domingo, 16 de agosto de 2015

Romance Planetario: Las junglas y desiertos del espacio.


A lo largo de sus décadas y siglos de evolución, la Ciencia Ficción se ha plagado de subgéneros. Uno de los más denostados, de manera injusta por supuesto, es el Romance Planetario, que parece ser la mejor traducción del original inglés Planetary romance. Si no habías oído hablar del mismo, puedes hacerte una idea, pensando en cosas como John Carter de Marte, o en Flash Gordon, o más recientemente, en Dune. O si nos ponemos algo flexibles, podemos considerar la primera parte de La guerra de las galaxias de 1.977, la ambientada en el planeta Tatooine, como una destilación de los tópicos propios del Romance Planetario, aunque después de que los héroes abordan el Halcón Milenario, la película entra directamente en el terreno de la Space Opera convencional.

Generalmente se ha asumido que el Romance Planetario es un subgénero de la Space Opera; sin embargo, aunque ambos subgéneros pueden solaparse entre sí, como ocurre en la mencionada La guerra de las galaxias, lo cierto es que se los puede considerar como distintivos y separados. Es fácil confundirlos porque en ambos casos estamos frente a historias en donde tiende a primar el componente aventurero por sobre consideraciones mayores. Existe Space Opera filosófica, por supuesto, y Dune puede ser considerado como un Romance Planetario filosófico, pero en general la tendencia mayoritaria es centrarse en la aventura pura y dura. La diferencia clave es que en la Space Opera predomina el componente tecnológico y espacial, mientras que en el Romance Planetario tiende a predominar el exotismo y un enfoque menos tecnológico. En general, en términos de dureza científica, la Space Opera tiende a ser más dura y tecnológica, aunque después mucho de esa tecnología en realidad es jerga inventada, como ocurre por ejemplo en Star Trek y su interminable galería de anomalías gravitacionales cuántico cósmicas; el Romance Planetario por el contrario tiende a ser más blando, incluso incursionando en la fantasía pura y dura.

En muchos sentidos, la Space Opera es descendiente de las viejas historias de aventuras de piratas, pero reemplazando el mar por el espacio, mientras que el Romance Planetario es el descendiente de las historias de aventuras en la jungla o en el desierto. Por supuesto, esto significa que muchas historias de Romance Planetario en realidad tienden a ser más bien fantasía ambientada en otros planetas, y se ha discutido mucho su adscripción a la Ciencia Ficción, género al que varios exponentes pertenecerían sólo de manera honoraria. Piensen por ejemplo en una fantasía medieval al estilo de Tolkien, pero en un planeta hacia donde los héroes viajan en una nave espacial, en vez de abrirse un portal mágico. E incluso hay casos de Romance Planetario en donde se viaja a otros planetas vía magia: John Carter de Marte, el gran codificador del género, es el exponente más destacado, y Dune con sus navegadores de la Cofradía que utilizan el viaje psíquico para plegar el espacio, es en realidad una versión más refinada del mismo tópico.


El Romance Planetario nació a finales del siglo XIX, dentro de la venerable tradición de la novela pulp. Debemos recordar que, en la época, las naciones europeas se habían construído enormes imperios coloniales, y al mundo occidental llegaban noticias de naciones remotas en donde sus habitantes cruzaban las llanuras con lanzas para cazar leones, o encontraban ruinas sepultadas en junglas impenetrables, o incubaban rebeliones en las arenas del desierto, o vestían kimonos y usaban graciosos quitasoles. El mundo parecía plagado de nativos salvajes esperando ser civilizados, y los literatos llenaron las estanterías con aventuras de héroes blancos viviendo portentosas aventuras en esas tierras salvajes. Fue cuestión de tiempo antes de que algunos escritores decidieran entonces mirar en otra dirección, la de los progresos de la Astronomía, y buscando inspiración, se hicieron más o menos la siguiente pregunta: ¿qué tal si tomamos todas estas aventuras de trasfondo africano, o arábigo, o selvático, o extremooriental, pero en vez de ambientarlas en dichos países, las transferimos a otros planetas que puedan ser alcanzados por los héroes con cohetes espaciales? Así, el primitivo Romance Planetario fue una continuación del género literario de la aventura exótica, pero reemplazando los otros continentes por otros planetas, en lo que a ambientación se refiere.

Aunque existían ejemplos anteriores, como por ejemplo Across the Zodiac de Percy Greg, el gran codificador del subgénero es Edgar Rice Burroughs. Este escritor es famoso ante todo por haber publicado Tarzán de los monos en 1.912, uno de los epítomes de la literatura de aventuras exóticas; sin embargo, ese mismo año, también publicó la primera entrega de las aventuras de John Carter de Marte, con su novela Under the Moons of Mars, publicada en forma serializada, y relanzada poco después en forma de libro en tomo, bajo el nuevo y definitivo título de Una princesa de Marte. Las historias de John Carter versan sobre un antiguo combatiente de la Guerra Civil de Estados Unidos que, deseando con todo su corazón viajar a Marte, se ve transportado allá... de alguna manera. Burroughs no se molesta en disimular que John Carter viaja con magia, porque su verdadero interés estriba en meter a su héroe en una serie de trepidantes aventuras, explorando las distintas culturas y civilizaciones de un Marte desértico y salvaje, y al mismo tiempo salvando y enamorando a la infalible bella princesa, Dejah Thoris. Burroughs encontró éxito suficiente como para escribir varias secuelas, en lo que se ha venido a llamar la saga o serie de Barsoom, porque tal es el nombre que los marcianos asignan a su propio planeta. En 2.012 se estrenó John Carter, adaptación fílmica del personaje, que si bien no ciento por ciento fiel al mismo, es bastante respetuosa con el espíritu del material de base, y se merecía mejor suerte que el desastre económico en que su fracaso sumergió a la Disney.

La prueba definitiva de que un nuevo género se había configurado, es que los imitadores surgieron como setas. Uno particularmente descarado fue Otis Adelbert Kline. Conste para el registro que el señor Kline, si bien no un gran literato, sí que es capaz de escribir aventura pura y dura de notable calidad; sin embargo, se perjudica en su afán de imitar a Burroughs en vez de desarrollar su propio enfoque. Como Burroughs ambientó su saga en Marte, Kline hizo lo propio ambientando sus historias en un Venus que, acorde a la Astronomía de la época, se lo suponía selvático y plagado de dinosaurios. Burroughs contraatacó inventando su propio héroe venusino, Carson Napier de Venus, que en el fondo es un clon de su propio John Carter de Marte. Las sagas venusinas de Kline y Burroughs parecen olvidadas hoy en día, lo que es una lástima considerando que son aventuras de lectura muy entretenida, si dejamos de lado el tono más bien camp de las mismas.


Durante la era del Atompunk hubo un apagón en el subgénero: la atención de escritores y lectores se deslizaba hacia los peligros del átomo, y tales aventuras pulp parecían algo trasnochadas. Pero el interés renació en la década de 1.960, gracias a que la Nueva Ola de la Ciencia Ficción tendió a despreocuparse de la ciencia. En este contexto es que nos encontramos con obras como los pastiches de Lin Carter, o la saga de los jinetes de dragones de Pern de Anne McCaffrey. Incluso Dune, por debajo de su densa estructura de exposición política, económica, sociológica y religiosa, muy en el fondo es Romance Planetario, justificando un montón de tópicos propios del género. Así, por ejemplo, en el universo de Dune existen los duelos a espada y cuchillo porque la tecnología láser, aunque conocida, casi no es utilizada por la destructiva reacción que genera con los escudos de energía usados a mansalva en la serie.

Otros medios tampoco han sido ajenos al Romance Planetario. Aparte de la secuencia de Tatooine en La guerra de las galaxias, el universo de Star Wars reincide en el género a través de los ewoks en El regreso del jedi. De manera algo más reciente nos encontramos con la película Stargate de Roland Emmerich, que en el fondo es un trasunto de las viejas historias de exploradores occidentales encontrando mundos perdidos en Africa, al estilo Las minas del rey Salomón, sólo que en este caso el mundo perdido es literalmente un planeta alienígena. E incluso, si lo piensan bien, la película que a la fecha de escribir esto es la más taquillera de todos los tiempos, Avatar de James Cameron, es Romance Planetario puro y duro. La televisión misma no ha sido tan pródiga en el subgénero, pero hay ejemplos. Ahí están Thundarr el Bárbaro o Los Herculoides, y de manera más egregia, He-Man y los amos del universo, que en un planeta llamado Eternia, mezcla magia con alta tecnología según sea conveniente para la máxima espectacularidad de la historia.

Los cómics tampoco han sido extraños al Romance Planetario. En las historias de la Edad de Plata de DC Comics o de la Marvel, no era infrecuente que los superhéroes viajaran a otros mundos llenos de exotismo salvaje. Incluso en fecha reciente puede considerarse que el comic Planeta Hulk es Romance Planetario. Pero el gran ejemplo a seguir es por supuesto Flash Gordon, creado por Alex Raymond en 1.937. En dicho cómic, el héroe Flash Gordon, acompañado por su novia Dale Arden y el profesor Zarkov, viajan al planeta Mongo y le plantan cara al malvado tirano Ming el Despiadado y su bella y letal hija la princesa Aura, mientras viajan por toda clase de reinos exóticos que se rebelan contra el dictador. En muchos sentidos, Flash Gordon es prácticamente John Carter de Marte hecho cómic, sólo que el interés romántico del héroe es una terráquea y no una princesa alienígena, y con un monarca déspota metido de por medio.


Y concluyamos con una cuestión interesante: ¿es posible escribir Romance Planetario con un contenido que vaya más allá de la mera aventura pulp? La respuesta parece ser positiva. Ya hemos mencionado el caso de Dune, pero no es el único. Un par de décadas antes nos encontramos con la Trilogía Espacial de C.S. Lewis, el mismo autor que después escribió las Crónicas de Narnia. Los dos primeros volúmenes de la saga son Romance Planetario en donde el protagonista viaja a Marte (Más allá del planeta silencioso) y Venus (Perelandra), aunque el tercer volumen (Esa horrible fortaleza) se ambienta en la Tierra, y aunque tiene una dosis de magia, a cargo principalmente de la resurrección del mago Merlín, puede considerarse casi como una novela proto Cyberpunk. Lo interesante de la Trilogía Espacial es que resulta un ejemplo atípico de Romance Planetario, uno en donde C.S. Lewis de manera consciente utiliza como vehículo para sus ideas cristianas. El planeta silencioso mencionado es, sin ir más lejos, la propia Tierra, y es silencioso porque su antiguo gobernante se ha sublevado contra el orden cósmico, y por tanto la Tierra ha sido silenciada, cercenada de su contacto con el resto del universo; cualquier parecido con la rebelión de Lucifer no es mera coincidencia.

Otro posible caso es Ursula K. LeGuin, que parece tenerle un cierto cariño al género. El nombre del mundo es bosque, por ejemplo, describe un planeta boscoso en donde los protagonistas viven en una sociedad semisalvaje, aunque sometido a tensiones colonialistas por la explotación por parte de la Tierra. Pero la palma se la lleva La mano izquierda de la oscuridad, ambientada en un planeta con una civilización humanoide medieval, sumergido en una Edad de Hielo. Piensen en las pinturas invernales de Pieter Brueghel el Viejo, y quizás se hagan una idea. Ahora bien, LeGuin utiliza esta ambientación para una idea audaz: la sexualidad misma de los humanoides en cuestión ha sido alterada, se deja entrever que a través de manipulación genética en sus ancestros, y a través de estas alteraciones, podemos observar un interesante estudio antropológico acerca de cómo la manera en que vivimos y experimentamos la sexualidad, en tanto seres humanos, ayuda a determinar nuestra cultura, política, sociedad, economía, religión, e incluso nuestro sistema carcelario.

En definitiva, el Romance Planetario es un subgénero de la Ciencia Ficción que, aunque víctima de la imitación haya terminado por resultar un tanto cliché, tiene un enorme potencial dentro de sí, y es muy probable que en los años sucesivos podamos ver nuevos y extraordinarios ejemplos. Todo lo que se necesita, son escritores con la inspiración necesaria para tomar el legado de estas obras, y que exploren los incontables filones que todavía yacen en el subsuelo de la imaginación.

5 comentarios:

Martín dijo...

No he leído "La mano izquierda de la oscuridad", pero sí "Planeta de Exilio" de la misma autora, y bien que es romance planetario como lo expones, ya que toda la aventura transcurría en una especie de invierno medieval, en el que los humanos, más avanzados que los nativos, no podían usar su tecnología superior, primero por "motivos legales", y después porque la habían perdido. Me gustó, y parece que a Michael J. Straczynski también, porque de aquí sacó la idea de fondo para su magnífica "Babylon V".

Guillermo Ríos dijo...

Lo que prueba, una vez más, que nihil novi sub sole.

Cidroq dijo...

Interesante artículo, nada más para despejarme una duda, el género de romance planetario puede darse también en la tierra misma? Lo comento por la cita que hiciste de Thndarr el bárbaro, cuyas aventuras ocurren en la Tierra, claro, una muy diferente al planeta actual.

Adicionalmente, la aventura que ocure en Gaia en los límites de la fundación podría considerarse algo de romance planetario?

Elwin Álvarez Fuentes dijo...

Salvo "Duna" (que nunca antes la había visto como algo de este subgénero), los otros textos no los he leído, aparte de esa otra joyita que es "La mano izquierda de la oscuridad". Te cuento que la peli de "John Carter" me encantó y en verdad lamento mucho su fracaso (en gringolandia son tan tontos a veces a la hora de apreciar sus obras de arte). Hay un libro de Robert Howard que se enmarca sin duda en este tipo de ciencia ficción: "Almuric".

Guillermo Ríos dijo...

@Cidroq, eso depende de cómo conceptualicemos el género. En mi opinión sí puede ser, porque lo que hace la esencia del Romance Planetario es el escenario exótico y con naturaleza más o menos hostil, con pretexto de Ciencia Ficción. Aquí es donde por ejemplo el Romance Planetario puede solaparse con otros subgéneros como por ejemplo el de la Tierra moribunda, que viene a ser aparte (y puede ser Ciencia Ficción pura y dura, o bien fantasía mágica ambientada en el futuro).

Lo de Gaia, en realidad no me atrevería a afirmarlo. Leí Los límites de la Fundación hace más o menos unos quince o veinte años atrás, y la verdad, me acuerdo más bien poco de la novela.

@Elwin_Alvarez_Fuentes, Dune en realidad puede ser vista como muchas cosas diferentes, y esa es una de las grandes riquezas de la novela en cuestión. Lo de la película de John Carter, coincido, la película no era una obra maestra ni mucho menos, pero no se merecía acabar como el sonoro fracaso de taquilla que al final terminó siendo. Lo de Almuric, no había escuchado hablar de la novela. Se agradece el soplo, y habrá que buscarla para hacerse una idea.

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