domingo, 28 de agosto de 2016

Bola de Caballeros del Dragón del Zodíaco Z.


Este es un posteo sobre Caballeros del Zodíaco y Dragon Ball Z. Pero no se trata específicamente de Caballeros del Zodíaco o Dragon Ball Z. Desde cierto punto de vista. Desde cierto otro punto de vista, sí que lo es. Lo que hablaré aquí sobre ambas series, puede también aplicarse a varios otros shonen de pelea más recientes, incluyendo con toda probabilidad Bleach, y quizás Naruto, aunque no me he bancado tantos capítulos de esta última serie como para saber. Este es un posteo sobre...

Mejor voy al grano.

Hablo sobre la serie que es conocida indistintamente como Caballeros del Zodíaco o Saint Seiya. Y de esa otra serie que es conocida como Bola de Dragón Z, o como Dragon Ball Z. Por la manía de tener títulos diferentes a ambos lados del Atlántico.

En la década de 1.990, el mundo occidental fue asaltado por dos series destinadas a hacer época: Caballeros del Zodíaco por un lado, y Dragon Ball por el otro. Ambas series, aunque más en particular la secuela Dragon Ball Z, ayudaron a codificar lo que hoy en día podemos llamar liberalmente como el shonen de pelea. Datan de la década de 1.980, aunque llegaron un poco más tarde a Europa y Latinoamérica; a Estados Unidos, Caballeros del Zodíaco llegó tan tarde que de hecho fue despreciada como la copia de otras series que, en realidad, son copias de Caballeros del Zodíaco. La primera gran serie shonen de pelea fue El puño de la Estrella del Norte, que ya de por sí era una cosa rara: varios peleadores sobrehumanos con estética Dragon Ball pero con una parada más cercana a Saint Seiya, se daban de mamporros sobre una Tierra postapocalíptica; esencialmente Mad Max con artes marciales. Pero El puño de la Estrella del Norte, hasta donde tengo entendido, tuvo una distribución pobrísima en el mundo hispanohablante, y pasó en puntillas.

Hace una cierta ración de meses atrás, por circunstancias de vida, me tocó embucharme una enorme cantidad de episodios de Dragon Ball Z y Caballeros del Zodíaco. En realidad, nunca me había enganchado la gran cosa a ellas. Había visto capítulos aislados, pero como todo parecía reducirse a pelea tras pelea, no me interesó la mayor cosa. Había gente que me hablaba acerca de los personajes, de sus respectivas psicologías, pero era como si vinieran alienígenas a hablarme en pnakótico u otro idioma similar. Pero hace poco, como decía, acabé por repasar buena parte de la primera parte de Saint Seiya, la saga del Santuario completa, buena parte de Asgard, y creo que la segunda mitad de Poseidón. En cuanto a Dragon Ball, terminé viéndome buena parte de la primera serie, a la que no había prestado mayor atención, además de seguir con más detalle las peripecias de Dragon Ball Z.

Y lo que vi fue el espanto. El horror. No me refiero a la parte artística o conceptual. Ambas series, en términos formales, están muy bien: era el mejor dibujo que podía concebirse en la época, y cualquier pelea de Saint Seiya está mucho mejor dibujada y coreografiada que los cascoporros de cosas más recientes como Bleach. Quizás haya otros ejemplos intermedios que desconozca, pero en lo que a mí respecta, habrá que esperar hasta Claymore para tener un shonen de peleas que supere en el aspecto formal a las series que comento.

No, señores, a lo que me refiero por el horror, es el contenido ético de fondo. Que me parece deleznable. Para dar a entender mi punto, voy a tratar de contar la historia de Saint Seiya y Dragon Ball Z a mi manera. Dejaré afuera Dragon Ball, serie que en esta revisión, aunque sigue sin convencerme, la encuentro mucho más interesante que la primera vez que vi algún capítulo de ésta. Y no me vengan a decir que en el manga no existe Dragon Ball Z porque siempre fue Dragon Ball hasta el final; eso lo sé, pero aunque consideremos ambas series como una única saga, que de hecho lo son. Y seamos misericordiosos, dejemos fuera Dragon Ball GT, que no me parece tan mala como el grueso de la gente opina aunque eso por supuesto es materia debatible, o Dragon Ball Super a la que me acerqué un poco con curiosidad, para dejarla inmediatamente de lado.

Saint Seiya se trata de un grupo de jóvenes que se reune al alero de una fundación que representa lo más puro y noble de la existencia. ¿Por qué? Porque ellos lo dicen, por eso. Andando el tiempo se revela que la heredera de la fundación es en realidad la reencarnación de la diosa Atenea, que representa la justicia porque sí, porque ellos lo dicen, por eso. Al frente tienen a un ente que... lo explicaré así. Tratan de apoderarse del mundo porque son los villanos. Y son los villanos porque tratan de apoderarse del mundo. Al final, los caballeros de Atenea les hacen frente en varias batallas, luego se echan la punta de capítulos en el Santuario, liquidan al villano, y después repiten el mismo esquema con una diosa nórdica, y con el dios Poseidón. Sé que en el manga viene una saga posterior llamada Hades, pero como no me gusta hablar de lo que no sé, no me voy a meter ahí.

Dragon Ball Z por su parte se trata del un tanto bruto pero siempre buena persona Gokú, el malcriado y llorón de su hijo Gohan, su familia y sus amigos, todos ellos amenazados por la llegada de alienígenas. Se revela eventualmente que el propio Gokú es alienígena, y por tanto Gohan es mitad alienígena, y que Gokú fue enviado a la Tierra en el pasado para destruirla. Lo que sigue es Gokú luchando contra los sayayines, Gokú luchando contra Vegeta, Gokú luchando contra Frieza, Gokú luchando contra Cell, y finalmente Gokú luchando contra Majin Buu, cada uno en una cantidad obscena de capítulos, con Gohan metido de por medio por alguna razón. Porque cualquiera que no haya estado debajo de una roca en los últimos veinte años, en lo que a cultura popular se refiere, estalla en hilaridad al escuchar el famoso "faltan cinco minutos para que estalle el planeta Namek"...

El amable lector estará preguntándose en dónde está mi objeción. Y la respuesta es simple: falta la Tierra. Falta el bien. ¿Por qué, hablando de ambas series, sabemos que los héroes son los buenos? Por las siguientes razones: en primer lugar, porque ellos están en control de la Tierra a lo largo de la saga y por tanto su triunfo es la preservación del status quo, y en segundo término, porque vemos la narración desde su perspectiva. Pero en ninguna de las dos series vemos realmente lo que los protagonistas están tratando de proteger.

Hagamos una comparación. En Superman o en Batman, las ciudades de Metrópolis o de Ciudad Gótica no son únicamente parte del paisaje; son también el constante recordatorio de que los héroes están luchando por algo, de que hay vidas civiles en juego, etcétera. Las buenas historias de Superman y Batman se enfocan en los héroes, pero también le dan espacio a otros personajes: funcionarios policiales que son aliados u obstáculos, periodistas, peatones, etcétera. En definitiva, gente común y corriente. Así, cuando Superman o Batman derrotan al villano, nos importa porque vemos lo que está en la balanza. Son las malas historias de Superman y Batman las que no muestran a los civiles en absoluto, y se centran únicamente en la pelea del héroe y el villano sin más, que queda muy bonito en términos de dibujo y brutalidad, pero que pierde toda significación porque desaparece la línea entre el bien y el mal.

Al final, es cierto que los civiles suelen ser apenas un mero mcguffin, o sea, un pretexto para que haya conflicto; el ejemplo clásico de mcguffin son los papeles o actualmente el disco duro portátil en las películas de espionaje, que no importa lo que dicen o qué secretos ocultan, pero son valiosos como para que los espías se acechen y agarren a balazos por ellos. En las historias de superhéroes, los civiles también son un mcguffin, porque lo único que hacen es estar ahí, en medio de la pelea, sin que importen de verdad sus vidas, sus trasfondos, sus biografías, etcétera. Pero es importante que estén, porque le dan a los héroes y villanos un motivo para pelear: el héroe quiere salvarlos y el villano quiere destruirlos, un poco por uno u otro motivo, pero lo importante es que le dan un sentido a las elecciones éticas de héroes y villanos.

Si vieron la película El Hombre de Acero, me entenderán; algunos opinan, y no sin razón, que El Hombre de Acero es la mejor adaptación que se ha rodado de Dragon Ball Z hasta la fecha, porque es Superman en versión shonen de pelea, justamente. La película fue muy criticada, y me uno a estas críticas en particular, porque su segunda mitad no es más que una tediosa batalla sin fin; una de las mejores escenas a mi gusto la constituye cuando por un instante, vemos a los periodistas huyendo despavoridos, y Perry White tratando de rescatar a una colega que se ha quedado atrapada. Esta escena no es muy emotiva, al igual que el resto de la película por la impericia del director Zack Snyder tampoco lo es, pero sí es significativa: nos ayuda a recordar que, mientras Superman y los kriptonianos están peleando a gran escala allá arriba, abajo los humanos tienen que apañárselas para sobrevivir, y que en definitiva, sí importa que un superhumano consiga imponerse a los otros, porque eso hará la diferencia entre la vida y la muerte para los humanitos. Si estos civiles desaparecen, entonces la pelea entre los superhumanos deja de importar porque no hay nada realmente importante en juego. Este aspecto de El Hombre de Acero mejoró mucho con la secuela Batman v Superman: El amanecer de la justicia, que no es una película brillante ni mucho menos, pero al menos mostró una mayor preocupación porque veamos la sociedad civil en medio de la cual se están moviendo héroes y villanos, dándole así un poco más de significación a sus acciones.

Y éste es el pecado salvaje tanto de Dragon Ball Z como de Saint Seiya. El locutor y los personajes nos informan repetidas veces que los héroes están luchando por el bien y la justicia, para salvar a la Tierra, pero jamás vemos más que de reojo a los civiles que se beneficiarían del triunfo de las fuerzas del bien. Irónicamente, ninguna de las dos series partió así. En su primera parte, cuando se llamaba Dragon Ball, las aventuras de Gokú y compañía eran mucho más aterrizadas: veíamos paisajes, desiertos, ciudades, y los personajes interactuaban un montón con otros fulanos comunes y corrientes. Eso hacía que cada enfrentamiento fuera significativo. Incluso la parte puramente de pelea, estaba confinada a un torneo; es decir, estaba enmarcada dentro del mundo imaginario. Pero a partir de Dragon Ball Z, la serie se olvida de esto, y se transforma en una sucesión monótona de pelea tras pelea. Con Caballeros del Zodíaco ocurre otro tanto: en los capítulos anteriores a la aventura del Santuario vemos ciudades, hombres, mujeres, niños, etcétera. Pero a partir del Santuario, la población civil se desvanece como por arte de magia. A la altura de Asgard, da un poco lo mismo quién gane. ¿El mundo se va a congelar? ¿A quién le importa? Lo mismo ocurre con la saga de Poseidón. Vemos escenas de los mares subiendo de nivel por el diluvio, pero poquitas, las justas y precisas, no lo suficiente como para que lleguemos a interesarnos de verdad porque ganen Saint Seiya y compañía.

¿Entonces por qué pelean los héroes? Se nos dice que por la camaradería y la amistad. Pero como no vemos a terceros beneficiados, debemos entender que es la camaradería y amistad para ellos. Es la misma situación de una pandilla de barrio que controla cuatro cuadras de una ciudad, y vienen pandilleros de afuera a tratar de sacarlos. ¿A quién le importa qué pandillero gane? Al final, las cuatro cuadras van a estar mandadas por una pandilla, no por el orden y la legalidad. Que un pandillero diga "yo soy la justicia", no lo hace justo. La fuerza no hace el derecho, después de todo, o no debería hacerlo, a lo menos.

Aquí es donde ambas series hacen trampa. Para que nos pongamos de parte de los héroes, es necesario que los villanos sean viles más allá de toda posible redención. Y de hecho, eso es lo que pasa con Dragon Ball Z y Saint Seiya. En Dragon Ball Z, los héroes mismos son tan sangrientos como los villanos, y si los villanos son tales, es porque además son psicópatas; pero a Gokú le importa un bledo la justicia o los valores, motivado en realidad simplemente por ser el más fuerte. En Saint Seiya, por su parte, el único tipo decente es Andrómeda, quien hace lo imposible por evitar las peleas; la serie misma deja en claro que Andrómeda es el más poderoso del grupo, y si fuera tan cascos calientes como el protagonista Saint Seiya mismo, la saga del Santuario duraba apenas un par de episodios, porque cuando Andrómeda de verdad se enoja, pobre del desgraciado que se le atraviese. Es lo mismo que pasa con la saga del Padrino, de Francis Ford Coppola: los Corleone son los héroes no gracias a que sean los buenos, porque son tan mafiosos como el resto, pero lo que pasa es que los enemigos de los Corleone son incluso peores. Eso sí, y por eso la saga del Padrino es vastamente superior, la misma no se agotaba en las balaceras y el mandar matones rivales a dormir con los peces, sino que era una compleja reflexión acerca de la naturaleza y efectos del poder, reflexión que en Saint Seiya y Dragon Ball Z brilla por su ausencia.

Entonces en definitiva, la historia de ambas sagas es la de un grupo de pandilleros que más o menos controla la Tierra o al menos podrían controlarla si quisieran porque son superpoderosos, y la de otros pandilleros que vienen a quitársela y a destruírsela. La ética de ambos bandos es la propia de los pandilleros: yo me preocupo por mí y por mis amigos, y el resto del mundo que se vaya a hacer gárgaras. Ambas series son increíblemente conservadoras e incluso reaccionarias: el objetivo final de tanta pelea es mantener el status quo. Se asume en ambas series que el mundo es bello y justo tal y como está. En ninguno de ambos mundos se pretende cuestionar la institucionalidad o cómo funciona el mundo. En ambos mundos hay gente que manda, que es la más poderosa, y la gente que manda es la que sabe. En ambas series tenemos entonces un puñado de tecnócratas con mentalidad de pandilleros que expropian la justicia y el bien al resto, y la defienden de otros iguales que quieren implantar un régimen del mismo tipo o peor: es la pesadilla neocon hecha shonen de pelea. El material de las fantasías húmedas de cualquier facho pobre.

Mencionaba mucho más arriba, a propósito del apartado técnico, a Claymore. Siendo esencialmente otro shonen de pelea, Claymore logra esquivar una buena cantidad de las trampas que he mencionado. Claymore, para quienes no la han visto, se trata de un grupo de guerreras mujeres superpoderosas que, armadas de espadas, viajan por el mundo liquidando demonios que matan seres humanos para literalmente devorarlos. Pero Claymore consigue darle una vuelta porque describe a grandes rasgos, pero bien, la clase de mundo de porquería que es uno necesitado de guerreros superpoderosos como éste para lidiar con el mal, incluyendo el hecho de que la propia organización que controla a las guerreras claymore es mucho más turbia de lo que aparece a simple vista. El anime, de 26 episodios, al último cae en el complejo Dragon Ball Z, en particular los capítulos dedicados a la batalla del norte, aunque termina antes de estropearse; el manga sigue la historia más allá, pero como no lo he leído, no puedo opinar al respecto. Como sea, el anime de Claymore triunfa allí donde Dragon Ball Z y Saint Seiya fracasan, hasta el punto que puede verse a Claymore como un comentario o deconstrucción de todo lo que está mal en las series que comentamos, desde un punto de vista ético.

¿Quiere decir que está mal disfrutar de Saint Seiya o Dragon Ball Z? No necesariamente. Si lo que se busca es una buena ración de pelea, entonces adelante. Ambas series son lo que son. Lo que me violenta especialmente, es que haya gente que defienda ambas series por sus valores éticos o morales. He escuchado muy en serio a fanáticos argumentando que la serie enseña valores importantes como la amistad, la camaradería y otras cosas. Vale por eso, pero a medias. Porque ambas series enseñan la amistad y la camaradería a nivel de pandillas, y el resto del mundo que se vaya al diablo. Lo dicho, la fantasía del facho pobre. No todas las series tienen por qué ser revolucionarias; si queremos un poco de evasión y fantasía, entonces preferimos un shonen de pelea a una película de realismo soviético, por supuesto. Pero a condición de tomárselo como eso, como evasión y fantasía. Pero si tu mundo entero está conformado por series como éstas, y sus personajes son tu modelo ético a seguir, entonces estás cruzando una línea extraordinariamente delicada, por decirlo con la mayor suavidad posible.

domingo, 21 de agosto de 2016

¿La burbuja de los superhéroes?

A la batalla por seguir saqueando los bolsillos del público entreteniéndonos con sus aventuras.
Hace un tiempo viene hablándose de una potencial burbuja de los superhéroes en el cine. Conocemos el modelo. Algo renta, y renta mucho. De manera que todo el mundo se lanza a explotar la fórmula, y quienes estaban ahí primero, siguen en lo mismo hasta el hartazgo. Y de pronto, por uno u otro motivo, la burbuja estalla. Hemos visto burbujas así en el cine antes. La más significativa sea quizás la oleada de películas galácticas que invadió al cine después de La guerra de las galaxias; fueron necesarios avionazos como Star Crash, Galaxina o Los siete magníficos del espacio para que el cine se decidiera a buscar otros rumbos. Pero es probable que ninguna tenga la magnitud de la que, pienso yo, está creciendo en 2.016, principalmente por la enorme cantidad de dinero que hay en juego. El estallido de esta burbuja puede dejar así al cine comercial en una situación realmente difícil.

La burbuja empezó a gestarse gracias al Universo Cinemático Marvel. Hagamos un poco de memoria. En la década de 1.990, Marvel estuvo en bancarrota, y para salir del bache, vendió los derechos de sus franquicias más populares. En consecuencia, en la década de 2.000 vimos varias películas Marvel, en las cuales la propia Marvel tenía poco que decir y también terminó teniendo poco por ganar. Y de pronto, tuvieron la idea genial: ¿por qué no producir películas de sus propios héroes, en vez de franquiciarlos a otros que se aprovecharan de su potencial? El plan inicial parecía algo descabellado: darle películas separadas a Iron Man, Hulk, Thor y Captain America, y después reunirlos a todos en una película única, que fue Los Vengadores.

Y esta llamada Fase 1 del Universo Cinemático Marvel funcionó bien. Espectacularmente bien. Tanto, que Los Vengadores se transformó en la tercera película más taquillera de la Historia en su tiempo, por debajo sólo de Titanic y Avatar. Los otros estudios tomaron nota. El futuro parecía estar en los universos franquiciados.

El cambio más importante que introdujo el Universo Cinemático Marvel a la hora de construir franquicias, es que el público aceptó la posibilidad de que se contaran historias de personajes secundarios e incluso aún no presentados, dentro de un universo ya preexistente. Hasta el minuto, las nuevas entregas seguían siempre un criterio temporal: eran secuelas que contaban las historias futuras de personajes ya mostrados, y en algunos casos, precuelas que mostraban historias anteriores. El modelo clásico en esto es James Bond, la franquicia blockbuster más antigua que todavía sigue en activo: toda nueva película versa siempre sobre James Bond, y nunca sobre otras partes de su universo narrativo. Hubo intentos por crear spin-offs basados en Wai Lin, interpretada por Michelle Yeoh en El mañana nunca muere, y Jinx, interpretada por Halle Berry en Otro día para morir, pero dichas ideas no pasaron de la mesa de planificación. Catwoman, estrenada en 2.004, nació como un spin-off de Batman regresa de 1.992, aunque por el camino cambió tanto que puede y de hecho es considerada como una película aparte de la continuidad de la franquicia batmanesca de Burton y Schumacher. Al año siguiente hubo otro intento de spin-off con Elektra, que emergió desde Daredevil de 2.003, que terminó en el desastre que todos conocemos. En 2.009 fue el turno de Wolverine, spin-off de la Trilogía Original de X-Men, aunque su fracaso canceló varios planes para nuevos spin-offs, entre ellos dos basados en Magneto y Gambito; sólo el inesperado éxito de X-Men: Primera generación consiguió salvar a la franquicia mutante. Resulta interesante observar que si Wolverine hubiera tenido éxito, entonces los X-Men se hubieran terminado por adelantar a la propia Marvel en el concepto de universo cinemático superheroico.

Con la más brutal honestidad del mundo, ¿le hubieran ustedes dado la oportunidad a un spin-off con ella...?
Hay una excepción significativa, eso sí. Lo más cercano a un universo expandido en el cine que habíamos visto, era Star Trek. Después de seis películas con la tripulación original, en 1.995 se estrenó Star Trek: Generaciones, como un intento de unir a la misma con la Nueva Generación; las siguientes tres películas (Primer contacto, Insurrección y Némesis) fueron todas protagonizadas por la Nueva Generación. Sin embargo, este salto fue posible gracias al éxito de la serie televisiva Viaje a las Estrellas: La Nueva Generación (1.987 a 1.994), y de hecho no se tradujo en películas para el cine basadas en otras series de Star Trek. Así, no hemos visto en el cine películas basadas en Abismo Espacial 9, en Voyager, o en Enterprise, y dado el reboot aplicado en 2.009, parece poco probable que esto suceda, en el mediano plazo por lo menos. Aunque considerando el énfasis que las productoras están poniendo en los universos expandidos...

De manera que, aunque existían antecedentes, ninguna otra franquicia había llevado la expansión de universos hasta los extremos del Universo Cinemático Marvel, o al menos, no con el mismo éxito. Y por supuesto, si hay éxito, todo el mundo quiere subirse al carro. La Marvel, la primera. Entre 2.008 y 2.012 habían estrenado seis películas, ambos años inclusive, o sea, cerca de una al año en promedio. Esto ya de por sí era bastante, si se considera que los X-Men estrenaban película una vez cada tres años en promedio; irónicamente, esto era regresar a la tasa de estrenos de la franquicia de James Bond, que entre 1.962 y 1.967 estrenó una película al año. Pero la Marvel decidió apurar el tranco, y programó un calendario de dos películas por año para 2.013, 2.014 y 2.015, con su Fase 2. Y para la llamada Fase 3 programaron un calendario que ya raya en lo insano, con dos películas para 2.016 (Captain America: Civil War, y Doctor Strange: Hechicero supremo), y tres películas para 2.017 y otras tres para 2.018.

Y además de eso, la Marvel decidió por las bravas, expandir su universo con series televisivas. Hasta la fecha se han estrenado cuatro de ellas: Agentes de SHIELD, Agente Carter, Daredevil y Jessica Jones. Y vienen en camino adaptaciones de Damage Control, Luke Cage, Iron Fist, The Punisher... Con lo que la propia Marvel está metiéndose en un zapato chino. Porque el escenario actual para cualquier público, es más o menos el mismo que enfrentaban las audiencias generales con Star Trek para la década de 1.990.

Los agentes que no verás en las películas (salvo Coulson, claro).
En esa época, meterse en Star Trek era un parto. Para 1.995 existían siete películas de Star Trek, la serie televisiva original con tres temporadas, la Nueva Generación con siete, y ya estaban allá afuera Abismo Espacial 9 y Voyager. Saquemos cuentas: siete películas son catorce horas, aproximadamente. Y diez temporadas televisivas de dos series televisivas completadas (dejemos fuera a Abismo Espacial 9 y Voyager, y la serie de dibujos animados de 1.973), a 22 episodios de 45 minutos sin comerciales cada uno, suman unas 165 horas en total. O sea, con el Universo Trek en esas fechas se podía llenar una semana completa de programación sin parones ni tandas comerciales.

Saquemos cuentas ahora con el Universo Marvel, y por simplificar las cosas, dejémoslo sólo hasta Mayo de 2.016, que es una buena fecha atendido que cae después de los finales de temporada televisiva. Eso deja trece películas, o sea, unas 26 horas en total. Y 66 episodios de 45 minutos sin comerciales de Agentes de SHIELD, lo que suman casi 50 horas más. Y 18 episodios de Agente Carter, lo que suman 13 a 14 horas más. Y 26 episodios de Daredevil, o sea, casi 20 horas más. Y 13 episodios de Jessica Jones, o sea, casi 10 horas más. Si un canal de televisión decidiera exhibir todo ese material de corrido en maratón de 24 horas y sin cortes de ninguna clase, tendría para rellenar cinco días completos, así por las bravas.

Ya hablábamos hace un tiempo atrás acerca de la supervivencia de la franquicia del Universo Cinemático Marvel, que corre peligro no sólo por la hiperinflación de la misma, sino también por el inevitable recambio generacional que probablemente ya se está produciendo bajo las narices de las audiencias. Después de todo, la franquicia cumplirá diez años en 2.018, y para ese entonces habrán siete películas más, contando desde Doctor Extraño: Hechicero supremo hasta la segunda de Ant Man, y a saber cuánta televisión adicional, entre nuevas temporadas de series estrenadas y estrenos de series nuevas. La gente que ya está siguiendo el Universo Cinemático Marvel, puede que siga, pero también puede que se canse y decida bajarse del carro. Y no vendrá nueva gente a subirse, por la misma razón por la que la gente se hizo cada vez más reacia a subirse a Star Trek en la década de 1.990: la continuidad era demasiado grande como para digerirla por las buenas.

Un mapita de la juegodetronización del Universo Cinemático Marvel.
Lo irónico es que otros estudios están embarcándose en la misma carrera, y con ello, corren el riesgo de incrementar la burbuja todavía más. Por un lado, puede que mucha gente renuncie a subirse a Marvel, y comience a seguir alguna de las nuevas franquicias, pero por el otro, ya mucha gente ha invertido en el Universo Cinemático Marvel, y no se va a embarcar en las nuevas. Eso ha tenido un efecto dramático en el Universo Expandido DC, cuyas dos películas hasta la fecha (El Hombre de Acero, y Batman vs. Superman: El origen de la justicia) no han sido fracasos ni mucho menos, pero tampoco han sido el éxito glamoroso que sus productores esperaban. Y para colmo, ellos se han embarcado en otro calendario insano de películas que le dará lugar a Wonder Woman, Cyborg, Aquaman, etcétera, en el cine. Irónicamente, ya está sucediendo con los superhéroes DC en la televisión, que partió con The Arrow, y sumó después The Flash y Legends of Tomorrow. Ahora en 2.016, con el salto de Supergirl desde CBS a CW, dicho canal tendrá un prime time de lunes a jueves compuesto única y exclusivamente de franquicias del Arrowverse.

Y no contentos con ello, otros estudios de cine han anunciado el aplicar la fórmula de la Marvel a sus propias franquicias. La FOX, después de la milagrosa resurrección de los X-Men con Primera generación, le dio luz verde a Deadpool, que resultó un éxito inesperado, y con ello, además de nuevas películas con X-Men, ha anunciado spin-offs para X-Force y The New Mutants; el fracaso de Los Cuatro Fantásticos de 2.015, eso sí, impidió que éstos fueran a contaminar compartir universo con los X-Men. Los productores de Transformers por su parte están también interesados en expandir la franquicia con spin-offs, y hasta llegó a hablarse de un potencial cruce con G.I.Joe. La Disney por su parte aplicará el modelo a otra franquicia distinta que ahora es de su propiedad: Star Wars. De manera que, aparte de la tercera trilogía que comenzó con El despertar de la Fuerza, veremos spin-offs de Han Solo y de Rogue One. Y la Universal decidió convertir Drácula: La historia jamás contada en el punto de arranque de una franquicia de monstruos de la Universal que seguirá con el reboot de La Momia.

El problema con este modelo, es un tema de costos. El Universo Cinemático Marvel cosechó un éxito enorme porque fue la primera, y siendo la primera, corría en solitario, y por lo tanto, todas las ganancias que les dejaran las gentes curiosas por el concepto, iban para la Marvel. Pero a medida que intentan crear otros universos compartidos en competencia, los márgenes de ganancia irán disminuyendo simplemente porque la gente tendrá que repartirse más, y las franquicias menos interesantes quedarán colgando en el aire. De hecho, esa pesadilla estuvo cerca de hacerse realidad con Batman vs. Superman, que al momento de editar este posteo, no parecía que fuera a recaudar 900 millones de dólares, lo que a primera vista es una enormidad, pero que no lo es tanto si se piensa que los costos de producción rondaron, se dice, los 250 millones de dólares, y la publicidad costó, se dice, otros 100 a 150 millones, y las ganancias se debe repartir, se especula, con la mitad para las distribuidoras; por lo tanto, la película debía hacer unos 700 a 800 millones de dólares de ingresos recién para que la productora obtuviera 350 a 400 millones, o sea, amortizara la inversión de la película y comenzara a hacer ganancias. Y eso, el mismo año en que Capitán América: Civil War, su gran competencia, sí que pasó la barrera de los 1.000 millones de dólares, por no hablar de que Deadpool hizo más de 700 millones, pero con una inversión realmente miserable, que no debe ser superior a los 100 millones incluyendo gastos en publicidad. En escenarios como ése, se comprende que una película como The Amazing Spiderman 2, que recaudó unos brutales 700 millones de dólares, haya sido considerada no un éxito fenomenal, sino un desastre tan grande que mató el reboot de Spiderman, llevando a la consabida negociación por la cual Sony y la Marvel en adelante compartirán el personaje en el cine.

Uno podría pensar entonces que la estrategia lógica es ir justo en la dirección contraria, y en vez de apostar por un proyecto grande que puede irse a pique de manera titánica, deberían apostar por muchos proyectos pequeños, de manera que el fracaso de algunos sea cubierto con el éxito de otros. Dicha opción no es inviable. Lo probó Deadpool, que costó 50 millones de dólares sin considerar la relativamente endeble publicidad, y cosechó cerca de 700, de los cuales muy probablemente 350 fueron para el estudio. ¿Por qué no hacerlo así entonces?

Burlarse es de malos ganadores, Deadpool.
Pienso que hay dos razones. Por un lado, el mercadishing. Si se van a vender muñequitos, juegos de tablero y menús de almuerzo de comida chatarra con los personajes de las películas, es mejor mantener a esos personajes dando vueltas allá afuera. Hacerlo con películas de un presupuesto relativamente moderado no parece una opción cuando se deben pagar actores con cartel para la publicidad, por no hablar del siempre espinoso tema de los efectos especiales, de los cuales el espectador no espera menos que sean de vanguardia.

Por el otro lado, Internet. Las nuevas tecnologías queman el material con una rapidez sorprendente. Si tienes acceso a intercambio peer-to-peer, te puedes agenciar de las películas y sus bandas sonoras con una facilidad sorprendente... y gratis. Y si te da flojera descargar, siempre tienes YouTube o Vimeo, u otros canales de videos más escondidos por aquí o por allá. Si los productores echan abajo un torrent o un video, entonces surgirán tres o cuatro fanáticos que gemirán al cielo, y subirán el material, multiplicándolo exponencialmente en el camino. La única manera de combatir esto es... dar por perdido el material viejo, y subir material nuevo. Pero, ¿cómo se puede crear interés en el material nuevo con velocidad cada vez mayor...? Pues simplemente creando el material nuevo sobre el material viejo, o sea, expandiendo los ya de por sí expandidos universos.

Pero esto es simplemente una fuga hacia adelante. Internet es una madre despiadada que todo lo devora, y frente a ello, el modelo tradicional de estrenos cinematográficos a lo bestia tiene los días contados. El futuro de la producción audiovisual está en las producciones de bajo costo y de continuidad inexistente o al menos no demasiado complicada. La burbuja de los superhéroes, o más genéricamente, la de los universos compartidos en universos franquiciados, está condenada a estallar más tarde o más temprano. Y ya veremos a cuántos estudios se llevará ésta por delante.

¡La culpa es tuya! ¡No, la culpa es tuya! ¡No, es tuya! ¡No, tuya-tuya-tuya!

domingo, 14 de agosto de 2016

Las venas ilustradas de la Ciencia Ficción.


Para ser un género que se ha vendido durante más de cien años a lo menos como la gran llave para descubrir cómo será el futuro, la Ciencia Ficción ha resultado a veces ser bastante torpe. Hay muchos aciertos, como por ejemplo las similtudes entre el viaje a la Luna imaginado por Julio Verne a finales del siglo XIX, y la expedición del Apolo 11 en 1.969, pero también hay errores garrafales, como por ejemplo que la navegación estelar de las naves hiperlumínicas de Isaac Asimov requirieran de trazar trayectorias con regla de cálculo, tecnología esta última ridículamente obsoleta en unos días en que ni siquiera hemos podido enviar una misión tripulada a Marte, menos a visitar otras estrellas.

Esto se explica, por supuesto, porque predecir el futuro es siempre un negocio difícil debido a la enorme cantidad de variables que podían incidir en el mismo. Por ejemplo, a finales del siglo XIX no era difícil imaginar que los automóviles del siglo XX podían ser impulsados por electricidad, y de hecho el automóvil eléctrico iba mucho más desarrollado que el alimentado por hidrocarburos. Pero por un factor completamente ajeno, a saber, la caída del Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial, y su consiguiente balcanización en un mosaico de satrapías que a las últimas más o menos operan como títeres de las potencias occidentales, le entregó al mundo desarrollado petróleo a precios tan viles, que el automóvil de combustión interna tomó la delantera, hasta el punto que los medios alternativos de propulsión del automóvil se ven, en 2.016 por lo menos, como algo perteneciente al futuro.

Pero, ¿qué pasa cuando dejamos de enfocarnos en los detalles, y nos vamos a un sentimiento más general, a una determinada pintura acerca de la alegría o fatalidad de vivir en el futuro? A lo largo de la historia del género, hemos visto tanto Ciencia Ficción tecnooptimista en donde el mundo será un lugar mejor para vivir, versus una Ciencia Ficción fatalista en la cual el futuro será el reino de la distopía. ¿Nos permite predecir la Ciencia Ficción siquiera si el futuro que viene será soleado, nuboso o tormentoso...?


Soy un perfecto convencido de que la Ciencia Ficción como género existirá en cuanto exista ciencia. En tanto haya adelantos tecnológicos, éstos impactarán a la sociedad, y la especulación respecto de cómo será el mundo con tal o cual avance, es el combustible que nutre a los escritores del género. De hecho, existen fundamentos para argumentar que la Ciencia Ficción moderna empezó a gestarse con la ciencia moderna, en los tiempos del Renacimiento y el Heliocentrismo. Pero la cuestión se hace más espesa cuando nos planteamos si la tecnología nos hará bien o no.

Creo en lo personal que el tema tiene que ver con la retroalimentación de la ciencia. Una cualidad inherente al desarrollo científico, es que aumenta de manera exponencial gracias a que cada experimento puede proyectarse sobre todo el árbol científico. Cada nuevo experimento así ejerce un efecto no de suma, sino de multiplicación sobre el conocimiento previo. Digamos que conocemos cinco proteínas con determinadas propiedades químicas y descubrimos una sexta; entonces podemos sumar cinco relaciones químicas más a nuestro conocimiento científico. Pero si descubrimos después una séptima, podemos sumar ya no cinco, sino seis, nuevas relaciones químicas posibles. Multiplíquese esto por todos los descubrimientos científicos en los más variados campos del conocimiento, y tendremos una retroalimentación continua que acelera el desarrollo científico hasta el punto que muchos temen que estemos llegando a una singularidad que cambie el mapa de la Humanidad para siempre.

¿Es posible parar esto? Sí, si es posible. Para hacer ciencia se necesita científicos, y para que haya científicos, se necesita pensamiento racional. Por desgracia, así como toda evolución biológica de las criaturas permite también la evolución biológica de sus parásitos, también el avance de la ciencia permite, ironía suprema, el avance de la ignorancia, la superchería y la sinrazón. Un computador conectado a una red mundial de computadores, por ejemplo, es en principio ideológicamente neutro, y su usuario puede generar información científica con él... pero también puede propagar superstición religiosa, espiritualidad vacua, doctrinas pseudohistóricas o pseudocientíficas, o adoctrinamiento chauvinista. Después de todo, la NASA y el CERN tienen sus páginas web, pero también las tienen las principales religiones y dictaduras del planeta.


El progreso de la ciencia exige una cierta mentalidad, que podemos llamar ilustrada o racionalista. La misma es más rara de lo que parece. En los hechos, ha existido sólo en determinados puntos de la historia, incluyendo Jonia, Atenas o la Alejandría grecorromana, o la edad de oro científica a la sombra del Islam (y sofocada al último por éste). La gran explosión de la racionalidad científica vino con la acumulación de conocimiento científico de los siglos XIII a XVIII, y remató en una Revolución Francesa que puso en hechos las palabras de la ideología ilustrada. La doctrina de los derechos humanos, de hecho, es una expresión de la racionalidad ilustrada, y tiene mucho que ver con el progreso científico. Recordemos que el eslogan de la Revolución Francesa es “libertad, igualdad, fraternidad”: libertad que puede ser usada para experimentar con la naturaleza, igualdad para que las opiniones se impongan por su ajuste a los hechos y no porque una vaca sagrada la ha dictado a punta de decreto o revelación, fraternidad para que el conocimiento científico mejore a la Humanidad como un todo... aunque sea por el utilitarismo de que humanos empoderados son también humanos más preparados para incrementar el caudal de conocimiento científico.

Por supuesto, no es raro que la Ciencia Ficción como género haya experimentado un gran empuje al calor de la expansión de esta mentalidad ilustrada dieciochesca. No ocurrió de golpe, por supuesto. Desde Micromegas de Voltaire, el gran codificador de los visitantes extraterrestres como tópico literario, hasta La guerra de los mundos de Wells, el gran codificador de la invasión extraterrestre, transcurrió cerca de siglo y medio. Pero cuando lo hizo, lo hizo en esa ola imparable de racionalismo. En general, la Ciencia Ficción tenía un sello tecnooptimista, que no era sino la proyección de la mentalidad positiva y progresista del siglo XIX.

Las cosas se volvieron más espesas en el siglo XX. De pronto, el pesimismo empezó a invadir el campo. No es casualidad que la Edad de Oro de la Ciencia Ficción fue producto de un cierto optimismo en el Estados Unidos entre las dos guerras mundiales: las cosas estaban difíciles durante la Gran Depresión, pero de alguna manera, saldríamos adelante. Un caso egregio de esta mentalidad, por ejemplo, es la obra de Isaac Asimov, en donde la Tierra puede haber sido esterilizada por la vía nuclear, pero el espacio en el intertanto había sido colonizado y la Humanidad sobreviviría. La Fundación tiene mucho de optimismo: vendrán treinta mil años de tinieblas cuando caiga el Imperio Galáctico, pero en el intertanto, la Historia puede ser convertida en ciencias matemáticas, la Psicohistoria, y podemos reducir ese caos a su mínima expresión. El pesimismo distópico parecía más patrimonio del mundo europeo, con cosas como R.U.R. de Kapek, o Un mundo feliz de Huxley.


Pero a partir de la segunda mitad del siglo XX, el pesimismo comenzó a teñirlo todo. Hay excepciones significativas, como Star Trek, pero son eso: excepciones. El cúlmen pareció haber sido alcanzado por el Cyberpunk, en el cual el progreso tecnológico iba a llevarnos al colapso social. Al final, cuando llegaron las tecnologías de redes, las cosas no fueron para tanto.

Y esto tiene mucho que ver con la decadencia del discurso ilustrado dieciochesco. El progreso eterno hacia una sociedad de perfección tecnológica fue la piedra de toque de la mentalidad occidental hasta las guerras mundiales, que probaron lo que una utopía bien encajada podía hacerle a la Humanidad: genocidios, censura, opresión, y sobre todo, medios muy expeditos para liquidar a la población. “Ni los nazis pueden matar tan rápido”, decía un personaje de la película Casablanca, antes de que se descubrieran las atrocidades de los campos de concentración, y descubriéramos de que sí, con la tecnología y los recursos adecuados, los nazis sí que podían hacerlo. Bien, los nazis realizaron experimentos con seres que consideraban humanos inferiores, pero eran un montón de psicópatas, y eso no sucedería en una democracia, podríamos consolarnos a nosotros mismos, ¿verdad? Mentira. En la década de 1.970 se descubrió que eso mismo venía haciéndose durante cuarenta años con la población negra de los Estados Unidos para investigar la sífilis, en los llamados experimentos de Tuskegee. Todas esas cosas van por supuesto contra el espíritu mismo de los principios ilustrados. En cierta medida, no hay mucha distancia entre la cosificación del ser humano en los experimentos médicos de los nazis o de Tuskegee por un lado, y su cosificación en el Cyberpunk, si se mira bien.

De esta manera, es posible adivinar una conexión entre las perspectivas optimistas y pesimistas del futuro en la Ciencia Ficción, y la sangre ilustrada que corra por las venas del género. Podemos intuir que los escritores más pasionales y románticos serán también los más melancólicos y pesimistas: no en balde, los primeros grandes distópicos fueron autores como Mary Shelley y El último hombre, o Jack London y El Talón de Hierro. Los escritores más racionales y científicos, por el contrario, como por ejemplo un Asimov o un Clarke, es muy posible que vean las cosas de manera distinta, y tiendan a presentar futuros más optimistas.




domingo, 7 de agosto de 2016

Yo mío de mí.

George Harrison (1.974).
Este posteo debe contar como un primera vez por estos lares. Lo que es apropiado para iniciar el Año VII de la Guillermocracia. Hemos publicado material sobre música antes. Sobre bandas, cantantes y músicos. Ahí están los posteos dedicados a Moonspell, Laibach, David Bowie, Isao Tomita, Falco, Michael Cretu y Sandra... Sobre estilos musicales, como las ciclópeas series Synth80s o Grunge. Pero dedicarle un posteo entero a una, única y exclusiva canción... Eso es un nunca visto por acá en la Guillermocracia. Lo más cerca es cuando publicamos un posteo sobre dos canciones: Iron Man de Black Sabbath y Iron Man de Die Krupps. Pero, ¿de una sola canción? No lo habíamos hecho, si la memoria me asiste bien. Pero daremos este paso porque se trata de una estupenda canción de esa gran banda que es The Beatles, y una canción con una letra que por desgracia es muy actual, como hablaremos a continuación.

Todos sabemos que The Beatles es una de las bandas más influyentes de todos los tiempos. Prácticamente todo el Pop y todo el Rock actual arrancan, de una manera u otra, de The Beatles. Cuesta verlo hoy en día, en que consideramos al Pop y al Rock como un todo desde la época de Bill Haley y los Cometas o de Elvis Presley, pero a caballo entre las décadas de 1.950 y 1.960, en particular después del famoso Día que murió la música, el infausto 3 de Febrero de 1.959 en que varios rockeros de primera línea se mataron juntos en un mismo avionazo, parecía que el Rock and Roll iba a ser una moda pasajera. Para inicios de la década de 1.960, el futuro parecían ser cosas como las baladas melosas de The Platters, o el calipso de Under the Mango Tree, canción Bond no oficial de la película Dr. No de 1.962. El propio James Bond interpretado por Sean Connery se burlaría de The Beatles en Goldfinger de 1.964, algo irónico si se piensa que nueve años después, la canción Bond oficial de Vive y deja morir, la primera película Bond de Roger Moore, sería interpretada por Paul McCartney and Wings... Todo eso, algo dice sobre la increíble influencia que tuvieron The Beatles en materia de tontas canciones románticas, de Pop Barroco (Eleanor Rigby), e incluso de un muy primitivo Heavy Metal (Helter Skelter).

Todos sabemos que The Beatles son John, Paul, George y Ringo, pero por regla general se admite que las dos grandes fuerzas creadoras fueron John Lennon y Paul McCartney. George Harrison tenía también su propio potencial, pero de temperamento quizás algo más tímido y soñador, nunca fue capaz de imponerse a fondo en las peleas de ego entre John y Paul, mientras que Ringo Starr parecía más bien feliz de estar al fondo, tocando la batería con sus amigos y punto. Y eso engendró una de las enormes injusticias de la banda, porque a la larga, cuando se largaron a una carrera en solitario, George Harrison demostró ser también un huracán de creatividad. Suyos son temazos para la eternidad como Here Comes the Sun o While my Guitar Gently Weeps, por no hablar de su conmovedor himno espiritual que es My Sweet Lord; que dicha canción se merezca el calificativo de conmovedora de mi parte, que no soy una persona religiosa, o a lo menos no lo soy en el sentido más estricto de la palabra, algo debería decir.

Para finales de su carrera, debido al increíble choque de egos entre John Lennon y Paul McCartney, The Beatles estaba a punto de colapsar. Su último disco, Let It Be, fue lanzado en 1.970 y de hecho, después de que la banda ya se había disuelto en la práctica, por más que fueran renuentes por el minuto a hacerlo oficial. El disco intentó ser un acercamiento al sonido algo más simple de sus orígenes, después de sus coqueteos con el Pop Barroco y un filo más experimental, y nos dejó las últimas joyitas de la banda, canciones como Get Back o Across the Universe. Prácticamente todas las canciones, como de costumbre, están acreditadas por Lennon, por McCartney, o por ambos... y en medio de ellas, como quien no quiere la cosa, de alguna manera, George Harrison se las arregló para infiltrar, en solitario, un par de créditos en ese disco y sus últimas contribuciones como compositor para The Beatles: la magnífica I Me Mine, además de For You Blue.


He traducido muy liberalmente el título como Yo mío de mí, que me suena mejor en castellano, aunque literalmente I Me Mine viene siendo Yo Mi Mío. La canción es un comentario y un rapapolvos monumental en contra de la lucha de egos entre McCartney y Lennon. Fiel a su estilo más bien espiritual, George Harrison no se embarca en recriminaciones de ningún tipo. Tampoco se lamenta en primera persona, como lo hacen Lennon y McCartney en canciones como Two of Us o The Long and Winding Road. I Me Mine es simplemente un comentario de la situación, uno muy amargo, pero también uno lleno de filosófica resignación. Hay cosas que son como son, parecería querer decir Harrison, y sin un verdadero entendimiento o espiritualidad, es difícil tratar de cambiarlas.

Las letras de I Me Mine son muy sencillas: "Todo lo que puedo oir / Yo mío de mí, Yo mío de mí, Yo mío de mí / Incluso aquellas lágrimas / Yo mío de mí, Yo mío de mí, Yo mío de mí / Nadie está asustado de jugárselo / Todos lo están diciendo / Fluyendo más libremente que el vino" ("All I can hear / I me mine, I me mine, I me mine / Even those tears / I me mine, I me mine, I me mine / No-one's frightened of playing it / Everyone's saying it / Flowing more freely than wine"). Y en esta sencillez, el mensaje de fondo resulta incluso más potente.

Una clave ayuda a entender mucho mejor lo que Harrison está tratando de decir. Los conceptos de "yo" y "mío" van a la par, para graficar el ego como fuerza psicológica, dentro del pensamiento místico hindú. Compárese el título de la canción, I Me Mine, con el Bhagavad Gita, el clásico texto místico hindú, por ejemplo: "El hombre que abandona el orgullo de la posesión, libre del sentimiento del “yo” y de “lo mío”, alcanza la paz suprema" (Bhagavad Gita 2:71). Debemos recordar que, entre todos los miembros de la banda, Harrison era el más interesado en el misticismo oriental, muy en particular el procedente de la India. Desde este punto de vista, un mundo en el cual "todo lo que puedo oir, yo mío de mí, yo mío de mí, yo mío de mí", es un mundo simplemente aterrador, un mundo en donde todos son prisioneros del orgullo de la posesión, y por ende, todo lo lejanos de la paz suprema que se pueda estar.

Por supuesto, el mensaje en sí rebalsa el contexto en que fue compuesto. Harrison la compuso pensando en Lennon y McCarthy, todo parece indicar esto, pero el énfasis de la letra deja bien en claro que es de aplicación universal. Y hoy en día, por desgracia, ya lo decíamos más arriba, la canción parece más de actualidad que nunca. En la década de 1.960, en que compuso y respiró The Beatles como banda, había un enorme movimiento social, de preocuparse por cosas afuera de uno mismo. Fue la década de los movimientos por la liberación de la mujer, por la lucha de los derechos civiles de las minorías, por la paz y contra Vietnam. Fue la década iniciada por el discurso inaugural de la Presidencia de John F. Kennedy, en el cual éste dijo: "No pregunten qué puede su país hacer por ustedes, pregunten qué pueden hacer ustedes por su país". Fue la década en donde la música intentó ser nueva y revolucionaria, en donde el cine intentó abrazar nuevas formas de expresión. Fue la década en que los epítomes de la Ciencia Ficción fueron 2001: Odisea del espacio, una película que invitaba al ser humano a soñar con las estrellas como pórtico hacia la evolución en estadios superiores en el universo, y Viaje a las Estrellas, una serie que en su encarnación original por lo menos, se trataba acerca de explorar el espacio y coexistir de manera tan pacífica como se pudiera, con civilizaciones extrañas y difíciles de entender.

Esa década hoy en día se ha ido. Hoy en día, a casi cincuenta años de haberse compuesto la canción, lo que impera es el culto al yo más desaforado. Ya lo comentábamos acá en la Guillermocracia a propósito del cine, de que el cine ya no quiere héroes, porque los héroes actuales, el grueso de ellos son petulantes o narcisistas. Una serie como Game of Thrones, por ejemplo, se trata más o menos de lo mismo, de gente narcisista haciéndose cosas horribles los unos a los otros, sin que casi ninguno piense en el panorama vasto o global, sin un gran bien al que poder aferrarse. Y de House of Cards y su descripción de la búsqueda del poder como satisfacción de un narcisismo insaciable, ya no hablemos. Y mejor mencionar en puntillas a la clase política o al empresariado, con su exaltación acrítica de su propio poder y superioridad, llorando porque "somos poderosos, pero también somos seres humanos, así es que discúlpennos por ser matones con nuestro prójimo, nos equivocamos como seres humanos que somos, y no atropellamos a nadie con mala intención", exaltación acrítica que se ve muy bien reflejada en la arquitectura mussoliniana o digna de Albert Speer, que son los modernos colosos corporativos en que éstos tienen sus oficinas.

Desde este punto de vista, I Me Mine sigue siendo una canción enormemente actual, incluso más que en las fechas en que fue compuesta. Y esto, por supuesto, es lisa y llanamente una tragedia.



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