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martes, 8 de septiembre de 2015

Bastión Esperanza - "El cruce del río del olvido".

Imagen por Ian Cox-Leigh.
Poco a poco, a lo largo del camino alrededor del gigantesco cuenco iluminado por la débil luz grisácea, Virgilio y Alba seguían caminando.

– Todas estas figuras que ves aquí, son aquellos programas que no son lo suficientemente peligrosos para la integridad informática de Ganímedes, pero que no se conforman con los estándares necesarios para operar dentro de la red – explicó Virgilio.

– Los santos y varones justos de la Antigüedad – comentó Alba. – En la “Divina Comedia” no tenían cabida en el Infierno, pero tampoco podían acceder al Purgatorio o al Paraíso. Nunca supe si había redención para ellos.

Luego, Alba se quedó meditabunda. Quizás su padre era su verdadero punto débil; Robespierre sólo explotaba una debilidad personal de ella. Su padre había fallecido víctima de la muerte púrpura, ¿y qué había hecho ella? ¿Había estudiado Medicina, como se lo había propuesto, para evitarle el mismo destino a otros? No. Se había decantado por la ingeniería. Si era su padre o no, ¿qué mas daba? ¿Acaso, muy en el fondo, no era cierto que, en cierto modo, había traicionado a su propio padre?

Por otra parte, ¿y si esa figura que pasaba por su padre, tenía razón? ¿Y si Virgilio la estaba llevando hacia una trampa? Después de todo, la alejaba cada vez más de la puerta de entrada, la incrustaba en el interior de la mente de Ganímedes, y eso significaba extraviarla hasta el punto de la indefensión, en donde sería mucho más fácil atacarla y destruirla, dejarla como un vegetal catatónico. La neurogénesis permitía regenerar las neuronas, por supuesto, y la condición vegetal era por regla general transitoria, pero las nuevas neuronas venían en blanco, y por lo tanto, perdidas las conexiones neuronales, el cerebro nuevo que nacía era similar al de un amnésico cuyos recuerdos se han ido para siempre.

Finalmente, Virgilio y Alba llegaron hasta un gigantesco río que atravesaba en perpendicular el camino. El río en cuestión venía desde muy lejos del cuenco, no se veía desde dónde, e iba a morir en su interior. Alba escuchaba el sordo rugir de una catarata: eran las aguas del río vaciándose en el cuenco.

Virgilio avanzó hacia una barquichuela que se veía. En ella había un hombre anciano sentado, con expresión aburrida. Al ver llegar a los dos viajeros, preguntó con tono insolente de voz:

– ¿Traéis el óbolo?

Virgilio, por toda respuesta, sacó una moneda, y la arrojó en el aire, en dirección al hombre sentado en la barquichuela. Este la agarró al vuelo, la mordió, la dio por buena, y se la guardó.

– Arriba – dijo simplemente.

– Caronte. El barquero de los muertos – dijo Virgilio. – Su barca nos permitirá cruzar. Pero debes tener cuidado con estas aguas. Son aguas de olvido. Si caes en ellas, olvidarás quién eres. Para siempre.

Virgilio ayudó a Alba a subir a la barca, y a sentarse en ella. Con el movimiento de los tres personajes, la barca se movió de manera amenazadora.

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Aunque desde una ribera podía verse la opuesta, aún así Alba sentía que el viaje era lento. Caronte remaba con tanta fuerza como parsimonia. La cercanía de la catarata originaba un rumor sordo y, dadas las circunstancias, desasosegante.

De pronto, Alba, pensativa, desvió su atención hacia el agua. Y descubrió algunas formas vagamente humanoides nadando a través de ellas. Le hizo una señal a Virgilio, apuntando hacia ellas.

– ¡No las veas! – dijo Virgilio, saliendo con brusquedad de un estado medio contemplativo, y enderezando a Alba. – Son los arrojados a las aguas del olvido. Han olvidado quiénes son y cuál es su propósito. Ahora, sólo se alimentan de los programas que cruzan el río. Como nosotros.

– Son mala cosa – dijo Caronte, torciendo el gesto. – Restos de programas, códigos descompuestos.

Alba se preguntó qué sentido podía tener un programa con forma de río que sirviera para desconfigurar programas, pero se guardó mucho de preguntarle a Virgilio. Todavía tenía sospechas acerca de la verdad detrás de todo lo que estaba ocurriendo, de manera que intentó reflexionar por sí misma.

En eso estaba, cuando se pronto, dos manos que en la penumbra, bajo la escasísima luz que procedía desde el cuenco, se veían como finas y bellas, se posaron en el borde. De pronto, una de esas figuras emergió, dejándose ver hasta la cintura. Era una chica de facciones bellas y finas, busto desnudo y senos turgentes... y las costillas expuestas y las vísceras a medio corroer por debajo. Alba retrocedió.

– Ven con nosotras – dijo la figura en cuestión, con un tono a la vez insinuante y autoritario.

– ¡Atrás! – gritó Caronte, levantándose repentinamente y haciendo tambalear la barca con su movimiento; enarbolando el remo y descargándolo sobre la chica acuática, repitió: – ¡Atrás!

Virgilio, por su parte, abrazó con fuerza a Alba, retirándola del alcance de la chica acuática; la chica en cuestión por su parte había extendido uno de sus brazos para tratar de agarrar hacia Alba, pero obligada a defenderse del remo de Caronte con el otro, se soltó del bote, y regresó nuevamente al agua.

Caronte volvió a sentarse. Alba, por su parte, se enderezó.

– ¿Quién era ella? – preguntó Alba, temblando.

– No lo sé – dijo Virgilio. – Eso lo tienes que saber tú. Si Robespierre la envió, entonces lo hizo con la apariencia de alguien a quien conoces.

Pero Alba, pensando, no encontró a una chica que hubiera conocido en el pasado, y que asociara a ese rostro. Y no en particular, alguien a quien quisiera ver convertida en un costillar ambulante.

De pronto, Alba se sintió tomada por los pies. Miró hacia abajo. Dos manos ganchudas acababan de traspasar el suelo de la barca como si dicho suelo fuera inmaterial, y bruscamente, la jalaron hacia abajo. Antes de darse cuenta, Alba estaba hundida en el río del olvido, pataleando desesperadamente, con el bote encima de su cabeza e impidiéndole ascender a la superficie.

Pasaron un rato de lucha largo y angustioso, que lo mismo podrían haber sido segundos o siglos. De pronto, Alba se sintió tironeada una vez más, pero esta vez, hacia arriba. Antes de darse cuenta, estaba sobre la barca otra vez, escupiendo agua desde lo más hondo de sus pulmones.

– ¡Esa cosa pasó el bote y me arrastró a través suyo como si no existiera! – medio preguntó y medio gritó Alba, tratando de contener sus nervios.

– ¿Quién es ella? – preguntó Caronte, desconcertado e irritado. – ¡Ella no es un programa!

– Ella es la copia informática de una usuaria que ha llegado hasta aquí – explicó Virgilio.

– Nunca habíamos tenido un usuario antes por estas tierras. Nunca – dijo Caronte, replegándose en sí mismo, con una mezcla de respeto y miedo.

Alba, todavía boqueando desesperada, alcanzó a escuchar esto, pero no respondió nada. En vez de ello, lo asimiló en su interior, como otra pieza del rompecabezas que estaba tratando de descifrar.

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La barca atracó en la otra ribera con enorme gentileza. Caronte dejó el remo a un lado, y mientras Virgilio ayudaba a Alba a bajar, sacó el óbolo. Cuando Virgilio y Alba se volvieron hacia Caronte para despedirse, el barquero extendió el óbolo.

– ¿Qué pasa con tu pago, no lo quieres? – preguntó Virgilio.

– No es necesario – dijo Caronte. – El servicio era el cruce completo hasta la otra orilla, para la dama. Al haber caído al agua, el cruce no fue ciento por ciento completo. No a bordo de mi barca, por lo menos. Y ya que un óbolo no puede dividirse... se los devuelvo íntegro.

Alba miró a Virgilio, interrogante, y éste asintió con la cabeza, con gesto suave y adusto. De manera que Alba extendió la mano, y Caronte dejó caer el óbolo en la palma de la misma.

– Señorita – dijo Caronte. – Debe tener mucho cuidado rondando por ahí.

– Virgilio me está cuidando bien – sonrió Alba.

– Señorita, usted no tiene idea – dijo Caronte con firmeza. – Yo no sé quién es usted ni por qué está aquí, pero sí sé una cosa. Todos nosotros acá adentro somos programas. Todos tenemos una función, diseñados como parte de una arquitectura. Pero, ¿usted...? Usted es un programa que no forma parte de esta arquitectura. Usted es la copia fabricada de la mente de una usuaria. Usted no ha sido programada con una función en particular, y eso... puede traer consecuencias. Grandes consecuencias.

– Basta, Caronte – dijo Virgilio, con gravedad.

– Sí – dijo Caronte, con pesadez, y luego añadió, casi gruñendo para sí: – Es mejor que no hable más. Por el bien de todos, es mejor que no hable más.

– Vamos, Alba – dijo Virgilio.

Y Virgilio se puso en marcha, con paso lento y algo solemne. Alba lo siguió detrás, preguntándose cuál era el verdadero alcance de las palabras de Caronte. No se le escapaba un posible doble sentido de las mismas. Ella misma podía estar en peligro, eso seguro. Pero también ella, no formando parte de la arquitectura del sistema, quizás tuviera el poder para subvertirla e incluso destruirla.

Alba sentía cada vez más ansias por llegar hasta Ester, la bibliotecaria, que seguro tendría respuestas.

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El camino llegó finalmente hasta el borde del gigantesco cuenco. Ahora, Alba podía ver la luz grisácea saliendo desde su interior. El camino empezó lentamente a inclinarse hacia adelante, y poco a poco empezó a contornear el gigantesco cuenco, con la pared de roca formándose a su derecha. Aún así, aunque inclinada hacia la izquierda, lo gigantesco del cuenco hacía que el camino se sintiera casi recto.

Considerando que hasta el minuto, todo parecía como una especie de escenificación de la “Divina Comedia”, Alba esperaba encontrarse con una especie de versión informática del Infierno de Dante. Y sin embargo, el camino en ese sentido parecía más monótono de lo esperado. No se veían condenados, ni paisajes azufrosos, ni llamas eternas. Tampoco Alba podía apreciar ninguna división que se pareciera a una descripción de los nueve círculos del infierno. La espiral parecía descender y descender enrollada en la pared de roca, alrededor de la luz grisácea que emanaba desde su fondo, y eso era todo.

Alba reparaba también en otro detalle: no sentía cansancio físico. Si hubiera caminado en la realidad todo lo que estaba caminando en la simulación fabricada por Ganímedes, ya estaría empezando a faltarle el aire. Pero aquí, en cambio, su resistencia muscular parecía infinita. En un minuto se preguntó si, considerando su poderío físico incrementado, no sería más inteligente dejarse caer hasta el fondo de la espiral descendente, y ahorrarse una enorme cantidad de trayecto. Pero decidió no hacer la prueba.

La ilusión se rompió cuando, de pronto, a lo lejos, comenzaron a asomar unas cavernas. A medida que se iban acercando, Alba descubrió la presencia de varios seres humanos. O programas informáticos de apariencia humana. Salían de sus cavernas con una mezcla de miedo y curiosidad.

– No debemos detenernos, Alba – advirtió Virgilio.

De pronto, desde el interior de una de las cavernas, emergió un hombre de rostro empolvado, peluca, chaqueta con ornamentos abigarrados, calzas apretadas, y bastón. Era, en todo, una figura del pasado rococó de la Tierra.

– Detente, Virgilio. Entrégame a tu protegida – dijo el personaje, con modales algo afectados.

– No lo haré, Robespierre – respondió Virgilio con sequedad.

– Ella ya no es tu protegida – dijo Robespierre, discipliscente. – Es inútil que sigas adelante. ¿No es cierto...? ¿No es cierto... ¿Cuál me dijiste que era tu nombre, muchacha, hum...?

Alba abrió la boca para responder, y entonces descubrió que no conocía su propio nombre.

– Ella cayó a las aguas del río del olvido – dijo Robespierre con afectación. – Ya no es una amenaza en lo absoluto, Virgilio. Ella ya no es alguien del mundo exterior, sino del nuestro. Así es que, ¿terminamos con esto? ¿Me la entregas? ¿O acaso no hay belleza en hacer las cosas fáciles, hum...?

つづく

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