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martes, 13 de octubre de 2015

Bastión Esperanza - "El territorio de la Reina de Hielo".


La capitana Araújo abrió comunicaciones con el Comandante Luca, vía menterminal.

– Aquí la capitana Araújo reportándose, Comandante Luca. El Shai Hulud está listo para despegar.

El Comandante Luca vaciló en responder por un instante. Quizás debía darle algunas palabras de apoyo a la capitana Araújo, que inauguraba su puesto con una misión suicida. En la Batalla de la Orbita, el crucero Shai Hulud había quedado seriamente dañado, y el capitán Bruni que lo comandaba, aunque ileso físicamente, había quedado incapacitado incluso hasta para ponerse el uniforme militar, víctima del estrés postraumático, haciendo evidente que lo habían ascendido demasiado rápido. Ahora la flamante capitana Araújo, hasta hace poco segunda al mando tras el capitán Bruni, estaba a cargo del Shai Hulud, en una misión de la que probablemente no volvería. Por lo tanto, quizás unas palabras...

– ¿Sucede algo, Comandante Luca...?

– No... nada – repuso éste, volviendo a la realidad. – Despegue a la brevedad, y buena suerte.

– Gracias, Comandante. Capitana Araújo, fuera.

La capitana Araújo se volvió entonces hacia su tripulación.

– Azócar... Déle a esos BI – dijo la capitana, tratando de demostrar confianza.

– Sí, señora – dijo Azócar, con voz un tanto mortecina, y activó los motores Berserker Inferno. Azócar sabía tan bien como la capitana, que la misión era suicida. Pero alguien debía llevarla a cabo.

El pesado crucero de combate Shai Hulud despegó, y pronto, abandonó la sección inferior de la atmósfera de Esperanza. En el aire enrarecido de la atmósfera superior, no parecía haber novedades, de manera que la capitana Araújo abrió las comunicaciones vía menterminal.

– Tripulación... No necesito recordarles lo golpeados que fuimos en la batalla anterior. Las labores de reparación nos dejaron apenas con lo indispensable para funcionar. Creo que todos sabemos dos cosas de esta misión. Una, es de importancia suprema. Dos... es suicida. Y sin embargo... alguien tiene que ejecutarla. No nos eligieron por tener la nave más poderosa, sino porque quedó tan estropeada, que su pérdida no va a ser tan grande. Y por desgracia, nos toca tripularla a nosotros.

Había un pesado silencio vía menterminal. Algunos en la tripulación hasta el minuto habían mantenido la débil ilusión de que, quizás, a lo mejor, la misión fuera apenas rutina. Para esos pocos, el discurso de la capitana Araújo estaba significado un brutal descenso hacia la realidad.

– En el intertanto desde la Batalla de la Orbita, han enviado sondas de reconocimiento al otro lado de la Luna Mayor, en donde se supone está el enemigo. Pero además de ser lentas por no contar con buena propulsión, todas las sondas han sido aniquiladas antes de alcanzar a transmitir la mínima información que sea de utilidad. Nosotros vamos allá porque se supone que el Shai Hulud va a aguantar un par de disparos más. Pero somos nosotros, un crucero de batalla cayéndose a pedazos, contra casi una veintena de fortalezas volantes enemigas armadas hasta los dientes. Nuestra misión es mantenernos vivos tanto como podamos, por lo menos hasta salir del área detrás de la Luna Mayor y poder reenviar a Esperanza toda la información que podamos recabar sobre los alienígenas, ¿está claro?

Nuevo silencio sepulcral.

– Naturalmente, tenemos un plan. Lo que haremos es entrar en una órbita alrededor de Luna Mayor que nos haga pasar muy a ras de la superficie, a la máxima velocidad posible. Eso nos hará un blanco móvil más difícil de acertar desde posibles bandidos en la superficie, y nos alejará de cualquier nave en órbita sincrónica con la Luna Mayor, mejorando así nuestras posibilidades de pasar de lado a lado por la cara oculta. Si nos disparan, lanzaremos todos los misiles a la vez, cuyas cabezas han sido equipadas con explosivos magnéticos M-61, que al ser volados por las descargas enemigas de energía, deberían contribuir a disipar esa energía, y amortiguar los impactos que nos lleguen. Al mismo tiempo, captaremos todo lo que podamos en todas las frecuencias electromagnéticas posibles, acerca de la posición y movimientos del enemigo.

Hubo un poco de estática a lo largo de la conexión menterminal. La idea de que existía un plan, después de todo, parecía aliviar la ansiedad de la tripulación.

– De todas maneras, el trayecto por la cara oculta de la Luna Mayor va a ser muy largo, y es muy poco probable que lleguemos de una pieza al otro lado. Si nos aniquilan... ante la orden de evacuación, todas las cápsulas de escape han sido programadas con una secuencia de detonación de retrocohetes, que deberían mantenerlas en una trayectoria que las va a lanzar fuera de la órbita de la Luna Mayor, y las hará derivar a la órbita de Esperanza, en donde esperaremos que nos rescaten desde la superficie. En caso de que ustedes se encuentren con una cápsula que no responda de manera automática y la conexión menterminal sea puesta fuera de combate, hay instrucciones en cada una de ellas, en papel impreso, para consultar cómo hacer esa programación de manera manual. ¿Está todo claro?

– Sí, señora – dijeron algunas voces aquí y allá, a través de la menterminal.

– Soldados – siguió la capitana Araújo. – Nunca en la vida volverán a tener una misión tan difícil y con tan pocas probabilidades de éxito, de la que a su vez dependa la planificación de una guerra completa, como ahora. Ustedes se han entrenado toda la vida para esto. Yo he sido su camarada de armas, me conocen, y ahora que soy su capitana, saben que haré todo lo posible porque ganemos esta guerra. ¡Viva la Patria! ¡Viva la libertad! ¡Viva Esperanza!

– ¡Viva! ¡Viva! – gritaron algunos, entre otros vítores.

En realidad, la capitana Araújo sabía que el discurso iba a ser tan deprimente, que había pedido, o más bien había ordenado, a algunos subordinados escogidos entre los más discretos y confiables, para que cuando terminara de hablar, dieran algunos vítores para contagiar de entusiasmo al resto. Por suerte, habían cumplido. Y había funcionado. La moral para cumplir la misión había mejorado en algo.

Ahora sólo faltaba lo más importante y difícil: cumplir, de manera efectiva, la misión.

OxxxOxOOOxOxxxO

Virgilio y Alba seguían caminando. Ahora estaban llegando al fondo del gigantesco cuenco. Robespierre no había vuelto a molestarlos. El camino, más que difícil, había sido largo y aburrido.

Alba se había cuidado mucho de comentarle a Virgilio, algo acerca del misterioso Arslan Zetten. Estando en la realidad simulada del interior de una computadora, era muy difícil discernir aquellas partes de la realidad que eran una manera de la supercomputadora de Ganímedes para presentarse en una forma comprensible para el usuario, y aquellas partes de la realidad que eran simplemente mentiras. Y Virgilio podía ser en verdad cualquier cosa.

Finalmente, llegaron hasta el final del camino alrededor del cuenco. El cual no se encontraba en el fondo mismo del cuenco, ya que éste seguía hacia abajo, hacia la fuente desde la cual salía la luminosidad grisácea. El camino en sí, se adentraba en la roca. Alba echó un vistazo rápido; se veía una muy vaga luz al otro lado, pero el camino mismo era un túnel de la negrura más absoluta.

– Camina en línea recta y no te desvíes – dijo Virgilio.

Alba asintió. Virgilio tomó a Alba de la mano, y empezó a caminar. Alba, antes de darse cuenta, estaba dejándose guiar. Así, entraron en la oscuridad.

En medio del negro, surgieron algunos sonidos. Alba no podía identificarlos plenamente; parecían humanos, pero no lo eran del todo. A veces eran chillidos ahogados, a veces eran rumores sordos. No había nada que fuera reconocible como palabras de algún idioma que a Alba le sonara de algún lado. Lo mismo podían ser los gemidos quejumbrosos y los sollozos escalofriantes de algunos condenados que ya no volverían a ver la luz del día o de la salvación, o meros ruidos ambientales. Pero en medio de la oscuridad, Alba no podía ver nada que le permitiera aclarar sus dudas al respecto.

Poco a poco, la luz al otro lado se hacía más intensa. Aunque no demasiado. Pero al menos dejaba ver.

De esta manera, llegaron hasta el otro lado del túnel.

Ante Alba y Virgilio, se abrió un espectáculo gargantuesco. Se trataba de un gigantesco domo, a medias tallado en la roca, desbaratado, ciertamente grutesco. Adentro había hielo, mucho hielo. El suelo entero estaba cubierto con éste, no de manera lisa, sino con geometrías extrañas de toda clase. Al intentar moverse entre aquellos montículos, farellones y columnas de hielo, la visión del paisaje helado resultó no ser perfectamente tridimensional, moviéndose unas caras de aquellas fantásticas visiones más rápido o más lento que otras, cambiando por tanto la percepción del paisaje, en una delicada ilusión que superaba la tridimensionalidad. Alba se sentía tan impotente como la persona que quisiera dibujar un cubo sobre un papel de dos dimensiones, y tuviera que contentarse con dibujar dos cuadrados conectados por cuatro rayas para las cuatro esquinas, dejando al espectador el imaginarse una tercera dimensión inexistente sobre el papel plano. Ahora, las fluctuaciones en su visión tridimensional le permitían adivinar una cuarta dimensión espacial, o quizás incluso dimensiones espaciales superiores, pero no había forma alguna de percibir esas dimensiones de manera directa.

Y en lo que, de alguna manera, parecía ser el centro de la habitación, había una mujer. Sus atavíos eran regios, abrigadores, dignos de una emperatriz. Pero al intentar posar su mirada sobre ellos, Alba no pudo discernir mayores detalles, descubriendo así que también eran superiores a la tercera dimensión espacial. Luego miró hacia su rostro, y descubrió con espanto que no podía fijar la mirada en esas facciones. Alba percibía que ahí estaban sus ojos, nariz y boca, pero no era capaz de verlos como un todo armónico y coherente; no era que estuvieran fuera de lugar como si fueran un cuadro cubista, sino algo más etéreo, más sutil, algo que daba la idea de no estar presente, estando de hecho allí.

La mujer en cuestión extendía sus manos, y a partir de ella salía el hielo.

– Pero... ¿qué está haciendo? – preguntó Alba. – Parece querer librarse del hielo, y sin embargo, lo único que consigue hacer es acumular todavía más hielo que la apresa.

– Es la Reina de Hielo – dijo Virgilio. – Ella ya no piensa. Ya no razona. Los años de cautiverio aquí la han embrutecido, la han rebajado al mismo nivel de las almas réprobas y perdidas.

– Pero yo no vi ningún alma réproba o...

– Pero las sentiste. En el túnel – explicó Virgilio.

¿Qué clase de simulacro de la Divina Comedia era éste, que habían pasado por el cuenco del Infierno sin haber encontrado a ningún condenado? Alba meditó sobre el misterio. Quizás era que los programas computacionales hacían aquello para lo que se les había programado, y por eso, careciendo de libre albeldrío, no podían ser condenados. O acaso simplemente, al basarse esta simulación en un relato que le había causado viva impresión en su infancia, el simulacro había optado deliberadamente por suprimir la parte que para ella había sido más traumática.

– Algo está fuera de lugar aquí – murmuró Alba. – Algo anda muy mal.

– Mira abajo de la Reina de Hielo – dijo Virgilio.

Alba miró hacia abajo, y descubrió a dos personajes que, abrumados por el peso de la Reina de Hielo, trataban de liberarse. Pero era en vano; el hielo de la Reina de Hielo los había atrapado, y no podían zafarse. Sus rostros mostraban un embrutecimiento tan grande como el de la propia Reina.

– Hay dos traidores, los más grandes traidores de la Historia de la Humanidad. Uno de ellos es Napoleón Bonaparte, el padre de todos los líderes que han recurrido al populismo para aplastar a la democracia. El otro es Constantino, quien traicionó el espíritu de tolerancia y amor del Cristianismo, la gran luz de su época, y lo corrompió hasta sumir a la posteridad en una nueva edad oscura. Pero falta uno... Arslan Zetten. El Verdugo de la Humanidad. El se ha conseguido esconder.

– ¿Qué hizo ese Arslan Zetten?

– De lo poco que hemos rescatado de nuestro pasado, sabemos que Arslan Zetten traicionó a la Humanidad, poniéndose de parte de los alienígenas. Pero no sabemos mucho más.

Alba asintió. Virgilio entonces le hizo un gesto para que marchara con él. Cuando Alba fue a decirle algo, Virgilio se llevó el dedo a los labios, pidiendo silencio con el gesto. Señaló a la Reina de Hielo. El mensaje estaba claro: era mejor pasar desapercibidos.

En ese minuto apareció Robespierre.

– ¡Mirad! Mirad como la Reina de Hielo desatiende a dos prisioneros – dijo él, condescendiente.

La Reina de Hielo volvió entonces su mirada hacia Alba y Virgilio, y dicha mirada estaba preñada de los más odiosos e innobles sentimientos de todos. No había amor ni compasión en esos ojos, sólo el afán de ver muerte y destrucción; ojos que eran dos sendos portales a la destrucción cósmica.

つづく

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