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domingo, 6 de septiembre de 2015

Por qué una nueva Constitución no va a cambiar a Chile.


Desde hace algún tiempo, se ha impuesto una tesis bastante curiosa. La misma consiste en que Chile necesita una nueva Constitución. Desgranándola, puede asumirse en las siguientes ideas: primero, que la institucionalidad de Chile funciona mal, segundo, que dicha institucionalidad arranca de una Constitución creada por medios ilegítimos y al servicio de intereses sectoriales en desmedro de la nación como un todo, y tercero, que la dictación de una nueva Constitución que sea más democrática y popular, arreglará el problema.

Hoy en día es bastante evidente que el país en efecto está muy mal estructurado, con un profundo conflicto de intereses de por medio entre una minoría de privilegiados y una gran masa de ciudadanos. Un sistema económico y político más inclusivo permite favorecer al grueso de la ciudadanía, pero eso se logra suprimiendo o limitando los privilegios de una minoría, y, ¿a qué minoría privilegiada le gusta sacrificarse para que otros asciendan de nivel? ¿Acaso la propia situación del privilegio no supone como recompensa suprema, la inmunidad de acción frente a quiénes no ostentan dichos privilegios? ¿Qué sentido o chiste tiene entonces tener una posición de privilegio, si surge la obligación o necesidad de empezar a respetar a los no privilegiados? Entonces debemos hacer una lectura más fina: Chile no es un país que esté derrumbándose como si el templo cuyas columnas tumbó Sansón. Chile es un país más o menos sólido y firme... sólo que más sólido y firme para algunos que para otros, en un paralelo con la ficción orwelliana según la cual todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros.

Es en la segunda parte del planteamiento, en donde el asunto comienza a hacer aguas. Ya discutíamos hace unos cuantos posteos acá en la Guillermocracia, acerca de si Chile necesita o no una nueva Constitución, y llegábamos a la conclusión de que esto no es necesariamente así. La propia Constitución por la que se rige Chile, no ha funcionado tan mal como se pretende, sin perjuicio de la necesidad de introducir una serie de reformas a nivel legal y constitucional para optimizarla. Pero digamos que la Constitución se cambia de todas maneras; ¿significa esto que el Chile bajo la nueva Constitución será mejor?

Me inclino a pensar que no. Porque es los chilenos de quienes hablamos.

El problema principal de Chile, es que la propia cultura chilena no permite mejorar nada. El chileno promedio tiende a moverse en torno a un eje que va desde la malevolencia mezquina, a la pura y simple estupidez. El problema principal de Chile no son las instituciones, ni pueden serlo, porque éstas en definitiva no son sino el reflejo de lo que es el chileno.

El rasgo cultural definitorio del chileno es la mediocridad. Chile es el país a la virulí: todo se hace a medias, en la medida de lo posible, lo justito y necesario para cumplir, pero sin verdadera grandeza, sin verdadero aliento épico. El chileno tiene el alma mezquina y gris. Desde su infancia, el chileno es programado psicológicamente para ser como los demás, y no tener ningún sueño ni aspiración propios. A partir del mundo escolar, se le programa para seguir un cierto guión: primero debe salir de la educación general, luego si es posible meterse a la educación superior, y a partir de ahí, salir para formar una familia, comprarse la casita y el autito, seguir trabajando como un robot hasta la edad de jubilación, y a partir de ahí, joder la marrana a las nuevas generaciones. Todo eso, salpimentado por algunos viajes al extranjero, el mundial de fútbol cada cuatro años, y la salida semanal al happy hour con colegas de trabajo tan mediocres y estúpidos como él o ella mismos.

Y no sólo eso. El chileno odia la excelencia, cualesquiera sea la manera en que ésta se manifieste. El chileno odia la inteligencia y el intelecto, porque la mera presencia de un debate con ideas lo hace sentir estúpido; y en vez de sentir vergüenza y cultivarse, prefiere suprimir al intelectual. El chileno odia la competencia laboral, porque la mera prueba experimental de que se puede hacer un trabajo bien, lo obliga a salir de la zona de confort de su mediocridad y empezar a esforzarse. El chileno odia la generosidad, porque la misma le recuerda su miserable estatura moral. El chileno odia también cualquier manifestación de individualidad porque tales manifestaciones le recuerdan que ha renunciado a ser él mismo para conformarse con las normas y estándares que le han impuesto los demás, y por ende, quiere hacer sufrir con la agonía de los clavos en la cruz a todos quienes se nieguen a conformarse y ser tan infelices como ellos mismos lo son. El chileno, en definitiva, odia todo aquello que supere la mediocridad porque siente un miedo cetrino a que el ejemplo se difunda, y entonces, de pronto, él mismo se vea en la obligación de superarse a sí mismo, y hacerse cargo de su propia vida en vez de entregarse, adormecido, al guión escrito por otras manos desde antes incluso de que él naciera.

La única forma de excelencia que el chileno puede amar, es la procedente de los deportes. El chileno en efecto ama a los triunfadores deportivos. En particular, ama a los futbolistas, y en menor medida, ama a los tenistas. Pero los ama únicamente en la medida en que puede apropiárselos. El chileno no ama a los futbolistas de la Roja porque sean deportistas de élite capaces de medirse con las escuadras futbolísticas de Argentina o Brasil, la mitad del tiempo a lo menos, sino que los ama porque puede hacer que esa camiseta roja sea su camiseta roja, y a través de ellos, sentirse un poquito triunfador. Así, el triunfo de la Selección Nacional frente a un equipo rival no es el triunfo de una oncena de futbolistas que lo han dado el todo por el todo en la cancha, sino el triunfo de todo Chile convertido en una única alma y un único sentimiento, como si el chileno mezquino y mediocre hubiera salido en persona a la cancha.

Todo lo anterior puede parecer exagerado. Después de todo, en un vistazo sumario, el chileno da otra impresión, la de ser persona generosa y amable. ¿Cómo es posible entonces que sean gentes tan vacías, frívolas, cínicas y estúpidas? La respuesta es: por el arte del ninguneo. El chileno sólo muestra su prepotencia allí en donde sabe que los demás harán caso omiso de la misma; el resto del tiempo, cuando no puede aplastar a otra persona como a una cucaracha, se limitará a ignorarla. Así, cuando aparece algún chileno de excelencia y éste no puede ser contrarrestado por el matonaje de palabra e incluso de obra, los otros chilenos simplemente no hacen nada. Se quedan de brazos cruzados. Hay un amplio pacto social a nivel tácito entre el grueso de los chilenos, por el cual hay medida de embargo contra cualquier chileno de excelencia. Se le niega la sal y el agua. No se trata de combatirlo directamente a través de una caza de brujas, sino de aislarlo para que éste, al final, agotado, podrido, termine por deponer las armas. Muchos chilenos han elegido irse al extranjero por esto mismo.

La característica principal del chileno es el fingimiento. El chileno finge ser inteligente, finge ser competente, finge ser generoso, finge ser autosuficiente. El chileno domina con maestría el arte de la pose. Esto funciona por el esquema del pacto tácito: todos se apoyan el fingimiento con todos, porque todos los chilenos se saben culpables y pecadores. El chileno que se atreva a denunciar, será sometido al embargo del ninguneo.

Todo esto tiene su traducción al área política, por supuesto. El chileno critica el sistema político, pero vota siempre por los candidatos que han gestionado el sistema político, a veces por décadas, en vez de votar por otros. ¿Por qué? Porque ser un político que corra por libre es ser individualista, y el chileno odia el individualismo. Peor aún, el chileno no quiere cambios de ninguna clase. Muy en el fondo, el chileno odia a la sociedad de libre mercado que lo obliga a matarse trabajando para tener acceso al dinero, pero le encanta tener a su disposición crédito bancario fácil y endeudarse, le encanta comprarse pasajes para el mundial de fútbol, le encanta irse de viaje al extranjero, y en general le encanta darse la gran vida.

Y en esto el chileno no se da cuenta, no quiere darse cuenta, o se encoge de hombros, de que el modelo se financia a través del consumismo. Si el chileno promedio se limitara a consumir lo justo y preciso, en vez de obsesionarse con el último modelo de celular, con el 4x4 del año, con el pantalla plasma de 29 pulgadas, con las zapatillas de marca, entonces el sistema entero crujiría. Y el consumismo no es culpa de la publicidad de la televisión que le vende cosas a la gente, sino de la gente que le hace caso. El consumismo, por afirmarlo de manera clara y categórica, no es culpa de la Constitución Política.

Todo lo anterior significa que, de implementarse una nueva Constitución, existen dos posibles salidas. Una de ellas es que se trate de una Constitución Política de cariz chavista, llena de una tonelada de declaraciones de buena crianza, y de estruendosas declaraciones para la platea, plagada de derechos llevados hasta el absurdo, pero sin hacer alusión por ninguna parte a los deberes y obligaciones, o al menos, no de una forma que no sea apenas retórica vacía o absurda.

El otro posible modelo de Constitución es uno que en lo esencial termine por no diferir de aquella que existe en la actualidad, para lo cual, en realidad no vale la pena modificarla.

Todo lo anterior no significa que Chile no deba afrontar un proceso de reformas. Pero la primera reforma de todas no es la salud, ni la educación, ni la libre competencia, ni la protección de los consumidores, ni el medio ambiente. La primera reforma que debe afrontar Chile, es la de su propia alma. Los chilenos deben dejar de ser lo que son, y empezar a ser lo que deben ser. Los chilenos deben ordenarse y disciplinarse. Porque de lo contrario, da exactamente igual que Chile cambie su Constitución cada cinco o diez años: cada nueva Constitución va a ser tan positiva, o tan negativa, como lo sean los chilenos, de la misma manera que una casa no puede ser más sólida y resistente que el cemento y los ladrillos que la componen. Es sólo si los chilenos abandonan su individualismo y su falta de ética, y abrazan por fin los valores de la lealtad y la solidaridad, que podrán empezar a construir un país más afinado y mejor.

2 comentarios:

Martín dijo...

No estoy de acuerdo con varios puntos de esta entrada. Si bien no creo que una nueva constitución sea la panacea, de todas formas no quiero estar regido por una constitución en la cual, aunque tenga una posición de poder, deberé actuar en la forma en que quiso el autor de la misma (y esto no lo digo yo, lo dijo Guzmán mismo, y por lo visto tenía razón).
Por otro lado, infravaloras el poder que tiene la televisión en Chile, que es el país donde tiene mayor credibilidad. Además, ten en cuenta que es el medio más consumido, y que 4 de cada 5 chilenos opina que la televisión es una buena fuente de información.
Y por último, el análisis de la idiosincracia chilena sin respaldos, es más digno de Bonvallet (o de algunos ministros) que de ti.

Guillermo Ríos dijo...

En realidad, el gran tema respecto de la actual Constitución es la combinación de quórums y del sistema binominal. Ahora que se modificó el binominal, habrá que ver como funciona. Yo tengo mis dudas respecto de eso, pero prefiero esperar para ver qué tal sale el nuevo sistema. En cuanto a los quórums, hay que rebajarlos, de eso no cabe duda. El problema de la Constitución no es uno de origen, sino la extraordinaria rigidez de la misma, que le impide evolucionar acorde las necesidades sociales.

No infravaloro el poder de la televisión en Chile, por el contrario, creo que la televisión es una de las principales responsables del desastre social, al ofrecer un modelo de sociedad sin mayores alicientes intelectuales, artísticos o científicos. Pero cuando se habla de regular los contenidos televisivos para que haya más espacio, ahí están los mismos de siempre clamando al cielo porque se les toca su sacrosanta libertad televisiva, como si tener patente de corso para envenenar las mentes de la ciudadanía con realities, teleseries y noticiarios llenos de asalto fuera más inocente que un vendedor de cecinas que envenenara los cuerpos de sus compradores.

Y la idiosincracia chilena es algo que lo veo en el día a día. Y me costaría creer que fuera el único en pensarlo. Ahora bien, decirlo en voz alta es absolutamente contrario a la corrección política, pero a veces, la corrección política hay que saltársela a la torera.

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