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martes, 25 de agosto de 2015

Bastión Esperanza - "...que pierda toda esperanza".


Con el casco ya puesto, Alba sintió que la realidad entera se remecía levemente, como si vibraciones de dimensiones intangibles amenazaran con hacer saltar en pedazos las raíces mismas de la existencia. Era una ilusión, por supuesto, y Alba lo sabía; el casco tenía por misión cerrar el eterno flujo inalámbrico de datos entre la menterminal de Alba y el resto de la red de menterminales, y encauzarlo de una manera tal que la conexión con la computadora de la nave espacial Ganímedes fuera tan limpia y estable como fuese posible. La realidad en sí no había cambiado, sólo la percepción de la misma en la mente de Alba.

– ¿Estás lista, Alba? – preguntó el profesor Higgins, a través de la pantalla en que se veía su rostro.

Alba sonrió levemente. El profesor Higgins hacía todo lo posible por disimular sus emociones, pero en esta ocasión, conseguir tal cosa le era dificultoso. El estar en la superficie de Esperanza en vez de a bordo de Ganímedes, hacía las cosas todavía más complicadas.

– Estaré bien, profesor – dijo Alba, sonriendo con serenidad. – Proceda cuando quiera.

– Buena suerte, entonces – sonrió el profesor Higgins, con tristeza en los ojos. Y luego, volviendo a su rol de científico frío e objetivo, dio la orden: – Activen el sistema de conexión entre Alba y Ganímedes.

Alba, que estaba sentada en un sillón bastante cómodo, vio como a su alrededor las luces empezaban a apagarse. El personal técnico dejó de presentar rasgos propiamente humanos; Alba ahora las veía como figuras negras con brazos y piernas, moviéndose en las sombras, con sólo las luces de algunos paneles clavándose de manera acerada en la oscuridad.

¿Acaso iba todo bien? Alba no tenía idea de cómo sería ingresar en la computadora de Ganímedes, cómo lo vería o procesaría su propia mente. Lo único que veía era la penumbra, una penumbra incluso inconveniente para el personal técnico. Estuvo a punto de preguntar por la marcha del procedimiento, pero no lo hizo: eran profesionales, y debían saber lo que hacían.

El profesor Higgins seguía en la pantalla, pero su rostro parecía congelado. Hasta que, de pronto, la tristeza de sus ojos alcanzó un paroxismo que Alba jamás hubiera creído posible, ni siquiera en él.

– Lo siento, Alba – dijo el profesor Higgins. – Hice todo lo que pude, de verdad que hice todo lo que pude, pero el Gobierno de Esperanza me obligó a esto.

– ¿A qué? – preguntó Alba, mirando desconcertada en todas direcciones, a tiempo para descubrir como una de las sombras humanas levantaba el brazo de una manera tal, que hacía presumir la posibilidad de un disparo con arma de fuego.

Un breve fogonazo iluminó el rostro de la persona en cuestión. ¿Acaso el hombre era Escalante...? No había visto la cara con precisión, pero sí había visto el arma.

Alba nunca había sido realmente una chica de acción sino una técnico de laboratorio, y en una situación similar, se habría quedado paralizada de miedo; si tal hubiera sido su reacción, habría sido tiroteada y muerta sin remedio. Pero estaba intentando meterse en la mente de una computadora de orígenes inciertos, como única posible salvación de toda la humanidad en Esperanza, y esa tensión emocional le estaba dando nervios de acero. Saltó de su asiento sin siquiera pensarlo, y salió corriendo.

Disparos sonaron detrás suyo. Ninguno dio en el blanco.

Alba corrió y corrió por los pasillos de Ganímedes, sin tener idea de por qué ahora querían asesinarla, y sin saber a ciencia cierta qué hacer, o siquiera en donde esconderse.

OxxxOxOOOxOxxxO

Respirando pesadamente, Alba se estaba dando unos minutos de descanso, en el interior de una habitación cualquiera que había encontrado abierta. Sentía que el corazón iba a salírsele por la boca. Trataba de ordenar las piezas. Aquello no tenía sentido. ¿Por qué, si alguien dentro de los altos mandos de Esperanza quería eliminarla, había esperado hasta ese minuto, habiendo tantas oportunidades para eliminarla antes? Y sobre todo, ¿por qué alguien dentro de los altos mandos de Esperanza iba a querer eliminarla, si ella tenía en sus manos, o en su cerebro mejor dicho, la clave para salvar a Esperanza...?

Y de pronto, Alba abrió los ojos, sintiendo que un terror helado recorría su espinazo. Era el profesor Higgins quien le había dicho todo lo referente a que ella era la única candidata posible a meterse dentro de la mente de Ganímedes. A lo mejor habían otros candidatos, a lo mejor meterse en la mente de Ganímedes simplemente no era posible... Pero entonces, se preguntó Alba, por qué preparar toda una puesta en escena con ella yendo a la habitación para ponerse un casco, y...

La puerta se abrió. Y el profesor Higgins entró.

– ¡Profesor...! – dijo Alba, abriendo los ojos con terror aún mayor. – ¡Pero, usted... estaba en... en... en el planeta...! ¡Cuándo llegó hasta...! ¡...hasta... Ganím...! ¡Ganm...! ¡Ganm...!

– Necesitábamos que te pusieras el casco para bloquear tu conexión de menterminal con el resto de la red – dijo el profesor Higgins, con una calma extrema. – Lo conseguimos, y... aquí estamos.

Detrás del profesor Higgins aparecieron Numerio y Escalante. Este último portaba una ametralladora consigo. Ninguno de ellos lucía una expresión particularmente amable.

Con celeridad, por instinto, Alba se llevó las manos a la cabeza para sacarse el casco y poder mandar un mensaje de auxilio a cualquier otra menterminal que pudiera recibirlo. Y entonces, las palmas de sus manos se toparon no con el casco sino con su pelo. ¿Qué se había hecho el casco? ¿En qué minuto de su fuga se lo había sacado...?

– Ahora el casco ya no es necesario. Con él, quemamos tus conexiones de menterminal – explicó el profesor Higgins, con calma. – Verás, Alba... no podemos dejar que accedas a Ganímedes. No podemos dejar que nadie lo haga. Ganímedes es el arma más poderosa de que disponemos, y no podemos dejarlo en tus manos porque eres una civil. Desde hace años, te hemos preparado para un rol especial: hacer funcionar a Ganímedes con tu propia conexión de menterminal. Pero ahora, ya cumpliste con tu parte. Abriste el arcón de los misterios. Nos toca a nosotros explorarlo, y no puedes impedirlo.

Pero Alba ya no estaba prestando atención; sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas, mientras movía negativamente la cabeza. Estaba comprendiéndolo todo.

– No es real. ¡Esto no es real! – dijo Alba, y luego, muy por el contrario a su personalidad tranquila y serena, aulló desde el fondo de su alma: – ¡Tú no eres el profesor Higgins, tú no eres Escalante, tú no eres Numerio! ¡Todo esto es mentira!

Los presentes frente a Alba la miraron de manera interrogante. Dos de ellos se volvieron hacia el tercero, el profesor Higgins, mirándolo de una manera tal que parecían pedir instrucciones.

– El pelo. Mi pelo – dijo Alba, ahora más tranquila, aunque llorando de manera serena, y tocándose su larga cabellera. – Mi pelo está cayendo como una cascada hasta mi cintura. Y eso es imposible.

La expresión del profesor Higgins se llenó de frustración rabiosa, y la de Numerio y Escalante, de ira a secas. Escalante levantó su ametralladora, apuntando, pero el profesor Higgins lo detuvo con un gesto.

Alba estaba en lo correcto. Estaban a bordo de la nave espacial Ganímedes en la órbita de Esperanza, o sea, en condiciones de microgravedad. Era perfectamente posible caminar y moverse con botas magnéticas, quizás no con la misma libertad que en la superficie de Esperanza, pero sí de manera relativamente normal; los soldados habían incluso conseguido batallar así cuerpo a cuerpo con los decápodos, durante la batalla anterior. Con lo que sí era imposible lidiar, era con el pelo. Tener el pelo corto era una ventaja, pero la cabellera rubia y lisa de Alba llegaba hasta su cintura; desde su llegada a la órbita, ella se había visto obligada a tomarse el pelo para que éste no le estorbara. Ahora, el pelo caía libremente, tal y como si estuviera en condiciones de gravedad sobre la superficie de Esperanza.

Lo que significaba que Alba ya no estaba en la realidad, sino en una ilusión creada por la mente de Ganímedes, y que estaba inyectando a su cerebro vía menterminal. Ganímedes había oscurecido la sala y puesto a sus cercanos a perseguirla, para crear un ambiente en el cual poder quebrar su psicología. Y no se había molestado en mantener el casco en su sitio una vez que Alba había dejado de pensar en él.

– Ustedes son la mente de Ganímedes – dijo finalmente Alba.

– Largo de aquí – dijo una potente voz, desde más allá de la puerta.

Actuando por reflejo, los tres matones de la mente de Ganímedes se dieron la media vuelta. Escalante intentó ametrallar a la nueva figura que había aparecido. Pero ningún disparo parecía alcanzarle, como si las balas se desvanecieran en el aire.

La figura que entró entonces a la habitación vestía una especie de manto sin mangas, de color grisáceo y algo azulino, que le llegaba hasta el suelo; sus brazos por su parte estaban ataviados por una camisa azul oscuro. Su cabeza estaba cubierta por una prenda de rojo intenso, que también caía sobre sus hombros y contorneaba su cuello como un grueso collar de tela. La nariz del personaje era ganchuda, sus pómulos salientes, sus ojos profundos y brillantes, y sobre su cabeza había una corona de laureles. La figura tenía toda la apariencia de haber salido de una especie de feria del Renacimiento.

– Lárguense – dijo la figura en cuestión.

Ante el mandato, las figuras del profesor Higgins, de Numerio y de Escalante se desvanecieron en el aire, como si todo el tiempo hubieran sido fantasmas. Alba quedó a solas con la figura renacentista.

– ¿También eres parte de Ganímedes? – preguntó Alba, enjugándose las lágrimas.

– Soy otra parte de la mente de Ganímedes – dijo el hombre renacentista. – Puedes llamarme Virgilio.

– Virgilio – dijo Alba, incrédula. – Como la Div...

Y entonces, interrumpiéndose, Alba vio la luz como a través de un fogonazo. La “Divina Comedia” partía con el protagonista en la jungla del pecado, acosado por tres bestias, las cuales son correteadas por Virgilio. Exacto a como ella se había extraviado en la nave espacial, había sido acosada por tres matones enviados por la mente de Ganímedes, y luego aparecía Virgilio a rescatarla.

– Pero tu no eres Virgilio, ¿verdad? Quiero... quiero decir... ¿Es en serio que... La “Divina Comedia”...?

– En realidad no soy Virgilio, ni el poeta romano ni el personaje de la obra – dijo Virgilio. – Esta es una manera en la que nos aparecemos ante ti, de un modo que puedas vernos e interactuar con nosotros.

Alba entendió. Cuando había sido niña, había leído una versión condensada de la “Divina Comedia”, pero lo que más se le había quedado grabado en la mente, eran los grabados de Doré. De alguna manera, Ganímedes había aprovechado su conexión con la menterminal para extraer esos recuerdos, y escenificarlos de alguna manera.

– Pude venir a rescatarte cuando te diste cuenta de que esto no es la realidad, sino el interior de la mente de Ganímedes. Entonces me diste el poder para venir a buscarte – apuntó Virgilio.

– Pero... pero... ¿Por qué Ganímedes me está atacando? – preguntó Alba.

– Todos somos parte de la mente de Ganímedes – explicó Virgilio. – Quien te atacó, es el sistema de seguridad de Ganímedes. Nosotros lo llamamos Robespierre. Su trabajo es impedir que el sistema entero sea secuestrado, y que la mente de Ganímedes sea borrada. Para él, eres otro elemento hostil, y hará lo imposible por destruirte. Como por ejemplo, hacerte creer que tu propia gente se ha vuelto en tu contra y está tratando de matarte.

– O a lo mejor está tratando de ganarse mi confianza a través tuyo – dijo Alba.

– Alba... Hemos estado siguiendo los eventos con atención, y estamos dispuestos a ayudarlos en su lucha contra los alienígenas. Sólo que no podemos hacerlo. Nosotros fuimos creados cuando se restauró la conexión menterminal entre Ganímedes y un usuario externo, en este caso, tú; pero la computadora misma es más antigua que nosotros mismos juntos. Nosotros hacemos lo que nos pides: nos activamos cuando lo pediste, despegamos cuando lo pediste, desarrollamos un escudo deflector cuando lo pediste, y ahora vine en tu rescate. Pero nosotros sospechamos que somos apenas las copias de programas más antiguos, que están en las entrañas de la mente de Ganímedes, y no tenemos acceso hacia el pasado de esta nave. La gran conexión entre nosotros y nuestro pasado es Ester, el programa que gobierna el banco de datos de Ganímedes. Pero Ester no puede acceder a ese banco de datos porque la información se ha corrompido por una razón que no conocemos. Alba... la única manera en que podemos ayudarlos a combatir a los alienígenas, es que me acompañes hasta el corazón de la mente de Ganímedes para que juntos tratemos de restaurar el banco de datos.

Y entonces, teatralmente, Virgilio levantó la mano. Allí donde estaba la puerta de la habitación, ahora había un enorme pórtico de piedra. Encima suyo podía leerse una inscripción grabada en letras mayúsculas latinas: “QUIEN ENTRE AQUÍ, QUE PIERDA TODA ESPERANZA”.


つづく

2 comentarios:

Cidroq dijo...

Continua por buen camino esta interesante blogoserie, nada más como un comentario, en el primer texto que tienes en rojo hay un pequeño error dice " con los decápodos, durantela batalla anterior", pequeño espacio que se borro.

Saludos y gracias por tu esfuerzo con bastion esperanza

Guillermo Ríos dijo...

Por alguna razón me ha pasado en el último tiempo que al incluir enlaces, me borra un espacio al azar entre palabras. No sé por qué. Como sea, gracias por la corrección, y por las felicitaciones.

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