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domingo, 3 de julio de 2016

Hititas: La superpotencia olvidada.

Visión artística de un carro de combate hitita.
Todos nosotros hemos aprendido en el colegio el guión estándar para la Historia Antigua, la realmente antigua, la anterior al mundo grecorromano: Egipto, Mesopotamia, India, China. De las mismas, las dos primeras revisten la mayor importancia porque nuestra propia cultura occidental arranca desde ahí. Pero este esquema muy didáctico encierra algunas trampas. Es fácil percibir a Egipto y Mesopotamia como dos mundos aislados, que más o menos tenían contacto de tarde en tarde, y las regiones intermedias como una vasta tierra de nadie en donde nunca pasaba nada, o por lo menos, no hasta los fenicios y los hebreos. Sólo que, a poco de ahondar en la Historia, uno se encuentra con que esto no es así. El Medio Oriente fue desde muy antiguo, desde antes incluso que las pirámides egipcias, un vasto punto de encuentro entre culturas y civilizaciones que se influyeron unas a otras de las maneras más variopintas. Y esto incluye a varias civilizaciones que no han conseguido abrirse paso hasta los manuales más básicos de Historia. Como los hititas, por ejemplo. Respecto de quienes acá en la Guillermocracia ayudaremos a reparar la injusticia histórica de ser los eternos ninguneados del mundo antiguo.

El Imperio Hitita es conocido en la conciencia popular, como la gran cosa, a través de su conflicto en el siglo XIII a.C. con el Faraón Ramsés II. La Batalla de Kadesh, librada por Muwatalis II del Imperio Hitita y Ramsés II del Imperio Egipcio, es presentada por ejemplo al inicio de la película Exodo: Dioses y reyes en 2.014, aunque la referencia a los hititas en el filme de marras se agota ahí. Los hititas aparecen como una de las civilizaciones que pueden elegirse en el videojuego Civilization III... pero no en el juego original sino en Conquest, una de sus expansiones. En la novela Sinuhé el Egipcio de Mika Waltari, por su parte, los hititas son presentados de manera bastante prominente, como secundarios de lujo eso sí porque la novela va de egipcios, pero en la adaptación cinematográfica de 1.954, muy respetable por otra parte, a los hititas los barren bajo la alfombra. Pero no sólo la cultura popular ignora a los hititas por base regular. Incluso el mundo académico, hace la miseria de un siglo atrás, apenas sabía de la existencia de éstos. Lo que es triste si se piensa que, en sus días de mayor gloria, el Imperio Hitita era capaz de pararse de tú a tú con los egipcios, la principal superpotencia de su época. La Batalla de Kadesh misma, incluso, se saldó de manera más o menos indecisa, e incluso diríamos con un triunfo parcial hitita, si se considera que las fuentes egipcias, aunque lo tratan como una victoria de Ramsés II, menciona que dos tribus aliadas egipcias se pasaron al bando hitita, lo que resulta como mínimo algo incongruente. Pero ya sabemos que Ramsés II inventó las técnicas propagandísticas que, milenios después, perfeccionaría un cierto Herr Goebbels, y la moderna publicidad de Hollywood.

Hasta hace apenas un siglo atrás, decíamos, ni los propios arqueólogos sabían de la existencia de los hititas. Lo que no es su culpa. Los hititas no dejaron tantos testimonios tras de sí, como otras civilizaciones contemporáneas. La Biblia, principal fuente de referencia literaria sobre el mundo de esa época, menciona de tarde en tarde a los egipcios, y de manera más prominente a imperios mesopotámicos como los asirios, los caldeos o los aqueménidas, dependiendo de con quién tuvieran que habérselas los hebreos en el lance respectivo. Por otra parte, las pirámides de Egipto estaban a la vista de cualquiera que quisiera visitarlas, lo que no ocurría con los hititas. En cuanto a éstos... la Biblia los menciona, es cierto, pero los echa a saco con otros pueblos de los cuales sabemos que eran apenas reinos parroquiales de segundo orden. Así, hay pasajes de la Biblia que mencionan en un mismo listado y enumerando, a los heteos, los fereceos, los jebuseos, los amorreos... de los amorreos sabemos que eran poderosos, aunque divididos en varios reinos pequeños, el más importante de los cuales era Damasco, la misma Damasco que hoy en día es capital de Siria, pero de los otros pueblos no sabemos absolutamente nada más allá de estas enunciaciones. En cuanto a los heteos, la Biblia los llama hijos de Heth; este Heth es hijo de Canaán, lo que es una manera elegante de echarlo a saco con el resto de los cananeos, mientras que Canaán es hijo de Cam, el hijo de Noé que sorprendió borracho a su padre y fue maldecido con que debería servir a sus hermanos, él y sus descendientes. O sea, los heteos bíblicos forman parte de los pueblos que debían servir a los hebreos. Y en los escasos episodios en los cuales aparece los heteos, estos tratan a los hebreos como buenos bwanas, como por ejemplo cuando le venden a Abraham la tumba para enterrar a su esposa Sara.

Los hititas acaban de declararte la guerra.
Pero los hechos raros se comenzaban a acumular. La Biblia menciona también un territorio llamado Kitim, una isla que probablemente sea Chipre, y que podría tener o no tener conexión con los heteos. Las crónicas asirias, por su parte, al ser descifradas en la segunda mitad del siglo XIX, mencionaban un país llamado Hatti. Otra pista se encontró en Egipto, cuando comenzaron las excavaciones en Amarna, y se descubrió la fabulosa ciudad construida por el faraón Amenofis IV, conocido porque en el siglo XIV a.C., adoptó el nombre de Akenatón e intentó imponer una reforma religiosa basada en el culto monoteísta a Atón, reforma que no duró mucho después de su muerte. En los archivos de Amarna, aparecieron varios documentos en un idioma desconocido, pero que parecían conectados a ciertos documentos egipcios que hablaban de Kheta... Todas las pistas estaban ahí, pero no mucha gente pareció asociar a Kitim con los heteos bíblicos, o con la Hatti asiria, o el Kheta egipcio; la percepción humana funciona de esa manera, para descubrir en dónde está la conexión, primero hay que sospechar la existencia de la misma. Otro dato que podría hacer pensar: la Biblia menciona el nombre de algunas esposas heteas de los patriarcas bíblicos, como por ejemplo Judit o Zoar, y tales cosas deberían haber hecho saltar las alarmas, porque no son nombres semitas como cabría esperar de los cananeos, sino indoeuropeos. Pero una vez más, nadie prestó atención, por el minuto a lo menos.

El hallazgo de los hititas se produjo un poco por casualidad. A finales del siglo XIX, todo el Medio Oriente era controlado por el Imperio Otomano. El mismo estaba en franca decadencia, es cierto, pero se mantenía vivo gracias a que las potencias occidentales preferían mantenerlo con respirador artificial en vez de dejarlo derrumbarse y lanzarse a una guerra total sobre el control de sus restos cadavéricos. Los pueblos islámicos en general tienen una actitud más o menos displiscente con el antiguo pasado preislámico, que es considerado paganismo, pero los otomanos en general eran tolerantes, requisito necesario para mantener funcionando el imperio multicultural que controlaban. De manera que cuando llegaban europeos a sus tierras, con la chifladura de querer partirse el lomo cavando agujeros para ver qué ruinas o antiguallas podían desenterrar de ahí, tendían a darles los permisos correspondientes y a dejarlos en paz. De esta manera, una expedición arqueológica comenzó a excavar cerca de un pueblo llamado Bogazkoy, en Turquía, un poco para ver qué podía salir de ahí.

Esta expedición arqueológica, liderada en 1.906 por Hugo Wrinkler, fue por unas poquitas sardinas y regresó cargando un tiburón. Porque lo que encontró no fue una miserable aldea de la Edad del Bronce, sino una gran ciudad con un imponente archivo de cerca de diez mil tabletas de arcilla, escritas en el misterioso idioma que había aparecido algunos años antes en Amarna... y en varias otras regiones del Medio Oriente. Tantas regiones, que podía sospecharse que ese archivo era en realidad la cancillería de un enorme imperio olvidado que se había extendido por tantos territorios como el Egipto faraónico. Aparte del increíble tamaño del archivo, otro detalle apoyaba la teoría imperial: las tablillas estaban escritas hasta en ocho idiomas distintos, algunos descifrados y otros no, algo más congruente con un imperio multicultural que con un miserable principado local. Sucesivas nuevas investigaciones hicieron que a los arqueólogos del mundo se les cayera la mandíbula: la ciudad encontrada en Bogazkoy, y que se llamó Hattusas, fue la capital de un poderoso estado, el Imperio Hitita, que en su momento de mayor apogeo llegó a dominar toda Turquía, parte de Kurdistán, y el norte de Siria, o sea, más o menos la mitad de los territorios civilizados del Medio Oriente. Lo que obligaba a reescribir todos los textos históricos sobre la Antigüedad, y a reevaluar toda la Historia del Medio Oriente.

El Medio Oriente en la época de la Batalla de Kadesh. ¿Esa enorme mancha color ocre en el centro del mapa? Hasta inicios del siglo XX, nadie tenía la más pituitaria idea de que existía.
Gracias a los archivos hititas es que sabemos un par de cosas sobre su historia, su organización y su vida cotidiana. En primer lugar, sabemos que los hititas eran un pueblo de procedencia indoeuropea. El idioma propiamente tal está afiliado a un grupo idiomático llamado anatolios. El tronco de los idiomas anatolios es indoeuropeo, y por lo tanto, hermano del tronco germánico, el tronco indoiranio, el tronco celta, el tronco helénico, o el tronco itálico desde donde deriva el latín y las lenguas romances como el castellano, entre otros. Andando el tiempo, ya en las postrimerías del imperio, el antiguo hitita cayó en desuso, en reemplazo de otro idioma anatolio, el luvita. De todos modos, estos idiomas anatolios y otros como el lidio, hoy en día se encuentran desaparecidos; los últimos vestigios fueron barridos ya en tiempos grecorromanos. Desaparecieron por la misma razón por la que desaparecen tantos idiomas: sucesivas potencias invasoras crearon en las gentes la necesidad de aprender el idioma de los invasores para entenderse con éstos, y así los idiomas de los conquistados fueron cayendo en desuso hasta desaparecer. Pero los testimonios escritos dan cuenta de que alguna vez existieron y se hablaron. Además, el estar escritos en caracteres cuneiformes hace algo más sencillo el descifrarlos.

El primer núcleo hitita fue la ciudad de Nessa. En la época, los hititas luchaban militarmente contra los gasgas, que vivían en las montañas al norte de Anatolia; los gasgas fueron lo suficientemente aguerridos como para que, incluso en sus tiempos de mayor poderío, los hititas jamás pudieran abrirse paso a través de ellos y alcanzar el Mar Negro, lo que hubiera sido un desarrollo histórico interesante, por supuesto. Uno puede pensar lo que hubiera sido la Historia si los hititas hubieran colonizado el Mar Negro y expandido su civilización por sus riberas. Pero esto no sucedió, y dicho Mar Negro terminaría siendo colonizado por los griegos, milenio y medio después. De todas maneras, aunque siempre lidiando con los gasgas, los hititas se hicieron cada vez más poderosos, hasta que un rey conquistó Hattusas y trasladó allí su capital. Este rey se hizo llamar "el Hombre de Hattusas", o sea, Hattusil. Este monarca, Hattusil I, cimentó así las bases del poderío hitita. El Imperio Hitita fue así el primer gran estado organizado en lo que actualmente es Turquía; existió antes la ciudad de Katal Huyuk, es cierto, pero la misma fue apenas un asentamiento neolítico, sin el mismo grado de organización, sin desmerecer sus logros que fueron asombrosos para la época, por supuesto. Pero los hititas, milenios después, superaron a Katal Huyuk en absolutamente todo: organización, expansión territorial, poderío militar, tecnología.

Mencionemos un detalle importante. Los hititas se encuentran entre las primeras civilizaciones que descubrieron cómo forjar el hierro. En la época, el metal más duro conocido que se podía forjar, era la aleación de cobre y estaño llamada bronce. El cobre podía obtenerse en el Medio Oriente, particularmente en Chipre; se piensa que el nombre de la isla deriva justamente del metal. El estaño, en cambio, había que buscarlo lejos, concretamente por mar hasta lo que los griegos llamaban las islas Casitérides, y que es la actual Inglaterra. El hierro era un metal más duro que el bronce, pero con un punto de fusión más alto, por lo que forjarlo era imposible con la tecnología de la época... pero los hititas, a la manera de Conan el Cimerio, descubrieron el secreto de cómo alcanzar tales temperaturas. La forja del hierro era para los hititas un secreto militar parecido a lo que fue el Proyecto Manhattan en Estados Unidos, y una de las claves de su supremacía militar. En un choque entre dos ejércitos, había fuertes posibilidades de que una espada de bronce se rompiera al primer choque con una espada de hierro, lo que obviamente garantizaba la superioridad militar hitita. Y así siguió siendo durante siglos.

Vienen los hititas, junten miedo.
El ascenso de los hititas, gracias a su superior tecnología militar, resultó imparable. Los hititas avanzaron más al sur de los Montes Tauros, que separan a Turquía de Siria, y conquistaron Alepo, que era y hoy en día sigue siendo una de las ciudades más importantes de la mencionada Siria. En dicho siglo, además, enviaron dos expediciones militares que consiguieron avanzar a lo largo de toda Mesopotamia, lo que era toda una hazaña considerando los medios técnicos de la época, y saquearon Babilonia, entonces bajo control de la tribu de los kasitas. El Imperio Hitita se confirmó así como una potencia local. El único país que podría haber movilizado fuerzas suficientes para detener a los hititas era Egipto, pero en la época, éste declinaba bajo una invasión militar extranjera, la de un pueblo llamado los hicsos. De esta manera, en el siglo XVI a.C., el Imperio Hitita era la mayor superpotencia del Medio Oriente.

El Imperio Hitita adoptó la forma de una especie de monarquía aristocrática, en la cual el rey estaba a la cabeza de un consejo formado por las familias nobles, llamado el pankus. La historia de este período, conocida de manera fragmentaria gracias a las tablillas rescatadas, y que no son ciento por ciento fiables porque muchas veces son transcripciones posteriores y quizás interesadas, refleja ciertas tensiones entre las principales familias, que llevaron a querellas dinásticas. En esta época, los hititas concebían a sus reyes como una especie de primus inter pares, primeros entre iguales, sin rastros de culto divino a los mismos. Las intrigas palaciegas y querellas dinásticas estaban por lo tanto a la orden del día. Sin embargo, en el siglo XV a.C., el rey Telepinu dictó el llamado Rescripto de Telepinu, una verdadera ley de sucesión, que es además uno de los textos legales más antiguos conocidos. Al haber reglas del juego claras respecto de la sucesión, disminuyó el interés por intrigar contra los reyes, así como las luchas entre potenciales pretendientes, y esto ayudó a consolidar la monarquía hitita un resto.

Pero de todas maneras, Telepinu no consiguió detener la decadencia del poderío hitita, que sucedió en el siglo XV a.C. La misma llegó a extremos tales, que los hititas debieron abandonar la mayor parte de sus conquistas al sur de los Montes Tauro. Las razones de dicha decadencia nos son desconocidas. En la época, los ataques de los gasgas recrudecieron hasta el punto que los monarcas hititas debieron abandonar Hattusas durante algunos años; con todo, atribuir la decadencia hitita a los ataques gasgas es sólo postergar el problema, porque no sabemos qué hizo posible que en este período los gasgas adquirieran tanto poderío, o que los hititas se debilitaran tanto. Como sea, este período llegó a su fin cuando el rey Tudaliya I accedió al poder, hacia 1.430 a.C.

En el siglo XV a.C., el escenario geopolítico del Medio Oriente había cambiado. Los egipcios habían expulsado a los hicsos que habían ocupado su territorio durante cerca de un siglo. Ellos nunca habían sufrido una ocupación militar extranjera, y el episodio lo habían vivido como una especie de trauma nacional; para evitar que esto sucediera otra vez, se lanzaron a saco contra el Medio Oriente, intentando conquistar cuantos territorios pudieran, lo que traducido en términos prácticos significaba crearse un imperio en Siria. Mesopotamia por su parte siguió en un estado más o menos crónico de postración; sin embargo, había emergido una nueva potencia militar, el reino de Mitanni. En medio de todo esto es que emergió con fuerza la versión 2.0 del Imperio Hitita. En definitiva, todo esto significaba que Siria iba a transformarse en el campo de batalla entre los egipcios que invadían desde el sur, los mitanni que invadían desde el este, y los hititas que invadían desde el norte. Lo que sobrevino fue un estado de conflicto que se prolongaría durante el siguiente siglo y medio, que a veces sería una guerra fría, y a veces alcanzaría el estatuto de guerra caliente.

El Imperio Hitita en su época de máxima expansión. Con algo de trampa: en las regiones fronterizas es difícil discernir entre dominios directos y principados tributarios.
Quizás por influencia de la cultura egipcia, la política hitita comenzó a cambiar. Como una manera de asegurar su propia base de poder, los reyes hititas comenzaron a divinizarse a sí mismos. Así, apoyaron activamente la construcción de santuarios y fortalecieron el culto imperial; asimismo, comenzaron a hacerse llamar, e incluso a firmar la correspondencia diplomática, con el título de "Mi Sol", lo que los convierte en verdaderos Reyes Sol más de tres milenios antes de que hiciera lo propio Luis XIV de Francia. Con todo, una manera que encontraron los hititas de contrarrestar la creciente presión militar egipcia, fue crear alianzas con otros reyes vía matrimonio, enviándoles princesas hititas como esposas. Esto, en abierto contraste con la política egipcia de que sus reyes eran tan divinos, que sólo podían casarse con sus hermanas; los faraones sí podían tener un harén de mujeres que no fueran sus hermanas, porque no tiene caso ser rey si no se puede aprovechar la situación para tener mujeres a disposición, pero éstas jamás pasaban del estatus de concubinas.

Entre el poderío militar egipcio y la diplomacia hitita, más los golpes del creciente poderío militar asirio al este, el reino de Mitanni se vio atacado en todos los frentes, hasta ser finalmente destruido a mediados del siglo XIV a.C. El vacío de poder fue aprovechado por el enérgico rey Suppiluliuma I, quien invadió Mesopotamia. Egipto, una vez más, era la potencia que podía haber supuesto un freno a las ambiciones territoriales hititas, pero sucedió lo inesperado: un nuevo faraón, Amenofis IV, de quien hablábamos más arriba, se hizo llamar Akenatón, proclamó una reforma religiosa basada en el nuevo dios solar Atón, fundó la ciudad de Amarna y trasladó la capital ahí, y en general desató tanta oposición entre los sacerdotes de los cultos tradicionales, que el país entero se postró ante la amenaza de la guerra civil, lo que por supuesto incluía a una maquinaria militar que ahora no estaba disponible para nuevas conquistas. Con las manos libres en el frente sur, los hititas iniciaron su expansión hacia el Occidente, hasta apoderarse de la ciudad de Millawanda, que los historiadores actuales creen se corresponde con la histórica Mileto a orillas del Mar Egeo. Así, los hititas entraron en relaciones diplomáticas con el territorio de Ahhiwaya, nombre que los investigadores modernos consideran la versión en idioma hitita del nombre que los aqueos daban a sus propias tierras en Grecia. Si ustedes recuerdan que en la película Troya de 2.004, el rey Agamenón menciona de pasada a los hititas... dicha referencia no es un dardo al aire lanzado por los guionistas, como pueden ver, sino que tiene alguna base histórica real, sin perjuicio de la relativa mediocridad del resto de la película, por supuesto.

Pero a inicios del siglo XIII a.C., el balance de poder cambió otra vez. Los asirios se hacían cada vez más fuertes al este, y en Egipto asumió un joven y enérgico nuevo faraón: Ramsés II. El choque definitivo se produjo en la Batalla de Kadesh, librada hacia 1.274 a.C. La misma pudo haberse saldado con un triunfo hitita, pero éstos se entretuvieron en saquear el campamento egipcio, lo que le dio tiempo a Ramsés II para reagruparse con tropas de refresco que llegaron en la hora undécima al campo de batalla. De esta manera, Ramsés II consiguió repeler a los hititas. Los historiadores tienden a considerar la batalla como un empate, porque el status quo geopolítico siguió más o menos inalterado, y considerando ambas partes que arriesgaban demasiado en una nueva guerra, prefirieron sentarse a negociar. El resultado fue el Tratado de Kadesh, seguramente no el primer tratado internacional, pero sí el más antiguo en la Historia Universal del cual conservamos su texto escrito. El mismo consagró lo que ya señalábamos: las fronteras entre Egipto y Hatti permanecieron más o menos inalteradas. Ramsés II podía ser arrogante y jactancioso en lo que estampar sus hechos en jeroglíficos se refiere, pero se vio obligado a acreditar a los hititas como sus iguales por un gesto insólito: contrajo matrimonio con una princesa hitita. El Tratado de Kadesh estableció también, dicho esto como curiosidad, que un delincuente egipcio atrapado en Hatti debía ser remitido a Egipto, y un delincuente hitita atrapado en Egipto debía ser enviado a Hatti, lo que constituye en efecto el más antiguo pacto de extradición criminal del que tengamos noticia.

Una copia del Tratado de Kadesh. Estudiantes de Derecho: prueben a cargar esto en sus mochilas, para la cátedra de Derecho Internacional.
A lo largo del siglo XIII a.C., los hititas estaban en la cúspide de su poderío, y sin embargo, su imperio se derrumbó casi de la noche a la mañana. El paso de los siglos XIII a XII a.C. marcó un enorme cambio en la geopolítica de la región, marcada por invasiones procedentes desde el Mar Egeo. Los egipcios los llamaron Pueblos del Mar, y consiguieron resistir y rechazarlos después de una desesperada batalla naval, que hemos mencionado en el posteo Diez desastres navales que determinaron el curso de la Historia aquí en la Guillermocracia. Con todo, perdieron todos sus dominios en el Medio Oriente; se sospecha que los filisteos, que aparecen en Canaán más o menos por esta época, son otra rama de esos Pueblos del Mar que consiguieron instalarse en las planicies costeras. ¿Y los hititas? Varios de sus aliados cayeron víctimas de invasores procedentes del oeste, incluyendo los frigios, también vinculados a los Pueblos del Mar. La víctima más prominente es la ciudad que los archivos hititas mencionan como Wilusa. Los historiadores actuales creen que Wilusa es el nombre hitita de la ciudad que los griegos llamaron Ilión, y que nosotros conocemos como Troya; considerando que la Guerra de Troya aconteció más o menos al mismo tiempo que la caída del Imperio Hitita, considerar a Troya como una aliada de los hititas arroja interesantes nuevas luces sobre lo que en verdad fue dicha conflagración.

En medio del caos que se abatió sobre el Imperio Hitita, asediado por los asirios al este y por la avalancha de pueblos como los frigios al oeste, los gasgas resurgieron una vez más desde las montañas al norte de Hattusas. Hacia 1.190 a.C. descendieron sobre esa ciudad y la saquearon. El cataclismo fue tan decisivo, que Hattusas fue destruido. El asentamiento no fue abandonado, y de hecho, ahí existe hoy en día Bogazkoy, pero el recuerdo del Imperio Hitita desapareció casi por completo. Algunas ciudades hititas en Siria consiguieron sobrevivir, y libres del dominio de Hattusas, se convirtieron en teocracias locales que consiguieron sobrevivir unos tres a cuatro siglos más, hasta que fueron barridas por una nueva oleada militarista asiria, la más famosa y devastadora de todas. A estas ciudades que funcionaron como teocracias locales, se las llama Reinos Neohititas, y sobrevivieron lo suficiente como para que algunos rasgos de la religión hitita terminaran incorporándose incluso al mundo clásico. Existen fuertes sospechas de que la diosa grecorromana Cibeles, la madre de Zeus, en realidad podría ser una derivación de alguna diosa de origen hitita, probablemente Arinna, la diosa hitita esposa de Teshub, el dios hitita de la Tempestad. Si esto fuera cierto, sería una curiosa cuña hitita introducida en el legado de la Mitología Grecorromana que forma parte integral de nuestra cultura occidental.

¿Por qué, si los hititas fueron tan poderosos como para incluso llegar a imponerle sus propias reglas del juego al Medio Oriente en su tiempo de máximo poderío, desaparecieron de manera tan dramática de nuestra conciencia, hasta el punto que encontrarlos de nuevo fue la sorpresa del siglo para los arqueólogos? Por un lado, ya lo dijimos, no dejaron ruinas tan vistosas como los egipcios, ni los escritores hebreos los acreditan demasiado en la Biblia. Pero por el otro lado, su civilización no llegó a transformarse en parte de nuestro legado cultural. Los egipcios y babilonios nos legaron las bases de la Aritmética, la Geometría, el calendario, etcétera. Nuestra costumbre de dividir la hora en sesenta minutos deriva de que los babilonios usaban un sistema matemático de base sesenta, por ejemplo, en vez de nosotros que usamos un sistema matemático de base diez. Muchas historias de la Biblia tienen como protagonistas a egipcios, como el caso de Moisés, o babilonios, como es el caso de Daniel, pero no tenemos historias bíblicas tan coloridas ambientadas en el Imperio Hitita o con protagonistas hititas. No hay razón para pensar que no escribieran literatura, pero no conocemos nada de la misma. Hemos conservado varios textos legales suyos, incluyendo dos códigos que llamamos Si los hombres y Si las viñas debido al encabezado de cada uno, pero sus leyes tampoco influyeron en el Derecho posterior como sí lo hizo el Derecho Romano por ejemplo, o si lo hizo, fue de maneras muy sutiles, como ciertos paralelos entre leyes hititas y mandatos bíblicos que no conocíamos hasta que la Hititología adquirió carta de naturaleza en el siglo XX. Es por eso que los hititas han pasado a ser casi la superpotencia olvidada del antiguo Medio Oriente, una que es bien conocida por historiadores y arqueólogos, por supuesto, pero con una reputación casi nula más allá del ámbito estrictamente académico. Lo que es una pena, si se considera el enorme poderío que llegaron a tener, hace la friolera de tres milenios y medio atrás. Y lo que es también una advertencia: hoy en día también existen naciones grandes y poderosas, pero si los hititas no pudieron clavar la rueda de la Historia, ¿por qué iba a ser diferente con las civilizaciones modernas...?

La Puerta de los Leones, lo que queda de Hattusas hoy en día. ¿Se verán así Nueva York, París o Londres en un par de milenios más...?

2 comentarios:

Víctor Herbonniere dijo...

Nueva York, París, Londres, Tangamandapio y La Cueva del Guácharo serán recordadas en futuros milenios mientras, como civilización, tengan algo que legar a quienes los reemplacen, sea en forma de monumentos, escritos, dialectos o curiosidades varias. Lo divertido es intentar predecir qué es lo que le será útil, curioso o suficientemente jocoso a la gente del futuro para que intente conservar su recuerdo. Muy buena la entrada, me hizo pensar en muchas cosas. Casi me arrepiento de haber votado por "Música". Casi...

Un saludo.

Guillermo Ríos dijo...

La Ciencia Ficción se ha dado un festín parodiando nuestra cultura popular, describiendo civilizaciones de futuros postapocalípticos en las cuales se sabe que en el pasado (o sea, nuestro presente), los brutos cavernícolas primitivos adoraban a dioses llamados Mikimaus o Kokakola, y uno puede preguntarse hasta qué punto entendemos de verdad a las civilizaciones antiguas, considerando que muchas veces no tenemos contexto que nos sirvan de trasfondo para los fragmentos que sí hemos conseguido rescatar.

Posteos sobre Música, habrán a partir de Agosto. ¿O alguien creía que iba a poner "Música" como opción sin tener una bala en la recámara...?

Saludos igualmente.

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