domingo, 13 de noviembre de 2016

...y Donald Trump es el nuevo Presidente de Estados Unidos.


En lo político, la noticia más grande de 2.016 es sin lugar a dudas el triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Hubo gentes que atisbaron el resultado, pero había una especie de presión social alimentada por una cierta mentalidad anhelante de que ganara Hillary Clinton, sea por favoritismo personal o como el menor de los dos males, para el progresismo por lo menos. Y al final, sucedió que ganó Donald Trump. Por lo que ahora tenemos a toneladas de expertos haciéndose cábalas acerca de por qué un personaje tan fuera de los cánones de la política tradicional como Trump, ha triunfado. Hablamos de alguien que se jacta de su xenofobia, de usar las leyes para rebajarse impuestos o directamente no pagarlos, y además tener conductas bastante invasivas, por decirlo con suavidad, respecto de las mujeres. Y aún así... ganó las elecciones presidenciales. Y ahí tenemos a los analistas rompiéndose la cabeza para entender cómo es posible que un personaje tan improbable haya triunfado. Acá en la Guillermocracia no queremos ser menos, y haremos nuestro propio análisis acerca de por qué triunfó Trump, aunque en su minuto tuvimos la prudencia de no profetizar ni tal cosa ni lo contrario. Admitiendo, por supuesto, que después de la guerra todos son generales, y es más fácil explicar las cosas una vez que han sucedido, que tratar de preverlas con anticipación a partir de esos mismos elementos usados después en la explicación. Es la misma lacra de otros analistas, pero al menos, acá tenemos el valor de reconocerlo. Como sea, desde un punto de vista sociológico e histórico, el triunfo de Trump es un interesante fenómeno que se merece un análisis detenido, y eso es justo lo que haremos acá en la Guillermocracia.

Las dos almas de Estados Unidos.

Un elemento que suele fallar en muchos análisis, es tratar a Estados Unidos como una especie de bloque monolítico, e intentar buscar el promedio entre todas las sensibilidades, en vez de dar cuenta de la relativa obviedad, de que se trata de un país con dos almas. ¿Esquizofrenia? ¿Bipolaridad? Como lo quieran llamar. En cualquier caso, una de esas almas es el Estados Unidos cosmopolita, urbano, abierto al mundo, que impulsa valores herederos del racionalismo dieciochesco, y con ciertas tendencias que podríamos llamar socialistas, tanto como puede permitírselo un estadounidense promedio sin ser calificado de rojo. La otra alma es lo que suele llamarse la América Profunda, un Estados Unidos profundamente introvertido, rural, desconfiado, con una escala de valores anclada en el calvinismo puritano de la temprana Modernidad, y con un discurso increíblemente individualista. Hasta la época de Franklin Delano Roosevelt, el alma de la América Profunda era Estados Unidos, pero después de la Gran Depresión, comenzó a instalarse el discurso de tolerancia social propio de la otra alma, discurso que alcanzó su apogeo en las décadas de 1.960 y 1.970, antes de que viniera la reacción de la otra alma, durante el Reaganismo, reacción que parece estar alcanzando un paroxismo por estos días.

La América Profunda es el alma más antigua de Estados Unidos. Es la cultura con la que llegaron a Estados Unidos los primeros peregrinos. Hagamos un poco de Historia. En el siglo XVI, Inglaterra vivió un conflicto fraticida entre católicos y protestantes, que acabaron por perder los católicos. Salvo un cierto intento de restauración papista por los Estuardo, los católicos dejaron de tener significación política en Inglaterra, y esto llevó al bando triunfador, el protestante, a dividirse en dos. El bando moderado era el anglicano, que postulaba un Protestantismo más tolerante y acogedor, que le daba más importancia al ritual externo, con muchos lazos y conexiones con la Iglesia Católica; el bando extremista era el puritano, más cercano al Calvinismo, que postulaba un Protestantismo más individualista y pietista, y en consecuencia, una moral mucho más rigurosa. Los puritanos terminaron por arrancar hacia las Trece Colonias, la semilla de lo que después fue Estados Unidos, por la misma razón que cualquier fanático: porque nadie soporta su intolerancia. Estados Unidos, no lo debemos olvidar, fue fundada por puritanos, y ése es el espinazo de toda la moral silúrica propia de la América Profunda. En la actualidad, esta alma es más o menos representada por el Partido Republicano, aunque esta afirmación es genérica e imprecisa, y necesitada por tanto de unos cuantos matices.

El otro espíritu nació un poco por la influencia de los ideales de la Ilustración. Los mismos sedujeron principalmente a los buenos comerciantes de las Trece Colonias, que vieron en los principios de libertad, igualdad y búsqueda de la felicidad, una salida para avanzar hacia una sociedad de derechos que asegurara un piso mínimo a los emprendimientos monetarios de la gente. Los ideales de la Ilustración son muy bonitos, pero es poca la gente que los adoptan por puro y simple idealismo. Este espíritu creció principalmente en la costa Este, al alero de las universidades más venerables del país, como Harvard o Yale, y es la génesis de una clase social de corte más intelectual y progresista, que ha ido tratando de crear una sociedad laica y liberal. Luego se expandió por la costa Oeste, principalmente gracias a la influencia de Hollywood y la industria cinematográfica, que se instaló allí a partir de la década de 1.910. En la actualidad, esta alma es más o menos representada por el Partido Demócrata, aunque vale lo mismo que decíamos más arriba sobre los republicanos: con los inevitables matices.

Sostener que la mayoría de los votantes se inclinó por Donald Trump únicamente porque son paletos ignorantes y estúpidos que no tienen idea de lo que es la democracia, es por supuesto una explicación simplista y llena de condescendencia. Los votantes de Trump no son un montón de cretinos. Puede que vivan encerrados en su metro cuadrado y sean voluntariosamente ignorantes de muchas cosas, pero capacidad de raciocinio sí que tienen, y saben muy bien sacar las cuentas de lo que hacen, y en particular, de cómo votan. Ellos desconfían profundamente de la América laica y liberal representada por Barack Obama o Hillary Clinton, porque eso va en contra de todo lo que ellos conciben como su identidad individual. Ellos quieren una América centrada en la moral bíblica, y profundamente individualista, con intervención estatal ojalá cercana a cero. Son representantes de un alma que el ala liberal de la sociedad de Estados Unidos no siempre comprende del todo. Ellos no son ignorantes que no hayan visto la luz de la mentalidad ilustrada; por el contrario, la han visto y han decidido que es mucho mejor vivir como siempre, porque ése es su estándar de vida y su seña particular de identidad. ¿Bueno o malo? Eso no importa: sus votos valen lo mismo que los representantes de la otra sensibilidad, o sea, un voto por cabeza, y eso es lo que cuenta en las urnas.

El agotamiento del discurso globalizador.

Usualmente se asocia el discurso globalizador con el Neoliberalismo y no con las ideas socialistas e ilustradas, y con buena razón. Sin embargo, no debemos olvidar que en el paso del siglo XIX, el progresismo se vinculó a lo que podemos llamar el espíritu de cooperación internacional entre naciones. Ideales como los derechos humanos a nivel internacional, los pactos de libre comercio, y el libre tránsito de ideas, son todas nociones progresistas... o al menos solían serlo en su día. Por supuesto, la destrucción de los ideales socialistas a finales del siglo XX, o de los ideales socialistas en su corte más clásico por lo menos, llevó a la imposición del otro posible modelo alternativo, el neoliberal. Puede parecer que el Neoliberalismo y esa forma de socialismo extremo que es el Comunismo, están en polos opuestos, pero en realidad no lo es tanto. Porque no hay diferencia substancial entre el Neoliberalismo que favorece el oligopolio de las grandes corporaciones, y el Estalinismo que favorece el oligopolio de un grupo de vejetes sentados en un Politburó, más allá que un modelo presupone elecciones democráticas y el otro no; en un caso el Estado es dueño de los medios de producción, y en el otro, es la herramienta cooptada por los dueños de los medios de producción.

El discurso globalizador viene entrando en crisis hace bastantes años, y en 2.016 hemos tenido varios ramalazos de esto. Inglaterra le volvió la espalda a la globalización y votó el Brexit. Rusia le volvió la espalda a la globalización y dejó de lado todos los intentos de solucionar la cuestión de ISIS por la vía diplomática, para lanzarse a la acción militar unilateral. Colombia rechazó un tratado de paz con las FARC negociado por potencias extranjeras, y decidió seguir la guerra nacionalista hasta las últimas consecuencias. La victoria electoral de Donald Trump no es un pastel aislado, sino apenas la última guinda de una torta que se está cocinando en todas partes del mundo. Trump es abiertamente contrario a la globalización: mano dura con China, retractación de los pactos de libre comercio, política de puertas cerradas con los inmigrantes, etcétera. Su propio lema de campaña, "Make America Great Again", refleja entre líneas la convicción, correcta o errónea a según el punto de vista, de que Estados Unidos se ha debilitado por hacerle caso a los cantos de sirena de la globalización. Eso, los votantes de Trump lo han captado aunque sea de manera inconsciente, y le han dado el favor.

Por supuesto, esto tiene que ver con una sentida aspiración de muchos estadounidenses: la protección personal. Los estadounidenses que pueden darse el lujo de predicar una sociedad globalizada son el estrato superior que no va a ser barrido de sus fuentes laborales por inmigrantes de baja calificación, y que tienen mucho que ganar con sus inversiones puestas en todas partes del mundo. Son los estadounidenses de clase media y los pobres, los que sufren porque las empresas se llevan las fuentes laborales al extranjero, y los pocos puestos de trabajo que van quedando, se los quedan los inmigrantes por la mitad del sueldo. Si a eso se le suma todo el discurso ecológico sobre el calentamiento global, que en términos políticos puede traducirse en políticas de restricciones a las empresas que creen incluso más desempleo, el caldo de cultivo para los problemas está servido. Para estos votantes, menos globalización significa menos empresas llevándose las fuentes de trabajo, y menos inmigrantes compitiendo por los puestos de trabajo, y también, menos preocuparse por ese cuento del calentamiento global que algunos científicos están engendrando en sus laboratorios quién sabe con qué fines deshonestos. Lo dicho, los votantes de Trump saben por lo que están votando: por sus propios intereses.

La ambigua posición de los inmigrantes.

Uno de los focos importantes de esta votación, es la posición de los inmigrantes. Se pensaba que los inmigrantes iban a votar en masa por Hillary Clinton porque no querían verse deportados, sin detenerse a pensar que los candidatos más probables a la deportación son los sin papeles... y ellos no votan. ¿Y los inmigrantes que sí votan? Sorpresa: muchos de ellos, no todos, pero sí unos cuantos más que una minoría despreciable, apoyan a Donald Trump. ¿Por qué? Simplemente porque el inmigrante de comienzos del siglo XXI no es el inmigrante del siglo XIX.

Se ha dicho una y otra vez hasta la saciedad, y es cierto, que América, el "crisol de razas" ("melting pot"), es una sociedad de inmigrantes. Pero en los tiempos de la independencia, los inmigrantes anglosajones ya estaban instalados y se consideraban a sí mismo tan nativos, que... se independizaron. Luego vinieron los otros inmigrantes: alemanes, italianos, irlandeses, judíos, etcétera. Estos inmigrantes pudieron integrarse a la sociedad de Estados Unidos debido a su relativa política de puertas abiertas. Y al llegar, estos inmigrantes se encontraron con un trato de segunda por parte de los anglosajones, que ya no se veían a sí mismos como inmigrantes y por lo tanto se sentían superiores; esta segunda oleada de inmigrantes se volcó en masa hacia una mentalidad más progresista, que apoyó la segunda alma de Estados Unidos, la cosmopolita. Un ejemplo: John F. Kennedy, el primer Presidente descendiente de irlandeses, y católico por añadidura, fue elegido por el Partido Demócrata. Otro ejemplo: numerosos artífices de la cultura moderna del cómic y la Ciencia Ficción, como Stan Lee o Isaac Asimov, son de extracción judía, así como numerosos productores de Hollywood. Para ellos, apoyar al Estados Unidos como crisol de razas era casi un imperativo de supervivencia, una bandera de lucha para ser aceptados como iguales por los anglosajones.

Pero hay una diferencia fundamental entre el Estados Unidos del siglo XIX y el del siglo XXI. Esa diferencia es: en la actualidad, Estados Unidos no tiene hacia donde expandirse. En el siglo XIX, cualquier competencia por los puestos de trabajo o por montar empresas lucrativas que permitieran hacerse ricos a los self made men, se zanjaba con la emigración de los perdedores del sistema hacia el Oeste. No importaba si usted era anglosajón o inmigrante de nuevo cuño, si usted era un fracasado en Nueva York o Baltimore, siempre le quedaba la opción del Far West, y ya en el siglo XX, la industria del cine. En cambio, en la actualidad, los inmigrantes o los anglosajones fracasados no tienen hacia dónde ir. Si quiebran, si se ven en la miseria, no pueden emigrar hacia ningún otro lugar. Dentro de este contexto, hace mucho sentido que los inmigrantes mismos que han conseguido plantar su pie en la sociedad de Estados Unidos hasta el punto de poder arreglar sus papeles y lograr el derecho a voto, voten... contra los inmigrantes que vengan después, y que van a saturar todavía más el país en la lucha por puestos de trabajo. Es una paradoja, pero tiene su explicación.

Donald Trump versus Hillary Clinton: El outsider versus el establishment.

Siempre que se producen estos fenómenos sociológicos que remecen el horizonte, hay que rebuscar las razones entre las más profundas corrientes históricas. Pero no debemos olvidar o menospreciar los factores estrictamente personales. Barack Obama ganó la elección de 2.008 porque la gente estaba cansada de los halcones neocon de George W. Bush, pero también por poseer un carisma personal que lo ponía muy por encima de John Kerry y Al Gore, los candidatos demócratas que intentaron el asalto a la Casa Blanca en 2.004 y 2.000 respectivamente. Por alguna razón, esta vez los demócratas que votaron en las primarias, tuvieron la peregrina y muy estúpida idea de que Hillary Clinton era la mejor candidata. Hacía mucho sentido para la feligresía progresista, intentar poner a una mujer en la Casa Blanca, pero no fueron capaces de leer las señales de los tiempos: la América Profunda no quiere una mujer en la Casa Blanca porque eso choca contra toda su escala de valores, y además... es Hillary Clinton.

Para una clase media cada vez más empobrecida por el Neoliberalismo, la globalización, los manejos de Wall Street, el complejo industrial militar y su incesante caudal de guerras, etcétera, lo que menos querían era más establishment. Para la América Profunda, con su individualismo y su omnipresente desconfianza hacia el Estado que ven como un ente que coarta sus derechos, el establishment era y es el gran culpable de que la política haya sido secuestrada por un club de amiguetes que, además, los miran con condescendencia esnobista, tachándolos de paletos ignorantes. Se puede discutir hasta qué grado apoyan a un tipo racista, ignorante, xenófobo y misógino como Donald Trump, pero no cabe duda de que éste a lo menos encarnó un valor nuevo: Trump es un candidato que "es como nosotros, piensa como nosotros, y sobre todo, dice las cosas por su nombre". Frente a ello, la retórica vacía y cliché de Hillary Clinton no producía el mismo entusiasmo. Y en una nación en la cual el voto es voluntario, entusiasmo es una palabra clave. Uno puede preguntarse hasta qué punto hay más gente favorable a Trump que a Clinton, pero lo claro es que había más gente entusiasmada por votar Trump, que por votar Clinton. La gente entusiasmada va a las urnas, la gente que no siente ese mismo entusiasmo se resigna a no votar aunque con ello gane el candidato que no les gusta.

En ese sentido, vivimos la horrible paradoja de que la actitud desmadrada y fuera de todo tiesto que ha presentado Donald Trump, lejos de ser un obstáculo para su victoria, le ha dado puntos para la misma. Su incorrección política puede ser aberrante en muchos respectos, pero por debajo de ella hay un mensaje subrepticio: Trump no es un hipócrita, y dice lo que piensa. O como lo resumen los angloparlantes en una sigla: WYSIWYG ("What You See Is What You Get", "Lo que ves es lo que obtienes"). Es una razón similar a por qué las campañas para poner etiquetes en las cajetillas de cigarrillos no funcionan respecto de los fumadores compulsivos: ellos saben que están quemándose la vida cigarrillo a cigarrillo, y la etiqueta sólo sincera aquellos que ellos mismos han asumido como un riesgo calculado desde el momento de comenzar a fumar. En una época de completo desprestigio respecto del establishment, la honestidad es un valor clave, y no parece haber nada más honesto que la pura y crasa incorrección política.

¿Un cambio de era...?

¿Esto es sólo un episodio histórico más, o marca un cambio de era en la Historia Universal? Difícil adivinarlo. Siempre hay claridad sobre los sucesos históricos una vez que éstos se han producido, ya lo decía más arriba, pero tratar de adivinar hacia dónde van las aguas mientras se está nadando en ellas, eso es mucho más complicado. Pero sí que se pueden hacer algunos diagnósticos.

El principal diagnóstico que deberíamos sacar de aquí, es que el modelo económico neoliberal está alcanzando un punto culminante. Durante años se convenció a la gente de que más liberalización era sinónimo de más riqueza y prosperidad para todos. La primera parte sí es cierta: se requiere libertad para generar riqueza. La segunda parte... no tanto. Porque la mayor parte de riqueza es para unos pocos que se han ido enclavando en un estatus casi faraónico respecto de masas cada vez más empobrecidas en lo económico y embrutecidas en lo cultural. La gran falla de todos los liberalismos a ultranza es su incapacidad para impedir que unos pocos aprovechen esas libertades para cobrar posiciones dominantes que después utilizan para destruir esa misma libertad que los ha llevado a encumbrarse hacia la cima. Los votantes de Estados Unidos en 2.016 reaccionaron en contra de eso. No es el fin del capitalismo ni de la democracia, como algunos alarmistas han preconizado, en algunos casos con el corazón lleno de deseo, pero sí que puede ser el ocaso de las formas más extremas de anarcocapitalismo, en beneficio de políticas que pueden ser, irónicamente... de cuño socialista. Porque, ¿qué otra explicación tiene el empeño de Donald Trump por construir su famoso muro con México? ¿Se trata sólo de mantener a los inmigrantes afuera, o además de eso, está la expectativa de que dicho muro creará una tonelada de puestos de trabajo y, por lo tanto, ayudará a reactivar la economía? ¿No hemos llegado a la ironía de que un candidato republicano y empresario por añadidura, esté recurriendo a políticas keynesianas para "hacer grande a América otra vez"...?

De todos modos, cómo gobernará Donald Trump es una incógnita. ¿Mantendrá sus promesas de gobernar en términos contrarios a la globalización, o por el contrario, será un gobierno de continuidad respecto de las políticas neoliberales que se han impuesto en Estados Unidos desde Ronald Reagan en adelante? No lo sabemos, y no hay manera de saberlo al momento de escribir estas líneas, en Noviembre de 2.016. Por supuesto, eso tendrá consecuencias incalculables. Si su gobierno es rupturista, podría significar irónicamente el inicio del fin para la globalización neoliberal, aunque podría ser reemplazada por algo incluso peor; no en balde, los fascismos de la primera mitad del siglo XX surgieron precisamente del mismo caldo de cultivo. Pero si no enmienda el rumbo de la política de Estados Unidos, lo que dejará atrás serán promesas incumplidas, y eso podría transformarse en caldo de cultivo de algo peor. Son tiempos interesantes para ser testigos de la Historia, ciertamente, aunque uno puede preguntarse si eso es en el buen o mal sentido del término.


4 comentarios:

Gaby Fonseca dijo...

Que interesante esa analogia entre Trump y politicas keynesianas, pero ya quiero ver como al momento de construirlo (si es que lo construyen) los trabajdores seran latinos o algunas empresa con conexiones a las empresas de Trump xD todo un chiste, a ver que hace nuestro gobierno por aca, que se ha mantenido muy calido en cuanto a Trump.

Por cierto, ya habias leido este articulo?: http://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-37492082

Ya habia leido cuando lo compartio en facebook hace meses, pero no queria creerlo, y algunos de sus puntos son parecidos a los tuyos.

Saluditos ^^

Guillermo Ríos dijo...

Lo de las conexiones empresariales, ya lo veo venir. Al final, creo que acabará siendo como lo que pasó en Irak, que el U.S. Army hizo polvo el país, y ciertas empresas con ciertas misteriosas conexiones con la Presidencia, lo reconstruyeron...

Yo creo que para el Gobierno de México, el tema de la expulsión de inmigrantes y el corte de remesas estadounidenses a la economía mexicana es menor. Lo realmente bueno va a ser si Trump decide cumplir su promesa de revisar tratados, y denunciar el NAFTA, lo que no merecería otro calificativo que el de cataclismo.

El artículo, no lo había leído, pero sí, coincidimos en bastantes puntos. En realidad es tan fácil verlo... ahora que sabemos lo que pasó. Para adelante, insisto, no intentaré dármelas de pitoniso.

Saluditos igualmente.

murinus2009 dijo...

Saludos desde Ciudad de Mexico.

Solo supe de 4 personas que daban como ganador a Trump, uno de ellos es el de el articulo que manda Gaby Fonseca (saludos Gaby).

Buen recuento el de"Las 2 Almas de Estados Unidos" por cierto leí en algún lugar que tras la Independencia de Estados Unidos en 1776 solo había un Partido Político el Demócrata-Republicano, ya por diversas razones después se dividieron en los 2 que son hoy, ¿Sabes si es cierta esta historia?.

Concuerdo con lo dicho por Gaby y Guillermo, en caso de construirse el Muro el grupo Trump y empresas conectadas de modo truculento van a tener muchos, muchos contratos relativos al muro, en lo personal creo que sera en mayor parte un Muro Electrónico,vigilado por censores y drones, asi que habrá que ver cuantos empleos logra crear, por otro lado desde hace años los narcotraficantes hacen tuneles para pasar toda clase de mercancia, en los años por venir pasar indocumentados sera un trabajo mas.

Lo de deshacer el TLC NAFTA me parece poco probable, costaria miles sino millones de millones, reconstruir las Infraestructuras Manufactureras que se han desmantelado en los pasados años, sin mencionar las redes de apoyo como: Carreteras, Lineas de Transporte, Escuelas, Poblados, etc.

Creo que en los próximos años se olvidaran todas las promesas de Trump, o antes si ocurre un evento catástrofico y poco probable como: el derrumbe de un Gobierno Inexpugnable como: Corea Del Norte, Irán, o Arabia Saudita, hemos visto muchas veces como lo que prometía ser un Parteaguas al final se quedo en nada, como la llegada de Obama en 2008, o la Primavera Arabe que ofrecían muchas espectativas de mejora y dejarón todo igual o peor.

Claro que en todo lo anterior podría equivocarme.

Serán tiempos muy interesantes en 3 sentidos:
-Ver como las Élites, Políticos y Grandes Capitales se enriquecen aún mas.
-El empobrecimiento, aún mas, a niveles abyectos de las clases Media y Pobre, incluso hasta la total desaparición de la Clase Media en todo el Mundo,(yo le llamo la "Haitiizacion" o "Africanizacion" de Latinoamerica).
-Lo que es Totalmente Desconocido para todos: por un lado el ser humano es un gran Depredador despiadado y brutal, por el otro es un ser capaz de dar sorpresas muy agradables, llenas de Humanismo, quizá veamos el fin de la Humanidad, o su Degeneración Irreversible, pero quizá también aparezcan en medio de todo, algunos Ingenios que que frenen y reviertan todo el deterioro, hasta hacerlo algo anécdotico, no lo sabemos

Me parece que lo Desconocido, es lo mas Interesante de todo.

Gracias por otro gran trabajo Guillermo, este y "Democracia y Mala Gente" son creaciones que hacen trabajar mucho a la mente y la tienen en buena forma.

Hasta pronto.



Guillermo Ríos dijo...

En realidad, los partidos políticos en Estados Unidos, tal y como los entendemos hoy en día, surgieron recién a mediados del siglo XIX. Lo que se llama partidos políticos a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX eran en realidad más bien clubes de amigos que maquinarias partidistas bien engrasadas. Los fundadores de Estados Unidos, de hecho, eran hostiles a los partidos políticos porque consideraban que iban a acabar secuestrando la política en su beneficio. Aún así surgieron dos facciones, la federalista que quería un Gobierno central fuerte y Estados casi sin autonomía, y la republicana que quería un Gobierno central débil y Estados muy autónomos. Acabó triunfando la segunda opción, y el federalismo se extinguió. Años y vueltas después, demócratas y republicanos se separaron por el tema de la esclavitud, con los demócratas apoyándola y los republicanos luchando contra ella. Eran otros tiempos, por supuesto.

Más allá de un endurecimiento de la mano contra los inmigrantes, no veo en realidad que Trump vaya a sacarse demasiadas novedades del sombrero. El hombre es demasiado capitalista como para ir en contra del sistema neoliberal impuesto por Ronald Reagan; si acaso, se va a poner un poquito proteccionista, pero no demasiado. Si lo ponemos de villano, creo que es más un villano pragmático que un peligroso fanático fundamentalista, por tener la mentalidad práctica de un hombre de negocios.

Yo no veo tan claro que el mundo se africanice hasta que desaparezca la clase media. Creo que es el camino más probable, y así lo argumenté en el posteo En el año 2.115, pero puede suceder también que haya un gran rebote social, que lleve a que otras naciones exijan no sólo bienes de consumo, sino también derechos sociales del Primer Mundo, y con ello, se detiene la precarización del empleo porque las empresas ya no tendrían incentivos para externalizar la industria hacia el Tercer Mundo. Pero eso... quién lo sabe.

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