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domingo, 17 de julio de 2016

Arte e injuria: Seis movimientos artísticos bautizados por quienes los insultaron.

El crítico de arte, por Norman Rockwell (1.955).
En cierto episodio de Los Simpsons, Homero Simpson protestaba contra los gays que adoptaban palabras denigrantes como propias. Su reclamo era que los heterosexuales inventaban insultos contra los gays, y luego los propios gays adoptaban dichos insultos con orgullo, por lo que la palabreja en cuestión terminaba perdiendo todo valor insultante en primer lugar. Lo mismo ha ocurrido en la Historia del Arte. Ningún movimiento artístico nuevo ha conseguido imponerse sin que la vieja hornada se haya puesto a insultar a esos jóvenes rebeldes por atreverse a romper los buenos y viejos esquemas de toda la vida. Lo que los viejos carcamales no son capaces de captar, es que el insulto resbala porque los insultados se sienten halagados de que los viejos despreciables los desprecien a su vez. Porque si los insultados fueran alabados por esos vejetes contra los cuales se rebelan, se sentirían cubiertos de oprobio. De esta manera, es fácil que si los vejetes utilizan un calificativo irónico, despectivo o injurioso, los jóvenes desafiantes lo adopten como grito de guerra. "¡Sí, nosotros somos eso que dices, y somos mejores por eso porque no somos como tú!", sería la respuesta.

Y es así que, acá en la Guillermocracia, haremos un breve repaso acerca de cómo el nombre de seis de esos movimientos artísticos, en realidad partieron como insultos dirigidos en su contra. El hecho de que hoy en día casi se haya olvidado esto, y los nombres se utilicen de una manera prácticamente casual, algo dice acerca de cómo quienes insultaban iban desencaminados. Pero es el precio a pagar por ser un innovador en el arte: no se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos. En particular, los huevos de los críticos. Metafóricamente hablando, esperamos.

1.- Gótico.

Hoy en día, ser un gótico es sinónimo de andar vestido de negro como una cucaracha, estereotipo del cual se burlaba incluso Type O Negative en su canción Black #1; la mención vale la pena porque la canción forma parte del disco Bloody Kisses, que lanzado en 1.993, es el primer disco de Metal rGótico propiamente tal en la Historia. Qué se puede esperar de un movimiento en el cual uno de sus discos seminales incluye un tema en que se burla de ese movimiento... El caso es que hubo una época en la cual el calificativo de gótico venía de otra fuente. El adjetivo se refiere simplemente a los godos, esa tribu germánica que azotó la Europa posterior al Imperio Romano. De manera que si usted usa la palabra visigótico en vez de visigodo como adjetivo, está usted hablando con propiedad; dicho sea de paso, y por alguna razón, la RAE acepta visigótico, pero no ostrogótico, que sería el mismo adjetivo, pero aplicado a los ostrogodos.

El caso es que en el Renacimiento, empezó a hablarse de arte gótico para referirse al arte medieval; era su manera de apuntar que las construcciones medievales eran tan feas y toscas, tan poco aferradas a los benditos cánones estéticos grecorromanos que tanto gustaban a los renacentistas, que sólo alguien tan bestia como un godo podía haberlo edificado. Sucedió después que llegó gente que sí les gustó el arte gótico, y eran felices con la Edad Media. Un novelista inglés llamado Horace Walpole, por ejemplo, que en 1.764 publicó El castillo de Otranto, considerada universalmente como la primera novela gótica jamás escrita. El propio Walpole, para la segunda edición de la novela, porque la primera la publicó fingiendo que era una traducción (larga historia), la subtituló "A Gothic Romance", o sea, una novela gótica. El resto es historia, por supuesto. Aunque es poco probable que un gótico de hoy en día, sepa que al originarse el término en su acepción actual de medieval y romántico, en realidad se los estaba comparando más con Sigfrido o Conan el Bárbaro, que con Drácula...

2.- Decadentismo.

En realidad, Decadentismo es una etiqueta bastante amplia que cobija menos un movimiento artístico que una cierta sensibilidad. Puede definírselos como el eslabón perdido entre el Romanticismo y el Modernismo, si se quiere. La primera mitad del siglo XIX fue la era del Romanticismo, y la primera mitad del XX, la del Modernismo; ambas épocas tuvieron en común una cierta batida en retirada de los valores que consideraríamos como positivistas, ilustrados, dieciochescos, racionalistas, etcétera. En cambio, la segunda mitad del siglo XIX fue la era del Positivismo, de la confianza férrea en que la Humanidad marcha hacia adelante, etcétera. Para que luego digan que los románticos eran los ilusos.

El caso es que siempre hay rebeldes, quienes mantuvieron viva la flama romántica, pero ahora dejando de lado un resto la imaginería gótica o medievalista que tendía a impregnar a los románticos, no tanto que la excluyeran, pero sí tomándosela de manera incluso más artificiosa, si es que cabe. O sea, pintar de manera efectista o escribir con ampulosidad, y por supuesto, elevando el morbo sexual con el casi único fin declarado de escandalizar a los buenos plutócratas conservadores. Piénsese en Rimbaud o en Oscar Wilde, por citar dos autores bien diferentes, y se tendrá una noción. Incluso aunque no un decadentista propiamente tal, hay quienes han echado al pobre Herbert George Wells al saco; después de todo, en su tiempo, escribir novelas sobre viajes en el tiempo e invasiones marcianas era algo efectista. Los críticos se ensañaron con los decadentistas, y los llamaron justamente así, decadentistas, porque veían en ellos la degeneración del arte, el intento por privarlo de toda substancia y convertirlo en puro juego de artificio y luces. Los decadentistas, encantados de oir esto, y siempre conscientes de lo que vale un buen escándalo en el mundo del arte, asumieron la bandera con orgullo. Que hoy en día, tipos como Rimbaud o Wilde sean leídos en los colegios, o al menos en las universidades, y nadie diga nada, debería ser la máxima frustración para estos pobres tipos. Porque, sí, los leen, pero, ¿y en dónde está la pimienta del escándalo, eh...?

3.- Impresionismo.

Durante el Renacimiento, la Pintura había descubierto las leyes de la perspectiva, y esto abrió el camino para crear pinturas que intentaban ser cada vez más realistas. Leonardo da Vinci introdujo el sfumatto, el Canaletto en el siglo XVIII empezó a trabajar las atmósferas en sus pinturas de canales venecianos, etcétera. Ya a inicios del siglo XIX, para lograr efectos sismológicos en el alma de los asiduos a las galerías de arte, algunos pintores como los ingleses Constable y Turner empezaron a centrarse de manera casi exclusiva en la atmósfera, por encima incluso de la forma. En definitiva, hicieron de manera más o menos intuitiva, un descubrimiento que, sabemos, tiene base científica: nosotros no vemos los objetos en sí mismos, sino que vemos la luz que tales objetos reflejan, de manera que vemos de manera distinta un mismo objeto según si es de día o de noche, según si está nublado o despejado, según si está a campo abierto o bajo techo, etcétera. Esta nueva escuela de pintores empezó a trabajar ya no con las formas y contornos, sino tratando de reproducir la luz en sí.

En la década de 1.860, cuatro pintores llamados Claude Monet, Pierre-Auguste Renoir, Alfred Sisley y Frédéric Bazille, se hicieron amiguetes y empezaron a desarrollar todos estos conceptos en lo que parecía ser una revolución artística. Para el academicismo de su tiempo, engolosinado con ninfas mitológicas de cuerpos rotundos, la idea de cuadros que parecían a medio terminar, con pincelazos que a primera vista no parecían querer reproducir nada, eran la imagen misma de la flojera técnica consagrada como arte. Uno de estos cuadros, Impresión: Amanecer, de Claude Monet, le dio a uno de los críticos la mandíbula que necesitaba para el chiste fácil, y dijo que estos tipos no eran más que un montón de impresionistas que trataban de llamar la atención del público con una pintura pobretona y mal acabada. Adivinen qué sucedió. Durante más de cien años, el Impresionismo fue la más valorada escuela pictórica del siglo XIX, y la cuna de la cual nacieron todas las vanguardias posteriores, mientras que el Academicismo vivió un eclipse total; hoy en día hay una visión más equilibrada de las cosas y se estudia tanto el Academicismo como el Impresionismo, como dos escuelas separadas de Pintura, cada una con sus respectivas propuestas y méritos. Nada mal para tipos que nacieron como una pandilla de alborotadores, y cuyo movimiento, en lo medular y desde que nació el grupo hasta que emprendieron caminos separados, duró apenas una década...

4.- Fauvismo.

Pintores fauvistas han existido a lo largo de todo el siglo XX y parte del XXI, principalmente como imitaciones baratas de Henri Matisse. Porque eso pasa con algunos artistas: buscan originalidad tratando de imitar a alguien original, sin reparar en que la imitación es justo lo contrario de la originalidad. Pero el Fauvismo en tanto movimiento propiamente tal, apenas duró media década: había sido lanzado ya en el siglo XX, y para 1.910 podía considerarse una vanguardia agotada. El caso es que desde la década de 1.880 en adelante, el legado impresionista hizo clic en una nueva generación de pintores, que siguió con experimentos cada vez más audaces. En esencia, los pintores fauvistas entendieron que el intento de los impresionistas por captar el color de la luz en los objetos en vez de los objetos mismos, podía ser desviado en una interesante dirección: ¿qué tal si aplicamos colores arbitrarios, al tiempo que reducimos nuestro objeto pintado a algo próximo a una caricatura, para potenciar al máximo esa sensación de estallido de color en el espectador que buscaba el Impresionismo...?

El resultado fue un estallido justamente, pero no sólo de color, sino también social, en el mundillo de los pintores, porque los críticos se pitorrearon a su gusto del nuevo estilo. Por alguna razón, en la exhibición del Salón de Otoño que correspondió a 1.905, algún inconsciente decidió colocar las pinturas en las paredes, manteniendo una estatua del muy renacentista Donatello al centro. Un crítico llamado Louis Vauxcelles, escribiendo con perfecto espíritu Ratatouille, decidió acuñar su propia frase para la inmortalidad: "Donatello chez les fauves" (Donatello entre las fieras). Quizás porque entre los pintores exhibidos estaba Henri Rousseau, que es famoso por pintar fieras salvajes en paisajes ingenuos y de colores verde pastel... a pesar de que técnicamente, Rousseau no es un fauvista sino un post impresionista. Y ustedes ya predicen en qué acaba esto: a los pintores de marras les gustó aquello de fauves, y empezaron a llamarse a sí mismos como fauvistas. Gran trabajo, monsieur Vauxcelles.

5.- Cubismo.

El siglo XX, la primera mitad de él por lo menos, fue la época de las vanguardias, y esto significa que los artistas debían que estar a pescar lo que volara, en lo que a mantenerse en la onda se refiere. Apenas muerta la fiebre del Fauvismo, un joven pintor llamado Pablo Picasso, que había pasado por la ambigüedad de sus llamados período azul y período rosa, no dio el paso lógico siguiente de acabar inventando el anime o a personajes como Linterna Verde, la Bruja Escarlata o Cráneo Rojo, sino que empezó a jugar con el tema de las perspectivas, pariendo la muy influyente Las señoritas de Avignon. El, y otro personaje llamado Georges Braque, quien recibe bastante menos crédito que Picasso a pesar de haber contribuido de manera significativamente mayor al desarrollo de la criatura cuya gestación estamos comentando. Como Stan Lee y Jack Kirby.

Y aquí es donde entra en escena, por segunda vez, nuestro viejo conocido Louis Vauxcelles. Porque ante una pintura de Braque exhibida en 1.907, Vauxcelles dijo de éste, quien sabe si por alabarlo, denostarlo o ambas cosas, que "lo reduce todo, lugares y una figura y casas, a esquemas geométricos, a cubos". Quizás dándose cuenta de que tenía pólvora entre las manos, Vauxcelles siguió insistiendo con los cubos, a ver si la etiqueta pegaba. En 1.909 calificó algunas obras de Braque en una exposición como "extravagancias cúbicas" ("bizarreries cubiques"). Y por si no se entendiera que era un insulto, en 1.910 escribió de otras obras cubistas (no de Braque, irónicamente): "geómetras ignorantes, reduciendo el cuerpo humano, el sitio, a cubos pálidos". Repite, repite, que algo queda: para 1.911, la prensa había abrazado abiertamente el término Cubismo para referirse a la obra de cinco artistas dentro de dicha tendencia: Henri Le Fauconnier, Jean Metzinger, Albert Gleizes, Robert Delaunay y Fernand Léger. Irónicamente no de Picasso o Braque, quienes por una razón u otra no habían expuesto con los mencionados. O sea, el término cubista empezó a ser usado para insultar a los artistas menos importantes dentro del Cubismo, dejando fuera a los fundadores del movimiento, suponemos que menos por respeto hacia ellos que por puro y craso espíritu de ninguneo. Como sea, el caso es que el Cubismo fue la revolución en dos patas para la pintura del siglo XX, y el término acabó por pegar. Luego, entusiasmado por el tema de andar bautizando movimientos artísticos, Vauxcelles llamó Tubismo a la pintura de Fernand Léger, por la manía de éste por usar no cubos sino tubos y cilindros en su versión peculiar del Cubismo. Pero como Léger no resultó ni de lejos tan influyente, el término acabó por no pegar. No siempre se gana, monsieur Vauxcelles.

6.- Los Cinco.

En realidad este caso no es tan como los otros, pero la historia es demasiado buena como para dejarla pasar, de manera que me disculparán que incluya a esta gente que, en estricto sentido, no debería pertenecer a este posteo. Pero allá vamos. Siglo XIX: Europa estaba azotada de parte a parte por la música romántica, y parte importante del Romanticismo era el tema del nacionalismo, buscar las raíces culturales, etcétera. En la década de 1.850, en San Petersburgo que era la capital del Imperio Zarista por aquellos años, coincidieron cinco jóvenes rebeldes que sacaron sus pistolas, metafóricamente hablando, para hacer retemblar el mundo musical. Sabían de Música, pero no tenían una educación muy profunda en lo que a composición se refiere, ni la echaban de menos porque consideraban que lo suyo iba a ser algo nuevo. A diferencia de cierto compositor llamado Piotr Ilich Tchaikovski, que se inspiraba principalmente en Haydn, Mozart y Beethoven con su rigor compositivo y su melodía clara, estos terremotos ambulantes preferían inspirarse en virtuosos más de avanzada que exploraban la riqueza cromática de los instrumentos, gentes como Chopin, Schumann o Lizst; además, Tchaikovski y otros personajes similares eran de la Academia, mientras que los Cinco eran amateurs que se desempeñaban en otras profesiones: uno era químico, otro era militar... Acreditando la herencia asiática de la Madre Rusia, los Cinco incorporaron un montón de sones orientales, que le dieron a la música clásica un sello tan distintivo, que es casi el estándar de lo que se espera de un compositor ruso.



Los Cinco en cuestión fueron Mili Balakirev, César Cui, Modesto Musorgski, Nikolai Rimski-Korsakoff (el militar) y Alexander Borodin (el químico que con una mano estudiaba los aldehídos y con la otra componía En las estepas de Asia Central). Si no les suena, prueben a escuchar Cuadros de una exposición de Musorgski o Capricho español de Rimski-Korsakoff, y se harán una idea. En 1.864, cuando el grupo todavía no adquiría su estructura definitiva, todo sea dicho, un crítico los llamó la Poderosa Mano, y el resto de la historia, ustedes ya la suponen. Los críticos se burlaron de ellos, y esta gente decidió adoptar el nombre como propio, en desafío. De ahí que, cuando el grupo alcanzó su organización definitiva, algunos empezaron a referirse a ellos como los Cinco, de manera desdeñosa, un poco con el tono de decir: esos tipejos de ahí.



De todas maneras, el legado de los Cinco fue inmenso. Sin la experimentación tonal de los Cinco, toda la primera mitad del siglo XX en materia musical hubiera sido muy diferente. Aunque la versión clásica del grupo duró apenas década y media: en 1.881 falleció Mussorgski, el primero en partir. Curiosamente, el último en fallecer fue el más longevo, el segundo en nacer, y fue César Cui, que falleció en 1.918, o sea, ya en plena época de la Revolución Rusa.



2 comentarios:

Cidroq dijo...

Interesante entrada, y guardando las distancias y con mucho respeto a tu entrada, me recordó el movimiento otaku de américa latina, se supone que originalmente es un insulto en japón al grupo de gente demasiado clavada con un tema, y por acá la gente muy clavada con el ánime y manga le gusta ser llamada así.

Guillermo Ríos dijo...

Es lo que pasa cuando se adopta un significado y se pierde por el camino la significación. Otaku en Japón es un fanático pasado de roscas de cualquier cosa, no sólo del anime, pero como por acá por Latinoamérica faltaba un término castizo nipón para definir al movimiento...

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