¡¡¡Blogoserie a la carta en la Guillermocracia!!!

No lo olvides. Durante Abril y Mayo está abierta la votación para que ayudes a decidir sobre el argumento y características de la blogoserie a la carta que estamos planeando publicar acá en la Guillermocracia. Vota en la parte inferior de esta página, o bien, pincha el enlace para mayores detalles.
- POR ORDEN DEL DIRECTOR SUPREMO DE LA GUILLERMOCRACIA.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Infra Terra: Entronización - Episodio 1.


La puerta se abrió con violencia, y la cabeza rapada y morena de un recluta entró por la misma y gritó:

– ¡Arriba, todos en los vehículos a las cero seiscientas!

Wolfgang Spengler levantó la cabeza. Era un joven un poco mayor que la veintena, y su pelo de natural desordenado, lucía incluso más revuelto por el roce con la almohada. Miró hacia el costado; en el otro catre de campaña estaba Reinhard Becker, ante quien debía responder, quien también se estaba levantando. Mientras todavía intentaba regresar a la realidad, Wolfgang Spengler vio como Reinhard Becker le hacía un gesto para apurarse.

Cerca de media hora después, la caravana de vehículos estaba en marcha, y Reinhard Becker con Wolfgang Spengler estaban a bordo de unos de ellos, rodeados ambos de varios reclutas que los miraban con expresión algo reticente. Para ambos alemanes, la piel morena y los ojos achinados de los chilenos entre quienes estaban, resultaba ciertamente algo exótico. Adelante se escuchaba el chirriar de una radio, en donde sonaba Era la primera vez de Lucerito, canción que los alemanes no identificaban por nombre, pero que algo sonaba entre los hits radiales latinoamericanos de la época.

– No vamos a investigar ninguna lengua indígena, ¿verdad? – dijo Wolfgang Spengler, suspicaz.

Reinhard Becker miró a Wolfgang Spengler con una expresión de socarrona inteligencia, pareció meditar un momento, y después respondió con calma.

– Veamos tu teoría.

Era la frase recurrente de Reinhard Becker; Wolfgang Spengler la había aprendido cuando había sido su alumno de Lingüística en la Universidad de Bonn. Significaba que el profesor tenía una disposición deportiva a debatir argumentos acerca de Filología.

– ¿El Rojo? Ese idioma no parecía indígena; de hecho, tiene conexiones con las lenguas indoeuropeas – explicó Wolfgang Spengler. – No es un idioma de nativos latinoamericanos sino de algún reducto conformado por descendientes de hablantes del grupo satem. Además, estamos en la zona central de Chile, y acá no quedan muchas tribus indígenas, o al menos, no tanto como más al sur.

Rojo era el sobrenombre que ambos le habían puesto a un libro de tapas rojas y aterciopeladas, que el maestro le había pasado al discípulo cuando el primero había reclutado al segundo para el trabajo de la OTAN en que se encontraban ahora envueltos. Estaba escrito en ruso, y era una especie de manual básico para un idioma en apariencia no registrado con anterioridad.

– El vocabulario del idioma resulta muy pobre cuando se trata de cosas de la superficie: tiene pocas palabras para vegetales, pero muchas para definir cosas como rocas o cavernas. Es el idioma que hablaría un grupo de gente que habitaran en grutas. Así es que… ¿hacia dónde vamos? ¿Hacia el centro de la Tierra o algo así?

Reinhard Becker sonrió, pero no respondió nada; sólo miró hacia adelante, mientras la caravana de vehículos seguía marchando con rumbo a la montaña, hacia la majestuosa Cordillera de los Andes.

Este episodio se titula: “Viaje al centro de la Tierra”.

Luego de marchar descendiendo por un laberíntico entramado de grutas y cavernas conectadas de las más extrañas maneras, el Brigadier Catroux de la OTAN intercambió algunas palabras con el Teniente Ibáñez del Ejército de Chile; éste en respuesta ordenó a sus hombres apagar las luces. Wolfgang Spengler entendió claramente la orden porque sabía hablar castellano, pero le pareció un absurdo que los llevaría a la tumba: ¿pasarse sin luces a quién sabe cuántas decenas o cientos de metros bajo tierra?

Pero los soldados apagaron las luces sin vacilar, porque órdenes son órdenes. Y entonces, al bajar la luz artificial, empezó a surgir otra luz diferente, una de origen natural. Eran las propias paredes las que brillaban con un resplandor amarillento mortecino; era un resplandor débil, pero en las grutas que se dirigían aún más abajo, el brillo aumentaba.

– Paredes iluminadas – dijo Wolfgang Spengler para sí, al tiempo que recordaba algunas referencias al respecto en el Rojo, que en su minuto no había comprendido, y ahora sí.

El batallón siguió descendiendo aún más. Wolfgang Spengler se acercó entonces a Paulette Vignard, bióloga, y Jerry Marshall, geólogo, ambos al servicio de la OTAN igual que Reinhard Becker. Hasta el minuto, Wolfgang Spengler había sido demasiado apocado como para entablar conversación, y las ocasiones en el viaje no habían sido demasiadas tampoco. Pero ahora, quería saber qué sucedía.

– No estoy registrando radiación de ningún tipo – dijo Jerry Marshall. – Así es que este fenómeno no es de origen radioactivo. Lo único que se me ocurre, es que sea alguna clase de mineral que con las presiones y temperaturas bajo la corteza terrestre, haya desarrollado capacidades que nosotros desconocemos. Pero tengo que hacer más análisis para entender esto.

– ¿Podría ser algo que estuviera vivo? – preguntó Wolfgang Spengler, recordando de pronto que había alguna referencia hacia las “paredes vivas” en el Rojo, que no había comprendido; pero considerando el secretismo con el cual Reinhard Becker manejaba dicho manual, no reveló la fuente de su idea.

Paulette Vignard abrió los ojos de sorpresa; aparentemente no había considerado la idea. Pero más allá, aprovechando una breve detención para salvar un barranco, aprovechó de tomar algunas muestras de la substancia brillante en la pared.

– Tiene una consistencia pastosa, parece como si fuera alguna clase de musgo, o… no sé… tendría que analizar esto en un laboratorio.

De pronto, el batallón entero se detuvo. El Brigadier Catroux y el Teniente Ibáñez consultaron un mapa, y luego, el Brigadier se dirigió a la tropa entera, luego de hacerle una señal a Reinhard Becker para que tradujera al castellano lo que iba a decir:

– Señores, los hemos mantenido en la oscuridad respecto de los verdaderos alcances de esta misión, porque se trata de una materia extraordinariamente delicada, que debemos tratar con el máximo secreto posible. Esta misión no se trata de encontrar y capturar terroristas opositores al gobierno del General Pinochet, como se les dijo en un minuto. Hace cuatro años atrás, en 1.983, un soldado soviético que agentes encubiertos de la OTAN capturaron en Afganistán, nos hizo una importante revelación: los soviéticos habían hecho contacto con alguna clase de civilización subterránea. El soldado estuvo viviendo en esa civilización durante una cantidad indeterminada de años, y aprendió una enorme cantidad de cosas acerca de su mundo, sus costumbres, su idioma y su cultura. Luego de evaluar los datos, hemos llegado a la conclusión de que el mejor punto para hacer contacto con esta civilización, es acá, en la zona central de Chile, que es en donde estamos más cerca de su capital, Kriegsburg. Según los mapas que tenemos, y que el soldado soviético dibujó para nosotros, poco más allá tenemos una estación subterránea que forma parte de una red de monorrieles que llevan hacia Kriegsburg. De manera que deben estar preparados para entablar un primer contacto. No consideramos a esta civilización como hostil, de manera que no entablaremos combate con ellos, salvo que ellos ataquen primero, y sólo como último recurso. El objetivo primario de esta misión es entablar contacto con ellos y asegurar una comunicación fluida y permanente por canales diplomáticos regulares, así como entablar una alianza de carácter militar si ello fuere posible; el objetivo secundario es investigar y aprender todo lo posible acerca de su civilización. ¿Alguna duda?

Wolfgang Spengler se preguntó por qué, si el soldado soviético era tan importante, no lo habían traído con ellos. Luego pensó que cabía la posibilidad de que el pobre desgraciado no hubiera sobrevivido al interrogatorio, y prefirió guardarse la duda para sí mismo.

Nadie planteó ninguna pregunta, de manera que siguieron caminando. Y, en efecto, unos cuantos cientos de metros más allá apareció una enorme gruta en la que cabía una estación completa de lo que a todas luces era un monorriel. Avanzando un poco más, descubrieron en efecto el riel. Y más allá, estaba la estructura que podía pasar por una estación: una armazón que era realmente columnas y vigas metálicas en vez de paredes, de alguna clase de metal parecido al hierro, que no tenía ángulos ni cantos, sino que surgía suavemente desde el suelo y daba giros suaves hasta completar una estructura trapezoidal, con la parte ancha en la base, y con curvas suaves en vez de ángulos. Parecía hecho de una sola pieza, confeccionada en metal fundido que se hubiera dejado enfriar en un molde, más que de piezas de metal independientes.

En la estación, habían dos seres en apariencia humanos; apenas vieron al batallón acercarse, tomaron sus armas y los encañonaron. Era un gesto más retórico que otra cosa; era evidente que los visitantes traían sus propias armas, por lo que si quisieran eliminar a los dos guardias, los masacrarían sin mayores inconvenientes. Pero el Brigadier Catroux le hizo un gesto a sus hombres para que mantuvieran bajas sus armas, y luego, con las palmas abiertas, se acercó a los dos guardias armados.

– ¿Becker? ¿Puede usted traducirme aquí, por favor? – soltó el Brigadier Catroux, en un tono imperioso que dejaba a las claras que aquello era una orden y no una simple petición.

Bernhard Becker le hizo un gesto a Wolfgang Spengler: el primero traduciría al Brigadier, y el segundo a los guardias. Wolfgang Spengler asintió. De esta manera, el brigadier Catroux refirió que venía en son de paz, y que esperaba ser llevado a Kriegsburg, en calidad de amigo.

Los dos guardias se miraron entre sí. Uno de ellos se dirigió al interior de la estación, en donde se le oyó hablar a través de lo que podría ser alguna clase de intercomunicador; el otro se mantuvo apuntando, cada vez más nervioso al contemplar la cantidad de efectivos a los que debía mantener a raya, así como a sus armas.

El segundo guardia salió, y anunció las nuevas, traducidas por supuesto por Wolfgang Spengler.

– Pasará un tren que vendrá a buscarlos – anunció. – Irán directo a Kriegsburg.

La espera se prolongó durante varias horas, durante las cuales, los conscriptos se dedicaron a matar el tiempo charlando entre sí; el Brigadier Catroux y el Teniente Ibáñez, por su parte, conversaron con los dos guardias, siempre por intermedio de los traductores. La conversación en general se desenvolvió con amabilidad, pero la tensión era visible en ambos lados; por su parte, los intentos de sonsacarles información tratando de que soltaran algo de manera amistosa, resultaron ser en su mayor parte infructuosos. Al final, lo único que tenían realmente en claro, es que Kriegsburg era la sede de un gran imperio subterráneo, el Freilande, que a su vez era dominado por el Kaiser Lama Kriegweltz III.

Finalmente, el monorriel llegó a la estación, con tres carros repletos de soldados. Uno de ellos, el que parecía tener mayor autoridad, avanzó y habló:

– Soy el… rango militar aquí… Enhurtz – tradujo Reinhard Becker. – Tengo órdenes de llevarlos y escoltarlos hasta Kriegsburg. Debemos tomar sus armas, y…

– No – se negó el Brigadier Catroux. Hizo una señal imperceptible con la cabeza, y los soldados chilenos y de la OTAN levantaron sus armas, dispuestos a disparar a la primera provocación. Viéndolos tan decididos, Enhurtz pareció vacilar, y luego siguió hablando.

– Está bien… los dejaremos llevar sus armas con ustedes. Pero subirán en vagones separados. En cada vagón los superaremos en número, así es que no intenten nada estúpido.

– Venimos en paz – replicó el Brigadier Catroux. – No vamos a provocar ningún incidente, tiene nuestra palabra.

Los soldados de ambos bandos subieron a los tres vagones del monorriel. Los dos guardias que custodiaban la estación, se veían aliviados mientras los vagones partían. Al poco trecho, la gruta se cerraba hasta un punto tal, que el monorriel iba derechamente por el interior de un túnel.

El viaje tomó larguísimas horas, y en medio de las rocas, se hizo francamente monótono. A ratos, el túnel se ensanchaba y aparecían grutas en donde habían otras tantas estaciones. A diferencia de la estación de partida, que parecía casi desierta hasta el punto de preguntarse para qué había una estación ahí en primer lugar, en la mayoría de las otras había asentamientos de distinta clase. Realmente ninguno podía contar como ciudad; a lo mejor lo eran, en términos de la civilización subterránea, pero para los estándares de la superficie, la mayoría calificaban como pueblos a lo sumo. Wolfgang Spengler notaba que no parecían haber cultivos a la intemperie, aunque eso no descartaba que sus cultivos y la fuente de su comida estuviera en el interior de las construcciones. Las mismas parecían confeccionadas en barro y piedra; era muy posible que, al no crecer demasiados árboles, la madera fuera un bien demasiado caro y preciado como para desperdiciarlo construyendo casas y edificios. Wolfgang Spengler notó asimismo que más allá de algunos tramos en pendiente, el monorriel definitivamente no estaba yendo ni a mayor ni a menor profundidad; se preguntó si acaso ese nivel era el único que existía, o habían grutas incluso más profundas dentro de la corteza terrestre. Intentó hacer memoria de lo leído en el Rojo, porque no se atrevía a sacar su propio ejemplar desde su mochila, ahí en medio de todos los soldados, pero no recordó ninguna peculiaridad filológica del idioma subterráneo que le diera alguna pista al respecto.

Llegaron finalmente a un asentamiento que sí podía calificar como ciudad, de acuerdo a los estándares de la superficie; por el tamaño de lo que se veía, debía contar con a lo menos unos 100.000 habitantes, y quizás muchos más. Pero las casas se veían en general roñosas y miserables; sus habitantes también se veían miserables. Cerca de la estación podían verse edificios de una arquitectura mucho más trabajada. Wolfgang Spengler se preguntó si aquello era Kriegsburg, pero pronto salió de dudas, ya que los hicieron bajar a todos del monorriel.

Había un batallón mucho más importante, y los lideraba una mujer vestida con ropas más o menos ceñidas, sin llegar a estar tan ajustadas que revelaran mucho del cuerpo; por sus insignias, era claro que tenía un rango militar superior al de Enhurtz.

– Señores… soy la… rango militar aquí… Volnia. Estamos en Zerenhui, capital de la provincia de Etmar. Vamos a subir a ese monorriel de allá, el que tiene siete vagones. Yo los llevaré en el tramo final hasta Kriegsburg; las tropas de Enhurtz vienen conmigo y nos van a reforzar. Así es que, ahora sí que no intenten hacer nada estúpido.

Por supuesto que no iban a hacerlo; los expedicionarios de la OTAN sí que estaban ahora sobrepasados en número. Wolfgang Spengler le echó un último vistazo a Zerenhui, cuando el monorriel de siete vagones salió de ahí y se hundió en todavía otro túnel más. Si aquella ciudad de gentes de mirada vacía y cuerpos miserables era una capital de provincia, entonces no quería adivinar qué tan mala era la situación en el resto del imperio bajo Kriegsweltz III. ¿Por qué tales dominios eran tan pobres? ¿Era el medio subterráneo tan agreste que impedía el desarrollo de una civilización superior, eran las políticas de Kriegsweltz III, era acaso una combinación de ambas…?

Finalmente, después de mucho tiempo en otra monótona sucesión de túneles, cavernas, y asentamientos dispersos aquí y allá, el último túnel se ensanchó y se ensanchó cada vez más. Habían construcciones esparcidas a lo ancho de la gruta, casi como si de una especie de vida rural se tratara. Algunas construcciones eran miserables, pero otras eran espléndidas para el estándar de lo visto en el viaje. Y adelante, muy adelante, iba creciendo lo que a todas luces era una gran ciudad. Mientras más se acercaban, se veían edificios cada vez más grandes, incluso algunos que podían ser majestuosas reparticiones públicas o hieráticos templos. Poco a poco, ingresaron en un medio repleto de calles, casas, edificios, y gentes. Los edificios más altos tenían, Wolfgang Spengler calculaba, unos diez pisos de alto, y parecían construidos de una especie de mezcla de piedra y argamasa, que bien podía ser alguna forma de cemento.

Y todo eso, bajo la omnipresente luz amarillenta que irradiaba desde las paredes de la gruta.

El monorriel se detuvo. Lo que había delante de ellos era una explanada gigante, que debía extenderse unos 300 a 500 metros de profundidad desde la estación, y en ella, había un ejército entero en perfecta formación. Y a la cabeza de ellos, un hombre ataviado con una rica armadura de combate, de metal, grabada con minuciosidad barroca, seguramente poco práctica para ir a la guerra, por lo que debía tener valor apenas ceremonial. El hombre portaba, además, un casco que remataba en un gigantesco penacho con pelos. Eso sí, observó Wolfgang Spengler, no se veía caballería de ninguna clase; todos los soldados parecían ser meramente infantería.

Los ocupantes del tren bajaron. Volnia avanzó hacia el hombre del penacho, hizo un gesto militar de alguna clase, e hizo un breve y sucinto reporte, más allá del alcance de la escucha de Wolfgang Spengler. El hombre del penacho asintió, pensativo, y luego, mientras Volnia se hacía a un lado, avanzó hacia los visitantes.

– Sed bienvenidos, extranjeros – dijo el hombre del penacho, con calma en la voz, y ojos penetrantes y fríos. Y luego añadió, con una voz algo sardónica: – Yo soy el Kaiser Lama, Kriegsweltz III, señor de estos dominios. ¿A qué debo el honor de vuestra visita…?

Próximo episodio: "Dos mundos".

3 comentarios:

murinus2009 dijo...

Este primer capitulo de nueva cuenta me recordó aquel capitulo ya comentado del Hombre Araña de los 60s de aventuras en un mundo postapocaliptico- prehistorico, (y quiza otro en que el Arácnido se enfrenta a los Hombres Topo, aunque puedo confundirlo con los 4 Fantasticos, o el Hombre de Hierro, tambien de los 60s) que lamentablemente no encuentro en internet.

También me recuerda, por la descripción que haces de los poblados y sus habitantes de aspecto miserable aquellas Villas colectivizadas de la antigua Unión Soviética y sus Satelites, además de un viaje que hice hace casi 20 años en que pasé, de regreso, por una zona de México conocida cono la Huasteca Potosina -concretamente un lugar llamado Tamazunchale-, un viaje largo y monótono, el paisaje era agradable: zona montañosa llena de arboles y camino sinuoso, pero no los Pueblos, que no eran pintorescos, sino caserios miserables, construidos sin diseño aplicado, sin acabados y donde lo que mas abundaba eran las cervecerias.

Esta es quizá la única historia de Aventuras que tiene a un Lingüista como protagonista o mas bien a 2 contando a Becker, hasta el estreno de "La Llegada" en 2016, o al menos no se me ocurre otra por el momento, hay protágonicos políglotas: James Bond, Indiana Jones creo, de mis favoritos Conan de Cimmeria, pero no recuerdo a un Lingüista como tal.

Notable lo que se menciona en "El Rojo", sobre que los "Rojos" (por asi llamarles) tienen pocas palabras para nombrar lo que esta en la Superficie, pero muchas para referirse a las Rocas y Cavernas, me recordo a algo que se menciona de los Inuit o Esquimales: que tienen hasta 60 palabras diferentes para llamarle al Agua, yo no recuerdo otra mas aparte de Agua, quiza: liquido o fluido, hay mas para el alcohol que se bebe: licor, libación, "chupe", alipuz, "la vitamina", "neutle", "tlachicotón", o "caldo de oso" (estos 3 refiriendose al "Pulque" bebida tradicional de México extraída del Maguey una cactacea, bebida muy desagradable para mi), pero no hay tantas palabras para el agua que es muy importante.

La armadura del Kaiser Lama Kriegweltz III, me recuerda a las usadas por los Humanos en la pelicula "Warcraft" estrenada este año ¿De ahí viene la inspiracion o mas bien de los Romanos y Caballeros Medievales?.

Me gusta esta historia Guillermo, de entrada disparó recuerdos de experiencias previas, me parece una mitología cuidadosamente elaborada, y el puro hecho de incluir la Lingüistica, captó de lleno mi atención.

A esperar el siguiente capítulo para Enero de 2017.



Cidroq dijo...

Que buenos aportes haces murinus, ha tenido buen arranque la serie, buen trabajo Guillermo.

Guillermo Ríos dijo...

@murinus2009, el capítulo no lo recuerdo. Aunque considerando que IT siempre ha tenido una cierta inspiración de pastiche pulp, no debería ser una sorpresa.

En esta clase de historia, me era indispensable incluir algo de descripción social, o de lo contrario no iba a conseguir envolver al lector en el argumento.

Que el protagonista sea un lingüista, se debe al accidente de que es una precuela sobre el mentor del protagonista de la blogoserie original. Aunque algo debe haber en el ambiente, que coincidió justo con La llegada... De todas maneras, ambas historias corren por carriles distintos. En IT:E, de partida, no hay alienígenas.

El estudio de la migración de los pueblos a partir de su vocabulario es una estrategia estándar en materias lingüísticas, y a veces es la única disponible, si sólo tenemos los idiomas como vestigio de esas migraciones.

La armadura de Kriegsweltz III tiene su inspiración en... la armadura de Ming el Despiadado en Flash Gordon. De dónde se inspiró Alex Raymond a su vez... lo ignoro.

@Cidroq, gracias por las felicitaciones, y espero que los capítulos venideros sigan siendo disfrutables.

Related Posts with Thumbnails

¡Blogoserie a la carta!: ¿De qué género quieres que sea el o la protagonista?

¡Blogoserie a la carta!: ¿Cuántos protagonistas quieres que sean?

¡Blogoserie a la carta!: ¿Cuál será la ambientación?

¡Blogoserie a la carta!: ¿Contra quién se enfrentan el o los héroes?

¡Blogoserie a la carta!: ¿Cuál es la motivación del protagonista?