martes, 1 de septiembre de 2015

Bastión Esperanza - "Rumbo a la espiral descendente".


A través de conexión menterminal, el profesor Higgins y Sandrine intercambiaban impresiones. Usando sus robots, Sandrine había terminado un gran mapa de Ganímedes, operación que en los pasados diez años había afrontado una enorme serie de problemas y dificultades, debido a que la nave misma estaba semienterrada hasta hace no mucho atrás. Una de las consecuencias de que Ganímedes hubiera vuelto a la vida, es que buena parte de los sistemas semiautomáticos de la nave, al activarse, habían destrabado conexiones y pasadizos antes inaccesibles, o al menos, imposibles de acceder sin detonar alguna carga de explosivos que podría haber causado daños imprevistos a la nave o sus mecanismos.

Y lo que ambos veían a través de las imágenes proyectadas por la menterminal, era algo que ya los técnicos estudiosos de Ganímedes habían teorizado, pero que había parecido improbable, y que ahora recibía confirmación: dos terceras partes de la gigantesca nave de veinticinco kilómetros de largo eran en realidad espacio hueco, un vacío en donde parecían generarse cierta clase de reacciones cuánticas, cuya comprensión parecía exigir la redefinición completa de las bases elementales de la Física.

– De manera que, en resumen y en esencia, la estructura útil de Ganímedes se encuentra confinada a apenas los ocho kilómetros delanteros de la nave, y el resto conforma esta gigantesca cámara. Porque no hemos encontrado todavía la explicación para una cámara tan grande – dijo el profesor Higgins.

– Exactamente – afirmó Sandrine.

– ¿No podría ser que estuviéramos delante de una versión más avanzada de los motores Berserker?

– Descartado, profesor – dijo Sandrine. – La estructura motriz de Ganímedes no funciona de ese modo. El modelo que he aventurado del funcionamiento de los sistemas cibernéticos de Ganímedes como un todo, apuntan a que éstos inyectan energía obtenida desde ellos mismos para generar todavía más energía. Dicho de otra manera, los motores de Ganímedes crean energía desde la nada.

– Eso es imposible – dijo el profesor Higgins. – Segunda Ley de la Termodinámica.

– Profesor, no me pregunte por los detalles. Mi especialidad son los sistemas robóticos. He creado un mapa acerca de cómo funciona la estructura cibernética de Ganímedes, y cómo fluye la energía a través de la nave. Pero no puedo explicar de dónde sale esa energía. En lo que a mí respecta, es magia.

El profesor Higgins se quedó meditabundo un minuto. Recordaba bien el destino final del Coloso, destruido en la batalla de la órbita... sólo que parte de la materia y energía componentes del Coloso se habían desvanecido del universo, algo imposible del todo porque los restos y la energía del estallido debían en total sumar la misma cantidad de materia y energía que el Coloso intacto... y eso no había sido así. Por supuesto, no trajo a colación estos datos en la conversación. Sandrine seguía siendo una civil, y esta clase de información era secreto militar.

Pero, y mentalmente el profesor Higgins no descartó la posibilidad, era factible que los ingenieros detrás de Ganímedes hubieran descubierto el secreto del teletransporte, o incluso de los viajes hacia universos paralelos. ¿Por qué no? Todo en torno a Ganímedes era nuevo y maravilloso. Y si podían transportar materia desde y hacia el espacio y tiempo normales, quizás también podían hacer lo mismo con la energía: ambas cosas, materia y energía, eran lo mismo, a fin de cuentas.

– Muy buen trabajo, Sandrine. Aunque todavía nos faltan detalles para entender la ingeniería de Ganímedes. Siga trabajando.

– Muy bien, profesor – dijo Sandrine, y cortó la conexión de la menterminal.

El profesor Higgins se quedó meditabundo. Alba estaba conectada vía menterminal con la computadora central de Ganímedes. Quién sabe qué informaciones traería de allá adentro. A lo mejor, conseguiría la resolución para todos estos misterios, un posible atajo para entender el funcionamiento de Ganímedes de una vez por todas y, quizás con un poco de suerte, quizás hasta duplicar su tecnología también.

Abrió la conexión vía menterminal, ahora con el doctor Wilkinson.

– ¿Cómo sigue Alba?

– Muestra algunos signos de estrés – afirmó el doctor Wilkinson. – Sin embargo, sus funciones cerebrales son normales. Y estamos monitoreando las nanomáquinas en su cerebro, para evitar que la computadora de Ganímedes intente secuestrar su mente, o alguna otra sorpresa desagradable.

– Bien – dijo el profesor Higgins. – Prosiga.

Una imagen de Alba dormida en su asiento, con el casco que interfería con el flujo de datos vía menterminal, apareció en la mente del doctor Higgins. Este suspiró. Cuando los padres de Alba habían fallecido, él se había hecho cargo del cuidado y educación de Alba, como si fuera su propia hija. No importaba cuánto tiempo hubiera pasado, o que Alba ahora fuera una adolescente casi adulta: para el profesor Higgins, seguía siendo la pequeña chiquilla que corría a campo traviesa, en el pasto, maravillándose por la naturaleza exótica de Esperanza a su alrededor.

Y ahora, Alba corría un peligro supremo. Si la computadora de Ganímedes reaccionaba de manera hostil, y atacaba con la suficiente precisión, sería todo para ella. Jamás en la vida hubiera esperado que la vida hubiera puesto a Alba en una situación de tanto peligro, como lo era ser la única persona capaz de controlar a la única nave espacial capaz de contener una invasión alienígena que, de tener éxito, arrasaría con toda la Humanidad sobre Esperanza.

El profesor Higgins se preguntó si no era él mismo el causante de la desgracia de Alba. Después de todo, él le había inculcado el amor a la ciencia, y se la había llevado para trabajar como asistente en su laboratorio, y en dicha calidad es que Alba había quedado atrapada en Ganímedes hasta ahora.

Por otra parte, si Alba no hubiera estado a bordo de Ganímedes, quizás la nave nunca hubiera vuelto a la vida, y sin Ganímedes, los alienígenas hubieran arrasado Esperanza sin remedio.

Lo viera como lo viera, el profesor Higgins veía a Alba presa de un callejón sin salida. Y su amor de padre putativo se dolía de ello, aunque por motivos de la dignidad de su cargo, no lo pudiera expresar.

OxxxOxOOOxOxxxO

Dentro de la computadora de Ganímedes, Alba y Virgilio habían traspasado un rato atrás el pórtico con la inscripción de la “Divina Comedia” de Dante Alighieri. Habían caminado por un enorme corredor cuya oscuridad apenas era contrarrestada por unas antorchas que flameaban a intervalos demasiado prolongados como para que iluminando resultaran de verdadera utilidad.

Por supuesto, Alba sabía que nada de eso era real. Todo no era más que una interfaz de usuario, una manera que había encontrado la supercomputadora a cargo de Ganímedes, para manifestar su propio interior de una manera que resultara comprensible para la mente de Alba. Lo que no lo hacía menos peligroso: si la supercomputadora de Ganímedes conseguía infectar la conexión vía menterminal, podría incluso freirle el cerebro a control remoto. Muerta en la simulación, muerta en la vida real.

Y allá afuera rondaba Robespierre, el programa de seguridad que ya la había atacado una vez. Y volvería a hacerlo.

– ¿No hay alguna manera de convencer a Robespierre de que yo no soy una amenaza para Ganímedes? – preguntó Alba.

– Nosotros estamos programados para lo que estamos programados: yo para ser un programa amistoso con el usuario, y Robespierre para aniquilar cualquier potencial virus informático que ingrese a Ganímedes. La única manera de desactivar a Robespierre, es que éste reciba una instrucción desde más arriba – explicó Virgilio.

– ¿Desde Ester?

– Ester es sólo la bibliotecaria, el programa que se encarga de gestionar los archivos. El programa maestro es Aura. Sin embargo, no te puedo garantizar que llegaremos tan alto. Ella es por supuesto uno de los programas más inaccesibles de toda la estructura informática de Ganímedes. Además, antes de eso debemos pasar a través de la Reina de Hielo.

– ¿Y quién es la Reina de Hielo?

– Es la guardiana al final de la espiral descendente, el sistema de control de programas defectuosos. Esencialmente, la prisión de Ganímedes. Todos los programas que no se corresponden con el índice y archivo del banco de datos de Ganímedes, están recluidos aquí.

– Pero me dijiste que los bancos de datos están corruptos. ¿No quiere decir eso que un montón de programas pueden estar sepultados aquí por error?

– En efecto – dijo Virgilio. – Eso es uno de los problemas más graves que tenemos con Ganímedes.

Llegaron hasta el final del corredor. Pasaron un pórtico, y entonces ante la mirada de Alba apareció un lóbrego espectáculo.

Lo que se abría ante los ojos de Alba era un cuenco gargantuesco, absolutamente oscuro arriba, e iluminado desde abajo. Alrededor del cuenco parecía perfilarse un camino descendiendo por las paredes del mismo, conformando una espiral. La única iluminación que había, aparte de las lejanas antorchas que acababan de dejar a sus espaldas, era la que procedía desde el fondo del cuenco. La luz era grisácea, casi como la procedente desde un día nublado de invierno. Ese rasgo cromático aumentaba la apariencia de irrealidad del escenario.

– Bienvenida a la espiral descendente – dijo Virgilio.

OxxxOxOOOxOxxxO

Llevaban caminando un buen rato alrededor del gigantesco cuenco, y éste era tan grande, que parecían moverse casi en línea recta, en vez de estar describiendo un gigantesco círculo a su alrededor. El otro lado del cuenco era apenas visible. Sería una larga caminata hacia abajo, cuando ésta empezara.

Alrededor de los dos viajeros se habían empezado a apilar algunas bestias fantásticas. Algunas de ellas eran como perros mastines, con ojos rojos, fauces desorbitadas, y con sólo colmillos por dientes. Otras eran cuadrúpedos con alas y cabeza de aves rapaces. Todos ellos parecían listos para atacar a Alba a la más mínima provocación. Virgilio, de tarde en tarde, les hacía algún gesto grave y solemne, nada agresivo, pero que dejaba en claro que no les permitiría pasar.

Más allá, Alba podía ver algunas figuras humanoides, pero sólo sus contornos oscuros, como un teatro de sombras chinas, de manera que no podía afirmar a ciencia cierta si eran humanos o no. No ayudaba a producir una impresión en uno u otro sentido, que sus movimientos eran lentos, arrítmicos, descoyuntados, casi como si fueran más zombis que humanos.

De pronto, una de las figuras se acercó a Alba. Renqueando, moviendo los brazos y contorsionándolos de maneras casi irreconocibles, las facciones de su rostro se hicieron algo más visibles gracias a la luz que emanaba desde el cuenco central. Alba, de hecho, lo reconoció.

– ¿P...? ¿Papá...?

– Ven, Alba, vámonos – dijo Virgilio. – El no es tu padre.

– ¡Espera! – dijo Alba, apartándose bruscamente de Virgilio. – ¡Papá, pero cómo...!

– Todo es una trampa, Alba – dijo la figura en cuestión. – ¡Es una trampa! ¡No les creas! ¡Ellos me atraparon aquí! ¡No estoy muerto, ellos me atraparon aquí! ¡Ganímedes nunca estuvo apagado, la función de Ganímedes siempre fue fabricar copias de todos nosotros! ¡Esto es una trampa! ¡Es...!

– ¡Lárgate, criatura demoníaca! – dijo Virgilio. – ¡Lárgate, lárgate! – agitó los brazos.

– ¡Alba, por qué me dejaste morir! – lloró entonces la figura. – ¡Por qué me dejaste morir!

– ¡Papá, yo lo siento...! ¡Papá, yo no quería...! ¡No sabía cómo...! ¡Papá! – gritó Alba.

Virgilio empujó a la figura en cuestión, que se alejó corriendo de manera inhumana. Alba se quedó paralizada en su sitio.

– Robespierre está extrayendo recuerdos desde el interior de tu mente, y los está utilizando en tu contra. Para Robespierre, tú eres un programa intruso que debe ser quebrado y contenido – dijo Virgilio. – Jamás escuches nada de lo que ellos te digan. Vamos. Todavía tenemos que alcanzar la entrada de la espiral descendente. Tenemos un muy largo camino por delante, y la salvación de Esperanza entera está en tus manos, así es que sigamos adelante.

Y ambos siguieron adelante. Pero Alba, todavía perturbada por el encuentro con el humanoide que podía haber sido o no su padre, empezó a preguntarse qué pasaría si tuviera razón, y en realidad Virgilio estuviera tendiéndole una trampa...


つづく

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