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martes, 4 de agosto de 2015

Bastión Esperanza - "El acceso a una caja negra".

Vibromantis por Mario Caicedo Langer.
Revestidos de sus trajes NRBQ, Jaana Särkkä la agente del ESIE, con su asesor, se habían encerrado con Alba en una habitación improvisada para ser un laboratorio de lectura de las cajas negras. El doctor Wilkinson, que estaba a cargo de toda la parte médica de la nave espacial Ganímedes, iba a encargarse de la parte neuroquirúrgica. El asunto era serio. Desde la Rebelión Mendeliana, se había hecho ley que todas las personas, al momento de recibir la nanotecnología que les permitía acceder a la red de menterminales, iban a tener además una caja negra en el interior de su encéfalo, en donde se registrarían todos los recuerdos y sensaciones de las personas. Dicha caja negra no poseía ninguna conexión a la red de menterminales, de manera que no podía ser accesada vía remota, salvo metiendo literalmente un cable dentro del cerebro. Es decir, se debía anestesiar a la persona, injertarle un catéter en el cerebro, alcanzar con dicho catéter la caja negra, y hacer la conexión; de esta manera fluiría la información hacia el exterior. Era un procedimiento complejo, pero era la mejor alternativa para impedir que los recuerdos de las personas fueran secuestrados vía control remoto.

Escalante había pedido al Capitán Chu, y obtenido de éste, la autorización para ser él quien custodiara la puerta de entrada, en conjunto con algunos de sus hombres. Y entre ellos, había escogido a Lincopán, Ashcroft, Hilmarsson, Paparizou y Brown.

– ¿Señor? – preguntó Paparizou a Escalante. – ¿No tiene miedo de que salga algo sobre... ustedes dos?

– ¡Paparizou! – restelló Lincopán. – ¡Respeto con tus superiores!

– No se preocupe, Lincopán, yo puedo con esto – dijo Escalante. Luego caminó hasta ponerse al frente de Paparizou, y le gritó en toda la cara: – ¡Paparizou! ¡¡¡RESPETO CON TUS SUPERIORES!!!

– ¡Se... Se... Sí, señor! – retembló Paparizou. Lincopán tragó saliva.

Hilmarsson y Brown se miraron mutuamente, sin atreverse a soltar palabra, y luego miraron a Ashcroft. Ella, al notarlo, se les volvió y les espetó un seco:

– ¡Qué!

– Eh... nada... Nada – dijo Hilmarsson y Brown, excusándose cada uno.

Ashcroft miró entonces a Escalante de reojo. Su superior jerárquico al mando parecía sumergido en pensamientos, algo ausente de este mundo, incluso de la misión de guardia que era su trabajo actual. Y ella, para disimular cualquier posible emoción, respiró hondo y se colocó en posición algo más gallarda.

Hilmarsson y Brown, por su parte, vía canal privado de menterminal, se pusieron a jugar a las cartas.

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Sandrine se había dado una pausa de su labor con la maquinaria de Ganímedes, y estaba contemplando a los golems. Hubiera matado por un café, pero no podía beber nada, embutida como estaba en su traje NRBQ; y aún le faltaba para ir a la zona de descontaminación. Los golem, las figuras de diez metros de alto, de un material que ningún ser humano parecía conocer, estaban ahí, quietas, hieráticas.

– ¡Oye, chico! – le dijo Sandrine a Numerio, que andaba por ahí cerca, concentrado en seguir estudiando los datos que poseía sobre la ingeniería de Ganímedes. – Estos no son robots, ¿no?

– No están hechos como los otros robots... – dijo Numerio, con cautela.

– Eso ya lo sé – replicó Sandrine, con impaciencia. – No son de metal, eso es obvio, niño.

– ¿Y... qué ha encontrado acerca de Ganímedes? – preguntó Numerio.

– Nada que te importe, chico – dijo Sandrine. Y luego, como queriendo disculparse por lo agresivo de lo ya dicho, añadió: – Son asuntos militares. Tú estás de casualidad aquí, pero vas a tener que dejarnos ahora a nosotros. Eres un niño, y estás preocupado por esa chica Alba, y...

– ¡No te metas con Ganímedes! – estalló Numerio. – ¡Y no te metas con Alba!

– Mira, chico... – dijo Sandrine, con condescendencia. – Parece que no te das cuenta, pero la única razón por la que ustedes dos siguen dando vueltas por aquí, es porque hay cuarentena. Cuando ésta se termine, y cuando lean la información de la caja negra de Alba y descubran como acceder a Ganímedes sin ella... ustedes dos van a ser prescindibles, y los militares los echarán a patadas de aquí. ¿Entiendes?

Numerio se quedó mirando a Sandrine, congelado en su sitio. Estaba tan entusiasmado con su aventura espacial, que ni siquiera había reparado en que ésta podía llegar a su final. Porque, aunque Sandrine fuera pesada y prepotente, no dejaba de tener razón. ¿Qué iba a pasar si duplicaban la conexión mental de Alba con Ganímedes? Pues, iban a darle la nave a algún militar para que la controlara.

– Bien, chico, ahora que te dejé algo en lo que pensar... vuelvo a mi trabajo – dijo Sandrine, y se marchó, dejando a Numerio solitario.

Este levantó la cabeza, y miró a los golems. Estos, por supuesto, siguieron tan rígidos como de costumbre. Numerio suspiró, desalentado. Y su mente voló hacia Alba, que debía estar en el quirófano.

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Alba sonrió, y era una sonrisa pura y cristalina. Caminó por el sendero empedrado con losas grandes, y llegó hasta la puerta de la casa. La empujó con suavidad, e ingresó. Allí estaban sentados sus dos padres, que la invitaron a compartir con ellos la mesa, sobre la cual había un humeante desayuno con pan tostado y mantequilla, y un cuenco de una fruta grande, morada y jugosa nativa de Ganímedes cuyo nombre no recordaba, y...

...abrió los ojos. Por un instante, estupidizada, se preguntó a dónde se había marchado su familia, y por qué estaba en lo que le costó reconocer como una cama de hospital. Y entonces recordó. Sus padres llevaban años muertos, y ella estaba a bordo de Ganímedes. Más al fondo estaba el doctor Wilkinson, trabajando en algunas máquinas. El doctor Wilkinson era un hombre relativamente joven, pero cuyo semblante afable creaba alrededor suyo la impresión de sabiduría más allá de sus años.

– ¡Ah, Alba! – dijo él, levantando la cabeza y sonriendo. Luego, parándose con calma, caminó hacia ella. – Y cómo se siente la paciente...

– Tonta... y mareada – dijo ella, tratando de sonreir débilmente.

– Querida, no podrías tener cara de tonta ni aunque te la pasaras un año estudiando teatro – sonrió el doctor Wilkinson. Lo había dicho con tanta amabilidad, que Alba no pudo menos que sonreir.

– Doctor Wilkinson...

– Jean. Sólo Jean, por favor – dijo el doctor Jean Wilkinson, haciendo un gesto suave con la mano.

– Eh... Jean... ¿Cuánto tiempo ha pasado? Quiero decir... fuera de aquí...

– Casi dos días – dijo el doctor Wilkinson. – Podía haber sido menos, pero era prudente que no te movieras en lo absoluto, así es que te sedamos un poco de más.

– Ah – dijo Alba.

– ¿Hambre...?

– Sí, un poco... – dijo Alba, tratando de incorporarse. Pero el doctor Wilkinson se lanzó sobre ella, tratando de impedírselo.

– Tranquila, Alba, tranquila. Debes esperar a que los neurogeneradores dentro de tu cabeza terminen su trabajo. Hasta el minuto... acostadita.

Había tanto calor humano en el tono que el doctor Wilkinson le ponía a sus palabras, que Alba no pudo menos que sonreir.

– Así está mejor – dijo el doctor Wilkinson.

– ¿Doctor? – dijo una enfermera, interrumpiendo. – Registré que la paciente despertó...

– ¿Eh? ¡Ah! Marelize. Sí, sí – dijo el doctor Wilkinson, poniéndose algo más... doctoral. – Bien, Marelize, veamos. Quiero que revise los indicadores de salud de la señorita Dunsany, y me entregue un reporte completo después.

– Sí, doctor – dijo Marelize.

– Si me disculpa, señorita Dunsany, me retiro... – dijo el doctor Wilkinson, con gallardo respeto, y se marchó.para enviar vía menterminal el nuevo reporte a los capitanes Chu y O'Hara. Alba sonrió.

OxxxOxOOOxOxxxO

Una unidad Sumu-B, una especie de araña metálica de unos veinte centímetros de largo con ocho patas rematadas en sendos cañones de rayos láser, estaba corriendo sin control a lo largo de un corredor de Ganímedes. Detrás, también corriendo, estaba Sandrine.

– ¡Permiso, permiso...! ¡Cuidado, unidad Sumu-B suelta...! ¡Cuidado...!

Ante el alboroto, todo el mundo hizo un alto en sus labores para ver qué estaba sucediendo. Incluyendo a Jaana Särkkä y su asistente, quienes detuvieron su labor de procesamiento de datos sobre la información proporcionada por la caja negra de Alba, para ver qué estaba ocurriendo.

– ¡Paren a esa cosa! – gritó Jaana, con desagrado. Y luego, dirigiéndose a su asistente, dijo: – Goswami... Arma.

La única respuesta de Goswami fue sacar el arma, apuntar, y lanzar tres o cuatro disparos. El robot recibió un par de proyectiles en las patas, un servomotor saltó de su sitio, y empezó a correr en círculos hasta que de pronto, se detuvo por completo. Sandrine se quedó mirando a Goswami y Jaana con los ojos desorbitados.

– ¿Están locos? ¿Y si una de esas balas hubiera rebotado, imbéciles?

– Esa era una unidad Sumu-B, armada con ocho lásers de soldadura, fuera de control – dijo Jaana. – Mejor tres balas que ocho lásers sin control.

Y luego, encogiéndose de hombros, entró.

Sandrine fue hasta la unidad Sumu-B, ahora inerte, y la recogió, acunándola en sus brazos como si fuera un bebé. Podía ser reparada, por supuesto, pero aún así, cada uno de sus robots era para ella más que un mero mecanismo; había algo vivo en ellos, algo vitalista, como si...

En el camino de regreso a su estación de trabajo, Sandrine recogió una pequeña unidad robótica que había adherido la pared. Apagó el botón de energía, y se la llevó. Sumu-B había funcionado a las maravillas como distracción para los agentes del ESIE. Si la otra unidad robótica había hecho lo suyo, entonces ahora Sandrine tenía una copia de a lo menos parte de la información que el ESIE había recogido, de la caja negra de Alba, robada a la mala vía conexión inalámbrica.

– Muy bien, Sumu... vamos a ver cómo te reparamos ahora – dijo Sandrine, suspirando. Y luego, acomodándoselo, añadió: – Se me había olvidado lo que pesaban ustedes.

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El profesor Higgins se comunicó con Alba, vía menterminal.

– Me alegra que estés mejor, Alba – dijo él.

– Gracias, profesor. Pero... ¿y qué hay de la información? ¿Sirvió para algo?

– Para mucho, Alba. Los científicos civiles y militares hemos estado trabajando en conjunto acá en Esperanza, y hemos conseguido algo muy interesante. Conseguimos fabricar una simulación de la conexión entre tu estructura psicológica y mental, y los programas dentro de Ganímedes.

– Entonces ya tienen la llave para entrar a los bancos de datos de Ganímedes.

– Hay un problema. Alba – dijo el profesor Higgins, con la voz ahora más sombría. – Por la configuración de la simulación... la única persona que puede usar esa llave eres tú. Alba, eres tú quien tendrá que meterse a leer los programas de Ganímedes, desde su mismo interior.

つづく

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