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miércoles, 11 de enero de 2017

Infra Terra: Entronización - Episodio 2.


El Palacio de Kriegsburg era un edificio increíblemente amplio para los estándares de lo ya visto por Wolfgang Spengler en su viaje subterráneo: tenía varios pisos, era muy espacioso, y su salón principal tenía suntuosos arcos en el techo. Los ángulos estaban decorados con motivos barrocos, no demasiado recargados, pero mucho más frondosos que la espartana falta de adornos de la arquitectura en general.

En el salón principal, Reinhard Becker quedó a cargo de traducir a Kriegweltz III y a los principales mandos militares de la expedición de la OTAN. Wolfgang Spengler ayudó en principio a Reinhard Becker en sus labores, pero luego, un hombre joven y delgado, de pelo ensortijado, labios taimados y mirada quizás algo triste, se acercó al Kaiser Lama e intercambió algunas palabras con él. Este asintió, e hizo una seña a Wolfgang Spengler.

– Ven conmigo – dijo el hombre joven de pelo ensortijado. Wolfgang Spengler miró de reojo a Reinhard Becker y al Brigadier Catroux, quienes asintieron, de manera que siguió al personaje.

Ambos ingresaron a otro salón, menos espacioso, un poco más íntimo, dentro de lo que cabe pedirle intimidad al salón de un palacio. Ahí esperaban varias personas, que por la manera afectada en que estaban sentadas en sus respectivos asientos, podía colegirse que eran miembros de la familia real, o a lo menos, aristócratas de alta cuna. Una de ellas impactó de lleno a Wolfgang Spengler. Era una señorita alta y delgada, con el pelo de color rubio ceniza, y ojos de un color que nunca había visto, un tono que podía pasar por celeste bajo cierta iluminación, pero era más bien próximo a un violeta suave; su postura era quizás algo tímida, y sus movimientos suaves, asistida en todo momento por una joven de porte menudo, contextura gruesa sin llegar a ser gorda, y de dotes femeninas ciertamente generosas.

– Ella es la princesa Yaliana, mi prometida – dijo el hombre joven, con petulancia ciertamente involuntaria pero no por ello menos presente en la voz, mientras señalaba a la chica de ojos entre celeste y violeta. – Yo soy el príncipe Kriegsweltz, hijo del Kaiser Lama Kriegsweltz III, y heredero de la corona imperial de Freilande.

– Háblanos de tu mundo, extranjero – dijo la princesa Yaliana, sonriendo con dulzura.

Este episodio se titula: “Dos mundos”.

Andando los días, Reinhard Becker y Wolfgang Spengler se repartieron las tareas; el maestro se convirtió en intérprete oficial entre Kriegsweltz III por un lado y los altos mandos de la OTAN por el otro, mientras que Wolfgang Spengler quedó a cargo a la vez de servir como intérprete a todo el resto del mundo, y además, de comenzar a enseñarles idiomas y noticias del mundo exterior a los nativos del mundo subterráneo. Kriegsweltz III decidió que los príncipes que eran sus hijos, cinco en total, debían también aprender, de manera que pronto, Wolfgang Spengler se encontró como profesor de una familia real completa. Puesto a elegir el idioma que les iba a enseñar, Wolfgang Spengler juzgó mejor enseñarles inglés, por ser el más internacional de todos en la superficie.

Inicialmente, con mentalidad militar, el Brigadier Catroux se ciñó al plan de conseguir alguna clase de acuerdo de cooperación con Kriegsweltz III a la brevedad, pero el Kaiser Lama parecía más interesado por preguntar y aprender sobre los aspectos del mundo exterior. Pronto se hizo claro que su entusiasmo no era tanto curiosidad infantil por aprender acerca de un mundo que sólo conocía por leyendas, sino el cálculo maquiavélico de quien busca aprender todo lo posible acerca del mundo alrededor para detectar potenciales amenazas y descubrir potenciales ventajas estratégicas. De esta manera, Kriegsweltz III fue retrasando la toma de una decisión frente a las propuestas diplomáticas del Brigadier Catroux, a la vez que consiguió ir reteniendo a sus huéspedes por cada vez más tiempo.

En un minuto, viendo que su permanencia en el mundo subterráneo se iba a eternizar, el Brigadier Catroux solicitó autorización para enviar a un hombre, o al menos alguna clase de comunicación, hacia el mundo exterior para anunciar a sus superiores jérarquicos en la OTAN que habían conseguido entablar contacto exitoso con Kriegsburg; a esto, el Kaiser Lama respondió con una observación socarrona acerca de que los hombres de la misión, seguro que estaban bien atendidos y lo estaban pasando bien, y esa clase de preocupaciones bien podrían ser abordadas después. Entonces, el Brigadier Catroux entendió que ya no era realmente un huésped, sino un prisionero, o acaso un rehén.

Pasó el tiempo, y las clases se iban desenvolviendo con normalidad. Los alumnos de Wolfgang Spengler ahora había aprendido lo que significaba “repeat after me”, podían contar “one, two, three...”, etcétera, sin problemas, y andando el tiempo, las clases se habían ido convirtiendo en un híbrido entre inglés por un lado, y lecciones sobre la vida en la superficie por el otro.

– Pero no hay forma alguna de que escuchemos la Música de vuestro mundo – dijo la princesa Yaliana un día, en una clase, usando el “thy” inglés de una manera quizás algo impropia, y por ello humorística.

– Esperen… Quiero decir… Esperad un poco… Creo que se puede – dijo Wolfgang Spengler. – Esperad un poco, que ya vuelvo.

Wolfgang Spengler salió del salón en donde estaba impartiendo la clase, fue a su dormitorio, extrajo su walkman, que utilizaba muy rara vez para ahorrar las pilas, y regresó con él hasta el salón. Una vez ahí lo encendió. Entonces descubrió que había reproducido un lado entero del cassette en su interior, de manera que lo dio vuelta. Empezó a sonar (I’ll Never Be) Maria Magdalena, de Sandra, cuyos primeros acordes fueron recibidos con desconcierto, pero luego, al comenzar la parte melódica, la audiencia pareció relajarse e incluso disfrutarlo.

– Pero no entendemos nada – dijo la princesa Yaliana, protestando con humor. – ¿Podríais traducir?

– “Debería estar loca para compartir tu vida, ¿por qué no puedes ver lo que yo soy? Afila tus sentidos y gira el cuchillo, hiéreme y entenderás”… – tradujo Wolfgang Spengler, y entonces, un escalofrío lo sacudió al darse cuenta de que había sido muy irreflexivo de su parte, no haber elegido mejor la letra. Porque el rostro del príncipe Kriegsweltz se ensombrecía cada vez más, al tiempo que el de la princesa Yaliana se iluminaba, como si la cantante estuviera poniéndole palabras a aquello que la princesa, siendo una princesa, quizás no podía decir en voz alta. Quizás fuera sólo una impresión…

– Y, decidme, Wolfgang Spengler… ¿Cómo se llama esta canción, qué significa el título?

– “Yo nunca seré María Magdalena” – dijo Wolfgang Spengler, cada vez más hundido en su lugar, dándole vueltas en la cabeza a cómo salirse del problema, a dejar en claro que era sólo una canción, sólo Música, y no debía significar necesariamente algo más.

– ¿Y… quién es… María Magdalena? – preguntó la princesa Yaliana, ahora algo más imperiosa.

– Es… una mujer que… amaba a Jesús… – dijo Wolfgang Spengler, aludiendo al personaje que por cuya importancia cultural, había explicado algunas clases atrás. – Pero ella aceptaba que su hombre no la amara porque… bueno… es difícil de explicar, ni los propios historiadores se ponen de acuerdo…

– Amor – suspiró la princesa Yaliana, y su mirada, siempre altiva como correspondía a su rango, se tiñó de un dejo de melancolía. – Un lujo para los plebeyos, ciertamente. Porque esa chica… Sandra… lo es, es una plebeya, ¿no?

Wolfgang Spengler asintió, mientras la mirada de la princesa Yaliana se perdía a lo lejos por un instante, y el príncipe Kriegsweltz apretaba los labios de manera taimada y colérica.

– ¿Y eso es lo que tiene para ofrecer el mundo de la superficie? – preguntó finalmente el príncipe Kriegsweltz, con un tono de voz que pretendía ser irónico, pero sin poder o sin querer disimular la hostilidad. Y luego añadió, con tono de velada amenaza: – Creo que me va a gustar aprender de ellos. Algún día seré el Kaiser Lama de Freilande, y voy a tener que aprender cómo lidiar con ellos.

– No quiero causaros una mala impresión, príncipe – intentó disculparse Wolfgang Spengler.

– Un mundo en donde las mujeres se quejan de los hombres no puede ser un mundo bueno – dijo el príncipe Kriegsweltz, con voz sorda. – Nosotros guerreamos por ellas, las protegemos, las mantenemos seguras mientras crían a nuestros hijos. ¿Y así es como las mujeres de la superficie lo pagan? ¿O acaso los hombres de allá no lo son tanto como los de acá? Creedme, Wolfgang Spengler, ahora entiendo muy bien por qué preferís estar aquí, en vez de amancebado o casado con… una de ésas.

Wolfgang Spengler se quedó callado por un instante, no supo que responder, pero aprovechó el instante de silencio para tratar de retomar la clase: pulsó STOP en el walkman, y con nerviosismo, intentó recuperar la compostura, y anunció que iba a enseñarles algunos verbos en inglés.

En los días siguientes, las impresiones del príncipe Kriegsweltz acerca del mundo de la superficie, no parecían mejorar. El daño parecía estar hecho.

Mientras tanto, Wolfgang Spengler aprovechaba el tiempo de manera febril. A sus labores como profesor de inglés e intérprete, se sumó la lectura de los libros del mundo subterráneo. Inicialmente era interrumpido en esta labor cada dos o tres minutos porque alguien exigía su ayuda para traducir tal o cual cosa, pero pronto Paulette Vignard, la bióloga, y Jerry Marshall, el geólogo, se volvieron su tabla de salvación. Ambos trabajaban incansablemente para estudiar los aspectos científicos del mundo subterráneo, pero para ello necesitaban apoyarse en los registros de la civilización bajo la superficie, que por supuesto, estaban contenidos en libros y archivos que sólo Wolfgang Spengler podía traducir. De esta manera, Wolfgang Spengler encontró pretexto para estar siempre ocupado.

Para entender mejor ciertos aspectos de la Historia de Freilande, Wolfgang Spengler aprovechó un minuto de tiempo libre, y se puso a husmear entre los libros de la Biblioteca Real. Hojeó de manera distraída varios volúmenes, pero todos ellos parecían ser increíblemente elusivos sobre ciertas materias.  No parecían haber libros perdidos ni páginas arrancadas, pero de alguna manera, la selección de libros parecía hecha a propósito para tender un manto de oscuridad sobre los detalles a través de los cuales la dinastía de Kriegsweltz III había llegado al poder, más o menos a comienzos de lo que en la superficie terrestre sería el siglo XX.

– ¿Os puedo ayudar en algo? – se oyó una voz femenina, cantarina. Wolfgang Spengler se dio vuelta, y se encontró con la chica que parecía asistir a la princesa Yaliana. Su nombre era Darma, como se la habían presentado a Wolfgang Spengler en los primeros días de la misión.

– ¡Ah! Hola… Quiero decir… Buenos días… Usted…

– Disculpad el hablaros y distraeros – dijo Darma, con perfecta compostura. – La princesa desea haceros saber que tiene una preocupación especial por vos, que aprecia mucho vuestros intentos por enseñar cosas acerca de la superficie, y… me ha pedido que os asista si necesitáis ayuda con algo.

– Bueno, no sé… En realidad, quería saber un poco más sobre el origen de la dinastía del Kaiser Lama – dijo Wolfgang Spengler. – Me gusta la Historia, y…

– Entiendo – dijo Darma, y sus ojos brillaron al oir esto. – No creo obrar con demasiada indiscreción si os llevo hacia los aposentos de la princesa.

– ¡Oh, pero yo…! No, quiero decir… la prometida del príncipe heredero…

– ¡No os aflijáis! – dijo Darma, en apariencia divertida ante los escrúpulos de Wolfgang Spengler. – No os haré pasar al dormitorio mismo… Sólo a la habitación en donde ella tiene sus propios libros.

Wolfgang Spengler recordó entonces que la princesa Yaliana era extranjera, y por tanto, hacía sentido que acarreara sus propios libros consigo.

Darma guió a Wolfgang Spengler hasta los aposentos de la princesa Yaliana. En efecto, los mismos se dividían en cinco habitaciones: el dormitorio, un cuarto de baño y limpieza, un estudio, un dormitorio para el personal asistente, y un pequeño salón para recibir invitados. Darma hizo pasar a Wolfgang Spengler a través del cuarto de recepción hacia el estudio. El mismo era pequeño, sin lugar a dudas, pero había anaqueles con libros en todas las paredes. La princesa Yaliana era sin lugar a dudas una mujer instruida.

– Aquí está – dijo Wolfgang Spengler, luego de hojear varios libros. – Creo que éste me servirá.

Se oyeron voces afuera: Wolfgang Spengler reconoció las del príncipe Kriegsweltz y la de la princesa Yaliana. Instintivamente salió del estudio al cuarto de recepción, cargando todavía el libro consigo sin darse cuenta; Darma fue detrás. En efecto, eran el príncipe y la princesa.

– ¡Wolfgang Spengler! – soltó Kriegsweltz. – ¡Pero qué hacéis aquí, en el cuarto de mi prometida!

Entonces Kriegsweltz miró a Darma, que salía desde la habitación atrás, y fulminó a Wolfgang Spengler con la mirada. Wolfgang Spengler alcanzó a notar que Darma bajaba la mirada, avergonzada.

– Ciertamente, tenéis asuntos más importantes que hacer en otra parte, plebeyo – dijo el príncipe Kriegsweltz, con petulancia.

– Sí, Excelencia. Ya me retiro – dijo Wolfgang Spengler, usando un título que no correspondía de acuerdo al protocolo, simplemente por nerviosismo. Empezó a caminar hacia la puerta, abochornado, cuando de pronto recordó el libro que seguía en su mano, se detuvo, miró a la princesa, y dijo: – Disculpe… Disculpad, perdón… princesa, me estaba llevando sin querer…

– ¡Oh! El libro de Historia que escribió Ebkenov – dijo la princesa Yaliana. – Ciertamente sois tan erudito como demostráis en vuestras clases. Lleváoslo si precisáis leerlo, lleváoslo y ya me lo restituiréis, que muy provechosa lectura es.

– ¿Provechosa? – dijo el príncipe Kriegsweltz. – Mi prometida, debéis saber que este libro está prohibido en Freilande.

– Pero sólo vos sabéis que yo tengo un ejemplar, ¿no? El señor Wolfgang Spengler ha mostrado ser hombre preocupado, y no perdería mi ejemplar, de manera que si algo sucediere a ese respecto, sería mucho el enojo con mi prometido, que es el único que sabe de esto.

Y mirando a Wolfgang Spengler con gentileza e incluso afecto, la princesa Yaliana lo despidió con un gesto de la mano, parsimonioso y algo altivo, pero amable. Este no se hizo repetir, y después de hacer venias apresuradas, salió caminando de los aposentos de la princesa Yaliana con el corazón en la boca, pero el libro aún en la mano.

Siguieron pasando los días. Wolfgang Spengler empezó a acostumbrarse cada vez más a su vida. Como en el fondo era un ratón de biblioteca, no se sentía realmente encerrado en el mundo subterráneo. Ayudaba mucho, por supuesto, que Darma se las arreglaba con facilidad cada vez mayor, para encontrar pretextos e ir a acompañarlo y asistirlo en sus investigaciones. Wolfgang Spengler no se atrevía a decir nada, pero en su interior, empezó a sopesar la posibilidad de quedarse al lado de Darma, para siempre en el mundo subterráneo. Pero, ¡ay!, ella era una aristócrata, y él un simple plebeyo…

Sin embargo, no era lo mismo para todos los expedicionarios. Los soldados de la OTAN habían sido elegidos entre lo más granado y lo mejor, varios de ellos habían participado de misiones en el Tercer Mundo, y en general, estaban entrenados para muchas cosas. No podía decirse lo mismo de los reclutas chilenos, cuya selección había sido algo irresponsable porque sus superiores del Ejército de Chile habían pensado que la misión entera era una soberana tontería, pero estos reclutas se las arreglaban para mantenerse cuerdos como mejor podían. Y sin embargo…

Uno de los soldados de la OTAN, acabó por sucumbir. Por alguna razón, en su hoja de antecedentes no se había registrado que durante un ejercicio de combate, había caído una pared encima suyo, y había pasado dieciséis horas tratando de respirar y mantenerse vivo sin sucumbir al dolor de un brazo quebrado. Había conseguido salir al final, con muchos esfuerzos, y además con un estrés postraumático y una claustrofobia nunca bien tratados; ahora, estar metido dentro de una gruta gigantesca a cientos de metros bajo tierra durante tantos días sin ver la luz del Sol, estaba enloqueciéndolo lentamente, y más aún porque la misión, que se suponía breve, se alargaba sin término a la vista.

Y de pronto, el soldado en cuestión salió a la calle, armado con su fusil, gritando incoherencias mientras movía la cabeza hacia un lado y otro de manera tal que las babas se le salían de la boca y chorreaban a su alrededor, y apretó el gatillo y disparó a nadie en particular. Pero era una calle, había gente caminando, y hubo varias bajas. Podrían haber sido incluso más, pero los soldados de Kriegsburg acribillaron al hombre de la OTAN, que murió con una expresión casi de felicidad suprema en el rostro.

Indignado, Kriegsweltz III llamó al Brigadier Cartroux a conferenciar. Este tuvo que hacer lo imposible para aplacar al Kaiser Lama. El mismo parecía tomárselo con prudencia, y prefirió no escalar el conflicto. Pero entonces todos los miembros de la expedición, que hasta el minuto tenían lo que podía ser llamado una libertad vigilada de movimientos, quedaron confinados al Palacio de Kriegsburg. Ahora, su estatus de prisioneros del Kaiser Lama era virtualmente oficial.

Próximo episodio: "Cerca del ojo del huracán".

1 comentario:

murinus2009 dijo...

Este capítulo se percibe mas tranquilo, como una preparación para lo que viene, o esa impresión me causa.

Buen juego de astucia el de Kriegsweltz III: sacar información a sus "Invitados", mientras les dilata su estancia.

Bien trazados los personajes de Yaliana, el Principe Kriegsweltz y hasta Darma, buena tensión cuando Spengler les pone la canción de Maria Magdalena y después cuando Yaliana le presta el libro de Ebkenov, "prohibido en Freilande", a Spengler, esto ultimo hace pensar (mas aún) en un estado orwelliano, aquello de "omitir" partes de la historia.

No lo había notado, pero es un buen detalle la inclusión de música en los capítulos (Por cierto, no recuerdo la melodía de "Lucerito" del capitulo anterior).
El "Walkman" de Spengler tiene la particularidad de bocinas integradas (a menos que se escuchara fuerte desde los audifónos), algo poco común en aquellas épocas, yo solo recuerdo un modelo o 2 con esa función y eso ya en los 90s, (¿habrá alguien mas, aparte de mi, que recuerde lo que era un Walkman?).

Tratas un punto que no se ve en muchas historias con componente bélico: el aburrimiento al que están sometidos los soldados y los transtornos que eso puede causar, aquí es bastante sombrío como el soldado con estrés postraumático llega a su limite y termina matando gente. Creo que algo asi solo se ha tratado en "El secreto del abismo" de James Cameron, ¿De ahi viene la inspiración?.

Todo crea un buen suspenso, ahora los "Invitados" ya son oficialmente Prisioneros.

A esperar el capitulo de Febrero de 2017.

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