martes, 11 de agosto de 2015

Bastión Esperanza - "Quién entre aquí...".


El profesor Higgins y un par de asistentes suyos especializados en cuestiones informáticas, habían estado conferenciando activamente con el doctor Wilkinson respecto de la recuperación de Alba. La misma estaba en pleno proceso todavía; la cirugía había sido mínimamente invasiva, pero siempre cabía la posibilidad de que algo saliera mal dentro del encéfalo. Finalmente, el doctor Wilkinson, el profesor Higgins y Alba tuvieron una charla definitiva.

– Mira, Alba... hemos estado evaluando detenidamente la situación, y tenemos una idea de cuáles son los riesgos – dijo el doctor Wilkinson. – La cuestión es que se juntan dos peligros distintos, para crear uno más grande. El primero es... profesor Higgins... le voy a pedir que explique usted...

– Alba, ya sabes lo poco que conocemos sobre Ganímedes. Sabemos casi con certeza que lo fabricaron humanos, pero no quiénes, cuándo, dónde o para qué.Y por alguna razón, los bancos de datos tienen un sistema de bloqueo. La única manera de sortearlo, es que tu mente navegue por su interior. Ahora bien, Alba, quiero que entiendas... no debemos considerar a Ganímedes como un programa de computadora amistoso. Como te decía, no sabemos todavía quiénes lo fabricaron, o para qué. Es posible que Ganímedes intente defenderse de ti.

– Bien, pero es una simulación – dijo Alba. – Si algo va mal, pueden desconectarme...

– Vamos a estar monitoreándote. Lo que pase por tu mente, pasará por nuestros sensores y medidores – dijo el profesor Higgins. – Pero si Ganímedes se defiende y corta la comunicación, te vas a quedar varada al otro lado. No vamos a saber si tenemos que despertarte o no, hasta que sea demasiado tarde.

– ¿Demasiado tarde? Pero... se supone que todo el viaje es sólo mental, ¿no?

– Alba... Cuando metimos un catéter a tu encéfalo para sacar tus recuerdos de tu caja negra... Estas operaciones siempre son cuidadosas, pero también hay un nivel de daño encefálico. Este se repara con neurogeneradores, pero éstos poseen una tecnología nanorrobótica. Es decir... la clase de tecnología que podría ser secuestrada por Ganímedes – explicó el profesor Wilkinson.

– O sea que si Ganímedes decide atacarme a fondo, podría freir mi cerebro – dijo Alba.

– Exacto – dijo el profesor Higgins.

– Y yo soy la única persona que puede entrar ahí, porque soy la única persona que ha conseguido una conexión mental con los bancos de datos de Ganímedes – dijo Alba.

– Te vamos a dar una serie de archivos vía menterminal, que espero les eches un vistazo, porque podrían salvarte la vida al otro lado – dijo el profesor Higgins.

– Gracias – dijo Alba, inquieta, pero tratando de aparentar calma.

– Alba... – dijo el profesor Higgins, y ahora había un poco de emoción en la voz. – Alba, yo... Bien... Yo te he cuidado todos estos años como si fueras mi hija. Y has crecido fuerte, bella, llena de vida y de inteligencia, y... Bueno, me estoy poniendo un viejo aprensivo...

– Gracias, profesor. Yo también lo quiero mucho – sonrió Alba, con dulzura.

El profesor Higgins sonrió, y cortó la comunicación vía menterminal.

– Bien, si algo me pasa... creo que son las mejores últimas palabras que podríamos habernos dicho – dijo Alba, tratando de sonar tranquila, aunque sin conseguirlo.

– La verdad, Alba, es que admiro profundamente tu valor – dijo el doctor Wilkinson. – Vas a emprender un viaje difícil por el interior de una inteligencia artificial potencialmente hostil, y... bueno...

– Pero no tengo alternativa – dijo Alba, con serenidad. – Si fracaso, es mi fin. Pero si tengo éxito, quizás obtengamos las claves para derrotar a los alienígenas y salvar al planeta: al doctor Higgins, a Numerio, a Esc... a... eh... a... a toda la población de Esperanza.

– Alba... ¿puedo hacerte una confesión?

– ¿Sí? – preguntó Alba, con repentino interés.

– Alba... yo pedí esta asignación. Quiero decir... – dijo el doctor Wilkinson, y se interrumpió para seleccionar mejor las palabras. – Mi familia vivía en Ciudad de la Alegría. Ahora... ya no están. Losalienígenas los volaron. Por eso estoy aquí. Porque quiero ayudar, con mis conocimientos médicos, a que lo que le pasó a mi familia, no vuelva a sucederle a nadie más en Esperanza. Lo que quiero decir es que... en tu lugar... yo tomaría la misma decisión, exactamente la misma.

– Gracias – dijo Alba. – Es muy tierno de tu parte.

– No quiero que me tomes por un atrevido, Alba, pero... una vez que regreses... ¿aceptarías tomarte algo conmigo, un café o algo?

– Tendría que ser detrás del vidrio de la zona de descontaminación, tú del lado de allá y yo del lado de acá... – dijo Alba, sonriendo.

– Pero mirándonos a los ojos, y riéndonos de la vida y sus circunstancias – dijo el doctor Wilkinson.

– Acepto el café – dijo Alba, entrecerrando levemente sus ojos de manera soñadora, sin darse cuenta.

OxxxOxOOOxOxxxO

En su cubículo particular de trabajo, Sandrine estaba echándole un vistazo a las grabaciones que había conseguido robar a la mala a los agentes del ESIE, las grabaciones que contenían los recuerdos y sensaciones grabadas a lo largo de la vida de Alba. No había conseguido copiarse toda la información, debido al tiempo limitado que había tenido para ello con su estratagema envolviendo a un robot Sumu-B, pero sí habían varias cosas interesantes.

Una Alba mucho más adolescente, quizás de dos o tres años menos, estaba compartiendo con Escalante. Estaban en un balcón de un edificio público de Esperanza, que Sandrine no conseguía determinar a ciencia cierta. Parecía ser la primera vez en que Escalante y Alba se habían conocido, pero la primera parte del recuerdo no se había copiado.

– Oye, Alba... ¿qué te parece si salimos juntos algún día?

– Pero ni siquiera sé como te llamas – dijo Alba, sonriendo.

– Escalante, ya te lo dije – dijo él.

– Sí, pero ése es tu apellido, y... yo no sé tu nombre.

– Eh... Escalante – repitió él, ahora con un tono más sombrío. Y añadió: – Así es como nos llamamos a nosotros mismos entre los militares, por el apellido. Es más simple y directo.

– Pensé que se llamaban por... no sé, sobrenombres.

– También, pero allí donde no nos rete un superior al mando.

– Pero yo soy una civil... – dijo Alba, con algo que podía pasar por coquetería infantil, considerando el carácter más bien introvertido que tenía ella.

– No te preocupes. Igual eres bonita, para ser civil – dijo Escalante.

Si eso pretendía ser una broma, había caído como una bomba. Alba se había cruzado de brazos, y se había volteado, irritada.

– Oh, vamos, Alba, no te pongas así... – dijo Escalante.

En ese instante se superpuso un segundo recuerdo: una comunicación vía menterminal con el profesor Higgins.

– Me tengo que ir – dijo Alba. – El profesor Higgins me está llamando.

– ¿Ese viejo otra vez? – protestó Escalante.

– No me habrías conocido si no fuera por él – dijo Alba, sinceramente dolida. – ¿No te encargaron escoltarlo hasta acá, hasta el laboratorio?

– Pero, oye... salgamos algún día, te invito a...

Y como el recuerdo seguía a Alba, Escalante desapareció del horizonte, todo mientras Alba se ponía a conversar de asuntos científicos con el profesor Higgins.

– Así se conocieron – dijo Sandrine, para sí. – El desgraciado de Escalante ha estado interesado toda la vida en esa Alba, mientras estaba conmigo. Y...

Pero se detuvo. Acababa de recordar que mientras Escalante y ella estaban en una relación, ella misma estaba casada con el Teniente White. Era algo hipócrita quejarse, sin lugar a dudas.

De haber sabido que su marido iba a terminar desapareciendo en acción, se lo habría pensado dos veces. El Teniente White no había sido una mala persona, en realidad. Era sólo que le había faltado... chispa... vitalidad... Ella había sido demasiado fuego, y su marido, demasiado hielo.

Y ahora, su marido ya no estaba; Escalante por su parte estaba disponible. Sólo tenía que encontrar el modo de quitar a Alba del camino, y entonces, Escalante sería suyo y sólo suyo.

OxxxOxOOOxOxxxO

Alba estaba por ingresar a la sala de control de Ganímedes, en donde varios técnicos habían montado los dispositivos y maquinarias para conectar a Alba con la inteligencia artificial de Ganímedes. Pero la habían detenido tomándola de la mano.

Era Escalante. Muy distinto a su carácter aplomado y prepotente de toda la vida.

– Alba... – dijo Escalante, y ella podía notar un leve temblor de voz. – Alba, yo... sólo quiero preguntar si es que quieres salir conmigo. Ya sabes, como... como una cita... Quiero decir... cuando vuelvas.

– ¿Salir? – preguntó Alba, y respondió más o menos lo primero que se le vino a la cabeza, y que no fuera comprometedor: – ¡Pero estamos en una nave espacial en órbita alrededor de Esperanza!

– Quiero decir... ya sabes... Tú y yo siempre peleamos, o estamos en desacuerdo...

– No siempre... creo... – dijo Alba. – Y yo... Yo... no sé...

– Dime que sí, y si después no quieres, me dices que tienes que... meterte otra vez... otra sonda en el cerebro, y que por eso tienes que cancelar nuestra cita – bromeó Escalante, y lanzó una risa tonta.

Alba sintió que los colores se le iban al rostro, de ira, y dándose la media vuelta, empezó a caminar con paso decidido. Escalante intentó detenerla, pero en ese minuto, desde el interior de la sala de controles, salió Numerio. Apenas vio a Alba, fue corriendo hasta ella y la abrazó.

– Numerio – dijo Alba, conmovida, y luego de besarle el pelo, lo acarició maternalmente.

– Cúidate, ¿sí? – pidió Numerio.

– Voy a estar bien, Numerio. Ya verás que sí – dijo ella. – Vamos, acompáñame allá.

– Chiquillo del demonio – murmuró Escalante, al ver que la oportunidad se le iba. Pero no lo murmuraba con rabia, sino con tristeza.

Dentro de la sala de controles, Alba miró a los técnicos. Al centro, habían montado una pantalla en donde era posible ver al profesor Higgins.

– ¿Una pantalla en vez de menterminal, profesor Higgins? ¿Se está poniendo sentimental?

– Siéntate y ponte el casco – dijo el profesor Higgins, gélido, aunque sin brusquedad.

Alba, azorada por la repentina frialdad del profesor Higgins, comprendió para sus adentros lo muy nervioso y preocupado que éste estaba. Había diferencia entre darse valor para la hora decisiva, y la hora decisiva misma. Porque al final, no había manera de saber qué iba a encontrar al otro lado.

つづく

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