domingo, 24 de julio de 2016

Los cátaros: El camino de los perfectos.

Carcasona, uno de los más importantes bastiones cátaros.
Uno de los episodios de la Edad Media que más ha prendido la imaginación popular, es la historia del auge y la destrucción del Catarismo. Esta mezcla muchos ingredientes explosivos: la Iglesia Católica, la Santa Inquisición, una cruzada de aniquilación, y sobre todo, el aura mágica de misterio que rodea a una secta o doctrina de la cual sabemos más bien poco, en buena medida porque el grueso de las informaciones que nos han llegado sobre el Catarismo proceden de las actas y testimonios de gentes relacionadas con la Iglesia Católica... es decir, sus enemigos mortales. Por supuesto, la historia del Catarismo es menos mística de lo que se predica, y a poco que uno conozca el trasfondo histórico, muchos de sus detalles son bien explicables. Pero aún así, es una historia por sí misma muy interesante, ya que es una historia clásica acerca de lo que significa vivir en una época de cambio social.

En términos muy generales, el Catarismo es una doctrina cristiana que emergió en Occitania, en el siglo XII d.C., extendiéndose luego hacia la Lombardía. La inmensa mayoría de los territorios que integran la Occitania, hoy en día son parte del sur de Francia, pero no nos referiremos a los mismos de esta manera para no predisponer a los lectores de una manera tal, que acaben considerando que esos territorios eran Francia en la época. Aunque en teoría Francia abarcaba casi todos los territorios desde los Pirineos hasta el Rin, en la época lo controlado directamente por los monarcas franceses en realidad se reducía a un puñado de feudos en los alrededores de París, por lo que calificar de franceses a los territorios occitanos es inexacto en el mejor de los casos, y un abuso del lenguaje en el peor. De hecho, fue la Cruzada Albigense que acabó con el Catarismo, precisamente la que inició el dominio francés sobre Occitania, y por lo tanto no fue tanto un acto de autoridad por parte del rey francés, como una verdadera invasión militar a gran escala. Pero relacionamos el Catarismo con la Occitania únicamente porque la coalición de la Iglesia Católica y la corona francesa pudo matar esta doctrina en embrión; fue su crecimiento explosivo lo que de hecho motivó la medida desesperada y cruenta de barrer a los cátaros mediante una cruzada.

Hagamos un poco de historia. A inicios del siglo IX, y por primera vez desde el Imperio Romano, la mitad occidental de Europa fue unificada bajo los auspicios del Imperio Carolingio. Sin embargo, el desplome de dicho imperio y su fragmentación, sumado a las invasiones de vikingos, magiares y sarracenos, llevó a una época de estancamiento económico y cultural de la cual Europa vino a salir sólo en el paso de los siglos X a XI, una vez paradas o derrotadas dichas invasiones. En este período se consolidó un sistema social que ya venía existiendo desde la caída del Imperio Romano, y que es el Feudalismo. En dicho sistema, la sociedad se estructura en tres clases: los caballeros que son los hombres que guerrean, el clero que son los hombres que rezan, y los labradores y campesinos que son los hombres que cultivan. A pesar de su relativa mala fama, como un sistema de despotismo, abusos y atraso semirrural, críticas que se las merece, por lo demás, el Feudalismo por lo menos tuvo la virtud de aportar estabilidad a una época de caos y desintegración política y social. Y así, el Feudalismo terminó por ser víctima de su propio éxito: la estabilidad que el sistema promovió, permitió el desarrollo del comercio y la industria, y esto significa que en el siglo XII, surgió una nueva fuerza social al margen de los caballeros, los clérigos y el campesinado: los burgueses. Todo esto debemos mencionarlo porque el Catarismo es, como profundizaremos, un fenómeno eminentemente burgués.

La palabra burgués viene de burgo, y ésta a su vez del alemán Burg, que significa fortaleza; los burgos son esencialmente las ciudades comerciales y fortificadas de la Edad Media. Europa está plagada de topónimos que hacen referencia a estas ciudades que se fortificaban para defender a su comercio e industria: Edimburgo en Escocia, Friburgo y Ausburgo en Alemania, Estraburgo en Francia, Gotenburgo en Suecia, Burgos en España... Sin embargo, y esto es importante destacarlo, los burgos no tenían lugar en el sistema feudal porque nacieron no en su interior, sino al margen de éste y como reacción a los excesos del mismo. Los primeros burgueses no eran caballeros, ni clérigos, ni labriegos, que decidían seguir bajo el sistema feudal de toda la vida; por el contrario, los primeros burgueses eran descastados y perdedores del sistema feudal que se buscaban una vida mejor y más próspera, descastados como por ejemplo caballeros segundones que no iban a heredar un feudo, o campesinos fugados de la tutela de su señor feudal. Una vez en los burgos, esos burgueses se dedicaban a la industria y el comercio, actividades que estaban al margen de la sociedad feudal, eminentemente agraria y autárquica en lo económico. Y sobre todo, eran libres de las trabas y ataduras del sistema feudal. "Stadtluft macht frei" ("El aire de la ciudad te hace libre"), proclamaban de manera muy sucinta y clara los alemanes.

El Castel de Montségur, último bastión de defensa del Catarismo; la relativa protección militar que otorgaban los casteles, ayudó a fomentar el crecimiento de esta doctrina.
En el sistema feudal, la Iglesia Católica tenía el control absoluto sobre la vida espiritual de toda la Cristiandad. Para ello, se había convertido en la mediadora de la redención de los pecados y de la vida eterna; toda su autoridad emanaba de aquí. En estos tiempos de secularismo puede parecer risible, pero en la Edad Media, que un territorio fuera castigado con el interdicto por parte del Papa, era de una gravedad suprema; el interdicto significaba que los sacerdotes no celebrarían los sacramentos, y eso significaba que no habría comunión, ni confesión, ni extremaunción, por lo que las gentes se arriesgaban a morir en pecado mortal e irse al infierno, en la mentalidad de la época por lo menos. Por supuesto, mediadora de la salvación, la Iglesia había preparado todo un discurso ideológico en el cual, cada persona podía encontrar la salvación de acuerdo a su rol en el sistema feudal: los caballeros, guerreando por la Cristiandad, en las Cruzadas por ejemplo, los clérigos rezando y sirviendo al Señor, y los campesinos labrando la buena tierra y santificándose a través del trabajo. Todo funcionó muy bien hasta que surgieron los burgueses, los habitantes de las ciudades, dedicados al comercio y a la industria, que no encajaban en ninguna de estas categorías, y que por lo tanto, teóricamente, no tenían un camino para santificarse y alcanzar la salvación.

En el siglo XII, la Iglesia Católica intentó fortalecer su poder mediante la difusión de la vida monacal. Los agentes más entusiastas del nuevo monacato fueron los cistercienses, una orden monástica fundada por Bernardo de Claraval. Frente a los monasterios cistercienses, modelos de santidad, los burgos eran vistos como centros de pecado y corrupción. Y en este debemos conceder el punto, porque razón no les faltaba. Como producto de la actividad comercial e industrial, las ciudades generaban dinero, y los burgueses tenían por tanto recursos que gastar en placeres hedonistas y mundanos, incluyendo vino y mujeres. Que los labriegos fugados de los abusos de los señores feudales prefirieran refugiarse en los burgos a recluirse en los monasterios, no ayudaba demasiado a la causa. Y por supuesto, cada campesino convertido en burgués era un alma menos bajo la férula de la Iglesia Católica. Como consecuencia, los primeros burgueses vivían en un vacío espiritual que la Iglesia Católica se negaba a llenar... y dicho espacio podía ahora ser rellenado por alguna otra doctrina. Como la de los cátaros, por ejemplo.

Nadie sabe muy bien de dónde salieron los cátaros. Hoy en día se cree que los primeros cátaros fueron oyentes de predicadores bogomilos y paulicianos, dos doctrinas consideradas heréticas, que venían desde el Imperio Bizantino. Otros creen que el Catarismo es un desarrollo indígena europeo; los antiguos textos teológicos de la Patrística de los siglos IV y V seguían disponibles después de todo, gracias a los copistas irlandeses, no para grueso público, pero sí para la pequeña élite capaz de leer y con poder para adquirir libros. Lo cierto es que las ideas y nociones principales del Catarismo no son exactamente originales. Aunque no sabemos qué camino recorrieron hasta llegar a integrar el Catarismo, sus ideas rectoras pueden ser encontradas a lo menos en embrión, ya en el Gnosticismo y el Maniqueísmo de los tiempos del Imperio Romano. Como sea, el Catarismo que partió de manera muy larvada, experimentó un crecimiento explosivo en la segunda mitad del siglo XII.

La doctrina de los cátaros, lo decíamos, guarda muchos parecidos con el Gnosticismo. En ambos casos, hablamos de una visión del mundo en la cual existe un grupo de elegidos que tienen acceso a una doctrina secreta, versus el resto de las gentes; y en ambos casos, el resto de las gentes incluye no sólo a los paganos, sino también a los cristianos que por un motivo u otro no han accedido a la verdadera doctrina, que es la de los cátaros. Al igual que los maniqueos antaño, los cátaros creían que el mundo material estaba en las garras del demonio, y sólo a través del Catarismo sería posible purificarse y acceder al plano espiritual que estaba más allá de este mundo de la carne. Debido a su crecimiento más o menos espontáneo, los cátaros carecían de una estructura religiosa formal y jerárquica que pudiera compararse a la Iglesia Católica. Además, no miraban con demasiado respeto a los sacerdotes, debido al legendario nivel de corrupción de éstos por aquellos días, mientras que los cátaros ponían un énfasis supremo en la pureza espiritual interior por sobre los signos exteriores de la ordenación sacerdotal. Esta misma actitud crítica con la falta de pureza espiritual de los sacerdotes católicos, la encontraremos después repetida en el Husismo en el siglo XV y en el Luteranismo, en el siglo XVI; si la Iglesia Católica hubiera escuchado a los cátaros, cabe la posibilidad de que hubiera podido evitarse el quiebre de la Reforma Protestante, y la Historia Universal hubiera corrido por cauces muy distintos a los actuales, aunque respecto de esto sólo podemos especular, por supuesto.

Expulsión de los habitantes de Carcasona luego de la caída de la ciudad en 1.209, según un ilustrador del siglo XV.
Los cátaros no creían en los sacramentos, y entre ellos existía tan solo uno, el consolamentum, cuyo nombre de por sí es muy significativo respecto al estado de extravío espiritual del que los cátaros creían ser salvados. El consolamentum es un ritual de purificación similar al bautismo por inmersión, y que se tomaba una vez en la vida, aunque se admitía a veces repetirlo en el lecho de muerte, porque si uno está en las puertas de la salvación o la perdición eternas, asegurarse no cuesta nada. Pero aunque se parece al bautismo, el consolamentum tiene una significación distinta; el bautismo tiene una dimensión social, como un ritual de entrada para participar en el seno de la Iglesia Católica, mientras que el consolamentum es de índole más bien personal, refiriéndos sólo a la relación entre el cátaro y Dios. La persona que recibía el consolamentum se entendía purificada, haciendo por tanto en principio innecesarios otros rituales o sacramentos; el cátaro, por supuesto, debía comprometerse a vivir una vida de santidad. La persona que recibe el consolamentum pasa a ser llamada entonces un perfecto, un cátaro en todo el sentido de la palabra. La palabra cátaro viene de hecho del griego καθαροί (katharoi), que significa "puro". Ni qué decir, la idea de que una persona pudiera ser salvada con un solo ritual y que después no se necesiten servicios sacerdotales para nada, en vez de mantenerlos como público cautivo yendo a comulgar cada semana, era un concepto que irritaba profundamente a la Iglesia Católica, por razones obvias.

El Catarismo se hizo muy popular entre los burgueses precisamente porque ofrecía un camino de salvación para éstos, al margen de los ofrecidos por la Iglesia Católica en el sistema feudal. Tomar el consolamentum no era un cheque en blanco ni una patente de corso para pecar todo lo que se quisiera; de hecho, se suponía que el cátaro después del consolamentum se hiciera célibe y vegetariano. Pero aún así, era un medio accesible de salvación para los burgueses. Pronto, los cátaros se hicieron fuertes en Occitania, como mencionamos más arriba. En la época, y remarquemos esto, Occitania era tan independiente de Francia que incluso hablaban otro idioma diferente del francés; el núcleo principal del Catarismo era una parte de la Occitania llamada el Languedoc, cuyo propio nombre nos informa que allí no se hablaba francés sino la lengua de oc. Por qué el Catarismo se hizo fuerte en Occitania y sobre todo en la región de la Occitania que era el Languedoc, se explica por razones geopolíticas. La región es un macizo montañoso en donde el burgo prototípico adoptó una forma particular, el castel, que viene a ser un híbrido entre burgo y fortaleza en las montañas. Los casteles eran virtualmente inexpugnables, y ésta es la razón por la que la Cruzada Albigense se tardó tantos años en reducirlos. Los señores feudales de los casteles eran de hecho tan poderosos, que uno de ellos, Raimundo IV de Tolosa, se había contado entre los más grandes líderes de la Primera Cruzada, a finales del siglo XI. Esta inexpugnabilidad de los casteles favoreció también que se transformaran en plazas seguras para el comercio, y pronto, las mercancías que viajaban desde las tierras abiertas por las Cruzadas para Italia, seguían curso a través de los casteles para llegar a Francia e incluso a Inglaterra. De todo lo que hemos escrito, es fácil colegir que todo lo que beneficiara al comercio, también ayudaba al crecimiento y la propagación del Catarismo.

En medio de este panorama, huelga decir que la Iglesia Católica tronó en contra del Catarismo, con los mencionados monjes cistercienses en la primera línea de ataque. Los cátaros afirmaban que la Iglesia Católica y sus rituales eran innecesarios para la salvación, y esto era en definitiva un ataque directo al poderío eclesiástico. Además los cátaros criticaban profundamente la moral de los clérigos, y lo que es peor, sus críticas eran muy certeras, dada la catadura moral de muchos sacerdotes de la época. Y había otro detalle que provocaba rechinar de dientes a la Iglesia Católica: las mujeres dentro del Catarismo tenían un rango similar a los hombres e incluso podían ser perfectas y aplicar el consolamentum, a diferencia de una Iglesia que ni entonces ni ahora ha admitido el sacerdocio para las mujeres. La primera reacción de la Iglesia Católica fue enviar a misioneros para que exhortaran a las buenas gentes a no dejarse tentar por la herejía y volvieran al redil de la Iglesia. Como los monjes cistercienses eran de extracción principalmente francesa, estaban mejor preparados en lo intelectual, y además eran gentes más decentes en general que el sacerdote promedio de la época, el grueso de los misioneros fueron reclutados entre sus filas. Pero fue en vano: los cátaros no encontraban motivos para escucharlos. La Iglesia Católica pidió también de manera explícita que se persiguiera a los herejes, pero los señores en los casteles se negaron. No es que pretendieran desobedecer directamente a la Iglesia, aunque sea porque la buena diplomacia ayuda al comercio, pero por otra parte, todos los cátaros en sus dominios eran parientes de alguien, y por lo tanto, iniciar una persecución hubiera generado profundas divisiones fraticidas dentro de los casteles.

Domingo de Guzmán reprimiendo la herejía, en la visión artística de Pedro Berruguete.
Las cosas terminaron por salirse de madre a inicios del siglo XIII. En la época llegó a ser Papa un personaje llamado Inocencio III. En la época del Papa Gregorio VII, algo más de un siglo antes, había comenzado a tomar carta de presencia una doctrina por la cual los reyes seculares le debían obediencia a la Iglesia Católica, porque Jesucristo le había entregado a Pedro el primer Papa la jurisdicción sobre toda la Tierra; Inocencio III no sólo era un firme creyente de esta doctrina, sino que fue uno de sus máximos impulsores en la práctica. A lo largo de su Papado, Inocencio III se enfrentó a brazo partido contra los monarcas de media Europa para imponerles la autoridad papal, a menudo con éxito. Y no bastándole todos estos frentes de batalla, se dispuso a hacer algo respecto de la cuestión de los cátaros, que por supuesto, eran otros desobedientes que debían ser metidos en cintura.

El enviado de Inocencio III para tratar con los cátaros fue un hombre llamado Pierre de Castelnau. Fue nombrado por su actitud intransigente con la herejía, y fue su actitud intransigente con la herejía lo que acabó por llevarlo a la tumba, porque luego de excomulgar a un señor muy poderoso, se descubrió su cuerpo en un camino, cosido a puñaladas, con todo el mundo silbando para otro lado cuando comenzaron las preguntas acerca de quién lo había hecho caerse encima del cuchillo. La muerte de Castelnau era el pretexto que Inocencio III necesitaba; ni corto ni perezoso, entró en negociaciones con Felipe Augusto, el rey de Francia. El fruto de estas negociaciones sería la Cruzada Albigense. La misma fue llamada así porque los cátaros eran llamados también albigenses, asociados con la ciudad de Albi; en realidad, los cátaros estaban tan presentes en Albi como en otras localidades, pero por circunstancias históricas más o menos casuales, los principales reportes de herejía surgieron ahí, y el nombre de albigense pegó en la época.

El rey francés Felipe Augusto había llegado al trono en 1.180, y había dedicado una energía increíble a fortalecer el poder real a costa de lo que fuera. Una de sus grandes batallas había sido la demolición del Imperio Angevino, la colección de señoríos feudales que había construido Enrique II de Inglaterra entre Escocia y los Pirineos. En medio de esto, la venia y permiso papal para iniciar la invasión militar de Occitania, le venía como anillo al dedo. En la época, lo hemos dicho, la corona francesa controlaba en realidad el norte de lo que actualmente es Francia, y el sur, aunque dependiente en teoría, en la práctica se mandaba solo, y además estaba en mejores relaciones diplomáticas con Aragón más allá de los Pirineos que con Francia. Había también un aspecto económico en todo el asunto. En la época, la Occitania era un verdadero núcleo económico y comercial, como intermediaria de las rutas comerciales entre Italia por un lado y Francia por el otro, mientras que los alrededores de París estaban poblados apenas por campesinos y señores feudales semianalfabetos. En lo cultural, Occitania era la refinada patria de los trovadores y del amor caballeresco, que se desarrollaron ahí, mientras que en los alrededores de París todavía se vivía... bien, todavía se vivía en la Edad Media, por decirlo fuerte y claro. Era la oportunidad para un monarca poderoso en lo militar pero relativamente pobre en lo económico, de conquistar un territorio muy rico del cual extraer riquezas.

Detengámonos por un instante a considerar lo que significa llamar cruzada a la Cruzada Albigense. Hasta la fecha, las cruzadas eran expediciones militares enviadas contra los infieles, principalmente contra los sarracenos. Esta era la primera vez que se proclamaba la cruzada no contra paganos, sino contra otros cristianos. Que no obedecían la autoridad del Papa, pero que sí creían en Jesucristo, de manera que sí eran cristianos. Parte del horror de la Cruzada Albigense es que fue la primera cruzada realmente fraticida dentro de la Cristianidad, y el antecedente que serviría de base después para toda la estructura de represión de la herejía por la fuerza si fuere preciso, que vino a montarse después. Conceptual e ideológicamente, la Cruzada Albigense marca un punto de no retorno para la Iglesia Católica. La idea de que la Iglesia puede lidiar con violencia extrema contra los herejes, ayudó a desarrollar muchos anticuerpos contra ella en los siglos venideros, lo que por supuesto desembocó en la Reforma Protestante.

Domingo de Guzmán preside un auto de fe para ejecutar cátaros, en una pintura de Pedro Berruguete.
La primera fase de la Cruzada Albigense se libró en 1.209, y su primera campaña se saldó con la caída de Carcasona, ciudad que acabó dándole nombre a cierto muy entretenido y adictivo juego de mesa. La caída de Carcasona fue un golpe recio para la causa occitana, y de hecho varias ciudades se rindieron sin luchar, incluyendo la famosa Albi que le había dado nombre a la cruzada. Pero la caída de Carcasona no significó el final de la Cruzada. Habían otros casteles menos poderosos, pero estaban decididos a resistir hasta el fin, en particular después de que llegaran las nuevas los horrorosos saqueos y crueldades que los cruzados perpetraban en las ciudades conquistadas, so pretexto de que eran herejes, o al menos, gentes que protegían a herejes. La resistencia fue tan enconada, de hecho, que Montségur, el último castel resistente a la invasión, cayó recién en 1.244, más de veinte años después de la muerte de Felipe Augusto y casi treinta de la muerte de Inocencio II. El odio y el fanatismo de los cruzados fueron tan enconados, que la floreciente región de Occitania quedó reducida a un despoblado semirrural; comenzó así la decadencia de Occitania y su estatus de segundona económica frente a los alrededores de París, situación que dura hasta el día de hoy. La sujección a París también extinguió la influencia política que ejercía Cataluña sobre la Occitania, lo que redundó en que, en adelante, las regiones en ambos faldeos de los Pirineos seguirían caminos separados. Por su parte, la rica cultura provenzal fue aniquilada, y la cultura de los trovadores se extinguió, aunque su legado permaneció durante todo el resto de la Edad Media, allí a donde los trovadores pudieron arrancar. La lengua de oc fue reducida a un vulgar dialecto, y el francés se extendió por tales tierras. No fue solo una guerra de conquista, sino una verdadera operación de genocidio humano y exterminio cultural, que en forma proporcional a los medios tecnológicos y la población de la época, puede ser considerado como uno de los más dantescos holocaustos de toda la historia europea.

La suerte de los cátaros en las ciudades conquistadas fue horripilante. Se dice que interrogado un monje cisterciense acerca de cómo distinguir a un cátaro de un católico, éste habría respondido: "Caedite eos. Novit enim Dominus qui sunt eius" (traducido muy libremente: "Mátenlos a todos. Dios reconocerá en el Cielo a los suyos"). La Iglesia Católica hizo masiva una nueva costumbre: las hogueras. Los caballeros agarraban a los cátaros y los enviaban a arder en la hoguera, en medio de celebraciones de júbilo. El celo religioso encubría una motivación económica, por supuesto: los bienes y tierras que quedaran sin dueño porque éstos fueran ejecutados, podían ser apropiados como expolio o como señorío por los invasores. Como sea, el Catarismo fue virtualmente exterminado, por el recurso de literalmente no dejar a ningún cátaro vivo. Los que pudieron escapar, se cuidaron muy bien de revelar sus convicciones doctrinales, aunque de todas maneras, núcleos aislados de Catarismo crecieron en otras regiones de Europa, llevados allá por los fugitivos; a la larga, estos núcleos terminaron por desaparecer, asimilados dentro de la corriente más general del Catolicismo. Siguiendo a la relativa ineficiencia de los cistercienses por lidiar con los cátaros, una nueva orden monástica tomó el relevo: los dominicos, fundados por el monje castellano Domingo de Guzmán. El Papado concedió a los dominicos licencia para crear un tribunal que investigase las acusaciones de herejía, naciendo así el Tribunal del Santo Oficio, mejor conocido como la Inquisición.

Si bien es cierto que la Iglesia Católica realizó con los cátaros una operación de exterminio digna de Hitler o Stalin, no es menos cierto que el Catarismo no volvió a levantar cabeza en parte porque la propia Iglesia tuvo el buen sentido de adecuar su discurso para los nuevos tiempos. El mismo año 1.209 en que se iniciaba la Cruzada Albigense, un monje italiano llamado Francisco de Asís, fundaba otra nueva orden religiosa, la de los franciscanos. Francisco de Asís no venía del mundo feudal, sino que era un burgués, en concreto un hombre nacido en el burgo de Asís, y por lo tanto, entendía la mentalidad burguesa. Si bien Francisco de Asís no se refirió directamente al tema de los burgos, su discurso lleno de caridad y aceptación significó un agudo contraste con el talante condenatorio de los anteriores monjes, en particular de los cistercienses. Francisco de Asís enseñó a considerar a la naturaleza no como una enemiga a ser batida, sino como otra parte de nuestra realidad a la que debemos amar, y esto ofrece un contraste con el Catarismo, para quienes, como ya decíamos, el mundo material es el dominio del demonio. La doctrina franciscana era mucho más aceptable para los burgueses que ahora tenían abierto un camino de salvación obrando con rectitud, aunque fueran comerciantes, y por lo tanto, se ofrecía como una alternativa más aceptable e inofensiva, frente a un Catarismo que ahora era demasiado peligroso para ser profesado, en público por lo menos.

Y sin embargo, aunque erradicado de la faz de la Tierra, y habiendo durado menos de un siglo en total, el Catarismo ha seguido inflamando la imaginación posterior. El Catarismo es la otra cara de la cultura provenzal de su época, la misma cultura provenzal de la que arrancan conceptos carísimos para nuestra cultura, incluyendo el amor cortés y caballeresco; existe una correlación profunda a nivel de mentalidad, entre dicho amor cortés expresado como un ideal de nobleza y pureza, y el ideal de corrección y supresión de los vicios espirituales y carnales que predicaban los cátaros. Además, el hecho de que los cátaros no hayan dejado registros escritos, en particular por la eficiente y brutal labor de supresión por parte de la Inquisición, los ha rodeado de un aura de misterio que les ha otorgado un lugar privilegiado en el panteón de los mitos conspiranoicos de todos los tiempos. Y además de eso, el trágico destino final de los cátaros es un interesante modelo a estudiar, para todos quienes quieran entender las mecánicas de funcionamiento del cambio social, y en particular, como esas mecánicas pueden llegar a chocar con el poder establecido, y como dicho poder establecido puede llegar a reaccionar.

Si los cátaros levantaran la cabeza...

4 comentarios:

Seanna dijo...

Entonces, una vez muerto Inocencio III, (visto lo visto falleció muy rápido), quién dirigió la cruzada?

Guillermo Ríos dijo...

No ahondé en los detalles de la Cruzada Albigense en sí porque me parece el aspecto menos interesante de toda esta historia de cambio social y colisión de cosmovisiones, y el posteo ya está un poco larguito, así como está. Pero ya que estamos... El grueso de la Cruzada se libró en los primeros años, después de los cuales la suerte para los cátaros estaba echada, ya que era cuestión de tiempo antes de que los últimos núcleos de resistencia fueran aniquilados, por una simple cuestión de números y recursos. En 1.215, el Concilio Ecuménico llamado Cuarto de Letrán, se abocó a una serie de reformas, entre ellas la consolidación y perfeccionamiento de toda la maquinaria para perseguir y reprimir herejes presentes y futuros, tanto por medios religiosos como políticos e incluso militares. Lo que redundó en que la Iglesia ahora estaba preparada para aniquilar cualquier futuro brote de herejía que pudiera surgir. Tres siglos después, Lutero estaba bien enterado de esto, hasta el punto que prefirió romper con la Iglesia para salvar el propio pellejo, con los resultados que todos conocemos.

Inocencio III murió en 1.216, y con él, la Cruzada perdió bastante impulso, eso es cierto. Pero no es menos importante que los dos sucesores inmediatos de Inocencio III, los Papas Honorio III y Gregorio IX, fueron ambos nombrados Cardenales por el mismo Inocencio III, y por supuesto, continuaron con sus políticas, quizás sin el mismo énfasis o talento, pero en exactamente la misma dirección.

El grueso de la labor militar de la Cruzada fue culminado por un tratado en 1.229, que esencialmente pactó la sumisión de las antiguas tierras cátaras a la corona de Francia; algunos historiadores consideran la Cruzada como terminada aquí. Otros prefieren la fecha de 1.244, en que cayó la última fortaleza cátara, lo que fue festejado por los católicos con la jubilosa quema en la hoguera de unos 200 herejes. Pocas veces en la Historia se ha hecho un asado tan grande para celebrar un triunfo militar...

Seanna dijo...

Para dejarse tanto tiempo y recursos en una campaña, el Languedoc debía de valer su peso en oro, porque no creo que el siguiente rey francés fuera tan devoto como para derrochar tantos recursos en aplastar herejes.
En fin, muy interesante post.

Guillermo Ríos dijo...

Es que el rey no derrochaba los recursos, sino los caballeros encargados de la conquista. En términos jurídicos medievales, el rey sólo tenía dominio directo en los territorios directamente pertenecientes a la corona; en el caso del rey francés, esto era más o menos los alrededores de París, y poco más. Territorios más lejanos eran feudos que no estaban bajo dominio directo del rey, sino de sus respectivos señores feudales... los que, eso sí, le rendían juramento de vasallaje al rey. Los reyes franceses apoyaron la Cruzada Albigense en primer lugar porque les permitía deshacerse de potenciales elementos díscolos, tentándolos con construirse sus propios feudos lejos y allí en donde no molestaran mucho, y además, si los financiaba en todo o en parte, podía obtener a cambio que le rindieran juramento de vasallaje. Es decir, la Cruzada Albigense salió relativamente barata para los reyes franceses, en términos de que tenía costos bajos y beneficios altos, y su gran contribución era espolear a caballeros segundones sin feudo que heredar, para lo ya dicho.

Por eso la Cruzada Albigense, y todo el movimiento de las cruzadas en general, fue tan potente: porque era la válvula de escape perfecta para emplear a caballeros que, de otra manera, hubieran estado armando lío en sus países de origen. Y no es casualidad que el movimiento de las Cruzadas en sus diversos escenarios bélicos (el Medio Oriente, el sur de Francia, la Reconquista española, los territorios bálticos) fuera perdiendo ímpetu a medida que las monarquías centralizadas iban cobrando poder a costa de los señores feudales, lo que sucedió a caballo entre los siglos XIV, XV y XVI.

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