domingo, 19 de julio de 2015

Las blogoseries y yo.

Alejandro Dumas: sus folletines fueron el antepasado lejano de las actuales blogoseries.
La creación literaria ha sido siempre un poco el pariente pobre de la Guillermocracia. No por falta de atención por mi parte, por supuesto. Pero el grueso de la gente que llega hasta la Guillermocracia, lo hace más que nada por los comentarios acerca de temas de películas o de Historia, y de manera secundaria, sobre Música o Televisión. La Literatura tiende a interesar poco. Y cuando se trata de creación literaria misma, de cuentos o poemas escritos y publicados en la Guillermocracia, es decir, la Academia Literaria de la Guillermocracia, la tendencia disminuye casi a cero. Por eso, ¿quién iba a interesarse en una blogoserie que se publicara en la Guillermocracia? ¿Quién iba a esclavizarse a recibir una ración semanal de una historia que, puede o no puede que termine, o peor aún, que pueda eternizarse empeorando como tu serie de televisión favorita después de muchas temporadas?

Pero aún así, decidí tomar el riesgo. Me lancé a la aventura de escribir Bastión Esperanza. Y en retrospectiva, es una de las mejores cosas que le ha pasado a la Guillermocracia en 2.015. No es que haya resultado un éxito espectacular, ni mucho menos. Pero eso era lo esperado. Lo que sí fue una agradable sorpresa, es que la serie ha tenido su puñado de lectores, en apariencia fieles. No es que dejen muchos comentarios, pero a través del sistema de cómputo de Blogger, es posible consultar cuánta gente ha decidido darle una oportunidad, y es satisfactorio que tal cantidad está más o menos en el promedio de los posteos habituales de no ficción. Y lo más importante, son lectores que no sólo le dieron una oportunidad, sino que siguen dándosela semana a semana, luego de una decena de episodios publicados. Es un éxito mayor que el obtenido en su día por Marbod el Bárbaro, por Corona de Amenofis o por High Fantasy Manga. Y es en atención a ese éxito, que escribiré un poco acerca de la experiencia de ser escritor de blogoseries.

En realidad, la idea de una blogoserie no es exactamente nueva. El concepto de escribir una historia continuada capítulo a capítulo, con una cierta periodicidad, arranca en realidad desde los folletines del siglo XIX. Si ustedes acuden a esas vetustas tiendas llamadas librerías, que por alguna razón siguen existiendo en la era de descárguese usted un PDF desde Internet, se encontrarán con tomos tales como El Conde de Montecristo o Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas, o Los miserables de Victor Hugo, o Los misterios de París de Eugene Sue; o mejor dicho, la obra de Sue tiende a estar un tanto descatalogada, lo que es una lástima, porque es un folletín excelente. Pues bien, tales obras que hoy en día se venden como novelas en un solo tomo, en su día se publicaron capítulo a capítulo en la prensa cotidiana. El truco era que un periódico contrataba los servicios de un folletinista que escribiera una historia lo más enrevesada posible, para que los lectores se quedaran en un brinco y compraran el ejemplar del día siguiente para averiguar cómo seguía. Lo que motivó algunos pocos abusos, por supuesto. Ambrose Bierce reflexionaba con su sarcasmo habitual que cada capítulo de un folletín venía con un resumen de lo acontecido en los episodios anteriores para que el público se enchufara, cuando hubiera sido más útil un resumen de lo que iba a acontecer, para así no tener que seguir comprando el folletín. No por nada es de Ambrose Bierce de quien hablamos.

La blogósfera abrió toda una nueva puerta para estas publicaciones temáticas. La propia dinámica de los blogs, de tipo dispara y olvídate, las hace ideales para una blogoserie, desde el punto de vista del autor. Es decir, el autor sólo debe limitarse a escribir el capítulo del día o de la semana, y el propio blog se encarga de darle formato. Con la posibilidad de dejar posteos programados, es posible incluso dejar capítulos con meses de anticipación, lo que simplifica mucho el trabajo. Después de todo, es más sencillo escribir y corregir una traca de episodios y dejarlos programados, que sentarse laboriosamente cada cierto período corto de tiempo para retomar la historia, escribir lo que viene, y dejarla hasta el siguiente episodio. La coherencia interna del relato gana mucho con eso.

Mis propias experiencias con las blogoseries partieron en el lejano año de 2.007. En esas fechas yo estaba a cargo de Tribu de Plutón, el blog colaborativo que al final terminó transformado casi en colaboración de yo conmigo mismo. En paralelo a Tribu de Plutón, desarrollé no una sino tres blogoseries distintas. Estas fueron Corona de Amenofis, Marbod el Bárbaro e Infra Terra.

Debo decir que ninguna de ellas tuvo un éxito particular. No me atrevo a aventurar razones. Miradas en retrospectiva, no estaban mal escritas ni mucho menos. Quizás el dedicarle un blog a cada una de ellas, asustó a la gente. Quizás los capítulos eran demasiado largos. Quizás las premisas eran poco atractivas. La razón de su escasa repercusión puede ser alguna de ésas, todas, o alguna otra diferente. El caso es que, andando el tiempo, hice el intento por importarlas a la Guillermocracia. De Marbod el Bárbaro, llegué a publicar nueve capítulos, de los treinta y cinco que comprenden tanto Marbod el Bárbaro la serie original, como su secuela Marbod el Bárbaro: Roma prevalecerá, y su spin-off, Tecnófilo: Conquistador de Marte. Corona de Amenofis por su parte llegó a tener 123 episodios, pero en la Guillermocracia se han publicado apenas tres. En ambos casos, no he seguido publicando el material, principalmente por la falta de interés de los lectores.

Para el lector, uno de los fantasmas de cualquier blogoserie es la posibilidad de que quede interrumpida. Es decir, el lector se entusiasma con una historia y unos personajes, y quiere saber qué sucederá con ellos... sólo para encontrarse con que el escritor, por una razón u otra, decide no seguir escribiéndola. El enojo del lector entonces es bastante comprensible: ¿para qué involucrarse emocionalmente con una historia y unos personajes sobre los cuales no hay ninguna seguridad de que éstos sigan adelante? Esta es la plaga de cualquier ficción serializada. Díganselo si no a las series televisivas; éstas son creadas no por un escritor en solitario, sino por equipos completos de actores, guionistas y productores, y aún así pueden dejar al espectador colgado de la brocha. El problema es que la falta de seguidores por temor a la cancelación de la historia lleva precisamente a la cancelación de la historia por falta de seguidores; una profecía autocumplida, en definitiva. En Estados Unidos, a esto lo llaman el Efecto Firefly, en homenaje a la mítica serie televisiva Firefly que fue cancelada porque nadie se había embarcado para verla... y nadie se había embarcado para verla porque tenían miedo de que fuera cancelada. Al menos, los fanáticos de Firefly obtuvieron una película que significó una suerte de resolución.

Puedo decir con orgullo, en mi calidad de escritor de blogoseries, que he puesto mi empeño en darle conclusión a las historias. Corona de Amenofis se publicaba en ciclos anuales de 24 episodios, a razón de uno semanal. Es decir, seis meses de historias seguidos de seis meses de pausa, igual que el modelo televisivo clásico de Estados Unidos. Cada final de ciclo fue escrito además como potencial conclusión de la historia. Lo único malo es que el sexto ciclo quedó interrumpido en su capítulo tres, por lo que en lo que a mí respecta, el final de la historia es el capítulo 120, en donde varios personajes fallecen luego de una épica batalla, sin perjuicio de que el villano principal de la historia queda vivo para librar una nueva guerra. Quizás no es el final más satisfactorio, pero es un final, y eso debería contar. En cuanto a Marbod el Bárbaro, después del primer y único ciclo de 24 episodios, engendró una secuela autoconclusiva (Marbod el Bárbaro: Roma prevalecerá) y un spin-off también autoconclusivo, aunque con un gancho para una potencial secuela (Tecnófilo: Conquistador de Marte). E Infra Terra, después de dos ciclos de 24 capítulos cada uno, recibió un ciclo final de 16 episodios para sumar 64 en total; estaba programado que la historia siguiera mucho más adelante, pero al decidir cancelarla de manera anticipada, alteré también el final para que fuera el cierre de toda la historia. Así, la única gran excepción a la regla es High Fantasy Manga, que no fue publicada por separado sino aquí mismo en la Guillermocracia, y quedó interrumpida sin final de ninguna clase, simplemente porque ningún lector se ha interesado por ella.

Lo que me lleva a Bastión Esperanza. ¿Habrá un final para esta blogoserie, o no? En realidad, a diferencia de las otras blogoseries que han sido creadas un poco con espíritu de ir expandiendo el universo narrativo sobre la marcha, Bastión Esperanza tiene una historia de fondo bien definida. Puede que cambien los detalles, pero hay un mapa general de cuál es el conflicto, qué derrotero seguirá, y cómo se resolverá. Y por el camino, hay varios puntos potenciales que cerrarán arcos narrativos, y que arreglados de manera conveniente, pueden servir como cierre para la saga, si es que por algún motivo no puedo seguir escribiéndola, o los lectores deciden bajarse. Así, y salvo los accidentes e imponderables propios de la existencia humana, como por ejemplo que yo me saque el premio mayor de la lotería y envíe la actividad bloguera al demonio para reventarme el hígado bebiéndome toda la producción vitivinícola de Francia, no es que los lectores de Bastión Esperanza vayan a quedarse huérfanos.

Y terminemos con lo que creo es más jugoso para lectores y escritores por igual: ¿es demasiado difícil escribir una blogoserie? ¿Es diferente a escribir otro tipo de ficciones? La respuesta es... sí, y no.

Por definición, lo más importante de una blogoserie es el carácter serializado de la historia. Esto significa que cada episodio debe hacer avanzar la historia, no importa cómo. No deben haber tiempos muertos. Cada episodio debe construir tensión de manera imperiosa. Pueden insertarse episodios de respiro, y de hecho, esto es deseable si la historia alcanza una cierta extensión, pero deben ser eso, episodios de respiro y nada más. En una novela tradicional, el escritor puede darse el lujo de derrochar cincuenta o cien páginas construyendo la acción y los personajes, porque se entiende que el lector, viendo el tomazo, o el tamaño del PDF, tendrá la paciencia para seguir. En una blogoserie, el lector debe quedar enganchado desde el capítulo uno, y luego no debe querer bajarse más. Escribir una blogoserie es más complicado de lo que parece.

Lo anterior lleva, por supuesto, al famoso tema del continuará. Todos los episodios deben terminar en un punto alto, para que el lector quede con ganas de regresar. No en balde, a esto en inglés se le llama cliffhanger, literalmente el pobre infeliz que queda colgado del precipicio, por el clásico recurso folletinesco de concluir episodios dejando a los personajes a punto de desnucarse barranco abajo. Aunque no es necesario poner en peligro físico a los personajes: muchas veces, basta un final con alto contenido emocional para que el lector quiera regresar después por más. En los diez primeros episodios de Bastión Esperanza, de hecho, los episodios que terminan en un cliffhanger con peligro físico inmediato son los menos, si se mira bien.

Que cada episodio deba hacer avanzar la historia no importa cómo, lleva al problema de dosificar la información. Esto significa que cada capítulo debe arrojar nueva luz sobre lo que está pasando con la historia y sus personajes. Un capítulo en donde el lector no aprende siquiera algo sobre la historia, o sus personajes, o sobre el trasfondo, es un episodio desperdiciado. Así, los primeros capítulos de Bastión Esperanza se refieren a la primera batalla contra los alienígenas, y por ende, cada nueva información se refiere principalmente a la historia; los episodios siguientes lidian con las consecuencias de dicha batalla para los humanos involucrados en la misma, y por ende, la clase de información varía, ya que ahora vemos más relaciones entre personajes, y aprendemos un poco más sobre el trasfondo político y social del planeta Esperanza.

Escribir una blogoserie es un trabajo a la vez ingrato y gratificante. Ingrato, porque es bastante más restrictivo que escribir una ficción por libre. Pero gratificante también, porque si el trabajo queda bien hecho, la construcción de la historia y sus personajes permite adentrarse en un universo narrativo del que uno es creador, es cierto, pero también en cierta medida se transforma en testigo. La mejor medida de que el trabajo ha quedado bien hecho, es si el escritor mismo toma capítulos antiguos y sentándose a leerlos, se queda prendido de ellos y desea seguir leyendo sin que importe que es el mismo escritor quien ha escrito esas palabras y ha guiado de esa manera la acción. Es lo que, modestia aparte, me ha sucedido con Bastión Esperanza. La blogoserie no está exenta de defectos, que los tiene, y algunos bastante gruesos; pero creo que en su primera decena de episodios a lo menos, ha cumplido con dignidad en su tarea de crear un universo narrativo con varios matices.

2 comentarios:

Cidroq dijo...

Muy buen post, y gracias por compartir tus experiencias, Bastión Esperanza va por buen camino, por cierto, el correo que tienes registrado para la guillermocracia lo atiendes aun?, hablando de blogoseries hay un asunto que me gustaría contarte, ya sea por ese mail o algun otro que pudieras atender.

saludos

Guillermo Ríos dijo...

De nada, y se agradece el comentario positivo sobre Bastión Esperanza.

El correo en cuestión sigue en activo, aunque lo reviso bien de tarde en tarde, más que nada porque casi nadie escribe ahí. Pero estaré atento por si es el caso.

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