martes, 20 de octubre de 2015

Bastión Esperanza - "La llegada del alba".

Imagen por Gordon Wiltsie (fuente).
Robespierre sonrió con suficiencia, o eso le pareció a Alba, a lo menos. Pero no parecía tener intenciones de tomar parte en la acción. O eso le pareció a Alba, a lo menos.

– Alba, es importante que pases – dijo Virgilio, interponiéndose entre ella y la Reina de Hielo. – Corre.

Alba miró a Virgilio. Era apenas un programa de computadora, y por lo tanto, seguramente incapaz de sentir emociones humanas como el compañerismo, la camaradería, o el espíritu de sacrificio. Y sin embargo, sus reacciones eran tan humanas, que la hacían sentir un escalofrío en el espinazo.

Pero Virgilio tenía razón. O Alba concluía su misión, o el planeta Esperanza entero estaría condenado.

Pensó brevemente en Numerio y su eterna energía infantil para descubrir el mundo, en Escalante y sus esfuerzos por hacer siempre lo correcto a pesar de torpeza social, en la amabilidad del doctor Wilkinson, en el adusto cariño del profesor Higgins, en... En tantas personas a las cuales había que salvar, sin que importara el costo. De manera que Alba miró a Virgilio una vez más, y luego corrió.

La Reina de Hielo abrió los brazos. No había nada de gentil en la expresión de su rostro iracundo, con las facciones literalmente deformadas, las comisuras de la boca invadiendo las mejillas, los ojos grandes como los de un felino en la noche, y las cejas crispadas en una expresión suprema de odio.

Virgilio intentó decir algo, ordenar algo, invocar algo, para detener a la Reina de Hielo, pero ella proyectó un chorro de hielo en su contra. El no alcanzó a quitarse, y quedó clavado contra la pared del domo. El hielo sobre él comenzó a acumularse, y terminó por hundir a Virgilio, y sus gritos.

Alba por su parte corría y corría, tratando ansiosamente de ganar el otro lado del domo.

– No lo lograrás – dijo Robespierre, con una mezcla de desprecio y condescendencia.

Alba miró por encima de su hombro, y descubrió que la Reina de Hielo se preparaba ahora para atacarla a ella. Casi por instinto, empezó a tratar de zigzaguear en su carrera. Funcionó una vez: el chorro de hielo pasó por su lado.

Y entonces vino el segundo chorro de hielo.

Alba consiguió arrojarse a un lado antes de que le diera de lleno, y terminara clavada contra la pared como Virgilio un instante antes. Pero de todas maneras, el chorro la golpeó en el hombro con una fuerza tal, que se sentía de la manera en que seguramente lo sufren quienes se lo dislocan. La potencia del impacto la hizo perder el equilibrio en plena carrera, patinó sobre el hielo, y resbalando y cayendo, su cuerpo entero se arrastró cerca de un par de metros sobre el hielo, girando sobre sí misma.

Alba se volteó aprisa para levantarse otra vez, pero entonces, el siguiente chorro de hielo se le vino encima. El instinto de supervivencia la obligó a incorporarse, pero no sirvió de nada: el chorro fue demasiado rápido, la alcanzó de lleno, y de pronto, ya no estaba respirando.

OxxxOxOOOxOxxxO

Alba levantó la mirada. Las facciones de la Reina de Hielo habían vuelto a la normalidad. Robespierre la miraba con el mentón alzado, en una muestra de arrogancia suprema. Y después de todo, Robespierre tenía razón. Después de todo, ¿qué sentido tenía luchar contra una fuerza tan poderosa?

Ella era Alba, sólo Alba, nada más que Alba. Una chica que siempre había estado a merced de las circunstancias, primero con su familia, y luego de haberla perdido, encargada al cuidado del profesor Higgins, y ahora, metida en una guerra planetaria, tratando de comandar una nave como Ganímedes, una responsabilidad vastamente superior a sus fuerzas...

Era inútil. Lo mejor era rendirse.

Alba se levantó con calma. Caminó un par de pasos, encontró un lugar en el hielo que podía servirle de banqueta, y se sentó. Respiró profundamente, ahora más relajada, y entonces, el llanto empujó a través de sus ojos hasta que las lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas.

Todo era inútil. Jamás lo lograría.

Alba comenzaba a aceptar la verdad que, muy en el fondo, había sabido desde el comienzo: el planeta Esperanza estaba condenado. La fuerza expedicionaria alienígena era demasiado poderosa, y aunque la nave espacial Ganímedes la había detenido, nadie sabía cómo manejarla. La única persona capaz de ello, por alguna razón, era Alba, y ella no estaba calificada para esto. Ella era una civil, una asistente de laboratorio, y no podía esperarse que luchara una guerra a gran escala, en el planeta o en el espacio.

Lo que hasta el momento era un llanto tranquilo, empezó a convertirse en un sollozo incontenible, cuando su mente voló hacia Numerio y Escalante. Ellos también estaban condenados. Numerio, un chico, con su idealismo idiota, y Escalante, un pobre bruto de mentalidad cuadrada que era incapaz de adaptarse a nada. Ambos estaban perdidos, y Alba lo sabía.

De pronto, Alba miró sus propias manos. Y, aunque éstas seguían ahí, poco a poco, se estaban haciendo transparentes. Alba todavía podía verlas, pero también a su través. Estaba literalmente desapareciendo.

¿Qué había dicho el profesor Higgins? Morir en la simulación significaba la muerte en la vida real.

De pronto, Alba descubrió que ésa era una buena muerte. Nada de dolores, nada de agonías. Nada de sufrimientos como la muerte púrpura que se había llevado a sus padres. Simplemente desaparecer, desvanecerse, el término de la conciencia, el cese del aire y la apertura de la gran atmósfera alrededor, a la cual exhalar un último suspiro. Simplemente desaparecer...

Alba cerró los ojos. Y al hacerlo, sintió como sus manos dejaban de estar ahí, y luego sus pies, y los brazos, y las piernas. Poco a poco, los músculos del cuerpo dejaban de enviar señales, el tacto se suprimía, los sonidos afuera se silenciaban... Si eso es la muerte, no puede estar tan mal, ¿verdad?

Alba respiró profundo una última vez, sintiendo de manera instintiva que no habría una siguiente, y exhaló con suavidad. Y al hacerlo, todo cesó. El mundo entero desapareció, y el resto fue la negrura absoluta, y la nada.

OxxxOxOOOxOxxxO

Alba abrió los ojos. Virgilio estaba mirando sobre ella.

– ¿No... estoy muerta? – preguntó Alba.

Virgilio sonrió. Para ser un programa computacional, el viejo era bastante humano.

Alba miró alrededor. Y reconoció el paisaje. Había estado antes ahí, con Arslan Zetten.

– Todo se había acabado, Virgilio. Iba a morir, iba a descansar. ¿Qué estoy haciendo aquí?

– Estamos en el inframundo, Alba. No hay escape desde aquí.

– Sí, sí lo hay. Yo mismo escapé de aquí, Virgilio.

– ¿Es aquí en donde estuviste, Alba?

– Sí, aquí...

Virgilio retrocedió levemente, anonadado. Alba, por su parte, medio se incorporó.

– Ese es el verdadero poder de la Reina de Hielo, ¿no? – dijo Alba, todavía vacilante en cuerpo y mente. – No es un ataque físico. Es un ataque mental que destruye tu optimismo y tu felicidad.

Virgilio asintió solemnemente con la cabeza.

– Virgilio, esto cada vez tiene menos sentido. Quiero decir... todo el interior de la computadora de Ganímedes está plagado de medidas de seguridad, y sin embargo, las he roto todas. Incluso este ataque, debería haberme matado porque no soy un programa, ¿no es así? Pero no morí. Caí aquí, pero no morí.

Virgilio volvió a asentir. Ahora su expresión era de extrañeza, y algo de cautela.

– Sabes, Virgilio, que para ser útil a un usuario, un computador debe conceder permisos de usuario. Todos estos medios de defensa han sido configurados para alguien con permisos de usuario promedio. Pero si he conseguido sobrevivir, entonces yo tengo un permiso especial, Virgilio. Alguien, no sé quién, me dio permisos de administrador. Es por eso que Ganímedes despegó cuando comenzó la invasión alienígena, estando yo presente. Es por eso que generó un escudo deflector, cuando necesitamos protegernos al Coloso y a Ganímedes. Es por eso que el lugar entero está diseñado de acuerdo a un libro que me impresionó de niña, la "Divina Comedia" de Dante Alighieri, en vez de Shakespeare o... no sé quién más. Y es por eso que Robespierre no puede atacarme de manera directa. Caronte lo vio, y por eso me devolvió el óbolo. Yo no he pagado el pasaje, porque eso es sólo para los programas, así como para los usuarios normales, no para los usuarios con permisos de administrador.

– Sí, pero...

– Y el ataque en la barca de Caronte. Me agarraron y me jalaron a través del bote como si se hubiera vuelto transparente. Yo pensaba que era un error del programa, o una forma de ataque... pero eso no sucedió así. En realidad ese desperfecto en el programa ocurrió porque yo, inconscientemente, lo dejé suceder. Me arrastré a mí misma hasta el inframundo, hasta esta región de Ganímedes, porque... porque no estaba segura de cuál era mi lugar, supongo.

Alba asintió, entendiendo ahora un par de cosas.

– Virgilio... Yo creé este lugar. Yo le di la configuración de un lugar de infierno y castigo, porque mis padres murieron por la muerte púrpura, y yo no estudié Medicina sino Física, y... Virgilio... puedo sacarnos de aquí. ¡Puedo sacarnos de aquí! ¡Pude hacerlo ayer, ahora, cuando quiera!

La expresión de Virgilio era de sorpresa total. Aparentemente, ni el propio Virgilio sabía tanto sobre lo que Alba podía hacer o dejar de hacer.

– Ven, Virgilio, toma mis manos – dijo Alba. Este obedeció. Y Alba añadió: – Voy a tomar el control de Ganímedes. Voy a tomar el control de Ganímedes. ¡¡¡VOY A TOMAR EL CONTROL DE GANÍMEDES!!! ¡¡¡Y LO VOY A HACER... AHORA!!!

OxxxOxOOOxOxxxO

Alba abrió los ojos. La Reina de Hielo estaba delante. Robespierre seguía en su sitio. La expresión de sorpresa de ambos era infinita.

La Reina de Hielo no perdió tiempo en lanzar un nuevo chorro de hielo. Alba se quedó parada. Y el chorro de hielo no la alcanzó.

Alba empezó a caminar recto hacia la Reina de Hielo, sin ningún gesto o emoción. La Reina de Hielo siguió lanzando chorro tras chorro de hielo, de manera cada vez más desesperada. Luego, frenética, intentó zafarse de la base de hielo que a ella misma la retenía en su sitio. Su rostro ya no presentaba ninguna expresión que pudiera calificarse de humana: eran las facciones propias de una lunática.

Alba llegó hasta delante de la Reina de Hielo, y le soltó una sonora bofetada. Tanto Virgilio como Robespierre se echaron atrás, asombrados. La Reina de Hielo, por su parte, se sobó la mejilla, soltando de paso un gemido lastimero. Las lágrimas estuvieron a punto de aflorar, pero Alba la agarró por los dos hombros, y acercándola, la abrazó.

– Ya veremos qué hacer contigo, ¿está bien? – dijo Alba, con bondad en la voz.

Y luego, se separó de la Reina de Hielo, con una sonrisa. La Reina de Hielo se quedó en su lugar, confusa. Pero Alba ya no la miraba: ahora se había vuelto a Virgilio:

– Vamos, Virgilio. Vamos a ver a la Emperatriz.

– Yo... no puedo, Alba – dijo Virgilio, todavía impresionado. – Mi programación me lo impide.

Alba asintió, sonriendo.

– Gracias por guiarme y acompañarme, Virgilio.

Y Alba, dándose la media vuelta. cerró los ojos, ordenando y deseando el lugar en el cual iba a estar cuando los abriera. Cuando Alba abrió los ojos, se encontró con una dama cuyas facciones parecían orientales, vestida de azul cobalto, y con un tocado cuadrado del mismo color. Instintivamente, Alba supo que era Aura, el principal programa en el interior de la computadora de Ganímedes.

つづく

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