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domingo, 13 de diciembre de 2015

Dejar libros tirados.

Naturaleza muerta, novelas francesas, obra de Vincent van Gogh (hacia 1.888).
Todos quienes crecimos con el gusto por la lectura, tenemos seguramente el mismo recuerdo: el de cómo nuestros compañeros de curso en el colegio o liceo protestaban por tener que leer tal o cual libro. Una novela de 100 o 200 páginas podía hacérseles perfectamente un drama, mientras que para nosotros, los curtidos en descifrar esos signos cabalísticos en negro sobre fondo blanco, era casi un paseo de campo. Salvo que se tratara de Pedro Prado, uno de los escritores chilenos más pestíferos de todos los tiempos, lo que debe ser una clase de récord, porque de haber escritores chilenos aburridos los hay, y a paladas.

En definitiva, para nosotros, el poder leer un libro de pe a pa era una especie de título ceremonial de graduación. O sea, uno es un adulto hablando en términos intelectuales, cuando es capaz de afrontar un libro, cualquier libro, y leérselo entero, sin que importe la cantidad de páginas o el tamaño (o escasez de tamaño) de la letra. Uno puede mirarse a sí mismo con orgullo, inflar el pecho, y decir: "Esta novela no me la ganó, me la leí entera". Es posible que los libros técnicos, los escritos de verdad para especialistas, estén exceptuados, porque por algo están redactados en la jerigonza de los pocos elegidos para la gloria que serán capaces de descifrarlos. Pero el resto... el resto son aptos para ser descubiertos y colonizados.

Leer un libro entero es por supuesto el objetivo ideal de la lectura. No en balde, se supone que el escritor se tomó 500 páginas para desarrollar sus ideas, debido a que ésa es la extensión necesaria para que todo quede atado y bien atado. Si uno lee la novela casi entera, digamos 400 páginas, no llega al punto en donde todo se cierra como un círculo. Es posible que haya cosas que se le hayan escapado al lector, y que estaban en las últimas 100 páginas. Es posible que entienda de qué se trata, quiénes son los personajes, cuáles sean los conceptos... pero no tendrá la noción ciento por ciento global sobre la obra. Esa lectura incompleta es, por lo mismo, una lectura sensiblemente más pobre.

Tal era mi perspectiva de las cosas hasta que, con el transcurso de los años, empecé a notar ciertos fenómenos. Algunos escritores son un plomo escribiendo; lo que narran es muy interesante, sea una ficción o algo de la realidad, pero la manera en que lo refieren, es como si a uno le echaran al cuello una cadena amarrada a un ancla por el otro extremo, y al fondo de la bahía con ella, y uno arrastrado con ella, por supuesto. Otros se toman una cantidad parsimoniosa de páginas en desarrollar sus conceptos, y cuando uno se pone a evaluar lo leído hacia atrás, descubre que habría sido lo mismo y mejor con la mitad de páginas; el resto, por lo tanto, era relleno puro y duro, y el relleno es bueno cuando son arándanos dentro de un pavo asado, no a la hora de leer. O peor aún, otros escritores tienen ideas brillantes, pero después, mientras transcurren las páginas, hay una sensación de que están a manotazos tras las ideas, y las muy pérfidas insisten en volar en trayectorias que las hacen imposibles de capturar; el resultado final es un insectario que en vez de estar lleno de hermosas mariposas, posee... cucarachas y más cucarachas.

(Espero por mi bien, y por el de ustedes, no ser ninguna clase de los escritores mencionados en el párrafo de más arriba).

¿Vale la pena entonces, terminar todos los libros?

He llegado a la conclusión de que no. Cuando uno recién se inicia en la lectura y se transforma en un lector pertinaz, hay un motivo de orgullo en terminar todos y cada uno de los libros que se leen. Además, hay un tema de inversión: uno ha gastado dinero, a veces, en obtener el libro, y tiempo en leerlo, de manera que uno quiere ver su recompensa, inasequible al desaliento, porque al final debe haber una recompensa, ¿no? Creyendo con la fe del carbonero, que a veces se verá recompensada, y a veces no.

Pero a medida que uno se hace mayor, y la pila de libros que se han leído crece y crece, comienza el cálculo matemático. A juzgar por lo que uno ha leído, ¿hay buenas posibilidades de que el asunto termine bien? Si a mitad de obra el escritor ha demostrado una incapacidad rayana en la incompetencia para retratar adecuadamente a los personajes o explicar las cosas de manera clara... ¿irá a ser que se inspire súbitamente en el último veinte por ciento de las páginas y nos entregue una resolución de las que cortan el aliento? Y si el tratado a mitad de camino se pierde en explicaciones sobre explicaciones, tiene un discurso incoherente o lleno de agujeros, o peor aún, huele y apesta a verborrea barata estilo Martin Heidegger, ¿podrá ser que en los últimos párrafos de pronto se ilumine todo el significado de lo anterior...?

Si es el caso, entonces seguir leyendo es la decisión correcta. Pero, ¿y si no?

Entonces, es posible distinguir dos etapas de maduración en el lector. El lector casual es el equivalente al tipo que cursó hasta la educación secundaria, y luego salió a trabajar sin seguir estudios superiores; tiene una formación general, corrientita, pero en lo intelectual no pesa casi nada. En cambio, el lector habitual es el equivalente del tipo que siguió a través de la educación superior y sacó un título o un grado académico; éste es capaz de afrontar a cualquier texto, lidia en principio con cualquier argumento, piensa y razona.

Y luego viene el lector verdaderamente maduro, el equivalente al tipo que ha sacado uno o más postítulos, magísteres, doctorados, etcétera. Esta clase de lector es tan sabio, que ha desarrollado no solamente la resistencia necesaria para leerse un libro completo de principio a fin... sino también la sabiduría para dejarlo de lado cuando, promediando el mismo, adivina que terminarlo no lo va a llevar a ninguna parte. Es decir, el lector que es capaz de leer un libro entero sin quejarse es un lector resistente, pero el lector que sabe qué libros dejar de lado a mitad de camino, no sólo es un lector resistente sino además un lector sabio.

Eso sí, dejar libros tirados cuenta como un talento sólo cuando se es un lector habitual. El lector casual, el que declara en las encuestas tener el Quijote y la Biblia en la casa pero en la práctica los tiene cogiendo polvo en la biblioteca, no cuenta. Este deja los libros tirados no porque tenga la sabiduría de adivinar cuáles libros llevarán a buen término y cuáles no; éste deja los libros tirados únicamente porque no tiene la potencia intelectual necesaria para afrontar la tarea de leerse hasta la última línea.

En definitiva, como lector ahora de verdad sabio y maduro, ya no me enorgullezco de ser capaz de leerme casi cualquier libro de principio a fin. En la actualidad, me enorgullezco de ser capaz de discernir entre aquellos libros que vale la pena leer hasta el final y aquellos que no, y poder dejar los segundos de lado sin sentir culpa porque a lo mejor me estoy perdiendo lo bueno que sí podía ser que viniera páginas más adelante.

4 comentarios:

Martín dijo...

He tenido suerte, porque sólo me he leído dos que me han resultado un plomo total : "Yo la muerte" (traducción sensacionalista de la novela "Rey Felipe II" de Hermann Kesten) e "Y llámame Conrad" de Roger Zelazny. La primera no la dejé porque no había dejado ningún libro a medio terminar, dejándole tal "honor" al segundo, que realmente se me hizo insufrible.
Aunque todavía no me considero un lector bueno (o sabio, como tú lo llamas), sino que menos de eso, un lector habitual.
Saludos, y favor continúa con el blog.

Cidroq dijo...

buen tema el que tratas, y no es nada fácil desarrollar ese grado de sensibilidad ante una obra literaria, solo con perseverancia se puede lograr

Elwin Álvarez Fuentes dijo...

Entiendo perfectamente lo que expresas en estas líneas, que me ha pasado más de una vez que entusiasmado tomo un libro y luego (con dolor) lo dejo a medias (o bien a lo más llego a las 100 páginas). Recuerdo que un profesor al que quise mucho, me regaló para una Navidad "El Innombrable" de Samuel Becket...¡Y francamente fue algo innombrable continuarlo! Luego, años después, feliz de la vida me pude comprar la ucronía "El Sueño de Hierro" de Normand Spinrad y su ficción tan espantosa casi me dio náuseas. Este año apenas llegué a la clínica tras mi enfermedad, le pedí a una de mis hermanas me llevara el gruesísimo tomo de "Una Vacante Imprevista" de la Rowling, que tan feliz compré a precio de huevo en la feria...¡Y no podía creer que quien escribió un texto tan aburrido fue la misma creadora de Harry Potter! A veces me da pena que un autor a quien honras, no logre cautivarte siempre, pero sé bien que no tiene por qué gustarte todo lo que hace (es como si estuvieses de acuerdo en todo con tus amigos, lo que es imposible). Antes decía que de Stephen King, mi autor favorito, me leería hasta la lista del supermercado...Hasta que maduré, je, y bien te puedo decir que en especial algunos de sus cuentos me han lateado bastante.

Guillermo Ríos dijo...

@Martin, yo en lo personal he tenido mis batidas con Zelazny, y no lo encuentro el mejor escritor de Ciencia Ficción precisamente. No es malo, sólo es... Zelazny, no sabría cómo definirlo mejor en realidad. Y en cuanto al blog, por el minuto las intenciones son seguirlos en tanto las circunstancias lo permitan. Aunque para los primeros meses de 2.016, adelanto, estoy programando una bajada de actividad. En qué términos, eso está todavía en análisis.

@Cidroq, como todas las cosas en la vida. Que cuando a uno de niño lo ponen a dibujar la a como cincuenta veces para aprender a escribir, se hace un suplicio, pero después los cheques se firman solos.

@Elwin_Alvarez_Fuentes, creo que la mayoría de los escritores, incluso los grandes genios, tienen a lo sumo tres o cuatro obras que vale la pena, y el resto es relleno para los fanáticos que les queda gustando el tema. No es que sean malos escritores, es sólo que cuando uno es bueno, el nivel se mantiene en un promedio, alto pero promedio al final del día, y sólo en ciertos días es que uno está por encima de sus posibilidades, por decirlo de cierta manera.

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