domingo, 27 de marzo de 2016

Siete grandes bandas sonoras del cine bíblico.


Hace ya casi un año atrás, en El Cubil del Cíclope, con ocasión de la publicación de un posteo referido a la película La Pasión de Cristo, salió al ruedo el tema de la banda sonora de la misma. Dos comentaristas, yo incluido, nos referimos a ésta, seguramente el mejor trabajo de John Debney. Lo que me hizo reflexionar. El cine es una combinación de numerosos medios; de hecho, es quizás la combinación definitiva de otras artes. Es un teatro filmado, pero también tiene un sentido plástico que se relaciona con la Pintura y la Escultura. Y también incluye música. Desde que se inventó el cine sonoro, la idea de una película sin banda sonora parece un absurdo. Hay casos, por supuesto. Woody Allen por ejemplo sólo incluye canciones aquí y allá, pero una banda sonora compuesta ex profeso para sus figuritas en movimiento, el mencionado no utiliza casi nunca. Pero lo de Woody Allen en realidad es una excepción; la regla es que toda película venga con su musiquita de fondo, y además, que la misma salga en formato CD, para los que todavía los compran.

Y luego está el cine bíblico. Uno puede aproximarse de muchas maneras a la Biblia, incluyendo desde las más religiosas y circunspectas a las más blasfemas y sacrílegas, pero para el cine pareciera haber sólo una: la épica. Hablamos de un libro tan grande, después de todo, que es inadaptable en una película promedio de dos horas. Hubo un intento de adaptarla entera en varias películas, en concreto La Biblia de 1.966, pero el asunto no pasó de la primera cinta, que iba desde la Creación hasta el (casi) sacrificio de Isaac, y digo cinta porque en esa época todavía se rodaba en éstas, en vez de digital. Pero volviendo a la épica: de cada película bíblica, uno espera que sea más grande que la vida. Por eso dan pena las películas bíblicas hechas para televisión, con cuatro extras, cuatro palmeras de fondo, a veces en macetero, y en general, cuatro dólares de presupuesto. Porque una película bíblica como el Creador del Universo manda, es una apoteósica, para que sintamos en nuestras carnes cómo el Plan de Dios busca Tu Salvación.

Y eso incluye a las bandas sonoras, por supuesto. Toda banda sonora de película bíblica debe ser épica. Grandilocuente. Y en eso, no cabe duda de que los compositores se han esforzado, y mucho. No siempre, por supuesto. La banda sonora de Exodo: Dioses y reyes de Ridley Scott, por ejemplo, da pena. Así como la película entera, por lo demás, dicho con la tristeza que nos da ver al señor Scott arrastrarse como lo hizo. Pero hay otras bandas sonoras que son para enmarcarlas en bronce. Como las siete que incluimos aquí. De manera que si son fanáticos del cine, fanáticos de la épica, o fanáticos de la Biblia, y no se han agenciado estas horas de buena música, ya están perdiendo tiempo. Porque buscad y encontraréis, llamad y os abrirán, casaos y os desplumarán. Ya sabéis, la Biblia con música entra. De manera que, sin más preámbulos, acá en la Guillermocracia los dejamos con siete estupendas bandas sonoras que han acompañado a películas bíblicas:

1.- Los diez mandamientos (Elmer Bernstein).



Los diez mandamientos es, qué duda cabe, la obra cumbre del gran cineasta Cecil B. DeMille. Un nombre pasado en puntillas en muchos manuales de la Historia del Cine debido al imperdonable pecado de haber rodado películas brutalmente comerciales en vez de haber tenido eso que suele llamarse pretensiones artísticas. Pero sus aportes al cine son innegables, siendo probablemente el gran fundador del cine épico moderno. En 1.923, DeMille había rodado una película llamada Los diez mandamientos, la cual envejeció un tanto mal debido a que era cine mudo, y además estaba rodada de acuerdo a las convenciones de la época, que incluían un prólogo y un epílogo ambientado en los tiempos modernos. De manera que Cecil B. DeMille decidió rodar una especie de remake sobre su propia película, que es la majestuosa Los diez mandamientos de 1.956, con el gran y único Charlton Heston como Moisés, y Yul Brynner como Ramsés. Aunque la película es algo básica y tosca para las audiencias actuales, los escenarios y efectos especiales siguen manteniéndose muy bien. Parte importante de la fuerza de la película radicó en el trabajo de un compositor llamado Elmer Bernstein, al que no debemos confundir con el director de orquesta Leonard Bernstein, con el que no tiene nada que ver. En la época, Elmer Bernstein andaba en sus medios treintas, y había compuesto música para películas de perfil más o menos promedio. Los diez mandamientos representó su salto a las ligas mayores, que ya no abandonaría, siendo el responsable de bandas sonoras como Los siete magníficos, Matar a un ruiseñor, Y dónde está el piloto, Los cazafantasmas y Cabo de miedo, y obteniendo de yapa catorce nominaciones para el Premio Oscar... y ganándolo una sola vez, en una de las injusticias de la Historia. Pero volviendo a Los diez mandamientos. El tema de la apertura de las aguas del Mar Rojo, ustedes lo conocen aunque nunca hayan visto la película o hayan oído hablar del señor Bernstein: se lo fusiló Chespirito para el opening de El Chapulín Colorado. Chespirito sabía dos décadas antes lo que los ZAZ después: que una música seria mejora cualquier comedia.

2.- Rey de Reyes (Miklós Rózsa).



El caso de Miklós Rózsa es diferente al de Bernstein. Rózsa era un compositor húngaro que había vivido una existencia un tanto nómade entre Alemania, Francia e Inglaterra. Su verdadera vocación era ser compositor serio, y parece que miraba un poco en menos eso de componer musiquita para películas. Pero después de que le comentaran acerca de lo bien que se pagaba en las películas, decidió probar suerte. Compuso así para películas en Inglaterra, y luego viajó a Hollywood. Su primer trabajo, la magnífica banda sonora para El ladrón de Bagdad de 1.940, le valió una nominación al Oscar. Y en 1.945 se llevó de hecho un Oscar para la casa, por Spellbound, aunque fue su única colaboración con Alfred Hitchcock, que odió su trabajo y había prescindido de su compositor habitual Bernard Herrmann sólo por un tema de agenda. El caso es que Rózsa se transformó en uno de los grandes nombres de Hollywood. De hecho, en 1.959, cuando Ben Hur batió todos los records y se llevó once Oscares para la casa, record después igualado por Titanic y El regreso del rey, pero no superado hasta la fecha de escribir esto, la banda sonora de Rózsa para dicha película fue una de las premiadas. Por eso, su arribo a Rey de Reyes de 1.961 supuso uno de los puntos altos de una película que, por otra parte, resultó un tanto irregular. La crítica en su día la hizo pedazos, aunque el paso del tiempo ha hecho mucho por revalorizarla, y por qué no decirlo, con mucha justicia. En cualquier caso, el tema principal de la película, con una letra simple y efectiva, que se limita a repetir "hosanna" una y otra vez, es una maravilla que presenta todo lo que se supone debe transmitir una película sobre Jesús de Nazaret: un sentido de grandeza, de majestuosidad. Escenas como la curación del ciego o el envío de los apóstoles a predicar a las naciones, filmadas con una fotografía exquisita que es la perdición de los ramplones cineastas modernos, se ven muy realzadas por la melodía de fondo que les ha puesto Rózsa.

3.- Jesucristo Superestrella (Andrew Lloyd Webber).



Vale. Estamos haciendo trampa aquí. Porque la música de esta película no es original para el cine, sino que estamos frente a la adaptación de un musical de Broadway. Pero de todas maneras, y con un montón de polémicas encima, lo cierto es que Jesucristo Superestrella de 1.973 es una película monumental en muchos sentidos. Y uno de ellos es la impecable música, precisamente, apoyada por unos intérpretes muy grandes. El musical en sí, es una especie de deconstrucción o desmitificación del mito de Jesucristo, presentándolo como lo que dice el título, o sea, como una especie de superestrella rock, aprovechando el lance para poner el dedo en la llaga sobre numerosos aspectos cuestionables de los Evangelios. No es el espacio para analizar este punto más en detalle, pero sí que lo mencionamos porque la música, precisamente por ese afán iconoclasta, no responde a los cánones de la música orquestal de toda la vida, sino que es una rabiosa Opera Rock, aunque lo de rabioso era más ajustado en su época, en la cual todavía había gente que pensaba que el Rock era satánico, algo un tanto risible ahora que estamos acostumbrados a personajes como Marilyn Manson dando vueltas por ahí. Una de las fortalezas de la película es haberse traído desde Broadway a varios intérpretes del musical, por lo que tenemos a auténticos cantantes lanzando todos sus pulmones a la arena, en vez de actores guapos haciendo gorgoritos en la ducha. Por cierto, hace muchos años que no veo la versión en español del musical, pero hasta donde tengo entendido, en la traducción al español le rebajaron bastante el filo crítico de las letras originales, algo lógico si se piensa la deprimente situación política que el grueso de las naciones hispanoamericanas atravesaban por los años del musical y la película, a un lado y otro del Atlántico.

4.- La última tentación de Cristo (Peter Gabriel).



¿Martin Scorsese dirigiendo un biopic acerca de Jesucristo? Sí sucedió, y esa película es La última tentación de Cristo. La enorme diatriba acerca de cómo en la película se ven imágenes de Jesucristo dándose un recreo carnal con María Magdalena, opacó de lleno los méritos de una película que, admitámoslo, es bastante irregular, pero también muy valiente a la hora de poner varios tópicos conflictivos sobre el tapete. Pensemos por ejemplo en una de las primeras escenas de la película: vemos a Jesucristo confeccionando cruces para las crucifixiones. ¿Hereje y sacrílego? Quizás, pero, si Jesucristo era el carpintero del pueblo entonces, ¿quién más las iba a confeccionar? Son puntos que la narrativa bíblica no menciona ni para confirmar ni para desmentir, y que la película se encarga de escarbar para que el espectador piense un poquitito. Pero pasando a lo que nos interesa, o sea la banda sonora, resulta bastante interesante observar que ésta debe ser la primera gran realización acerca de Jesucristo en la cual se intenta usar lo que en efecto debió ser la banda sonora del mismísimo personaje histórico en cuestión: música oriental. Y el encargado de la misma es Peter Gabriel, de manera inesperada para quienes lo conocen por su material pop como Sledgehammer o Big Time, aunque quizás no tanto para quienes saben que el hombre partió en el Rock Progresivo, como vocalista de Genesis. De todas maneras, si intentan agenciarse con este trabajo, un pequeño apunte: lo que Peter Gabriel publicó de este trabajo no es exactamente la música de la película, sino lo que podríamos llamar una versión final en la que introdujo algunos cambios y arreglos aquí y allá, de manera que el resultado tiene algunas diferencias con lo escuchado en la película. El disco en cuestión se llama Passion, y fue lanzado un año después de la película. También ganó un Grammy, pero que esto no les espante: a pesar de haberse llevado un Grammy, el disco vale la pena escucharlo, y mucho.

5.- El príncipe de Egipto (Hans Zimmer).



A finales de la década de 1.990, los estudios DreamWorks entraron de lleno a transformarse en un major de Hollywood, al nivel de la Fox, la MGM o la Warner, apostando fichas por varios blockbusters de alto presupuesto, y también con una división de películas animadas que pretendía competir tanto con Disney como con Pixar, usufructuando del Renacimiento Disney la primera, y enfilando hacia lo alto del firmamento la segunda. De esta manera, apostaron una enorme cantidad de fichas en una rareza: una película animada de alto presupuesto basada en el libro del Exodo. Porque parece que es más fácil venderles la Sirenita, Hércules, Pocahontas o Tarzán a los niños, que Moisés. El resultado es una de las películas bíblicas más espectaculares de todos los tiempos, con un guión magnífico, una animación descollante, y una banda sonora épica tanto en la música instrumental como en las canciones interpretadas por el elenco. Los primeros siete minutos de película, que son una especie de gigantesco videoclip en donde escuchamos el tema Deliver Us, son seguramente de lo más brutal que se ha hecho en materia de animación, no cortándose casi en nada para mostrar el horror de la masacre de los niños hebreos, así como el dolor de la madre de Moisés al tener que dejarlo partir en una cesta Nilo abajo. Ayudado por una interpretación musical descollante de la cantante israelí Ofra Haza como la madre de Moisés, que además se tomó la molestia de cantar ella misma su rol en dieciocho idiomas distintos, en los respectivos doblajes para otras naciones distintas al mundo anglosajón. Las letras de las canciones y la melodía principal pertenecen a Stephen Schwartz, mientras que los arreglos, así como los temas instrumentales, fueron compuestos por un Hans Zimmer que en esos años estaba consolidándose como el gran referente en materia de soundtracks que iba a terminar siendo a comienzos del siglo XXI, principalmente a través de los muchos alumnos suyos que después despegaron en solitario. Pocos temas de películas sugieren tanta esperanza como Through Heaven's Eyes, o tanto dramatismo como The Plagues, o tanta alegría como When You Believe, de manera que si no tienen este soundtrack, ya están perdiendo en agenciárselo. Aunque en los dos últimos temas hayan metido sus maullidos los tipos de Boyz II Men, quizás con la filosofía persa de que toda alfombra debe ser tejida con alguna imperfección a propósito, para no ofender así a Dios que es el único bueno y perfecto.

6.- La Pasión de Cristo (John Debney).



Y llegamos por fin a la película que abrió este posteo: La Pasión de Cristo. Esta película fue, desde luego, el proyecto dorado de Mel Gibson, que no satisfecho con las versiones de Hollywood acerca de Jesucristo en las cuales se trata de no ofender a nadie para que así nadie boicotee la película, decidió rodar su propia versión del cuento, una que acorde a sus dogmas religiosos se transformó en la versión más ultramontana posible, una que hubiera hecho enormemente felices a los sacerdotes tridentinos de la Contrarreforma y su afición barroca por las cruces, las llagas y la sangre. Uno puede estar de acuerdo o no con el mensaje de la película, y considerarla una adecuada recreación del calvario de Jesucristo, o por el contrario, un festival de morbo y sangre, pero lo que nadie puede negar, es que se trata de una de las películas más honestas y consecuentes, y con menos concesiones a la galería, que se han rodado sobre el personaje. Y una vez más, mucho de la película se ve realzado por la banda sonora de John Debney, que sigue un poco los pasos de Peter Gabriel década y media después de La última tentación de Cristo, mezclando sones orientales con arreglos orquestales clásicos para producir una banda sonora prácticamente impecable de principio a fin. En una de las injusticias notorias en los Oscares, Debney fue postulado a la Mejor Banda Sonora, pero perdió ante la mucho más adocenada Buscando el País de Nunca Jamás. Y si no me creen, pregúntele a Nightwish, la banda finlandesa de Power Goth Epic Woman Over-The-Top Metal, que cuando estaban de gira con el disco Dark Passion Play bajo el brazo, utilizaban el tema Resurrection de esta película como opening para sus conciertos, al igual que Metallica utiliza The Ecstasy of Gold de Ennio Morricone para abrir los suyos. Cosa que atestiguamos los cuatro gatos que fuimos a verlos en la época en que todos se bajaban de ese barco porque cantaba Anette Olsen en vez de Tarja Turunen.

7.- Noé (Clint Mansell).



Después de algunos años aletargado, en la década de 2.010 el cine bíblico parece estar levantando cabeza otra vez. Ahora en 2.016 se estrenó La resurrección de Cristo, y viene un epic basado en la infancia de Jesús que a su vez está basado en... una novela de Anne Rice, de todas las posibilidades estrambóticas que podían ser. Pero previo a eso, en 2.014 tuvimos dos grandes epics bíblicos: la más o menos fracasada Exodo: Dioses y reyes de Ridley Scott, y la más o menos exitosa Noé de Darren Aronofsky, con énfasis en el más o menos, en ambos casos. El trabajo de Aronofsky es cualquier cosa, menos ortodoxo. Se toma una enorme cantidad de libertades con el texto bíblico original, hasta el punto que a ratos parece más un trabajo de fantasía épica que una adaptación rigurosa de la Biblia, aunque la idea de presentar a Noé como una especie de veterano de Vietnam, quebrantado por el horror de ver morir ahogada a toda la Humanidad, y el sufrimiento de llevar el peso de su supervivencia sobre los hombros, es un enfoque ciertamente novedoso acerca del personaje. Discutible, por supuesto, pero nadie puede negarle originalidad o atrevimiento a la propuesta. A cargo del soundtrack estuvo Clint Mansell, colaborador habitual de Aronofsky, que tomando un poco ideas que andan rondando en materia de bandas sonoras desde el ascenso del Imperio Zimmer, a saber melodías simples, reiteraciones y mucha percusión, compone una banda sonora enormemente claustrofóbica y agobiante, la clase de música que en efecto probablemente llegues a escuchar desde los coros celestiales si algún día a Dios se le ocurre inundar al mundo estando tú en el fondo de la tina. Desde la época de Tiburón que dos simples notas musicales no sonaban tan angustiosas. La banda sonora remata con el tema Mercy is, interpretado por Patti Smith, que utiliza las mismas omnipresentes dos notas para construir un tema sombrío y melancólico... y sin embargo, extrañamente consolador. Una impecable banda sonora para una película que, buena o mala, no se le puede negar el valor de la originalidad y el riesgo.

domingo, 20 de marzo de 2016

"Candy Candy": Siete razones no tradicionales para disfrutar de la serie.


A pesar de que la han dado varias veces por televisión, más antes que ahora, nunca me senté a ver Candy Candy, y eso por varias razones. Sin seguir ningún orden en particular, es importante destacar que es una serie para niñas, y por lo tanto no se suponía que los niños las viéramos; en cuanto a mí, nunca fui demasiado severo en esa clasificación, pero las aventuras de una pequeña y tierna huérfana me dejaban un tanto frío, si la alternativa al lado eran apasionantes aventuras de robots gigantes destruyendo malvados monstruos alienígenas. Además, considerando que hablamos de algo que, muy en el fondo, es un culebrón hecho y derecho, sentarse a ver un episodio aislado es quedarse colgado porque no hay manera de enterarse acerca de quiénes son los personajes, en qué situación están metidos, y por qué los villanos odian tanto a la pobrecita Candy.

O por qué a la gente en general le hacía tanta gracia el sketch de La guatona Candy, que exhibía el programa El club de la comedia. Sketch que nunca me hizo gracia. Quizás porque El club de la comedia en sí nunca me hizo gracia. El humor del programa, basado en el absurdo y en la parodia del cliché, pero efectuado de manera demasiado tosca, sin verdadero ingenio, jamás me llamó la atención. Luego de ver Candy Candy, el sketch de La guatona Candy me hace menos gracia todavía. La parodia es siempre un género difícil, y aquí tenemos otra prueba de este aserto.

Pero hace algunos años, un canal de cable repuso Candy Candy, y como la pesqué en uno de los primeros capítulos, me dispuse a verla para saber de qué hablaban tanto las chicas. Después de todo, me dije a mí mismo, la veré un par de capítulos, me enteraré un poco de qué va la cosa, y luego a otros menesteres dignos de mayor atención.


Famosas últimas palabras. Porque me encontré con una serie de televisión tremendamente adictiva. Muy bien hecha, además. En lo personal me gustan los folletines de época, y acá mismo en la Guillermocracia ya hemos comentado Los pilares de la Tierra; también comentamos Gankutsuou, que es un anime de Ciencia Ficción, pero basado en otro folletín, El conde de Montecristo. Por alguna razón no me he embarcado con Downton Abbey, pero sospecho que más tarde o más temprano, eso terminará por suceder, máxime ahora que se supone que terminó, y por ende, es posible verla de una sentada.

Por si no están enterados, Candy Candy refiere las aventuras de Candice White Ardlay, de sobrenombre Candy, una huérfana que es adoptada en una de esas familias de clase alta en que la palabra clase sale sobrando. Andando el tiempo recibe educación, va al colegio, y después se hace enfermera. Todo eso, sazonado con el romance con sus dos galanes, Anthony y Terry.

Pero hay siete razones personales por las cuales Candy Candy me ganó de lleno. Algunos podrán decir que son razones sarcásticas. Estoy de acuerdo. Pero no me malentiendan. El tratamiento irónico que haré de la serie no quiere decir que no la aprecie. Es seguro que más de alguna fanática se va a llevar un soponcio cuando empiece a faltarle el respeto a la serie, ante lo cual sólo puedo decir: Señora, un poco más de humor, por favor. Candy Candy es una serie ligeramente ridícula en algunos aspectos, pero no creo que le haga demasiado daño. En parte porque es esa misma ridiculez o afectación propia de los folletines del siglo XIX o inicios del XX, y que les confiere un encanto particular. Hoy en día estamos demasiado endurecidos y cínicos, y a veces un poco del candor antiguo para narrar historias, es algo bienvenido.

Y sin más preámbulo, las siete razones no tradicionales para disfrutar de la serie:

1.- "No voy a llorar".

Es infalible. Cada tantos episodios, y a veces en un episodio siguiente al otro, Candy dice: "No voy a llorar". Dos segundos después, es una Magdalena penitente cuyo rostro se está disolviendo en lágrimas. De manera justificada, en realidad. A pesar de algunas amistades y buenos ratos, la vida de Candy apesta. Donde va, hay gente que la detesta simplemente porque es una pobre infeliz cuyo lugar en la sociedad es ser la sirvienta obediente, algo a lo que Candy se niega. En consecuencia, su vida es una tragedia. Pero las buenas gentes a su alrededor siempre le dicen que no llore, que esté alegre, que las cosas ya van a mejorar. Y entonces Candy responde con su "no voy a llorar", dicho de manera textual en un guión escrito en una época anterior al copiar y pegar, y a continuación se larga a las lágrimas. El diálogo "no voy a llorar" es casi un gag recurrente dentro de la serie. Por suerte, a medida que avanza la misma, la propia Candy se va haciendo más fuerte, y esto redunda en que los momentos no voy a llorar disminuyen.

2.- Las repeticiones de diálogos.

Ignoro si es el irritante doblaje argentino de la serie, o en el original japonés ya venía así, pero el recurso más utilizado por los guionistas para enfatizar una situación, es el diálogo repetido, en donde un personaje dice algo y el otro, sea por preguntar para confirmar, sea por asombro, o sea por crasas limitaciones mentales, repite palabra por palabra lo que ha dicho el otro. Por ejemplo, dos personajes observan que se acerca un carruaje. Uno de ellos dice: "Se acerca un carruaje, y Anthony viene en él". El otro responde: "¡Un carruaje! Y Anthony viene en él". Es otro gag recurrente de la serie, sucede de manera infalible, y todos los personajes caen en él. Lo gracioso es que no lo hacen por alargar los capítulos porque la serie tiene un ritmo endiablado. En su primera mitad, por lo menos, cuando todavía no la había pillado el éxito y no le metían relleno a saco, como sí ocurre más en la segunda mitad. Es un rasgo hilarante de la serie, aunque por otra parte contribuye a darle un toque de folletín decimonónico, ya que en la actualidad los diálogos no suelen escribirse con tanta afectación. Pensándolo bien, hoy en día ya ni siquiera se escriben diálogos, en parte porque los personajes hoy en día se hacen un poco diciéndole al espectador "soy como eres", o bien "soy como quieres ser", y en el afán de llegar al mínimo común denominador, ninguna de ambas opciones incluye el justificar el apellido Sapiens que lleva la especie; y ya sabemos que se necesita un cerebro funcional para que éste sea capaz de generar justamente eso, buenos diálogos.

3.- Bullying a mansalva.

Cualquiera que escuche a una chica que haya crecido con Candy Candy, hablando de Anthony o Terry, podría pensar que la serie se trata de romance y triángulos amorosos. Pero en realidad, curiosamente, el romance es sólo un condimento más, y ni siquiera es la principal fuente de conflictos. En verdad, la fuerza motora de la serie es el bullying. Porque Candy tiene al comienzo la mala fortuna de encontrarse con Elisa, una niña rica y mimada que es también una desgraciada sin vida propia, y que suple esta carencia haciéndole la vida imposible a Candy. Allí donde va Candy, Elisa se encarga de hacerle bullying, apoyada por una madre estirada con mentalidad de tenemos dinero así es que podemos maltratar a quien se nos antoje. Y Elisa se encarga además de que todo el resto de la gente a su alrededor las emprenda con Candy.


Para la segunda mitad de la serie, Elisa empieza a aparecer menos porque la vida asume otros derroteros, pero luego a Candy se le ocurre entrar a estudiar enfermería, en una escuela de enfermeras, y lo que viene después es casi predecible: más bullying, de parte ahora de sus compañeras enfermeras. Aunque mirando la situación con algo de perspectiva, si bien el bullying no se justifica bajo ningún motivo, la bronca de las enfermeras compañeras a Candy sí es explicable porque Candy, siendo atolondrada y revoltosa como es, pone más de una vez patas arriba el hospital. La serie misma toma la perspectiva de Candy, pero no intenta forzarnos que simpaticemos con ella hasta las últimas consecuencias; en vez de ello, cada tantos capítulos le da la razón a las compañeras enfermeras, y Candy misma debe aprender un par de lecciones en el proceso.

4.- Amigas demasiado amigas.

Los japoneses tienen otra mentalidad que la occidental, y no se aprobleman tanto por las relaciones demasiado estrechas entre personas de un mismo género. Además, Candy Candy llegó a Latinoamérica en la década de 1.980, y en ese tiempo había muchos elementos de cultura LGBT en los cuales nadie reparaba; si a eso le sumamos que la historia es para público infantil, que usualmente no abre mucho sus ojos a ciertos temas, es fácil ignorar este elemento. Pero las relaciones entre amigas son presentadas con una intensidad bastante inusual. En realidad es un punto principal del argumento de la serie, que Candy se mete en problemas y es víctima de bullying por tener un carácter rebelde y temperalmental, o sea, no ser una señorita o no comportarse de acuerdo a lo que se espera del estereotipo femenino clásico. Al lado de Candy, a quien lo de ser señorita le resbala, todas sus amigas son mucho más femeninas, lo que hace aún más acusado el subtexto. Ya en los primeros capítulos, cuando es adoptada Annie la mejor amiga de Candy en el orfanato, el guión trata esta separación como si Annie hubiera traicionado a Candy, y la reacción de Candy es la propia de una chica despechada y decepcionada, incluyendo el inevitable "no puedo dormir porque siempre pienso en ti". Incluso la obsesión de Elisa por hacerle la vida imposible a Candy tiene muchos elementos de el infierno no conoce furia como la de una mujer despechada, considerando que Elisa quiere ser querida y amada de manera casi psicopatológica, y Candy pasa de ella como la pesada antipática que es. Porque la obsesión de Elisa por hacerle la vida imposible a Candy, admitámoslo, cruza la barrera de lo normal, y si no termina de paciente clínica, es porque la Psicología en esos años todavía estaba en pañales.


Aunque siendo justos, las amistades de enorme intimidad entre mujeres eran parte de la cultura común en la Europa del siglo XIX, incluso mucho más que hoy en día, y por lo tanto forman parte de todos los folletines de la época. En la novela original de El conde de Montecristo, por ejemplo, ni siquiera el posadero que les proporciona alojamiento a dos chicas que se escapan juntas sospecha en lo más mínimo de nada... hasta que descubre a la mañana siguiente que las chicas han dormido en la misma cama porque una está desarmada y la otra no. Candy al menos no incurre en esa clase de conductas reñidas con la moral de la época. Aunque el subtexto siga estando larvado ahí.

5.- El opening en castellano.

Desconozco la letra del opening de Candy Candy en japonés, ni voy a aprender el idioma para averiguarlo. Pero en castellano, la letra es escalofriante. La primera parte dice: Si me buscas tú a mí, me podrás encontrar. Yo te espero aquí, éste es mi lugar. La letra parece creada ex profeso para tener una doble lectura: por un lado es una canción romántica que Candy le cantaría a alguno de sus novios, y por otra parte es una invitación a los televidentes para que vean el programa y sigan las peripecias de la protagonista. Pero siendo un poco más malpensados, la letra puede ser interpretada también de una tercera manera, que cuenta como tomar una moraleja y darle de hachazos. Porque de la letra se desprende que Candy tendrá una actitud perfectamente pasiva y sumisa, y esperará que sea el hombre quién dé todos los pasos. La cantante nunca dice que ella hará alguna cosa, sólo se limita a reafirmar que las cosas serán tal y como quiera el hombre al que le canta. Si él quiere recurrir a ella como amiga, tanto mejor. Si él quiere que estén juntos, él tiene que buscar y llamar. Al menos, la moraleja se limita a la canción, ya que una vez iniciado el capítulo respectivo, como espectadores veremos que Candy es todo lo contrario a una alfombra; aunque por otra parte, por eso se mete en problemas, por ser demasiado activa en vez de ser sumisa, y suponemos que tenderse y pensar en Inglaterra. En realidad son las amigas de Candy las que tienen una actitud que calza más con un Yo te espero aquí, éste es mi lugar, y aunque se llevan su cuota de malos ratos, en general la pasan bastante mejor, o al menos con una menor cuota de problemas, que la protagonista.

6.- Los novios buscando a mamá.

Habiendo escuchado tantas veces a chicas que vieron Candy Candy en su infancia debatir con toda seriedad sobre si ella debería quedarse con Anthony o con Terry, uno no podría decir menos que pensar ambos son amantes perfectos o algo por el estilo. O incluso Albert sale a veces al ruedo. O con Clint, que ama a Candy, pero de manera diferente, por supuesto. Y sin embargo, tanto Anthony como Terry son galanes con bastantes coaxiales pelados entre el corazón y el cerebro. Anthony seduce a Candy porque es dulce y cultiva rosas; consideremos esto como un detalle tierno y evitémosnos por tanto algunos chistes fáciles. Hasta ahí bien; lo que viene después es más tenebroso. Porque resulta que descubrimos que la madre de Anthony falleció cuando él era niño, y Anthony cultiva rosas porque ése era el pasatiempo favorito de su madre. Y dice de manera explícita que quiere a Candy porque ella le recuerda a su madre... Conozco chicas que ante una declaración así en el mundo real, saldrían corriendo; ignoro qué pensarán ellas de eso mismo en la ficción. Después de Anthony el chico bueno aparece Terry el chico malo, un rebelde sin causa frente al cual Candy cae redonda, con el eterno gancho de ser la chica buena que corrija y redima al incorregible e irredimible. A lo mejor es premonitorio, si se piensa que más adelante, Candy estudiará para ser enfermera. Algunos capítulos después se explica por qué Terry es tan complicado, y una vez más, es un tema no resuelto con la madre, ya que es un hijo nacido fuera del matrimonio, pecado mortal en el mundo anglosajón del siglo XIX. Y no es que a Candy le falten opciones, porque a Archie se le caen las babas porque Candy alguna vez lo mire como más que amigo. Pero parece que el gancho para Candy es que su galán tenga problemas con su madre, y lo más parecido que Archie tiene a eso, son sus conflictos nunca demasiado descontrolados con su tía abuela.


7.- Clint.

Y llegamos a mi motivación favorita para ver Candy Candy. Porque en lo que a mí respecta, el programa es El show de Clint, perturbado sólo de tarde en tarde por la aparición de una chica rubia que se mete en problemas. Clint es un mapache tierno y cariñoso, prácticamente el único amigo de verdad que tiene Candy en el mundo, si se considera que los otros amigos, o les cuesta relacionarse con Candy por las convenciones sociales, o le clavan de manera directa alguna fea puñalada por la espalda, partiendo por Annie. Poco importa que los mapaches en la vida real sean bestias difíciles de domesticar, caracterizadas por su mal genio, que no les tiemblan los colmillos para morder la mano que los alimenta, hasta el punto que uno de ellos hizo una aparición estelar como asesino en 1000 maneras de morir. Frente a ello, el mapache Clint de la ficción es la mejor mascota de todas, una que cualquiera querría tener para consuelo en los días malos.

Por supuesto, siendo un animal tierno y cariñoso, la vida se ensaña con Clint incluso más que con Candy. A Candy por lo menos nadie ha tratado de matarla, ni siquiera Elisa en sus peores días, y pareciera ser que ni siquiera Neil cuando de manera cobarde con sus amigotes sólo quería darle una paliza. En cambio, Clint... El rosario de desgracias del pobre mapache incluye, y vienen spoilers a mansalva aquí:

1º. Ser la mascota de Annie, no de Candy, y cuando Annie es adoptada, abandona al pobre animal en el orfanato; el corazón de Clint salta de alegría en una ocasión en que puede volver a ver a Annie, sólo para que ella lo desprecie porque su madre adoptiva le ha metido en la cabeza que nadie puede saber que viene del orfanato y no quiere delatarse.

2º. En la casa de Elisa, Clint se la pasa en peligro constante, y frente a la alternativa de que le pase algo, Candy prefiere llevárselo lejos y abandonarlo; el corazón destrozado del pobre Clint le hace seguir a la chica de regreso, inasequible al desaliento, hasta que Candy cede. Aún así, a Clint no lo dejarán quedarse dentro de la casa, por lo que será mascota en el patio, y no por última vez.

3º. Después, de regreso en el orfanato, como parte de la pugna de poder entre Candy y un mocoso malcriado, éste agarra a Clint, lo amarra por el cuello y tira de él, en un acto que pudo haber perfectamente ahorcado al mapache. Pero el bicho sobrevive, porque de lo contrario, cómo podrían los guionistas hacerle pasar por más desgracias.

4º. Más adelante, a pocas horas de desembarcar en Inglaterra para ir a un colegio de alcurnia, quieren mandar a Clint al zoológico. Clint, siendo el chico listo que es, prefiere escaparse, y entonces un cazador le dispara, y aparentemente lo mata; después nos enteramos de que el mapache sólo se había hecho el muerto. Más le habría valido haber seguido fingiendo, porque después Candy se lo lleva únicamente para seguir sufriendo desdichas.

5º. En el internado, el intento de Candy por meter a Clint de contrabando fracasa, pero éste consigue escaparse y quedarse en los jardines, que son inmensos, a la intemperie. Al menos los jardines son grandes, y parece que Clint se las arregla bien rapiñando comida aquí y allá, porque no se ve que Candy lo alimente, a pesar de que técnicamente Candy es su ama y debería preocuparse por esas cosas. Anime japonés, desde la década de 1.970 enseñando cuidado responsable de las mascotas.

6º. Después, Candy viaja de vacaciones a Escocia, y nada más llegar da un pequeño paseo, dejando encerrado a Clint en la caja donde ha viajado escondido, no sólo sin alimentos sino sin ningún agujero visible para respirar (¿y si se hubiera asfixiado?). Cuando se acuerda de él y le abre la caja, Candy le pide disculpas, y Clint se lo toma con el mejor humor del mundo en vez de, digamos, saltarle a la cara y devorarle los ojos para satisfacer el hambre, quizás porque dejar ciega a la protagonista hubiera transformado la historia en Marianela, lo que hubiera sido un suplicio, por supuesto.

7º. Capítulos después, pasan un sinfín de pellejerías en donde hasta Clint, siendo un mapache y pudiendo cazar su comida, pasa hambre porque Candy se ha fugado del colegio y está a la deriva y sin empleo. Pero Candy se embarca para América como polizonte, y el pobre Clint está metido en la misma estrecha caja que su ama, por lo que esperamos por el bien de la chica que Clint sepa controlar sus esfínteres durante las semanas que dure la travesía, porque de lo contrario, la pobre Candy podría haber acabado peor que Radagast en la trilogía del Hobbit (al final Clint sale de la caja, pero eso es otra historia).

8º. Y nada más regresar a su América natal, los nativos de los bajos fondos agarran a Clint y amenazan con desollarlo para fabricar una bufanda para una chica que le agarra mala voluntad a Candy por motivos completamente ajenos a la chica, y más ajenos todavía al pobre mapache. Como la paciencia tiene un límite, Clint sale de ésa a mordisco limpio, en una muestra de que, por fin, Clint se está haciendo hombre. O mapache adulto. Lo que proceda.

9º. Una vez de regreso en el orfanato en donde se crió Candy, jugando en la nieve, el pobre bicho se tropieza y termina convertido en una bola de nieve rodante y reventando contra el suelo, quedando K.O. Como la escena es de comedia, se recupera de inmediato. Lo repito: anime japonés, desde la década de 1.970 enseñando cuidado responsable de las mascotas.

10º. Capítulos más adelante, Candy se marcha del orfanato para estudiar enfermería, y Clint, el mapache que por pura devoción y amor se ha tragado cuanta galleta amarga el destino le ha puesto a tiro, es ignominiosamente dejado atrás, con escena de mapache corriendo angustiado detrás del tren incluida. Recordemos que es la segunda vez que Clint es dejado atrás, ya que Annie lo ha hecho primero. Por suerte para él, se reencuentran más adelante y se queda suponemos que al lado de su ama para el resto de sus días. Porque Clint, como premio a la paciencia, logra lo que algunos otros personajes de esta historia no, que es llegar vivo hasta el último capítulo. Aunque considerando la vida de pellejerías que ha pasado el pobre bicho, uno puede preguntarse si al final el mapache vivo no envidiará a los muertos.

¿Qué clase de guionista puede ser tan miserable como para acumularle semejante tonelada de desdichas y desgracias a este bicho, con esta cara tan simpática, pobrecito...?


Candy es abusada tupido y parejo, pero en cierta medida ella se lo busca por ser más respondona de lo aconsejable, mientras que el pobre Clint es inocente de todo, salvo de profesarle un cariño incondicional a la chica que en la casa de Elisa estuvo a punto de abandonarlo, y que cuando se marchó a estudiar enfermería lo abandonó del todo. En realidad, si la vida de Candy apesta, la de Clint es simplemente el infierno en vida.

domingo, 13 de marzo de 2016

Siete clases de espectadores insufribles en el cine.


La cultura del yo primero y los demás que se pudran sigue su expansión lenta, reptante e imparable. En los últimos años, se ha apoderado de un nuevo bastión: las salas de cine. Porque ir al cine se torna un suplicio mayor cada día. No tanto por el nivel de las películas, que por lo general no es el más óptimo, pero películas malas se han rodado desde que el cine es cine. No: ahora el verdadero suplicio son los otros espectadores. Los que llegan al cine a hacer vida social, o en general, a hacer cualquier cosa menos ver la película. Gente contra la que no cabe hacer nada porque, como sabemos, vivimos en una cultura de derechos, en donde toda la gente tiene la libertad de ser como se quiera y hacer lo que se quiera, y mantener determinados códigos de conducta que significan respeto para los semejantes, esas cosas son propias de viejos carcamales anclados en una cultura de prohibiciones, y prohibir es algo tan castrante que debe ser prohibido, por supuesto. De manera que debemos sufrir a esos fulanos porque, en teoría, nosotros tendríamos el mismo derecho para portarnos igual. O de cómo al final, con esa lógica, mejor dejemos de ir a las salas de cine y convirtámoslas en un café con mucha conversación, en donde se exhiba la película en un telón de fondo, pero sin volumen para que ese ruido no moleste a lo que sea que estemos haciendo en el café. Pero por mientras no ocurra esa imprescindible innovación... aquí en la Guillermocracia hacemos un breve repaso de siete tipejos a los cuales por lo general dan ganas de sacar a patadas de la proyección de una película.

1.- El comentarista de fútbol.

Partamos por el más obvio de todos: el que hace las veces de locutor de la película. Se trata del fulano que se sienta cerca de uno y comienza a referir todo lo que está sucediendo: "Mira, le está disparando", "Mira, ahora se van a besar", "Mira, aquí es en donde se muere el malo", "Si se lo van a cargar, mira". Por alguna razón, este tipo siempre dice "mira" a lo que está comentando, como si uno no estuviera mirando, aunque esto último se haga un resto de difícil porque el comentarista con sus comentarios tiende a sacarlo a uno de la pantalla. Como si uno no lo estuviera viendo en la pantalla. Por suerte no hacen demasiadas películas sobre fútbol, porque de lo contrario, lo tendríamos gritando atrás: "¡¡¡GOOOOOOOOOOOOLLLLLL...!!! Maravilloso gol, señores, maravilloso, en el minuto 57 de la película, por el equipo de los perdedores bondadosos en busca de su última oportunidad, contra el equipo famoso pero prepotente, un maravilloso gol, me emociono, señores, me emociono ante esta muestra de buena fotografía, buena actuación, una escena de acción deportiva muy bien rodada, señores...". Por supuesto, éstos son particularmente odiosos cuando una película recurre en particular a crear atmósfera. El cine de horror es el ejemplo más obvio, pero también pueden ser los dramas históricos, las películas románticas... Esta es la clase de espectador por el cual se han escrito cosas como el artículo "Traqueotomía" en la Wikipedia, sólo por si algún desesperado decide leerlo, aguardar la oportunidad, y cuando se haga necesario, ofrecerse como voluntario para practicarla...

2.- El insensible que se ríe con los muertos de la película.

Todos los muertos son buenos, salvo en el cine, porque todos queremos ver morir a los malos. Algunas muertes son icónicas del cine, y nos han conmovido hasta las lágrimas o poco menos: los mayorcitos recordarán la muerte de Melanie en Lo que el viento se llevó, los de Ciencia Ficción la despedida de Darth Vader en El regreso del jedi, los fanáticos del cine bélico la muerte del pobre sargento en Rescatando al soldado Ryan... Y justo cuando nuestros corazones están movidos porque el cine nos hace enfrentarnos de bruces con la finitud de la existencia y la fragilidad de la belleza de este mundo, viene ese espectador maldito a soltar una risilla estúpida acompañada de un "mira, jajá, se murió". Es de escucharlos, y uno deja de creer en la Humanidad. ¡Un ser humano acaba de morir, imbécil! Sí, es ficción. Después de rodar la escena, el actor por lo general vivió para actuar otro día. Pero el cine es ante todo una operación de empatía: el poder de una buena película es tal, que consigue hacernos olvidar que los momentos más emotivos en realidad son algo tan aséptico como la interpretación que nuestro cerebro hace acerca de la percepción de un chorro de fotones proyectados por una máquina sobre una pantalla blanca, acompañados por ruidos y sonidos de distinta ralea. Pero a estos bellacos, nada los emociona. Esta clase de sujetos no llega a preguntarse qué clase de desalmado querría relacionarse con ellos y ser su amigo. No les importa. Si alguien muerde el polvo, que no sea ellos, da lo mismo, porque ellos están bien y pueden reirse un poco a costillas de la desgracia ajena. Por desgracia, cuando les toque a ellos morirse, no nos oirán reirnos a nosotros en venganza porque... estarán muertos, como diría mi amigo el locutor de 1000 maneras de morir.

3.- El pateador de butacas.

Estamos sentados de manera confortable, viendo la película, y de repente, la butaca atrás nuestro se mueve de manera brusca. De pronto, nuestro relajo se fue al demonio. Alguien ha decidido estirar las piernas, con una mentalidad de que quien se interponga en el camino de su pierna, se tiene merecida la patada que le llegue, por no saber quitarse. Por supuesto, no es la patada en sí el problema. A veces, con lo estrechas que pueden ser las salas de cine, dar una patada adelante es inevitable, y eso uno lo sabe. A veces, no vuelves a sentir una patada en toda la película, y terminas por olvidarte del incidente, como la mala casualidad que probablemente fue. Pero a veces, el desgraciado reincide. Porque sí, porque encuentra de lo más relajante patear al tipo que está delante suyo. Naturalmente, el problema no es la patada en sí; se trata de un remezón y punto. El problema es que el cerebro se programa de manera automática para esperar la siguiente patada, uno se pone en estado de alerta... y adios al disfrute de la película. Pero si bien uno puede darse vuelta, y si el otro de verdad no se ha dado cuenta, a lo mejor ponga más cuidado en lo sucesivo, hay un caso en donde eso es imposible, o al menos muy lesivo para la salud: que se trate de una pateadora mujer, y que esté al lado de su novio que sea un muñeco de gimnasio. En este caso, mejor salir con el sistema nervioso alterado, que con el sistema óseo quebrado.

4.- El imbécil del móvil encendido y con la pantalla con el máximo de brillo.

El móvil nació para hablar por teléfono, pero hoy en día, casi nadie habla por él: todo el mundo guasapea, navega por Internet, y juega a Angry Birds, Candy Crash, o el a saber que esté de moda a según qué año. Una de las ramificaciones impensadas de estas nuevas tecnologías, es el cableta cuyo cerebro termina absorbido por Internet, de manera que si le apagan la conexión, se hunde como una planta mustia y se muere de inanición. Esta es la clase de sujeto entonces que, dentro de la oscuridad del cine, empieza a sentir la picazón en los pulgares, esa picazón tan familiar que lo está llamando, llamando, la vocecita interior que le dice que es un crimen perfecto, que nadie lo verá, que en realidad ya pagó por la entrada y por lo tanto en el cine puede hacer lo que quiera, que si no habla en voz alta entonces no molesta a nadie... Y así, casualmente, este adicto terminal desliza lentamente el móvil desde el lugar en que lo tenga guardado, lo enciende, y siente la lasciva petit morte de tocarlo, acariciarlo y hacerlo suyo. Y por supuesto, como siempre se puede caer todavía más en la escala evolutiva, tenemos a un ejemplar todavía más avanzado en su depravación tecnofílica: el tipo que saca el móvil para tomarle fotos y videos a la pantalla. Con la dichosa pantallita del móvil como gran punto distractor en medio del cine. Como si no hubieran suficientes fotos y videos de esa película en Internet, de calidad incluso mejor a la que se podrá obtener ahí, y si no hay, las habrá en algunos meses cuando salga el DVD, porque créanlo o no, todavía hay gente que los compra. Esta es la clase de personaje al cual no le decimos por dónde se puede ir metiendo el móvil, porque sería inútil: considerando su relación fetichista con el mismo, podría gustarle.

5.- El que habla por el móvil.

Y luego existen esos trogloditas que todavía usan el móvil para hablar. Hasta ahí, nada de malo. Se supone que para eso inventaron la tecnología de marras, y con eso, la vida se hizo mucho más sencilla en numerosos respectos. El problema es que ni se les ocurre apagar el móvil en el cine. ¿Por qué? Porque van a contestarlo, a pesar de estar rodeados de gente que, se supone, quiere ver la película en pantalla grande con tantas ansias que incluso pagó su entrada para estar ahí. Y entonces suena el móvil, y tenemos la conversación más condescendiente del mundo. Parte con un: "¿Aló? No, si no puedo hablar, estoy en el cine". Y luego, hacen justamente lo que acaban de decir que no pueden hacer: se ponen a hablar. Uno está tratando de dejarse llevar por esa colosal escena de acción, por esa tierna pareja romántica, por ese pobre deportista que tiene su última oportunidad para demostrar su propia valía, etcétera, y de pronto, a uno el argumento empieza a entremezclársele con cosas tales como "los documentos te los envío a la oficina la próxima semana, ¿de acuerdo?", o "el pan para el desayuno de mañana" y otras impertinencias que, uno descubre, está conversando el tipo que había partido por decir que estaba en un lugar en el cual no podía hablar. Y uno se acuerda de la madre del sujeto, no por alguna grosería, por supuesto que no, sino porque esa buena señora debería haber educado mejor a su vástago, para que respetara la esfera auditiva personal de los demás. Y hablando de madres...

6.- El que lleva a bebés en edad de llorar.

Si uno se mete a una película infantil, calificada Todo Espectador, uno sabe a lo que va. Habrán niños, algunos más o menos educados y otros no tanto, pero todos ellos en la edad del juego y del aprendizaje. Soportar a esos locos bajitos es parte del trato, casi tanto como si estuviera incluido como cláusula impresa en la entrada: "EXENCIÓN DE RESPONSABILIDAD: Con la compra de la presente entrada, y tratándose de una película infantil, el espectador presta su consentimiento explícito e irrevocable a tener que soportar a niños malcriados hablando o caminando por los pasillos, y por tanto exime de toda responsabilidad al cine o sus trabajadores por la presencia de los mismos en el interior de sus dependencias". Pero luego están las madres que tienen la bendita idea de llevar a sus niños de menos de tres años al cine, y a veces, a bebés que apenas tienen semanas. A veces, a ver una película infantil. Y a veces, inclusive, una película que en estricto rigor debería ser para adolescentes e incluso adultos. Normal entonces que el chico se distraiga, o peor aún, se asuste con el ruido de los parlantes y se ponga a llorar. Pero ellas, enfrentadas, dirán que "no tenían con quién dejar al niño", y cuando uno contesta lo lógico, que es algo en la línea de "entonces usted no viene al cine, porque tiene una responsabilidad como madre", la respuesta es una mirada con cara de asco, porque en qué clase de mundo depravado podría ser que ellas tuvieran que renunciar a ver una película únicamente porque tienen que cuidar a un engrudo de células al que echaron al mundo después de haberlos cargado nueve meses. Porque renunciar a algo para hacerse cargo de una responsabilidad propia o respetar el derecho de los demás, o ambas cosas, sólo un dinosaurio reaccionario podría pensar una noción tan alienígena como ésa, ¿verdad? Que estamos en el siglo XXI, chico, así es que vive tu vida y deja vivir a los demás. Con llantos de bebé incluidos.

7.- El que hace vida social en el cine.

El grueso de nosotros somos sociables en mayor o menor medida, pero algunas gentes llevan esto al extremo, y viven en exclusiva por y para su grupo de amigos. Se juntan con ellos, se sienten lo más de lo más, y de pronto, de ser unos pobres diablos que cuando se mueran nadie los echará de menos, pasan a ser unos Tony Manero de lo más entradores. Y tienes la desgracia de que esos infelices entran a la misma función de cine que tú. Y se sientan a poquitas butacas que las tuyas, y se ponen a hablar en voz alta de cualquier cosa. Tú tratas de ver la película, y no hay caso. Ellos decidieron, con esas porciones microscópicas de materia que ellos llaman sus neuronas, que su reunión social iba a ser en un lugar en donde están exhibiendo una película que no están viendo, alrededor de gente a las que no les importa fastidiar, y que van a hablar largo y tendido durante dos horas, porque para eso pagaron la entrada, ¿no? Lo divertido es que ellos pagaron su entrada cuando podrían hacer lo mismo en otro lugar, y ahorrarse el dinero para invertirlo en cerveza, o algo así, y hacer su reunión algo todavía más agradable. Es decir que el grueso de los anteriores tenía al menos una excusa, aunque ésta fuera débil, porque algo tenían que ganar, mientras que éstos molestan a los demás, pero además de eso obtienen una pérdida monetaria en vez de un provecho personal. Salvo que, y nos ponemos tétricos aquí... el razonamiento de estas gentes sea: "El gusto de molestar parroquianos en el cine bien vale pagar el costo de la entrada", lo cual ya colinda con la mentalidad sociópata, por supuesto.

Y una última reflexión. Solemos encontrar que las películas de hoy en día, muy en particular los blockbusters, son malas porque tienen todas el mismo guión tipo, carecen de ideas, etcétera. Y sin embargo, ¿no será que estamos juzgándolas de más porque estamos prejuiciados en contra de ellas, a según qué compañeros de butaca nos toquen? Es un buen punto para reflexionar.

domingo, 6 de marzo de 2016

La Guillermocracia a partir de Marzo de 2.016.

JOIN THE GUILLERMOCRACY FORCES ARMY (when available on your neighbourhood).

ESTE ES UN MENSAJE DE LA OFICINA NACIONAL DE VOCERÍA DEL GOBIERNO DE LA GUILLERMOCRACIA, SUBDIVISIÓN DE LA REPARTICIÓN DE COMUNICACIONES DE LA GUILLERMOCRACIA, SUBSECRETARÍA DEL MINISTERIO DEL INTERIOR DE LA GUILLERMOCRACIA.

Ya estamos entrando en el tercer mes de 2.016, en lo que el antiguo calendario romano hubiera sido el primero o inicios del año. Porque como sabemos, el calendario romano partía en Marzo, y por eso los meses séptimo, octavo, noveno y décimo del mes se llamaban Septiembre, Octubre, Noviembre y Diciembre, además de haber un Quintilis y un Sextilis. Luego, a Julio César se le ocurrió que el año debía partir en Enero, y rebautizó a Quintilis como Julio. La reforma enojó tanto al Senado, que le clavaron 23 puñaladas. Por eso, y también por querer derribar la República. Porque el sentido del humor nunca ha sido una característica de los políticos. Luego llegó Octavio Augusto y rebautizó a Sextilis como Agosto. Y luego llegó Tiberio que no dejó a los senadores que rebautizaran a Septiembre porque les preguntó: ¿y qué haréis cuando lleguéis al César número decimotercero...? Bonito hubiera quedado el año si hubieran seguido: Julio, Agosto, Tiberio, Calígulo, Claudiano, Neroneo, Galbano, Otoniano, Viteliano, Vespasiano, Titonio y Domiciano. Y Trajano se hubiera quedado sin mes.

Esta anécdota histórica es para empezar de una manera amable, un posteo de noticias cuyo contenido no lo es tanto, para tristeza de los lectores de la Guillermocracia.

Los lectores de la Guillermocracia quizás habrán notado una cierta baja en la actividad del blog. Sacando cuentas, la última vez que contesté comentarios fue por allá por Enero, así es que tendré que ponerme al día con eso. No he olvidado a los lectores, pero el Padre Tiempo es el Padre Tiempo, después de todo.


El caso es que a partir de Marzo, la Guillermocracia tendrá que bajar un poco el ritmo de actividad. Mientras no descubramos el secreto para fabricar un duplicado de nuestra propia cabeza e insertarlo en la red, al estilo Cyberpunk, hay que seguir viviendo en esta obsoleta tecnología evolutiva de sacos de carne, sangre, vísceras y huesos llamados la vida real, y eso quita un poco de tiempo para hacer cosas tales como ser el Presidente Vitalicio de la Guillermocracia. Después de todo, hasta tipos como Napoleón Bonaparte, Simón Bolívar, la Reina Victoria u Osamu Tezuka, todos ellos necesitaban en algún minuto hacer pausa para comer.

Eso significa que los planes para continuar con los nuevos episodios de Bastión Esperanza, quedan postergados de manera indefinida. Léase bien: postergados significa postergados, no cancelados. Hay un puñado de nuevos episodios escritos, pero quiero llevar la historia hasta un cierto punto predeterminado antes de dejarlos programados, para corregirlos todos ellos en conjunto, como un solo bloque, y que así el resultado sea más armónico. Es el problema de escribir un universo narrativo con un acabado nivel de detalle: que todos los detalles deben estar bien ajustados y en su lugar para que no hayan contradicciones internas en la narrativa, y además de eso, la misma debe tener un cierto ritmo y no decaer en ningún minuto. Y eso lleva tiempo y trabajo. Si los lectores han privilegiado a Bastión Esperanza por encima de otras posibles actividades que podrían desempeñar con los ratos perdidos en leer la blogoserie, lo mínimo que les debo es que la misma tenga un estándar mínimo de calidad, en mi opinión. Pero eso significa postergar la publicación de nuevos episodios, en lo que espero sean uno a dos meses a lo sumo.

Lo mismo ocurre con otras series de posteos que hemos estado preparando. Hay un par de ellas que están en la recámara, pero quiero desarrollar dichas series con calma y tranquilidad. Ya se sabe que redactarlas ocupa tiempo. Buscar las imágenes para ilustrarlas ocupa otra cantidad de tiempo, a veces bastante hercúlea porque una cosa es buscar imágenes, y otra muy distinta buscar imágenes que tengan una calidad mínima de tamaño y resolución, que además sean adecuadas para ilustrar el posteo, y además el contenido mismo de la imagen sea significativo... Créanme que no tendría ningún problema en ilustrar todos los posteos con imágenes de Alexandra Daddario y Carla Gugino en la película de terremotos ésa que se estrenó en 2.015, pero me da la idea de que no pegarían mucho con un posteo de Arte o de Historia, por mucho que las dimensiones anatómicas de ambas sean dignas de una escultura grecorromana, lo que sí las emparenta con el Arte y la Historia.

Aunque, pensándolo bien... Por cierto, ¿ya le vieron la cara de gozo supremo a Dwayne Johnson...?
¿Y entonces, qué va a quedar de la Guillermocracia? A partir de Marzo, únicamente los posteos individuales de los días domingos. Por Marzo y Abril, por lo menos, y eso, hasta nuevo aviso.

Pero quiero hacer un llamado general a la ciudadanía, para que no desesperen. Esto es una situación temporal, producto de la situación geopolítica internacional, más allá de las fronteras de la Guillermocracia. No es cansancio con las labores del poder, no es falta de ideas o de creatividad, nada de eso. Es apenas un bache en el camino, y esperamos que, a la vuelta de dos o tres meses, podamos volver con un mayor ritmo de posteos a la Guillermocracia.

Y no voy a gritar que "¡Aún hay Patria, ciudadanos!", porque el último que gritó eso, lo dejaron tirado después de meterle bala por la espalda, camino a Tiltil. Y yo, el Director Supremo y Presidente Vitalicio de la Guillermocracia, quiero morirme de viejo en mi cama, gracias.

Y bien, ése es el informe de situación. No es el que me hubiera gustado escribir para los visitantes que hacen turismo por la Guillermocracia, pero es la situación actual, tal y como está. Esperando que no hayan resentimientos, ni reclamaciones territoriales, ni demandas en La Haya, ni pepinazos nucleares, se despide cordialmente el

PADRE FUNDADOR DE LA GUILLERMOCRACIA.


ESTE HA SIDO UN MENSAJE DE LA OFICINA NACIONAL DE VOCERÍA DEL GOBIERNO DE LA GUILLERMOCRACIA, SUBDIVISIÓN DE LA REPARTICIÓN DE COMUNICACIONES DE LA GUILLERMOCRACIA, SUBSECRETARÍA DEL MINISTERIO DEL INTERIOR DE LA GUILLERMOCRACIA. ¡GLORIA ETERNA AL PADRE FUNDADOR DE LA GUILLERMOCRACIA!

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