domingo, 26 de junio de 2016

"Tengo pendiente...": La esclavitud de ser un seriéfilo.

Keri Russell en la primera temporada de The Americans.
No siento mucha simpatía por esa nueva raza de frikis llamados "seriéfilos". Los mismos nacieron a la luz más o menos a finales de la década de 1.990. El primer fandom propiamente seriéfilo fue probablemente el de Viaje a las estrellas, que probablemente es, por lo mismo, la primera serie de televisión llevada al cine, en Viaje a las Estrellas: La película de 1.979. Pero los clubes de seriéfilos estallaron con toda su fuerza recién en la década de 1.990, con los fanáticos de Los expedientes secretos X y Buffy la Cazavampiros, apoyados probablemente por el hecho de que Internet hizo mucho más sencillo que estas gentes pudieran unirse unas con otras. Luego vinieron las series de HBO, incluyendo The Sopranos, Six Feet Under, Sex and the City, etcétera, y la televisión cambió para siempre. Hoy en día, los seriéfilos lucen con orgullo su condición, casi como si llevaran una escarapela prendida al pecho, igual a como los fanáticos de la Nouvelle Vague en la década de 1.960 se reunían en sus cine forums para comentar las últimas genialidades de Goddard, Truffaut o Antonioni.

Uno de los rasgos que he observado con mayor detención, en los seriéfilos, es el uso de la expresión "Tengo pendiente". Cada vez que alguien postea acerca de una serie televisiva en particular, llamémosla A-B-C, viene una respuesta más o menos del siguiente tipo: "La serie A-B-C, la tengo pendiente junto con U-V-W y X-Y-Z, porque estoy viendo D-E-F". Y cada vez que veo esa frase, empiezo a sentir una punzada de preocupación por la salud mental de la persona que la ha escrito.

Analicemos un poco el sentido de la frase "tengo pendiente". Uno la utiliza cuando hay una tarea que debe realizarse, pero cuya ejecución no se ha principiado. Por ejemplo: "Tengo pendiente preparar el informe", "tengo pendiente entregar la tesis", "tengo pendiente hablar con mi ejecutivo de cuentas", "tengo pendiente felicitar a fulanito por su cumpleaños", etcétera. La palabra clave aquí es tarea. Hay una obligación o una carga de por medio, y el conflicto nace de que dicha obligación o carga, que debe ser satisfecha de manera imperiosa, no sólo no está en proceso, sino que ni siquiera ha comenzado.

Y esto es lo que me preocupa. ¿Desde cuándo, ver una serie de televisión, cualquier serie de televisión, es una obligación o una carga? Y si lo fuera, ¿es una obligación o carga impuesta por quién?

El elenco de la primera temporada de Hannibal en pleno.
Pensémoslo con un poco más de detención. Uno consume productos culturales porque quiere. Uso producto cultural en la más amplia acepción aquí, sin juzgar de acuerdo a calidad, por supuesto: puede ser un clásico inmortal de todos los tiempos, o productos narrativos de baja estofa. Lo importante es que se trata de una expresión artística, rica o pobre, pero expresión artística al final del día. Esto incluye leer un libro, hojear un cómic, ver una película, seguir una serie de televisión. Digamos que tengo un cine con diez salas cerca de mi casa: nadie me obliga a ir a ese cine en vez de leerme un buen libro, y si voy, nadie me obliga a entrar a una sala para ver una película determinada en vez de entrar en otra sala para ver otra película diferente. Por supuesto, si eres crítico de cine y tu trabajo es comentar películas, debes ir por obligación porque te pagan por crítica hecha, y sería deshonesto de tu parte escribir un comentario sin haberla visto; existe gente así, por supuesto, pero partimos de la base de que eres un hombre o mujer de bien. Pero el grueso de nosotros no somos críticos de cine, o al menos, no lo somos de manera profesional y pagada. Es decir, no le debemos nada a nadie, en ese respecto. Si no nos apetece ver una película, no la vemos y no sucede absolutamente nada. Salvo que sea una película romántica, que nuestra chica se ponga tontita al respecto, y haya que ir para evitar un apocalipsis romántico digno de 10 historias románticas que terminan muy mal, pero eso es otra historia.

Con las series de televisión pasa exactamente lo mismo. A mí nadie me obliga para ver tales o cuales series televisivas, menos a seguirlas. Salvo que sea una serie romántica, que nuestra chica se ponga tontita al respecto, y haya que ir para evitar un apocalipsis romántico digno de 10 historias románticas que terminan muy mal, pero eso es otra historia. Pero en condiciones normales, no tengo por qué sentarme a ver el menor de los capítulos únicamente porque alguien esté esperando un comentario respecto del mismo. Las series que he visto, lo he hecho porque he querido, me han parecido buenas o al menos llevaderas, y las que he dejado, lo he hecho sin cargo de conciencia. Me tragué entera la primera temporada de Hannibal aunque me pareció demasiado parsimoniosa para su propio bien, y cuando me convencí de que iba a seguir siendo así, me bajé; lo mismo me pasó con Lost, que me bajé a la segunda temporada, con Game of Thrones, de la cual deserté a la tercera, o con The Americans, que no la seguí tampoco más allá de una temporada. ¿Alguien más esperaba que las siguiera todavía más porque esperaban mis comentarios al respecto? Que lástima, porque salvo cambio de planes, lo más probable es que les toque esperar hasta la Parusía de Nuestro Salvador. ¿Y falta mucho para esa Parusía, y qué es la Parusía en primer lugar? Mi respuesta: investiguen. No digan que con la Guillermocracia no aprenden palabras nuevas para ampliar su vocabulario, ¿eh?

En ese sentido, el seriéfilo que escribe "tengo pendiente" es la versión moderna del antiguo cultureta de cine, que se sentía obligado a ver el último estreno japonés, coreano, iraní, danés o serbocróata, porque en el mundillo especializado del cine arte se decía que tal o cual película iba a ser la referencia de la temporada. Todos nosotros hemos pasado por esa etapa, probablemente, y la mayoría hemos terminado entrando en nuestro sano juicio y abandonando luego de ver un muermo cultureta más de lo recomendable. El seriéfilo que escribe "tengo pendiente" lo hace entonces porque se siente igual de obligado, porque siente que alguien lo presiona para dar su opinión sobre tal o cual serie.

El 11,6% u 11,7% del elenco de Game of Thrones.
La pregunta es, ¿presionado por quién? Y aquí es en donde el asunto se pone espinoso. La verdad es que los únicos que se preocupan de verdad por la opinión que un seriéfilo tenga de una serie televisiva, son otros seriéfilos como él... que a su vez, presumiblemente, están sometidos a la misma presión psicológica. Es decir, los seriéfilos se presionan todos entre sí. Conocemos de sobra el funcionamiento de este mecanismo psicológico: es el mismo por el cual los acólitos de una secta se mantienen alineados en sus filas. Cuando alguien entra a una secta, lo primero que se hace es darles mucho cariño y afecto, lo que en inglés se llama lovebombing, a la vez que ir asignándoles tareas siempre crecientes. Al último, dicho adepto a la secta termina por anular su individualidad, cediendo al refuerzo de grupo y a las presiones de compañeros que pueden ser demasiado demandantes para su bien, pero entre los cuales ha encontrado su huequito para existir en el mundo. Con el seriéfilo que escribe "tengo pendiente" pasa exactamente lo mismo: internándose por las aguas de la red informática ha encontrado a otros seriéfilos que lo llenan de esa comprensión que sólo un seriéfilo puede darle a otro, porque dicha comprensión no existe ni tiene por qué existir en la vida real, y el único precio que debe pagar por su inclusión, es aceptar el refuerzo de grupo y sumarse a las series que todos los otros seriéfilos ven.

Sospecho que el creciente fenómeno del hate watching, del ver una serie con bilis, para odiarla o criticarla, tiene mucho que ver con esto. Considerando que los seriéfilos terminales se sienten presionados a ver tales o cuales series, una válvula de escape para ver series por obligación sin que esto se vuelva un trago amargo, es hacerlo desde lo más profundo del odio visceral en las entrañas. Con el paso del tiempo, se ha ido haciendo más aceptable entonces el ver una serie con odio: lo principal es verla, para tener algo que comentar, y hacerlo desde el amor o desde el aborrecimiento es secundario. Eso sí, cuando vastas masas de seriéfilos se ponen de acuerdo en que una serie es buena o mala, entonces el seriéfilo terminal debe también alinearse en esta misma dirección. Porque no es socialmente admisible criticar una serie que todo el mundo pone por las nubes, como lo experimenté a mis costillas cuando publiqué Game of Thrones: Al diablo que yo me largo de aquí, por ejemplo, serie que no seguí viendo por las razones que di en su minuto, y que de haberlo hecho, habría sido por puro hate watching. Pero en lo personal, considero que el concepto de hate watching es en sí mismo errado. Una serie debería ser vista siempre desde el amor, jamás desde el odio. No quiere decir que a uno no pueda dejar de gustarle, una vez que ha visto una cantidad de episodios, pero siempre considero más saludable dejarla y seguir otra serie, o derechamente hacer otra actividad, que quedarse para llenarse de bilis. La vida es demasiado corta para gastarla en actividades que en definitiva nos amarguen.

Si da la casualidad de que algún seriéfilo de los que escriben "tengo pendiente..." está leyendo esto, entonces déjame darte un mensaje, a título de opinión netamente personal, y que por ende puedes aceptar o rechazar si te parece que lo que escribo tiene algún sentido o no lo tiene. El mensaje es: no te esclavices a las series. Ver una serie televisiva no es una obligación o una carga. No tienes pendiente ver nada. Si no te apetece seguir la serie que todo el mundo está viendo, no te castigues viéndola. Cada temporada de serie que veas son diez a veinte horas de tu vida que ya no volverán, y que puedes dedicar a leer un libro, ver varias películas, seguir otra serie televisiva que te guste más, o por qué no, si a tanto alcanza el cariño, para leer el largo listado de posteos que hemos publicado acá en la Guillermocracia. Lo importante es que lo hagas por gusto y con amor. Ver una serie, así como ver una película o leer un libro, así como leer un posteo de la Guillermocracia, es algo que debería hacerse desde el cariño; cuando lo haces por presión social, termina volviéndose un fastidio y le cobras odio al material. No te amargues la vida así. Ya es suficiente que la vida en sí misma es difícil y está llena de frustraciones, no te llenes además con la bilis de una serie televisiva que no te satisface. Y que esa serie se lleve todos los Emmy que quiera, eso no importa, porque los Emmy son al gusto del jurado que entrega los Emmy, no del tuyo. Sé tu propio jurado, ve lo que te apetece, convérsalo con quien lo acepte, y sigue adelante con tu vida. Diez a veinte horas de tu vida dan para mucho, y van a ser diez a veinte horas mucho más satisfactorias si las inviertes en algo que realmente te apetezca hacer, leer o ver.

Bastian Bodenhofer en Cobre.

miércoles, 22 de junio de 2016

El pueblo ha hablado: He aquí el especial de Julio de 2.016.


Señoras y señores. El pueblo ha hablado. Mejor dicho, ha rugido. Hemos preguntado a los súbditos lectores de la Guillermocracia acerca de cuál es el tema que quieren para una maratón de posteos, los domingos de Julio de 2.016, a propósito del aniversario número 6 de la Guillermocracia. Y con avasalladores 57 votos, tenemos los siguientes resultados:

  • Anime => 13 votos (22% del total).
  • Cine => 12 votos (21% del total).
  • Historia => 20 votos (35% del total).
  • Literatura => 8 votos (14% del total).
  • Música => 4 votos (7% del total).

Por lo tanto, y conociendo que es propio de la dignidad del poder el sujetarse a sus propias leyes, he aquí que decreto:

"EN LA GUILLERMOCRACIA, A MARTES 21 DE JUNIO DE 2.016:

"SEA QUE EL ESPECIAL DE POSTEOS A PUBLICARSE EN JULIO DE 2.016, VERSE SOBRE HISTORIA.

"SUSCRIBE: GUILLERMO RÍOS, DIRECTOR SUPREMO Y VITALICIO Y PADRE FUNDADOR DE LA GUILLERMOCRACIA".

De manera que el primero de los posteos sobre Historia vendrá el Domingo 3 de Julio de 2.016, y luego seguirán los posteos de los días 10, 17 y 24. Y todo eso porque el próximo 30 de Julio, a algo más de un mes desde aquí, estaremos cumpliendo seis años; ya lo dijimos, pero es bueno recordarlo para que ustedes marquen en rojo el calendario, descorchen una botella de champaña vino espumante o abran una lata de cerveza, y hagan libaciones en honor de la Guillermocracia.

Por supuesto, quedan cordialmente invitados a seguir en la Guillermocracia.

domingo, 19 de junio de 2016

La versión chilena de "Los años dorados": Bullying desde la tercera edad.

Ana Reeves, Carmen Barros, Gloria Münchmeyer y Consuelo Holzapfel, las protagonistas de la versión chilena de Los años dorados.
En esta era de remakes y falta generalizada de ideas, hemos terminado por encontrarnos con toda una curiosidad. Voy a escribirlo con varios puntos seguidos para que tengan tiempo de asimilarlo. Se trata de un remake. De la serie televisiva Los años dorados. En Chile. Perpetrado por UCV Televisión.

Ahora voy a redactarlo de manera un poco más extensa, por si no terminan de entenderse las implicancias. En 2.015 se estrenó la nueva versión de una más o menos olvidada serie televisiva de la década de 1.980, en un país tercermundista como lo es Chile, y realizado más encima por un canal de televisión que se esfuerza en lo suyo, admitamos eso, pero que no es ni de lejos la primera potencia televisiva de la nación.

Hagamos un poco de historia. La serie a la que nos referimos, es aquella cuyo título original en inglés es The Golden Girls, y que se emitió originalmente entre 1.985 y 1.992. En el mundo hispanohablante recibió varios títulos, dependiendo del exhibicionismo y la impudicia de los traductores: Las chicas de oro en España, y Los años dorados en Latinoamérica. Y en Brasil se llamó... As super gatas. Y no hago ningún chiste con esa traducción porque éstos se escriben solos. La serie en cuestión se trataba de cuatro adorables ancianitas que vivían aventuras de ancianitas, en la ciudad de Florida. Y a pesar de ser una sitcom de la década de 1.980, que parió sitcoms idiotas a porfía, Los años dorados se decidió a abordar varios temas socialmente calientes de su época, como por ejemplo el SIDA, la homosexualidad, el romance interracial, el suicidio asistido... O eso es lo que he investigado, por lo menos. La verdad es que yo estaba muy menor para haberla visto, y no recuerdo que la hayan repetido por aquí y por allá, de manera que tengo recuerdos muy nebulosos de haberla visto. Y esos recuerdos son ni de allá ni de acá. La serie, ni me gustó ni me disgustó. Era simplemente algo que estaban pasando en la pantalla en las escasas ocasiones en que estuve sentado, lo vi porque estaba ahí, y debo haberlo olvidado tan rápido como lo vi.

Por cierto, y para eso sirve Internet, para investigar cosas inútiles como ésta, la serie fue tan exitosa que tuvo spin-offs, inclusive. Se trata de Nido vacío, que recuerdo haber visto porque la exhibían en la tarde, por alguna razón, e interfiriendo con el horario de mis dibujos animados, por alguna razón. Años después me enteré de que era un spin-off de Los años dorados, y eso no hizo nada ni porque la quisiera ni porque la odiara más.

Los años dorados tuvo algunos remakes. En España hicieron dos, por falta de uno: Juntas pero no revueltas primero, y Las chicas de oro después, que terminaron canceladas después de la primera temporada por bajas audiencias. Los españoles que estén leyendo esto, ya me contarán qué tal estaban esas adaptaciones. En Inglaterra rodaron The Brighton Belles, que terminó cancelada después de la primera temporada por bajas audiencias. En Grecia, el remake se llamó Xρυσά κορίτσια (Jrysá Korítsia, o sea, Las chicas doradas), y lo menciono porque todo suena mejor en griego, incluso hasta la filosofía de Platón, lo que ya es decir. Y finalmente, después de remakes en Holanda, Rusia y Turquía, llega la versión chilena del cuento.

El remake de esa serie en Chile, lo ambientaron en Viña del Mar, que es lo más cercano que encontraron a Miami, lo que sirve de respiro para el santiagocentrismo de las producciones audiovisuales chilenas. En este remake tratan de mostrar a Viña del Mar con una ciudad con glamour, pero se quedan algo en deuda en el empeño, considerando la creciente proletarización que ha afrontado la otrora joya aristocrática de la costa central de Chile, y escribo la palabra proletarización por utilizar un término suave.

La historia sigue más o menos el esquema de la serie original, o sea, cuatro damas en su segunda infancia que comparten departamento. El primer capítulo explica cómo llegan a esa situación: una de las chicas, que es la Chichi, y cuya característica distintiva es que le gustan los hombres de desayuno, almuerzo y cena, y en un capítulo se insinúa que tampoco le haría ascos a una mujer, ella se va a casar por enésima vez. Pero el candidato a marido resulta ser un fresco mujeriego de lo peor, algo que los espectadores ya nos dábamos cuenta porque viene interpretado por Jaime Azócar, y no recuerdo que él haya interpretado a un personaje monógamo alguna vez. El dulce vínculo no llega a celebrarse, por supuesto, y para consolarla, las otras tres chicas llegan a vivir con ella.

La verdad es que, como decía más arriba, no recuerdo la mayor cosa de la serie original, de manera que me fío en esto del making off que emitieron por UCV sobre la serie. En el original, las cuatro chicas eran simplemente compañeras de departamento. Acá, en cambio, tres de ellas son hermanas, y la cuarta es la madre de una de ellas, o sea, tía de las otras dos. Explicaban que el cambio se debía a la idiosincracia chilena, más apegada a lo familiar, lo que hacía más creíble que cuatro mujeres veteranas de mil batallas compartieran un mismo departamento. Aprovechan esto para, en un episodio, hacer narración enmarcada y contar una historia de juventud de las hermanas, interpretadas por actrices más jóvenes. Las mismas que interpretan el tema original de la serie, que se llama Para siempre, y que es uno de los puntos altos, porque no es una gran canción, pero cumple con lo que debe cumplir, o sea, ser pegajosa para que la gente silbe la melodía y haga por lo tanto promoción involuntaria de la serie:



La guionista, por cierto, es Lux Croxatto, que en la década de 1.980 daba de qué hablar como actriz, pero que después, por alguna razón que me es desconocida, desapareció de escena. Ahora reaparece como guionista. Merece la pena destacar este punto porque los guiones en general están muy bien construidos, y cada línea de diálogo es increíblemente precisa, hasta el punto que algunos capítulos ganan bastante viéndolos por segunda o tercera vez. Yo tuve que hacerlo, y las circunstancias respectivas son lo suficientemente inconfesables como para no ponerlas por escrito aquí.

Luego de todo lo anterior, viene lo realmente substancioso: qué tal es la serie. Y en esto, el resultado es bueno... pero podría haber sido mejor. En general, la serie tiene un buen nivel. Es barata, increíblemente barata en términos de producción, ya que el grueso de la misma se ambienta en la sala de estar del departamento de las cuatro, algo que es característico de las sitcoms clásicas como género, por lo demás; de todas maneras tienen algunas escenas en exteriores que amenizan un poco el panorama. Por suerte, se las arregla para sacarle buena punta a los diálogos y las situaciones. Algunos capítulos son mejores que otros, por supuesto. La serie gana mucho cuando se dedica a explotar las relaciones de las chicas entre ellas y con otros personajes de su entorno, y pierde un poco cuando las ponen a lidiar con situaciones un tanto foráneas. Capítulos como el de la tormenta eléctrica, o el computador robado y la investigación de la PDI, por ejemplo, no pasan de mediocres, pero por ejemplo el capítulo en el cual la Dolo debe afrontar a su ex marido y la neumática y joven segunda esposa del mismo, son bastante buenos.

Pero la serie no es perfecta, y el principal problema es que las protagonistas en general no son demasiado queribles. No sé qué tanto se parezcan a las caracterizaciones de la serie original, pero éstas en particular... simplemente no son gente con las que quisieras compartir un almuerzo. La Chichi, interpretada por Gloria Munchmeyer, no pasa de ser una narcisista neurótica que manipula y necesita desesperadamente ser el centro de atención de todo lo que pasa. La Dolo, interpretada por Ana Reeves, es una profesora bastante amargada por la vida, a quien el tema de la empatía es algo que le cuesta bastante. La Carmen, madre y tía del resto, interpretada por una nonagenaria e increíblemente activa Carmen Barros, es una señora prepotente y abusiva que sólo quiere hacer lo que se le antoja y se cree con derecho a sentarse sobre todo y sobre todos porque sí. Y la Bea, interpretada por Consuelo Holzapfel, es la más simpática del conjunto, la que tiene mejor carácter y es más entrañable, cuando no se le van los tejos en ser la tonta oficial del grupo. Con esto no quiero decir, y quiero poner un énfasis supremo en esto, que el trabajo actoral esté mal. Por el contrario, las cuatro actrices son de lo más granado de la escena televisiva chilena, y en todas y cada una de sus escenas muestran por qué están entre las mejores dentro de lo suyo. El problema no son las actrices en sí, que están muy bien, como decía, sino que los personajes a quienes interpretan son tan egocéntricos y mezquinos, que terminan haciéndose poco simpáticos. Habla muy bien tanto de las actrices como de la guionista, que a pesar de este defecto capital de los personajes, la serie funcione a pesar de todo.

Lo anterior no sería un problema, si la serie no insistiera en poner a las chicas como las heroínas del cuento. Un ejemplo concreto ayudará a definir esto. En un capítulo, nos enteramos de que, fuera de cámara, la Dolo le ha dejado el automóvil hecho una calamidad a su ex marido. Todos nosotros hemos sentido despecho romántico alguna vez en la vida, a todos en algún minuto nos han cambiado por otra persona, y todos hemos sentido unos deseos hirvientes de agarrarlos a los dos, amarrarlos bien amarrarlos, y echarlos al río para ver qué tan bien respiran con tres metros de agua por encima de la cabeza. Esa clase de sentimientos no son muy respetables, pero son comprensibles porque somos seres humanos. Pero hay que tener un par de desperfectos en el cráneo para tomar esas fantasías y pasarlas al plano de la realidad. Como mínimo, podríamos terminar desfilando ante el Juzgado de Garantía si se nos ocurre hacer algo así en la vida real, y con buena razón. Ahora bien, no es que el ex marido en cuestión no se lo merezca; lo interpreta Julio Jung, cuya especialidad como actor es interpretar a personajes marrulleros, después de todo. Pero aún así, no es una actitud muy de aplaudir, que digamos. Salvo porque la serie, en efecto, lo aplaude, y la Dolo se sale con la suya sin que nadie le reproche nada, con las amigas apoyando la mala conducta porque es la amiga y punto. Es un ejemplo un poco extremo, pero la serie está plagada de momentos así, en que las damas se comportan de manera atropelladora o desconsiderada, y nadie después dice nada... salvo que sea entre ellas, con perfecto espíritu pandillero. Y esto incluye que el humor se basa, en buena medida, en el comentario pesado y mordaz, que a veces cae simpático por lo ingenioso, y a veces resulta lisa y llanamente antipático.

¿Me entretuvo la serie? Sí, no puedo negarlo. Es simpática, ligera, y las actrices, como decía, se mandan interpretaciones que deben estar entre las mejores de su carrera. Pero las personajes en sí, resultan un tanto antipáticos, y eso impidió que de verdad me enganchara con ellas. Los guiones, como decía, muy bien trabajados y calculados al milímetro, pero serían insuperables si hubieran incluido algunas escenas o a lo menos líneas de diálogos que le dieran un lado más cálido a los personajes, o que los momentos enternecedores, que los hay, los dejaran respirar con libertad en vez de arruinarlos con un remate supuestamente cómico que vuelve las cosas a fojas cero. Para mí, ver un capítulo era un agrado porque a veces apetece ver algo ligero con lo cual descansar el cerebro, pero no recuerdo ningún episodio que de verdad me haya calado en el corazón. Y eso, tratándose de una comedia, cuenta como un problema.

domingo, 12 de junio de 2016

"Rambo" y "Blade Runner": Parecidos razonables.


Hace algunos meses atrás, y luego de una década de no haber visitado nuevamente la película, tuve la oportunidad de ver otra vez ese clásico que es Blade Runner. Por supuesto, tratándose de películas con un cierto peso y método, cada nuevo visionado aporta una arista o enfoque hasta el minuto inadvertido. En mi caso, reparé en la tesis que he venido sostenido desde finales de la década de 1.990, y según la cual Blade Runner ya no es el futuro, sino realmente el presente: en la película vemos el secuestro de la política y la sociedad por los intereses corporativos, la increíble alienación ciudadana, y la esquizofrenia conceptual que se hace pasar por arquitectura en estos días. Pero más allá... advertí que Blade Runner tiene numerosos puntos de contacto con Rambo, la primera película de la franquicia estructurada en torno al veterano de Vietnam interpretado por Sylvester Stallone. No debe ser casualidad, porque ambas películas se estrenaron en 1.982, y por lo tanto, comparten un Zeitgeist común.

No necesito mencionar que todo lo que viene a continuación, parte de la base de que han visto las dos películas, tanto Rambo como Blade Runner, y por lo tanto, habrán varios spoilers, incluyendo comentarios acerca del final. De manera que si no han visto alguna de las dos películas, mi firme recomendación es quedarse hasta aquí, ir a ver las películas, y si la buena voluntad alcanza, regresar para seguir a partir de este punto.

Repasemos un poco el argumento de ambas películas. Rambo, estrenada con el hilarante título de Acorralado en España, se trata sobre un veterano que, intentando contactar a un antiguo camarada en el frente, descubre que éste ha muerto, y que por lo tanto, es el último miembro vivo de su propio grupo de armas. Sin un propósito claro en la vida, Rambo se pone a vagar, hasta que llama la atención del comisario de un pueblo, de manera desfavorable. Rambo entonces, de manera un tanto obtusa aunque comprensible, entra en el pueblo, y el comisario, creyendo que se va a echar problemas encima si es que no mantiene a raya a foráneos como él, intenta meterlo a la comisaría, sin saber por supuesto que ese vago melenudo es en realidad un boina verde sobreviviente de Vietnam, y por lo tanto, la última clase de desgraciado al que quieres buscarle las cosquillas. En la comisaría, Rambo sufre un flashback estilo síndrome de Vietnam, justamente, se fuga de la comisaría con todo el talento para la violencia de su antiguo oficio militar, y se arranca a las montañas. El comisario monta una partida de caza para restablecer el imperio de la ley y el orden, lo que remata cuando Rambo, por accidente, mata a uno de los policías, y la persecución ahora es contra un asesino de policías, una persecución que involucrará a privados lunáticos de las armas, y al mismísimo Ejército de los Estados Unidos.

Para el registro, mencionemos que la película es bastante respetuosa en lo argumental con Primera sangre, la novela que le sirvió de base, pero altera algunos detalles de la narrativa para hacer a Rambo un personaje más simpático. Así, por ejemplo, en la novela a Rambo no le tiembla la mano para matar policías, aunque siempre más o menos en defensa propia, énfasis en el más o menos, mientras que en la película, Rambo hace lo imposible por no matar a nadie. También el trasfondo del comisario está mucho más desarrollado en la novela, y descubrimos que éste también es un veterano de guerra, pero de la Guerra de Corea, lo que le da al conflicto una arista nueva, el enfrentamiento entre dos veteranos de guerra que son cada uno en cierta medida el reflejo del otro, mientras que en la película, al disminuir al máximo este trasfondo del comisario, éste pasa a ser el representante del orden y la autoridad sin más, lo que introduce una lectura diferente en el subtexto. Y dicho sea de paso, no se dejen espantar porque Primera sangre sea un best-seller: aunque está escrito de manera lisa y llana, y su argumento es bastante lineal, y por lo tanto no es un prodigio de técnica literaria, es una lectura muy recomendada si es que le pueden echar mano.


Blade Runner por su parte se ambienta en Los Angeles del año 2.019, un futuro que desde el estreno de la película distaba 36 años, más de una generación adelante; este Los Angeles es esencialmente un basurero decadente en donde vive la escoria de la sociedad, porque la gente que tiene algunos recursos, ha tratado de fugarse para vivir una nueva vida en las colonias espaciales. Una breve exposición nos pone en ambiente: la tecnología ha avanzado lo suficiente como para que sea posible fabricar seres humanos artificiales, los Nexus 6, tan parecidos a los humanos que se necesita un test de empatía para distinguirlos. "Más humano que lo humano" es, de hecho, el lema de la Corporación Tyrell, que fabrica estos modelos. Después de una rebelión de los Nexus 6 en la Tierra, se ha prohibido a estos seres llamados los replicantes, el pisar nuestro planeta. Sin embargo, un grupo de Nexus 6 espaciales desafía la prohibición, y arriban a Los Angeles, con un propósito desconocido. En respuesta, la policía llama de nuevo al servicio, a un antiguo cazador de replicantes, un blade runner, llamado Deckard, para exterminarlos... sólo que esto no se llama asesinato sino retiro, nos explica la película. A lo largo de la película asistimos a dos narraciones paralelas. Por un lado vemos la investigación de Deckard, un cazador carente de casi toda empatía y moral, como única manera de sobrevivir en un mundo en donde todos los valores humanos se han ido básicamente al demonio. Por el otro vemos al replicante Roy Batty y su equipo, y descubrimos que están embarcados en una búsqueda existencialista: han decidido abrirse paso a través de las prohibiciones para encontrarse con Tyrell, el amo de la Corporación de dicho nombre, y a quien consideran su creador, y que por lo tanto, podría proporcionarles la clave para la vida eterna, o a lo menos, para una mayor longevidad. Porque, y esto no lo hemos dicho, los Nexus 6 han sido creados con lo que hoy en día llamaríamos obsolescencia programada, un plazo de apenas cuatro años para vivir.

Al igual que Rambo, Blade Runner tiene también su propio material literario de base, aunque en este caso la adaptación es tan liberal, que casi podemos hablar de dos historias distintas. Incluso el título mismo de la novela, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, escrita por Philip K. Dick, es diferente. La película toma lo más genérico del escenario, una ciudad en un futuro próximo, aunque los detalles son diferentes: mientras que la novela original tiene una estética más cercana a la Nueva Ola, Blade Runner es la película que codificó la imaginería Cyberpunk en el cine. Algunos aspectos también han sido cambiados: en Blade Runner vemos lluvia eterna, pero ésta parece ser eso, lluvia, mientras que en la novela original es la lluvia radioactiva que se ha producido después de una conflagración nuclear. En lo que sí coinciden de manera palmaria tanto la novela como la película, es el tratamiento dickiano de su tema. Para Philip K. Dick, el autor de la novela, uno de sus temás más obsesivos es el problema de la identidad, de la falsa identidad, de cómo nuestra autopercepción se construye a partir de nuestros recuerdos, y por tanto, de cómo crear o tener recuerdos falsos nos lleva también a tener una falsa identidad. Uno de los puntos capitales de la película es la naturaleza de los replicantes Nexus 6: son seres humanos artificiales, pero casi indistinguibles de los humanos, y por lo tanto, ¿no los hace eso también ser humanos? Por otra parte, Deckard es socialmente tratado como un humano, pero su comportamiento por completo psicopático, sumado a algunos guiños, detalles y aspectos lógicos sueltos aquí y allá, siembran la ambigüedad hasta un punto tal, que uno de los deportes favoritos de los fanáticos de la película es debatir sobre si Deckard es en verdad un humano o si es otro replicante más.

Después de toda la exposición anterior, a estas alturas debería emerger con cierta claridad que, en muchos sentidos, John Rambo y Roy Batty son personajes ridículamente parecidos, y lo único que impide que sean el mismo, es que una historia tiene una ambientación realista, y la otra es Ciencia Ficción. Ambos personajes son en esencia desarraigados. John Rambo ha sido sacado de Estados Unidos y enviado a pelear una guerra en ultramar, y cuando vuelve a su patria, es un personaje tan traumado que simplemente no es capaz de funcionar en ella; en su impresionante discurso final, probablemente la mejor actuación de Sylvester Stallone en toda su historia, lo dice con todas sus letras: "Allá yo volaba aviones de combate, manejaba tanques, estaba a cargo de millones de dólares en equipo, aquí no puedo ni siquiera tener un trabajo estacionando autos". Lo mismo ocurre de manera metafórica con Roy Batty: a los de su clase se les ha prohibido pisar la Tierra que es el hogar ancestral de sus creadores, y cuando lo hace, buscando respuestas para su condición, debe hacerlo como un criminal porque su sola presencia en el mundo nativo de los humanos a quiénes él como replicante se parece, es un delito que amerita ejecución en la vía pública sin más. De manera más poética, Roy Batty dice en esencia lo mismo que Rambo: "He visto cosas que no creerías". En ese sentido, la actitud del comisario y su abuso de poder contra John Rambo, es análoga a la de Deckard y su licencia para tirotear portapieles sin más en plena calle. Por cierto, tanto John Rambo como Roy Batty son seres hundidos por el sistema. John Rambo es un proletario, porque no debemos olvidar que la Guerra de Vietnam no la pelearon los pijecitos, como fue el caso de los Kennedy en la Segunda Guerra Mundial, sino los negros, chicanos y en general la escoria de Estados Unidos a la que había que poner coto de alguna manera. Roy Batty por su parte, por el solo hecho de haber sido creado replicante, es un ciudadano de segunda, sin verdaderos derechos civiles, y más o menos se intuye que su vida en las colonias más allá de la Tierra es la de un esclavo que vale en cuanto sea útil haciendo cosas para los amos humanos que lo han creado o adquirido.


En ese sentido, ambas películas terminan por ser muy empáticas con las motivaciones de sus personajes. John Rambo estalla de ira cuando las autoridades de su propia nación, encarnadas en el comisario, lo tratan como basura en vez de reconocerle su sacrificio luchando por la Patria, todo eso ante la indiferencia de la población común. Roy Batty no tiene una reacción tan explosiva, sino que, acorde con el personaje, desarrolla todo un plan para encontrarse con su creador, pero su motivación ante la prepotencia de la autoridad y, otra vez, ante la indiferencia de la población común, es esencialmente la misma. En ese sentido, hay también ciertos paralelos entre la escena final de Rambo con el Coronel Trautman, y la de Roy Batty con Tyrell. Tanto Trautman como Tyrell son humanos insertos en las altas esferas del sistema, pero a la vez, funcionan como figuras paternas para los respectivos protagonistas. Es significativo, por supuesto, la diferencia de actitud de ambos, y la manera en que tal diferencia influye en el curso de los acontecimientos. Aunque un alto oficial condecorado, Trautman es ante todo un soldado, y comprende muy bien el problema de Rambo; su actitud decididamente simpática consigue perforar la coraza emocional de su antiguo subordinado en la cadena de mando, y logra que éste se entregue. Tyrell, en cambio, por debajo de su amabilidad, en realidad es una serpiente psicopática para quienes los replicantes no dejan de ser apenas cosas manufacturadas, y por lo tanto, termina pasándole lo que le pasa.

A su manera, dentro de sus respectivos géneros, ambas películas comparten una misma visión acerca de Estados Unidos: el fin de la democracia se está acercando. Y esto era en 1.982. Si entendemos como democracia, el tener representantes elegidos en las urnas cada cierta cantidad de tiempo, entonces Estados Unidos en particular, y el mundo occidental en general, son democracias perfectamente funcionales. Pero esto es una noción pobre de democracia. Una noción rica de democracia involucra mucho más. John F. Kennedy lo expresó de manera muy elocuente: "No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país". Eso se refiere a los ciudadanos comunes y corrientes, claro está, pero también a los grandes grupos de interés, por supuesto. Democracia involucra capacidad de sacrificio, servicio público, disposición a llegar a compromisos, y todo esto al servicio de ideales tales como el respeto a los derechos civiles de los demás, el juego limpio, etcétera. En 1.982, esa cultura estaba muriendo. La década de 1.980 impuso otro modelo, manifestado en lo social como un individualismo exacerbado, y en lo social y económico como la implementación del Neoliberalismo a escala planetaria, ambos valores que son la tumba de la democracia. En ese sentido, tanto Rambo como Roy Batty en cuanto personajes, son expresiones de la rebelión por parte de los defensores de un estándar mínimo de derechos para todos los ciudadanos, versus las gigantescas maquinarias invisibles del gobierno y las corporaciones que han pasado a utilizar a los individuos apenas como peones dentro de su gigantesco juego de ajedrez planetario, y en el caso de Blade Runner, literalmente cósmico.

Y es revelador que, en ambos casos, los personajes terminan bastante mal. Rambo sale con vida del lance y de hecho consigue desquitarse del comisario, pero termina yendo a prisión por todo el caos que ha armado, aunque con algo más de aceptación y conformidad con su destino. Roy Batty por su parte termina muerto, aunque en sus últimos instantes, por lo menos llega a descubrir algo de humanidad, en términos algo nietzscheanos: ha llegado a la revelación de que su vida entera carece de mayor sentido, pero él mismo, al salvarle la vida a Deckard, se ha conferido a sí mismo su propio sentido. Sellando así el trato entre personajes que, derivados de épicas diferentes, en el fondo y como hemos argumentado, se asemejan mucho más de lo que a primera vista podría parecer.



domingo, 5 de junio de 2016

(No) redesocializando la Guillermocracia.

Sentimos informarle que no hay planes para una página oficial de la Guillermocracia en Facebook, en el futuro cercano por lo menos.
Creo que acabo de inventar un bonito nuevo verbo para el idioma castellano: "Redesocializar". Y si el castellano no lo acepta, siempre lo podemos usar en guillermocrático, que es como el castellano pero mejor redactado. Definamos nuestro neologismo en términos de la Real Academia Española, que aquí en la Guillermocracia la obedecemos cuando se nos antoja, y cuando no se nos antoja entonces no, por la razón que ya dije: en la Guillermocracia se habla guillermocrático y no castellano estándar, aunque el parecido es tan extraordinario que casi nadie nota la diferencia. Pero definida la palabra redesocializar en términos similares a como lo haría la Real Academia Española, sería algo así:

Redesocializar:

1. tr. Mencionar algo en una red social, que sirva para compartir con otros la existencia o presencia de ese algo.

2. prnl. Promocionarse a uno mismo a través de las redes sociales.

La primera definición es la que nos interesa aquí: comunicar algo a través de una red social. Un tema que siempre ha rondado, de manera larvada, en torno a la Guillermocracia. Un blog, en cierta medida, es una red social, aunque no cuente con la inmediatez de otras redes sociales como Facebook o Twitter. Lo que por supuesto origina una interesante cuestión: ¿mejoraría la Guillermocracia si tuviera su perfil de Facebook o de Twitter?

La segunda cuestión ya está resuelta. La Guillermocracia, de hecho, tiene cuenta en Twitter. La cual no sirve para absolutamente nada. La última vez que la actualicé yo, el Director Supremo y Vitalicio de la Guillermocracia, fue en Junio de 2.013, o sea, hace tres años atrás. En Internet, tres años es prácticamente toda una vida. Hace tres años, por ejemplo, las Kardashian eran lo máximo, aunque sea porque a Kim le quedaba estupendo el bikini. Hoy en día, ¿quién se acuerda de ellas, por mucho que de tarde en tarde surjan todavía más fotos de Kim Kardashian en bikini, como si todavía no tuviéramos una maciza colección?

El Paleolítico de las redes sociales.
En cuanto a abrirle a la Guillermocracia una página en Facebook... Me lo he planteado, pero siempre he llegado a la misma conclusión. No vale la pena. La última vez fue cuando publiqué algo sobre Facebook, el año pasado me parece, y don Elwin Alvarez, el ilustre Padishah Khan de El Cubil del Cíclope, mencionó que no tenía cuenta de Facebook. Por lo general no haría caso de esas cosas, pero considerando que él es uno de los visitantes más asiduos de la Guillermocracia, me hizo reflexionar. No sólo era la cuestión de qué contenidos exclusivos tendría que crear para Facebook, para que los lectores se hicieran seguidores de la página, sino que además, qué pasa con los lectores actuales o potenciales de la Guillermocracia que no tienen perfil de Facebook o que, teniéndolo, no quieren hacerse seguidores de una página oficial de la Guillermocracia en dicha red social. Y así es como sigue la Guillermocracia: sin página oficial en Facebook, por el minuto a lo menos.

En realidad, ni me habría acordado del tema, de no ser porque don Francisco José Súñer Iglesias, el Dios Emperador de El Sitio de Ciencia Ficción, lo volvió a traer a colación, en una muy interesante columna titulada precisamente Redes sociales. Voy a copiar y pegar lo que el mencionado escribió, para que entre él, yo y quienes estén leyendo esto, nos echemos un par de risas respecto de la estupidez generalizada de la gente con la que los creadores de contenidos en Internet tenemos que lidiar: "recibí algunos mensajes respecto a las redes sociales. En uno, por ejemplo, casi se me conminaba a abrir cuenta del Sitio en Facebook porque si no al pobre mortal se le hacía difícil y complicado seguir las actualizaciones, (sip, yo tampoco salgo de mi estupor) y en otro (y no es la primera vez) se me explicaba como tener presencia en Twiter mejoraría mi visibilidad en la red, haría subir el número de visitantes y hasta mejoraría el tema ese del tránsito intestinal". Sería cosa de risa... pero la gente que escribe tamañas estupideces que tan perplejos dejaron al mencionado Dios Emperador, estupideces como por ejemplo que a alguien se le haga difícil seguir las actualizaciones de algo en Internet si no hay Facebook de por medio, o que Twitter mejore la visibilidad por pura y mera presencia, tales cosas las creen en serio. Y eso es lo preocupante.

A poco que uno se tome la molestia de investigar, y aplique un poco de sentido común a las realidades, descubre un par de cosas. Tener una cuenta en Twitter no necesariamente mejora la visibilidad. Es cierto que hay millones de cuentas en Twitter, pero la realidad es que las verdaderamente influyentes, las que generan miles de retuiteos en pocos minutos u horas, son un porcentaje ínfimo de éstas. El grueso de cuentas de Twitter, en realidad, yacen en el abandono porque no han cumplido con su misión: hacer llegar las propias ideas y expresiones a otras personas. ¿Por qué? Simplemente por la aplicación del viejo principio económico de la ventaja competitiva que arroja ser el primero en algo que después tiene éxito. Los primeros que llegaron a Twitter, no tenían competencia y por lo tanto pudieron construirse tranquilamente sus posiciones a medida que nuevas personas llegaban y se sumaban y seguían a los que ya estaban ahí. Porque los segundos que llegaron, ¿a quiénes iban a seguir? Pues a los primeros. Y los terceros que llegaban, tenían que seguir a los segundos o a los primeros. Y así sucesivamente. Lo que se traduce en que mientras antes alguien llegó a Twitter, mejor posicionado quedó, sin perjuicio de la carga de mantener el Twitter actualizado para no perder esa ventaja.

Eso se traduce en que los que se metan ahora la van a tener difícil para hacerse notar, porque ya no vienen siendo los segundos o terceros sino los millonésimos o peor. En definitiva, la visibilidad en Twitter funciona de manera muy similar a como corre el dinero en un esquema Ponzi: los primeros que llegan, se benefician de los que llegan después, no al revés. Los últimos que llegan a Twitter, así como los últimos que llegan a un esquema Ponzi, quedan condenados a ser segundones de los demás. Esto puede cambiar si alguno de los primeros por milagro se fija en un tuiteo de los que llegan después y se hace seguidor, pero esto es tan difícil como conseguir ser el boxeador que se enfrente a Apollo Creed en la pelea de la primera película de Rocky Balboa.

¿Y si en vez de pelearnos por ver quién sigue a quién, nos seguimos mutuamente y en paz?
Con Facebook, debido a su propia dinámica, las cosas funcionan de manera algo distinta. A Facebook, uno llega aportando las relaciones y redes de la vida real. Por supuesto, uno puede construirse esas relaciones vía chat, enviando invitaciones de amistad, etcétera, pero en definitiva, en Facebook uno tiene tanta llegada como sociabilidad tenga, y esa sociabilidad viene determinada por elementos que son ajenos a la dinámica misma de Facebook. En Facebook se necesita mayor reciprocidad porque no se trata de hacerse seguidor, que es un acto unilateral, sino enviar solicitudes y ser aceptado como amigo, lo que es bilateral. Y esto también tiene un efecto multiplicador: para tener muchos amigos en Facebook, primero... tienes que tener muchos amigos en Facebook. O sea, para obtener visibilidad en Facebook, primero tienes que tener visibilidad en Facebook, en una variante informática del viejo adagio por el cual a quien mucho tiene más le será dado, pero al que poco tiene, hasta lo poco que tiene le será quitado. O dicho de otra manera, si eres un pobre infeliz en la vida real, existen muchas probabilidades de que también termines siendo un pobre infeliz en Facebook.

En ese sentido, El Sitio que publicaba el artículo en comento, afronta un dilema similar a la Guillermocracia. Meterse a Twitter o a Facebook no es una opción, porque aunque distintos en sus temáticas y alcances, tanto El Sitio como la Guillermocracia tienen un perfil que les entrega un alcance limitado. Como lo escribe el artículo de El Sitio que citaba más arriba: "el Sitio sobrevive, pero porque ha logrado su pequeña cuota de prestigio a base de constancia, no por tener el escaparate más grande". Lo mismo pasa con la Guillermocracia. Y esto, yo se lo comentaba a una amable lectora algún tiempo atrás: la Guillermocracia no tiene una gran base de lectores, pero tiene los justos y precisos para mantenerse, aquellos que de verdad se interesan en los temas que se postean.

Entra aquí en escena una vieja conocida de todos los que hayan estudiado un mínimo de Economía: la Ley de los Rendimientos Decrecientes. Si produces algo, la primera unidad de lo que produces entrega un beneficio enorme, porque es la primera unidad de algo que, suponemos, no existe de antemano en el mundo. La segunda unidad, en cambio, sigue produciendo un beneficio, pero ya no tan grande, porque existe de antemano la primera unidad; el que pidió la primera unidad es el que más necesidad tenía de ella y por lo tanto el que más la valorará y pagará el precio más alto, pero el que se pida la segunda unidad, lo hará por un precio inferior. Con la tercera unidad ocurrirá lo mismo, y con la cuarta, y con la quinta... Al final, llegará un minuto en que el precio tenderá a cero, y no vale la pena seguir produciendo nuevas unidades de eso mismo.

La Ley de Rendimientos Decrecientes explicada con chicas guapas. Cada una de ellas por separado, un bellezón. Todas ellas en conjunto... ni te darías cuenta si pusieran otra más en el grupo.
El corolario es que, mientras más se expanda la Guillermocracia, mientras más lectores abarque, menos beneficio habrá por cada unidad producida de la misma. Cada nuevo posteo valdrá cada vez menos. Y no solamente cada nuevo posteo, sino también expandirse velozmente por las redes sociales. En la actualidad, la Guillermocracia llega a poquísimos lectores, pero para esos lectores, tiene un precio alto: están dispuestos a dejarlo todo de lado para dedicarle media hora de sus vidas a leer lo nuevo que se publicó en la Guillermocracia. Y por supuesto, eso exige lectores inteligentes y capacitados, que son justamente los que me interesan.

Por su parte, los posteos mismos de la Guillermocracia exigen una buena cuota de dedicación: son posteos delicados, trabajados, escritos con cuidado, corregidos, pulidos. Escribimos sobre eso en El factor G: Cómo se escribe un posteo de la Guillermocracia, y a dicho texto me remito por más detalles. El tiempo es un recurso limitado. Sólo dispones de 24 horas cada 24 horas, y ni un minuto más. Cada nueva ración de 24 horas que obtienes, debes dividirla entre varias cosas. Por lo menos 6 u 8 horas para dormir, un par de horas más para desayuno, almuerzo y cena, luego está la vida en familia, la movilización, el trabajo... Eso deja poco tiempo para trabajar en un blog como la Guillermocracia, o un sitio de internet como El Sitio de Ciencia Ficción. Cada minuto invertido, debe contar, debe valer la pena. De manera que si lo hacemos, es para obtener el mejor resultado posible. Y entre destinar esos minutos de diferencia a pulir un posteo o trabajar en uno nuevo, o preocuparse del ala redesocialera de la Guillermocracia, mejor lo primero.

Estoy seguro que en El Sitio de Ciencia Ficción estarían de acuerdo con lo que voy a decir. Podríamos obtener una presencia en línea mucho mayor bajando el nivel. Limitándonos a retransmitir, escribiendo lo menos, esclavizándonos a los 140 caracteres de Twitter. ¿Obtendríamos más lectores? Quizás sí, andando el tiempo, pero a qué precio. ¿Qué lectores serían ésos? Seguramente aquellos que no tienen cabeza o interés para más. En la calidad de los lectores opera también la Ley de los Rendimientos Decrecientes: mientras más lleguen, más deteriorada será la calidad de éstos. Y esa clase de lectores, cuando uno hace estas cosas por el amor al arte, en realidad no interesan, porque para mantenerlos interesados, habría que bajar el nivel del blog o del sitio, y con eso, alienarse a los lectores que ya están acá, y que llegaron y se quedaron precisamente porque el nivel está por encima del promedio. Y eso, por no hablar de la insatisfacción creciente que sentiríamos con nuestro propio trabajo. Uno puede darse el lujo de sentir insatisfacción con el trabajo propio cuando al menos alguien lo paga en moneda de curso legal, pero no cuando se trata de ars gratia artis.

Déjenme proponerles otro ejemplo para terminar de redondear la explicación. Supongan que ustedes fabrican automóviles. Tienen dos opciones. Una es ser Rolls Royce: producir automóviles sólo a pedido, de manera artesanal, a precios exhorbitantes, pero cuyo resultado final es una pequeña joyita cuyo dueño va a lucir de manera orgullosa porque es algo único y exclusivo. La otra es producir utilitarios japoneses en masa, baratos y con las prestaciones mínimas, pero que las ocupará cualquier perejil. La Guillermocracia elige claramente el primer camino. ¿Esnob? Probablemente. Pero si a usted le ofrecieran elegir entre quedarse con un Rolls Royce y un utilitario japonés masivo, y suponiendo que tenga dinero para su cuidado y mantención, ¿con cuál a usted le gustaría más quedarse? Y recuerde usted, la Guillermocracia es gratis, o por lo menos, tan gratis como puede ser considerando que depende de una conexión a Internet para acceder a la misma. En esas condiciones, ¿usted cree que Rolls Royce se va a rebajar a producir utilitarios japoneses en masa? En caso de necesidad, quizás sí, pero si puede mantenerse como un vehículo de calidad, aunque eso signifique quedarse encerrado en un mercado minoritario, ¿por qué iba a prostituir su producto de esa manera?

¿Te crees que a este majestuoso Rolls-Royce lo van a publicitar en la tele en un ofertón de lleve uno y el segundo es gratis...? Bueno, es la misma razón por la que la Guillermocracia no tiene presencia en Facebook o Twitter.
De manera que acá en la Guillermocracia compartimos el rechazo de El Sitio de Ciencia Ficción a las redes sociales, o por lo menos, a aquellas más dependientes de lo inmediato y la novedad, como Facebook o Twitter. No por ellas mismas, que en tanto se usen sin hacer daño a terceros son espacios sociales tan respetables como cualquiera, sino porque las dinámicas propias de éstas favorecen lo masivo, lo barato, la falta de esfuerzo. Dicen que nada en la vida es gratis. Los contenidos de El Sitio de Ciencia Ficción, desde luego que no lo son. "La Ciencia Ficción no es para tontos", decía mi mentor el señor Sergio Meier, y El Sitio de Ciencia Ficción desde luego que tampoco lo es, porque se necesita un mínimo de calado intelectual para adentrarse en su interior, mínimo que no es necesario para acceder a Facebook o Twitter. Los contenidos de la Guillermocracia, sean de Ciencia Ficción o no, tampoco son para tontos, los hemos mantenido en un nivel por encima de es para tontos, y si el precio es no tener una cuenta de Facebook o de Twitter, entonces es preferible así.

Desde luego, eso no quiere decir que sintamos desprecio por las masas por el solo hecho de ser masas, ni mucho menos. Ojalá todo el mundo tuviera un nivel mínimo de erudición y racionalidad, y no fueran las masas vociferantes, autopagadas y narcisistas que revolotean por Facebook o Twitter. El nombre de Facebook viene de la foto que se estampa en un álbum estudiantil, después de todo, ¿y quién lee esos álbumes estudiantiles después? Y el nombre de Twitter viene del verbo inglés twit, que se refiere al gorjear de los pájaros, ¿y acaso no llamamos "cerebro de pájaro" a una persona poco aficionada a darle uso a su encéfalo? Nuestra sociedad considera aceptable que las fábricas de salchichas tengan un nivel mínimo de calidad, para que quienes coman esas salchichas no se envenenen los estómagos ingiriendo cualquier porquería. ¿Por qué no íbamos a pedir que fuera igualmente aceptable que nosotros, las fábricas de cultura, tengamos un nivel mínimo de calidad, para que quienes consuman nuestra cultura no se envenenen el cerebro de igual manera, consumiendo cualquier porquería? En ese sentido, nuestra potencial actitud esnobista en realidad no está, o no debería estar ofendiendo al usuario simplón de Facebook o Twitter, sino que por el contrario, los estamos protegiendo de ellos mismos, los protegemos de envenenarse con productos culturales de baja estofa. No es que estemos exigiendo con el labio superior fruncido al estilo inglés, que los usuarios de Facebook o Twitter se acerquen a nosotros porque nosotros somos demasiado buenos para Facebook o Twitter; es al contrario, la invitación es que ellos se acerquen por los canales disponibles porque aquí encontrarán un producto cultural de calidad superior al promedio. Y si eso es esnobismo, entonces también es esnobismo pedirle a las fábricas de salchichas que no envenenen a la gente.

En definitiva, todo esto gira en torno a una cuestión vieja. Pensar no es gratis. Pensar cuesta. Implica cultivarse, ampliar horizontes, ser tolerante, estar dispuesto al debate de ideas e incluso aceptar que uno esté equivocado, y eso por no hablar del tiempo invertido. Las redes sociales como Facebook o Twitter no favorecen tales cosas, sino que por el contrario, se alimentan del volumen, de lo inmediato. Los blogs que vamos sobreviviendo somos como la comida artesanal que cuesta caro, pero se lucra con la calidad, luchando contra la vorágine de la comida chatarra que cuesta barato, hace su ganancia con los volúmenes de venta, pero de paso envenena la salud de la gente y embota su sentido del gusto. Es una estrategia de venta tan válida como cualquiera otra, desde el punto de vista económico. Pero la Guillermocracia, y me parece que también El Sitio de Ciencia Ficción, elegimos otro camino diferente. Uno que no nos aporta tantos lectores, uno que nos tiene apartados del flujo masivo de Facebook o Twitter, pero que a cambio nos permite entregarles un producto digno y de calidad al pequeño nicho que nos ha favorecido con su atención y premiado con su preferencia.

Por el minuto no, pero gracias de todas maneras.

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