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martes, 27 de octubre de 2015

Bastión Esperanza - "La leyenda de los mundos traicionados".

Imagen por Dannybob en DeviantArt (fuente).
Por fin había terminado el largo periplo, y ahora Alba se encontraba mirándose frente a frente con Aura, el programa principal dentro de la computadora de Ganímedes. Alba iba a abrir la boca para pedirle a Aura que la llevara ante Ester, el programa de archivos dentro de la computadora de Ganímedes, pero Aura levantó la mano de manera ceremoniosa. Luego, moviendo el brazo con lentitud, invitó a Alba a acompañarla. Ambas caminaron a través de una enorme puerta que daba a un corredor bellamente iluminado con motivos barrocos.

Finalmente, llegaron hasta un amplio salón, con una luz tenue y difusa, que parecía venir de todas partes y ninguna al mismo tiempo. En el centro del salón se encontraba una pileta de un metro de altura, más o menos, de color broncíneo, decorada con relieves suaves, de magnífico detallismo, y que en un jardín, bien hubiera podido servir como abrevadero para pájaros. Gigantescos anaqueles cubrían todas las paredes, pero en dichos anaqueles no había casi ningún libro.

– No hay libros en los anaqueles porque no tenemos acceso a los programas maestros – dijo una chica que lucía como una treintañera algo estropeada por la vida. Tenía algo de sobrepeso, sin ser gorda, usaba lentes, y en general sus mejillas algo hinchadas le daban un aspecto un tanto infantil que la hacían más tierna... o la habrían hecho más tierna, de no ser por una mirada severa y adusta.

– Hay programas maestros para restaurar los bancos de datos – dijo Alba. – Soy una usuaria, y sé que siempre los hay. Yo los buscaré.

– Es imposible – dijo Ester, malhumorada. – Aunque restaures los discos, será con información virgen. La información anterior se habrá perdido.

– Si los medios físicos están intactos, y no tenemos motivo para pensar que sea de otra manera, entonces yo encontraré el camino – dijo Alba. Y añadió, con completa seguridad de lo que estaba haciendo: – Muéstrame el momento del encendido. Muéstrame el momento en que Ganímedes regresó a la vida.

En respuesta, Ester y Aura se miraron mutuamente, desconcertadas. Pero Ester accedió a la petición de Alba, sin mediar una sola palabra.

– Mira aquí – dijo Ester, extendiendo ambas manos y abriendo ambos brazos sobre la pileta. La misma estaba llena de un líquido de color turquesa. Ante los gestos de Ester, el líquido levantó algunas formas tentaculares desde la pileta, y de pronto, a medida que tales tentáculos de líquido se extendían, empezaron a disolverse en fragmentos y chispas de luz que, recombinándose en el aire, crearon una serie de imágenes holográficas.

A través de la imagen, Alba vio como un montón de luces saltaban desde la negrura absoluta: era casi la Creación del Universo. Primero fueron unos puntos abstractos, la mayor parte de ellos de color rojo, y luego, empezaron a formarse redes y retículas que se extendieron, hasta que la imagen holográfica adoptó una forma de cúpula. Apareció la superficie del planeta Esperanza, y sobre ella, varias naves espaciales de las que pertenecían a los alienígenas invasores; las naves y el planeta no estaban ni de lejos a escala.

Después de observar un rato, Alba extendió la mano. Una vez más, Aura y Ester se miraron con cautela.

– Es un código – dijo Alba. – Ustedes no saben cómo descifrarlo porque no han sido programadas para ello. Es simplemente una medida de seguridad del sistema, para evitar que el propio sistema desconfigure su propia información. Pero yo, siendo una usuaria externa al sistema...

Alba introdujo la mano en el líquido color turquesa en la pileta. La imagen empezó a ir marcha atrás, y aparecieron de nuevo los puntos lógicos, trazando líneas y creando polígonos: información abstracta hecha visible a través de representaciones geométricas.

– La manera en que se mueven los puntos rojos... Es un código. Esto es un agujero negro, el punto en que todas las leyes físicas del universo se terminan. Ustedes no pueden traspasarlo porque sería la negación de su propia existencia: el borrado y el olvido. Pero yo... yo sí puedo. Me basta con ajustar estas ecuaciones aquí, y estas ecuaciones allá...

Alba movía las luces rojas holográficas con sus manos, reajustándolas en el espacio según los patrones en que se habían movido, como si de las piezas de un rompecabezas tridimensional se tratara.

Y de pronto, la imagen comenzó a ir hacia atrás, hacia atrás, hacia atrás... Hasta que, de pronto, Alba descubrió que se le estaban mostrando imágenes del Sistema Estelar del Sol, del hogar ancestral de la Humanidad. Desde allí habían salido las naves colonizadoras que habían alcanzado a Esperanza, veinte años atrás, luego de su largo viaje de cien años a través del espacio.

Tenía que ser eso, porque Alba reconocía una imagen en particular. Había una enorme torre de brillante metal, sin ventanas ni aberturas, salvo algunas protuberancias cuadrangulares; había también un símbolo, un círculo rojo con tres triángulos azules sobrepuestos, muy alargados, orientados hacia arriba y a la derecha. En lo alto de la torre había una figura humana con los rasgos simplificados hasta el extremo del simbolismo, también en metal. Alrededor de la torre había un océano de construcciones metálicas apiñadas. Y más allá estaba la cúpula, una enorme cúpula semitransparente a cuyo través podía verse un gigantesco planeta flotando evanescente, con franjas entre amarillentas y marrones, que cubría más de la mitad del cielo. Y más allá de la cúpula, se extendía un territorio de tonos amarillentos, rojizos, ocres, marrones y oxidados, un enorme manto jaspeado con irregularidad impresionista, bajo un cielo perfectamente negro y estrellado. Todo el escenario se mostraba en quietud, y al mismo tiempo, parecía haber un movimiento subterráneo, que no quería terminar de aflorar. Alba ya había visto ese escenario, al enfrentarse contra Robespierre. Y ahora tenía la confirmación de que no había sido sólo una alucinación, sino un recuerdo olvidado de su infancia, distorsionado por el filtro de la memoria, pero un escenario que era, o había sido, real.

– ¿Qué mundo es éste? – preguntó Alba. – Es un satélite alrededor de ese planeta gigante, parece.

Ester se lanzó hacia los anaqueles, que como por arte de magia, comenzaban a llenarse de libros. Buscando animadamente, abrió uno de los tomos, y encontró la respuesta:

– Es Io. Uno de los satélites de Júpiter, un planeta dentro del Sistema Estelar del Sol.

OxxxOxOOOxOxxxO

Lentamente, en medio de videos, movimiento, esquemas, gráficos, y un montón de información en imágenes holográficas flotantes que iban y venían, una historia empezó a desarrollarse alrededor de Alba: la historia de los orígenes de la nave espacial Ganímedes.

Después de desangrarse en un genocidio masivo a lo largo y ancho de todas las colonias dentro del Sistema Estelar del Sol, la Gran Guerra Terrestre, los humanos habían acordado la paz; fundaron para ello un gobierno único, la Confederación Solar, cuya capital fue fijada en Ganímedes, el satélite de Júpiter que había sido el primer cuerpo celeste colonizado más allá del Cinturón de Asteroides. La destrucción de ciudades y la pérdida de población, había resultado fatal para la mayoría de los mundos, satélites, ciudades, colonias y factorías espaciales, y la economía tardaría mucho tiempo en recuperarse. Algunos entonces decidieron que la mejor manera de reactivar la economía, y al mismo tiempo asegurar la supervivencia de la raza humana, en caso de un nuevo conflicto a semejante escala, era iniciar un vasto plan de construcción de naves espaciales capaces de viajar a velocidades einstenianas hasta una docena de planetas habitables en un radio de cien años luz a la redonda del Sistema Estelar del Sol. Finalmente, después de cerca de veinte años de labores, la docena de expediciones colonizadoras partieron a sus respectivos destinos. Una de ellas era la flota de naves que habían llegado hasta Esperanza; setenta años luz de distancia cubiertos en cien años de tiempo de las naves, y cerca de 140 años en tiempo del Sistema Estelar del Sol, debido a la dilatación del espacio y tiempo, de manera que en el calendario de Esperanza todavía vivían a finales del siglo XXIII, mientras que en el calendario del Sistema Estelar del Sol ya deberían ser los inicios del siglo XXIV.

Y después de que las expediciones colonizadoras despegaron, apareció de la nada una flota alienígena. Alba la reconoció: eran los mismos misteriosos invasores que habían atacado a Esperanza. Pero no eran apenas veinticuatro naves: eran muchas, muchísimas más. Los alienígenas no parecían interesados en hacer contacto de ningún tipo, y permanecieron meses vagando por el Sistema Estelar del Sol, de manera aparentemente errática, sin nada que pareciera un plan predeterminado.

En la época, el político más influyente de la Confederación Solar era Arslan Zetten; se afirmaba que era más poderoso que el mismísimo Presidente de la Confederación. Los registros de la época lo retrataban como un animal político, un hombre de modales ampulosos que había saltado desde las leyes a la política, y con un talento único para estar en el lugar justo y hablar con la gente precisa, logrando manipular con seducción y amenazas a otras gentes, para lograr servirse de sus capacidades, voluntades, almas y cuerpos. Como advirtiendo que nadie conocía a ciencia cierta las intenciones de los alienígenas, o su potencial de fuego, consiguió hacerse nombrar embajador para encabezar una expedición hacia las naves alienígenas.

Arslan Zetten entró en una de esas naves, y no volvió a salir. Ni a pisar una colonia humana.

Cuando volvió a aparecer, sólo en imagen a distancia, ya no era completamente humano. El color de su piel hubiera calificado como esmeralda, de no ser porque lo opaco de la misma le daba una apariencia cadavérica, como carne en proceso de putrefacción. Se mostró únicamente para pedir la rendición completa y absoluta de las colonias, ante el dominio de la raza alienígena, quienes se hacían llamar a sí mismos como los arzawe.

Los humanos deliberaron, y no aceptaron rendirse.

Ganímedes fue bombardeado. En cuestión de minutos, todas las colonias superficiales o enterradas a poca profundidad, fueron arrasadas; las más profundas quedaron sepultadas en un océano de suelo vitrificado que era impenetrable a los taladros, convirtiéndose así en sepulturas en vida para sus respectivas poblaciones.

Luego se dirigieron a todos los restantes asentamientos humanos: desde el planeta más densamente poblado hasta la más remota y solitaria colonia espacial, los arzawe fueron implacables en arrasarlo todo. La Tierra fue bombardeada por rayos de alta energía que elevaron la temperatura hasta un punto en el cual el oxígeno atmosférico entró en combustión; una gigantesca llamarada de fuego arrasó entonces toda la vida sobre el planeta nativo de la Humanidad. Lo que quedó detrás fue un mundo de roca vitrificada, con los océanos casi por completo evaporados, y en el cual ni el más microscópico organismo había conseguido sobrevivir.

Y luego, quizás aprovechando los conocimientos que los arzawe hubieran podido obtener de Arslan Zetten, el Verdugo de la Humanidad, la flota alienígena se separó, con destino a los varios sistemas estelares colonizados por los humanos. ¿Qué había sucedido con ellos? ¿Conseguirían sobrevivir esas frágiles semillas de Humanidad, en los últimos enclaves de la especie? Misterio absoluto.

Pero en Io, el satélite de Júpiter, en donde los últimos restos de la Confederación Solar pudieron cobijarse, los humanos pudieron montar una débil última resistencia. Con desesperadas obras de ingeniería y robótica, y trabajos forzados, aprovechando la tecnología de la minería del azufre, los humanos pudieron convertir los volcanes de Io en verdaderos cañones de lava sulfúrica, apuntando hacia el espacio. Pudieron incluso derribar una nave arzawe, y estudiar sus restos, aunque no pudieron encontrar ningún cuerpo alienígena, ni siquiera el cadáver de uno; descubrieron, eso sí, que sus naves espaciales eran en sí estructuras vivientes de alguna clase, aunque no tenían los recursos o el tiempo para estudiar a fondo su biología. En lo que parecían las redes neuronales de la nave, los humanos pudieron descifrar los rudimentos de un lenguaje, en lo único que era comprensible para ellos: las matemáticas, que son las mismas para todo el universo observable. Los humanos usaron esos conocimientos para fabricar una nave espacial, no biológica sino electromecánica, pero al menos, funcional. Era, además, la primera nave espacial humana capaz de viajar a velocidades mayores a la de la luz. Por la escasez de recursos, sólo pudieron fabricar una de ellas, pero eso era mejor que nada.

Fue elegida una tripulación para la nave, y luego ésta despegó hacia la que se suponía era la colonia más grande de todas: la ubicada en el planeta Esperanza. Viajando a mayor velocidad que la luz, a pesar de haber despegado después que la expedición colonizadora, pudo llegar antes. Sin embargo, algo que no está en los registros, sucedió. Hubo un fallo. La nave se estrelló sobre la superficie de Esperanza, y quedó semienterrada. La tripulación entera desapareció, sin saberse qué sucedió con ella. El completo sistema computacional fue reiniciado desde cero, con mucha información perdiéndose en el proceso. Por trágica ironía los humanos, ignorantes del destino de la antigua capital de la Confederación Solar, al encontrar la nave, la llamaron... Ganímedes.

Alba recordó a Arslan Zetten, o mejor dicho, a lo que ahora sabía, era una copia informática de Arslan Zetten, dentro de la computadora de Ganímedes. ¿Cómo había llegado esa copia de la mente de Arslan Zetten, a la mente de Ganímedes? Y si esa copia andaba rondando y había corrompido los bancos de datos, ¿qué tan confiable era toda la información recibida? Alba tenía sus dudas. Pero ahora también tenía algunas respuestas. Ahora el enemigo tenía un nombre: los arzawe. Y su ataque no era casualidad; había una coordinación por detrás, aunque sus motivos fueran un misterio, por el minuto a lo menos. Asimismo, ¿era posible que los arzawe le temieran a Ganímedes porque, al incorporar tecnología alienígena, dicha nave fuera mucho más peligrosa para ellos de lo que los humanos creían? Pero sobre todo, en última instancia, la pregunta más importante de todas... ¿cómo se las arreglarían para luchar contra una horda de invasores alienígenas tan avanzados tecnológicamente que eran capaces de arrasar sin mayores dificultades la vida de un sistema estelar completo...? ¿Qué esperanza podía caberle al planeta Esperanza, frente a invasores que tenían tanto la voluntad como el poder para llevar a cabo la erradicación completa y absoluta de la Humanidad desde la faz del universo...?

つづく

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