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domingo, 7 de agosto de 2016

Yo mío de mí.

George Harrison (1.974).
Este posteo debe contar como un primera vez por estos lares. Lo que es apropiado para iniciar el Año VII de la Guillermocracia. Hemos publicado material sobre música antes. Sobre bandas, cantantes y músicos. Ahí están los posteos dedicados a Moonspell, Laibach, David Bowie, Isao Tomita, Falco, Michael Cretu y Sandra... Sobre estilos musicales, como las ciclópeas series Synth80s o Grunge. Pero dedicarle un posteo entero a una, única y exclusiva canción... Eso es un nunca visto por acá en la Guillermocracia. Lo más cerca es cuando publicamos un posteo sobre dos canciones: Iron Man de Black Sabbath y Iron Man de Die Krupps. Pero, ¿de una sola canción? No lo habíamos hecho, si la memoria me asiste bien. Pero daremos este paso porque se trata de una estupenda canción de esa gran banda que es The Beatles, y una canción con una letra que por desgracia es muy actual, como hablaremos a continuación.

Todos sabemos que The Beatles es una de las bandas más influyentes de todos los tiempos. Prácticamente todo el Pop y todo el Rock actual arrancan, de una manera u otra, de The Beatles. Cuesta verlo hoy en día, en que consideramos al Pop y al Rock como un todo desde la época de Bill Haley y los Cometas o de Elvis Presley, pero a caballo entre las décadas de 1.950 y 1.960, en particular después del famoso Día que murió la música, el infausto 3 de Febrero de 1.959 en que varios rockeros de primera línea se mataron juntos en un mismo avionazo, parecía que el Rock and Roll iba a ser una moda pasajera. Para inicios de la década de 1.960, el futuro parecían ser cosas como las baladas melosas de The Platters, o el calipso de Under the Mango Tree, canción Bond no oficial de la película Dr. No de 1.962. El propio James Bond interpretado por Sean Connery se burlaría de The Beatles en Goldfinger de 1.964, algo irónico si se piensa que nueve años después, la canción Bond oficial de Vive y deja morir, la primera película Bond de Roger Moore, sería interpretada por Paul McCartney and Wings... Todo eso, algo dice sobre la increíble influencia que tuvieron The Beatles en materia de tontas canciones románticas, de Pop Barroco (Eleanor Rigby), e incluso de un muy primitivo Heavy Metal (Helter Skelter).

Todos sabemos que The Beatles son John, Paul, George y Ringo, pero por regla general se admite que las dos grandes fuerzas creadoras fueron John Lennon y Paul McCartney. George Harrison tenía también su propio potencial, pero de temperamento quizás algo más tímido y soñador, nunca fue capaz de imponerse a fondo en las peleas de ego entre John y Paul, mientras que Ringo Starr parecía más bien feliz de estar al fondo, tocando la batería con sus amigos y punto. Y eso engendró una de las enormes injusticias de la banda, porque a la larga, cuando se largaron a una carrera en solitario, George Harrison demostró ser también un huracán de creatividad. Suyos son temazos para la eternidad como Here Comes the Sun o While my Guitar Gently Weeps, por no hablar de su conmovedor himno espiritual que es My Sweet Lord; que dicha canción se merezca el calificativo de conmovedora de mi parte, que no soy una persona religiosa, o a lo menos no lo soy en el sentido más estricto de la palabra, algo debería decir.

Para finales de su carrera, debido al increíble choque de egos entre John Lennon y Paul McCartney, The Beatles estaba a punto de colapsar. Su último disco, Let It Be, fue lanzado en 1.970 y de hecho, después de que la banda ya se había disuelto en la práctica, por más que fueran renuentes por el minuto a hacerlo oficial. El disco intentó ser un acercamiento al sonido algo más simple de sus orígenes, después de sus coqueteos con el Pop Barroco y un filo más experimental, y nos dejó las últimas joyitas de la banda, canciones como Get Back o Across the Universe. Prácticamente todas las canciones, como de costumbre, están acreditadas por Lennon, por McCartney, o por ambos... y en medio de ellas, como quien no quiere la cosa, de alguna manera, George Harrison se las arregló para infiltrar, en solitario, un par de créditos en ese disco y sus últimas contribuciones como compositor para The Beatles: la magnífica I Me Mine, además de For You Blue.


He traducido muy liberalmente el título como Yo mío de mí, que me suena mejor en castellano, aunque literalmente I Me Mine viene siendo Yo Mi Mío. La canción es un comentario y un rapapolvos monumental en contra de la lucha de egos entre McCartney y Lennon. Fiel a su estilo más bien espiritual, George Harrison no se embarca en recriminaciones de ningún tipo. Tampoco se lamenta en primera persona, como lo hacen Lennon y McCartney en canciones como Two of Us o The Long and Winding Road. I Me Mine es simplemente un comentario de la situación, uno muy amargo, pero también uno lleno de filosófica resignación. Hay cosas que son como son, parecería querer decir Harrison, y sin un verdadero entendimiento o espiritualidad, es difícil tratar de cambiarlas.

Las letras de I Me Mine son muy sencillas: "Todo lo que puedo oir / Yo mío de mí, Yo mío de mí, Yo mío de mí / Incluso aquellas lágrimas / Yo mío de mí, Yo mío de mí, Yo mío de mí / Nadie está asustado de jugárselo / Todos lo están diciendo / Fluyendo más libremente que el vino" ("All I can hear / I me mine, I me mine, I me mine / Even those tears / I me mine, I me mine, I me mine / No-one's frightened of playing it / Everyone's saying it / Flowing more freely than wine"). Y en esta sencillez, el mensaje de fondo resulta incluso más potente.

Una clave ayuda a entender mucho mejor lo que Harrison está tratando de decir. Los conceptos de "yo" y "mío" van a la par, para graficar el ego como fuerza psicológica, dentro del pensamiento místico hindú. Compárese el título de la canción, I Me Mine, con el Bhagavad Gita, el clásico texto místico hindú, por ejemplo: "El hombre que abandona el orgullo de la posesión, libre del sentimiento del “yo” y de “lo mío”, alcanza la paz suprema" (Bhagavad Gita 2:71). Debemos recordar que, entre todos los miembros de la banda, Harrison era el más interesado en el misticismo oriental, muy en particular el procedente de la India. Desde este punto de vista, un mundo en el cual "todo lo que puedo oir, yo mío de mí, yo mío de mí, yo mío de mí", es un mundo simplemente aterrador, un mundo en donde todos son prisioneros del orgullo de la posesión, y por ende, todo lo lejanos de la paz suprema que se pueda estar.

Por supuesto, el mensaje en sí rebalsa el contexto en que fue compuesto. Harrison la compuso pensando en Lennon y McCarthy, todo parece indicar esto, pero el énfasis de la letra deja bien en claro que es de aplicación universal. Y hoy en día, por desgracia, ya lo decíamos más arriba, la canción parece más de actualidad que nunca. En la década de 1.960, en que compuso y respiró The Beatles como banda, había un enorme movimiento social, de preocuparse por cosas afuera de uno mismo. Fue la década de los movimientos por la liberación de la mujer, por la lucha de los derechos civiles de las minorías, por la paz y contra Vietnam. Fue la década iniciada por el discurso inaugural de la Presidencia de John F. Kennedy, en el cual éste dijo: "No pregunten qué puede su país hacer por ustedes, pregunten qué pueden hacer ustedes por su país". Fue la década en donde la música intentó ser nueva y revolucionaria, en donde el cine intentó abrazar nuevas formas de expresión. Fue la década en que los epítomes de la Ciencia Ficción fueron 2001: Odisea del espacio, una película que invitaba al ser humano a soñar con las estrellas como pórtico hacia la evolución en estadios superiores en el universo, y Viaje a las Estrellas, una serie que en su encarnación original por lo menos, se trataba acerca de explorar el espacio y coexistir de manera tan pacífica como se pudiera, con civilizaciones extrañas y difíciles de entender.

Esa década hoy en día se ha ido. Hoy en día, a casi cincuenta años de haberse compuesto la canción, lo que impera es el culto al yo más desaforado. Ya lo comentábamos acá en la Guillermocracia a propósito del cine, de que el cine ya no quiere héroes, porque los héroes actuales, el grueso de ellos son petulantes o narcisistas. Una serie como Game of Thrones, por ejemplo, se trata más o menos de lo mismo, de gente narcisista haciéndose cosas horribles los unos a los otros, sin que casi ninguno piense en el panorama vasto o global, sin un gran bien al que poder aferrarse. Y de House of Cards y su descripción de la búsqueda del poder como satisfacción de un narcisismo insaciable, ya no hablemos. Y mejor mencionar en puntillas a la clase política o al empresariado, con su exaltación acrítica de su propio poder y superioridad, llorando porque "somos poderosos, pero también somos seres humanos, así es que discúlpennos por ser matones con nuestro prójimo, nos equivocamos como seres humanos que somos, y no atropellamos a nadie con mala intención", exaltación acrítica que se ve muy bien reflejada en la arquitectura mussoliniana o digna de Albert Speer, que son los modernos colosos corporativos en que éstos tienen sus oficinas.

Desde este punto de vista, I Me Mine sigue siendo una canción enormemente actual, incluso más que en las fechas en que fue compuesta. Y esto, por supuesto, es lisa y llanamente una tragedia.



2 comentarios:

Víctor Herbonniere dijo...

Una tragedia, en efecto, porque indica que vamos de mal en peor. Lo bueno es que pronto dejará de ser tal porque pareciera que la estupidez humana alcanza su punto máximo una vez cada dos ciclos generacionales y ya como que estamos alcanzando el pico. Claro que luego alternará, y reincidirá, y así...

De George Harrison, he de admitir que no he escuchado nada de su discografía en solitario, y eso que llevo años planteándomelo. Espero tener algún día la motivación necesaria, porque artículos como este no se cansan de repetirme que el artista lo merece.

Un saludo.

Guillermo Ríos dijo...

Si hay algo que he aprendido en esta vida, es que hay un momento para escuchar a cada artista. Si uno no ha prestado atención a tal o cual artista por el minuto, es por una razón. Los artistas se disfrutan mejor cuando uno elige libremente el momento en el cual sentarse a escucharlos.

Uno de los principios fundamentales de la Guillermocracia, es ojalá ayudar a evitar que la estupidez termine absorbiéndolo todo. El solo hecho de hablar de estos temas ayuda, porque rompe con la inercia de que todo está bien porque nadie dice nada al respecto. Mucha gente se deja llevar por la corriente cuando no ven voces disidentes, y por eso, ser una voz disidente pasa a ser incluso una responsabilidad social.

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