía una esposa a la que cuidar. Y un suegro, además.

– Marbod… – dijo Drusila, angustiada. – ¿Qué va a pasar con mi padre? ¡No podemos dejarlo abandonado aquí!

– Drusila… me buscan a mí, no a ti. Andate de aquí. Llévate algunas monedas. Ve y cruza el limes. Mi tío Genserico te acogerá. Yo me quedaré a enfrentarlos. Te prometo que no le pasará nada a tu padre.

– Ten cuidado, Marbod… – dijo Drusila.

– Lo tendré – dijo Marbod el Bárbaro.

Y así, en medio de la oscuridad de la noche, embozada en una capa negra para ser irreconocible, Drusila escapó. Justo a tiempo: los pretorianos aparecieron por la calle, y comenzaron a avanzar. Y delante de ellos, nada menos que el mismísimo Calígula hizo acto de presencia.

– ¡Saludos, Marbod el Bárbaro! – dijo Calígula, reconociendo a Marbod el Bárbaro porque, muchos años atrás, éste había estado en la isla de Capri mientras defendía a Tiberio de los conjurados bajo el mando de Sejano.

– ¿Eres acaso Calígula, el nuevo Emperador? – preguntó Marbod el Bárbaro.

– Yo soy.

– Uh… ¿Botita? ¿En serio…?

– ¡Te burlas de mí porque piensas que eres un dios! Mas, yo soy un verdadero dios. Yo estoy entre los inmortales. Yo trascenderé el tiempo y el espacio. Y tú… Serás ejecutado por tu insolencia de pensar que eres un dios.

– ¡Pero yo no soy un dios! Yo… yo… Mira, soy fuerte, grande, inteligente, bondadoso, apolíneo, y tengo un mástil recio y fuerte que sirve para navegar todos los mares, pero… yo no soy un dios.

– Lo averiguaremos – dijo Calígula. – Los dioses son inmortales, así es que… veamos. ¡Soldados…! ¡¡¡MÁTENLO!!!

Los pretorianos se abalanzaron entonces contra Marbod el Bárbaro. Este retrocedió a la casa y, golpeando con reciedumbre la puerta, dejó a los pretorianos afuera. Mientras sostenía la puerta con la espalda, con el pie acercó una banca lo suficiente para tomarla, y usarla de traba en la puerta.

– Incendien la casa – dijo Calígula.

Dicho y hecho: los pretorianos tomaron las antorchas que portaban, y le prendieron fuego a la madera de las paredes, que estando seca por años de cercanía con el fuego de la fragua, prendió casi de inmediato. Algunas termitas en su interior crepitaron, porque los dioses no aman a las termitas.

Marbod el Bárbaro subió a la habitación de Tulio, y le hizo un breve comentario de la situación, mientras agarraba al viejo, con miras a tratar de sacarlo por el tejado.

La puerta cedió ante las llamas, y por ella se precipitaron los pretorianos. Rápidamente subieron las escaleras, y llegaron hasta la habitación. Marbod el Bárbaro debió dejar a un lado a Tulio, y empezó a luchar con los pretorianos. Para sus destrezas guerreras, poner fuera de combate a los pretorianos era cosa fácil, pero con el humo de las llamas, su tórax físicamente superior se llenaba de gases carbónicos, y eso lo fatigaba; además, por cada pretoriano puesto fuera de combate, parecían surgir dos más. Marbod el Bárbaro luchaba como mejor podía, pero sin resultados; parecía ser el fin.

En ese minuto, en el exterior, pasó una enorme criatura alada: era Dragonópterix, que llegaba algo retrasado para la ceremonia nupcial.

– ¿Eso es…? ¿Un dragón? – preguntó uno de los pretorianos.

– ¡Vámonos de aquí!

Calígula miraba con desconcierto como sus pretorianos huían asustados como ratas.

– ¡Regresen, cobardes! ¡Soy su dios! ¡Vuelvan aquí!

Pero como ya no quedara ningún pretoriano, Calígula optó por lo más seguro, y también se marchó, aunque no sin antes volverse melodramáticamente hacia la casa en llamas, y declamar:

– ¡No creáis que esto es el fin, Marbod! ¡No creáis! ¡En tanto el mal odie al bien, y la iniquidad a la justicia, yo os odiaré, y os prometo…! ¡¡¡YO OS DESTRUIRÉ!!!

Mientras tanto, en la casa en llamas, Marbod el Bárbaro intentó coger de nuevo en sus hombros a Tulio.

– ¡Vamos, viejo! ¡Resiste! ¡Te sacaré de aquí!

Entonces, Marbod el Bárbaro notó la respiración trabajosa de Tulio. Lo tendió en la cama, y observó una profunda herida de espada en su vientre.

– Tulio… No…

– Marbod… mi hijo… mi hijo putativo… – dijo Tulio, boqueando en busca de aire. – Me has… hecho… feliz… al desposar… ¡a mi hija! Cúidala, Marbod… promete que sí…

– Lo prometo, viejo. Lo prometo – dijo Marbod el Bárbaro.

Tulio giró levemente la cabeza para mirar a Marbod el Bárbaro por última vez, boqueó una vez más, tosiendo mientras buscaba aire, y luego, exhalando con suavidad, cerró los ojos, y su cabeza se volteó.

Poco después, Marbod el Bárbaro salía por la puerta principal de la casa en llamas, con el cuerpo inerte de Tulio entre los brazos. No había nadie contemplando el incendio en la calle, porque Dragonópterix estaba instalado ahí, y los habitantes de Roma suelen tenerle miedo a los dragones.

– Yo te prometo, Calígula. Yo te prometo… – dijo Marbod el Bárbaro, y luego, gritando con toda la fuerza de sus pulmones, añadió: – ¡¡¡YO TE PROMETO QUE AHORA ES PERSONAL!!! ¡¡¡Y NO HABRÁ FORTALEZA CON SUFICIENTES SOLDADOS, O LATIFUNDIO A SUFICIENTE DISTANCIA, O ISLA CON SUFICIENTE AGUA DE POR MEDIO, QUE ME IMPIDA BUSCARTE, ENCONTRARTE, Y TERMINAR CONTIGO PARA SIEMPRE!!!

Marbod el Bárbaro miró entonces a Dragonópterix.

– Acabo de quedarme sin suegro – explicó Marbod el Bárbaro.

– ¿Eso que huele, es a… carne asada? – preguntó Dragonópterix. – Porque… huele rico.

– Ah, eso es… – dijo Marbod el Bárbaro, tomándose un momento para pensar. – Debe ser el buey que sacrificamos en la tarde, por el matrimonio. Con el incendio, bueno, debe estar asándose…

Y luego rio, con tristeza, sentándose en el suelo. En ese minuto, se acercó Drusila.

– No podía irme – dijo Drusila, con calma. – Donde tú seas Gayo, yo soy Gaya, ¿recuerdas?

– Lo siento, yo… No pude proteger a tu padre, Drusila.

Drusila asintió con la cabeza, posando su mano sobre el hombro de Marbod.

– Sé que hiciste lo mejor que pudiste, Marbod – dijo ella, mientras las lágrimas empezaban a correr en las mejillas. – Deberíamos irnos, ¿no?

Marbod el Bárbaro asintió, y miró a Dragonópterix. Este se echó violentamente hacia atrás.

– ¿Cargarlos a los tres? Bueno, a dos más un fiambre. ¡Pero no! No lo haré. Demasiado peso. Yo… Bueno… no sé… ¿qué tan lejos quieren que vuele?

– A Pompeya. Tengo una idea – dijo Marbod el Bárbaro.

De esta manera, durante la noche, sacando fuerzas de flaqueza, Dragonópterix viajó con Marbod el Bárbaro, Drusila y el cuerpo de Tulio en el lomo. De esta manera, volaron desde Roma a Pompeya.

Una vez en Pompeya, Marbod el Bárbaro y Drusila celebraron una sencilla ceremonia fúnebre por Tulio. Y así es como, en Pompeya, mirando a la Bahía de Nápoles, o de Bayas en la época, es como despedimos al hombre que, en su día, le dio cobijo a Marbod el Bárbaro en su casa.

– ¿Y ahora qué? – preguntó Drusila.

– Ahora, a esperar. Porque Calígula vendrá acá, de eso estoy seguro – dijo Marbod el Bárbaro.

– ¿Por qué estás tan seguro?

– Es un maniático idiota con delirios de grandeza. Según recuerdo, en una ocasión hubo un astrólogo que dijo que era tan poco probable que Calígula llegara a ser Emperador, como cruzar a caballo por la Bahía de Bayas. Así es que, es seguro que Calígula vendrá para acá y tratará de hacer algo al respecto. No creo que espere que le asestemos el golpe de gracia justo acá.

– Marbod… yo creo que… debería irme. Quiero decir, aquí, en medio de tanta gente, ya sabes, me siento un poco cobarde… – dijo Dragonópterix.

– No importa, no te preocupes, viejo amigo. Ya hiciste más que suficiente por nosotros – dijo Marbod el Bárbaro. – Que tengas un buen viaje de regreso a Germania.

Dragonópterix se despidió también de Drusila, y emprendió el vuelo, majestuoso. Algunos campesinos lo vieron pasar y, pensando que el Sol estaba pegando demasiado fuerte en la época del año, cesaron sus labores por ese día, y se refugiaron en sus casas a beber un poco de vino.

Pero Dragonópterix no estaba contento. Quizás había algo más que podía hacer por su amigo. Pero era una decisión temeraria. Era además, algo contrario a toda filosofía. ¿No decía acaso Platón, de quien Dragonópterix era un ferviente lector, que la religión era una especie de mentira creada para mantener quietas a las masas? Pero aún así… tenía que probar fortuna. Si alguien podía ayudar a Marbod el Bárbaro en contra de todo el poder imperial de Calígula, ésos eran los mismísimos dioses.

De manera que Dragonópterix enmendó el rumbo, para viajar al Monte Olimpo, en la Hélade, la residencia de Zeus, el señor de los dioses del Imperio Romano.

Pasaron los días. Para hacer algo de dinero, Drusila se empleó como mesonera, mientras que Marbod el Bárbaro hizo lo propio como pescador. En la taberna, Drusila se expuso al clásico repertorio de comentarios lascivos y manoseos por parte de los comensales, pero cuando uno de ellos intentó propasarse, Drusila le aplicó tres o cuatro golpes estratégicamente aplicados, y lo dejó cojo, tuerto, y sin posibilidad de engendrar futura descendencia; algunas cosas sobre defensa personal le había enseñado Marbod el Bárbaro, después de todo.

Marbod, por su parte, pudiendo soportar lo que era volar a lomos de Dragonópterix, no tenía realmente problemas con mareos en el mar. Pasaron algunos días en que salía al mar en un bote con algunos compañeros, echaban las redes, y sacaban peces, pero la pesca no andaba bien por esos días. De manera que Marbod, impaciéntandose, decidió tomar el asunto en sus manos, y no sabiendo nadar, se amarró una cuerda a la cintura, y se arrojó al agua. En cosa de segundos, empezaron a salir los peces desde el agua y a caer en el bote, uno a uno, empujados por los fieros puñetazos de Marbod el Bárbaro. En un minuto salió un delfín, y entonces, cesaron los peces, la cuerda sufrió un tirón, y unos cuantos segundos después, emergió Marbod el Bárbaro.

– Perdón – le dijo al delfín, y agarrándolo por sobre los hombros, lo arrojó de regreso al agua. ¿Y por qué esto es posible? Porque él es… ¡¡¡MARBOD EL BÁRBARO!!!

De esta manera, Marbod y Drusila en su alojamiento, pudieron construir algo relativamente parecido a un nidito de amor. Trabajando todos los días, pero viajar a la Bahía de Bayas era casi como una especie de luna de miel.

Y entonces, llegaron las noticias. Calígula, en efecto, iba a viajar a Pompeya, y desde ahí, iba a arreglar el cruce a caballo sobre la Bahía de Bayas.

Era la oportunidad que Marbod el Bárbaro estaba esperando. La sangre de Tulio clamaba venganza desde la tierra, y en la voluntad inquebrantable de Marbod estaba el satisfacerla.

Próximo episodio: "La bahía de Bayas".

1 comentario:

murinus2009 dijo...

Divertida esa escena de la forja del anillo, algo asi creo que solo lo habia visto en: "Popeye el marino".

Muy bien elaborada la parte dedicada a la Boda de Marbod y Drusila, no tenía idea de los rituales que presentas, salvo lo del anillo, nunca había escuchado eso de: "Ubi tu Gaius, Ego Gaia", me parece muy buena.

Parece que no soy el único que tiene incredulidad sobre el sobrenombre de Cayo Julio Cesar Germanico Augusto, el buen Marbod tambien preguntó: "Uh... ¿Botita? ¿En serio...?".

Personalmente me habría gustado una muerte mas heroica de Tulio, pero siendo un anciano terminal de (creo) 46 años, quizá no le quedaba mucho por hacer, triste su rito funerario, se reciente su perdida.

Espectacular la aparición de Dragonópterix, al estilo de la Caballería en los "westerns".

Buen detalle el de Drusila dejando "Tuerto, cojo y sin descendencia" al parroquiano que la molestaba, parece que no será la tipica "damisela en apuros", por poco se salvo de ir con el tio Genserico, si no mal recuerdo este Genserico intentó envenenar a Marbod ¿O me equivoco?, pensé que Drusila iba a la boca del lobo.

Esa divertida escena del delfin muestra que Marbod tiene Conciencia Ecológica o algo parecido.

Según se ve, en esta historia van a participar algunos dioses del Olimpo Griego ¿Sera que también aparecerán dioses germanicos?, eso sería doblemente épico.

A esperar el cápitulo de Febrero de 2017.





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