domingo, 17 de abril de 2016

Despotismo ilustrado: Todo para el pueblo pero sin el pueblo.

Carlos III de España por Anton Raphael Mengs, hacia 1.761.
Uno de los eternos quebraderos de cabeza de la vida en sociedad, es el problema de cómo vamos a gobernarnos. En una comunidad pequeña, conformada por unos poquitos grupos familiares, poner de acuerdo a todo el mundo tiende a ser sencillo. Pero a medida que la población crece, los intereses se diversifican, y lo más importante, hay más bienes materiales en juego con las cuales satisfacer las siempre insaciables ambiciones personales, y por lo tanto, se hace más imperativa la necesidad de introducir alguna forma de regulación, algún tipo de arbitraje, y por lo general, de darle a ese árbitro un buen garrote para que apalee a los insumisos que sigan queriendo ir por libre. Pero resolver la necesidad de paz social con un gobierno que haga justo eso, que gobierne, hace surgir otro problema: cómo arreglárselas para que ese gobierno no termine transformándose en lo que Jared Diamond llamaba una cleptocracia, o sea, una casta o élite de fulanos que terminan explotando al resto de la comunidad en su propio beneficio, y por ende, destruyendo la mismísima finalidad para la cual, en teoría, el gobierno fue creado o aceptado, o al menos tolerado, en primer lugar.

La Europa del siglo XVIII afrontó este problema de manera muy aguda. Hagamos un poco de historia. En la época del Renacimiento, Europa sufrió una enorme rearticulación política. El antiguo sistema feudal, así como el nuevo sistema de ciudades libres, fue progresivamente acorralado por monarquías absolutas que, aprovechando nuevos inventos como la contabilidad moderna, la imprenta de tipos móviles, los nuevos instrumentos bancarios, etcétera, utilizaron la escala de los estados nacionales para destruir o a lo menos someter al grueso de las autonomías locales existentes con anterioridad. En un sentido esto fue positivo, porque ayudó a crear una Europa más ordenada y estable. Pero en otro sentido, trajo una consecuencia indeseable: estos nuevos gobiernos eran monarquías nacionales que se mandaban y rendían cuentas a sí mismos, y punto. A esto se le llamó el Absolutismo. Si a un Luis XIV se le ocurría ir a la guerra, nadie iba a pararle los pies, y el resultado iba a ser, y de hecho fue, una enorme serie de sangrías descomunales. Y en lo interno, claro, quienes estuvieran bien con el monarca absoluto iban a prosperar, sin que hubiera el más mínimo o elemental criterio de justicia o beneficio económico en todo esto. Es decir, el Absolutismo llevó también al empoderamiento de un grupo de privilegiados, los aristócratas y el clero, mientras que el bajo pueblo tendía a hundirse en la más abyecta miseria.

Algunas almas sensibles se dieron cuenta de este problema, y se abocaron a resolverlo. Las razones son múltiples. Algunos eran almas idealistas que se embarcaron en la empresa por quijotismo. Otros veían con preocupación que los abusos de los poderosos degeneraran en alguna clase de rebelión o estallido social que lo hiciera saltar todo por los aires. Y los había que, simplemente, pensaban que era posible introducir mejoras en la eficiencia económica, suavizando algunos de los aspectos más crueles del Absolutismo. Y entra aquí... el despotismo ilustrado.

Catalina la Grande caracterizada como Minerva, escultura de 1.790 por Fedot Chubin.
Conceptualizar el despotismo ilustrado es difícil porque no se trata exactamente de un movimiento filosófico o de una doctrina. Ni siquiera puede decirse que hayan teóricos de peso en el despotismo ilustrado, o por lo menos, no de una categoría tan icónica como el obispo Bossuet lo fue del Absolutismo, Locke del Liberalismo británico, o Montesquieu de la separación de poderes. En realidad, el despotismo ilustrado fue más bien una práctica, la de aquellos reyes que por idealismo, o por simple y elemental sentido de la prudencia, decidieron introducir ideas procedentes de la Ilustración, el movimiento filosófico de moda en la época, y así mejorar la calidad de vida de sus súbditos. Pero todo esto, sin que los monarcas renunciaran un ápice a su propio poder absoluto. Esta filosofía ha sido resumida en una frase escueta y reveladora: "Todo para el pueblo, pero sin el pueblo". O sea, el gobernante absoluto le cede todo al pueblo... excepto lo absoluto de su gobierno. Se dice que Catalina la Grande, déspota ilustrada ella, le dijo a su favorito Potemkin algo más o menos como lo siguiente, y valga la precisión de que cito de memoria aquí: "Debemos darle educación al pueblo, pero no demasiada, porque si el pueblo se educa de verdad, lo primero que harán será echarnos a patadas a ti y a mi".

Esto mismo se refleja también en la historia del monarca prusiano Federico el Grande, de quien ya hablamos aquí en la Guillermocracia a propósito de la Guerra de los Siete Años, y el filósofo francés Voltaire. En su juventud, Federico el Grande era un chaval entusiasta de las nuevas ideas, lo que en realidad no era exactamente raro. Federico es considerado una de las inteligencias más extraordinarias de su propio siglo, y no por nada, y encajonado como estaba en un país de segunda fila como Prusia, la idea de introducir principios filosóficos basados en la Ilustración para fortalecer la economía y la sociedad de su propio país, y hacerlo entrar en definitiva en las grandes ligas, era cuando menos un concepto atractivo.

De esta manera, Federico invitó a su corte a Voltaire, un filósofo francés famoso por su iconoclastia, y que por lo mismo, estaba llevando un mal pasar en su Francia nativa. Voltaire acabó como asesor personal de Federico el Grande, hasta el punto que se considera que un opúsculo del joven príncipe, el Antimaquiavelo, escrito para refutar las tesis de El príncipe de Nicolás Maquiavelo, en realidad sería obra de Voltaire como escritor fantasma. Pero después, Federico el Grande llegó a ser rey, y descubrió que gobernar era un arte un poco más sórdido y mezquino de lo previsto. Voltaire, que no tenía sobre sus hombros el peso del gobierno, insistió a Federico en reformas y cambios, y éste empezó a no hacerle caso. Chasqueado, Voltaire acabó por regresar a Francia, mientras que Federico, déspota ilustrado él mismo, en realidad acabó por no ser el tipo más reformista del mundo.

Federico el Grande de Prusia, en un retrato de 1.772 por Anna Dorothea Therbusch.
Todo esto no es exactamente novedoso. En realidad todo esto recuerda, y no por casualidad, los conceptos vertidos por Platón en la República, tratado filosófico que en la época de los déspotas ilustrados tenía ya la friolera de veintidós siglos. Platón planteaba un sistema político rígido y estructurado por castas, en donde a los súbditos, para mantenerlos en línea, debía contárseles una serie de mentiras acerca de los dioses y los héroes. A cargo de dicha sociedad debía estar un monarca absoluto, pero como un monarca absoluto puede derivar en un Joffrey Baratheon de la vida, entonces el rey debe también ser un filósofo porque los filósofos son la gente mejor y más sabia de todas, según Platón por lo menos, que según recordamos, era filósofo y no recolector de basura, por supuesto. Y si no se podía tener un rey filósofo, a lo menos había que tener un filósofo detrás del rey para que asesorara al monarca. El propio Platón lo intentó con Dionisio el Joven, tirano de Siracusa en Sicilia, hasta que Dionisio se cansó y Platón tuvo que hacer natación olímpica hasta Atenas para salvar el pescuezo. Algo más de dos milenios después, Voltaire y Federico el Grande repitieron la misma historia.

No se puede decir que los déspotas ilustrados no se pusieran con el progreso de sus naciones, aunque podemos añadir con una vena cínica, en muchos casos la propia corona se veía favorecida con las reformas. Bajo los déspotas ilustrados surgieron los primeros códigos legales, por ejemplo, que intentaban introducir algo de racionalidad en la frondosa y a menudo desordenada legislación anterior, unificando principios legales y corrigiendo privilegios particulares que resultaran abusivos. También introdujeron algo de sensatez en los procedimientos legales, aboliendo o a lo menos limitando la tortura por ejemplo. Lucharon contra los privilegios tributarios de la aristocracia, con mayor o menor éxito. Establecieron catastros para la tierra, lo que redundó tanto en los derechos de los campesinos, como en mayores recaudaciones impositivas para la corona. Intentaron abolir o a lo menos limitar las servidumbres. En general, intentaron humanizar un resto el sistema social, para que los pobres y menesterosos tuvieran siquiera un espejismo de protección frente a los abusos de los poderosos.

Y entre los pasos más audaces, estuvo el estimular la vida cultural. Los déspotas ilustrados intentaron en general promover una cierta tolerancia religiosa, lo que por supuesto servía para hacer entrar a los curas en cintura. Además fomentaron los cenáculos literarios y las academias de artes y ciencias, en lo que era el equivalente dieciochesco de lo que en la jerga tecnocrática actual se llama invertir en I+D. El espíritu general era que permitir y fomentar el libre debate de ideas por parte de eruditos e intelectuales, iba a significar un estímulo para la creatividad artística, a la vez que las ciencias iban a experimentar un desarrollo que permitieran nuevas teorías económicas que mejoraran la administración del Estado... y, por qué no, nuevas tecnologías que pudieran ser aplicadas al alegre arte de masacrar enemigos en la guerra.

Ejemplar de la Enciclopedia de 1.770.
Ahora bien, no debemos caer en el error de generalizar. Los monarcas europeos tuvieron reacciones muy dispares hacia este nuevo juguete que era el despotismo ilustrado. Por regla general, podemos decir, las naciones más atrasadas abrazaron el movimiento con mucho más entusiasmo que las más avanzadas. En Inglaterra, que había emergido de la Guerra de los Siete Años como la mayor superpotencia del mundo, y que de hecho ya era una monarquía constitucional, el despotismo ilustrado ni siquiera llegó a poner un pie. En Francia, por su parte, la más grande potencia militar del continente, bajo el gobierno de un huevo tibio y pasado por agua como lo era Luis XV, las ideas del despotismo ilustrado fueron intensamente combatidas por el clero, que adivinaban muy bien lo que tales ideas significaban para su base de poder. En la península ibérica, hogar de dos naciones que después del Tratado de Utrecht en 1.714 habían pasado a ser potencias de segundo orden, José I de Portugal y Carlos III de España abrazaron con cierto entusiasmo las ideas de reforma al interior del Estado, y de hecho llevaron a cabo importantes proyectos de modernización... lo que no impidió al marqués de Pombal, favorito del monarca portugués, aplicar una drástica persecución política a todos los enemigos de la corona. Y en el centro de Europa, que después de la Guerra de los Siete Años iba en declive inexorable, así como en Rusia, que estaba emergiendo como la gran superpotencia del este, las ideas del despotismo ilustrado también fueron muy bien acogidas.

Y entonces vino el estallido contra los privilegiados de 1.789. Que se produjo no en alguna de las naciones que habían abrazado el despotismo ilustrado, sino en la más hostil de todas ellas: Francia. De pronto, los monarcas europeos descubrieron lo que pasaba si se dejaba salir fuera de todo control a las ideas ilustradas: podía ser que la plebe se tomara esos conceptos demasiado a pecho, agarraran a sus monarcas, y los pasaran por la guillotina junto con un montón de aristócratas para que la fiesta fuera de verdad en grande. Los reyes europeos tomaron nota, y a partir de 1.792 armaron sendas coaliciones para atacar y ojalá arrasar a Francia del mapa; las guerras subsiguientes vinieron a terminar sólo con el Congreso de Viena de 1.815, el mismo que desmembró al Imperio Napoleónico. Y lo más importante: que promovió una restauración brutal del Absolutismo, que a su vez generó otra oleada de revoluciones que vinieron a ocupar la mayor parte del siglo XIX. En la práctica, el estallido revolucionario de 1.789 significó que ya no podía haber lugar para un despotismo ilustrado que era demasiado para los monarcas, y demasiado poco para los revolucionarios.

Y esto nos lleva a un punto crucial, dentro de lo que es el despotismo ilustrado. En realidad, dicho movimiento político estaba destinado a fracasar prácticamente desde el minuto uno. Porque el despotismo ilustrado en definitiva intenta el imposible de mezclar agua con aceite. La Historia ha probado una y otra vez, que los regímenes políticos más eficientes son los que respetan los principios fundamentales de la democracia. El respeto a la vida, la seguridad y la propiedad de los ciudadanos generan para éstos una base económica sobre la cual pueden emprender y prosperar, y la sociedad en su conjunto termina haciéndose así más rica. Desde este punto de vista, la generación de una casta de privilegiados capaces de imponer su abuso sobre el resto de la sociedad, termina por destruir esa base de emprendimiento económico, y la sociedad entera se ve frenada y termina entrando en crisis. Así, cualquier política que busque una mayor prosperidad para los gobernados, pasa por combatir y limitar los privilegios.

Caricatura que muestra al tercer estado (los burgueses y el pueblo) cargando en andas a la nobleza y el clero.
En este contexto, el despotismo ilustrado fue un intento por parte de los privilegiados del siglo XVIII, de introducir ideas de respeto a la vida, la seguridad y la propiedad, conservando al mismo tiempo el estatus de los monarcas absolutos como privilegiados. Y ambas cosas son por definición antagónicas. Mientras más obligación haya de respetar la vida y la seguridad de los súbditos, menos armas legales tienen los gobernantes para perseguir a los disidentes. Mientras más obligación haya de respetar la propiedad o de mantener un sistema tributario racional y equilibrado, menos poder para hacerse ricos tienen los privilegiados. En definitiva, los monarcas absolutos y su camarilla de privilegiados, que devinieron en déspotas ilustrados, se veían ante la dramática realidad de que la mejor manera de conseguir los objetivos propios de los déspotas ilustrados, de fortalecer a sus naciones y a sus respectivas sociedades, era suprimir su propio poder absoluto. Es decir, los déspotas ilustrados intentaron incrementar su propio poder fortaleciendo a sus naciones, aplicando políticas y principios que, en última instancia, terminaban por negar ese mismo poder que estaban intentando incrementar, en lo que en definitiva venía a ser dispararse en el propio pie.

Y aún así, es significativo que el gran estallido revolucionario se produjera justamente en Francia, la nación más hostil al despotismo ilustrado. Los privilegiados franceses adivinaban muy bien lo que ocurriría si se aplicaban políticas de despotismo ilustrado a mansalva, se opusieron a ellas, y la situación de miseria resultante para el bajo pueblo fue tal, que llevó a la Revolución Francesa y a la decapitación en masa de los aristócratas. En buena medida, los restantes monarcas absolutos de Europa se libraron en buena medida de ese destino, justamente por haber mejorado en el intertanto las condiciones de vida de sus súbditos. Hubo estallidos revolucionarios fuera de Francia, siguiendo el ejemplo de la Toma de la Bastilla por supuesto, pero éstos no resultaron ni de lejos tan significativos o sangrientos como el de la misma Francia. Quizás el estallido más revolucionario y bestial de todos los que siguieron en la onda expansiva de 1.789, fue el que durante la década siguiente se produjo en Haití, y que remató en su independencia en 1.803... y no por casualidad, Haití era un territorio lacrado por la plaga de la esclavitud, y además, una colonia francesa, o sea, una que tenía el ejemplo casi a la mano.

Como hemos mencionado, la idea de fondo del despotismo ilustrado, ha ido surgiendo en otros tiempos y lugares, antes y después del siglo XVIII. De hecho, es casi una fórmula de supervivencia, desesperada por supuesto, para todos quienes se ven enfrentados al problema de cómo mantener a un grupo de privilegiados sobre una ciudadanía cada vez más descontenta con esos privilegios. Y es muy poco probable que esta historia no vuelva a repetirse. La tendencia de los sistemas políticos a generar castas de privilegiados, después de todo, es inherente al sistema, porque forma parte de la naturaleza humana misma el querer empinarse un poquitito por encima de los demás. Así es que, mientras haya sociedad e Historia humanas, lo más seguro es que la un tanto penosa historia del despotismo ilustrado se vuelva a repetir una y otra vez, con frecuencia quizás algo monótona.

La llegada de Isabel de Borbón-Parma para su boda con José II de Austria, pintura de 1.760 por Martin van Meytens.

No hay comentarios:

Related Posts with Thumbnails