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domingo, 13 de marzo de 2016

Siete clases de espectadores insufribles en el cine.


La cultura del yo primero y los demás que se pudran sigue su expansión lenta, reptante e imparable. En los últimos años, se ha apoderado de un nuevo bastión: las salas de cine. Porque ir al cine se torna un suplicio mayor cada día. No tanto por el nivel de las películas, que por lo general no es el más óptimo, pero películas malas se han rodado desde que el cine es cine. No: ahora el verdadero suplicio son los otros espectadores. Los que llegan al cine a hacer vida social, o en general, a hacer cualquier cosa menos ver la película. Gente contra la que no cabe hacer nada porque, como sabemos, vivimos en una cultura de derechos, en donde toda la gente tiene la libertad de ser como se quiera y hacer lo que se quiera, y mantener determinados códigos de conducta que significan respeto para los semejantes, esas cosas son propias de viejos carcamales anclados en una cultura de prohibiciones, y prohibir es algo tan castrante que debe ser prohibido, por supuesto. De manera que debemos sufrir a esos fulanos porque, en teoría, nosotros tendríamos el mismo derecho para portarnos igual. O de cómo al final, con esa lógica, mejor dejemos de ir a las salas de cine y convirtámoslas en un café con mucha conversación, en donde se exhiba la película en un telón de fondo, pero sin volumen para que ese ruido no moleste a lo que sea que estemos haciendo en el café. Pero por mientras no ocurra esa imprescindible innovación... aquí en la Guillermocracia hacemos un breve repaso de siete tipejos a los cuales por lo general dan ganas de sacar a patadas de la proyección de una película.

1.- El comentarista de fútbol.

Partamos por el más obvio de todos: el que hace las veces de locutor de la película. Se trata del fulano que se sienta cerca de uno y comienza a referir todo lo que está sucediendo: "Mira, le está disparando", "Mira, ahora se van a besar", "Mira, aquí es en donde se muere el malo", "Si se lo van a cargar, mira". Por alguna razón, este tipo siempre dice "mira" a lo que está comentando, como si uno no estuviera mirando, aunque esto último se haga un resto de difícil porque el comentarista con sus comentarios tiende a sacarlo a uno de la pantalla. Como si uno no lo estuviera viendo en la pantalla. Por suerte no hacen demasiadas películas sobre fútbol, porque de lo contrario, lo tendríamos gritando atrás: "¡¡¡GOOOOOOOOOOOOLLLLLL...!!! Maravilloso gol, señores, maravilloso, en el minuto 57 de la película, por el equipo de los perdedores bondadosos en busca de su última oportunidad, contra el equipo famoso pero prepotente, un maravilloso gol, me emociono, señores, me emociono ante esta muestra de buena fotografía, buena actuación, una escena de acción deportiva muy bien rodada, señores...". Por supuesto, éstos son particularmente odiosos cuando una película recurre en particular a crear atmósfera. El cine de horror es el ejemplo más obvio, pero también pueden ser los dramas históricos, las películas románticas... Esta es la clase de espectador por el cual se han escrito cosas como el artículo "Traqueotomía" en la Wikipedia, sólo por si algún desesperado decide leerlo, aguardar la oportunidad, y cuando se haga necesario, ofrecerse como voluntario para practicarla...

2.- El insensible que se ríe con los muertos de la película.

Todos los muertos son buenos, salvo en el cine, porque todos queremos ver morir a los malos. Algunas muertes son icónicas del cine, y nos han conmovido hasta las lágrimas o poco menos: los mayorcitos recordarán la muerte de Melanie en Lo que el viento se llevó, los de Ciencia Ficción la despedida de Darth Vader en El regreso del jedi, los fanáticos del cine bélico la muerte del pobre sargento en Rescatando al soldado Ryan... Y justo cuando nuestros corazones están movidos porque el cine nos hace enfrentarnos de bruces con la finitud de la existencia y la fragilidad de la belleza de este mundo, viene ese espectador maldito a soltar una risilla estúpida acompañada de un "mira, jajá, se murió". Es de escucharlos, y uno deja de creer en la Humanidad. ¡Un ser humano acaba de morir, imbécil! Sí, es ficción. Después de rodar la escena, el actor por lo general vivió para actuar otro día. Pero el cine es ante todo una operación de empatía: el poder de una buena película es tal, que consigue hacernos olvidar que los momentos más emotivos en realidad son algo tan aséptico como la interpretación que nuestro cerebro hace acerca de la percepción de un chorro de fotones proyectados por una máquina sobre una pantalla blanca, acompañados por ruidos y sonidos de distinta ralea. Pero a estos bellacos, nada los emociona. Esta clase de sujetos no llega a preguntarse qué clase de desalmado querría relacionarse con ellos y ser su amigo. No les importa. Si alguien muerde el polvo, que no sea ellos, da lo mismo, porque ellos están bien y pueden reirse un poco a costillas de la desgracia ajena. Por desgracia, cuando les toque a ellos morirse, no nos oirán reirnos a nosotros en venganza porque... estarán muertos, como diría mi amigo el locutor de 1000 maneras de morir.

3.- El pateador de butacas.

Estamos sentados de manera confortable, viendo la película, y de repente, la butaca atrás nuestro se mueve de manera brusca. De pronto, nuestro relajo se fue al demonio. Alguien ha decidido estirar las piernas, con una mentalidad de que quien se interponga en el camino de su pierna, se tiene merecida la patada que le llegue, por no saber quitarse. Por supuesto, no es la patada en sí el problema. A veces, con lo estrechas que pueden ser las salas de cine, dar una patada adelante es inevitable, y eso uno lo sabe. A veces, no vuelves a sentir una patada en toda la película, y terminas por olvidarte del incidente, como la mala casualidad que probablemente fue. Pero a veces, el desgraciado reincide. Porque sí, porque encuentra de lo más relajante patear al tipo que está delante suyo. Naturalmente, el problema no es la patada en sí; se trata de un remezón y punto. El problema es que el cerebro se programa de manera automática para esperar la siguiente patada, uno se pone en estado de alerta... y adios al disfrute de la película. Pero si bien uno puede darse vuelta, y si el otro de verdad no se ha dado cuenta, a lo mejor ponga más cuidado en lo sucesivo, hay un caso en donde eso es imposible, o al menos muy lesivo para la salud: que se trate de una pateadora mujer, y que esté al lado de su novio que sea un muñeco de gimnasio. En este caso, mejor salir con el sistema nervioso alterado, que con el sistema óseo quebrado.

4.- El imbécil del móvil encendido y con la pantalla con el máximo de brillo.

El móvil nació para hablar por teléfono, pero hoy en día, casi nadie habla por él: todo el mundo guasapea, navega por Internet, y juega a Angry Birds, Candy Crash, o el a saber que esté de moda a según qué año. Una de las ramificaciones impensadas de estas nuevas tecnologías, es el cableta cuyo cerebro termina absorbido por Internet, de manera que si le apagan la conexión, se hunde como una planta mustia y se muere de inanición. Esta es la clase de sujeto entonces que, dentro de la oscuridad del cine, empieza a sentir la picazón en los pulgares, esa picazón tan familiar que lo está llamando, llamando, la vocecita interior que le dice que es un crimen perfecto, que nadie lo verá, que en realidad ya pagó por la entrada y por lo tanto en el cine puede hacer lo que quiera, que si no habla en voz alta entonces no molesta a nadie... Y así, casualmente, este adicto terminal desliza lentamente el móvil desde el lugar en que lo tenga guardado, lo enciende, y siente la lasciva petit morte de tocarlo, acariciarlo y hacerlo suyo. Y por supuesto, como siempre se puede caer todavía más en la escala evolutiva, tenemos a un ejemplar todavía más avanzado en su depravación tecnofílica: el tipo que saca el móvil para tomarle fotos y videos a la pantalla. Con la dichosa pantallita del móvil como gran punto distractor en medio del cine. Como si no hubieran suficientes fotos y videos de esa película en Internet, de calidad incluso mejor a la que se podrá obtener ahí, y si no hay, las habrá en algunos meses cuando salga el DVD, porque créanlo o no, todavía hay gente que los compra. Esta es la clase de personaje al cual no le decimos por dónde se puede ir metiendo el móvil, porque sería inútil: considerando su relación fetichista con el mismo, podría gustarle.

5.- El que habla por el móvil.

Y luego existen esos trogloditas que todavía usan el móvil para hablar. Hasta ahí, nada de malo. Se supone que para eso inventaron la tecnología de marras, y con eso, la vida se hizo mucho más sencilla en numerosos respectos. El problema es que ni se les ocurre apagar el móvil en el cine. ¿Por qué? Porque van a contestarlo, a pesar de estar rodeados de gente que, se supone, quiere ver la película en pantalla grande con tantas ansias que incluso pagó su entrada para estar ahí. Y entonces suena el móvil, y tenemos la conversación más condescendiente del mundo. Parte con un: "¿Aló? No, si no puedo hablar, estoy en el cine". Y luego, hacen justamente lo que acaban de decir que no pueden hacer: se ponen a hablar. Uno está tratando de dejarse llevar por esa colosal escena de acción, por esa tierna pareja romántica, por ese pobre deportista que tiene su última oportunidad para demostrar su propia valía, etcétera, y de pronto, a uno el argumento empieza a entremezclársele con cosas tales como "los documentos te los envío a la oficina la próxima semana, ¿de acuerdo?", o "el pan para el desayuno de mañana" y otras impertinencias que, uno descubre, está conversando el tipo que había partido por decir que estaba en un lugar en el cual no podía hablar. Y uno se acuerda de la madre del sujeto, no por alguna grosería, por supuesto que no, sino porque esa buena señora debería haber educado mejor a su vástago, para que respetara la esfera auditiva personal de los demás. Y hablando de madres...

6.- El que lleva a bebés en edad de llorar.

Si uno se mete a una película infantil, calificada Todo Espectador, uno sabe a lo que va. Habrán niños, algunos más o menos educados y otros no tanto, pero todos ellos en la edad del juego y del aprendizaje. Soportar a esos locos bajitos es parte del trato, casi tanto como si estuviera incluido como cláusula impresa en la entrada: "EXENCIÓN DE RESPONSABILIDAD: Con la compra de la presente entrada, y tratándose de una película infantil, el espectador presta su consentimiento explícito e irrevocable a tener que soportar a niños malcriados hablando o caminando por los pasillos, y por tanto exime de toda responsabilidad al cine o sus trabajadores por la presencia de los mismos en el interior de sus dependencias". Pero luego están las madres que tienen la bendita idea de llevar a sus niños de menos de tres años al cine, y a veces, a bebés que apenas tienen semanas. A veces, a ver una película infantil. Y a veces, inclusive, una película que en estricto rigor debería ser para adolescentes e incluso adultos. Normal entonces que el chico se distraiga, o peor aún, se asuste con el ruido de los parlantes y se ponga a llorar. Pero ellas, enfrentadas, dirán que "no tenían con quién dejar al niño", y cuando uno contesta lo lógico, que es algo en la línea de "entonces usted no viene al cine, porque tiene una responsabilidad como madre", la respuesta es una mirada con cara de asco, porque en qué clase de mundo depravado podría ser que ellas tuvieran que renunciar a ver una película únicamente porque tienen que cuidar a un engrudo de células al que echaron al mundo después de haberlos cargado nueve meses. Porque renunciar a algo para hacerse cargo de una responsabilidad propia o respetar el derecho de los demás, o ambas cosas, sólo un dinosaurio reaccionario podría pensar una noción tan alienígena como ésa, ¿verdad? Que estamos en el siglo XXI, chico, así es que vive tu vida y deja vivir a los demás. Con llantos de bebé incluidos.

7.- El que hace vida social en el cine.

El grueso de nosotros somos sociables en mayor o menor medida, pero algunas gentes llevan esto al extremo, y viven en exclusiva por y para su grupo de amigos. Se juntan con ellos, se sienten lo más de lo más, y de pronto, de ser unos pobres diablos que cuando se mueran nadie los echará de menos, pasan a ser unos Tony Manero de lo más entradores. Y tienes la desgracia de que esos infelices entran a la misma función de cine que tú. Y se sientan a poquitas butacas que las tuyas, y se ponen a hablar en voz alta de cualquier cosa. Tú tratas de ver la película, y no hay caso. Ellos decidieron, con esas porciones microscópicas de materia que ellos llaman sus neuronas, que su reunión social iba a ser en un lugar en donde están exhibiendo una película que no están viendo, alrededor de gente a las que no les importa fastidiar, y que van a hablar largo y tendido durante dos horas, porque para eso pagaron la entrada, ¿no? Lo divertido es que ellos pagaron su entrada cuando podrían hacer lo mismo en otro lugar, y ahorrarse el dinero para invertirlo en cerveza, o algo así, y hacer su reunión algo todavía más agradable. Es decir que el grueso de los anteriores tenía al menos una excusa, aunque ésta fuera débil, porque algo tenían que ganar, mientras que éstos molestan a los demás, pero además de eso obtienen una pérdida monetaria en vez de un provecho personal. Salvo que, y nos ponemos tétricos aquí... el razonamiento de estas gentes sea: "El gusto de molestar parroquianos en el cine bien vale pagar el costo de la entrada", lo cual ya colinda con la mentalidad sociópata, por supuesto.

Y una última reflexión. Solemos encontrar que las películas de hoy en día, muy en particular los blockbusters, son malas porque tienen todas el mismo guión tipo, carecen de ideas, etcétera. Y sin embargo, ¿no será que estamos juzgándolas de más porque estamos prejuiciados en contra de ellas, a según qué compañeros de butaca nos toquen? Es un buen punto para reflexionar.

6 comentarios:

Martín dijo...

Con respecto al primer espectador, menos mal que no hay más películas del tipo "Shaolin Soccer"...
Y con respecto al segundo, puede haber una subclase: el que se ríe con el momento dramático de la película (que sin muertos). Por ahora me acuerdo del que se ríe con el Náufrago cuando pierde a Wilson (¿o será otra muerte? Ahora me asalta la duda...).

Guillermo Ríos dijo...

Cuando fui a ver Creed, por lo menos, no habían de ésos. Por suerte, o de lo contrario me encomendaba a los manes de Apollo Creed, y ahí mismo me levantaba y mandaba a alguien para el hospital... a mí mismo, probablemente, si el tipo hubiera sido más alto o más joven que yo, pero bueno, hubiera cumplido con mandar a alguien para el hospital.

Los segundos en realidad no serían una subclase, sino la superclase que agrupa a los anteriores, en una relación de género a especie.

Elwin Álvarez Fuentes dijo...

¡No sabes cuánto me siento identificado con todo lo que aquí escribes! (que además otra vez me has causado gracia). Creo que he tenido la mala suerte de conocer a todas las clases que mencionas; no obstante con orgullo te puedo decir que aprovechándome de mi "atlética" figura y voz fuerte, no vacilo en llamarle la atención a estos idiotas, entre hombres y mujeres, que para nada dejo que me pasen a llevar mi derecho a disfrutar una buena peli en el cine (y me han tocado "flaites" entre estos y, te recalco, se me sale el "flaite" interior que la mayoría llevamos dentro).
Nunca olvidaré la ocasión en que con un amigo en un cine repleto fuimos a ver con todas las ganas del mundo "El Retorno del Rey". Pues estábamos en una de sus escenas más dramáticas, cuando lejos de mi ubicación suena un celular y lo contestan. La llamada fue breve, pero al rato volvieron a llamar al mismo número y la mina inconsciente una vez más respondió...Entonces me convertí en Hulk y le grité a la tipa: "¡Apaga el celular, conchetumadre!" (disculpa que no me autocensure). La mujer corto altiro y no te voy a mentir que hasta me aplaudieron.

Guillermo Ríos dijo...

Si la película es un blockbuster más o menos idiota o descerebrado, tiendo a aguantarlo porque me lo tengo merecido, por ir a meterme allí en donde la cantidad de neuronas por centímetro cúbico de capacidad craneana tiende a ser inferior a la media antropológica planetaria. Pero cuando se trata de películas un poquito más artísticas o que hay que ver con mayor atención, y alguna de esas viejas idiotas o viejos de porquería que van al cine a ver cierta clase de películas, agarra el celular y comienza a hablar, a veces si amanecí con la estrella muy malaspectada en la mañana, he llegado también a levantar la voz. Hasta ahora ha funcionado, quizás porque yo no he llegado todavía a la edad de ser un viejo de porquería, y por lo tanto, a lo mejor hasta les mete miedo que alguien de mi edad se enoje.

Quizás lo mejor será forrar las salas de cine con papel celofán, para crear interferencia electromagnética que elimine la señal del celular, y los convierta en aparatos inútiles para hablar. Claro, todavía pueden tomar fotos a la pantalla o deslumbrarnos con el brillo de la pantalla, pero bueno, una ganancia es una ganancia...

Martín dijo...

Pues parece que hay que ponerse a temblar, ya que Cinemark está considerando seriamente la posibilidad de permitir el funcionamiento de los celulares en el cine... Espero que esa medida se atrase lo suficiente como para no ver eso.

Guillermo Ríos dijo...

Yo pensaba que ya lo permitían. Es ir a un Cinemark y ver como hay toda clase de indeseables usando esos aparatitos de porquería. Vivir la experiencia en realidad aumentada o algo así lo llama la gente. Yo lo llamo andárselas buscando.

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