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martes, 3 de noviembre de 2015

Bastión Esperanza - "Retiro y regreso".


Si todo lo informado por la computadora central de la nave espacial Ganímedes era cierto, entonces la situación era incluso peor de lo que imaginaban. La Tierra, el mundo nativo de la Humanidad, era ahora apenas una roca vitrificada girando por el espacio. No habrían refuerzos ni ayuda de ninguna clase. Y si el entero Sistema Estelar del Sol no había podido contender con una escuadra de alienígenas arzawe, ¿que podrían hacer los escasos residentes de Esperanza para oponer resistencia al genocidio...?

Pero Alba notaba que había una cuestión que todavía no había sido respondida.

– ¿Por qué yo? ¿Por qué Ganímedes me obedece solamente a mí, en vez de a alguien más?

Aura y Ester se miraron mutuamente. Aunque Alba sabía que Aura y Ester eran programas computacionales, eran tan humanas que le era difícil no tratar con ellas como tales. Por toda respuesta, Ester se dirigió a uno de los anaqueles, extrajo un libro, y se lo pasó a Aura, quien leyó un poco de él.

– Alba... – empezó Aura. – Cuando la Humanidad comenzó la colonización de otros mundos, una empresa de ese tamaño no podía ser dejada al azar. O en manos de cualquier advenedizo. Así es que, cada una de las naves colonizadoras fue dotada con una tecnología especial, que le permite escanear el código genético de una persona. Y se programaron autorizaciones especiales para ciertas personas, que pertenecen a determinadas familias, que han probado su devoción a la Humanidad y su gobierno...

– Un momento... ¿me están queriendo decir que quienes crearon el programa de colonización espacial, decidieron por sí mismos que eran mejores que el resto de los seres humanos, y que sus familias debían controlar todo el programa, y así, la supervivencia misma de la Humanidad...? ¡Eso es una dictadura!

– Es una manera de decirlo – dijo Ester, con expresión seria, y asintiendo con suavidad; ni ella ni Aura parecían percatarse de la mirada de irritación de Alba.

– ¿Y qué hay de la gente, y de su libertad para elegir? – preguntó Alba, escandalizada. – ¿Y quién controla a esas familias, quién determina lo que está bien y lo que está mal...?

– Alba... – dijo Aura, conciliadora. – Alba, son humanos: falibles, ciegos, irracionales. Obran por capricho, por instintos, por bajas pasiones. Estuvieron a punto de exterminarse a sí mismos. Si permitimos que surja la disidencia, estaremos perdidos, más aún con los arzawe exterminándonos. No, Alba, el gobierno de los humanos es algo demasiado serio como para dejárselo a los humanos.

Alba sabía que Aura tenía un punto. A los pocos años de la llegada de los colonos a Esperanza, había sucedido la Rebelión Mendeliana, liderada por antiguos combatientes de la Gran Guerra Terrestre, decididos a seguir la conflagración en su nuevo hogar de Esperanza... y apoderárselo.

De manera que la nave espacial Ganímedes no había sido diseñada sólo para defender a Esperanza y combatir la invasión de los arzawe, sino también para la preservación de un determinado sistema de gobierno, las familias triunfadoras en la Gran Guerra Terrestre, para aplastar de manera definitiva cualquier conato de disidencia que surgiera. Alba movió la cabeza con amargura. Ahora, debía manejar a Ganímedes para combatir a los arzawe, pero, ¿y después...? ¿Qué pasaría después...?

– Bien. Que así sea – dijo Alba, aunque sin demasiada convicción. – De todas maneras, necesito llevarme conmigo la información desde el interior de Ganímedes, para que los científicos de Esperanza la analicen. Es nuestra única posibilidad para encontrar la manera de derrotar a los arzawe.

Aura y Ester parecieron objetar, pero Alba no las dejó obrar, y extendió los dos brazos dentro del cuenco del pilón. Al contacto con las manos de Alba, el agua dentro del cuenco empezó a adherirse a su piel, trepando por sus brazos, posesionándose de ellos como una especie de traje líquido. El agua entera dentro del cuenco desapareció. Aura y Ester estaban como petrificadas, sin saber qué hacer.

Y una vez con toda el agua adherida a su cuerpo, Alba cerró los ojos, y desapareció. Cuando los volvió a abrir, estaba de regreso en su sillón, en el mundo real.

OxxxOxOOOxOxxxO

Alba se sentía algo mareada; con la falta de movimiento por más de un día, sentía que sus piernas y brazos no le respondían. El doctor Wilkinson, auxiliado por unos cuantos nanobots en el torrente sanguíneo de Alba, había estado vigilando para que esa prolongada inmovilidad no le ocasionara trombos ni coágulos en su interior.

Ahora, Alba salía escoltada por el doctor Wilkinson, este último enfundado en su traje NRBQ por supuesto, rumbo a la habitación de ella. En ese minuto aparecieron Escalante y Numerio. Este último parecía feliz de ver a Alba de nuevo, mientras que en el rostro de Escalante estaba pintada la preocupación, algo muy impropio de él, quien por regla general trataba de aparecer como confiado y en control de las situaciones.

– Alba... ¿estás bien? – preguntó Escalante.

– Sí... – dijo Alba, con una tranquilidad pasmosa en ella. – ¿Por qué...? No te preocupes, estoy bien.

Y Alba miró al doctor Wilkinson, sonriendo, y éste devolvió la sonrisa. Al notar esto, el rostro de Escalante enrojeció y se contrajo.

– ¡Bien! – dijo Escalante, con brusquedad. – ¡Me alegro! ¡Vámonos, Numerio! Ya viste, está bien.

– ¿Y desde cuándo son tan amigos, ustedes dos? – soltó Alba, con un tono de suave ironía.

– Desde que estás de amiga con el doctor Wilkinson... – soltó Numerio, encogiéndose de hombros al tiempo que se reía, con la sorna propia del niño de nueve años que era.

– ¡Cállate, niño! – gritó Escalante.

– Bueno, lo que descanses, conversamos un rato. Quiero decir, esa taza de café... – dijo el doctor Wilkinson.

– Sí – asintió Alba simplemente.

Y ambos se fueron caminando por el corredor. Escalante y Numerio se quedaron mirando perplejos.

– ¿Esa es Alba? – preguntó Escalante.

– Sí... pero se ve distinta – dijo Numerio.

– Una taza de café... ¿Qué habrá querido decir con eso de una taza de café...?

– Suena como una cita, Escalante.

– ¿Una cita? ¿Alba tiene una cita con ese idiota? ¡No puede ser! ¿Qué tiene ese idiota que no tenga...? – soltó Escalante, antes de darse siquiera cuenta de que Numerio lo estaba escuchando. Entonces, farfulló como un cohete con la pólvora mojada: – Que no tenga... que no tenga... Que no tengas tú, Numerio, que eres amigo de ella, ¿verdad?

– No sé... – dijo Numerio, sonando burlesco. – A mí me suena a que estás celoso.

– ¿Celoso yo? ¡Cállate, niño!

OxxxOxOOOxOxxxO

Mientras Alba descansaba en su habitación, monitoreada por varios dispositivos médicos para revisar su estado de salud después de su inmersión en la computadora de Ganímedes, y con correas pasadas por su cintura para no salir volando desde la cama por la microgravedad, ella abrió una conexión menterminal con el profesor Higgins.

– Estarás lista para trabajar pronto – dijo el profesor Higgins, con un tono algo doctoral, aunque Alba, habiéndose criado con él luego de la muerte de sus padres biológicos, lo conocía lo suficiente como para saber que ésa era la peculiar manera del científico para decirle lo mucho que lo alegraba, el que ella hubiera vuelto con bien de su misión. – Acá estamos comenzando el análisis de los datos que trajiste desde la computadora central de Ganímedes. Es fascinante, Alba. Las matemáticas alienígenas con las cuales fue construida la nave espacial Ganímedes... vamos a tener que reescribir todos los manuales de Matemáticas y Física para entender esto.

– ¿Por qué no me lo dijo, profesor Higgins? – preguntó Alba.

– ¿Decirte qué cosa, Alba...? – preguntó el profesor Higgins, algo perplejo.

– El sistema de seguridad. Que Ganímedes posee un escáner genético programado para que yo lo dirija porque me eligieron como parte del programa para implantar una dictadura sobre Esperanza.

– Alba... – soltó el profesor Higgins, y parecía sinceramente perplejo; si lo estaba fingiendo, entonces era un excelente actor. – No tengo idea de qué estás hablando.

– ¿Mis padres nunca le dijeron nada?

– Alba, te lo repito. No tengo idea de qué estás hablando. Pero... si te tranquiliza... esto que me estás diciendo... yo voy a averiguarlo, voy a tratar de llegar hasta el fondo de la verdad, ¿de acuerdo? Y bueno... al menos, si eres parte de una conspiración o algo, la computadora de Ganímedes no debería haber tenido razón para mentirte con la información, por lo menos... o eso creo.

– No lo sé, profesor – dijo Alba, quedamente. – Quiero decir... El interior de la computadora se me presentó como la “Divina Comedia” de Dante Alighieri. Es un libro que cuando lo leí por el colegio, me impresionó de niña, no sé por qué... ¿No es demasiada coincidencia, profesor...?

– Entiendo lo que quieres decir, Alba. Si yo hubiera implantado un sistema de escaneo genético, lo hubiera programado para reconocer a varias personas, no sólo a una, sólo por si a esa única persona le pasa algo. Pero eso implica que la interfaz debería ser... más neutra. No tan ajustada a ti. Aunque, Alba... yo pensaba que lo decías por otra razón. Una que, como científica, deberías haber visto.

– ¿Cuál razón?

– Piénsalo, Alba. Hay una incongruencia mayúscula en la historia de Ganímedes. ¿No la llegas a ver?

Y como Alba se quedara en silencio, sin responder nada, el profesor Higgins volvió a la carga:

– Piensa como científica, Alba. ¿Qué encontraron los colonizadores, al llegar hasta Esperanza?

– Bueno, el planeta... su clima... su vegetación, su fauna... la nave Ganímedes misma...

– ¿Y con qué se hubieran encontrado, si la historia que te contaron allá fuera cierta?

La verdad resplandeció ante los ojos de Alba como un relámpago.

– Con un escenario similar a un invierno nuclear. Ganímedes tiene veinticinco kilómetros de largo. Los dos tercios traseros de la misma son espacio vacío, pero aún así, eso hace la masa propia de una nave de ocho kilómetros de largo, más o menos. El estrellón de Ganímedes contra la superficie de Esperanza hubiera tenido el efecto del impacto de un meteorito como el que extinguió a los dinosaurios en la Tierra. Lo habría arrasado todo. Entonces... la nave espacial no estaba semienterrada porque se estrelló contra Ganímedes, sino porque alguien la plantó deliberadamente ahí.

Alba suspiró, desanimada.

– Mi expedición no sirvió para nada, profesor. Todo no es más que un montón de mentiras.

– Quizás no – dijo el profesor Higgins. – Si hay una conspiración, para que funcione es necesario contar una verdad a medias. Creo que lo que te contaron es, en lo principal, la verdad. Pero hay detalles que siguen en la sombra. Vamos a tener que averiguar cuáles, y por qué.

Luego, el tono del profesor Higgins cambió.

– Pero por ahora, mejor descansa, Alba. Todavía te necesitamos para que manejes a Ganímedes, y tienes que estar fresca y despejada para eso. Y, Alba... estoy orgullosa de ti.

– Gracias, profesor – dijo Alba, sonriendo, y luego apagó la menterminal. En realidad, estaba agotadísima. El destino entero del planeta Esperanza seguía descansando sobre sus hombros, y considerando que Esperanza bien podía ser el último reducto de la Humanidad, eso significaba que ella era también la última posibilidad de salvación que tuviera la raza humana como un todo. ¿Qué otro ser humano en la Historia había soportado alguna vez una responsabilidad tan grande como ésa...?

つづく


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