miércoles, 7 de diciembre de 2016

Corona de Amenofis: Arquitectura Oculta - Episodio 1.


AMARNA, ANTIGUO EGIPTO. AÑO 1.334 A.C.

La corona de Amenofis IV, Faraón de las Dos Tierras, rodó por los suelos mientras su titular resbalaba, intentaba sostenerse en una columna, y después acababa tendido cuan largo era, boqueando horriblemente en un vano intento por encontrar aire con el cual llenar sus pulmones. Sus ojos ahora medio vitrificados, miraron con expresión de espanto hacia la mujer de contextura menuda, piel de tono moreno sin ser negro como los nubios, que parecía levitar en el aire con sus vestiduras ligeras y semitransparentes de lino.

– Tu maldición no será la plaga del hombre – dijo la mujer, mientras levantaba la copa que acababa de beber el monarca, sonriendo con sonrisa leve y algo taimada. – Debemos derrotar al Unico Dios.

– Nefer… mi esposa…

– ¿Nefertiti? – preguntó Neferneferuaten, y agachándose de manera ampulosa al lado del faraón agonizante, murmuró en su oído: – No te preocupes. Para ella será sólo el exilio, no la muerte.

Los ojos del faraón comenzaron a tornarse opacos. Su respiración se hizo más breve, siempre agitada, pero ya sin fuerzas para dar verdaderas bocanadas, o siquiera una inhalación regular.

– Salve Amón – dijo Neferneferuaten, levantando la cabeza con arrogancia, mientras Amenofis IV, que había tomado el nombre de Akenatón en honor a Atón, el Unico Dios, y había recibido el sobrenombre de Faraón Hereje y Faraón Maldito, cerraba finalmente los ojos.

Más atrás, casi como deslizándose, apareció un eunuco detrás de una columna.

– Ya está hecho, Ahmes – dijo Neferneferuaten. – Las Dos Tierras ahora están libres de la tiranía del Unico Dios. Atón ya no es más. Ve y dile a Horemheb que comience la purga. Y dile que ahora es… GENERAL Horemheb.

Este episodio se titula: “Construcción”.

SANTIAGO DE CHILE, CHILE. AÑO 2.016 D.C.

“BIENVENIDOS A CORONA DE AMENOFIS”, rezaba un cartel promocional puesto en la entrada de un terreno baldío en los faldeos precordilleranos, en el cual existía como única construcción, una verja de vigas de madera y alambre de metal, más una caseta de guardia en el portón principal. El cartel describía lo que, después de la construcción, terminaría siendo Corona de Amenofis: un condominio en donde las familias felices llegarían a iniciar una vida nueva y radiante.

En el lugar habían varios operarios manejando retroexcavadoras. Pero de pronto, algunos obreros comenzaron a hacer señales para detenerlo todo. El capataz, un hombre rechoncho y con un rostro que recordaba vagamente al de un bulldog, se acercó con pasos furibundos, dispuesto a hacer valer su autoridad como encargado de la obra.

– ¡A ver, qué está pasando aquí! ¡Aquí no me vienen a parar nada sin mi…!

– ¡Don Mariano, es que…!

– ¡Vicente, a ti te tengo aquí, mierda! – gritó don Mariano, llevando el dedo a la parte superior de la nariz, apuntando al espacio entre los ojos. – ¡Te estás yendo de patitas a la calle por…!

– ¡Don Mariano, por favor, mire eso! – gritó Vicente.

Don Mariano, siempre con el gesto agrio, se tornó hacia donde le señalaba Vicente. En el enorme socavón, había aparecido de pronto un agujero… un agujero dentro del agujero, dicho con exactitud.

– De pronto estaban cavando con la máquina aquí, y… mire. Se fue la máquina con todo abajo, y se cayó el Peyuco también por ahí… – explicó Vicente.

– Mierda, la Dirección del Trabajo nos va a hacer mierda con esto – farfulló don Mariano. – ¡Ya, bajen al agujero! Traten de ver si pueden sacarlo. Y por favor, ¡no se queden parados como tontos y vayan a llamar a una ambulancia! ¿Y dónde está la ingeniera?

La mencionada apareció. Era una chica de piel morena, ojos achinados y negros, que caminaba con seguridad, pero que al tratar con otras personas, parecía inclinar levemente su cabeza hacia adelante.

– Don Mariano, ¿qué pasa aquí?

– Que estaban metiendo retroexcavadora, y de pronto se hundió con todo. Ahí están tratando de ver si pueden encontrar al conductor, que parece que se fue mucho más abajo en el hoyo. Doña Llacolén, ¿no se supone que ustedes estudiaron el terreno aquí…? ¿Ah?

– Sí lo estudiamos, las características geológicas del suelo no hacen pensar en que podría ocurrir…

– Mire, doña Llacolén, con todo respeto, sita… Yo tengo que dirigir a este montón de imbéciles a hacer su pega, y cualquier accidente laboral, me llega a mí. Puedo hasta ir a la cárcel por esto, ¿me entiende?

– ¡Don Mariano! – gritó alguien desde el agujero. – ¡Mire esto! Parece como… losas… paimento

Mariano y Llacolén bajaron al agujero y miraron por su interior.

– Ahí tiene su respuesta, don Mariano – dijo Llacolén. – No es el suelo, es lo que había en él. Acaban de dar con un yacimiento arqueológico enterrado en el suelo.

OxxxOxOOOxOxxxO

En el centro de Santiago, en el piso 27 de la Torre Dos Aguilas, se celebraba una importante reunión por parte de la plana mayor de la Constructora Ibis Blanco.

– Quien diría que los indios de mierda construían esas cosas – dijo un hombre mayor, de pelo ralo y cano, e increíblemente gordo, mientras intentaba acomodarse en el sofá. – Yo pensaba que lo único que hacían era ponerse plumas en el trasero y… qué se yo.

– En realidad son ruinas del período incaico. Fines del siglo XV o comienzos del XVI, don Leandro – dijo otro hombre, alto y esbelto, de pelo negro algo revuelto y mirada triste, vestido impecablemente de terno y corbata. – Los incas eran una gran civilización que…

– Ya, ya, Joaquín, eso qué importa, indios de mierda todos – dijo Leandro, mientras se movía en su sofá de manera tal, que parecía que con su gordura, iban a saltársele uno o dos botones del terno.

– Javier. Me llamo Javier – corrigió el hombre delgado, con suavidad.

– Javier, Joaquín, qué más da – dijo Leandro. – ¡Almendra! Dime, a ver qué hacemos.

Almendra Caballero era una mujer que parecía haber pasado la treintena. Tenía ojos cafés, pelo negro cortado en melena, el rostro alargado, y facciones duras que le daban un aspecto ligeramente masculino. Estaba sentada en el escritorio, de manera más casual que seductora, pero era un movimiento calculado: sabía que Leandro era un viejo verde, y suscitar su lujuria era una sutil manera de mantener un grado de control sobre quien era teóricamente su jefe.

– Javier… – dijo Almendra Caballero. – Tú eres el abogado. Dime cuál sería el procedimiento.

– Ajustándose a la ley… Tenemos que denunciar el hallazgo a la Gobernación Provincial, para que ésta mande a Carabineros a custodiar el lugar, hasta que lo entreguen al Consejo de Monumentos Nacionales para que lo excaven.

– ¿Están locos? – bramó Leandro. – ¿Vamos a parar esta inversión millonaria sólo porque unos indios de mierda se les ocurrió construir en el sitio que es nuestro? ¿Ah?

– Es lo dice la ley – dijo Javier. – De lo contrario… Multa de 5 a 200 UTM, más indemnización de perjuicios solidaria entre empresarios y contratistas por los daños que se ocasionen.

– Almendra – dijo Leandro, con expresión de enorme fastidio. – Sabes que no podemos permitir eso. Corona de Amenofis es uno de nuestros proyectos inmobiliarios más importantes. Dale la orden a… a… Mario… para que siga las obras. Que pasen máquinas por encima no más. A la mierda los indios.

– Mariano. El capataz se llama Mariano – dijo Almendra Caballero, con calma.

– Como sea. Pagamos la multa. Subimos las UFs de las casas, y con eso arreglamos las finanzas.

– No – dijo Almendra Caballero. – Es demasiado exponerse. Vamos a parar las obras por algunos días. Y… Javier… me dijiste que hay que hacer la denuncia al Gobernador Provincial, ¿no?

Javier asintió con la cabeza.

– Creo que no lo tenemos en la nómina. Pero no importa. Voy a consultar entre la gente, a ver quién puede mover tuercas con eso.

– Almendra, por favor. Si hablas con un juez, estamos cagados – dijo Leandro. – Pasemos máquina y…

– Don Leandro, pensaba en el Senador Luque. Ibis Blanco se puso con una cantidad de plata para su campaña, así es que es hora de cobrar. Además, el senador y el gobernador, creo que pertenecen al mismo partido, así es que todo va a ser mucho más fácil.

– Si ese hueón se da una voltereta, cagamos – dijo Leandro. – Ten mucho cuidado con lo que haces, Almendra, o todo el proyecto de Corona de Amenofis se viene abajo… y si eso pasa, tú te vas a la mierda con él. ¿Entiendes?

– Entiendo, don Leandro, dijo Almendra Caballero, con una mirada fría e inexpresiva.

OxxxOxOOOxOxxxO

Cerrando las obras, Vicente y un grupo de obreros miraban en dirección a Llacolén.

– Está rica la huashaloma – dijo uno de ellos. – Mira ese culito, por Dios...

Vicente suspiró, y comenzó a caminar hacia Llacolén.

– ¡Güena, Bicho! – le gritaron los compañeros, y uno de ellos añadió en tono de burla: – A ver si se la va a engrupir este hueón.

Vicente se puso al lado de Llacolén, quien estaba abriendo su camioneta.

Sita Llacolén, si… me permite un minuto…

– Si, Vicente, dígame – dijo ella, con fría amabilidad.

– Oiga, mire… no quiero faltarle el respeto, pero… Mire… Resulta que yo soy medio mapuche, ¿sabe? Por parte de mi mamita. Y, bueno… igual no sé qué va a pasar con todo esto, pero… ¿no cree que deberían venir los del Gobierno, no sé, a ver esto, a excavar? Quiero decir, esto es lo que somos, y…

– Mire, Vicente. Usted siempre está metiéndose en problemas, y así es como don Mariano lo único que quiere es mandarlo de una patada afuera – dijo Llacolén, con dureza. Luego, bajando un poco el tono de voz, e inclinando levemente la cabeza hacia abajo, añadió con más calma: – Yo… igual he visto lo que hace. Es un buen compañero, defiende a los otros trabajadores, pero… esto es Chile. Yo, igual que usted, tengo sangre mapuche. Y por eso mismo, mucha gente me ha pasado por encima y me ha humillado en este país clasista de mierda en donde te miran por la plata y el color de piel. A mí me costó el triple sacar mi título de ingeniera porque siempre los profes y otros compañeros estaban tratando de tirarme para abajo, por ser mujer, mapuche, y pobre. Así es que… yo le digo, Vicente, y tómelo como un consejo de amiga, si quiere. No se meta en problemas. Si de arriba dicen que la cosa no va más por algunos días, no va más. Si usted sigue de conflictivo, va a quedar marcado de por vida.

Llacolén se subió a la camioneta, cerró la puerta, y luego abrió el vidrio.

– Vicente… Me parece admirable su actitud, muy admirable. Pero esto es Chile. Aquí nunca triunfan los buenos. Aquí nunca triunfa la justicia. Así es que… déjelo así.

Vicente vio el rostro de Llacolén desaparecer mientras ella subía de nuevo el vidrio de la camioneta. Pero en el rostro de ella no había ira ni desdén, sino por el contrario… ¿amargura, frustración?

Mientras la camioneta partía y desaparecía camino abajo por el despoblado precordillerano con rumbo al Valle del Mapocho, Vicente se acercaba al bus que se iba a llevar a los trabajadores. Allí, lo recibió el resto de la gente.

– Ahí te cagaron, Bicho, ¿no? Hueón… ella es una ingeniera. Es mucha mina pa’ ti. Vámonos, hueón.

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MISSELBURGO, MISSELDAVIA.

El teléfono celular sonó. En la oscuridad de la noche, una mujer de mediana edad, nariz algo aguileña y ojos grandes, lo agarró y lo contestó mientras se levantaba de la cama. En dicho mueble, un hombre de mediana edad y un tanto rechoncho se dio un par de vueltas entre las sábanas, y después levantó la cabeza y una parte del cuerpo, mientras la mujer, después de una breve conversación, cortaba.

– ¿Quién diablos era a esta hora, Belle?

– Almendra Caballero, desde Chile. Hay un problema con Ibis Blanco.

– OK. Ahora, vuelve a la cama, Annabelle – dijo el hombre, con el tono imperativo de quien acostumbra a no ser desobedecido.

– Lo siento, Goran, tengo que ver esto – respondió Annabelle. Luego, mirando la hora en el celular, añadió: – Va a amanecer en un par de horas más. Mejor me levanto y empiezo a prepararme para viajar.

– Annabelle, te necesito aquí. Ya sabes que ahora que faltan un par de meses para que Trump asuma la Presidencia, los rusos están más pesados que nunca. Para los misselianos, Chile puede esperar – dijo Goran, fastidiado. – Belle… Belle… ¿para dónde vas? ¡Belle, te estoy hablando, obedéceme! ¡Mierda! Maldita malagradecida, la saqué de ese agujero en Malta, y así me lo paga…

Annabelle, mientras tanto, se había ido a hablar por celular a otro lugar del departamento.

De manera inadvertida tanto para Annabelle como para Goran, otra criatura observaba todos sus movimientos. No se trataba de un ser humano, sino de una cucaracha; no de una estúpida y movida sólo por el instinto, sino de una con capacidades aumentadas vía cibernética. Escuchando la segunda conversación telefónica de Annabelle, abrió su propio canal de comunicaciones.

– Klunn, te estoy enviando un audio. Annabelle acaba de hablar con Almendra Caballero. Acaban de encontrar ruinas arqueológicas allí en donde se supone que van a construir Corona de Amenofis, y ahora está llamando a los agentes de la división de Arquitectura Oculta de Misseldavia para viajar con ellos a Chile.

– Bien, Flenn. Manténme informado. Acá me encargaré de mantener a Ibis Blanco bajo vigilancia. Klunn fuera.

Próximo episodio: Utendi et fruendi.

3 comentarios:

murinus2009 dijo...

De entrada 4 tramas abren la historia, y todas me parecen atrayentes.

Recuerdo los personajes de Almendra Caballero y Klunn, a menos que yo este confundido.

El personaje de "Leandro" me recuerda un poco al "Baron" de "Dune" de Frank Herbert, ¿Esta inspirado en el? ciertamente no es una figura poco común en los Circulos de Poder, en México hay al menos 3, (que se me ocurren sin pensar mucho) que se ajustan a la descripción.

¿La idea de Misseldavia nació de aquel "Rubitania" que usan los del F.M.I., para mostrar las "bondades" del Capitalismo tras la caida de la URSS? tal vez no, las ciudades mitológicas son tan antiguas como la Atlántida o mas recientemente Metropolis o Gotham City.

La historia tiene mi interés, me parece un buen trabajo Guillermo.

A esperar el siguiente capitulo en enero de 2017.

Gaby Fonseca dijo...

Leido !
Espero el siguiente episodio.

Saluditos ^^

Guillermo Ríos dijo...

@murinus2009, Almendra Caballero y Klunn vienen de la continuidad original. El cliffhanger final es, de hecho, muy similar al cliffhanger del primer episodio de la continuidad original.

No se me había ocurrido los parecidos entre Leandro y el Barón Harkonnen. En realidad la inspiración viene de más cerca. No está basado en ninguna persona concreta y real, pero sí en cierta clase de personajes que por un motivo u otro he visto dando vueltas. Me alegra que haya quedado bien trazado, en el poquito espacio que pude dedicarle.

La inspiración de Misseldavia viene del tópico clásico de la ficción pulp, del país eslavo de ficción en que los héroes corren tales o cuales aventuras.

Gracias por las felicitaciones, y queda cordialmente invitado para Infra Terra y Marbod el Bárbaro.

@Gaby_Fonseca, espero que haya gustado. Saluditos igualmente.

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