martes, 10 de noviembre de 2015

Bastión Esperanza - "El viento en las ramas".


Alba empezó a ponerse pinches para sujetarse el cabello, labor indispensable en un ambiente de microgravedad como el que se vivía a bordo de la nave espacial Ganímedes, en la órbita del planeta Esperanza. En el intertanto, se contempló con una coquetería poco habitual en ella. Le había pedido a Numerio que le recortara su larga cabellera, y ahora la misma le llegaba apenas hasta el punto en donde el cuello cede paso a la articulación de la cabeza. Había sido ante todo un tema de comodidad, menos pelo en la ausencia casi completa de gravedad, pero también el nuevo estilo de cabello la hacía verse un poco más fuerte y decidida. Después de contemplarse un rato, Alba decidió que no era mala idea mantener ese corte o uno semejante en el futuro.

– No pensé que juntarte con el doctor Wilkinson te iba a poner tan feliz – dijo Numerio.

– Bueno, sí... Después de todo, no soy sólo una asistente de laboratorio. También tengo que hacer cosas de mujeres, ¿no? – dijo Alba, sonriendo con coquetería.

– Sí – dijo Numerio, con voz algo queda, y aún más por sus nueve años de edad.

– ¡Ay, Numerio! – dijo Alba, agachándose al lado de Numerio, o el gesto más o menos similar que la microgravedad la dejara hacer, con las botas magnéticas que la aseguraban contra el salir volando por el interior de la nave espacial. – Si llega a pasar algo, igual vamos a ser amigos, ¿sabes?

– ¿Me lo prometes? – dijo Numerio, esperanzado.

Alba se encogió de hombros, sonriendo y entrecerrando los ojos, con un gesto que podía leerse como de complicidad. Numerio sonrió.

– Bien... – dijo Alba, saliendo; desde la puerta alcanzó a decirle a Numerio: – Deséame suerte...

– Suerte – dijo Numerio en voz muy baja, sonriendo, con Alba ya desaparecida de la habitación.

Numerio fue sacado de su embeleso por una llamada vía menterminal.

– ¡Otra vez estabas hablando con esa Alba! ¿Verdad?

– Pero... Millaray... ella es mi amiga...

– ¡Tu amiga, tu amiga! ¡Lo que pasa es que a tí te gusta ella!

– ¡Pero, Millaray...! ¡Tú y yo tenemos nueve años! ¡Somos demasiado chicos como para...!

– ¡Inmaduro! – gritó Millaray, y cortó la comunicación, fastidiada, tanto como puede estarlo una chica también de nueve años.

– Mujeres... – suspiró Numerio, como había visto hacerlo a los adultos en circunstancias parecidas.

OxxxOxOOOxOxxxO

Camino a su cita, Alba se encontró con Sandrine, quien, enfundada en su traje NRBQ, marchaba hacia sus labores. Se saludaron con la calidez de dos témpanos de hielo.

– A propósito, Sandrine...

– ¿Sí? – preguntó la aludida, poniéndose a la defensiva.

– No vuelvas a espiar en mi caja negra – dijo Alba, con suavidad, pero también con mucha firmeza.

– ¡Pero... Alba...! – respondió Sandrine, sorprendida. – ¡Yo no...!

– No me mientas, Sandrine. Entre la información que saqué desde el interior de Ganímedes, están las cámaras de vigilancia. Vi el truco que usaste para distraer a los agentes del ESIE, y robar la información. Eso no importa, porque encargué a Ganímedes que la borrara. Pero no vuelvas a hacerlo.

Y antes de que Sandrine pudiera reaccionar, Alba siguió su camino. Exasperada, Sandrine echó un vistazo a su propia menterminal, para ver si esa información seguía estando ahí.

Borrada. Completamente borrada.

Sandrine sintió un escalofrío helado. Empezaba a tener miedo del grado de control que Alba podía alcanzar sobre la nave espacial Ganímedes. Si era capaz de borrar a distancia la información dentro de los propios archivos de Sandrine... ¿qué otra cosa no sería capaz de hacer...?

OxxxOxOOOxOxxxO

Los médicos a bordo todavía estaban descubriendo nuevas potenciales amenazas biológicas dejadas atrás por los decápodos que habían atacado a Ganímedes, y por eso, los protocolos de seguridad seguían en activo. Eso significaba que la cita entre Alba y el doctor Wilkinson tenía por fuerza que ser deslavada, cada uno en sectores opuestos de la zona de contención biológica. Pero aún así, separados por una pared de aleación de microtitanio transparente, podían verse a los ojos mientras tomaban café.

A lo lejos, Escalante contemplaba la escena. Inconscientemente, apretó los puños. ¿Qué se creía ese patán del doctor Wilkinson, para llegar con sus andares, su condescendencia, su arrogancia, para salir con Alba? ¡El la conocía primero, él debía tener precedencia! ¡Antigüedad constituye grado!

– ¿Un mal día, señor? – preguntó una voz femenina detrás de Escalante.

– ¿Quién, mío, yo...? – preguntó Escalante, confundido de repente, y rompiendo su postura. Luego, tratando de mostrarse lo más tranquilo posible, añadió con tono coloquial, olvidando incluso que técnicamente él podía llamarla al orden porque era el superior al mando: – ¡No, por supuesto que no, Ashcroft! No, está... todo bien.

– A mí me parece que hacen buena pareja, señor – dijo Ashcroft, señalando hacia Alba y el doctor Wilkinson, con intención.

Escalante no pudo evitar una mirada asesina.

– Lo digo por el bien de la misión, señor. Los alienígenas pueden volver en cualquier minuto, y queremos que la única persona capaz de pilotar a Ganímedes, esté alegre y relajada, ¿verdad, señor?

– Sssí... Eso queremos – dijo Escalante, tratando de no echar humo por la rabia.

– También queremos que nuestros superiores jerárquicos al mando estén alegres y relajados, señor. Para que, en el momento de la batalla, nos dirijan bien – dijo Ashcroft.

– ¿Cuál es su punto, Ashcroft? – preguntó Escalante, irritado, y empezando a tomar su posición como superior jerárquico al mando de nuevo.

– Venga, señor – dijo Ashcroft, tomando la mano de Escalante. – Vamos a estar más tranquilos en mi habitación. Usted ha estado muy tenso, y necesita un momento de relajación.

Y antes de que Escalante pudiera siquiera protestar, Ashcroft se lo llevó de la mano, con suavidad suprema. El se dio cuenta entonces de que era la primera vez que veía a Ashcroft no como soldado, sino como una mujer. Y, dadas las circunstancias, eso no le pareció una perspectiva tan deprimente...

OxxxOxOOOxOxxxO

Después de un poco de conversación más o menos intrascendente, se impuso el silencio entre el doctor Wilkinson y Alba. El aprovechó para beber un sorbo de café. Ella hizo lo propio, al otro lado de la placa de microtitanio transparente. El se rio, contemplando las tazas con tapa especial para impedir que el café caliente saliera disparado por la microgravedad.

– Nunca había estado en el espacio, Alba – dijo el doctor Wilkinson, señalando la taza con jovialidad.

– Yo, tampoco, doctor Wilkinson – sonrió ella.

– Jean. Ya sabes que puedes llamarme Jean – dijo el doctor Wilkinson.

– Es que... no me acostumbro. Quiero decir... No sé. Me han pasado muchas cosas, en realidad.

– Para todos. Hasta hace algunos días atrás, la existencia de alienígenas era un asunto de escritores de Ciencia Ficción, y ahora, ya ves... Supongo que todo ha cambiado.

Hizo una pausa. Alba se dispuso a responder algo, pero el doctor Wilkinson, sin darse cuenta, habló primero. Alba cerró la boca, escuchando con atención.

– Pero, Alba... supongo que tú te llevas la medalla de oro. Quiero decir, ir hasta el centro mismo de la computadora de Ganímedes... Tuvo que haber sido una experiencia. Quiero decir...

– ¿Sí?

– Bueno... volviste... cambiada, cambiada de allá adentro. Más... segura. No sé.

– Bueno... gracias – dijo Alba, sonriendo. – Pero, mirando hacia atrás... no fue la gran cosa. En realidad, supongo que estaba todo arreglado. Es una computadora, al final, y no importa lo que haga, los usuarios somos más poderosos porque podemos reprogramarla.

– Pero no debió de ser sencillo. Ni siquiera sabías si era humana o alienígena, la computadora.

Y todavía no lo sabemos, reflexionó Alba. Ester, la bibliotecaria al interior de la computadora de Ganímedes, le había contado una historia, pero ¿era ésa en verdad la historia? ¿O no era más que una elaborada mentira? Y aunque fuera verdad... la nave había sido fabricada en Io, satélite de un planeta lejano llamado Júpiter, pero habían usado tecnología alienígena en su construcción. ¿Le habrían dicho Aura, el programa maestro, y Ester, la administradora de archivos, toda la verdad...?

Aura. Ester. Seguía pensando en ellas como en seres humanos, en vez de programas computacionales.

– Lo más extraño es que... no sé... – empezó Alba. Y luego encontró las palabras: – Actué con los programas como si fueran seres humanos, y ahora sigo pensando en ellos como seres humanos aunque, en realidad, no pueden serlo. No tienen brazos ni piernas, y si alguien no está mirando, ellos no existen. O al menos, no existen de otra manera que no sea electricidad. Es como la pregunta de si el viento suena en las ramas de los árboles cuando nadie está escuchando... Ahora mismo, nadie mira a Aura, o Ester, o Virgilio, o la Reina de Hielo, o Robespierre, o Caronte, y aún así... es como si fueran humanos, como si tuvieran una existencia... ¿no te parece raro, eso?

– No lo sé – dijo el doctor Wilkinson, sonriendo. – Hubo una época, siglos atrás, en donde los médicos abrían a los pacientes con cuchillos para operar, pero ahora... todo es catéteres y nanobots. Yo trabajo con órganos, con... cerebro, corazón, pulmones, que... están ahí, pero... no los veo. Es raro, ¿no?

– Sí, es raro – dijo Alba. – Aunque los programas, me gustarían que estuvieran ahí, como humanitos...

OxxxOxOOOxOxxxO

Aura y Ester estaban tomadas con tibieza de las manos, mientras que Robespierre, algo más lejos, mostraba una expresión inescrutable. Los tres contemplaban a una figura humana envuelta en sombras, femenina a juzgar por su voz, y sus vagos contornos.

– Gracias a la información que Alba se llevó, me es cada vez más difícil mantener la integridad de los bancos de memoria de Ganímedes – dijo Ester. – Si esto sigue así, los humanos terminarán por tomar control completo de la nave espacial, y entonces...

– Ese día no voy a poder hacer nada más, señora Selene – dijo Aura, completando las palabras de Ester.

– No importa – dijo la figura humana envuelta en sombras, de voz y vagos contornos femeninos. – Lo difícil era restablecer el contacto entre los bancos de memoria y los usuarios externos, sin que Alba se diera cuenta de lo que está pasando de verdad acá, y eso lo logramos. Sospechan, por supuesto, pero así es como debe ser, para que sigan investigando. Deben descubrir la verdad... pero no deben hacerlo demasiado rápido, o de lo contrario, chocarán de frente con el Polígono, y eso será el final para todos.

– ¿Entonces, sus instrucciones, señora Selene? – preguntó Aura.

– Dejen todo en manos de los humanos por el minuto – dijo Selene. – Después de todo, con la epidemia suelta a bordo de la nave y con la guerra con los arzawe a punto de reanudarse, van a necesitar todos los recursos que tengan a disposición, para que los humanos de Esperanza tengan una oportunidad de sobrevivir...

つづく

No hay comentarios:

Related Posts with Thumbnails