domingo, 19 de junio de 2016

La versión chilena de "Los años dorados": Bullying desde la tercera edad.

Ana Reeves, Carmen Barros, Gloria Münchmeyer y Consuelo Holzapfel, las protagonistas de la versión chilena de Los años dorados.
En esta era de remakes y falta generalizada de ideas, hemos terminado por encontrarnos con toda una curiosidad. Voy a escribirlo con varios puntos seguidos para que tengan tiempo de asimilarlo. Se trata de un remake. De la serie televisiva Los años dorados. En Chile. Perpetrado por UCV Televisión.

Ahora voy a redactarlo de manera un poco más extensa, por si no terminan de entenderse las implicancias. En 2.015 se estrenó la nueva versión de una más o menos olvidada serie televisiva de la década de 1.980, en un país tercermundista como lo es Chile, y realizado más encima por un canal de televisión que se esfuerza en lo suyo, admitamos eso, pero que no es ni de lejos la primera potencia televisiva de la nación.

Hagamos un poco de historia. La serie a la que nos referimos, es aquella cuyo título original en inglés es The Golden Girls, y que se emitió originalmente entre 1.985 y 1.992. En el mundo hispanohablante recibió varios títulos, dependiendo del exhibicionismo y la impudicia de los traductores: Las chicas de oro en España, y Los años dorados en Latinoamérica. Y en Brasil se llamó... As super gatas. Y no hago ningún chiste con esa traducción porque éstos se escriben solos. La serie en cuestión se trataba de cuatro adorables ancianitas que vivían aventuras de ancianitas, en la ciudad de Florida. Y a pesar de ser una sitcom de la década de 1.980, que parió sitcoms idiotas a porfía, Los años dorados se decidió a abordar varios temas socialmente calientes de su época, como por ejemplo el SIDA, la homosexualidad, el romance interracial, el suicidio asistido... O eso es lo que he investigado, por lo menos. La verdad es que yo estaba muy menor para haberla visto, y no recuerdo que la hayan repetido por aquí y por allá, de manera que tengo recuerdos muy nebulosos de haberla visto. Y esos recuerdos son ni de allá ni de acá. La serie, ni me gustó ni me disgustó. Era simplemente algo que estaban pasando en la pantalla en las escasas ocasiones en que estuve sentado, lo vi porque estaba ahí, y debo haberlo olvidado tan rápido como lo vi.

Por cierto, y para eso sirve Internet, para investigar cosas inútiles como ésta, la serie fue tan exitosa que tuvo spin-offs, inclusive. Se trata de Nido vacío, que recuerdo haber visto porque la exhibían en la tarde, por alguna razón, e interfiriendo con el horario de mis dibujos animados, por alguna razón. Años después me enteré de que era un spin-off de Los años dorados, y eso no hizo nada ni porque la quisiera ni porque la odiara más.

Los años dorados tuvo algunos remakes. En España hicieron dos, por falta de uno: Juntas pero no revueltas primero, y Las chicas de oro después, que terminaron canceladas después de la primera temporada por bajas audiencias. Los españoles que estén leyendo esto, ya me contarán qué tal estaban esas adaptaciones. En Inglaterra rodaron The Brighton Belles, que terminó cancelada después de la primera temporada por bajas audiencias. En Grecia, el remake se llamó Xρυσά κορίτσια (Jrysá Korítsia, o sea, Las chicas doradas), y lo menciono porque todo suena mejor en griego, incluso hasta la filosofía de Platón, lo que ya es decir. Y finalmente, después de remakes en Holanda, Rusia y Turquía, llega la versión chilena del cuento.

El remake de esa serie en Chile, lo ambientaron en Viña del Mar, que es lo más cercano que encontraron a Miami, lo que sirve de respiro para el santiagocentrismo de las producciones audiovisuales chilenas. En este remake tratan de mostrar a Viña del Mar con una ciudad con glamour, pero se quedan algo en deuda en el empeño, considerando la creciente proletarización que ha afrontado la otrora joya aristocrática de la costa central de Chile, y escribo la palabra proletarización por utilizar un término suave.

La historia sigue más o menos el esquema de la serie original, o sea, cuatro damas en su segunda infancia que comparten departamento. El primer capítulo explica cómo llegan a esa situación: una de las chicas, que es la Chichi, y cuya característica distintiva es que le gustan los hombres de desayuno, almuerzo y cena, y en un capítulo se insinúa que tampoco le haría ascos a una mujer, ella se va a casar por enésima vez. Pero el candidato a marido resulta ser un fresco mujeriego de lo peor, algo que los espectadores ya nos dábamos cuenta porque viene interpretado por Jaime Azócar, y no recuerdo que él haya interpretado a un personaje monógamo alguna vez. El dulce vínculo no llega a celebrarse, por supuesto, y para consolarla, las otras tres chicas llegan a vivir con ella.

La verdad es que, como decía más arriba, no recuerdo la mayor cosa de la serie original, de manera que me fío en esto del making off que emitieron por UCV sobre la serie. En el original, las cuatro chicas eran simplemente compañeras de departamento. Acá, en cambio, tres de ellas son hermanas, y la cuarta es la madre de una de ellas, o sea, tía de las otras dos. Explicaban que el cambio se debía a la idiosincracia chilena, más apegada a lo familiar, lo que hacía más creíble que cuatro mujeres veteranas de mil batallas compartieran un mismo departamento. Aprovechan esto para, en un episodio, hacer narración enmarcada y contar una historia de juventud de las hermanas, interpretadas por actrices más jóvenes. Las mismas que interpretan el tema original de la serie, que se llama Para siempre, y que es uno de los puntos altos, porque no es una gran canción, pero cumple con lo que debe cumplir, o sea, ser pegajosa para que la gente silbe la melodía y haga por lo tanto promoción involuntaria de la serie:



La guionista, por cierto, es Lux Croxatto, que en la década de 1.980 daba de qué hablar como actriz, pero que después, por alguna razón que me es desconocida, desapareció de escena. Ahora reaparece como guionista. Merece la pena destacar este punto porque los guiones en general están muy bien construidos, y cada línea de diálogo es increíblemente precisa, hasta el punto que algunos capítulos ganan bastante viéndolos por segunda o tercera vez. Yo tuve que hacerlo, y las circunstancias respectivas son lo suficientemente inconfesables como para no ponerlas por escrito aquí.

Luego de todo lo anterior, viene lo realmente substancioso: qué tal es la serie. Y en esto, el resultado es bueno... pero podría haber sido mejor. En general, la serie tiene un buen nivel. Es barata, increíblemente barata en términos de producción, ya que el grueso de la misma se ambienta en la sala de estar del departamento de las cuatro, algo que es característico de las sitcoms clásicas como género, por lo demás; de todas maneras tienen algunas escenas en exteriores que amenizan un poco el panorama. Por suerte, se las arregla para sacarle buena punta a los diálogos y las situaciones. Algunos capítulos son mejores que otros, por supuesto. La serie gana mucho cuando se dedica a explotar las relaciones de las chicas entre ellas y con otros personajes de su entorno, y pierde un poco cuando las ponen a lidiar con situaciones un tanto foráneas. Capítulos como el de la tormenta eléctrica, o el computador robado y la investigación de la PDI, por ejemplo, no pasan de mediocres, pero por ejemplo el capítulo en el cual la Dolo debe afrontar a su ex marido y la neumática y joven segunda esposa del mismo, son bastante buenos.

Pero la serie no es perfecta, y el principal problema es que las protagonistas en general no son demasiado queribles. No sé qué tanto se parezcan a las caracterizaciones de la serie original, pero éstas en particular... simplemente no son gente con las que quisieras compartir un almuerzo. La Chichi, interpretada por Gloria Munchmeyer, no pasa de ser una narcisista neurótica que manipula y necesita desesperadamente ser el centro de atención de todo lo que pasa. La Dolo, interpretada por Ana Reeves, es una profesora bastante amargada por la vida, a quien el tema de la empatía es algo que le cuesta bastante. La Carmen, madre y tía del resto, interpretada por una nonagenaria e increíblemente activa Carmen Barros, es una señora prepotente y abusiva que sólo quiere hacer lo que se le antoja y se cree con derecho a sentarse sobre todo y sobre todos porque sí. Y la Bea, interpretada por Consuelo Holzapfel, es la más simpática del conjunto, la que tiene mejor carácter y es más entrañable, cuando no se le van los tejos en ser la tonta oficial del grupo. Con esto no quiero decir, y quiero poner un énfasis supremo en esto, que el trabajo actoral esté mal. Por el contrario, las cuatro actrices son de lo más granado de la escena televisiva chilena, y en todas y cada una de sus escenas muestran por qué están entre las mejores dentro de lo suyo. El problema no son las actrices en sí, que están muy bien, como decía, sino que los personajes a quienes interpretan son tan egocéntricos y mezquinos, que terminan haciéndose poco simpáticos. Habla muy bien tanto de las actrices como de la guionista, que a pesar de este defecto capital de los personajes, la serie funcione a pesar de todo.

Lo anterior no sería un problema, si la serie no insistiera en poner a las chicas como las heroínas del cuento. Un ejemplo concreto ayudará a definir esto. En un capítulo, nos enteramos de que, fuera de cámara, la Dolo le ha dejado el automóvil hecho una calamidad a su ex marido. Todos nosotros hemos sentido despecho romántico alguna vez en la vida, a todos en algún minuto nos han cambiado por otra persona, y todos hemos sentido unos deseos hirvientes de agarrarlos a los dos, amarrarlos bien amarrarlos, y echarlos al río para ver qué tan bien respiran con tres metros de agua por encima de la cabeza. Esa clase de sentimientos no son muy respetables, pero son comprensibles porque somos seres humanos. Pero hay que tener un par de desperfectos en el cráneo para tomar esas fantasías y pasarlas al plano de la realidad. Como mínimo, podríamos terminar desfilando ante el Juzgado de Garantía si se nos ocurre hacer algo así en la vida real, y con buena razón. Ahora bien, no es que el ex marido en cuestión no se lo merezca; lo interpreta Julio Jung, cuya especialidad como actor es interpretar a personajes marrulleros, después de todo. Pero aún así, no es una actitud muy de aplaudir, que digamos. Salvo porque la serie, en efecto, lo aplaude, y la Dolo se sale con la suya sin que nadie le reproche nada, con las amigas apoyando la mala conducta porque es la amiga y punto. Es un ejemplo un poco extremo, pero la serie está plagada de momentos así, en que las damas se comportan de manera atropelladora o desconsiderada, y nadie después dice nada... salvo que sea entre ellas, con perfecto espíritu pandillero. Y esto incluye que el humor se basa, en buena medida, en el comentario pesado y mordaz, que a veces cae simpático por lo ingenioso, y a veces resulta lisa y llanamente antipático.

¿Me entretuvo la serie? Sí, no puedo negarlo. Es simpática, ligera, y las actrices, como decía, se mandan interpretaciones que deben estar entre las mejores de su carrera. Pero las personajes en sí, resultan un tanto antipáticos, y eso impidió que de verdad me enganchara con ellas. Los guiones, como decía, muy bien trabajados y calculados al milímetro, pero serían insuperables si hubieran incluido algunas escenas o a lo menos líneas de diálogos que le dieran un lado más cálido a los personajes, o que los momentos enternecedores, que los hay, los dejaran respirar con libertad en vez de arruinarlos con un remate supuestamente cómico que vuelve las cosas a fojas cero. Para mí, ver un capítulo era un agrado porque a veces apetece ver algo ligero con lo cual descansar el cerebro, pero no recuerdo ningún episodio que de verdad me haya calado en el corazón. Y eso, tratándose de una comedia, cuenta como un problema.

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