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martes, 6 de octubre de 2015

Bastión Esperanza - "El óbolo de esperanza".


El profesor Higgins volvió a sentir la necesidad de fumar un cigarrillo. Hacía años que no tenía esa sensación, y era mejor así. Cuando era joven, había fumado de tarde en tarde, para combatir la tensión nerviosa. Sin embargo, al igual que cualquier otro fumador, embarcarse en la expedición colonizadora de Esperanza le había significado abstenerse del tabaco: con una capacidad de carga limitada para una tripulación congelada de algo más de un millón de personas, más embriones congelados de animales y semillas vegetales, las plantas sin valor nutritivo o biológico especial habían sido descartadas. Entre ellas, el tabaco. Y no parecía haber ningún especimen nativo que fabricara nicotina en Esperanza, salvo por una especie de hongo tan venenoso, que su consumo no valía realmente la pena. Por lo tanto, el profesor Higgins no había fumado nada desde que había salido del sistema estelar del Sol, y después de veinte años en Esperanza, se había acostumbrado a ello. Pero de tarde en tarde, en situaciones de estrés extremo, el llamado primario del instinto del tabaco volvía a aflorar.

En eso, el doctor Wilkinson se puso en contacto con él, vía menterminal, informándole bruscamente sobre las novedades de Alba.

– Esto no está bien – dijo el profesor Higgins, al observar las gráficas, sintiendo que el instinto del tabaco le clavaba una certera puñalada. – Alba se encuentra sometida a una tensión psicológica demasiado extrema; esto podría derivar incluso en un brote psicótico.

– Mi recomendación es desconectarla de inmediato – dijo el doctor Wilkinson. – Antes de que el sistema computaciones de Ganímedes secuestre su conciencia.

– No – dijo el profesor Higgins, tratando de mantener la calma. – Alba es una chica lista. Yo mismo la crié para serlo, cuando sus padres fallecieron. Ella encontrará la manera de salir adelante.

– ¡Pero, profesor...! ¿Se da cuenta de que esa maldita computadora podría freirle el cerebro...?

– ¿Y se da usted cuenta de que si ella sale de ahí, quizás no tengamos otra oportunidad de volver a conectarla porque la supercomputadora de Ganímedes puede reconfigurarse a sí misma para defenderse? ¿Y que los invasores alienígenas que están en la Luna Mayor, que no tenemos idea de qué están haciendo, podrían volver y atacarnos de nuevo en cualquier minuto?

– ¡Profesor, ella es...! No sé si llamarla su hija, pero usted la crió como a tal, y...

– ¡No se atreva a dudar de mis sentimientos por ella! – estalló el profesor Higgins. Y luego, con un poco más de calma, añadió, con la voz temblorosa: – Alba es la hija que yo nunca tuve, doctor Wilkinson. Estoy orgulloso de ella, y espero que ella lo esté de mí. Pero si la desconecto, si no dejo que haga su trabajo, esa cadena de orgullo podría quebrarse. Por no hablar de la oportunidad perdida para los habitantes de Esperanza, oportunidad que puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.

Hubo una pausa pesada entre ambos, y luego el doctor Wilkinson habló:

– Haré como usted dice, profesor Higgins, y la mantendré conectada. Pero, profesor... medite usted sobre si no ha pasado demasiado tiempo con los militares. Wilkinson fuera.

Y la comunicación se cortó.

– ¿Que yo he...? ¿Qué...? – se quedó el profesor Higgins. Y luego, con la condescendencia propia de un hombre en tránsito desde la adultez hacia la ancianidad, dijo del doctor Wilkinson, un adulto joven, con tono muy amargo: – ¡Mocoso... insolente!

Mientras tanto, el doctor Wilkinson seguía observándolo todo, monitoreando.

– Alba, regresa, y regresa con bien – murmuró para sí. – Me debes una cita, ¿recuerdas?

OxxxOxOOOxOxxxO

Miró hacia lo alto. Había una enorme torre de brillante metal, sin ventanas ni aberturas, salvo algunas protuberancias cuadrangulares; había también un símbolo, un círculo rojo con tres triángulos azules sobrepuestos, muy alargados, orientados hacia arriba y a la derecha. En lo alto de la torre había una figura humana con los rasgos simplificados hasta el extremo del simbolismo, también en metal. Alrededor de la torre había un océano de construcciones metálicas, apiñadas en ángulos y dimensiones casi surrealistas. Y más allá estaba la cúpula, una enorme cúpula semitransparente a cuyo través podía verse un gigantesco planeta flotando evanescente, con franjas entre amarillentas y marrones, que cubría más de la mitad del cielo. Y más allá de la cúpula, se extendía un territorio de tonos amarillentos, rojizos, ocres, marrones y oxidados, un enorme manto jaspeado con irregularidad impresionista, bajo un cielo perfectamente negro y estrellado. Todo el escenario se mostraba en quietud, y al mismo tiempo, parecía haber un movimiento subterráneo, que no quería terminar de aflorar.

– Nos vamos hacia un nuevo mundo, hija mía – oyó una voz. Volteó la cabeza. Era un hombre adulto, con un pequeño bigote recortado. Su cabeza lucía gigantesca.

Intentó decir algo. Pero no pudo. Lo único que le salieron, fueron gorjeos.

– Es un mundo nuevo, más allá de toda esta guerra, muerte y destrucción. Lo llamaron Esperanza, ¿sabes por qué? Porque es un nuevo comienzo. Seremos los primeros de un nuevo linaje, una nueva raza humana que se extenderá por todo el universo...

Apareció otra cabeza gigantesca. Era la de una mujer. Tenía rasgos amables, y algo melancólicos.

– Eres nuestra pequeña. Eres nuestra querida hija...

¿Hija? Aquello era extraño. Ella no podía tener padres. No, eso era imposible. Ella no era humana, después de todo, ¿no? No podía serlo. Ahora habitaba otro sitio, otro lugar... ¿Quién era ella?

Gorjeó otra vez, y de pronto, el universo entero a su alrededor empezó a derretirse. Los colores se deslizaban lentamente hacia abajo, y dejaban ver detrás un escenario de manchas grises y negras, una anarquía que era la imagen misma del caos primordial, antes de que se formaran los elementos. Las dos cabezas gigantes miraron alrededor, y sus rostros cambiaron.

– ¡Hija, nos estás destruyendo! – gritó el varón. – ¡Nos estás condenando al infierno!

– ¡Hija, sálvanos! – dijo la mujer, con su rostro invadido por la angustia.

Ahora, el derretirse del universo alcanzaba a las dos cabezas gigantes, cuyas pieles se cubrían de un púrpura intenso. La piel se derritió, se deshizo en jirones, se disolvió en cenizas, quedando al descubirto las calaveras cuyas mandíbulas siguieron moviéndose durante algunos segundos:

– ¡Hija, nos estás matando! ¡Nos estás matando! ¡Nos estás matando!

Ella volvió a gorjear. ¿Qué otra cosa podía hacer? Era apenas un pensamiento, una voz. ¡Nada más podía hacer!

Todo se desvaneció. Incluyendo las calaveras, cuyas mandíbulas desaparecieron primero, y sus huesos después, convertidos en cenizas esparcidas por un ciclón cósmico que terminó de arrasar con los últimos restos del escenario.

Ahora, el nuevo escenario era una vasta planicie gris oscuro. El cielo estaba inyectado con nubes negras retorciéndose las unas contra las otras. De alguna parte más allá del horizonte parecía venir una débil luminosidad blanca.

Se puso a caminar con rumbo a la luminosidad, porque en realidad era la única cosa que se le ocurría hacer. Poco a poco, fue descubriendo que ya no era sólo un gorjeo y un pensamiento, sino que también era un punto de vista, un marco de referencia. ¿No es acaso una verdad cósmica que no hay postes de amarre en el universo, que toda velocidad, masa, posición y movimiento dependen del punto de vista?

Anduvo una cantidad de tiempo que lo mismo podrían haber sido unos pocos segundos, o lo que resta en el universo hasta la consumación de los siglos. La luminosidad creció y creció. Hasta que finalmente encontró la fuente de la misma.

Era una moneda antigua, oxidada. Una palabra vino a su mente, quién sabe por qué: “óbolo”.

El óbolo era necesario, ¿para qué? Ah, sí, para cruzar el río de los muertos. El río del olvido. Pero ella no había pagado el pasaje. ¿Por qué no?

Porque el barquero le había devuelto la moneda. Por eso.

– Ah – oyó una voz altisonante detrás suyo. – De manera que has sobrevivido.

Se dio la media vuelta. Y se encontró con un personaje de nariz ganchuda, semicalvo, cuya mirada neutra parecía incapaz de expresar ninguna emoción humana real. Su barbilla estaba levemente levantada, en señal de arrogancia.

– Pero dejaste morir a tus padres, ¿verdad? Ellos vinieron a Esperanza para construir un futuro, y en cambio, encontraron sus tumbas. Los dejaste morir, ¿verdad?

– Yo... no sé quiénes son mis padres.

– Fue necesario que olvidaras quien eres, para que nos encontráramos, ¿no? – dijo el hombre. – Mira, te voy a explicar. Todo es inútil. Esta guerra, todo es inútil.

– ¿Quién eres tú?

– Es inútil que sigas adelante – siguió hablando el hombre. – Es inútil que sigas combatiendo. Todo está perdido. Ellos van a arrasar con la Humanidad, allí donde la encuentren. Has visto su poder de fuego. Has visto su capacidad de aniquilación.

– ¡Pero...! ¡No lo sé...! ¿He visto qué cosa? ¿Quién soy yo? ¡Dime quién eres tú!

– Mira, niñita, me tienes en un dilema – comentó el hombre, sin que pudiera decirse si sus non sequitur eran intencionados o no. – ¿Dejo que recuperes la memoria y que sigas combatiendo una guerra perdida? ¿O te dejo acá, en las aguas del río del olvido, y te salvo del horrible destino final que le espera a la raza humana?

– ¡Hazme recordar! ¡Quiero recordar!

– Pensándolo bien... no. Creo que no – dijo el hombre, y su tono de voz ahora era algo burlesco. – Después de todo, no eres tú la primera de un nuevo linaje... yo soy el primero de un nuevo linaje. El primero que entendió que no cabe hacer nada, que la Humanidad creció en un mundo condenado a la desaparición, y que otras razas cósmicas, más vastas y profundas, están tomando el control. La Humanidad vivió con tiempo prestado, y ahora su tiempo se ha agotado. Dejarte recordar sólo perpetuará el ciclo, sólo retrasará lo inevitable. Tú eres el pasado. Y yo... yo soy el futuro.

El hombre, con exhibicionismo, se abrió entonces la amplia chaqueta en la que estaba enfundado. Y lo que había debajo, no era humano. Ella no pudo reconocer con claridad qué era, pero definitivamente, no era humano. Era algo biológico, tentacular, maligno, cosmológico, todo a un tiempo.

– Dame el óbolo – dijo el hombre. – Dame el pasaje a través del río del olvido. Entonces seremos uno. Todo será más corto, más fácil, más rápido, y la Humanidad no sufrirá una agonía extensa.

– Está bien... – dijo Alba. – Sólo... dime tu nombre. Dime tu verdadero nombre. Y yo te daré el óbolo.

El hombre sonrió.

– Yo soy Arslan. Soy Arslan Zetten. Yo soy el Verdugo de la Humanidad.

Al escuchar el nombre, el óbolo brilló. Ella sonrió. Ahora recordaba el suyo propio.

– Yo soy Alba – dijo, sonriendo de manera mucho más cruda que su dulzura habitual. Y luego, extendió la mano, entregando el óbolo: – Si lo quieres, es tuyo. Es sólo un pedazo de código ahora.

– ¡Pero... qué...!

– Creo que mi subconsciente me guió hasta acá, aunque no recordara quien soy, por haber sido llevada a las aguas del río del olvido – dijo Alba. – Si el barquero me devolvió el óbolo, eso quiere decir que el pasaje nunca fue pagado. Eso quiere decir que aún no he muerto. Yo no he venido aquí para explorar la muerte, sino para encontrar nueva vida. Y aquí, en el interior de Ganímedes, es en donde encontraré las claves. La Humanidad sobrevivirá, Arslan, porque yo jamás me rendiré.

Y entonces, todo el escenario alrededor suyo se disolvió, y Alba se encontró una vez más con el rostro de Virgilio, contemplándola con preocupación. Al verla recobrarse, él sonrió paternalmente. Y Alba devolvió la sonrisa; volvía a ser ella misma, y ahora estaba en condiciones de seguir su misión.

つづく

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