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domingo, 9 de octubre de 2016

Los días decisivos de Colombia.

Manifestantes marchando para apoyar el acuerdo de paz entre el Gobierno de Colombia y las FARC, en Octubre de 2.016.
En lo que va de 2.016, Colombia ha sido sin lugar a dudas el mayor carrusel de sorpresas a nivel internacional, incluso por encima de la carrera presidencial entre Donald Trump y Hillary Clinton en Estados Unidos. La larga guerra entre las FARC y el Gobierno había llegado a un cese al fuego, se consiguió negociar y firmar un acuerdo de paz, se sometió a plebiscito... con resultados negativos. ¿Fin de la historia? No parece ser. El gobierno colombiano ha reafirmado su compromiso para lograr un acuerdo de paz con las FARC, la ciudadanía parece estarse movilizando a favor del mismo, y en medio de todo esto, la comisión nombrada por el Parlamento de Noruega ha concedido el Premio Nobel de la Paz a Juan Manuel Santos, el Presidente de Colombia, en lo que se ha interpretado como un espaldarazo masivo de la comunidad internacional al proceso de paz.

La gran sorpresa en todo esto fue, por supuesto, que el resultado del plebiscito resultara negativo. Lo que se estaba sometiendo a plebiscito, era un acuerdo de paz bastante razonable. No un acuerdo perfecto ni ideal, pero razonable. En el contenido del acuerdo se establecían condiciones para desmovilizar a las FARC, así como su inclusión dentro del proceso político. Asimismo, se incorporaban una serie de garantías sociales que formaban parte del ideario político de las FARC. El resultado iba a ser en definitiva un mayor pluralismo político, y que esa fracción de disenso expresado en la movilización armada, iba a ser reconducida por los cauces políticos, que es la manera en que corresponde en una democracia. No iba a ser una paz perfecta para quienes aspiraban a ver aplastadas a las FARC como un nido de ratas, pero no se puede tener todo en la vida.

Lo complicado del asunto no es que los votantes se hayan inclinado por la negativa. Tal opción es justo eso, una opción, y forma parte del proceso democrático. Si a la gente no le parecen los términos del acuerdo de paz, es muy justo y democrático que voten en contra. Después de todo, se supone que el acuerdo debe ser a la medida de los colombianos, y no del Gobierno o las FARC. Lo realmente llamativo es que dos terceras partes de la ciudadanía colombiana se hayan abstenido de ir a las urnas en el que probablemente sea el plebiscito más importante de toda su historia patria. ¿Desacuerdo silencioso? ¿Triunfalismo y exceso de confianza? ¿Rechazo a un proceso de paz en el cual han intervenido como mediadores potencias extranjeras? ¿Condicionamiento ante el horror, simple apatía...? Quién lo sabe.

De por medio están por supuesto los halcones de toda la vida. En 2.010, Juan Manuel Santos sucedió en la Presidencia a Alvaro Uribe, cuya idea de negociar con las FARC era disparar con todo lo que se tuviera a la mano, y el último que quede en pie, ése gana. ¿El problema de dicha estrategia? El último que quede en pie terminará haciéndolo sobre ruinas humeantes en vez de algo que pueda ser llamado un país. Juan Manuel Santos entendió esto y dio pie atrás respecto de las políticas de Uribe. Lo que tiene miga de todo esto es que Santos llegó a la Presidencia después de que la Corte Suprema de Colombia dictaminó que era inconstitucional una repostulación de Uribe a la Presidencia en 2.010; Santos había sido, durante la administración de Uribe, su Ministro de Defensa, y por lo tanto, el hombre encargado de ejecutar la política de halcones en contra de las FARC. Recordemos que en esos años vimos el hollywoodense rescate de Ingrid Betancourt, o la crisis diplomática con Venezuela y Ecuador que bien pudo haber terminado en una guerra sudamericana a tres bandas, o cuatro incluyendo a las FARC, aunque por suerte la sangre finalmente no llegó al río.

En ese sentido, Santos ha demostrado una inteligencia y una comprensión del proceso democrático que está muy por encima de los halcones empecinados en torpedear el proceso de paz. Una de las grandes cuestiones respecto de la democracia es si la misma es un continente o un contenido, o sea, si basta tener elecciones periódicas y algunas garantías formales para que exista una democracia, o además se necesita lo que podríamos llamar una cultura democrática. Parte importante de lo que llamamos cultura democrática implica el derecho al disenso, el respeto por la diversidad, y el reconocimiento de la dignidad del oponente como un legítimo contradictor de nuestras propias posturas, requisito previo para poder sentarse a una mesa de negociaciones y alcanzar un consenso en cualquier materia que sea de interés público.

A la luz de lo anterior, resulta claro que el plebiscito celebrado ahora en 2.016 no fue solo un debate acerca de si aceptar un acuerdo de paz entre las FARC y el Gobierno de Colombia, sino algo mucho más profundo, un verdadero plebiscito acerca de la naturaleza de la democracia en Colombia. La postura del SI al acuerdo de paz se basa en la idea de que las propuestas políticas y sociales de las FARC son legítimas y deben ser encausadas dentro del proceso democrático, más allá de lo cuestionables que resulten sus métodos. La postura del NO, por el contrario, se basa en la idea de que el disenso se deslegitima a sí mismo si no se expresa por medio de los cauces formales de la democracia. En definitiva, es el viejo problema de qué hace una democracia y su discurso inclusivo respecto del sistema, frente a aquellos elementos que utilizan la subversión como arma en contra de ese mismo sistema, o de si existe una obligación de respetar la legitimidad de quienes no reconocen la legitimidad del sistema en primer lugar.

El nivel de fractura llega por supuesto mucho más abajo. Uno de los grandes cuestionamientos de la democracia desde la Revolución Francesa en adelante, es lo que llamamos el derecho de rebelión. Desde la Edad Media en adelante, la Teoría Política acepta, a lo menos con ciertas reservas, lo que se llama el derecho de rebelión en contra de la autoridad, que plasmado en su grado sumo, lleva a la doctrina del tiranicidio, el derecho del pueblo en cuanto pueblo para deponer e incluso dar muerte al tirano, en circunstancias extremas. Pero dicha doctrina suele considerarse como un arcaísmo jurídico, luego de que la instauración de regímenes democráticos en el grueso del mundo occidental parece haber solucionado el problema de la legitimidad o de la representación, ya que, se supone, si a los habitantes de una democracia no le gustan sus políticos o su sistema, simplemente votan por quienes cambien a esos políticos o a ese sistema. Claro está, un presupuesto básico es que existe una democracia perfecta, y más aún, que no existen problemas de captura del Estado, en donde una élite oligárquica o un régimen de partido único ha cooptado al sistema de tal manera, que la democracia se transforma en una procedimental, una democracia que es un continente sin un contenido, pero sin ninguna substancia real, porque la única manera de hacer política es encausándose dentro de un sistema que impide introducir cualquier cambio al sistema. El final de este camino es por supuesto lo que se ha llamado la dictadura perfecta, una en donde hay votaciones y escrutinios perfectamente válidos, pero en las cuales el resultado da lo mismo porque, gane quien gane, el sistema mismo se encuentra trabado de una manera en la cual cualquier agente que intente cambiarlo, se verá imposibilitado para hacerlo.

Parte importante del tema de las FARC radica en eso. ¿Han tenido las FARC una legitimidad para rebelarse en contra del Gobierno de Colombia? Si la tienen, entonces se han limitado a ejercer el derecho de resistencia en contra de la autoridad, y por lo tanto, el sistema debe ser modificado para permitirles su incorporación al proceso político en una relativa igualdad de condiciones respecto de quienes defienden el sistema. Si no la tienen, entonces son un grupo terrorista con el cual no cabe alcanzar ningún acuerdo de paz, y la única opción para defender al sistema democrático es el exterminio puro y simple. Y no seré yo quien diga que las FARC son una cosa u otra; yo me contento con hacer un análisis somero del asunto porque no conozco tan a fondo la cuestión como para opinar más allá. Además, creo que ése es un tema que los colombianos, sólo los colombianos y nadie más que los colombianos, tienen derecho a pronunciarse, porque son ellos quienes en definitiva, dentro de lo que entendemos como democracia representativa nacional, tienen el derecho y también el deber de decidir sobre qué forma le van a dar a la política y la sociedad de su país, incluyendo si van a legitimar el discurso ideológico contestatario de las FARC.

Por supuesto, la experiencia de Colombia respecto de las FARC no es inédita. Otras naciones han parado mientes en que un movimiento insurgente, cuando resulta demasiado popular, es demasiado difícil de aplastar, y dicha popularidad nace justamente de hacer suyas reivindicaciones de amplios sectores de la ciudadanía desafectos con el sistema. Bajo esta lógica, otras naciones han intentado incorporar a esos movimientos insurgentes dentro del sistema, con mayor o menor éxito. El ejemplo más exitoso probablemente sea el proceso de paz en Irlanda, que llevó a la desarticulación del grueso del IRA, y a la consolidación de un régimen de paz para Irlanda del Norte que ha sido considerado como más o menos equitativo por el grueso de las partes en conflicto, más allá de algunos grupúsculos menores para quienes ningún acuerdo será lo suficientemente bueno, y que existirán aquí, ahora y siempre porque eso es parte de la propia naturaleza humana. Un proceso menos exitoso, han sido los repetidos intentos por convertir a los terroristas palestinos en una nación en Palestina, aunque eso ha terminado resultando como ha resultado. En ambos casos, un tema central es el reconocimiento del proyecto político de los insurgentes como válido y legítimo en cuanto a sus pretensiones, para luego, a partir de ahí, sentarse en una mesa de negociaciones para ver como compatibilizar dicho proyecto político con otros proyectos de naturaleza o dirección opuesta. La negociación y los acuerdos son las herramientas de la democracia, y eso va tanto para los políticos que administran el sistema frente a los insurgentes potenciales o reales, como para los insurgentes potenciales o reales que consideran al sistema como carente de legitimidad por un motivo u otro.

De manera que a Colombia le espera un largo camino por delante. Uno que estará erizado de obstáculos, en buena medida por lo que suele suceder en estas circunstancias, es decir, la existencia de grupos fundamentalistas en ambos bandos más interesados en mantener el conflicto andando, que en fortalecer la legitimidad de la propia democracia. Son días difíciles para los colombianos, pero no debemos olvidar que es en las dificultades, el lugar en donde se forjan la nobleza y el heroísmo. Y aunque el proceso de paz haya experimentado un serio revés con el plebiscito, no me cabe la menor duda de que los colombianos seguirán teniendo la fuerza y presencia de ánimo para seguir bregando en pos de una democracia inclusiva y pacífica. Y naturalmente, desde estas líneas y desde esta república virtual que es la Guillermocracia, esperamos que así sea.

Fotografía por Juan David Ortiz.

6 comentarios:

Gaby Fonseca dijo...

Alvaro Uribe era todo un loquillo, he visto videos de el y me gustaba su voz xD pero era demasiado belicista, aqui tuvimos a un Presidente con la misma filosofia, Felipe Calderon, y los resultados de su guerrita no han sido nada buenos...

Y con lo del plebicita, uuff :/ que mal! no se donde lo mire o escuche, pero era algo asi como que por el simple hecho de hacer el voto como una obligacion, hace que las personas lo vean como una carga y entonces prefieren evitarla. El pensamiento de una persona es que si un solo voto (suyo) no llega, no afectara en nada, pero el problema esque hay miles que piensan lo mismo. Talvez y nunca lo sabremos es que si todos o la mayoria de los Colombianos hubieran votado el resultado hubiera sido completamente diferente.

Ojala y puedan superar esto, el premio nobel y que todavia el presidente vaya a donar el dinero del premio para las victimas es demasiado como para dejar pasar la oportunidad.

Vamos Colombia!!

Guillermo Ríos dijo...

El belicismo solamente funciona cuando existe una fuerza militar abrumadora con la cual aplastar de manera decisiva al enemigo. Y aplastar de manera decisiva no suele ser una opción cuando el enemigo se esconde en la selva. Si no lo logró Estados Unidos, la mayor potencia económica, tecnológica y militar del planeta, cuando se enfrentó al Vietcong, menos lo iba a lograr el Gobierno de Colombia. Y ahí va por delante el medio siglo de guerra civil...

Uno de los problemas serios que tiene cualquier democracia moderna, es el (des)incentivo al voto. En términos de costos y beneficios, votar implica costos, como ir al local de votación, hacer fila, cumplir el trámite, etcétera, sin ningún beneficio inmediato, concreto o tangible. Así, es lógico que tiendan a votar quienes sí le ven un beneficio personal al voto: los fanáticos de alguna tienda política, o los clientes que si gana su candidato, puede que obtengan algún cargo o prebenda. Creo en lo personal, y puedo estar equivocado en esto, que muchos colombianos se abstuvieron de votar porque después de cincuenta años, la guerra civil es casi parte del paisaje, en particular si se piensa que ésta se libra en sectores rurales, y no en las grandes ciudades. En esas condiciones, es bastante explicable la apatía de los colombianos para ir a votar, así como el entusiasmo de la minoría que sí votó, sea a favor o en contra.

echozgus dijo...

el presidente santos tiene una popularidad muy baja mas que maduro siempre hace negocios con todos los que apoyan el proceso de paz, cómo Tony Blair que a cambio recibio datos de negocios con arabes, o Noruega que le dio el premio Nobel y al mismo tiempo está interesada en el petroleo del pais, asi que ha polarizado el pais y creado mas división al ser demasiado laxo con las Farc, ahora un segundo acuerdo con las farc sera estudiado en el congreso dónde el tiene las mayorias pero no tiene las mayorias del pais vienen tiempos dificiles

Guillermo Ríos dijo...

Lo que he oído, pero no he podido confirmar, es que los habitantes de las ciudades, alejadas de los frentes de lucha, tendieron a votar que NO, y las gentes del mundo rural, que sufren la guerrilla o la amenaza de guerrilla en carne propia, tendieron a votar que SI. Suponiendo que fuera el caso, eso daría para un estudio sociológico entero.

echozgus dijo...

eso no es completamente cierto por ejemplo el caqueta dónde operan las farc y dónde fue el despeje del caguan en el gobierno de pastrana gano el No, en norte de santander que tiene coca y hace limite con venezuela gano el No, en otros departamentos dónde las farc dominan con armas por supuesto que gano el si, ellos son la ley, en todo caso el presidente santos quiere ignorar el resultado olvidarse de los 470 secuestrados que tiene el grupo e ir a Europa a reclamar su premio Nobel con algo para mostrar

Guillermo Ríos dijo...

Desconocía esos datos adicionales, gracias por la información.

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