domingo, 27 de diciembre de 2015

El futuro del sexo.


A comienzos de este 2.015 que ya está marchándose, don Francisco José Súñer Iglesias, Dios Emperador del ya veterano El Sitio de Ciencia Ficción, tuvo a bien extender una invitación para participar en el aniversario del mismo. Como suele suceder con tales celebraciones de aniversario, la invitación se extiende a varios ensayistas del medio para que escriban sobre un tema común. En este caso, fue la presencia del sexo en la Ciencia Ficción. El artículo que envié y que fue publicado para la ocasión, es el que incluyo ahora en la Guillermocracia. Y sin más preámbulos, lo reproduzco aquí:

El futuro del sexo:

Alguien, por desgracia no recuerdo quien, sostenía que la Ciencia Ficción no era un género sino un escenario. Es decir, la Ciencia Ficción no era sino la proyección de los viejos motivos narrativos de la novela y cuento realistas de toda la vida, pero en un escenario futurista. Es una afirmación discutible, por supuesto, considerando que algunos tópicos son tan propios del género que son difíciles de compatibilizar con la literatura realista, pero no deja de tener su germen de verdad: para que la Ciencia Ficción funcione como literatura, debe existir un equilibrio entre un escenario ficticio por un lado, aunque más o menos previsible con la ciencia y tecnología actuales, y por otro lado, personajes que tengan motivaciones y cosmovisiones de aquí y de ahora, so pena que el lector termine por no identificarse con ellos, sus valores y sus motivos.

Y aquí es donde cae la cuestión del sexo, y su extraño tratamiento por parte de la Ciencia Ficción. Todo el que sepa un poquito de Historia, tiene notas de que la moral y la práctica sexual ha ido variando con el curso de los tiempos. Veamos un par de ejemplos prácticos. Tratándose de sexo fuera del matrimonio, en la Biblia o el Imperio Hitita había que distinguir entre relaciones sexuales en la ciudad, en que se castigaba a la mujer por dejarse ultrajar en vez de pedir auxilio, versus las relaciones en despoblado, en donde se consideraba a la mujer como inocente porque no habría podido tener medios de defensa. Otro caso. En la Edad Media, si había promesa de matrimonio de por medio, las relaciones sexuales prematrimoniales servían para consumar el mismo aunque no hubiera párroco de por medio, lo que era un castigo contra el clásico seductor que pidiera una probadita de la novia antes de la bendición del cura; hoy en día, en cambio, la promesa de matrimonio no tiene ningún valor, ni en lo jurídico ni en lo religioso.

Si aplicáramos la misma regla a la Ciencia Ficción, veríamos que en cada historia, las prácticas y usos sexuales deberían ser los de la época y sociedad retratados en la ficción. Pero en vez de ello, lo que observamos es que las prácticas y usos sexuales, tienden a acomodarse más con la época en que fue escrito el relato, que con la sociedad futurista o imaginaria descrita. Así, la Ciencia Ficción de la Edad de Oro tendía a ser tremendamente pacata porque fue escrita en un mundo anglosajón plagado de una concepción restrictiva de la moralidad sexual, mientras que la Nueva Ola, ya envuelta en la ética de los hippies y el Flower Power, resultó mucho más atrevida en este rubro. Hay excepciones, eso sí, e incluso obras cuyo punto completo es la relación del sexo con la tecnología, pero son más bien casos puntuales que la regla. Con todo, en general, y sin perjuicio de algún dramático giro hacia el conservadurismo en la sociedad de nuestro futuro, la Ciencia Ficción de la actualidad lo tiene bastante más fácil para tratar el tema del sexo, que hace cien o doscientos años atrás.

Lo irónico del caso es que esta liberalización para hablar del tema del sexo llega justo a tiempo... para atestiguar que dicho tema bien podría estar desapareciendo.

Partamos porque el sexo es la maravillosa respuesta evolutiva que encontró la biología de nuestros ancestros para acelerar el intercambio de genes, y con ello, la evolución misma. Los mecanismos de reproducción asexuales son muy efectivos, tanto que un microbio parásito reproduciéndose por bipartición es capaz de invadir un cuerpo humano en cuestión de pocos días, y en algunos casos, incluso de horas. Sin embargo, salvo mutaciones imprevistas, todos los descendientes son clones del original, por lo que la variedad genética no es mucha; basta un accidente ambiental, y todos estos clones terminan barridos de la existencia. Reproducirse por vía sexual es un tanto más arduo, pero a cambio, la descendencia es genéticamente más fuerte, y la especie en su conjunto tiene más oportunidades de sobrevivir y prosperar. Esa es, de hecho, la razón por la que más arriba del mundo microscópico, las especies sexuadas han barrido del mapa a las asexuadas, aunque a éstas todavía les queda la nada despreciable parcela que representa la vida microbiana.

Pero hoy en día, estamos en el umbral de una revolución genética. Es muy posible que durante el siglo XXI, y si no ocurre algún colapso social de por medio, el ser humano llegue a dominar la Ingeniería Genética hasta un punto en que puedan fabricarse bebés de diseño y a medida de los deseos de sus padres, o de los padres que tengan recursos para pagar dicha tecnología, por lo menos. Y algo más adelante, quizás para el siglo XXII, es posible que se haya desarrollado la tecnología de úteros artificiales hasta un punto en que la reproducción biológica humana pueda realizarse por completo fuera de un cuerpo femenino, desde la fecundación hasta el parto. Si desde la píldora anticonceptiva que es posible concebir el sexo sin reproducción, esta tendencia podrá ser llevada hasta su extremo lógico. El sexo para la reproducción simplemente dejará de tener sentido.

Pero hay otro ataque todavía más devastador en contra del sexo: la informática. Los avances en neurología, y su posible integración con soportes informáticos, permiten imaginar un futuro en el cual incluso nuestras propias mentes ya no necesitarán soportes biológicos para manifestarse. Por primera vez en 4.000 millones de años de evolución, habrá en la Tierra seres vivos que podrán prescindir del código genético para existir. Y esta tecnología no es algo que pertenezca al futuro, porque hoy en el presente ya hemos dado los primeros pasos para dicha integración. Después de todo las redes sociales, la blogósfera, o los sistemas de almacenamiento de archivos en la nube no son otra cosa sino la extensión de nuestras propias mentes hacia lo que antiguamente se llamó el ciberespacio. Hoy en día, si una persona muere biológicamente pero su perfil de Facebook permanece abierto, es en cierta medida una proyección de su mente la que sigue viva. Incluso más: podemos pensar en que esta tecnología ha rondado entre nosotros a lo menos cinco mil años, desde que se inventó la palabra escrita, y la nueva tecnología del soporte informático en realidad es una sofisticación de eficiencia mortífera, de herramientas de integración neurotecnológica que ya han existido durante milenios. Ignoramos si viven entre nosotros los descendientes de Enheduanna, princesa acadia del siglo XXIII a. C. que escribió poemas en homenaje a la diosa Ishtar y que es la más antigua escritora conocida por nombre, pero una porción mínima de su mismísima mente todavía sigue hablándonos directamente de tú a tú, no gracias al sexo sino al poder de la palabra.

Todo lo anterior ha redundado en lo que alguna vez pareció casi imposible: que el sexo se vaya convirtiendo poco a poco en una parte cada vez menor de nuestras vidas. El impulso biológico sigue ahí, por supuesto, pero dirigido en otras direcciones. Ya llegan noticias desde naciones como Inglaterra o Japón, respecto de que las nuevas generaciones prefieren más estar enganchadas a Internet, que practicar el sexo. Las relaciones sociales se están haciendo virtuales, y el sexo es, a fin de cuentas, otra relación social más. Después de todo, el sexo con uno mismo también es sexo, e Internet es la más poderosa herramienta jamás inventada, de todas las que puedan cumplir con ese propósito. Sólo en el Tercer Mundo, allí en donde el acceso a Internet es casi nulo, siguen operando las viejas fuerzas biológicas reproductivas a toda su capacidad, con el consiguiente impacto demográfico sobre la sociedad.

Todo lo cual configura un panorama bastante deprimente para el escritor de ciencia-ficción, si de escribir sobre sexo se trata. Por un lado, tiene más libertad que nunca para explorar el tema. Por el otro... los desarrollos tecnológicos y sociales están dejando cada vez menos espacio para el mismo. O quizás, dándole otra lectura, es precisamente porque el sexo ha ido perdiendo importancia, que es más fácil y menos escandaloso hablar sobre el mismo. Así, es posible que el sexo ya no sea un tema incómodo para la ciencia-ficción no porque la sociedad se haya hecho más liberal, sino porque es posible que el futuro del sexo sea apenas testimonial.

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