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jueves, 19 de noviembre de 2015

Automovilistas vociferantes.


Los automovilistas se ponen cada vez más fastidiosos. Vez que sale un impuesto que grava el uso del automóvil, vez que los automovilistas protestan airados. Si les empiezan a cobrar parquímetros o en donde estacionarse, se les sube el rojo a la cara y estallan en contra de todo el mundo y su madre. Y de conducir de manera responsable, ni hablar. Algunos manejan como si fueran los faraones de las pistas, y tuvieran garantizada la inmortalidad. En algunos casos, como sucedió en 2.014, pueden incluso atropellar a alguien de una clase social inferior, y no sucede nada.

El automóvil, hoy en día, puede ser una necesidad para muchos, pero con más prominencia, también se ha transformado en un símbolo de estatus. Es casi parte de la cadena dorada de la vida, que el joven adulto que ha trabajado y tenido sus primeros ahorros, los invertirá en un automóvil; comprarse el primer automóvil es así casi un rito de pasaje, una demostración de que eres económicamente autosuficiente, una enorme exhibición de potencia fálica ante el resto de la sociedad.

Por ello, en materia de automovilismo, es casi parte del orden social establecido, un acuerdo tácito entre todos los ciudadanos, que quien tiene el mejor automóvil tiene también el derecho de ser prepotente y atropellador (a veces esto último de manera literal) con quien tiene un automóvil más viejo, más estropeado, más barato, o que es simplemente un peatón. Antiguamente, el caballero que iba a la batalla con armadura y montado en un bello corcel, tenía todo el derecho de echar la bestia encima de los paisanos que, reclutados para la guerra, iban apenas armados de azadas y palos; hoy en día es lo mismo, pero con terno (los varones) y traje sastre (las damas), y con automóvil.

En ese sentido, la posesión del automóvil no es sino una proyección del individualismo extremo que, hoy por hoy, está disolviendo como ácido corrosivo el tejido social. Arriba del automóvil, el proletario puede sentirse alguien, lejos de su familia y su hogar, al mando del volante y guiándolos hacia la Tierra Prometida que él designe. En su caso la felicidad es ignorancia: quien verdaderamente es alguien, no maneja su propio automóvil, porque tiene chofer.

Es por eso que las quejas de los automovilistas en contra de las medidas que hacen más costoso el uso del automóvil, por regla general no tienen fundamento, y nacen no de la recta razón que debe imperar en los actos humanos, sino de la prepotencia narcisista que es la marca y sello de la gente contemporánea. La recta razón indica que el automóvil genera un montón de problemas, y por ende, los automovilistas deben hacerse cargo de éstos. De lo contrario, estamos en un escenario en el cual el automovilista se lleva todos los beneficios, y externaliza o socializa todos los costos. En definitiva, no puede existir un legítimo derecho al automóvil sin asumir la responsabilidad completa del mismo, incluyendo todos los costos que acarrea a los demás.

Estos costos son variados. El más obvio es la contaminación. Un automóvil genera diversos gases que contribuyen al efecto invernadero, que hoy por hoy se está cargando al planeta. Vale que parte significativa del efecto invernadero viene de otros medios de transporte tales como los aviones, por ejemplo, pero en este caso la relación costo y beneficio es bastante mejor, porque cada avión lleva una enorme cantidad de pasajeros, y además conecta regiones imposibles de alcanzar en tiempo razonable, mientras que el automóvil en términos de uso por parte de varias personas, es mucho más ineficiente incluso que el transporte público. Todo esto hace aconsejable cobrar impuestos verdes tanto a los combustibles como a los automóviles. Pero éstos encarecen el valor de los automóviles, y ahí por tanto tienen a los automovilistas protestando porque las medidas de corrección social vulneran su sagrado derecho al automóvil.

El otro es la congestión. Es la tragedia de los comunes, llevada a los caminos. Si los caminos son de todos, entonces todos quieren usar el máximo posible de un espacio que, por definición, es limitado. El automovilista se beneficia de usar un espacio dentro de dicho camino, pero si todos quieren ese beneficio al mismo tiempo, el camino se atocha, y el beneficio desaparece. Los cobros de estacionamiento y las autopistas concesionadas tienden a reparar este mal, encareciendo el uso del automóvil hasta un punto en el cual quienes menos lo necesiten, dejarán de utilizarlo. Pero, ¡ay!, todos quieren usarlo porque el derecho al automóvil es sagrado, y cobrar por el uso del mismo es una herejía blasfema.

Frente a eso hay una serie de objeciones. La principal, que el transporte público apesta. En muchos casos es verdad. Pero remediar esto permitiendo a todo el mundo el uso del automóvil es lo mismo que curar un resfrío con una quimioterapia. La receta es mejorar el transporte público, mejorar los estándares de las carreteras concesionadas, etcétera. ¿Que eso no va a suceder porque todo está plagado de políticos corruptos e incompetentes que no van a hacer eso? Entonces ejerza su derecho al voto, salga de su casa, y vote por candidatos que sí se pongan a trabajar en esos temas. Sea usted un ciudadano responsable, no un automovilista vociferante.

En definitiva, usted debe entender esto. Usar un automóvil no es un derecho sagrado e inalienable. Usar un automóvil es un privilegio que se compra con dinero, y usted debe hacerse cargo de las responsabilidades y deberes que implica dicho privilegio. Usted se merece respeto sólo si es una buena persona, con independencia de que maneje un modelo del año, un cacharro del fiatseiscientolítico, o que no manejes en lo absoluto. Y si usted es otro automovilista vociferante que considera su asiento de conductor como un trono enjoyado en perlas y diamantes, entonces todavía le falta mucho por aprender, antes de entrar a vivir en una sociedad de respeto a los derechos y garantías fundamentales mínimos de convivencia humana.


2 comentarios:

Cidroq dijo...

Como automovilista que soy (y aparte motociclista), concuerdo con tu texto en lo fácil que es convertirse en un cretino con un auto, el sentarse tras un volante lleva muchas responsabilidades que nadie quiere cumplir, y si, debe de romperse el paradigma actual acerca de este vehículo, que buena parte las compañías automotrices se encargaron de crear.

Punto aparte, supongo que tuviste algun altercado serio con alguno de esos "ciudadanos" al volante,

Guillermo Ríos dijo...

No, en realidad no he tenido ningún altercado personal con estos sujetos. Lo que sí, me enfada mucho que por base regular, cada vez que sale en las noticias que se intenta introducir alguna modificación legal sobre el uso del automóvil, no falta el automovilista iracundo gritando algo en la línea de: "Yo pagué por él, así es que hago lo que quiero con él y nadie me puede decir nada". Con esa mentalidad, entonces yo tendría perfecto derecho a contratar un sicario y mandar a matar a quien me miró feo, porque, después de todo, fue mi dinero lo que pagó al sicario, ¿no?

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