domingo, 30 de agosto de 2015

La Ciencia Ficción de Steven Spielberg.



En cierto sentido, en lo que a Ciencia Ficción se refiere, el Cine viene a ser el pariente pobre de la Literatura. Si se piensa en las obras monumentales del género, ésas que han abierto caminos y han creado nuevas y sorprendentes ilustraciones de nuestro mundo, nuestras relaciones con la tecnología, etcétera, siempre se va a pensar en un Isaac Asimov, un Ray Bradbury, un George Orwell, etcétera. Rara vez el foco va a estar puesto en un cineasta como un Stanley Kubrick, un James Cameron, o un Steven Spielberg. Y sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo XX, después de la decadencia de las revistas pulp con sus portadas llenas de colores, toda la imaginería del género ha sido construida por el Cine, algo particularmente obvio a partir de Blade Runner y el Cyberpunk. Y dentro de los cineastas que en mayor medida han contribuido a moldear lo que es nuestra percepción del cine de Ciencia Ficción, se encuentra Steven Spielberg.

Muchos críticos en su día denostaron el cine de Spielberg como blando, sentimental y demasiado complaciente con las audiencias. Y sin embargo, éstas son justo las características que le dieron un sello personal y le permitieron labrarse un lugar en el corazón de toda una generación de fanáticos, aquella que creció con los extraterrestres de Encuentros cercanos del tercer tipo y ET el extraterrestre. Tampoco debe olvidarse que Spielberg ha abordado el género desde perspectivas más complejas e incluso oscuras; ahí están Sentencia previa y La guerra de los mundos, sin ir demasiado lejos.

Steven Spielberg se ganó sus primeros créditos como director en el mundo de la televisión; vale la pena mencionar de manera particular, los episodios que dirigió para Galería nocturna. Pero luego se decantó por historias de un corte más realista, aunque no sin un sesgo de fantasía, entendida ésta no en el sentido feérico o infantil del término, sino en su vertiente más numinosa y terrorífica. Ni El duelo ni Tiburón son películas fantásticas per se, pero sí poseen una dimensión fantástica al tratarse de dos películas en donde lo cotidiano y vulgar, se ve amenazado por la irrupción de entes que, perteneciendo a este mundo, tienen un perfil desconocido que les hace adquirir una dimensión mítica y monstruosa: porque no otra cosa son el camión enloquecido de El duelo, o el tiburón de la película del mismo nombre. Son películas que, siendo realistas, no terminan de encuadrarse al ciento por ciento; hay un cierto elemento de realismo mágico en ellas, aunque enfocadas no desde lo maravilloso sino desde lo terrorífico. Es bastante llamativo que para cuando Spielberg se adentre en la Ciencia Ficción, siga más o menos este mismo esquema, pero ahora con connotaciones muy diferentes, positivas, ya no como amenaza sino como oportunidad para el crecimiento espiritual y personal. La mayor parte del tiempo, por lo menos.

En ese sentido, Encuentros cercanos del tercer tipo y ET el Extraterrestre forman una especie de díptico unidos por un tema común: la llegada de extraterrestres como agentes de lo maravilloso, que sacan a los protagonistas de una existencia vacía y gris y les proporcionan una nueva y portentosa visión del mundo alrededor. Encuentros cercanos del tercer tipo lo hace desde la perspectiva de un adulto con una familia fracasada; la película al último puede ser leída como una gigantesca metáfora del conformismo como fuerza motriz del estancamiento, y la necesidad de seguir soñando con aquello que existe allá afuera, para no perder nuestra conexión con nuestra propia autenticidad, nuestro yo interno. ET el extraterrestre lo hace desde la perspectiva de un niño, también con una familia fracasada; vemos a un chico que nunca ha roto realmente su conexión con su yo interno (una de las primeras escenas lo muestra en una partida de rol, por más señas), y ante quien lo maravilloso, en forma de su nuevo amigo extraterrestre, lo lleva a reafirmarse en sus valores. Resulta curioso que ambas películas al abordar la relación entre lo fantástico y sus personajes, funcionan a la inversa de El duelo y Tiburón, pero que para lograrlo, hayan tenido que decantarse por la Ciencia Ficción en vez del realismo; saquen ustedes las conclusiones que quieran con esto.



La influencia de Steven Spielberg en el cine de Ciencia Ficción de la década de 1.980 acabó por ser ubicua gracias a lo que podríamos llamar la opción Campbell. Se cuenta que, en una ocasión, Isaac Asimov le preguntó al editor John W. Campbell si es que lamentaba haber dejado de escribir para transformarse en editor; la respuesta de Campbell fue que como novelista podía trabajar apenas en una novela a la vez, pero como editor dirigía a una cincuentena de escritores, por lo que muy en el fondo, estaba trabajando en cincuenta novelas a la vez... Con Spielberg pasa algo similar. En la década de 1.980 se lanzó de lleno a las labores de producción, hasta el punto que mucho del cine de entretención de la época tiene un marcado sello Spielberg, pese a que los directores fueron otros: gentes como Richard Donner (Los goonies), Joe Dante (Gremlins), etcétera. El propio Spielberg, en cambio, trató de labrarse un lugar como cineasta serio, con películas relativamente aclamadas por la crítica, pero al último ignoradas en general, como El color púrpura o El imperio del sol.

Varias de estas películas producidas sin ser dirigidas por Spielberg, restringiéndonos a aquellas que pertenecen a la Ciencia Ficción, insisten más o menos en el mismo esquema: personajes atrapados en una existencia gris y sin capacidad de reacción, que de pronto se ven envueltos en una trama de alto voltaje científico que los lleva a encontrar nuevas capacidades y potenciales en sí mismos, y en algunos casos, a cambiar el mundo. El recurso de Ciencia Ficción puede ser una máquina del tiempo (Volver al futuro, dirigida por Robert Zemeckis), un piloto en una cápsula miniaturizada dentro del cuerpo (Viaje insólito, dirigida por Joe Dante), o extraterrestres otra vez (Milagro en la calle 8, dirigida por Matthew Robbins). El caso es que esto se transformó en una constante temática del Spielberg de la época, un Spielberg menos preocupado de la ciencia en cuanto ciencia, que de utilizar a ésta como artefacto narrativo para contar una historia de cariz humanista. Si esto es un valor positivo, o si el resultado son películas con gusto a diabetes, es un debate eterno que probablemente no se clausurará en tanto el Cine siga siendo Cine.

A partir de la década de 1.990 en adelante, el cine de Ciencia Ficción de Spielberg se hizo algo más oscuro. Parque Jurásico es, en ese sentido, una película de transición. Por un lado, sigue siendo el tipo de entretenimiento clásico familiar con el cual Spielberg había hecho su fortuna en la década anterior, una película de aventuras relativamente ligera en su planteamiento. Pero por el otro, es un regreso al Spielberg de Tiburón, en donde aparecen monstruos que van a comerse a los seres humanos. Sin embargo, a diferencia del tiburón, los dinosaurios de Parque Jurásico no son una manifestación ciega e irracional de una naturaleza en principio indiferente a los seres humanos, sino productos genéticos de laboratorio que se han salido de control por la irresponsabilidad humana. Aparece entonces un Spielberg diferente, uno que le tiene miedo al poder de la ciencia, uno que sabe que el sueño de la razón produce monstruos, la razón científica en este caso. Y mientras trataba de dirigir películas serias como La lista de Schindler y Amistad, Spielberg se dedicó a producir otras películas que iban desde el cine de desastres (Twister, Impacto profundo) hasta Hombres de negro (dirigida por Barry Sonnenfeld, el de Bota a mamá del tren y Los locos Addams), esta última que trata de mantener el espíritu gamberro de su cine ochentero, pero ahora como un artefacto absolutamente desmadrado, casi como si Spielberg hubiera perdido la fe en el ser humano, y por ende, la única manera en que se puede presentar una historia de tintes aventureros ligeros, fuera a través de la exageración burlesca y casi autoparódica.

Este proceso de oscurecimiento de la Ciencia Ficción en Spielberg siguió con Inteligencia artificial. El proyecto fue creado inicialmente por el director Stanley Kubrick y el escritor Brian Aldiss, pero a la muerte de Kubrick, quedó en manos de Spielberg. Existen muchas especulaciones sobre cómo habría sido la película si la hubiera dirigida Kubrick; la opción misma de darle la batuta a Spielberg parecía una elección algo confusa, considerando que el tratamiento racionalista y cerebral de Kubrick está en las antípodas del cine más emotivo y melodramático de Spielberg. El caso es que esta recreación futurista del viejo cuento de Pinocho, el muñeco de madera tratando de volverse un niño real, presenta una moraleja bastante oscura para los estándares spielberguianos: los seres humanos son en realidad monstruos sin compasión, mientras que las características que por lo general consideramos como un perfil humanista, no están en los humanos sino en los robots... que no pueden ser de otra manera porque están programados para ello, casi como si los humanos quisieran inconscientemente rodearse de seres humanos de verdad para compensar el vacío de su propia deshumanización. El ambiguo final en donde la Humanidad parece haberse extinguido, y criaturas absolutamente inhumanas (¿robots avanzados, alienígenas...?) son las que reconocen al niño robot protagonista como una especie de ser humano, sólo consigue remachar aún más el amargo pesimismo de la película.


Esta tendencia siguió con Sentencia previa y con La guerra de los mundos. Ambas se basan en dos escritores de Ciencia Ficción conocidos por su pesimismo: Philip K. Dick, y Herbert George Wells. Sentencia previa es quizás su película de Ciencia Ficción más oscura: en ella, Spielberg nos presenta una sociedad futurista policial que ha conseguido reprimir el crimen hasta virtualmente cero, aunque al precio de destruir todas las libertades civiles... e incluso, como se revela al final, sin haber destruido la arbitrariedad judicial, al contrario de lo que la propaganda fascista intenta hacer creer. Después de rodar una película acerca del miedo al enemigo interno, Spielberg se vuelve hacia el enemigo externo, y rueda La guerra de los mundos. Sin embargo, es significativo que Spielberg se aleja del tratamiento wellsiano original; mientras que la novela es una enorme bofetada en la cara a la sociedad imperialista británica de su época, mostrándoles lo que se siente ser invadido por una potencia colonialista, la película de Spielberg tiende a limar los aspectos de crítica social, en beneficio de un planteamiento algo más existencialista, y por una vez más, acercándose otra vez a los resortes narrativos de Tiburón, con una fuerza exterior incontrolable que viene a subvertir la tranquila existencia cotidiana humana.

Casi como si se arrepintiera de haberse ido a extremos tan oscuros, el Spielberg posterior trató de recobrar una dimensión algo más aventurera, dentro de su Ciencia Ficción. Lo hizo, retomando en conjunto con George Lucas, su saga más celebre: la de Indiana Jones. Sintomáticamente, ésta siempre había girado alrededor de lo fantástico en su conexión con lo sagrado; para la cuarta entrega lo fantástico desaparece, en beneficio de un argumento de Ciencia Ficción, y por tanto, difuminando los elementos místicos al máximo. La película no fue demasiado bien recibida por una serie de razones, y no entraremos a debatir aquí sobre si es buena o no; nos conformaremos con señalar que, en esta obra en particular, lo científico aparece una vez más como una fuerza más o menos benevolente, distanciándose así de los extraterrestres matones de La guerra de los mundos. Y Spielberg insistió en la misma tendencia con la saga de los Transformers, producida por él y dirigida por Michael Bay, y que en muchos sentidos, trata de ser un rescate del cine aventurero de la década de 1.980, ahora con robots buenos y robots malos luchando a favor y en contra de la Humanidad, respectivamente.

De todo lo anterior puede colegirse que lo científico para Steven Spielberg no es tanto un elemento de reflexión o de análisis, como un mecanismo argumental que le permite mostrar preocupaciones de una dirección diferente. La tecnología para Spielberg puede ser una fuerza que puede ser utilizada para bien y provecho de la Humanidad, pero salida de todo control, puede transformar a nuestro mundo en una pesadilla. Esto se encuentra muy acorde con el humanismo inherente al cine de Spielberg. No es que Spielberg le tema a la tecnología, sino a la deshumanización de la misma, sea que la apliquen científicos y megacorporaciones fuera de control (Parque Jurásico), un gobierno criptofascista y policial (Sentencia previa) o invasores extraterrestres con desprecio absoluto por la Humanidad (La guerra de los mundos). Pero la tecnología es también la herramienta que ha permitido a los extrarrestres de Encuentros cercanos del tercer tipo y ET el extraterrestre el llegar hasta los seres humanos y permitirles cambiar su vida. Eso sí, podemos ver en ET el extraterrestre que el alienígena de marras, sin sus compañeros y su nave espacial, es un pobre y desvalido infeliz; al final logra conectar con ellos gracias a una herramienta tecnológica, el transmisor espacial improvisado que construye el niño Elliott, pero esto no hubiera sido posible si no fuera por una fuerza anterior a la mismísima tecnología: el poder de la empatía y de la amistad que lo trasciende todo, incluso los abismos entre especies desarrolladas en lugares apartados del cosmos.



2 comentarios:

Elwin Álvarez Fuentes dijo...

Me traes tan buenos recuerdos con los filmes que aquí abordas y con ellos haces que vuelva a lamentar que Spielberg ya no haga cine de este tipo como antes (ojalá vuelva con una película de estas...de gran entretención y aventuras). Desde pequeño que es uno de mis directores favoritos y le debo varios de los mejores recuerdos que tengo respecto al séptimo arte.

Guillermo Ríos dijo...

Me da la idea, y voy a escribir lo siguiente con mucha pena, de que Steven Spielberg ya está viejo y cansado. Hacía las películas que hacía porque le daba satisfacción a su niño interno, y me da la impresión de que ese niño interno ya no le habla más. Irónicamente lo contrario de su colega George Lucas, a quien su niño interno le hablaba demasiado, y así es como terminó rodando la Trilogía Precuela. Ojalá que Spielberg en algún minuto rodara una película más o menos como las que hacía en la década de 1.980. Aunque tengo el presentimiento de que ya no hay mucho espacio para ese tipo de cine de aventuras familiares, en estos tiempos cínicos y descreídos en donde no le van a dar 150 millones de dólares de presupuesto a un blockbuster que ya no esté vendido de antemano por basarse en un cómic, una serie de televisión, un videojuego, una franquicia fílmica preexistente, o una novela de vampiros románticos...

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