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martes, 24 de noviembre de 2015

Bastión Esperanza - "Alrededor de la Luna Mayor".


– Tenemos una visibilidad del veinte por ciento de la cara oculta de la Luna Mayor – reportó Azócar. La Capitana Araújo apretó inconscientemente las mandíbulas. Ahora comenzaba la parte más difícil de la misión: mantenerse vivos.

Al igual que la Luna respecto de la Tierra en el Sistema Estelar del Sol, en algún minuto del pasado geológico del planeta Esperanza, éste y la Luna Mayor, el más grande de sus satélites naturales, habían entrado en resonancia gravitacional; el resultado es que la fuerza mutua de mareas había trabado casi por completo la rotación de la Luna Mayor, haciendo que una cara mirara de manera perpetua hacia Esperanza, mientras que en millones de años más, lo mismo ocurriría con Esperanza. Por supuesto, eso hacía más difíciles las cosas para los humanos de Esperanza: si la Luna Mayor rotara sobre su eje a una gran velocidad, era cuestión de esperar a que dicha rotación avanzara para ver qué estaban haciendo los arzawe en la superficie. Sin embargo, no siendo así, a los alienígenas arzawe les había bastado esconderse en la cara oculta, y podían estar construyendo bases completas ahí, sin que nadie desde Esperanza llegara a enterarse, considerando la mortífera eficiencia que mostraban los arzawe en derribar cualquier sonda que se acercara demasiado a la cara oculta de la Luna Mayor.

– Detecto actividad sobre la superficie – dijo Azócar. Y luego, sin esperar instrucciones, se dirigió a la ingeniera de sensores: – Sasaki, en SIMAC.

Procesando los datos con rapidez, Sasaki vertió en la Sala de Intercambio Militar de Asuntos Comunes una proyección completa de la cara oculta de la Luna Mayor. La cantidad de información parecía reventar las menterminales de todos los miembros del puente del Shai Hulud.

– Es horroroso – murmuró Sasaki.

– Silencio, Sasaki – dijo Azócar, de manera suave, pero firme.

Era evidente que los arzawe se habían aplicado a la labor de una guerra total. Parecían haber creado bases en varios puntos de la cara oculta de la Luna Mayor. Y en una amplia llanura, estaban construyendo una base gargantuesca.

– Esa cosa debe medir sus buenos cuarenta kilómetros de diámetro – dijo la Capitana Araújo.

Las naves enemigas estaban a la vista; parecían estar flotando en órbita sincrónica sobre la Luna Mayor. Pero ante la presencia del crucero de batalla Shai Hulud, no manifestaban mayor reacción.

– Esto no me gusta – dijo Azócar. – Capitana... ¿Por qué cree que no nos han atacado todavía?

– Quizás tienen un arma sobre la superficie, una pieza de artillería o algo así – dijo la Capitana Araújo. – Volar a baja altura para esquivar la artillería enemiga puede no ser una buena idea, después de todo. Además, con el rumbo en que vamos, estaremos demasiado cerca de la base gigantesca ésa de los arzawe. Estaremos como en una galería de tiro al pato. Azócar, modifique la trayectoria en un ángulo de 65°. Vamos a tener que emerger al otro lado en las cercanías del Polo Sur de la Luna Mayor.

– Una trayectoria así podría llevarnos a perder la resonancia gravitacional con la Luna Mayor. Sin su asistencia gravitacional, es posible que nunca logremos llegar de regreso hasta Esperanza, Capitana.

– Si están preparándonos una sorpresa desagradable, no es que no llegaremos a Esperanza, es que ni siquiera abandonaremos la órbita de la Luna Mayor en una sola pieza, Azócar. Haga como le dije.

– Sí, señora.

Apenas empezaron a modificar la trayectoria orbital del Shai Hulud, una chica del puente de mando lanzó un grito histérico:

– ¡Capitana! ¡Los niveles de energía de las naves enemigas se están incrementando!

– Mantenga la calma, Yun – dijo la Capitana Araújo. – Azócar, prepare el lanzamiento de los M-61.

– Sí, capitana – dijo Azócar, y luego se comunicó con Ingeniería: – ¡Kamure! ¡Preparen los M-61 para lanzamiento! Estoy enviando la posición de los objetivos.

– Aquí Ingeniería – respondió Kamure vía menterminal. – M-61 preparados y esperando.

Azócar envió las posiciones de las distintas naves alienígenas que amenazaban con disparar. Frente a la desvastadora potencia de fuego enemiga, los misiles M-61 no tenían posibilidad alguna de alcanzar a sus blancos, y si por milagro llegaban a hacerlo, el daño eventual sería mínimo. Pero si las naves alienígenas disparaban sus descargas de energía, alcanzarían a los M-61 antes que a la Shai Hulud, y el magnetismo de la explosión de los M-61 ayudaría a disipar algo de la energía de los disparos enemigos.

– No están disparando todavía – observó la Capitana Araújo. – Azócar, después del lanzamiento de los M-61 pruebe a modificar en 3,5° nuestra trayectoria, según vectores 81, 88 y 104. A ver si eso les hace fallar algún tiro.

La Shai Hulud disparó los M-61. Los misiles eran pequeños, pero numerosos y ciertamente potentes, y por lo tanto, podían ser enviados en varias direcciones.

Las naves enemigas dispararon sus respectivas descargas de energía. Propagándose éstas a la velocidad de la luz, todo sucedió en apenas y literalmente un segundo. Los disparos alcanzaron a los M-61, que interferían en la trayectoria hacia el Shai Hulud, y sus respectivas detonaciones bajaron el poder de fuego. El cambio de trayectoria ayudó a impedir el impacto de algunas descargas enemigas. Pero varias de ellas, aunque debilitadas, lograron impactar de lleno al Shai Hulud. Todas las alarmas saltaron.

– ¡Capitana! – gritó Azócar. – ¡Secciones 17, 27, 51 y 85, comprometidas! Y... y... Perdimos las secciones 51 y 52.

– ¡Las perdimos! – gritó la Capitana Araújo, incrédula, y luego soltó un par de palabras demasiado recias como para ser consideradas parte del vocabulario formal.

– Capitana, ya no tenemos la protección de los M-61. La siguiente andanada...

– Lo sé – dijo la Capitana Araújo, ahora lívida. – Sasaki, empaquete y envíe la información, trayectorias de sonda vectores 12, 19 y 96. Azócar, orden de evacuación.

– ¡Sí, capitana! – gritó Azócar. Y luego, vía menterminal, dio la orden: – ¡A toda la tripulación! ¡Evacuar! ¡Efectivo de inmediato! ¡Repito la orden: Evacuar, efectivo de inmediato!

– ¡Señora! – gritó Sasaki. – ¡El disparo afectó los servomotores de las sondas! ¡No puedo destrabarlas!

– ¡Destrábelas según protocolo de emergencia, y luego evacúe! – gritó la Capitana Araújo.

– Capitana, debemos irn...

– ¡Yo no me voy, Azócar! ¡Es mi nave, y...!

Azócar, por toda respuesta, agarró a la Capitana Araújo violentamente por el brazo. Ella nunca hubiera esperado una reacción así de un subordinado, y no atinó a reaccionar; Azócar se la llevó casi a la rastra.

– Puede usted enviarme a corte marcial por insubordinación después, pero usted se larga – dijo Azócar, y empujando a la Capitana Araújo fuera del puente de mando, ingresó de nuevo en él, y se encerró, dispuesto a dirigir las últimas órdenes de evacuación que fuera menester.

– ¡Azócar, no sea idiota! – gritó la Capitana Araújo. Pero Yun se acercó por detrás de la Capitana.

– Vámonos, Capitana – dijo Yun, con calma suprema dadas las circunstancias, mientras guiaba a la Capitana Araújo hacia las cápsulas de escape.

– Azócar imbécil – dijo la Capitana Araújo, mientras las lágrimas estallaban desde sus ojos, y corriendo ahora con Yun, gruñó entre dientes: – Azócar imbécil, jamás va a sobrevivir para que lo muela a golpes por hacerme sobrevivir a mi propia nave.

OxxxOxOOOxOxxxO

– Logré destrabarlos. ¡Sondas lanzadas... Capit... Azócar...! – dijo Sasaki, haciéndose ella un buen lío con los grados militares, en buena medida por el estrés casi intolerable de la situación.

– Entonces evacúe, Sasaki, y... que tenga una buena vida – dijo Azócar.

– ¡Sí, señor! – se cuadró Sasaki militarmente, y luego de apretar los botones de seguridad del puente de mando, salió corriendo por los pasillos en busca de una cápsula de escape.

Azócar siguió impartiendo órdenes, ordenando así la evacuación, e introduciendo a las cápsulas de escape los nuevos códigos, para que sus trayectorias de lanzamiento se ajustaran a la nueva ruta seguida alrededor de la Luna Mayor por el Shai Hulud; de lo contrario, las cápsulas no se insertarían en la órbita de Esperanza, y jamás podrían ser rescatadas.

En ese minuto llegó la segunda andanada. Tal y como lo preveían, ahora el impacto había sido masivo. El costado entero del Shai Hulud fue volatilizado, y el aire al interior de la nave escapó como una tromba al vacío, quemándose el oxígeno en una fulgurante y breve llamarada. Azócar no alcanzó a reaccionar, cuando de pronto el puente de mando también estalló; la oleada de calor no dejó nada en estado sólido en su interior, salvo algunas piezas de metal, y algunos huesos del infortunado Azócar.

Al darse cuenta de que ya no había aire, Sasaki se tocó inconscientemente la máscara de oxígeno delante de su rostro. Se subió apresuradamente a su cápsula. Unas explosiones se sintieron al fondo; lo último que quedaba del Shai Hulud, estaba detonando. Frenética, Sasaki apretó el botón para lanzar la cápsula. No funcionó.

¿Qué había dicho la Capitana Araújo? Que habían instrucciones en papel impreso. Nerviosa, sacó los mismos y los revisó rápidamente. Sasaki apretó las secuencias de botones respectivas con el automatismo para el cual había sido entrenada. El panel se abrió. Sasaki reventó un minúsculo sello con los dedos, liberó así una pequeña palanca mecánica, y la bajó con todas sus fuerzas.

Los explosivos bajo la cápsula de escape estallaron, y la misma fue lanzada al espacio, con la trayectoria prevista en las instrucciones del papel impreso.

Al alejarse del Shai Hulud, Sasaki pudo ver a través de la ventanilla el espectáculo de varias cápsulas de escape diseminadas por el espacio. Al fondo, los cuatro fierros retorcidos que quedaban del Shai Hulud, terminaron por explotar. La nave ya era medio chatarra desde la Batalla de la Orbita, y ahora lo era por completo, sólo basura espacial flotando alrededor de la Luna Mayor.

Pero no importaba. Gracias a Sasaki, ahora las sondas con la información estaban marchando alrededor de la Luna Mayor, por tres trayectorias distintas. Bastaba que una de ellas saliera de la cara oculta y estuviera a la vista del planeta Esperanza, para transmitir su información, y entonces, los altos mandos que estaban conduciendo la guerra, tendrían el mapa de la cara oculta con todos los movimientos de naves, bases y efectivos de los arzawe.

Satisfecha, Sasaki se dio un minuto para hinchar su pecho con orgullo, por el trabajo bien cumplido. Volvió a ver a las cápsulas de escape. Los alienígenas no parecían tener interés en destruirlas; quizás no las detectaban, o acaso las consideraban demasiado insignificantes para acabarlas.

Y entonces... Sasaki vio la extraña trayectoria de ellas. Como un rayo, descubrió la verdad.

No eran las otras cápsulas de escape las que tenían una trayectoria rara, sino la suya propia. Frenética, revisó de nuevo el texto en material impreso, con las coordenadas que debía introducir... y un terror gélido recorrió su espinazo. Esas coordenadas habían sido impresas antes del cambio de trayectoria en la Luna Mayor. Todas las otras cápsulas habían sido alimentadas con la información actualizada, pero debido al fallo de su propía cápsula, y al hecho de tener que programarla manualmente, Sasaki había introducido las coordenadas previstas en la primera trayectoria; el automatismo de su entrenamiento militar, y el estrés de la batalla, la habían hecho olvidar el recalibrar las coordenadas. Usando los recursos de su propia menterminal, Sasaki calculó la nueva trayectoria.

Jamás lo lograría. La cápsula de Sasaki estaba en una trayectoria que la sacaría de la órbita de la Luna Mayor, como estaba previsto, pero no para llevarla a insertarse en la órbita del planeta Esperanza y ser rescatada, sino para ser lanzada en una trayectoria parabólica cerca del Polo Sur de la Luna Mayor, y luego a salir disparada del plano de la eclíptica del Sistema Estelar, más allá de todo posible rescate.

Al darse cuenta de que estaba condenada a morir de asfixia dentro de la cápsula, cuando se le acabara el oxígeno, Sasaki se quebró, y las lágrimas invadieron su rostro. Las conexiones vía menterminal ni siquiera estaban diseñadas con tanta potencia como para viajar entre Esperanza y la Luna Mayor, por lo que tampoco tendría opción de despedirse de nadie. A pesar de la pérdida del Shai Hulud, la misión había sido coronada con el éxito, pero para Sasaki ya no habría salvación, sino una muerte que caería lentamente como un velo negro encima de su rostro, hasta llevarse su último aliento.

つづく

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