¡Vota por lo mejor de los primeros siete años de la Guillermocracia!

¡La Guillermocracia te llama a las filas! ¡Vota, expresa tu opinión, cuáles son los mejores artículos que se han publicado en estos (casi) siete años de vida en línea! La encuesta se encuentra en la parte inferior de esta columna. ¿Más detalles? Pincha aquí. ¡Haz oir tu voz!

martes, 15 de diciembre de 2015

Bastión Esperanza - "Hemorragia".

(fuente).
Mientras seguía vía menterminal los procedimientos bioquímicos sobre las muestras biológicas extraídas a Numerio, el doctor Wilkinson sentía un escalofrío recorriéndole el espinazo. Se la había pasado una cantidad de días luchando, él y todo su equipo médico, para impedir que los patógenos que hubieran quedado en los cadáveres de los decápodos a bordo de Ganímedes se convirtieran en una epidemia, pero uno de esos malditos bichos había conseguido pasar los controles y salirse con la suya. Ahora Numerio estaba tirado en una camilla de la enfermería, ardiendo en fiebre, mientras su sangre estaba disolviéndose, con lo que afloraban varias hemorragias por varias partes de su cuerpo.

Mientras tanto, Alba y Lincopán acompañaban a Numerio.

– Gracias por avisarme, Lincopán – dijo Alba.

– Ayelén, Ayelén está bien – dijo Lincopán, conmovida por la expresión de Alba. Lincopán podía tener una mentalidad práctica y algo cínica, pero no dejaba de tocarle una fibra, la honestidad de la relación entre el chico de nueve años y la chica que debía rondar quizás la veintena. Si ambos tuvieran la misma edad, concluyó Lincopán para sus adentros, es probable que fueran pareja. Aunque Millaray, la hermana menor de Lincopán, pondría el grito en el cielo, pero...

– ¿Alba? ¿Alba, estás bien? – irrumpió Escalante como una tromba. – Me dijeron lo de Numerio, y pensé que... bueno... ¿estás bien?

Lincopán no recordaba haber visto a Escalante con el rostro tan desencajado. Puede que Escalante y Numerio se la pasaran siempre peleando, y Escalante tuviera el calor humano de un gasterópodo, pero Lincopán no recordaba que su superior jerárquico al mando hubiera estado alguna vez tan preocupado. Sintió una punzada de envidia: ¿se preocuparía Escalante lo mismo por los hombres bajo su mando?

– Numerio no está bien – dijo Alba, con voz trémula y los ojos humedecidos. – Fue de repente, estaban hablando él y Millaray, y...

De manera inconsciente, Escalante abrazó a Alba, y ella se dejó abrazar. Lincopán miró hacia otro lado.

En ese minuto apareció el doctor Wilkinson. Lincopán se preguntó si ardería Troya, considerando que hacía poquito que el doctor Wilkinson y Alba habían tenido una cita, o... lo que fuera equivalente a eso, a bordo de una nave espacial en órbita sometida a cuarentena. Pero Escalante, con torpeza, algo de inesperada timidez, y una buena dosis de su sentido marcial, soltó a Alba con tanta brusquedad, que ella trastabilló levemente por un instante. Pero el doctor Wilkinson no pareció reparar en nada de esto; venía demasiado preocupado por las noticias.

– Alba, tengo entendido que eres lo más cercano que Numerio tiene a una familia, ¿verdad? – preguntó el doctor Wilkinson. Alba asintió, y el doctor Wilkinson entonces prosiguió: – Lo que tanto temíamos, ocurrió. Numerio está sufriendo de una fiebre hemorrágica provocada por un patógeno alienígena. Lo hemos identificado, pero tenemos que seguir analizándolo. Y, por supuesto... no tenemos cura.

– ¿Numerio se va a morir...? – soltó Alba, tratando de mantenerse serena, pero sin poder impedir que las lágrimas saltaran de sus ojos.

El doctor Wilkinson suspiró profundamente. A pesar de que la máscara de su traje NRBQ era transparente, el solo hecho de verse obligado a usarla le daba una cierta distancia, que volvía la escena extraña e inhumanamente aséptica.

– Estamos tratando de darle tratamiento de soporte, pero... no podemos hacer nada más por él. Todo depende de cómo se defienda el sistema inmunológico – dijo el doctor Wilkinson. – Lo siento mucho, Alba, trataremos de hacer todo lo posible por él.

Esta última parte, Lincopán no la había escuchado, porque en el intertanto, Paparizou se había comunicado con ella, como conducto regular en la cadena de mando. El tono mortecino del habitualmente bromista y un tanto desubicado Paparizou, decía que la situación era grave.

– Escalante, señor... – dijo Lincopán, interrumpiendo la conversación. – Paparizou acaba de reportarme que Ashcroft está sufriendo una hemorragia, y la están trayendo hacia la enfermería.

– Alba, discúlpame, pero esto se va a volver un manicomio. Voy a reportarle al Capitán Chu que lo que tanto temíamos, terminó por ocurrir: tenemos una epidemia de origen arzawe a bordo de Ganímedes, contra la cual no tenemos vacunas ni cura conocida, y voy a tener que romperme el hígado con cafeína para trabajar en esto hasta contenerlo. Por favor, discúlpenme.

El grupo vio como el doctor Wilkinson se retiraba un poco.

– Esto es una pesadilla – dijo Lincopán. Y luego, recuperando su espíritu marcial, dijo: – Señor... ¿Sus órdenes?

– Aguantar. Resistir. A toda costa – medio entre dijo y musitó Escalante, recordando las palabras del entrenamiento en la Academia Militar.

Y justo en ese instante, como para desmentir lo dicho por Escalante, ingresaba Brown a la enfermería; nunca el robusto gigante se había visto tan gentil como ahora, cargando a Ashcroft en brazos con el rostro lleno de aflicción mientras la cara de ella estaba manchada con la sangre que había fluido a través de la nariz. Detrás venían Paparizou y Hindersson, ambos también pálidos y esperando lo peor.

OxxxOxOOOxOxxxO

Habían pasado un par de horas. Alba no había cesado de vigilar a Numerio, pero había decidido hacer una pausa para ir a beber algo. No había almorzado, pero la angustia le atenazaba el estómago, y no tenía hambre. Escalante la acompañó.

– ¿Cómo sigue el chico? – preguntó Escalante.

– Estable, dice Jean... eh... el doctor Wilkinson – dijo Alba. – ¿Y Ashcroft?

– Lo mismo – dijo Escalante. – Por los reportes de la menterminal, parece que hay dos casos más. Esto se está poniendo malo.

De pronto, Alba se llevó las manos a la cara y se puso a sollozar en voz baja. Escalante trató de decir algunas palabras de consuelo que, siendo Escalante quien era, sonaron torpes y algo insensibles.

– Escalante, es que esto es mi culpa, es todo mi culpa – dijo Alba, tratando de contenerse un poco. Y, a medias llorando, a medias hablando, añadió: – Numerio vino a bordo de Ganímedes porque yo lo traje, porque él es mi amigo. Yo... yo... Numerio estaba tan solo en el internado... ¿Sabes por qué se llama Numerio, Escalante?

– No, nunca me lo dijiste.

– Y nunca... se lo preguntaste a él.

– No, nunca se lo pregunté – dijo Escalante, cabizbajo.

– Sus padres lo llamaron Numerio porque tenían... expectativas para él. Que fuera un genio, como Leonardo da Vinci o Isaac Newton o... no sé. Alguien que los hiciera sentirse orgullosos, y sólo iban a sentirse así teniendo como hijo al mejor, y punto. Lo llamaron Numerio para meterle a fuego el estudio en la sangre, para que nunca, nunca, nunca, se le olvidaran los números, las matemáticas, las ciencias. El pobre Numerio me contó como después, en el internado, descubrió lo de Numerio Negidio...

– ¿Quién es Numerio Negidio?

– En el antiguo Derecho Romano, llamaban Numerio Negidio a la persona que debe dinero y no lo paga. Bueno, yo no lo sabía hasta que me contó él... Trató de restarle importancia, pero su nombre significa que es un deudor. Bueno, no creo que los padres de Numerio lo llamaran así porque quisieran hacerlo sentir un deudor o que fuera un N.N., pero él es un chico, es impresionable, y...

– Sé de qué estás hablando – dijo Escalante, con aires algo misteriosos.

– Yo llegué al internado en que estaba Numerio porque como asistente del profesor Higgins, tenía la preparación suficiente para enseñar ciencia básica a los alumnos, en reemplazo de un profesor. Y Numerio estaba ahí, tan solito, desvalido, con los otros alumnos siempre molestándolo, salvo cuando querían conseguir alguna ayuda académica de él. Pero lo vi ahí, chiquito, entusiasta, y traté de sacarlo de ahí. Nos hicimos amigos, y siempre se veía tan bien, tan feliz, cuando salía del internado, cuando no tenía que ser Numerio el académico ni Numerio el alumno modelo... Y un día, como estaba interesado en la nave espacial Ganímedes, aproveché mis conexiones con el profesor Higgins para que la viera.

– Y entonces, atacaron los arzawe, hiciste despegar a Ganímedes sin saber lo que estabas haciendo, entraron los decápodos, sus cadáveres dejaron la nave sembrada de microbios que obligaron a ponerla en cuarentena, y uno de esos microbios ahora tiene a Numerio en la enfermería...

Por toda respuesta, Alba se puso a llorar. Escalante, por impulso, la abrazó.

– No es tu culpa, Alba. No podías saber lo que iba a pasar. Todo esto no es más que una serie de coincidencias de porquería. No te culpes, Alba, no te culpes...

Alba se separó de Escalante. Este se quedó mirándola, de manera interrogante.

– Los arzawe están viniendo – dijo Alba, con voz mortecina.

– ¿Qué?

– El Capitán Chu acaba de hablarme, vía menterminal. Las naves arzawe han salido desde la cara oculta de la Luna Mayor, y vienen hacia Esperanza. Me pidió que me reportara de inmediato con él. Como soy la única que puede manejar a Ganímedes y Ganímedes es la única nave espacial que puede hacerles frente, tenemos que planificar una estrategia en conjunto.

– Te acompaño – dijo Escalante, comenzando a caminar.

Y de manera amistosa, Escalante le ofreció el brazo a Alba. Ella lo miró por un instante, y luego, todavía con tristeza en la mirada, aún así sonrió y entretejió su mano con el codo de él.

– ¿Sabes, Escalante? Puedes ser muy tierno cuando te lo propones.

– Naaa... Yo soy muy torpe – dijo Escalante. – Seguro que el doctor Wilkinson es mejor que yo.

– ¡Escalante, estás celoso! – soltó Alba, sonriendo levemente.

– ¿Yo? Qué... – dijo Escalante, echándolo a la broma. – ¿De un tipo que tiene un mejor empleo que yo, sabe más cosas que yo, es más atractivo que yo, y es más galán que yo? Por favor...

Alba se rio suavemente, y luego se llevó la mano a la nariz, sintiendo una leve molestia. Cuando la retiró, descubrió sangre en la punta de sus dedos. De pronto, empezó a temblar de manera incontenible.

– Escalante...

OxxxOxOOOxOxxxO

Las naves arzawe habían salido ya desde la órbita de la Luna Mayor, y aceleraban en el espacio entre ésta y el planeta Esperanza, lentas e implacables, dispuestas a ejecutar su plan: desembarcar tropas para que alguna epidemia arzawe se propagara entre los humanos.

En la superficie de Esperanza, detectadas por supuesto las naves arzawe, todos los protocolos de combate habían sido activados. Las defensas antiaéreas estaban listas, los cazas también por si las naves arzawe decidían descender hasta la atmósfera, y los misiles reacondicionados a toda velocidad para alcanzar el espacio, listos para ser disparados.

Pero el Presidente Kulkov y el Comandante Luca recibían las peores noticias, vía menterminal, que el Capitán Chu, a cargo de Ganímedes, podía enviarles.

– ¿La única persona que es capaz de controlar a la única nave que puede hacerles frente a los arzawe, ella de entre todas las personas está en la enfermería? – rugió el Comandante Luca. – ¿Y nadie más es capaz de controlar a Ganímedes?

– Sandrine y los expertos en robótica han estado trabajando en ello, pero, Comandante... la verdad es que no – dijo el Capitán Chu. – La verdad, Comandante, es que sin Alba pilotándola, Ganímedes no es más que un montón de chatarra flotando en el espacio.

– Maldita sea – dijo el Comandante Luca. – Presidente Kulkov, usted sabe tan bien como yo que si no encontramos otra manera de controlar a Ganímedes... entonces esto es el final.

つづく

No hay comentarios:

¡Vota por lo mejor de los primeros siete años de la Guillermocracia!

Related Posts with Thumbnails