jueves, 29 de octubre de 2015

007x25 (3 de 5) - El espía camp.

Roger Moore como 007 en Octopussy.
Durante casi una década, James Bond había vivido de acuerdo a su estilo particular: peligrosamente. En peligro de que cancelaran la franquicia, eso es. Con sus constantes intentos de mantenerse actualizado a las nuevas tendencias de la década de 1.970, el agente secreto no conseguía sino hacer un poquito el ridículo en el cine. Y desde luego que ya no imponía el respeto ni el afán de emulación de la década de 1.960. Pero el exitazo de La espía que me amó significó una rehabilitación completa de James Bond en el cine. ¿El secreto del éxito? Simplemente una suerte de regreso a los orígenes, a los villanos megalómanos, a los planes de dominación mundial, a los matones desopilantes. Después de años de andar buscando el éxito a manotazos, por fin James Bond parecía haber encontrado su rumbo.

Y sin embargo, iba a perderlo de nuevo. No a los extremos delirantes de las dos primeras películas de Roger Moore, eso sí, pero en general, y con la excepción de Sólo para tus ojos, las cuatro películas restantes de Moore son recordadas más bien por su valor camp, que por ser verdaderas joyas del cine de espías. En cierta medida, estas películas marcaron una cierta metamorfosis del personaje, que se había movido más o menos dentro de los márgenes de lo que llamaríamos acción para adultos, con su machismo, su incorrección política y sus niveles de violencia elevados para la época, y se empezaba a deslizar hacia un estilo de cine más familiar; era, en realidad, lo esperable si se considera que estaba naciendo una nueva era del cine de entretención, la era del blockbuster, y James Bond iba a tener que adecuarse a la misma, si es que quería sobrevivir. Y una vez más, 007 cumplió con el desafío. Algo magullado, es cierto, pero su franquicia siguió viva durante la completa década siguiente a La espía que me amó, hasta que después de 1.989, los problemas de copyright estuvieron a punto, otra vez, de cancelar la franquicia.

11.- Moonraker (1.979).

  • Títulos varios: Moonraker: Misión espacial (título en México).

Al final de La espía que me amó, salía un cartel diciendo "James Bond regresará en... Sólo para tus ojos". Sin embargo, de por medio llegó el exitazo de La guerra de las galaxias, y de pronto, todos los estudios quisieron tener su propia película espacial, para llevarse una parte del pastel. Ni corto ni perezoso, Albert Broccoli se sumó a la moda, y el resultado fue Moonraker. Basada en una novela del mismo título escrita por Ian Fleming, de la cual tomaron apenas el título y poco más. Con un presupuesto generoso, tan generoso que es superior al utilizado en todas las seis primeras películas Bond juntas. Hugo Drax, el villano Bond, es interpretado por Michael Lonsdale, después de que se cayeran los nombres de James Mason nada menos, así como de un otoñal Stewart Granger, y Louis Jourdan. Regresa Richard Kiel como Jaws, el único matón de villano que se repite el plato si no consideramos como tal al señor White en Quantum of Solace. Para las chicas Bond reclutaron a Lois Chiles, famosa por su rol de víctima miserable en Muerte en el Nilo de 1.978, y que ya había sido considerada como chica Bond en la entrega anterior. Y Corinne Cléry, que anteriormente le había dado como aporte a la historia del softcore una película de azotes llamada La historia de O. Walter Gotell por su parte repite haciendo un cameo como el General Gogol. Y en una nota triste, es la última aparición de Bernard Lee como el M clásico, ya que entre esta entrega y la siguiente, el actor falleció víctima de un cáncer estomacal, a los 73 años de edad, y después de haber sido jefe de Bond durante once películas al hilo. Para la banda sonora regresa John Barry más inspirado que nunca, reutilizando por última vez el tema 007 que no usaba desde la era de Sean Connery, mientras que Shirley Bassey aparece por tercera vez y final para interpretar el tema Moonraker, que cuenta con una sentida versión soul para el opening, y otra funky discotequera para el closing. Aunque, interesantemente, se barajó el nombre de Frank Sinatra tanto para la canción Bond, como para interpretar al villano... Por cierto, dirige Lewis Gilbert, en su tercer, último y más indigno aporte directorial a la franquicia, después de haber dirigido Sólo se vive dos veces y La espía que me amó.


"u-i-a-u-á..." (la secuencia de notas de Encuentros cercanos del tercer tipo, es la contraseña para abrir la cerradura electrónica del laboratorio del villano, sin duda uno de los momentos más de vergüenza ajena de la franquicia).
La película se abre cuando un transbordador espacial Moonraker, que es llevado a lomos de un Boeing desde Estados Unidos a Inglaterra por... alguna razón... es secuestrado. El honor nacional británico está en juego, y James Bond parte a Estados Unidos para entrevistarse con Hugo Drax, el industrial que ha construido al Moonraker. Ahí, Bond descubre que hay algo raro con Drax, y decide investigarlo más de cerca. Luego de pasearse por Venecia y Brasil, James Bond descubre varias cosas: Jaws el matón de la película anterior ahora trabaja para Drax, se está elaborando una toxina que, liberada en el aire, mata a los seres humanos pero deja intacta a la fauna, y Drax posee una base escondida en Sudamérica. ¿El plan maligno? Drax ha construido una estación espacial en órbita alrededor de la Tierra, y desde ella gaseará al planeta entero para exterminar a la Humanidad, y repoblar el mundo con algunos pocos Ubermenschen arios elegidos, mantenidos a salvo en dicha estación. Para detener este plan, Bond deberá viajar al espacio, y librar con los secuaces de Drax, una batalla con vistosos rayos lásers en órbita. Así, como suena; el tema musical del soundtrack en esa escena incluso se llama Space Lazer Battle, por decirlo alto. En realidad, como se desprende del resumen anterior, Moonraker es prácticamente un remake de La espía que me amó, pero con estación orbital en vez de base submarina como escondrijo del villano. Por cierto, spoiler grueso del final aquí... ésta es la única película Bond en la cual el matón del villano al final se redime, y lo hace por amor más encima, lo que fue un cambio de guión debido a la tonelada de correo postal recibida por Lewis Gilbert, de niños que preguntaban por qué Jaws no podía ser bueno en vez de malo. Ay, volver a ser niño otra vez...

Aunque hoy en día la premisa de James Bond viajando al espacio es considerada una de las cumbres del camp en la saga, y de hecho, no es una actividad en la que visualicemos al Bond de Craig por ejemplo, lo cierto es que Moonraker se forró: batió el récord de ser la película Bond más taquillera, y lo mantuvo durante década y media, hasta ser desbancada por Goldeneye en 1.995. A la película no le faltan méritos, incluyendo ser la primera presentación en la ficción moderna, de un transbordador espacial, dos años antes del lanzamiento del primero de ellos, el Columbia, en la realidad. De hecho, se pensaba hacer coincidir el lanzamiento real con la película, pero la NASA postergó el mismo durante un par de años. También juega a su favor la excelente banda sonora de John Barry, que le da mucha seriedad al concepto un tanto ridículo de astronautas buenos versus astronautas malos dándose laserazos en órbita. Pero en definitiva, el guión es débil y tiene algunos problemas bastante importantes, incluyendo que nos traguemos la existencia de un dispositivo que permite mantener oculta la estación espacial en órbita sin que nadie en la Tierra la detecte, o le haya seguido la pista a los lanzamientos durante la fase de construcción. No ayuda tampoco que el humor de la película es bastante tontorrón. Pero lo que nadie le puede disputar a esta película, es ser uno de los pocos cruces rodados entre el cine de espías y la Ciencia Ficción, valga eso lo que valga.

12.- For Your Eyes Only (1.981).

  • Títulos varios: Sólo para sus ojos (título en Argentina), 007: Sólo para tus ojos (título en México), Només per als teus ulls (título en catalán).

En general, la idea de darle al público dos sendas extravaganzas (La espía que me amó, y Moonraker) parecía haber funcionado bien, pero olfateando que la naciente década de 1.980 iba a ser mucho más dura, con un cowboy como Ronald Reagan instalado en la Casa Blanca, Broccoli decidió que la franquicia debía volver al realismo y la geopolítica. Había incertidumbre sobre si Roger Moore regresaría al rol, porque el trato inicial era por tres películas (Vive y deja morir, El hombre del revólver de oro, y La espía que me amó), y por tanto, en adelante cada nueva película podía ser que viniera con Moore de nuevo, o no; pero al final, Bond se embarcó por quinta vez en el personaje. Como en el intertanto de esta película había fallecido Bernard Lee, el mítico M, Broccoli decidió rendirle un tributo silencioso no utilizando al personaje; en su reemplazo apareció el Ministro de Defensa, Frederick Gray, interpretado por Geoffrey Keen, quien envía a Bond en misión. La chica Bond principal es Carole Bouquet, como una hija buscando vengar la muerte de sus padres, en la nueva estela de chicas Bond fuertes siguiendo el modelo de Anya Amasova en La espía que me amó. Otra chica Bond es Lynn-Holly Johnson, una patinadora olímpica que se había hecho notar interpretando a una patinadora en Castillos de hielo, y aquí interpreta a... una patinadora, otra vez. Para la trivia, aparece Cassandra Harris como chica Bond, que en la época era esposa de un futuro Bond, Pierce Brosnan... pero que no llegó a ver a su marido como 007, porque falleció trágicamente joven, víctima del cáncer, algunos años después. También se subieron a bordo Topol, famoso por El violinista en el tejado y Flash Gordon, y Julius Glover, algo irónico si se piensa que en su minuto, Glover fue candidato él mismo para ser Bond. John Barry no pudo volver a la banda sonora debido a que no vivía en Inglaterra por temas relacionados con la ley tributaria inglesa, y por lo tanto fue reemplazado por Bill Conti, que previamente había compuesto la música para Rocky, incluyendo el mítico Gonna Fly Now por supuesto; el soundtrack de Conti, huelga decirlo, es enormemente divisivo porque es en general bastante fiel al estilo de Barry, pero incorpora elementos de funky y disco que lo hacen un poco camp, además de que para 1.981, ya estaban pasados de moda en cualquier parte que no fueran las discotecas del Mediterráneo europeo, aunque considerando que la película se ambienta en Grecia... El tema Bond era For Your Eyes Only, interpretado nada menos que por Blondie, pero el mismo fue descartado, y habría que esperar hasta A View to a Kill de Duran Duran para tener un nuevo tema Bond rockero; la canción sin usar acabó en el disco llamado The Hunter que, como si de una maldición se tratara, acabó siendo el último de Blondie antes de disolverse por algunos añitos. Finalmente, la canción Bond fue otro For Your Eyes Only distinto, interpretada por Sheena Easton. Es también el estreno en la dirección de John Glen, antiguo editor y director de segunda unidad; con su racha de cinco películas Bond oficiales consecutivas, la más larga entre todos los directores de la franquicia, Glen iba a darle forma al 007 de toda la década de 1.980.


"No espero que lo entiendes, eres inglés, pero yo soy mitad griega, y las mujeres griegas como Electra siempre vengan a sus amados" (Melina Havelock, explicándole a 007 que va a hacer llover el infierno sobre la tierra para vengar la muerte de sus padres... años antes de que apareciera una chica Bond llamada Elektra King, hilarantemente).
007 visita la tumba de su esposa, y hasta ahí va a buscarlo un helicóptero. Sorpresa: todo es un complot de cierto personaje calvo y con un gato blanco, al que no llaman Blofeld para no terminar recibiendo una llamada amenazante de los abogados, pero que se ve como Blofeld, actúa como Blofeld y tiene la alopecia de Blofeld... El villano que no es Blofeld, señores abogados, atrapa a Bond en el helicóptero y lo maneja a su antojo, pero luego Bond rompe el dispositivo de control, agarra al hombre calvo, y se deshace para siempre de él, en un enorme e implícito jódanse a los titulares de los derechos sobre Blofeld, dándole cierre de paso a la subtrama de Bond vengando a su esposa, y mandándole el recado a la audiencia de que los tiempos de 007 luchando contra supervillanos han quedado atrás, y lo que viene es... diferente. Entonces viene la secuencia de créditos, con la melosa balada de Sheena Easton, y la película en sí. En el Mar Jónico, una nave británica choca con una mina y se hunde, y un equipo de espionaje, el ATAC, se extravía. Bond tiene que encontrarlo antes de que un grupo de guerrilleros griegos le eche la mano encima y venda el aparato a los rusos, encabezados una vez más por el General Gogol interpretado por Walter Gotell. Y 007 cumplirá su misión aunque tenga que hacerlo... montado en una citroneta, en otro mensaje para la audiencia: los autos glamorosos como el Lotus de La espía que me amó, también han quedado atrás. Escrito lo anterior muy en serio. Por cierto, y viene un spoiler aquí, esta es una de las pocas películas Bond en que el villano no viene definido desde el comienzo, ya que a mitad de la historia se descubre que el aliado de Bond en realidad es el traidor, y el traidor en realidad es el aliado; aunque los más sabidillos, seguro que lo ven venir, considerando que el traidor viene interpretado por Julius Glover, que ha sido villano en Star Wars e Indiana Jones. Interesantemente, y hablen todo lo que quieran de doble moral aquí, el concepto básico de Sólo para tus ojos es el mismo que Desde Rusia con amor, pero en reversa: en ésa, 007 debía obtener una máquina decodificadora de la KGB, el Lektor, y llevarla a Inglaterra, mientras que aquí 007 debe recobrar una máquina decodificadora propia, el ATAC, e impedir que la KGB le eche las manos encima, e incluso hasta la ubicación de la trama en ambas películas en los Balcanes parece un guiño deliberado.

La película fue un exitazo enorme. Los estudios United Artists atravesaban momentos muy críticos, debido a que el estreno de La puerta del cielo en 1.980 los había dejado derechamente en la bancarrota; la venta de UA acabó en su fusión con Metro Goldwyn Meyer, naciendo así MGM/UA. Había sido una operación arriesgada, debido a que el pozo económico de United Artists era realmente insondable; que Sólo para tus ojos hubiera rendido tan bien económicamente, fue la gran tabla de salvación, consolidada después con Octopussy. La franquicia Bond iba a estar asociada entonces a MGM durante las siguientes dos décadas, hasta que a su vez, MGM afrontara la bancarrota, de la cual pudo librarse gracias a, entre otras cosas, entregarle a Sony los derechos de distribución de Skyfall y SPECTRE... 007 ha peleado contra supervillanos capaces de montarse rayos láser en órbita para destruir el mundo, pero con los abogados y el mundo corporativo ha tenido más problemas que con el mismísimo grupo Quantum.

13.- Never Say Never Again (1.983).

  • Títulos varios: Nunca digas nunca jamás (en todo el mundo hispanoamericano).

Ciertas batallas han cambiado el curso de la Historia. La Batalla de Kadesh, entre el Imperio Egipcio y el Imperio Hitita. La Batalla de Kursk, en la Segunda Guerra Mundial. O los diez desastres navales que determinaron el curso de la Historia. Y, por supuesto, la Batalla de los Bonds. Resuelto que los derechos sobre Bond pertenecían a Broccoli y su banda, pero los de Operación Trueno, SPECTRE y Blofeld a Kevin McClory, éste decidió producir... un remake de Operación Trueno, por supuesto. Como no podía contar con los habitués de la saga Bond, llamó de regreso a Sean Connery, que por cierto ya había pasado la cincuentena, convenciéndole con el mejor argumento del mundo: un cheque con una sebosa sedosa cantidad de dinero. Siendo la séptima vez que interpretaba a 007, Connery marcó el récord en el personaje, sólo igualado y no superado por Roger Moore con En la mira de los asesinos, aunque en el caso de Moore, las siete películas suyas son oficiales, y en el caso de Connery, en principio sólo seis. McClory llamó a un viejo candidato a Max von Sydow, que en su minuto había sido candidato para interpretar al Doctor No, para interpretar ahora a Blofeld, luego de que se cayera el nombre de Orson Welles, mientras que el villano principal al servicio de Blofeld fue interpretado por Klaus Maria Brandauer, un actor de cierto pedigrí en el cine europeo de la época. Contrató también a dos chicas que entonces eran dinamita: Barbara Carrera, y una entonces ascendente Kim Basinger. Intentó convencer a John Barry, pero el compositor se negó por respeto a Albert Broccoli; otro que se quedó en el camino, por culpa de Sean Connery que no lo quería componiendo para la película, fue un jovencito que comenzaba a dar de qué hablar, un cierto James Horner... La banda sonora terminó a cargo de Michel Legrand, que tenía su prestigio por la música de Los paraguas de Cherburgo, además de sendos Oscares por The Windmills of your Mind, el tema de Sociedad para el crimen de 1.968, y la banda sonora de El verano del 42, y en 1.983 iba a sumar otro por Yentl. Y a producir, que son dos días. Con Rowan Atkinson, Johnny English mismo, haciendo un cameo en su rol debut.


"¡Ahora escribe esto: 'El más grande deleite de mi vida me fue entregado en un bote en Nassau por Fatima Blush', y fírmalo 'James Bond, 007'!" (Fatima Blush en plan sicótica, a punto de matar a James Bond, interpretada por una Barbara Carrera que claramente estaba disfrutando el papel).
Por supuesto que, siendo Nunca digas nunca jamás un remake de Operación Trueno, el guión es esencialmente el mismo. Incluso más que en otras películas Bond, las cuales, admitámoslo, suelen escribirse con plantilla. Al igual que sucedía con Operación Trueno, y como prueba de que Skyfall es menos novedosa de lo que parece, vemos a un James Bond médicamente acabado por las responsabilidades del trabajo, algo a lo que un entonces cincuentón Sean Connery da una triste credibilidad. Bond termina en una clínica en donde es testigo de los escarceos fetichistas de una Barbara Carrera en sus años de posar desnuda para Playboy. En paralelo, Blofeld y SPECTRE llevan a cabo un plan por el cual se apoderan de un par de misiles nucleares, con los cuales extorsionan al mundo libre. Ahora, Bond debe emprender el viaje al Caribe para detener a Sebastian Largo, el matón de Blofeld, que mantiene a su lado a Kim Basinger en sus años de posar desnuda para Playboy. Lo dicho: es Operación Trueno de suelo a techo, y no podía ser otra cosa, por supuesto.

De cara a la posteridad, esta película adquirió una triste fama por ser algo aburridona, con un Sean Connery demasiado otoñal para su propio bien, con su propio elemento de camp en la escena del videojuego de dominación mundial, y con una banda sonora firmemente enclavada en los elementos más lisérgicos y lounge de la década anterior; a pesar de esto, tuvo un éxito económico bastante envidiable, considerando que no tenía a ninguno de los actores o equipo productor de las películas oficiales. Y andando el tiempo, aunque esta película no es oficial porque no es producida por EON Pictures, los fanáticos han tendido a revalorizarla un resto, aunque sea por presentar a un Bond más serio que las mamarrachadas en las que solía caer el 007 de Roger Moore en la época. Y más todavía, considerando que muchos años después, MGM terminó comprando de regreso los derechos sobre los elementos de Operación Trueno, incluyendo a Blofeld, SPECTRE, y con Nunca digas nunca jamás en el paquete, lo que a la larga pavimentaría el camino para rodar precisamente SPECTRE en 2.015. En el camino se quedó uno de los intentos de película Bond más extraños: en la década de 1.990, Kevin McClory intentó producir una tercera versión del mismo argumento (después de Operación Trueno y Nunca digas nunca jamás), que se iba a llamar Warhead 2000, y en el cual Bond iba a ser interpretado por... Sean Connery, Roger Moore y Timothy Dalton, los tres en ese entonces ya jubilados como 007 oficiales, pero regresando para realmente un último golpe, haciendo buena la teoría clásica de que Bond ha tenido varias caras porque en realidad son varios agentes que comparten un mismo nombre código. Warhead 2000 por supuesto hubiera sido una película memorable y digna de verse... o una vergüenza al nivel de Casino Royale de 1.967. Pero como no pasó de la fase de proyecto, eso nunca lo sabremos, por supuesto.

14.- Octopussy (1.983).

  • Títulos varios: 007: Octopussy contra las chicas mortales (absurdo título en México, porque las chicas mortales trabajan para Octopussy), Octopussy: 007 contra las chicas mortales (título en Perú).

Mientras se preparaba una película Bond alternativa, Nunca digas nunca jamás, Broccoli se ponía nervioso. No es que hubiera mucho espacio para la competencia si ésta sólo podía sacar el argumento de Operación Trueno una y otra vez, por lo que la posibilidad de montar una franquicia paralela era remota en el mejor de los casos, pero aún así, 007 había estado un resto a los bandazos durante la última década, y después de la debacle de United Artists, la franquicia no podía permitirse ni la más mínima derrota. De esta manera, aunque no se sabía si Roger Moore iba a volver o no como Bond, lo contrataron por todo lo que hiciera falta. Para el rol de Octopussy, la única chica Bond que le ha dado título a su propia película, llovieron las posibilidades: Sybil Danning, Faye Dunaway, que fue considerada muy cara, Barbara Carrera, quien como puede adivinarse por lo ya escrito rechazó el rol para ir a la competencia Nunca digas nunca jamás, y Persis Khambatta, la chica de Viaje a las Estrellas: La película. Al final, en un movimiento inédito, el rol fue para Maud Adams, quien ya había sido chica Bond en nada menos que la despreciada El hombre del revólver de oro. Por su parte, aparece un nuevo M, interpretado por Robert Brown. John Barry volvió una vez más para la banda sonora, en su antepenúltimo trabajo para la franquicia. El tema musical fue la melosa balada All Time High, que como de costumbre fue un éxito, pero que fue flor de un solo día, porque para la época, ese estilo musical ya estaba pasado de moda.


"¡Debes estar bromeando! ¿007 en una isla poblada exclusivamente por mujeres? ¡No lo veremos hasta el amanecer!" (Q, mientras vigila el refugio de Octopussy y sus chicas letales).
Luego de una escena de precréditos en la Cuba castrista, riéndose un poco del revolució o muehte chicou, pasamos a la Alemania dividida en dos países, en donde luego de una breve secuencia de acción, vemos como el agente 009 es encontrado muerto, vestido de payaso, y con un huevo fabergé, en lo que debe ser uno de los inicios más ridículos de película Bond. En paralelo, vemos como el beligerante general soviético Orlov expone un malvadísimo plan por el cual detonarán un artefacto nuclear táctico en Alemania Occidental, haciéndolo pasar por un accidente en una base nuclear de la OTAN, para así promover el desarme unilateral de las decadentes y divididas democracias occidentales, y lanzar entonces la aplanadora del Ejército Ruso desde el Vístula hasta el Ebro, ganando la Guerra Fría y terminando con el independentismo catalán de paso si es que queda un huequito en la agenda; el incombustible General Gogol interpretado por Walter Gotell se opone, por supuesto. Ignorante de todo esto, Bond sigue la pista a los huevos fabergé hasta relacionarlos con un villano de la India, interpretado por Louis Jourdan, a quien ya mencionamos que se quedó en el camino en el casting de Hugo Drax para Moonraker. A su vez, este tipo está relacionado con una misteriosa chica llamada Octopussy, y que por supuesto, están conectados de alguna manera con un circo y con el artefacto nuclear. Como puede observarse, el argumento guarda ciertas sospechosas semejanzas con Los diamantes son eternos, sólo que con huevos fabergé en vez de diamantes, con una bomba termonuclear en vez de un satélite artificial con rayos láser en órbita, y con un general soviético renegado en vez de SPECTRE. Incluso hasta la idea de insertar escenas de circo, está reciclada de Los diamantes son eternos, pero con menos clase si es que cabe, porque si hay algo que querías ver en una película Bond, es a Roger Moore interpretando a 007 vestido como un payaso.

Al final, dentro de la Batalla de las Bond, ésta fue la ganadora. Es debatible si es mejor película que Nunca digas nunca jamás, pero sí hizo más taquilla y más ruido. El paso del tiempo, eso sí, no la ha tratado bien, en paricular por su humor algo mazacote, que la convierte en otra película camp de 007. Porque si hay algo peor que ver a 007 literalmente de payaso, es ver a 007 deslizándose por lianas en la India y gritando a lo Tarzán, un cuarto de siglo antes de que el hijo de Indiana Jones hiciera una bobada similar.

15.- A View to a Kill (1.985).

  • Títulos varios: En la mira de los asesinos (título en Argentina), 007: En la mira de los asesinos (título en México), Panorama para matar (título en España).

Roger Moore volvió para un último golpe: fue su séptima película Bond, batiendo el récord de Sean Connery en el rol, además de que sus doce años en el papel superan a los once del escocés, en ambos casos si dejamos fuera a Nunca digas nunca jamás como película oficial Bond. Moore tenía la provecta edad de 57 años a la edad de su retiro del personaje; de hecho, Moore era más viejo que la madre de Tanya Roberts, la chica Bond buena de la película. También es el fin de una era en otro sentido: después de haber estado en las catorce películas Bond oficiales como Miss Moneypenny, Lois Maxwell se retiró del rol: había partido en él con 35 años, y lo dejaba al igual que Moore, también con 57. La retirada de Maxwell dejó a Albert Broccoli, el productor, como la única persona que había trabajado en Dr. No que aún seguía en la franquicia. Como el villano Max Zorin, reclutaron a Christopher Walken, lo que por supuesto ayuda a que esta película se vea todavía más firmemente enclavada en la década de 1.980; previamente, David Bowie había sido considerado, pero éste prefirió ir a rodar Laberinto, y también fueron considerados Lee van Cleef y Rudger Hauer. Una vez más, Walter Gotell hace un cameo como el General Gogol. La chica Bond mala fue Grace Jones como May Day, quizás la única chica Bond que literalmente se viola a 007; como muestra de algo que guarda cierta resemblanza con el progresismo social, aunque la chica Bond mala es negra, al final se pasa al lado de los buenos y se redime sacrificando su vida para impedir el plan del villano. La chica Bond buena es Tanya Roberts, exitosa por Los ángeles de Charlie y El señor de las bestias, y que aquí alcanzó la cúspide de su carrera, antes de despeñarse en roles eróticos de tercera. Se pensó en traer de regreso a Anya Amasova, pero Barbara Bach declinó volver al rol, de manera que el personaje fue reescrito como Pola Ivanova e interpretado por otra actriz, Fiona Fullerton. John Barry vuelve para su penúltima banda sonora Bond, trabajando codo a codo con... Duran Duran, de todas las bandas, quienes lanzaron su hit A View to a Kill, incluyendo un videoclip en donde su vocalista hace una pulla, presentándose al final como "Bon... Simon LeBon". En la trastienda, Albert Broccoli se hizo acompañar por otro productor, Michael G. Wilson; después del retiro de Broccoli, Wilson seguiría en labores hasta SPECTRE inclusive. Y para ponerse bien a tono con los tiempos... es la primera película Bond que tuvo su propio videojuego.


"Por siglos, los alquimistas trataron de hacer oro a partir de metales básicos. Hoy en día, hacemos microchips de silicón, lo cual es arena común, pero mejor que el oro. Ahora, por muchos años, hemos tenido una lucrativa asociación, ustedes como fabricantes, mientras yo he adquirido y les he pasado información industrial que los hace competitivos y exitosos. Ahora estamos en una posición única para formar un cartel internacional para controlar no solo la producción, sino también la distribución de esos microchips. Hay sólo un obstáculo: Sillicon Valley en San Francisco" (Pinky y Cerebro Max Zorin explicando su malvado plan para conquistar el mundo... de las microcomputadoras).
A diferencia de las dos películas anteriores, en las cuales las escenas de precréditos eran secuencias de acción aisladas del resto de la trama, aquí la misma es un prólogo en forma: vemos a 007 en el Artico, tratando de recuperar un chip. Después de la secuencia de créditos con infaltables siluetas de chicas desnudas, vemos que el chip se relaciona de alguna manera con las empresas de un personaje llamado Max Zorin, interpretado con su habitual aura escalofriante por Christopher Walken. Luego viene una serie de incidentes en relación a meterle drogas a los caballos de carreras, en lo que parece ser una reelaboración de los huevos de fabergé de la entrega anterior, pero más aburrido si es que cabe; todo esto lleva a los intentos de Max Zorin por matar a Bond, por supuesto, con Grace Jones como chica Bond mala a cargo del asesinato, incluyendo una adrenalínica secuencia de acción en la Torre Eiffel. Esto enoja mucho al General Gogol, porque en realidad, Max Zorin es el producto de los delirios febriles del guionista experimentos biológicos de un antiguo científico nazi trabajando para la KGB para fabricar superespías que sean genios diabólicos, lo que por supuesto, tratándose de Christopher Walken, desde el principio no auguraba nada bueno. Encomendándose entonces a los manes de Auric Goldfinger, Lex Luthor Max Zorin expone a unos inversionistas su plan diabólico, que consiste no en detonar una bomba nuclear en Fort Knox, sino en destruir Silicon Valley con un terremoto. Como puede apreciarse, la primera mitad de la película sigue en líneas generales el argumento de Octopussy, y la segunda, el argumento de Superman Goldfinger.

Si las películas Bond anteriores todavía presentaban un cierto espíritu lounge de finales de la década de 1.970, más propio del Miami de Julio Iglesias que de una época en donde la electrónica comenzaba a hacerse omnipresente, con En la mira de los asesinos se produce de verdad el cambio de década en la franquicia. Para bien o para mal. Tener a una chica Bond machorra como Grace Jones o a una banda andrógina como Duran Duran a cargo del tema Bond, es algo muy característico de la ambigüedad de la década, lo que es un plus o un contra a según los gustos. Pero a cambio, lo que le falta a En la mira de los asesinos es glamour. Christopher Walken interpreta con su mortífera eficacia a Max Zorin como uno de los villanos más monstruosos de la franquicia, de eso no cabe duda, pero a cambio tenemos que parte de la película transcurre en un San Francisco en el que no hay rastros de la sórdida y gozosa cultura disco que le dio tanta personalidad, que la chica Bond buena es insípida y deslavada, que la trama de los caballos con doping no puede ser más aburrida. El propio guión era incluso más ridículo: en su primer borrador, Max Zorin intentaba destruir Sillicon Valley... desviando el Cometa Halley. En la mira de los asesinos tiende a ser mejor valorada por aquellos para quienes fue una de sus primeras aproximaciones a las películas de James Bond, pero no cabe duda de que se han rodado mejores. Por suerte, Albert Broccoli tomó nota, y para la siguiente entrega, ya con Roger Moore jubilado, James Bond ya se asentaría firmemente en la década de 1.980. Ya era hora: la misma estaba por terminar.

Próxima entrega: Más allá de la Guerra Fría.

martes, 27 de octubre de 2015

Bastión Esperanza - "La leyenda de los mundos traicionados".

Imagen por Dannybob en DeviantArt (fuente).
Por fin había terminado el largo periplo, y ahora Alba se encontraba mirándose frente a frente con Aura, el programa principal dentro de la computadora de Ganímedes. Alba iba a abrir la boca para pedirle a Aura que la llevara ante Ester, el programa de archivos dentro de la computadora de Ganímedes, pero Aura levantó la mano de manera ceremoniosa. Luego, moviendo el brazo con lentitud, invitó a Alba a acompañarla. Ambas caminaron a través de una enorme puerta que daba a un corredor bellamente iluminado con motivos barrocos.

Finalmente, llegaron hasta un amplio salón, con una luz tenue y difusa, que parecía venir de todas partes y ninguna al mismo tiempo. En el centro del salón se encontraba una pileta de un metro de altura, más o menos, de color broncíneo, decorada con relieves suaves, de magnífico detallismo, y que en un jardín, bien hubiera podido servir como abrevadero para pájaros. Gigantescos anaqueles cubrían todas las paredes, pero en dichos anaqueles no había casi ningún libro.

– No hay libros en los anaqueles porque no tenemos acceso a los programas maestros – dijo una chica que lucía como una treintañera algo estropeada por la vida. Tenía algo de sobrepeso, sin ser gorda, usaba lentes, y en general sus mejillas algo hinchadas le daban un aspecto un tanto infantil que la hacían más tierna... o la habrían hecho más tierna, de no ser por una mirada severa y adusta.

– Hay programas maestros para restaurar los bancos de datos – dijo Alba. – Soy una usuaria, y sé que siempre los hay. Yo los buscaré.

– Es imposible – dijo Ester, malhumorada. – Aunque restaures los discos, será con información virgen. La información anterior se habrá perdido.

– Si los medios físicos están intactos, y no tenemos motivo para pensar que sea de otra manera, entonces yo encontraré el camino – dijo Alba. Y añadió, con completa seguridad de lo que estaba haciendo: – Muéstrame el momento del encendido. Muéstrame el momento en que Ganímedes regresó a la vida.

En respuesta, Ester y Aura se miraron mutuamente, desconcertadas. Pero Ester accedió a la petición de Alba, sin mediar una sola palabra.

– Mira aquí – dijo Ester, extendiendo ambas manos y abriendo ambos brazos sobre la pileta. La misma estaba llena de un líquido de color turquesa. Ante los gestos de Ester, el líquido levantó algunas formas tentaculares desde la pileta, y de pronto, a medida que tales tentáculos de líquido se extendían, empezaron a disolverse en fragmentos y chispas de luz que, recombinándose en el aire, crearon una serie de imágenes holográficas.

A través de la imagen, Alba vio como un montón de luces saltaban desde la negrura absoluta: era casi la Creación del Universo. Primero fueron unos puntos abstractos, la mayor parte de ellos de color rojo, y luego, empezaron a formarse redes y retículas que se extendieron, hasta que la imagen holográfica adoptó una forma de cúpula. Apareció la superficie del planeta Esperanza, y sobre ella, varias naves espaciales de las que pertenecían a los alienígenas invasores; las naves y el planeta no estaban ni de lejos a escala.

Después de observar un rato, Alba extendió la mano. Una vez más, Aura y Ester se miraron con cautela.

– Es un código – dijo Alba. – Ustedes no saben cómo descifrarlo porque no han sido programadas para ello. Es simplemente una medida de seguridad del sistema, para evitar que el propio sistema desconfigure su propia información. Pero yo, siendo una usuaria externa al sistema...

Alba introdujo la mano en el líquido color turquesa en la pileta. La imagen empezó a ir marcha atrás, y aparecieron de nuevo los puntos lógicos, trazando líneas y creando polígonos: información abstracta hecha visible a través de representaciones geométricas.

– La manera en que se mueven los puntos rojos... Es un código. Esto es un agujero negro, el punto en que todas las leyes físicas del universo se terminan. Ustedes no pueden traspasarlo porque sería la negación de su propia existencia: el borrado y el olvido. Pero yo... yo sí puedo. Me basta con ajustar estas ecuaciones aquí, y estas ecuaciones allá...

Alba movía las luces rojas holográficas con sus manos, reajustándolas en el espacio según los patrones en que se habían movido, como si de las piezas de un rompecabezas tridimensional se tratara.

Y de pronto, la imagen comenzó a ir hacia atrás, hacia atrás, hacia atrás... Hasta que, de pronto, Alba descubrió que se le estaban mostrando imágenes del Sistema Estelar del Sol, del hogar ancestral de la Humanidad. Desde allí habían salido las naves colonizadoras que habían alcanzado a Esperanza, veinte años atrás, luego de su largo viaje de cien años a través del espacio.

Tenía que ser eso, porque Alba reconocía una imagen en particular. Había una enorme torre de brillante metal, sin ventanas ni aberturas, salvo algunas protuberancias cuadrangulares; había también un símbolo, un círculo rojo con tres triángulos azules sobrepuestos, muy alargados, orientados hacia arriba y a la derecha. En lo alto de la torre había una figura humana con los rasgos simplificados hasta el extremo del simbolismo, también en metal. Alrededor de la torre había un océano de construcciones metálicas apiñadas. Y más allá estaba la cúpula, una enorme cúpula semitransparente a cuyo través podía verse un gigantesco planeta flotando evanescente, con franjas entre amarillentas y marrones, que cubría más de la mitad del cielo. Y más allá de la cúpula, se extendía un territorio de tonos amarillentos, rojizos, ocres, marrones y oxidados, un enorme manto jaspeado con irregularidad impresionista, bajo un cielo perfectamente negro y estrellado. Todo el escenario se mostraba en quietud, y al mismo tiempo, parecía haber un movimiento subterráneo, que no quería terminar de aflorar. Alba ya había visto ese escenario, al enfrentarse contra Robespierre. Y ahora tenía la confirmación de que no había sido sólo una alucinación, sino un recuerdo olvidado de su infancia, distorsionado por el filtro de la memoria, pero un escenario que era, o había sido, real.

– ¿Qué mundo es éste? – preguntó Alba. – Es un satélite alrededor de ese planeta gigante, parece.

Ester se lanzó hacia los anaqueles, que como por arte de magia, comenzaban a llenarse de libros. Buscando animadamente, abrió uno de los tomos, y encontró la respuesta:

– Es Io. Uno de los satélites de Júpiter, un planeta dentro del Sistema Estelar del Sol.

OxxxOxOOOxOxxxO

Lentamente, en medio de videos, movimiento, esquemas, gráficos, y un montón de información en imágenes holográficas flotantes que iban y venían, una historia empezó a desarrollarse alrededor de Alba: la historia de los orígenes de la nave espacial Ganímedes.

Después de desangrarse en un genocidio masivo a lo largo y ancho de todas las colonias dentro del Sistema Estelar del Sol, la Gran Guerra Terrestre, los humanos habían acordado la paz; fundaron para ello un gobierno único, la Confederación Solar, cuya capital fue fijada en Ganímedes, el satélite de Júpiter que había sido el primer cuerpo celeste colonizado más allá del Cinturón de Asteroides. La destrucción de ciudades y la pérdida de población, había resultado fatal para la mayoría de los mundos, satélites, ciudades, colonias y factorías espaciales, y la economía tardaría mucho tiempo en recuperarse. Algunos entonces decidieron que la mejor manera de reactivar la economía, y al mismo tiempo asegurar la supervivencia de la raza humana, en caso de un nuevo conflicto a semejante escala, era iniciar un vasto plan de construcción de naves espaciales capaces de viajar a velocidades einstenianas hasta una docena de planetas habitables en un radio de cien años luz a la redonda del Sistema Estelar del Sol. Finalmente, después de cerca de veinte años de labores, la docena de expediciones colonizadoras partieron a sus respectivos destinos. Una de ellas era la flota de naves que habían llegado hasta Esperanza; setenta años luz de distancia cubiertos en cien años de tiempo de las naves, y cerca de 140 años en tiempo del Sistema Estelar del Sol, debido a la dilatación del espacio y tiempo, de manera que en el calendario de Esperanza todavía vivían a finales del siglo XXIII, mientras que en el calendario del Sistema Estelar del Sol ya deberían ser los inicios del siglo XXIV.

Y después de que las expediciones colonizadoras despegaron, apareció de la nada una flota alienígena. Alba la reconoció: eran los mismos misteriosos invasores que habían atacado a Esperanza. Pero no eran apenas veinticuatro naves: eran muchas, muchísimas más. Los alienígenas no parecían interesados en hacer contacto de ningún tipo, y permanecieron meses vagando por el Sistema Estelar del Sol, de manera aparentemente errática, sin nada que pareciera un plan predeterminado.

En la época, el político más influyente de la Confederación Solar era Arslan Zetten; se afirmaba que era más poderoso que el mismísimo Presidente de la Confederación. Los registros de la época lo retrataban como un animal político, un hombre de modales ampulosos que había saltado desde las leyes a la política, y con un talento único para estar en el lugar justo y hablar con la gente precisa, logrando manipular con seducción y amenazas a otras gentes, para lograr servirse de sus capacidades, voluntades, almas y cuerpos. Como advirtiendo que nadie conocía a ciencia cierta las intenciones de los alienígenas, o su potencial de fuego, consiguió hacerse nombrar embajador para encabezar una expedición hacia las naves alienígenas.

Arslan Zetten entró en una de esas naves, y no volvió a salir. Ni a pisar una colonia humana.

Cuando volvió a aparecer, sólo en imagen a distancia, ya no era completamente humano. El color de su piel hubiera calificado como esmeralda, de no ser porque lo opaco de la misma le daba una apariencia cadavérica, como carne en proceso de putrefacción. Se mostró únicamente para pedir la rendición completa y absoluta de las colonias, ante el dominio de la raza alienígena, quienes se hacían llamar a sí mismos como los arzawe.

Los humanos deliberaron, y no aceptaron rendirse.

Ganímedes fue bombardeado. En cuestión de minutos, todas las colonias superficiales o enterradas a poca profundidad, fueron arrasadas; las más profundas quedaron sepultadas en un océano de suelo vitrificado que era impenetrable a los taladros, convirtiéndose así en sepulturas en vida para sus respectivas poblaciones.

Luego se dirigieron a todos los restantes asentamientos humanos: desde el planeta más densamente poblado hasta la más remota y solitaria colonia espacial, los arzawe fueron implacables en arrasarlo todo. La Tierra fue bombardeada por rayos de alta energía que elevaron la temperatura hasta un punto en el cual el oxígeno atmosférico entró en combustión; una gigantesca llamarada de fuego arrasó entonces toda la vida sobre el planeta nativo de la Humanidad. Lo que quedó detrás fue un mundo de roca vitrificada, con los océanos casi por completo evaporados, y en el cual ni el más microscópico organismo había conseguido sobrevivir.

Y luego, quizás aprovechando los conocimientos que los arzawe hubieran podido obtener de Arslan Zetten, el Verdugo de la Humanidad, la flota alienígena se separó, con destino a los varios sistemas estelares colonizados por los humanos. ¿Qué había sucedido con ellos? ¿Conseguirían sobrevivir esas frágiles semillas de Humanidad, en los últimos enclaves de la especie? Misterio absoluto.

Pero en Io, el satélite de Júpiter, en donde los últimos restos de la Confederación Solar pudieron cobijarse, los humanos pudieron montar una débil última resistencia. Con desesperadas obras de ingeniería y robótica, y trabajos forzados, aprovechando la tecnología de la minería del azufre, los humanos pudieron convertir los volcanes de Io en verdaderos cañones de lava sulfúrica, apuntando hacia el espacio. Pudieron incluso derribar una nave arzawe, y estudiar sus restos, aunque no pudieron encontrar ningún cuerpo alienígena, ni siquiera el cadáver de uno; descubrieron, eso sí, que sus naves espaciales eran en sí estructuras vivientes de alguna clase, aunque no tenían los recursos o el tiempo para estudiar a fondo su biología. En lo que parecían las redes neuronales de la nave, los humanos pudieron descifrar los rudimentos de un lenguaje, en lo único que era comprensible para ellos: las matemáticas, que son las mismas para todo el universo observable. Los humanos usaron esos conocimientos para fabricar una nave espacial, no biológica sino electromecánica, pero al menos, funcional. Era, además, la primera nave espacial humana capaz de viajar a velocidades mayores a la de la luz. Por la escasez de recursos, sólo pudieron fabricar una de ellas, pero eso era mejor que nada.

Fue elegida una tripulación para la nave, y luego ésta despegó hacia la que se suponía era la colonia más grande de todas: la ubicada en el planeta Esperanza. Viajando a mayor velocidad que la luz, a pesar de haber despegado después que la expedición colonizadora, pudo llegar antes. Sin embargo, algo que no está en los registros, sucedió. Hubo un fallo. La nave se estrelló sobre la superficie de Esperanza, y quedó semienterrada. La tripulación entera desapareció, sin saberse qué sucedió con ella. El completo sistema computacional fue reiniciado desde cero, con mucha información perdiéndose en el proceso. Por trágica ironía los humanos, ignorantes del destino de la antigua capital de la Confederación Solar, al encontrar la nave, la llamaron... Ganímedes.

Alba recordó a Arslan Zetten, o mejor dicho, a lo que ahora sabía, era una copia informática de Arslan Zetten, dentro de la computadora de Ganímedes. ¿Cómo había llegado esa copia de la mente de Arslan Zetten, a la mente de Ganímedes? Y si esa copia andaba rondando y había corrompido los bancos de datos, ¿qué tan confiable era toda la información recibida? Alba tenía sus dudas. Pero ahora también tenía algunas respuestas. Ahora el enemigo tenía un nombre: los arzawe. Y su ataque no era casualidad; había una coordinación por detrás, aunque sus motivos fueran un misterio, por el minuto a lo menos. Asimismo, ¿era posible que los arzawe le temieran a Ganímedes porque, al incorporar tecnología alienígena, dicha nave fuera mucho más peligrosa para ellos de lo que los humanos creían? Pero sobre todo, en última instancia, la pregunta más importante de todas... ¿cómo se las arreglarían para luchar contra una horda de invasores alienígenas tan avanzados tecnológicamente que eran capaces de arrasar sin mayores dificultades la vida de un sistema estelar completo...? ¿Qué esperanza podía caberle al planeta Esperanza, frente a invasores que tenían tanto la voluntad como el poder para llevar a cabo la erradicación completa y absoluta de la Humanidad desde la faz del universo...?

つづく

domingo, 25 de octubre de 2015

La Guerra Mundial Cero: Regreso al siglo XVIII.

Un grupo de tropas prusianas se mete por una brecha, durante la Batalla de Leuthen, según una pintura de Carl Röchling. No diré en qué fecha ni guerra, para no matar el suspenso.
Todos sabemos que las Guerras Mundiales son dos: la Primera y la Segunda. Ambas califican por varios motivos: una cantidad de muertos y de destrucción material sin precedentes, envolvimiento de la práctica totalidad de la Tierra, y consecuencias cataclísmicas para los equilibrios políticos a nivel planetario. Además, puntos adicionales por esto, en ambas los alemanes son los villanos, y ya sabemos lo que mejora cualquier historia cuando el villano es alemán. Piensen en que en Goldfinger, la mejor película de James Bond, aunque no se dice la nacionalidad del villano, mandaron a que lo interpretara Gert Fröbe, que era alemán. Además, como buena secuela, la Segunda Guerra Mundial es varias veces mejor que la primera porque muere más gente, se destruyen más cosas, y los villanos inspiran más. Porque nadie va a negar que Adolf Hitler es un villano mucho más rico, interesante y desquiciado que el Kaiser Guillermo, ¿no?

Pero si eso es una guerra mundial, entonces podemos asegurar con relativa seguridad que la llamada Primera Guerra Mundial no es ni con mucho la primera de las guerras mundiales. Hubo guerras así de cataclísmicas antes, aunque no tan imponentes desde el punto de vista humano y material, pero globales de todas maneras. Si nos vamos lo suficientemente atrás en el tiempo, podríamos remontarnos hasta los tiempos de las Guerras Médicas, entre griegos y persas, que abarcaron una buena porción del mundo civilizado de la época. Pero si debemos considerar una guerra de alcance literal y verdaderamente mundial, que cambió el rumbo de la Historia para siempre, quizás nuestro mejor candidato a la Guerra Mundial Cero sea la llamada Guerra de los Siete Años, que enfrentó a Francia, Austria y España por un lado, y a Inglaterra y Prusia por la otra, entre 1.756 y 1.763. Usualmente se la despacha como una simple guerra territorial europea, pero hay un detalle: tanto Francia como Inglaterra tenían colonias de importancia tanto en América del Norte como en la India. De manera que la Guerra de los Siete Años en realidad se libró sobre tres continentes, significó el desmantelamiento de un imperio colonial completo, y el ascenso imparable de otro hasta la hegemonía mundial, misma que ya no abandonó hasta... la Primera Guerra Mundial, justamente. De manera que acá en la Guillermocracia, después de nuestras míticas series Generación GM y Ver la Segunda Guerra Mundial, insistiremos con eso de los conflictos a escala terráquea, y veremos ahora la historia de esta verdadera Guerra Mundial Cero.

Dentro de un contexto histórico amplio, y con una breve pausa de unas dos o tres décadas, podemos considerar que la casi una centuria entre el estallido de la Guerra de los Treinta Años en 1.618 y la muerte de Luis XIV en 1.715, fue la devastación de los campos europeos. De ahí hasta el ciclo de las guerras revolucionarias y napoleónicas de 1.792 a 1.815, Europa vivió todavía otra serie de conflictos, pero éstos ya mucho más focalizados. Europa se había trabado en un complejo sistema de alianzas, y las potencias aprovechaban éstas para guerras de anexión, conquistando territorios, o de sucesión, emplazando a sus candidatos favoritos en los tronos vacantes. En ese sentido, la Guerra de los Siete Años fue simplemente el conflicto de mayor escala entre todos ellos. En realidad, el germen de este conflicto ya estaba latente en el Tratado de Aquisgrán de 1.748, que había puesto término a los ocho años de la Guerra de Sucesión Austríaca con lo que en esencia era una tregua: María Teresa de Austria, gobernante desde 1.740, se quedaba con el trono austríaco, a cambio de algunas concesiones territoriales, mientras que Inglaterra y Francia se buscaban su propio acuerdo. Este tratado había sido firmado más que nada por cansancio, y era cuestión de tiempo antes de que las hostilidades se reiniciaran.

Federico el Grande de Prusia, en un retrato de 1.772 por Anna Dorothea Therbusch. Este fue el hombre que libró una guerra mortal contra la mitad de Europa, y sobrevivió para contar el cuento.
Europa estaba trabada en una compleja red de alianzas e intereses que la convertían en un polvorín muy explosivo. Había dos grandes rivalidades en escena. Una de ellas era la de Francia e Inglaterra, en abierta disputa desde que los franceses desarrollaran su marina en la época de Luis XIV, y ambos a la caza de sendos imperios coloniales en Asia y Norteamérica; a cargo de la diplomacia francesa estaba el Duque de Choiseul, un diplomático más o menos competente, respaldado por el más o menos incompetente monarca Luis XV. La otra rivalidad estaba trabada entre la tradicional potencia centroeuropea que era Austria, y la naciente potencia que era Prusia, considerada un actor menor en el siglo XVII y que luego de la Guerra de Sucesión Española rematada en 1.714, había conseguido erigirse como la gran amenaza contra Austria en su esfera tradicional de influencia, que eran los principados alemanes. Y para complicar aún más las cosas, Jorge II de Inglaterra era también duque de Hannover en Alemania, por lo que era el interés de la corona británica el defender a Hannover de la voracidad austríaca y francesa. De esta manera, las alianzas se perfilaron de manera casi natural: Francia y Austria renunciaban a su hostilidad clásica, y unían fuerzas contra Inglaterra y Prusia. Irónicamente, los grandes beneficiados por este baile de alianzas fueron Rusia y el Imperio Otomano, las potencias del este que podían ponerle un excelente precio a sus lealtades. Rusia por un lado podía extorsionar a Prusia con una invasión militar en caso de guerra con Austria. Y el Imperio Otomano tiraba de la tradicional alianza de la Sublime Puerta con Versalles, al tiempo que le abría una cómoda embajada a los prusianos en Estambul, jugando a dos bandas como buenos políticos. A río revuelto...

Federico II el Grande, rey de Prusia, tenía miedo de un ataque combinado de rusos y austríacos. Este temor era muy real, toda vez que como parte de las concesiones del Tratado de Aquisgrán, y para conservar el trono, María Teresa de Austria había tenido que ceder la rica región agrícola de Silesia a los prusianos. Y María Teresa quería a Silesia de regreso a cualquier costo. Federico decidió que lo mejor era un ataque preventivo, y cargó contra Sajonia en 1.756. En respuesta se firmó el Tratado de Versalles de 1.757, otro de los cincuenta millones con ese nombre, en donde Francia y Austria fortificaron su alianza y llegaron incluso a pactar el desguace y reparto de Prusia entre varios principados alemanes, incluyendo a Austria entre los saqueadores por supuesto, todo a cambio de la posibilidad para Francia de incrementar su influencia en los Países Bajos. Fue quizás el momento más fino del Duque de Choiseul. Y ustedes que pensaban que era fácil enajenarse amigos jugando al Diplomacia.

Federico II de Prusia sabía que debía actuar con energía si es que quería sobrevivir, rodeado como estaba de Sajonia, Austria y Rusia, y con su mejor aliado, Inglaterra, ubicado a medio continente de distancia. Su genio táctico y militar brilló en una serie de brillantes victorias militares que por un instante parecieron garantizarle una victoria total. Y entonces todo se derrumbó en la Batalla de Kolin, en 1.757. Los prusianos debieron retirarse a sus dominios recién adquiridos en Sajonia. Y todo ello, mientras los británicos se negaban a llevar sus tropas más lejos que los dominios de Hannover; los mismos británicos fueron derrotados de manera humillante, y debieron comprometerse a no seguir luchando la guerra, aunque siguieron respaldando financieramente a Prusia, ahora su única posibilidad de tener un rol activo en la política europea. Federico II, mientras tanto, contendía heroicamente con los austríacos, los rusos, los sajones, los franceses, y además con los suecos que se aprovechaban del cacao para invadir Pomerania, región alemana con bastante valor inmobiliario considerando sus costas al Mar Báltico. Con independencia de cuál bando sea el más simpático para el lector, resulta innegable lo heroico de sus esfuerzos por mantenerse a flote en una coyuntura dentro de la cual Prusia podía muy bien haber terminado barrida del mapa. Federico II de Prusia fue llamado el Grande, y sí que se tiene bien ganado su apelativo, no como Felipe IV el Grande de España, que lo era la manera de los pozos, que son más grandes cuando más tierra se les saca...

Lord Clive se encuentra con un jerarca de la India después de la Batalla de Plassey. Pintura de Francis Hayman. El pintor jamás estuvo en la India ni vio un elefante en persona, por lo que el paquidermo se ve un poco... extraño, en la pintura.
Mientras Federico el Grande se las había con la mitad de Europa, se abría un segundo frente de batalla en la India. La mayor parte de la misma estaba bajo control del Imperio Mogol de la India; sin embargo éste, desde la muerte de Aurenzgeb en 1.707, venía en franca decadencia, en parte debido a la estúpida política tributaria que otorgaba la recolección de impuestos a príncipes locales sobre la base de cesión de tierras en concesión, manera segura de feudalizar los propios dominios si falta una mano dura para mantenerlos vigilados. De ello se habían aprovechado ingleses y franceses, celebrando tratados con príncipes locales, y al tiempo manteniendo apaciguado al Raj Mogol cediéndole tropas en arriendo. Sin embargo, la India era demasiado pequeña para los dos, y alguno iba a terminar desalojado, o ingleses o franceses. Los franceses contaban con ventaja, pero entonces vino la Batalla de Plassey de 1.757, y los británicos se impusieron sin mayores contratiempos.

En Norteamérica, quienes parecían tener la partida ganada eran los franceses. Los británicos estaban encajonados en las Trece Colonias, una cadena de ciudades en la costa este de Norteamérica que estaba bloqueada al norte por las colonias francesas en Canadá, al oeste por ramificaciones francesas que habían descendido desde Canadá a través de la enorme cuenca del Río Misisipi, fundando una ciudad de nombre tan francés como Nueva Orleans, ya en el mismísimo Golfo de México. Y al sur estaba por supuesto el vastísimo Imperio Español, grande e impotente como un cachalote varado en la playa, pero proclive a los intereses franceses, espoleado por su tradicional rivalidad marítima con los británicos, y además con un Borbón entronizado, el legendario déspota ilustrado Carlos II de España. Para colmo, los franceses habían conseguido ganarse la alianza de la Confederación Iroqui.

Ni qué decirlo después de lo anterior, las hostilidades en Norteamérica se abrieron con clara ventaja para los franceses, que se dieron el lujo de enviar expediciones militares a las Trece Colonias y lograr algunos triunfos importantes. Pero, ¡ay!, estaba el tema de los suministros marítimos. Dominando los mares, era cuestión de tiempo antes de que los británicos consiguieran revertir la racha de triunfos franceses. Y lo lograron. Los colonos se embarcaron en una enfebrecida guerra de desgaste, en un territorio de geografía mucho más hostil que los domesticados bosques europeos o las llanuras de la India, y en una guerra de desgaste de esa naturaleza, la balanza iba a terminar cayendo del lado británico más tarde o más temprano, como efectivamente sucedió.

La victoria de Montcalm en la Batalla de Fort Carillon, por Henry Alexander Ogden. Esta batalla, conocida también como Ticonderoga, fue uno de los momentos más inspirados de los franceses: 3.600 soldados franceses consiguieron pararle los pies y derrotar a una fuerza militar británica de 18.000 efectivos, entre regulares y milicianos.
En el escenario europeo, entretanto, parte importante de las victorias de Federico II de Prusia, eso sí, se debían a la incompetencia supina de los aliados en su contra. Los aliados superaban a Federico II en número de manera abrumadora, y aún así, el monarca prusiano se las arreglaba para batirlos una y otra vez, y cuando a su vez conseguían derrotarlo, lograba retirarse, reagruparse, y volver a la carga. En 1.759, Federico II estuvo a punto de ser barrido del mapa luego de la Batalla de Kunersdorv, derrotado por una coalición austrorrusa que estuvo a punto de ponerlo de rodillas... sólo para que los rusos afligidos por problemas internos se retiraran a Polonia; Federico II obtuvo así un respiro, aunque los austríacos no perdieron el tiempo y ocuparon Sajonia, territorio del cual les tomó a los prusianos una buena parte de 1.760 el desalojarlos. En cuanto a los franceses, éstos casi no pintaban nada en el escenario alemán, parados no por el magnífico Federico el Grande, sino apenas por un tal Fernando de Brunswick. Y todo eso mientras, recordemos, Inglaterra libraba la guerra desde un ángulo económico: subsidiando a Prusia a mansalva.

Ayudaba por supuesto que Francia en realidad no tenía tantos intereses en Alemania, y de hecho la alianza entre Versalles y Viena tendió a enfriarse, una vez que quedara demostrada la relativa incompetencia de los austríacos. El sueño de Francia era armar una coalición marítima contra Inglaterra. Lo suyo era casi una lista para una liga de fútbol: Holanda, Suecia, Rusia, España, Nápoles, Toscana, Cerdeña y Génova, lo que implicaba que tanto el Atlántico como el Mediterráneo y el Báltico quedarían en manos de enemigos de Inglaterra. Pero la proyectada liga nunca terminó de funcionar del todo, y terminó convertida en todavía otro bochorno más de la diplomacia versallesca, que no siempre se ha merecido el buen nombre con el cual ha pasado a la Historia.

Una de las consecuencias más angustiosas para Francia, del desmantelamiento de sus gloriosos proyectos marítimos, era la dificultad de enviar tropas a defender sus imperios coloniales a medio mundo de distancia. Quien pagó esto con sufrimiento y dolor fue el conde de Lally, el pobre infeliz enviado a la India para revertir los nefastos resultados de la Batalla de Plassey. La población nativa local detestaba a los franceses; además, por no llegarles refuerzos ni suministros (a diferencia de los británicos, muy bien surtidos), los franceses se veían obligados a robar y saquear, ganándose todavía más el odio de los nativos. Los británicos fueron conquistando bastión francés en la India tras bastión francés en la India, hasta que en Enero de 1.761 capturaron Pondichery, con Lally rindiéndose de manera ignominiosa. Al mes siguiente cayó la última factoría francesa, y con ello el imperio colonial francés en la India quedó destruido para siempre.

María Teresa de Austria, en un retrato de 1.759 por Martin van Meytens. La ambición de la reina austríaca por recuperar la Silesia, perdida a manos de Prusia en 1.748, fue el detonante de la Guerra de los Siete Años.
En América, las cosas terminaron por torcerse para los franceses. En 1.759, las tropas británicas entraron a saco en Quebec y lo conquistaron. En 1.760, el gobernador canadiense Vaudrevil capituló, y con ello, el Imperio Británico se hizo con Canadá de manera permanente. En paralelo, más al sur, en las Antillas, la hostilidad de la escuadra británica sembró estragos en las colonias francesas de dichos lugares, no en términos de arrasar con éstas, sino destrozando el comercio francés con sus colonias del Caribe. El resultado fue la pérdida de una importante fuente de ingresos para los franceses, así como el crecimiento del descontento entre los nativos.

Para 1.761, se hacía cada vez más evidente que la coalición de británicos y prusianos iba a ganar la guerra. Los fallecimientos de Jorge II de Inglaterra y Carlos II de España habían permitido atisbar la posibilidad de negociaciones; ambos sucesores, Jorge III de Inglaterra y Carlos III de España, tantearon la posibilidad de una paz, apoyada desde Francia por el inefable Duque de Choiseul. Pero William Pitt, el Primer Ministro de Inglaterra, no quería ni oir hablar de paz, ahora que iba ganando. La apuesta de Pitt le resultó favorable a los intereses británicos. El incombustible Federico el Grande estaba ahora entregado a nueva y enfebrecida campaña militar, e iba de triunfo en triunfo, mientras que los británicos conquistaron Filipinas a los españoles, y las islas caribeñas de Martinica, Granada y Santa Lucía a los franceses. Y la alianza angloprusiana recibió todavía otro golpe de suerte: en 1.762 falleció la Zarina Isabel, y asumió el trono ruso el Zar Pedro III. Este tipo era un admirador profundo de Federico el Grande, de manera que abandonó a Austria y se pasó de bando. No duró mucho, eso sí: una revolución palaciega acabó con Pedro III muerto en muy oscuras circunstancias, y siendo reemplazado en el trono por su intrigante y golpista doliente viuda Catalina la Grande, más interesada en explotar la rivalidad entre prusianos y austríacos que en apoyar de manera decidida a un bando. De manera que Federico el Grande, der Alte Fritz (el Viejo Fritz) como lo llamaron sus súbditos, comenzó a considerar que la idea de la paz no era tan mala, después de todo.

Por su parte, la alianza francoaustríaca estaba desplomándose a ojos vista. Suecia, que venía ocupando militarmente Pomerania, de pronto descubrió que Federico el Grande era el tipo más majo que se podía tener como amigo, y con toda la gentileza del mundo, los suecos le devolvieron el territorio a Prusia y nadaron todo el Mar Báltico de regreso hasta su país nativo. María Teresa de Austria, resignándose en definitiva a la pérdida de Silesia, y temiendo quedarse absolutamente sola ante la posibilidad de un entendimiento entre París y Londres, empezó a activar los resortes de la paz, presionando de paso a Carlos III de España para que aceptase las pérdidas militares. Inglaterra iba ganando, pero estaba agotada, y además al pacifista Jorge III, la suerte de Hannover le traía a un buen socaire, de manera que también estaba dispuesta a conversar.

Federico el Grande antes de la Batalla de Torgau en 1.760; pintura por Bernhard Rode, de 1.791. Federico es apodado der Alte Fritz (El Viejo Fritz) por los prusianos.
El 10 de Febrero de 1.763 se firmó el Tratado de París (todavía otro más con ese nombre) entre Francia, Inglaterra, España y Portugal. En su mayor parte, era un cambio importante al status quo literalmente mundial. Francia renunciaba a Canadá, que permaneció británica hasta su independencia algo más de un siglo después, en 1.867. También renunció a casi todos sus dominios de la India, salvo a un puñado de factorías, lo que por supuesto fue un cambio dramático en la Historia Universal; después de todo, siglo y medio después, Mahatma Gandhi estudió Derecho en Londres y no en París, y se rebeló contra la monarquía británica y no contra la Tercera República Francesa, ¿verdad? Inglaterra restituyó, eso sí, las islas de Martinica, Granada y Santa Lucía a Francia, a tiempo para que en 1.768 naciera francesa en una de esas islas, una tal Josefina de Beauharnais, que con el tiempo llegó a ser esposa de un tal Napoleón, de una familia de corsos de apellido Bonaparte... España por su parte, sin mucho esfuerzo, consiguió que le devolvieran Cuba y Filipinas, y además se ganó algunos dominios en Norteamérica.

A su vez, el 15 de Febrero del mismo año se firmó el Tratado de Hutertsburgo, entre Austria, Rusia y Sajonia, que a su vez venía a resolver el ala continental de la contienda. Esencialmente, fue un regreso al status quo anterior a la guerra, con Federico el Grande reteniendo la cacareada Silesia, y con Augusto III de Polonia haciéndose de Sajonia, en lo que fue uno de los últimos momentos de grandeza de los polacos, cuyo país iba a ser desmembrado por sus voraces vecinos prusianos, austríacos y rusos en apenas una generación más.

Todo lo anterior tuvo consecuencias incalculables para el devenir de la Historia Universal. La guerra había estallado por una disputa provinciana entre Austria y Prusia, pero a las últimas, ellos terminaron siendo los peones utilizados en los intentos de Francia por desbancar a Inglaterra. Intentos que, como podemos apreciar, fracasaron casi del todo. La escuadra inglesa se consagró como la más poderosa del mundo, y seguiría siéndolo hasta ser reemplazada por Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, casi dos siglos después. Además se había ganado el riquísimo imperio colonial de la India, repleto de los tesoros acumulados durante milenios por el Raj Mogol y los principados locales. Dichos tesoros fueron saqueados a discreción por los ingleses, y ayudaron así a financiar una cosita nueva que estaba surgiendo en el horizonte: la Revolución Industrial. Inglaterra se industrializó con celeridad entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, y sería la mayor potencia industrial hasta la Primera Guerra Mundial, y eso en buena medida gracias a las riquezas del imperio colonial que se había asegurado en la Guerra de los Siete Años. Por todo ello, es que si hemos de buscar alguna conflagración que se merezca el título de Guerra Mundial Cero, con toda probabilidad es ésta.

La tormenta, de Jean-Honoré Fragonard, obra de 1.759. Una pintura relativamente oscura, para un pintor rococó habitualmente muy luminoso.

jueves, 22 de octubre de 2015

Marvel 75 años (4 de 6): Colosalismo.

Spiderman obtiene el traje de Venom, en la portada del número 8 de Secret Wars.
46. En general, puede decirse que el tránsito de la década de 1.970 a la de 1.980, para la Editorial Marvel y su cerca de treintena de cómics al mes, era auspicioso. Las ventas se habían recuperado un resto de la crisis de la década anterior. Ayudados en parte, eso sí, por la Implosión DC. La libertad de editar cuantos títulos quisieran, ganada en 1.968, llevó a la Marvel a ir aumentando la cantidad de los mismos; DC Comics se propuso batirlos en el mismo terreno y lanzó la Explosión DC. El resultado fue cataclísmico: resultó que en un mercado en contracción como lo era el de cómics, ya Marvel había ganado la posición dominante y DC Comics en el minuto carecía del talento o potencial para dar vuelta las tornas, de manera que en 1.978, comenzó la cancelación de títulos a lo bestia, en lo que se llamó con sarcasmo la Implosión DC. En términos creativos, aunque el grueso del Universo Marvel parecía encontrarse algo estancado, aún así, ahí estaba Chris Claremont escribiendo los guiones de X-Men. Y las políticas de Jim Shooter a cargo de la labor editorial, parecían haber dado un buen resultado, en cuanto a disciplinar a los trabajadores de Marvel Comics; pero por supuesto, siempre estaba la inquina de los creadores en contra de un régimen que se les antojaba demasiado opresivo.

47. En Marzo de 1.980, con Epic Illustrated número 1, empezó también un nuevo proyecto: la línea Epic. En realidad, éste era un esfuerzo por parte de la Editorial Marvel, de subirse a un nuevo mercado que parecía floreciente: el cómic para adultos. En la época estaba publicándose un cómic europeo con bastante más sexo y violencia que el mainstream estadounidense, llamado Metal Hurlant (algo así como Metal aullante), aunque en su edición para Estados Unidos se llamaba Heavy Metal Magazine. A través de la línea Epic se intentó emular dicho espíritu del cómic europeo. Pero hubo un detalle importante: en vez de cancelar una suma por página y adueñarse del material, pagaba derechos de autor y reconocía la propiedad de la obra al creador. Esto iba a preludiar un cambio en la sensibilidad respecto del tema de las regalías. Sin embargo, no iba a contagiarse fácilmente al Universo Marvel clásico. Después de todo, una cosa era la explotación limitada del material Epic, para un público muy específico, y con regalías cuyos montos podían más o menos cuadrarse en caja, y otra muy distinta el pago masivo de regalías que Marvel debería hacer a los creadores de Spiderman, Thor, Hulk, etcétera, por toda la explotación desde década y media atrás. Algo después, en 1.982, Marvel se hizo con otra lucrativa franquicia, al firmar un pacto con Hasbro Industries: de esta manera, comenzó a publicar los cómics de ciertos muñequitos llamados G.I.Joe. Dicha serie tuvo tanto éxito, que en 1.984 la editorial empezó a publicar otro cómic adicional, basado en otros juguetes licenciados por Hasbro: los Transformers. Y como dato para la trivia, y probando que la editorial iba a por todos los palos, mencionemos un nuevo intento por sacar cómics religiosos, labor por la que Marvel ya había estado en la década de 1.950. En 1.980 vio la luz un cómic basado en la biografía de Francisco de Asís, en 1.982 uno sobre Juan Pablo II, por entonces Papa, y en 1.984 un tercero sobre Teresa de Calcuta...

48. Jim Shooter estaba bien consciente de que no podían quedarse estancado en el legado de Stan Lee. Los cómics debían adaptarse a la sensibilidad de los nuevos tiempos para seguir vendiendo. Y teniendo muy en particular a la mano los números de ventas de los cómics de KISS, siguiendo un pacto con la discográfica Casablanca Records, Marvel se subió al carro de la música disco, y comenzaron a diseñar un nuevo personaje que pudieran explotar, y que inicialmente se iba llamar Disco Queen, una superheroína con onda disco. Al proyecto no le faltaban ambiciones: Marvel Comics iba a producir el cómic, Casablanca Records iba a lanzar a alguna estrella que cantara las canciones de Disco Queen, y además de eso, habían planes para producir una película. Se pensó incluso en Donna Summer para darle voz a Disco Queen, aunque el dibujo del cómic se basó en Bo Derek, nombre que se barajó muy en serio para protagonizar la película. Piensen en lo que hubiera podido ser: una película tipo Fiebre de sábado por la noche, protagonizada por una chica con superpoderes, interpretada por Bo Derek cantando canciones interpretadas por Donna Summer. Por desgracia para los interesados, se esforzaron tanto por producir lo mejor de lo mejor, que en el intertanto la música disco pasó de moda. El personaje fue rediseñado como Dazzler, intentaron dejar el trasfondo disco un tanto de lado, y finalmente vio la luz en 1.980, en Uncanny X-Men número 130. El personaje era una mutante capaz de transformar el sonido en poderosas descargas de luz, y... ése era su superpoder. De todas maneras, la Editorial Marvel hizo publicidad muy agresiva con Dazzler, dándole su revista propia y haciendo aparecer a varios otros valores de la casa como invitados en la misma. Normal que las ventas se dispararan; para Diciembre de ese año, la revista Dazzler estaba vendiendo 400.000 copias, batiendo de lejos a The Savage She-Hulk número 1, que había sido considerado un éxito superlativo con apenas 250.000. Por supuesto, Dazzler acabó siendo moda de un solo día. A la vuelta de algunos años, el personaje terminó cayendo en el listado de secundarios del Universo Marvel, e incluso, podría decirse, en la casi completa oscuridad, más allá de los fanáticos por supuesto.

Uncanny X-Men número 130, con la primera aparición de Dazzler.
49. En realidad, la verdadera revolución estaba larvándose en otra parte del Universo Marvel. Daredevil era un superhéroe que había comenzado sus andadas en 1.964, pero aunque su revista se había mantenido firme, nunca había sido un superventas. El superhéroe que era ciego, pero con sus otros sentidos ampliados por intoxicación con desechos químicos, y que era abogado de día y justiciero enmascarado de noche, tendía a ser visto como una especie de Spiderman de rebajas, con una galería de villanos sin mayor carisma. Para la editorial, daba más o menos igual quién se hiciera cargo del título, y así es como un novato veinteañero acabó dibujándolo: su nombre era Frank Miller. El dibujo de Miller para Daredevil no se parecía a nada de lo visto antes; yendo contra la corriente de la época, que favorecía el dibujo de ínfulas más o menos realistas, Frank Miller prefería dibujar una Nueva York más bien expresionista, de tonos muy cargados, angulosa como un fotograma de cine negro. Ya en la década de 1.970 habían aparecido antihéroes que se ensuciaban las manos, como The Punisher o Wolverine, que habían encontrado un éxito resonante, pero nadie había llevado la oscuridad hasta los extremos de Miller. Y la gente enganchó. Mientras que el resto del Universo Marvel seguía mostrando a una Nueva York estancada en los tiempos de Marilyn Monroe o el temprano Woody Allen, pero con moda afro, Frank Miller empezó a mostrar la vida criminal, las mujerzuelas, los chulos, las alcantarillas, y en general toda una Nueva York funkie y delictiva, muy en consonancia con el auge del hedonismo y la criminalidad de aquellos años. Ayudó que el propio Frank Miller utilizó a Daredevil como una manera de exorcisar algunos demonios personales, incluyendo uno en particular: había sido asaltado dos veces en Nueva York a punta de cuchillo desde que se había hecho cargo de la serie, lo que contribuyó al tono oscuro de la misma. En otro título con más visibilidad, el viraje a negro de Frank Miller con Daredevil le hubiera significado el despido, o al menos un severo corte de alas, pero como el mercadishing alrededor del personaje no era mucho, pudo salirse con la suya; para cuando la editorial se fijó en lo que estaba pasando, ya era demasiado tarde como para intentar atajar y hacer más blando el cómic, que se estaba vendiendo bien, después de todo. De hecho, Frank Miller pasó de hacerse cargo sólo del dibujo, a ser también el guionista. Y a través de las páginas de Daredevil, Frank Miller consolidó un estilo que lo iba a revolucionar el mundo del cómic, a ser en algunos años más y junto con Alan Moore, uno de los verdugos de la Edad de Bronce de los cómics, para inaugurar la Edad Oscura de la década de 1.990.

50. Frank Miller había introducido a varios personajes secundarios en Daredevil, y había elevado a la condición de supervillano principal, a un rey del crimen llamado Kingpin; hasta la fecha, el mismo era un villano secundario de Spiderman, pero Frank Miller supo sacarle tanto partido, que quedó asociado de manera indeleble con Daredevil. Pero la principal creación de Frank Miller fue un nuevo interés romántico, una asesina llamada Elektra, que apareció por primera vez en Daredevil número 168, de Enero de 1.981. Frank Miller basó al personaje en Lisa Lyon, una fisicoculturista que se cuenta entre las primeras que alcanzó la prominencia dentro de su rubro, en los Estados Unidos, y que era apenas unos cuatro años mayor que Miller. Y Frank Miller decidió correr un riesgo adicional: impactar a la audiencia matando a Elektra. Al saber las intenciones de Miller, Jim Shooter se puso nervioso, pero le pidió a Miller que le contara su proyecto; luego, con toda la información en la mano, le dio su bendición a la nueva historia. Así, Elektra terminó siendo asesinada por Bullseye, en Daredevil número 181, de Abril de 1.982. La reacción de los fanáticos fue lo suficientemente hostil como para que Frank Miller, angustiado, llevara parte de la correspondencia recibida en la Marvel a las oficinas del FBI... por si acaso.

51. Mientras tanto, a un costado de Editorial Marvel, la misma empezó a recibir fuego desde una dirección distinta: el eterno tema de las regalías. Steve Gerber, creador de Howard el Pato, que ahora ya no trabajaba para Marvel, y Jack Kirby, que ahora tampoco trabajaba para Marvel, habían lanzado un cómic independiente llamado Destroyer Duck. No es que este sucedáneo zafado de Howard el Pato fuera el gran éxito, pero les dio visibilidad, y esa fue la plataforma que aprovechó Kirby para empezar a atacar el tema de las regalías. Stan Lee defendió el punto de vista empresarial, por supuesto: eran trabajos por encargo, se pagaban una sola vez, y el uso que se les diera después, era cosa de la editorial y no de los autores. Pero ya no eran las décadas de 1.960 y 1.970, y había allá afuera una legión de fanáticos que habían crecido respetando a sus autores y en algunos casos venerándolos como superestrellas, y las editoriales comenzaban a verse como el villano de la película, en lo que al tema de las regalías se refiere. Y fue ahora DC Comics quien se lanzó adelante: ofreció un plan por el cual, si un cómic superaba los 100.000 ejemplares de venta, cabría entonces un 4% de los beneficios totales para los guionistas y dibujantes, dividiéndose ese porcentaje entre ellos. Era poco, sin duda, pero era mucho mejor que la nada existente hasta el minuto. Marvel Comics, temiendo que sus mejores hombres emigraran a la competencia, implementó un plan similar, aunque eludió la palabra regalías, de temibles concomitancias legales, y en vez de ello, utilizó el concepto de incentivos, que eran esencialmente lo mismo, pero asociado a la productividad en vez de al derecho de autor. Pero cualquiera fuera el nombre que se les pusiera, en realidad casi todas las revistas de Marvel superaban los 100.000 ejemplares de tiraje, por lo que el trato seguía siendo bastante bueno para guionistas y dibujantes.

La muerte de Elektra a manos de Bullseye en Daredevil número 181, uno de los momentos decisivos del Universo Marvel.
52. Curiosamente, la guerra entre Kirby y Marvel pasó a librarse en otro frente: los muñequitos articulados. Aunque Marvel Comics tenía los derechos sobre los cómics de Star Wars, era Kenner la empresa que tenía los derechos sobre los muñequitos articulados de la franquicia galáctica... y ahora Kenner estaba por cerrar un trato con DC Comics. Y para cuadrar el círculo, DC Comics invitó a Jack Kirby para hacer los diseños de los muñequitos, pagándole beneficios por las utilidades que se obtuvieran de las ventas. Era un trato demasiado bueno, y en Marvel Comics entraron en pánico: si los muñequitos de DC Comics se vendían bien, podrían ser una punta de lanza para erosionar la supremacía de los cómics de Marvel en el mercado. Pero había otro interesado en el asunto: Mattel, empresa cuyo gran éxito por ese entonces era su línea de muñequitos llamada He-Man and the Masters of the Universe. Mattel no quería que Kenner se hiciera con los derechos sobre los personajes de la Marvel y copara el mercado de los muñequitos de superhéroes, de manera que pujó para ella misma llegar a un trato. El mismo era muy ventajoso para Marvel: se llevaría un buen porcentaje de utilidades, y su única obligación sería crear un cómic que sirviera de publicidad para respaldar el lanzamiento de los muñequitos en cuestión. Eso, y que el cómic se llamara Secret Wars, no por ningún prurito artístico, por supuesto, sino porque los estudios de mercado mostraban que a los niños les fascinaban ambas palabras, y por tanto, un cómic que se llamara así, debería venderse solo. Y como si de una tormenta ciclónica se tratara, resultó que también desde más arriba de la Marvel hubo interés en un evento semejante. En la época, Marvel había sido adquirida por Cadence Industries Corporation, pero esta empresa a su vez era objeto de una compra hostil, por lo que sus altos ejecutivos habían tenido que endeudarse para salir a la bolsa y básicamente comprarse a sí mismos. La maniobra financiera había tenido éxito, pero ahora necesitaban que el dinero saliera de alguna parte, para pagar las deudas. De un evento en los cómics que hiciera caja, y rápido, por ejemplo.

53. La dinámica de trabajo alrededor de Secret Wars iba a ser algo diferente a todo lo visto en el Universo Marvel. No era el primer evento crossover, por supuesto. Desde la década de 1.960 que los personajes de un cómic pasaban a otro, e incluso terminaban acampando en tierras diferentes a su origen: Kingpin había partido como villano de Spiderman, y había devenido en la némesis de Daredevil, por ejemplo. No era tampoco el primer megaevento de la editorial, una historia que se prolongara durante meses y reclutara a muchos personajes a un tiempo: ya en 1.971, el guionista Roy Thomas y los dibujantes Sal Buscema, Neal Adams y John Buscema le habían dado vida a La guerra Kree-Skrull, uno de los primeros eventos de dimensiones cósmicas en el Universo Marvel, y que había involucrado a la plana mayor de los Vengadores, entre los números 89 y 97 de The Avengers. Pero siempre había existido un sentido de vinculación entre determinados autores y personajes, asignados un poco a dedo por la editorial, pero que funcionaban un poco como feudos con cierta independencia. En los hechos, como una especie de práctica de cortesía corporativa, cuando un guionista quería importar un personaje que estaba a cargo de un colega, solía preguntarle por los planes que pudiera tener para ese personaje, y si podía estar más o menos libre para integrarlo en su propia historia, sin producir así problemas con la continuidad. Pero ahora sería diferente. Los creativos tras Secret Wars serían designados específicamente para el evento, con separación de las revistas en las que estuvieran trabajando, y Secret Wars de hecho se publicaría como un cómic aparte de las líneas regulares de los personajes que aparecieran en el evento. En cuanto al equipo... no era uno de superestrellas precisamente. El guión estaría a cargo del mismísimo Jim Shooter, y los dibujantes serían Mike Zeck y John Beatty, ya que las auténticas superestrellas, o estaban ocupadas como era el caso de John Byrne, o habían terminado por marcharse, como había sido el caso de Frank Miller, cuyos bonos habían subido como la espuma después de su éxito en Daredevil, y había obtenido un jugoso contrato por parte de DC Comics.

54. Por ironía del destino, cuando Secret Wars salió a la venta, la Mattel que había presionado por tener un cómic que apoyara su línea de juguetes, no estaba lista con dicha línea. Pero el cómic salió de todas maneras. En la edición de Abril de las series regulares, los distintos personajes eran convocados en el Central Park de Nueva York, y desaparecían. En Mayo, todos los personajes regresaban, pero cambiados: Hulk con una pierna rota, los Cuatro Fantásticos con Hulka en vez de la Cosa, Spiderman con un traje negro... ¿Por qué? Para enterarse, había que empezar a leer Marvel Super Heroes Secret Wars, cuyo número 1 fue publicado en Mayo, y se extendió durante un total de doce, un año completo de publicaciones. El argumento en sí, era de una sencillez suprema: un ser llamado el Todopoderoso (the Beyonder) había secuestrado a un equipo de héroes y uno de villanos, casualmente aquellos cuyos muñequitos iban a ser vendidos por Mattel en primer lugar, y los hacía enfrentarse en un lugar llamado creativamente como el Mundo de Batalla; nada de la perspicacia psicológica que había caracterizado a la Marvel, sólo un pretexto para montar una historia de pelea tras pelea tras pelea. El simplista argumento ni siquiera puede decirse que fuera original, puesto que ideas similares habían sido escenificadas en episodios de Viaje a las Estrellas tales como Arena o Los jugadores de Triskelion. Pero era funcional para lo que interesaba: vender muñequitos, puesto que se suponía que los niños iban a comprarlos para replicar las peleas presentadas en la miniserie. Aún así, Secret Wars significó una revolución en el mundo de los cómics de superhéroes. Este evento probó que los mismos podían ser exitosos; un par de años después, DC Comics produciría uno propio, Crisis en las Tierras infinitas, aunque con un propósito distinto, cual era limpiar años de continuidad, y ya el mundo de los cómics no volvería a ser igual. La espita había sido abierta, y los eventos anuales invadirían los cómics de Marvel y DC Comics por base regular durante el siguiente cuarto de siglo, y más allá. También marcó un cambio de foco significativo, desde los dibujantes y guionistas estrellas, hacia los personajes en sí. Curiosamente, uno de los principales perjudicados por el evento Secret Wars, fue el propio Jim Shooter. El evento ha sido visto, ya en la época y también en retrospectiva, y probablemente no sin su grano de razón, como una muestra de la megalomanía del editor a cargo. Después de todo, es difícil no encontrar paralelos entre el concepto de un ser supremo llamado el Todopoderoso que utiliza a los personajes Marvel como sus gladiadores privados, y el propio Jim Shooter teniendo todas las decisiones editoriales en un puño y forzando a los guionistas y editores a seguir un rumbo predeterminado.

El número 1 de Secret Wars, de Mayo de 1.984.
55. Hacía algún tiempo que Jim Shooter tenía un proyecto personal: un Big Bang. Su idea era que veinte años de continuidad de los cómics de la Marvel eran demasiados para que alguien los pudiera manejar, y podía espantar a las nuevas audiencias. Su concepto era simplemente un reboot masivo de todos los personajes, o a lo menos, de los menos significativos. Que la continuidad de Marvel Comics estaba volviéndose una pesadilla, se hacía evidente por dos publicaciones de la época. En 1.982, con el cómic de G.I.Joe, se había comenzado a publicar un dossier para cada personaje, con su imagen, nombre real, nombre clave, y habilidades especiales, algo muy útil para lo que en esencia eran revistas destinadas a vender muñequitos. Pero la idea fue lo suficientemente buena como para aplicarla al Universo Marvel en sí. De esta manera, con fecha enero de 1.983 vio la luz el número 1 de The Official Handbook of the Marvel Universe. Su primer volumen tuvo quince números, y cada ficha del dossier incluía una imagen de cuerpo entero, estadísticas vitales, una breve biografía, explicación para sus poderes, y detalle del armamento. El título resultó muy popular, y recibió una segunda edición de veinte números en 1.985, una actualización de ocho en 1.989, y una nueva edición de mastodónticos 36 números en 1.990. A esta idea siguió The Marvel Saga, cuyo primer número salió con fecha Diciembre de 1.985. Esta era una serie limitada de 25 números, escrita por Peter Sanderson, historiador de los cómics. Lo que hizo Sanderson fue una labor titánica de selección de viñetas claves sobre sucesos importantes dentro del Universo Marvel, las cuales reordenó y publicó en orden cronológico. Este material fue tan bien recibido, que en 1.989 fue publicada The Wolverine Saga, y en 1.991, The Spider-Man Saga. Ni qué decir, todos estos esfuerzos hacían bueno el punto de Jim Shooter, de que en efecto, la continuidad del Universo Marvel era simplemente demasiado pesada para el lector casual.

56. Por esos años, a las alicaídas ventas de la revista Thor llegó Walter Simonson. Este puso en práctica un concepto similar al reseteo del personaje, que predicaba Jim Shooter; Simonson tuvo el talento para darle al personaje una épica que no se le veía desde los tiempos del Rey Kirby. La idea de resetear personajes, entonces, tenía potencial. Algo similar ocurrió con Spiderman a consecuencias de Secret Wars, en donde Shooter, inspirándose en una idea comprada a un fan, estrenó a un Spiderman con traje negro que, andando el tiempo, se revelaría como un alienígena simbionte llamado Venom. Sin embargo, la plana de guionistas y dibujantes bajo Jim Shooter odiaban el concepto de reiniciar a los personajes. En realidad, estaban cada vez más molestos con las intromisiones de su superior jerárquico al mando, que consideraban como más propias de alguien que quiere hacerse notar, y demostrarle a todo el mundo que el genio verdadero era él. Una de las principales líneas de fractura se produjo entre Jim Shooter y Chris Claremont, una de las principales anclas de la Editorial Marvel, toda vez que había conseguido mantener de modo sostenido el éxito de los X-Men durante prácticamente una década. Después de varios desencuentros, Jim Shooter ordenó a Claremont resucitar a Jane Grey... a quien el mismo Shooter, recordemos, había ordenado matar. Al final, el hilo se cortó por lo más delgado, y Chris Claremont abandonó la franquicia mutante y a Marvel Comics, después de haberle dado una forma que hasta el día de hoy es reconocida como más o menos la definitiva para los personajes. Frank Miller, por su parte, que había vuelto un tiempo a Daredevil, volvió a marcharse. Otro que desertó fue John Byrne, que a lo largo de casi una década se había consolidado como uno de los principales creadores en Marvel Comics, y que terminó largándose a DC, en donde crearía una de sus obras maestras: el relanzamiento de Superman como personaje, en 1.986. Como puede verse, Jim Shooter podía tener buenas ideas, pero estaba enajenándose a los creativos que hubieran podido llevar éstas a buen puerto.

57. Y en estos minutos estuvo a punto de producirse un evento que hubiera revolucionado la industria de los cómics para siempre. Desde la Implosión DC, que la editorial andaba a los tumbos. Y entonces, desde Warner Publishing, dueña de DC Comics, llegó hasta las oficinas de Marvel Comics la oferta más asombrosa del mundo: considerando que los muñequitos de los personajes DC se vendían muy bien, pero los cómics en sí no, le ofrecían licenciar los derechos en cómic para Superman, Batman, Wonder Woman, Green Lantern, New Teen Titans, The Legion of Superheroes, y Justice League of America. Era un sueño dorado para Marvel Comics: hubieran liquidado a la competencia, y además, hubieran absorbido a todos esos lucrativos personajes dentro de su propia continuidad. Piensen por un minuto en lo que hubiera significado ese trato, si es que hubiera llegado a concretarse: Superman, Batman o Wonder Woman hubieran compartido aventuras de manera canónica y oficial con los Vengadores, con los X-Men, con Spiderman o con los Cuatro Fantásticos. El trato estuvo en caliente, pero en la hora decisiva, una editorial independiente llamada First Comics presentó una demanda contra Marvel Comics, acusándola de prácticas monopólicas en la impresión y distribución. El trato con DC Comics no tenía nada que ver con el asunto, por supuesto, pero la absorción de los personajes más canónicos del Universo DC en su propia continuidad se habría visto como la consolidación de un monopolio, y por lo tanto, prudentemente, Marvel Comics se echó atrás.

El número 1 de Psi-Force, una de las revistas lanzadas como parte del Nuevo Universo.
58. Mientras tanto, Jim Shooter seguía con sus planes de un Big Bang, de reiniciar el Universo Marvel desde cero o poco menos; el año 1.986 parecía propicio, ya que el evento podría ser vendido con ocasión del aniversario número 25 de los Cuatro Fantásticos y del inicio del moderno Universo Marvel. Pero sus planes se toparon con resistencia desde arriba, de los dueños de Marvel Comics, que lo veían como algo demasiado radical: ¿para qué arreglarlo, si no se veía estropeado? Con todo, autorizaron a Shooter para lanzar un segundo universo con personajes nuevos. El resultado fue el Nuevo Universo, que pronto Jim Shooter, de manera privada, empezó a llamar el Shooterverso. El rasgo distintivo es que sería un mundo realista... pero con superhéroes. Es decir, uno en donde la sola existencia de los superhéroes generaría el asombro entre los ciudadanos, igual a como ocurriría en el nuestro. "El mundo que hay al otro lado de tu ventana" era, de hecho, el eslogan oficial. No habría magia, alienígenas, o tecnología ficticia, salvo por los paranormales, gente que desarrollaba superpoderes debido a un evento cosmológico; es decir, un concepto similar al que explotaría la serie televisiva Heroes, dos décadas después. El mundo antes del evento cosmológico sería exactamente igual al nuestro, y a partir de 1.986, se produciría la divergencia entre el Nuevo Universo y el nuestro, como una especie de ucronía o realidad alternativa Además, se suponía que los cómics no tendrían línea de tiempo flotante, con sus personajes viviendo en un eterno presente, sino que se publicarían en tiempo real, de manera que entre un número y otro de un cómic mensual, transcurriría un mes en la cronología interna del Nuevo Universo.

59. Los primeros títulos del Nuevo Universo salieron a la venta en Julio de 1.986, y vendieron cerca de 150.000 copias, una cantidad decepcionante desde todo punto de vista. En retrospectiva, la idea de crear un universo secundario con su propia continuidad se probaría correcta, década y media después, cuando Marvel Comics el experimento con la línea Ultimate. Pero el Nuevo Universo no era el Universo Ultimate, con versiones nuevas de los personajes Marvel clásicos. Los habitantes del Nuevo Universo eran tipos que no le interesaban a nadie, y además el concepto de un universo más realista parecía fracasar por falta de atrevimiento. En el mismo 1.986, iba a ser DC Comics quien iba a hacer noticia. Acababa de terminar la limpieza de su mitología privada que había sido el gran evento Crisis en las Tierras infinitas, que inauguraba una nueva continuidad, Alan Moore le había dado una gran despedida al Superman de la Edad de Plata con el cómic ¿Qué le pasó al Hombre del Mañana?, John Byrne había montado una celebradísima actualización de Superman a la actualidad de 1.986, George Perez que había comenzado con Marvel Comics a cargo de los Vengadores y que había sido una de las mentes detrás de Crisis en las Tierras infinitas, se aprestaba a su celebrado relanzamiento de Wonder Woman para 1.987, Frank Miller le estaba dando nueva forma a Batman con The Dark Knight Returns y Batman: Año Uno, que mostraban el distante final y el nuevo inicio del personaje, y Alan Moore por su parte revolucionaba el mundo de los cómics para siempre con Watchmen. Con todo eso sucediendo más o menos en paralelo, en DC Comics, ¿qué competencia podía oponer el interesante pero insípido Nuevo Universo de Jim Shooter? Para colmo el otro flanco, el cinematográfico, tenía un pronóstico sombrío. En 1.986 llegó a los cines la primera adaptación de alto presupuesto de un cómic Marvel: Howard el Pato. Sin embargo, esta película producida por George Lucas resultó un sonoro fracaso, y de hecho, uno de los personajes más exitosos de la Marvel en la década anterior terminó desprestigiándose hasta el punto de caer en la más completa oscuridad, cuando no era materia de chistes burlescos entre los cinéfilos frikis. Para colmo venían otras dos potenciales adaptaciones, una de Spiderman y otra del Capitán América, pero ambas en manos de la Cannon, la misma productora de las películas de Chuck Norris, y que de hecho, en 1.987 iba a hundir a plomo a Superman en el cine durante casi dos décadas completas, con la muy triste Superman IV.

60. Por ese tiempo, los dueños de Marvel Comics estaban muy interesados en vender la editorial. Parecía que la misma había tocado techo, iba perdiendo en todos los frentes, y eran los corporativistas ochentas en donde lo que contaba era comprar barato, vender caro, comprar otra vez caro, y vender más caro aún. Y finalmente, encontraron un comprador. Se trataba de New World Pictures, unos jóvenes recién llegados al barrio. Había nacido apenas en 1.983, de las cenizas de la productora de Roger Corman, y con un agresivo modelo de negocios basado en conseguir crédito a lo bestia y venta de futuros, se había capitalizado y expandido brutalmente. La idea era comprar algo con superhéroes, por supuesto, para aprovechar su valor como franquicia, e idealmente llevarlos al cine. ¿Cuánto era ese valor, o qué hacía especiales a esos superhéroes en vez de otros superhéroes? Qué más daba. Lo importante era tener una franquicia que aprovechar para hacer caja, y eso, como fuera. Se dice que Bob Rehme, el Presidente de New World Pictures, llamó por teléfono a uno de sus subordinados para avisar con orgullo que acababa de comprar a Superman, y cuando su subordinado le corrigió porque Superman pertenecía en realidad a DC Comics y lo que acababan de comprar era a Spiderman, Rehme soltó un sonoro juramento porque los derechos de Spiderman estaban en la Cannon... Esta era la gente que ahora estaba a cargo de Marvel Comics, y con esta gente iba a tener que entenderse ahora Jim Shooter. O no. Porque esta adquisición, fue el principio del fin; el imperio de Jim Shooter estaba a punto de acabar. Y poco después, Marvel Comics iba a atravesar la crisis más aguda de su existencia.

Próxima entrega: Cataclismo.

Jim Shooter en una entrevista para The Comics Journal número 60, de Noviembre de 1.980.

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