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miércoles, 21 de diciembre de 2016

Marbod el Bárbaro: Imago Dei - Episodio 1.


Tranquila y serena vive Roma, la ciudad que es ama y señora del Mare Nostrum, bajo el gobierno de Tiberio Emperador. Y tranquilo en Roma vive Marbod el Bárbaro, en la herrería de Tulio, trabajando para éste, alejado de su vida anterior de aventuras. Tulio es un hombre viejo, que ya no tiene fuerzas para sostener un martillo o golpear un yunque, y por tanto, el trabajo de la herrería recae ahora íntegramente en el guerrero germano.

Un legionario se aproximó a la herrería, le echó un vistazo a Marbod el Bárbaro, que lucía su torso desnudo con unos broncíneos pectorales bajo una fina película de sudor, producto del calor del trabajo y la cercanía de la fragua, y caminó hacia él con paso decidido.

– ¿Vos sois Marciano? – preguntó el legionario.

Debéis saber, pequeñuelos, que Marciano es un nombre perfectamente aceptable, y que no se refiere a las criaturitas del planeta Marte, sino al culto del dios Marte, nombre muy apropiado para un orgulloso guerrero bárbaro, aunque no lo veamos muy guerrero en el inicio de la presente historia. Esto amerita una explicación: después de sus portentosas y señaladas fazañas, Marbod el Bárbaro ha preferido cambiarse el nombre, y adoptar uno romano para esconderse. Lo ha hecho con reluctancia, porque eso ha significado renunciar a su orgullo bélico, pero es la mejor manera que ha encontrado para proteger a Tulio y a Drusila, la hija del herrero. Hubiera sido prudente también cambiar de lugar la herrería misma, pero como en la época no se venden mapas con las casas de las estrellas, muy en particular considerando los precios abusivos que se cobran por un vulgar pergamino, no parece una precaución realmente necesaria.

De manera Marbod el Bárbaro, interpelado como Marciano, respondió asintiendo con la cabeza.

– Estuve metido en… bueno… una riña de bar… y mira como han dejado mi escudo.

Marbod el Bárbaro le echó un vistazo al escudo. Eso no era realmente un escudo, parecía más bien una escultura tridimensional en la cual algún matemático podía inventarse alguna nueva teoría topológica, supuesto de que los antiguos romanos hubieran sabido lo que era la Topología.

– Me han dicho que usted obra milagros, señor Marciano, y necesito el trabajo ojalá para mañana, porque si me presento con esto al cuartel, va a ser una bronca de llevarme a patadas de aquí hasta el limes germánico y de ahí al Ponto y a los númidas, y no hay ser humano que aguante un baile así. Sé que, considerando el estado de esto, a lo mejor mañana es mucho, quizás tenga trabajo pendiente, y…

Marbod el Bárbaro suspiró, cogió el toroide o la forma topológica que fuera ese pobre escudo, lo examinó con detención por un instante, girándolo con lentitud de aquí para allá y de allá para acá, y luego le aplicó cuatro secos martillazos, unus-duo-tres-quattuor, y asunto arreglado, el escudo parecía escudo otra vez. ¿Y por qué es esto posible? Porque él es… ¡¡¡MARBOD EL BÁRBARO!!!

Marbod el Bárbaro cobró entonces el precio, que el legionario se apresuró a sacar de su faltriquera, impresionado con el trabajo hecho y la alegría de que no iban a darle una bronca de llevarlo a patadas de Roma hasta el limes germánico y de ahí al Ponto y a los númidas. Y mientras se iba, con una terrible falta de dignidad legionaria, entre gritó y balbuceó:

– Y… bueno… gracias… si me necesitas… pregunta por Multum Bibere Bonum, ¿eh? ¡Adios!

Marbod el Bárbaro suspiró. Por un instante, una punzada de angustia lo invadió. El recuerdo de sus grandes y gloriosas aventuras lo invadió. Miró hacia el horno, y estuvo a punto de enviarlo todo al demonio y salir a alguna parte, a cualquier parte. Pero miró hacia el segundo piso del edificio, en donde estaban las habitaciones de Tulio y Drusila, y suspiró. El viejo y su hija lo necesitaban. Particularmente su hija, que había sangrado hacía algunos años ya, y por lo tanto, era blanco fértil para toda clase de buitres malamente disfrazados de águilas, que necesitaban ser desplumados.

– ¿Marbod?

Irreflexivamente, por estar perdido en sus sueños, Marbod el Bárbaro volvió la cabeza, traicionando así por supuesto que su nombre era Marbod y no Marciano.

Este episodio se titula: “La nueva vida de Marbod el Bárbaro”.

– ¡Mira, es Marbod el Bárbaro! Ya lo sabía – dijeron unos tipos, jóvenes todos ellos, hombres y mujeres, con cara de adoración. – ¡Marbod, eres el hombre que se resucitó a sí mismo!

– Yo no soy Marbod. Me llamo Marciano – dijo el aludido, con hosquedad.

– ¡No, tú eres Marbod! ¡Tu fuiste crucificado en Palestina, y te resucitaste a tí mismo! ¡Todo el mundo habla de eso allá! Bueno, no todo el mundo. En realidad, una secta. Ya sabes. Pero… ¡Oye, mira lo que te traemos! ¡Oro! ¡E incienso! ¡Y mirra! ¡Venimos a adorarte! ¡Salve, mesías!

– ¡Oye, Marbod! – dijo otro de los fanáticos. – Mira, te vamos a construir un templo, y te vamos a adorar… ¡Y nos llevarás a vivir en paz y prosperidad, en el Eterno Reino de Dios…!

– ¿En paz y prosperidad? – preguntó Marbod el Bárbaro. – ¿Así es que, según ustedes, soy una especie de… Dios de paz?

– Pues… sí…

Marbod el Bárbaro giró la cabeza hacia un costado para destensar el cuello, luego entrelazó los dedos y extendió los brazos, hizo un par de flexiones con las rodillas en el suelo, y se levantó, adoptando la postura completa del guerrero. Y luego, con una sonrisa irónica, dijo:

– Se equivocaron de Marbod. Yo no soy un hombre de paz.

Alrededor de Roma habían varios árboles frutales, en los cuales de pronto se vieron frutos de un tipo muy inusual para la temporada y especie vegetal respectiva: un montón de fanáticos adoradores aterrizando en trayectoria parabólica, arrojados por encima de las murallas de Roma. Bajo uno de esos árboles, había un campesino que contemplaba un tierno brote que estaba naciendo en el suelo. Al sentir el barullo, levantó la vista, para ver a uno de esos pesados aterrizar en un árbol: luego, éste cayó desde el árbol al suelo, encima del brote, aplastándolo.

– ¡Maldito idiota, mira lo que has hecho! – gritó el campesino. – ¡Esto era el brote de un nuevo árbol frutal que acabamos de importar desde China! ¿Tienes una idea de lo que cuestan las importaciones, con los sobornos a las aduanas, permisos de cultivo, y estudios de impacto ambiental? ¿Ah? ¡Idiota, acabas de retrasar el desarrollo de la Fruticultura durante el siguiente milenio!

Y así fue. Las naranjas, porque de naranjo era el brote asesinado por aplastamiento, fueron producidas a gran escala en Europa recién durante la Edad Media, cuando los moros las introdujeron en España.

Pero, volvamos a la herrería. Marbod el Bárbaro, furioso, ingresó al comedor, subió las escaleras, y entró a la habitación de Tulio, quien estaba postrado y enfermo en la cama.

– Me voy, Tulio. No lo aguanto más. Tener que vivir escondido, y… Además, los pongo en peligro a ustedes, estando aquí. Tengo mis enemigos, después de todo, y…

– No, Marbod – dijo Tulio, con calma en la voz. – Marbod… soy un hombre enfermo. Ya no me queda mucho tiempo. Y entonces, ¿qué va a ser de mi hija, de mi Drusila? Ya ves, salió un poco casquivana, sale con un patán un fin de semana y otro patán diferente el siguiente, y yo no puedo cuidarla, y…

– No hables así, viejo – dijo Marbod el Bárbaro. – Estás enfermo, pero te vas a recuperar.

– Y si me recupero… ¿qué? Ya soy un viejo, Marbod. Diabetes, artrosis, deformaciones musculares por el trabajo, falta de dientes, tengo todos los achaques propios de la ancianidad. Después de todo, ya tengo 46 años, ¡he sobrepasado en dos años la esperanza de vida al nacer según las estadísticas oficiales del Imperio! Me refiero a las estadísticas corregidas para población adulta, excluyendo la mortandad infantil, claro. Así es que, Marbod… prométeme que cuando yo no esté, cuidarás de Drusila. Eres como un hijo para mí, así es que… ¡prométeme que te casarás con mi hija!

– Pero, Tulio… Sí, yo no soy pariente de ella, pero aún así… No podría… Quiero decir… ella es como familia, y eso de casarse en familia… eso es lo que hacen los reyes, no nosotros, ¿no?

– ¿Y acaso no somos reyes en nuestro propio hogar, Marbod?

– Eh, bien, sí, pero… No sé… No quiero hablar mal de su hija, los dioses saben cuán preciada es para mí, pero… Tulio… Ya has visto que a ella le gustan los buenos para nada. En la lista de pretendientes está el borracho, el apostador de cuadrigas, el tahúr, el psicópata paranoide con delirios mesiánicos, el asesino serial, la dominatrix de burdel, el zoofílico, el cambista de monedas, el político, el poeta… ¡La semana pasada salió con un economista, por el amor de Odín! ¿Cómo vas a esperar que yo le guste?

Y entonces Drusila, que había estado escuchando toda la conversación desde el pasillo, entró y, con su mejor cara de chica dolida, dijo:

– ¿Es que acaso no te das cuenta, Marbod? ¿Es que acaso no ves que salgo con todos esos inútiles porque en realidad soy una adolescente mimada que quiero llamar tu atención? Marbod, eres el primer hombre que conocí en mi vida, y además… bueno… estás guapo, y eres tres onzas y media de puro músculo, y además eres bueno conmigo, me haces reir, no me riñes cuando la comida está demasiado caliente o demasiado fría, te relames con el pan que preparo aunque a veces se me queme un poco en el horno comunal, y además me gusta cuando me proteges de esos patanes… ¿Te acuerdas de cuando le rompiste la mandíbula de un puñetazo al pretendiente ése que sustraía opio desde los templos sagrados y lo vendía a los niños? Nos reimos todo el resto de la semana, cuando el desgraciado, los fierros que le tuvieron que poner, tuviste que forjarlos tú, y además le cobraste el triple… Así es que, Marbod… ya que no te quieres proponer, lo haré yo. ¿Quieres casarte conmigo?

– Bueno, yo… Ay, Drusila… Está bien. Yo te voy a cuidar y te voy a proteger.

– Y yo te voy a servir el almuerzo. Bueno… a veces demasiado caliente, a veces demasiado frío, y a veces con pan requemado. Pero… con cariño.

– Bueno, Tulio, viejo… se salió con la suya. Ahora lo puedo llamar suegro, ¿no?

Unos días después, comenzaron las ceremonias para contraer matrimonio. Primero fueron a hablar al templo de Juno Moneta, para que los sacerdotes de Juno prepararan el cronograma; entenderse en un tema tan delicado y espiritual, por encima del ruido de las monedas acuñadas en el templo, fue algo difícil, pero al final lo consiguieron. Los sacerdotes prepararon un cronograma de ritos, sacrificios, ceremonias y taurobolios que iba a prolongarse más o menos por el siguiente año y medio, pero luego de que Marbod el Bárbaro y Drusila explicaran que eran una familia de herreros, los sacerdotes se miraron entre sí, carraspearon, y ofrecieron entonces el programa económico, sin taurobolios (“esas innovaciones persas, tenemos que tenerlas porque los ricos… ya saben ustedes cómo son, si uno no las ofrece como parte de los servicios, capaz de vayan a casarse por el rito de Mitra, los muy herejes”), y tarjando más de la mitad del cronograma, se quedaron con un calendario compacto de apenas ocho meses. Luego, uno de los sacerdotes de Juno preguntó si había alguna clase de apuro, en particular ginecológico, y luego de que Drusila contestara de manera indecisa que lo más probable era que no, entonces terminaron acordando los ocho meses en vez de tres semanas. Esa noche, una fumata de opio salió desde el Templo de Juno Moneta, dando por inaugurados los rituales de matrimonio, pero esa fumata es parte del ceremonial sagrado, así es que, estimados lectores, no piensen otra cosa, ¿bien?

Enviar los partes matrimoniales tuvo sus propias complicaciones. Un pobre desgraciado tuvo que oficiar de correo imperial, cruzar el limes y adentrarse en Germania, para entregarle el parte matrimonial a Dragonópterix, ignorando por supuesto que éste era un dragón más amigo de la Filosofía que de engullir seres humanos. Dragonópterix generalmente sabía que rondaban humanos allá afuera, por el olfato: era casi inevitable que los visitantes hicieran notar su terror dejando heces fecales por los alrededores. De manera que salió de su gruta, vio el parte, se emocionó por la noticia, y se aprestó a viajar hacia el Imperio Romano. En el Medio Oriente, el Simurgh también recibió una invitación, pero como el Simurgh es Omnipotente a condición de que no haga nada, e ir a un matrimonio cuenta como hacer algo, decidió no ir; tampoco envió ninguna excusa, porque enviar excusas es también hacer algo.

Estos eventos en realidad son un poco pedestres: estamos hablando de un guerrero que ha renunciado a las guerras, de un herrero que ya está viejo, y de su guapa hija. Pero por suerte para nuestra historia, aunque para mala fortuna de Marbod, otros eventos de escala imperial inclusive, sucedían en otras partes. No en Roma, en realidad, sino en Capri, en donde el Emperador Tiberio había radicado su corte hacía muchos años; desde ahí se dedicaba la mitad del tiempo a seguir atendiendo los asuntos administrativos del Imperio, y la otra mitad a chapotear en piscinas con muchachitos y pescaditos. Y en estos menesteres, porque el tiempo no pasa en vano, cayó enfermo.

La recuperación era incierta. A ratos parecía que se recuperaba, y ahí iban los cortesanos a llorar la desgracia de la enfermedad a su lado, y a ratos parecía morirse, y allí se marchaban los cortesanos a tratar de hacerse con la mayor cantidad de tesoros posibles y a intrigar por ver quién obtenía el cargo más alto. En medio de todo esto se adelantó un joven de pelo corto y ondulado, y mirada insolente, llamado Cayo Julio César Augusto Germánico, sobrino nieto de Tiberio, quien declaró con voz sonora y melodramática:

– Terminemos con esto, tío abuelo…

Y Cayo Julio César Augusto Germánico tomó una almohada entre las manos, avanzó con paso suave hacia la cama.

– Sobrino nieto… No…

Cayo Julio César Augusto Germánico posó la almohada con mucha suavidad en el rostro de Tiberio, y luego, con lentitud, para disfrutar cada segundo del acto, empezó a apretar con fuerza cada vez mayor, mientras el Emperador comenzaba a bracear inútilmente.

– Podías haberme tenido a mí, tío abuelo… pero no. Querías más a esos efebos y a esos pececitos – dijo Cayo Julio César Augusto Germánico, y ahora posó todo el peso de su tronco en las manos, que a su vez aplastaban la almohada, que a su vez asfixiaban al viejo Emperador. Finalmente, éste dejó de manotear. Cayo Julio César Augusto Germánico retiró la almohada.

– Cayo… Julio… César… Augusto… Germánico… ¿está… muerto…? – balbuceó el jefe de los pretorianos, la guardia personal del Emperador, quien acababa de quedar como un incompetente, y además, peligraba su puesto por el posible cambio de jefe.

– Cayo Julio César Augusto Germánico ya no es más – dijo el hombre, con voz ominosa, y luego, con perfecto dominio de la teatralidad escénica, declamó: – Puedes llamarme… ¡¡¡CALÍGULA!!!

– Uh… ¿Botita? ¿En serio? – preguntó el jefe de los pretorianos, porque Calígula significa “Botita” en latín.

– ¡Me llamaban así de niño, y me gustaba! ¡Así es que… Calígula, y si no te gusta, a los leones!

– Eh… Sí, sí me gusta. Me gusta más llamaros Calígula que terminar en los leones, si me preguntan.

Rayos y truenos se oyeron en los lejos, porque la naturaleza tuvo a bien comportarse de manera empática con el dramatismo de la escena. No todos los días muere un Emperador romano, después de todo, y menos luego de haber sido asfixiado por su sobrino nieto.

– ¡Ah, Zeus! ¿Eso es todo lo que tienes para mí? ¡¡¡MUESTRA TU PODER, O TEME EL MÍO!!! – gritó Calígula. Y como los rayos cesaran, añadió, jadeando de placer: – Sí. Sí… ¡¡¡SÍ!!! Ahora YO soy el Emperador. Y soy más que un Emperador. ¿Acaso esperaban encontrarse con un loco, y se encontraron con un dios…? Porque eso soy, eso he sido y eso siempre seré. Un dios, no un loco. Tengo que explicarlo todo, montón de inútiles. Pero, ¡ah!, es sabido que hay otro que pretende ser un dios, y Roma no será gobernada por dos dioses. Ese es Marbod el Bárbaro, que se vanagloria de haberse resucitado a sí mismo de entre los muertos. Por eso, mi primer acto oficial de gobierno es… ¡¡¡DECRETO LA PENA CAPITAL… SOBRE… MARBOD… EL BÁRBARO!!!

Y remató su sentencia con una carcajada satánica, porque siempre una carcajada satánica ayuda a verse más malvado, y la gente respeta más a los malvados que a los buenos.

Próximo episodio: "El día de Marbod el Bárbaro".

2 comentarios:

murinus2009 dijo...

Genial inicio de serie, me dieron ganas de emitir sonidos guturales o gritos de guerra, cuando el buen Marbod de 4 martillazos arregla el escudo.
No han sido pocas las veces, en que tambien he querido mandar al diablo trabajos desagradables, y eso también se expresa muy bien en esta parte del capitulo.

Parece que Marbod en esta Aventura ha incrementado su fuerza, ahora parece mas la fuerza de Hércules (el de la producción de los Raimi: Sam y Ted con Kevin Sorbo), por como hizo salir de su vista a los molestos del culto, lastima que haya retrasado, (sin percatarse de ello), 1000 años el desarrollo de la Fruticultura, ¿sera cierto eso de que los antiguos romanos, pedían hasta "Estudio de Impacto Ambiental" para importar plantas?.

Fue difícil contener las carcajadas cuando Marbod recuerda a Tulio la lista de pretendientes de Drusila: el borracho,el apostador de cuadrigas el tahúr el psicópata paranoide con delirios mesiánicos, el asesino serial, la dominatrix de burdel,(¿alguien mas aparte de mi sabrá que es una dominatrix?), el zoofílico, el cambista de monedas, el político, el poeta, y hasta ¡horror! un economista.

Esa escena de la petición de matrimonio es... no se como decirlo, esta muy bien lograda, creo que hasta puede causar Diabetes de tanta dulzura, es divertida, tierna, humana, puede uno hasta entrever como sera la convivencia diaria entre esa pareja, aquello del "pan quemado y la comida muy caliente o muy fría", no he visto, o no recuerdo otra escena así, ni siquiera en historias puramente románticas, ¿sera que no soy muy adepto a las historias románticas?, aún así, creo que muchos escritores de dizque "Romance" (que mas bien da vergüenza o sueño), podrían aprender mucho de esta escena, es creo yo, de antología.

El ascenso de Cayo Julio Cesar Augusto Germánico con todo y truenos en el cielo, le aporta, creo yo, buena carga dramática a este capitulo,causa hasta preocupación lo que hará en contra de Marbod y los suyos, interesante el dato de que Calígula signifique "botita", también yo repetí el "¿en serio?", que dijo el Pretoriano.

Reitero, Genial Inicio de Serie, ahora a esperar el siguiente capitulo en enero de 2017.








Guillermo Ríos dijo...

Marbod el Bárbaro tiene tanta fuerza como lo requiera la acción o el chiste. Es una de esas cosas que no hay que mirar demasiado porque, después de todo, es una sátira.

Gracias por la escena de la petición de matrimonio, en particular porque siempre me cuesta un poco escribir escenas más emocionales. Supongo que algo debe influir que he visto bastante anime en el último año, y considerando lo aficionados que son los japoneses para las escenas tiernuchas...

Gracias por las felicitaciones igualmente, y espero que los capítulos venideros sean igual de disfrutables.

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