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domingo, 25 de octubre de 2015

La Guerra Mundial Cero: Regreso al siglo XVIII.

Un grupo de tropas prusianas se mete por una brecha, durante la Batalla de Leuthen, según una pintura de Carl Röchling. No diré en qué fecha ni guerra, para no matar el suspenso.
Todos sabemos que las Guerras Mundiales son dos: la Primera y la Segunda. Ambas califican por varios motivos: una cantidad de muertos y de destrucción material sin precedentes, envolvimiento de la práctica totalidad de la Tierra, y consecuencias cataclísmicas para los equilibrios políticos a nivel planetario. Además, puntos adicionales por esto, en ambas los alemanes son los villanos, y ya sabemos lo que mejora cualquier historia cuando el villano es alemán. Piensen en que en Goldfinger, la mejor película de James Bond, aunque no se dice la nacionalidad del villano, mandaron a que lo interpretara Gert Fröbe, que era alemán. Además, como buena secuela, la Segunda Guerra Mundial es varias veces mejor que la primera porque muere más gente, se destruyen más cosas, y los villanos inspiran más. Porque nadie va a negar que Adolf Hitler es un villano mucho más rico, interesante y desquiciado que el Kaiser Guillermo, ¿no?

Pero si eso es una guerra mundial, entonces podemos asegurar con relativa seguridad que la llamada Primera Guerra Mundial no es ni con mucho la primera de las guerras mundiales. Hubo guerras así de cataclísmicas antes, aunque no tan imponentes desde el punto de vista humano y material, pero globales de todas maneras. Si nos vamos lo suficientemente atrás en el tiempo, podríamos remontarnos hasta los tiempos de las Guerras Médicas, entre griegos y persas, que abarcaron una buena porción del mundo civilizado de la época. Pero si debemos considerar una guerra de alcance literal y verdaderamente mundial, que cambió el rumbo de la Historia para siempre, quizás nuestro mejor candidato a la Guerra Mundial Cero sea la llamada Guerra de los Siete Años, que enfrentó a Francia, Austria y España por un lado, y a Inglaterra y Prusia por la otra, entre 1.756 y 1.763. Usualmente se la despacha como una simple guerra territorial europea, pero hay un detalle: tanto Francia como Inglaterra tenían colonias de importancia tanto en América del Norte como en la India. De manera que la Guerra de los Siete Años en realidad se libró sobre tres continentes, significó el desmantelamiento de un imperio colonial completo, y el ascenso imparable de otro hasta la hegemonía mundial, misma que ya no abandonó hasta... la Primera Guerra Mundial, justamente. De manera que acá en la Guillermocracia, después de nuestras míticas series Generación GM y Ver la Segunda Guerra Mundial, insistiremos con eso de los conflictos a escala terráquea, y veremos ahora la historia de esta verdadera Guerra Mundial Cero.

Dentro de un contexto histórico amplio, y con una breve pausa de unas dos o tres décadas, podemos considerar que la casi una centuria entre el estallido de la Guerra de los Treinta Años en 1.618 y la muerte de Luis XIV en 1.715, fue la devastación de los campos europeos. De ahí hasta el ciclo de las guerras revolucionarias y napoleónicas de 1.792 a 1.815, Europa vivió todavía otra serie de conflictos, pero éstos ya mucho más focalizados. Europa se había trabado en un complejo sistema de alianzas, y las potencias aprovechaban éstas para guerras de anexión, conquistando territorios, o de sucesión, emplazando a sus candidatos favoritos en los tronos vacantes. En ese sentido, la Guerra de los Siete Años fue simplemente el conflicto de mayor escala entre todos ellos. En realidad, el germen de este conflicto ya estaba latente en el Tratado de Aquisgrán de 1.748, que había puesto término a los ocho años de la Guerra de Sucesión Austríaca con lo que en esencia era una tregua: María Teresa de Austria, gobernante desde 1.740, se quedaba con el trono austríaco, a cambio de algunas concesiones territoriales, mientras que Inglaterra y Francia se buscaban su propio acuerdo. Este tratado había sido firmado más que nada por cansancio, y era cuestión de tiempo antes de que las hostilidades se reiniciaran.

Federico el Grande de Prusia, en un retrato de 1.772 por Anna Dorothea Therbusch. Este fue el hombre que libró una guerra mortal contra la mitad de Europa, y sobrevivió para contar el cuento.
Europa estaba trabada en una compleja red de alianzas e intereses que la convertían en un polvorín muy explosivo. Había dos grandes rivalidades en escena. Una de ellas era la de Francia e Inglaterra, en abierta disputa desde que los franceses desarrollaran su marina en la época de Luis XIV, y ambos a la caza de sendos imperios coloniales en Asia y Norteamérica; a cargo de la diplomacia francesa estaba el Duque de Choiseul, un diplomático más o menos competente, respaldado por el más o menos incompetente monarca Luis XV. La otra rivalidad estaba trabada entre la tradicional potencia centroeuropea que era Austria, y la naciente potencia que era Prusia, considerada un actor menor en el siglo XVII y que luego de la Guerra de Sucesión Española rematada en 1.714, había conseguido erigirse como la gran amenaza contra Austria en su esfera tradicional de influencia, que eran los principados alemanes. Y para complicar aún más las cosas, Jorge II de Inglaterra era también duque de Hannover en Alemania, por lo que era el interés de la corona británica el defender a Hannover de la voracidad austríaca y francesa. De esta manera, las alianzas se perfilaron de manera casi natural: Francia y Austria renunciaban a su hostilidad clásica, y unían fuerzas contra Inglaterra y Prusia. Irónicamente, los grandes beneficiados por este baile de alianzas fueron Rusia y el Imperio Otomano, las potencias del este que podían ponerle un excelente precio a sus lealtades. Rusia por un lado podía extorsionar a Prusia con una invasión militar en caso de guerra con Austria. Y el Imperio Otomano tiraba de la tradicional alianza de la Sublime Puerta con Versalles, al tiempo que le abría una cómoda embajada a los prusianos en Estambul, jugando a dos bandas como buenos políticos. A río revuelto...

Federico II el Grande, rey de Prusia, tenía miedo de un ataque combinado de rusos y austríacos. Este temor era muy real, toda vez que como parte de las concesiones del Tratado de Aquisgrán, y para conservar el trono, María Teresa de Austria había tenido que ceder la rica región agrícola de Silesia a los prusianos. Y María Teresa quería a Silesia de regreso a cualquier costo. Federico decidió que lo mejor era un ataque preventivo, y cargó contra Sajonia en 1.756. En respuesta se firmó el Tratado de Versalles de 1.757, otro de los cincuenta millones con ese nombre, en donde Francia y Austria fortificaron su alianza y llegaron incluso a pactar el desguace y reparto de Prusia entre varios principados alemanes, incluyendo a Austria entre los saqueadores por supuesto, todo a cambio de la posibilidad para Francia de incrementar su influencia en los Países Bajos. Fue quizás el momento más fino del Duque de Choiseul. Y ustedes que pensaban que era fácil enajenarse amigos jugando al Diplomacia.

Federico II de Prusia sabía que debía actuar con energía si es que quería sobrevivir, rodeado como estaba de Sajonia, Austria y Rusia, y con su mejor aliado, Inglaterra, ubicado a medio continente de distancia. Su genio táctico y militar brilló en una serie de brillantes victorias militares que por un instante parecieron garantizarle una victoria total. Y entonces todo se derrumbó en la Batalla de Kolin, en 1.757. Los prusianos debieron retirarse a sus dominios recién adquiridos en Sajonia. Y todo ello, mientras los británicos se negaban a llevar sus tropas más lejos que los dominios de Hannover; los mismos británicos fueron derrotados de manera humillante, y debieron comprometerse a no seguir luchando la guerra, aunque siguieron respaldando financieramente a Prusia, ahora su única posibilidad de tener un rol activo en la política europea. Federico II, mientras tanto, contendía heroicamente con los austríacos, los rusos, los sajones, los franceses, y además con los suecos que se aprovechaban del cacao para invadir Pomerania, región alemana con bastante valor inmobiliario considerando sus costas al Mar Báltico. Con independencia de cuál bando sea el más simpático para el lector, resulta innegable lo heroico de sus esfuerzos por mantenerse a flote en una coyuntura dentro de la cual Prusia podía muy bien haber terminado barrida del mapa. Federico II de Prusia fue llamado el Grande, y sí que se tiene bien ganado su apelativo, no como Felipe IV el Grande de España, que lo era la manera de los pozos, que son más grandes cuando más tierra se les saca...

Lord Clive se encuentra con un jerarca de la India después de la Batalla de Plassey. Pintura de Francis Hayman. El pintor jamás estuvo en la India ni vio un elefante en persona, por lo que el paquidermo se ve un poco... extraño, en la pintura.
Mientras Federico el Grande se las había con la mitad de Europa, se abría un segundo frente de batalla en la India. La mayor parte de la misma estaba bajo control del Imperio Mogol de la India; sin embargo éste, desde la muerte de Aurenzgeb en 1.707, venía en franca decadencia, en parte debido a la estúpida política tributaria que otorgaba la recolección de impuestos a príncipes locales sobre la base de cesión de tierras en concesión, manera segura de feudalizar los propios dominios si falta una mano dura para mantenerlos vigilados. De ello se habían aprovechado ingleses y franceses, celebrando tratados con príncipes locales, y al tiempo manteniendo apaciguado al Raj Mogol cediéndole tropas en arriendo. Sin embargo, la India era demasiado pequeña para los dos, y alguno iba a terminar desalojado, o ingleses o franceses. Los franceses contaban con ventaja, pero entonces vino la Batalla de Plassey de 1.757, y los británicos se impusieron sin mayores contratiempos.

En Norteamérica, quienes parecían tener la partida ganada eran los franceses. Los británicos estaban encajonados en las Trece Colonias, una cadena de ciudades en la costa este de Norteamérica que estaba bloqueada al norte por las colonias francesas en Canadá, al oeste por ramificaciones francesas que habían descendido desde Canadá a través de la enorme cuenca del Río Misisipi, fundando una ciudad de nombre tan francés como Nueva Orleans, ya en el mismísimo Golfo de México. Y al sur estaba por supuesto el vastísimo Imperio Español, grande e impotente como un cachalote varado en la playa, pero proclive a los intereses franceses, espoleado por su tradicional rivalidad marítima con los británicos, y además con un Borbón entronizado, el legendario déspota ilustrado Carlos II de España. Para colmo, los franceses habían conseguido ganarse la alianza de la Confederación Iroqui.

Ni qué decirlo después de lo anterior, las hostilidades en Norteamérica se abrieron con clara ventaja para los franceses, que se dieron el lujo de enviar expediciones militares a las Trece Colonias y lograr algunos triunfos importantes. Pero, ¡ay!, estaba el tema de los suministros marítimos. Dominando los mares, era cuestión de tiempo antes de que los británicos consiguieran revertir la racha de triunfos franceses. Y lo lograron. Los colonos se embarcaron en una enfebrecida guerra de desgaste, en un territorio de geografía mucho más hostil que los domesticados bosques europeos o las llanuras de la India, y en una guerra de desgaste de esa naturaleza, la balanza iba a terminar cayendo del lado británico más tarde o más temprano, como efectivamente sucedió.

La victoria de Montcalm en la Batalla de Fort Carillon, por Henry Alexander Ogden. Esta batalla, conocida también como Ticonderoga, fue uno de los momentos más inspirados de los franceses: 3.600 soldados franceses consiguieron pararle los pies y derrotar a una fuerza militar británica de 18.000 efectivos, entre regulares y milicianos.
En el escenario europeo, entretanto, parte importante de las victorias de Federico II de Prusia, eso sí, se debían a la incompetencia supina de los aliados en su contra. Los aliados superaban a Federico II en número de manera abrumadora, y aún así, el monarca prusiano se las arreglaba para batirlos una y otra vez, y cuando a su vez conseguían derrotarlo, lograba retirarse, reagruparse, y volver a la carga. En 1.759, Federico II estuvo a punto de ser barrido del mapa luego de la Batalla de Kunersdorv, derrotado por una coalición austrorrusa que estuvo a punto de ponerlo de rodillas... sólo para que los rusos afligidos por problemas internos se retiraran a Polonia; Federico II obtuvo así un respiro, aunque los austríacos no perdieron el tiempo y ocuparon Sajonia, territorio del cual les tomó a los prusianos una buena parte de 1.760 el desalojarlos. En cuanto a los franceses, éstos casi no pintaban nada en el escenario alemán, parados no por el magnífico Federico el Grande, sino apenas por un tal Fernando de Brunswick. Y todo eso mientras, recordemos, Inglaterra libraba la guerra desde un ángulo económico: subsidiando a Prusia a mansalva.

Ayudaba por supuesto que Francia en realidad no tenía tantos intereses en Alemania, y de hecho la alianza entre Versalles y Viena tendió a enfriarse, una vez que quedara demostrada la relativa incompetencia de los austríacos. El sueño de Francia era armar una coalición marítima contra Inglaterra. Lo suyo era casi una lista para una liga de fútbol: Holanda, Suecia, Rusia, España, Nápoles, Toscana, Cerdeña y Génova, lo que implicaba que tanto el Atlántico como el Mediterráneo y el Báltico quedarían en manos de enemigos de Inglaterra. Pero la proyectada liga nunca terminó de funcionar del todo, y terminó convertida en todavía otro bochorno más de la diplomacia versallesca, que no siempre se ha merecido el buen nombre con el cual ha pasado a la Historia.

Una de las consecuencias más angustiosas para Francia, del desmantelamiento de sus gloriosos proyectos marítimos, era la dificultad de enviar tropas a defender sus imperios coloniales a medio mundo de distancia. Quien pagó esto con sufrimiento y dolor fue el conde de Lally, el pobre infeliz enviado a la India para revertir los nefastos resultados de la Batalla de Plassey. La población nativa local detestaba a los franceses; además, por no llegarles refuerzos ni suministros (a diferencia de los británicos, muy bien surtidos), los franceses se veían obligados a robar y saquear, ganándose todavía más el odio de los nativos. Los británicos fueron conquistando bastión francés en la India tras bastión francés en la India, hasta que en Enero de 1.761 capturaron Pondichery, con Lally rindiéndose de manera ignominiosa. Al mes siguiente cayó la última factoría francesa, y con ello el imperio colonial francés en la India quedó destruido para siempre.

María Teresa de Austria, en un retrato de 1.759 por Martin van Meytens. La ambición de la reina austríaca por recuperar la Silesia, perdida a manos de Prusia en 1.748, fue el detonante de la Guerra de los Siete Años.
En América, las cosas terminaron por torcerse para los franceses. En 1.759, las tropas británicas entraron a saco en Quebec y lo conquistaron. En 1.760, el gobernador canadiense Vaudrevil capituló, y con ello, el Imperio Británico se hizo con Canadá de manera permanente. En paralelo, más al sur, en las Antillas, la hostilidad de la escuadra británica sembró estragos en las colonias francesas de dichos lugares, no en términos de arrasar con éstas, sino destrozando el comercio francés con sus colonias del Caribe. El resultado fue la pérdida de una importante fuente de ingresos para los franceses, así como el crecimiento del descontento entre los nativos.

Para 1.761, se hacía cada vez más evidente que la coalición de británicos y prusianos iba a ganar la guerra. Los fallecimientos de Jorge II de Inglaterra y Carlos II de España habían permitido atisbar la posibilidad de negociaciones; ambos sucesores, Jorge III de Inglaterra y Carlos III de España, tantearon la posibilidad de una paz, apoyada desde Francia por el inefable Duque de Choiseul. Pero William Pitt, el Primer Ministro de Inglaterra, no quería ni oir hablar de paz, ahora que iba ganando. La apuesta de Pitt le resultó favorable a los intereses británicos. El incombustible Federico el Grande estaba ahora entregado a nueva y enfebrecida campaña militar, e iba de triunfo en triunfo, mientras que los británicos conquistaron Filipinas a los españoles, y las islas caribeñas de Martinica, Granada y Santa Lucía a los franceses. Y la alianza angloprusiana recibió todavía otro golpe de suerte: en 1.762 falleció la Zarina Isabel, y asumió el trono ruso el Zar Pedro III. Este tipo era un admirador profundo de Federico el Grande, de manera que abandonó a Austria y se pasó de bando. No duró mucho, eso sí: una revolución palaciega acabó con Pedro III muerto en muy oscuras circunstancias, y siendo reemplazado en el trono por su intrigante y golpista doliente viuda Catalina la Grande, más interesada en explotar la rivalidad entre prusianos y austríacos que en apoyar de manera decidida a un bando. De manera que Federico el Grande, der Alte Fritz (el Viejo Fritz) como lo llamaron sus súbditos, comenzó a considerar que la idea de la paz no era tan mala, después de todo.

Por su parte, la alianza francoaustríaca estaba desplomándose a ojos vista. Suecia, que venía ocupando militarmente Pomerania, de pronto descubrió que Federico el Grande era el tipo más majo que se podía tener como amigo, y con toda la gentileza del mundo, los suecos le devolvieron el territorio a Prusia y nadaron todo el Mar Báltico de regreso hasta su país nativo. María Teresa de Austria, resignándose en definitiva a la pérdida de Silesia, y temiendo quedarse absolutamente sola ante la posibilidad de un entendimiento entre París y Londres, empezó a activar los resortes de la paz, presionando de paso a Carlos III de España para que aceptase las pérdidas militares. Inglaterra iba ganando, pero estaba agotada, y además al pacifista Jorge III, la suerte de Hannover le traía a un buen socaire, de manera que también estaba dispuesta a conversar.

Federico el Grande antes de la Batalla de Torgau en 1.760; pintura por Bernhard Rode, de 1.791. Federico es apodado der Alte Fritz (El Viejo Fritz) por los prusianos.
El 10 de Febrero de 1.763 se firmó el Tratado de París (todavía otro más con ese nombre) entre Francia, Inglaterra, España y Portugal. En su mayor parte, era un cambio importante al status quo literalmente mundial. Francia renunciaba a Canadá, que permaneció británica hasta su independencia algo más de un siglo después, en 1.867. También renunció a casi todos sus dominios de la India, salvo a un puñado de factorías, lo que por supuesto fue un cambio dramático en la Historia Universal; después de todo, siglo y medio después, Mahatma Gandhi estudió Derecho en Londres y no en París, y se rebeló contra la monarquía británica y no contra la Tercera República Francesa, ¿verdad? Inglaterra restituyó, eso sí, las islas de Martinica, Granada y Santa Lucía a Francia, a tiempo para que en 1.768 naciera francesa en una de esas islas, una tal Josefina de Beauharnais, que con el tiempo llegó a ser esposa de un tal Napoleón, de una familia de corsos de apellido Bonaparte... España por su parte, sin mucho esfuerzo, consiguió que le devolvieran Cuba y Filipinas, y además se ganó algunos dominios en Norteamérica.

A su vez, el 15 de Febrero del mismo año se firmó el Tratado de Hutertsburgo, entre Austria, Rusia y Sajonia, que a su vez venía a resolver el ala continental de la contienda. Esencialmente, fue un regreso al status quo anterior a la guerra, con Federico el Grande reteniendo la cacareada Silesia, y con Augusto III de Polonia haciéndose de Sajonia, en lo que fue uno de los últimos momentos de grandeza de los polacos, cuyo país iba a ser desmembrado por sus voraces vecinos prusianos, austríacos y rusos en apenas una generación más.

Todo lo anterior tuvo consecuencias incalculables para el devenir de la Historia Universal. La guerra había estallado por una disputa provinciana entre Austria y Prusia, pero a las últimas, ellos terminaron siendo los peones utilizados en los intentos de Francia por desbancar a Inglaterra. Intentos que, como podemos apreciar, fracasaron casi del todo. La escuadra inglesa se consagró como la más poderosa del mundo, y seguiría siéndolo hasta ser reemplazada por Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, casi dos siglos después. Además se había ganado el riquísimo imperio colonial de la India, repleto de los tesoros acumulados durante milenios por el Raj Mogol y los principados locales. Dichos tesoros fueron saqueados a discreción por los ingleses, y ayudaron así a financiar una cosita nueva que estaba surgiendo en el horizonte: la Revolución Industrial. Inglaterra se industrializó con celeridad entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, y sería la mayor potencia industrial hasta la Primera Guerra Mundial, y eso en buena medida gracias a las riquezas del imperio colonial que se había asegurado en la Guerra de los Siete Años. Por todo ello, es que si hemos de buscar alguna conflagración que se merezca el título de Guerra Mundial Cero, con toda probabilidad es ésta.

La tormenta, de Jean-Honoré Fragonard, obra de 1.759. Una pintura relativamente oscura, para un pintor rococó habitualmente muy luminoso.

4 comentarios:

Martín dijo...

Gracias por recordarme esta contienda con un estilo más "sabroso", podríamos decir. Sí conocía los pormenores de esa guerra, aunque yo tenía entendido que la muerte de Isabel de Rusia fue providencial para Prusia, que ya no podría haber aguantado más si no es por las tropas que Pedro III pone a su disposición (me parece que entre Isabel y Federico había algo personal). Y por otro lado, me parece que aquí es donde empieza la práctica nativa norteamericana de arrancar las cabelleras, pues los franceses exigían un método para comprobar que sus aliados nativos causaban las bajas enemigas que señalaban. Los europeos, siempre tan civilizados...
Y si la diplomacia francesa a pasado a la posteridad con buen nombre, eso se debe a un personaje posterior, Charles de Talleyrand, ministro de relaciones exteriores de la Francia de Luis XVI, de la Revolucionaria, de la del Consulado, de la Napoleónica, y de las dos Francias de la Restauración... Y que evitó que su país fuera despedazado en el Congreso de Viena, donde el sólo hecho de participar ya era un triunfo (Francia no tenía siquiera derecho a estar en ese cónclave, donde se iba a decidir qué iban a hacer con ella). Y viendo su carrera diplomática y los diferentes amos a los que sirvió, le encuentro toda la razón a la frase que dice: "La Historia suele decir que Talleyrand era un oportunista. Eso es lo mismo que tildar de brusco a Jack el Destripador". Aunque eso es parte de otra historia...

Guillermo Ríos dijo...

Lo de Talleyrand es legendario, uno de los hombres con mayor capacidad de supervivencia en la Historia. Yo siempre me he preguntado por qué nadie se ha puesto por la labor de rodar una película o una miniserie con el personaje. Es cierto que no habrían escenas de masas o de batallas, pero el ciudadano Talleyrand cuenta como un Game of Thrones de un solo hombre.

Martín dijo...

A todo esto, por ahí leí que una guerra mundial anterior a las del siglo XX - desde una perpectiva muy eurocéntrica, por cierto - sería la guerra contra los pueblos del mar, que habría involucrado a muchos más pueblos de los que uno podría suponer. ¿Sabrás algo de esta guerra mundial (a falta de un nombre mejor) sub-cero?

Guillermo Ríos dijo...

Yo no considero esa guerra como mundial porque abarcó a una pequeña área del mundo civilizado de la época. El área más avanzada, vale por eso, pero aún así. En realidad ni siquiera conocemos los detalles del conflicto, y muchas de las conexiones que se hacen entre los Pueblos del Mar, la retirada de los egipcios, la aparición de los filisteos, la consolidación de la confederación hebrea, la caída de los hititas, la migración de los frigios y la Guerra de Troya, por más que es demasiada coincidencia para ser casualidad, no deja de ser un tanto especulativo. Pero aunque todos esos elementos sean parte de una misma conflagración en varios frentes de batalla, aún así dejó sin tocar a la India, a China, al mundo olmeca, a las civilizaciones andinas, etcétera. O sea, mundial lo que se dice mundial, esa guerra no fue.

La Guerra de los Siete Años, en cambio, sí que tocó a la práctica totalidad de las civilizaciones de la época, bien sea enredándolas en conflagraciones directas, bien sea por la influencia de los cambios en los equilibrios de poder. Toda Europa estuvo metida. A través de franceses e ingleses, también la India y Norteamérica. A través de España, todo el Imperio Español. Y por las consecuencias políticas en la India, se sentaron las bases para la apertura del mercado del opio con China, lo que llevó a la destrucción del Imperio Manchú a la vuelta de un siglo y medio. Me atrevería a decir que los únicos territorios civilizados que escaparon de los efectos de la guerra, fueron los janatos del Asia Central por su distancia, las naciones centroafricanas por idénticos motivos, y Japón debido a la política de aislamiento internacional promovida por el Shogunato Tokugawa. Es decir, regiones importantes del mundo, pero un tanto secundarias en el mapa político y social de la civilización planetaria de la época.

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