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miércoles, 4 de enero de 2017

Corona de Amenofis: Arquitectura Oculta - Episodio 2.


Como buen bar de mala muerte, había oscuridad, borrachos, y un profundo olor que era mezcla de cerveza rancia y efluvios corporales cuya composición exacta era mejor no averiguar. En dicho lugar, un par de fulanos flacos bajaban una botella de cerveza barata, mientras reían de chistes primarios sobre homosexuales, y partes corporales femeninas. De pronto, se quedaron callados; un hombre alto y corpulento, de bigote negro con canas incipientes, se acercaba a ellos. El hombre corpulento se sentó.

– Buenas tardes, caballeros… – dijo el hombre corpulento, con un tono de voz que evidenciaba a la vez una extracción popular y modales sarcásticos.

– Casha, hueón, el ca’allero aquí es fino – dijo uno de los compinches al otro. Se rieron con las bocas muy abiertas, y el que había hablado movió la cabeza, bebió un sorbo de cerveza con displiscencia, y luego se dirigió al hombre corpulento. – ¿Y? ¿Quipá…?

– Soy el que habló por teléfono por la pega – dijo el hombre corpulento. – Reliquias arqueológicas.

– ¿Acá en Santiago? ¿Estái hueón? Hueás así, es pa’l norte, ca’allero.

– Sí, hueón – dijo el hombre corpulento. – Allá es donde los arrestaron a los dos, par de giles, por andar contrabandeando hueás ‘e los sitios arqueológicos de por allá. ¿En Arica, Iquique, fue eso...?

La expresión burlesa en el rostro de los dos hombres flacos, simplemente desapareció.

– Yo tengo un dato de dónde es la cosa. Entramos, robamos, salimos, después miti-mota, 50 ustedes y 50 yo.

– No, pueh, ca’allero. 33, 33, 33. Si no, no.

El hombre corpulento se pasó la yema de los dedos por el bigote, tapándose por un segundo la boca, mientras miraba hacia abajo. Luego tomó aire y habló con solemnidad.

– OK, giles… 33, 33 y 33. Pero voh, hueón… no me gusta que me hablen así. Así es que… con cuidaíto, ¿estamos?

Los dos flacos se miraron entre sí, y aceptaron, con la cabeza algo baja.

– ¿Quién de ustedes es el Yoni?

– Yo soy el Yoni – dijo el flaco a quien el hombre corpulento había confrontado. – El es el Bráyan.

– Muy bien. Ya lo dije por teléfono, pero se los repito. Pueden llamarme Braulio.

Un rato después, el smartphone de Leandro recibió un whasapp de Braulio: “Todo listo”. Leandro lo vio, y asintió. Braulio siempre se las arreglaba para hacer las cosas bien. Si todo salía como correspondía, el yacimiento arqueológico que la empresa había encontrado por casualidad en el sitio de construcción del futuro condominio Corona de Amenofis, ya no iba a ser un problema.

Este episodio se titula: “Utendi et fruendi”.

Era la hora de almuerzo, y por primera vez en varios días, Vicente estaba sentado con el resto de la familia en un día de semana, en la casa de la población Santa Agustina. A su padre no se le pasó por alto lo cabizbajo de su hijo, y le habló para animarlo un poco:

– No te preocupes, hijo. Ya vas a ver que Dios lo arregla todo. Debe ser una parada ocasional.

Vicente miró a su madre, de quien venía la sangre mapuche que corría por sus venas, y le respondió a su padre:

– No, si no es eso, si igual están pagándonos, así es que parece que la cosa va a ser corta. Pero… no sé… Igual quieren que no hablemos algo, y… Bueno, si largamos lo que sucedió, puede que nos pongan en lista negra y no nos contrate ninguna otra constructora. El almacén igual no te deja tanta plata, las mermeladas caseras de mi mamita tampoco, y si yo no tengo trabajo, entonces…

El padre de Vicente bajó la cabeza y entrecerró los ojos. Luego los abrió, y miró a su hijo con fijeza.

– Hijo… Siempre hay que ir por la vida mirando de frente, con honradez. Lo primero es vivir tranquilo con la conciencia, porque no se te olvide que allá arriba hay un Dios que lo sabe todo y lo juzga todo.

– Igual, no sé cómo hacerlo. O sea… A lo mejor igual no es nada. Lo que pasa es que… – dijo Vicente, y luego se interrumpió. Pero luego miró a su madre, que prestaba atención a sus palabras, y decidió hablar. – Encontraron ruinas, o restos, o… no sé. Algo de antes de los españoles. Dijeron que iban a ser unos días, que iban a ver cómo rescataban las cosas, e iban a seguir cavando, pero… no sé… ¿esas cosas no debería verlas alguien, un científico o… no sé…? Además, si voy y digo lo que pasa ahí, capaz que cierren la obra, y entonces nos quedamos yo y todos los demás sin pega. Así es que… no sé qué hacer…

– Mijo… – dijo la madre de Vicente, con los ojos humedecidos. – Usté es un joven recto, de bien. Usté, haga lo que su conciencia le diga. Lo que sea, Diosito lo va a iluminar y bendecir para adelante.

– Sí, mamita – dijo Vicente, indeciso.

OxxxOxOOOxOxxxO

En un restaurante almorzaban juntos Javier, el abogado al servicio de Ibis Blanco, y Llacolén, una de las ingenieras al servicio del proyecto Corona de Amenofis. Javier refería una anécdota que le había sucedido en la mañana, cuando había toreado de manera olímpica a un procurador que estaba en Cuarto Año de Derecho.

– El pobre hueón al final ni supo por dónde vino el camión que lo atropelló – dijo Javier con un dejo de desprecio en la voz, y luego se llevó la servilleta a la boca para limpiarse. A continuación de lo cual, notando que Llacolén no decía nada, le preguntó: – ¿Está bien, mi amorcito? ¿Qué pasa?

– Nada, Javier – dijo Llacolén con suavidad, apoyando el codo derecho en la mesa y bajando la cabeza de manera tal, que se acarició el cuello contra la palma de la mano derecha.

– Na’, si yo sé que algo le preocupa a mi pichoncito – dijo Javier, y luego, señalando el plato, dijo con ánimo festivo: – Ni siquiera te has terminado tu ensalada… Ya pueh, mi amorcito, dígame qué está mal.

Llacolén inhaló con fuerza, retuvo un segundo mientras pensaba lo que iba a decir, y luego, lo largó:

– ¿Javier, qué van a hacer con las ruinas ésas que pillaron en Corona de Amenofis?

– No tengo idea. Cuando estuvimos reunidos, parece que Almendra quiere denunciar, pero don Leandro, ni hablar. Le dije a don Leandro, a lo que se expone si no denuncia, pero… parece que quieren echarle tierra al asunto – dijo Javier. Y luego, se rio con suavidad. – Echarle tierra al asunto. ¿Eh? Echarle tierra… a una construcción…

Como Llacolén no reaccionaba, Javier suspiró, y habló de nuevo.

– Mi amorcito, pase lo que pase, hay que seguir adelante. A mí también me da lata que no pesquen lo de las ruinas, pero… ellos son los que tienen la plata, ellos son los dueños del lugar y quieren usar, gozar y disponer como propietarios que son, y… ellos mandan. Nosotros, tú, yo… a nosotros nos toca obedecer, que nos paguen, y nosotros después nos vamos a casar y vamos a tener una casa con piscina y dos o tres niños, y vamos a viajar al extranjero, y… además, no sé qué tanto es el drama. Igual, no es como que sean las únicas ruinas indígenas en Chile, así como para que los arqueólogos investiguen cosas, ¿no? Ya, pues, mijita. No se ponga así. Vamos a seguir, ¿no?

Llacolén sonrió, aunque había tristeza en su mirada, y tendió las manos, tomando las de Javier. Este sonrió. Luego, Llacolén se paró.

– Mi amorcito, tengo que ir al baño…

Mientras Javier se quedaba mirando con expresión algo embobada, Llacolén caminó hacia el baño del restaurante. Una vez ahí, Llacolén sacó el smartphone desde su cartera, y llamó.

– ¿Aló? ¿Vicente…? Hablas con Llacolén… Sí… Disculpa que me haya conseguido a la mala con el computador de la oficina tu número, por favor, realmente te pido disculpas por eso, pero… mira, estuve pensando la cosa, y… Necesito que me ayudes. Me dijiste que debíamos avisar eso de las ruinas, ¿no? La verdad… hagámoslo. Tengo un plan, pero necesito que me des una mano con eso. Así es que… ¿lo hacemos? ¿Vamos adelante…?

OxxxOxOOOxOxxxO

Al día siguiente, en la mañana, Llacolén pasó a la población Santa Agustina, a buscar a Vicente en su camioneta. Este abrió la puerta y se subió con lentitud, casi con algo que podía interpretarse como reverencia. Llacolén lo invitó a que se acomodara, con cierta frialdad. Luego partieron. Algunas vecinas que habían ido a comprar al almacén del padre de Vicente, o estaban barriendo la entrada de sus respectivas casas, y contemplaron la escena tratando de captar todos los detalles para preparar el comidillo del barrio. No todos los días se veía una camioneta del año y de tan buena marca, en un modesto barrio residencial como Santa Agustina.

– Vicente, ni tú ni yo podemos ir y avisar que aparecieron ruinas, o nos van a joder a los dos. Pero si hacemos una denuncia anónima, entonces van a tener que tomar cartas en el asunto.

– Una denuncia anónima, no nos va a creer nadie, sita Llacolén – dijo Vicente.

– Mi pololo me explicó… El es abogado – dijo Llacolén, y Vicente sintió una pequeña punzada en el corazón al oir que Llacolén tenía un pololo. – Bueno, mi pololo me explicó que el Ministerio Público debe investigar cualquier denuncia, incluso las anónimas. Deben a lo menos abrir una investigación, aunque después la saquen para un lado.

– Pero… ¿Vamos a ir al Ministerio Público? ¿Eso no es para los delitos?

– No. La denuncia hay que hacerla a la Gobernación Provincial. Ir al Ministerio Público sería irse muy en mala, y ahí si que nos revientan si nos pillan. Igual, si están tratando de taparlo todo… sería un delito, creo. Pero eso, que lo vea el Gobernador.

– Si es una denuncia anónima, no nos va a creer nadie.

– Por eso necesito tu ayuda. Mira, la construcción está en la precordillera, no hay un alma como en un kilómetro a la redonda. Ahí tienen apenas una caseta de guardia, así es que si nos pasamos por el cerco, podemos ir a donde está el pozo y tomar fotos. Si enviamos las fotos en un correo electrónico, con copias, e incluimos las fotos…

Vicente sonrió con entusiasmo.

– Tuviste una buena idea, Llacolén… Quiero decir… sita Llacolén…

Llacolén sonrió, aunque había tristeza en su mirada.

– Llacolén – dijo. – Pero sólo por hoy. En la construcción… ya sabes.

– Sí, por supuesto, sita Ll… eh… Llacolén.

OxxxOxOOOxOxxxO

Habían dejado la camioneta estacionada a bastante distancia del condominio, para evitar que el ruido de la pesada maquinaria de metal aplastando la gravilla del camino de tierra, los delatara respecto de la caseta de guardia. Considerando que la obra estaba parada, y que estaba en la precordillera, el guardia tenía realmente poco que hacer, por lo que cualquier ruido lo alertaría.

En la caseta de guardia misma, éste se encontraba mirando videos en su smartphone, cuando de pronto sintió que golpeaban el borde de madera de la puerta de malla de alambre y tela. Se levantó y preguntó.

– ¡Oiga! – dijo una voz femenina, claramente juvenil. – Se están pasando por la parte de atrás de la construcción.

– ¿Quién es usted, sita…?

– ¡Oiga! ¡Que se están pasando! ¡Vaya a ver!

Era muy raro que una chica, que por la voz parecía ser adolescente, estuviera en un lugar tan despoblado como los alrededores de Corona de Amenofis, pero no parecía haber riesgo de que cruzara la puerta. De manera que el guardia caminó algunos pasos más allá de la caseta, hizo de visera con la mano, y miró a la distancia. Y, en efecto, vio a dos figuras saltándose el cerco.

– ¿Aló? ¿Don Héctor? – dijo el guardia, reportándose con su jefe, el encargado de la empresa de seguridad. – Tengo una situación, parece que se están metiendo aquí. Voy a ver qué pasa.

– OK, Crístofer, pero tenga cuidado, y repórtese en cinco minutos, ¿bien? Voy para allá…

Crístofer avanzó, y empezó a dar voces, con la esperanza de que si lo oían gritar y eran vulgares ladrones, se asustarían y se irían.

– ¡Mierda, nos vieron! – dijo Vicente, escondiéndose junto con Llacolén detrás de una retroexcavadora. – Hasta aquí llegamos, Llacolén.

– Vámonos, ya no tenemos nada que hacer aquí – dijo Llacolén.

Un rato después, de regreso en la camioneta de Llacolén, y con la lengua afuera después de haber saltado por segunda vez la cerca a toda prisa y haber corrido su buena cantidad de metros alejándose de la construcción, Llacolén y Vicente descansaban un minuto.

– Bien… no salió la hueá – dijo Vicente, con frustración en la voz.

– ¿Ya te rendiste? – preguntó Llacolén. – Yo no saqué mi título de ingeniera a pesar de ser mapuche y mujer, porque me rindiera. Vicente… vamos a volver a la noche.

Mientras tanto, a mucha distancia desde ahí, en los faldeos precordilleranos, contemplando la construcción y sus alrededores con binoculares, una chica, la chica que había dado el soplo a Crístofer sobre la infiltración de Vicente y Llacolén, sonreía con picardía.

– Vicente… Llacolén… nos vemos a la noche.

OxxxOxOOOxOxxxO

En el Aeropuerto José Toribio Benítez de Santiago de Chile, Annabelle caminaba con el paso firme y resoluto propio de una supermodelo, aunque en realidad no lo fuera. Ataviada con lentes oscuros, una blusa no demasiado ceñida, una minifalda apretada, y botas, guiaba a sus hombres mediante señales con la mano, mientras hablaba por celular.

– Almendra, soy Annabelle. Voy en camino hacia la oficina de Ibis Blanco. Quiero que allá conversemos acerca de la situación en Corona de Amenofis.

En otro punto de Santiago, Almendra Caballero, quien estaba saliendo de la oficina que tenía el senador Luque, respondió:

– Puedo estar en la oficina en unos treinta a cuarenta y cinco minutos.

– Bien. Allá nos vemos entonces – dijo Annabelle, y cortó la comunicación.

Próximo episodio: “La intervención de Arquitectura Oculta”.

1 comentario:

murinus2009 dijo...

El bar de mala muerte y los tipos ahi, estan bien retratados, (por razones que ni yo me explico, en el pasado fui a dar a sitios asi, con gente asi, o peor y la descripción es muy exacta) ¿Visitaste lugares asi para documentarte Guillermo, o solo te apoyaste en medios audiovisuales?, se siente desagrado solo de imaginarlos, que se cominiquen en "flaites" los hace mas reales, ese Braulio, el siempre presente, "hombre de confianza", para trabajos sucios.

Parece que aquí los héroes, o lo mas parecido, son Vicente y Llacolén, se están jugando mucho, (Vicente quizá todo) solo por hacer lo correcto y sin casi nada que ganar, -creo que solo su conciencia limpia-, contra poderes que los superan, buen punto darles a ambos ascendencia Mapuche, (la familia de Vicente en pocos trazos quedan asentados como gente de bien, noble y digna), evoca los siglos de resistencia de los mapuches, contra (lo ya dicho) poderes que los superan.

Es mi imaginación, (por aquella "punzada en el corazón"), o ¿podria darse un triangulo amoroso entre Llacolén, Javier y Vicente?, tal vez solo sea el llamado amor no correspondido.

Este capitulo crea buen suspenso, ya estoy intrigado por saber quienes son: la adolescente que delata a Llacolén y Vicente y que papel juega Anabelle, por momentos llego a pensar que la adolescente y Anabelle son la misma.

Y apenas avanzan 2 subtramas, faltan 3 al menos, ¿O son 2?, ¿la del antiguo Egipto tambien era subtrama?

A esperar hasta febrero de 2017.

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