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martes, 21 de julio de 2015

Bastión Esperanza - "Transformaremos la muerte en nueva vida".


Aprovechando el hallazgo de algunas bebidas alcohólicas a bordo de Ganímedes, Chu se sirvió un vaso de whisky; le pareció desagradable tibio y sin hielo, pero las alternativas eran peores. Vía menterminal, el Presidente Grigori Kulkov acababa de confirmarlo como capitán de Ganímedes. Eso sí, le habían informado, el estatus de Ganímedes seguía en discusión: ¿era una nave civil?, ¿era una nave militar?, ¿era una nave civil sirviendo como parte de la reserva por tratarse de tiempos de guerra?

Que los abogados se hicieran trizas por esas minucias legales. Al Capitán Weng Chu le preocupaba el discurso fúnebre que había escrito, y que pronto debería pronunciar. Hubiera preferido un responso sencillo por las víctimas caídas en combate, pero el Gobierno había pedido esperar hasta tener una lista oficial elaborada con los perdidos en acción y caídos en combate, y además, habían pedido algo suntuoso, como propaganda de guerra. El Capitán Chu se sentía agraviado; sus camaradas perdidos eran hombres sencillos y dignos que habían caído luchando con bravura y honor. No se merecían ser carne de jingoísmo. Pero eran órdenes, y las órdenes son para cumplirlas.

El Capitán Chu salió a una sala de Ganímedes, habilitada como salón de honor. Habían instalado un podio, y se subió a él. La menterminal empezó a hacer correr las palabras del discurso, y él las leyó.

– Damas... caballeros... Como nuevo capitán de Ganímedes, he tenido muchas labores que realizar. Y sin embargo, ninguna es tan ingrata como la que me ocupa ahora, cual es dar el último adiós a los caídos en la batalla contra el enemigo. Hubiera preferido mil veces no tener que asumir este cargo, si así me hubiera librado de lo penoso que es el despedir a hombres y mujeres valerosos, que ofrendaron sus vidas por la defensa de Esperanza, entre ellos mi antiguo superior al mando, el Capitán... Severo... Ab... Ab... Ustedes, perdonen, disculpen – dijo, interrumpiéndose para controlarse, al mismo tiempo que avergonzándose de su propia debilidad. ¡Sus subordinados debían verle sereno, después de todo!

– El Capitán Chu ha trabajado demasiado. Está a punto de colapsar – comentó Paparizou en voz baja.

– ¡Silencio! – farfulló Escalante.

El Capitán SeveroAbascal, que por desgracia ha sido una de las personas perdidas enacción... – dijo el Capitán Chu, y luego tomó aire para seguir. – El era un hombre profundamente religioso, y creía en Dios por sobre todas las cosas. Y él decía que nosotros los soldados no peleamos por amor a la muerte o a la destrucción. Por el contrario, nosotros peleamos por las vidas y la seguridad de nuestras familias, nuestra gente, y también por Esperanza, el mundo que recién empezamos a colonizar. Y es por eso que, en circunstancias como ésta... debemos examinar lo que para nosotros significa Esperanza.

– Qué pregunta. Es nuestra casa – dijo Numerio, encogiéndose de hombros ante lo que le parecía obvio.

– ¡Scht, Numerio! – lo hizo callar Alba. Numerio, compungido, musitó un “perdón...” con los labios.

– Para los mayores, Esperanza es el mundo al que vinimos después de abandonar la Tierra, después de la casi extinción de la Humanidad. Lo hicimos para crear un nuevo hogar, que fuera la base para una vida nueva. Es por eso que llamamos Esperanza a este mundo. Para los más jóvenes, Esperanza es simplemente su cuna. Cuando decimos que queremos vivir en Esperanza, queremos decir que nos quedaremos en este mundo, y además, que lo haremos con optimismo... y fe. Es por eso que estamos luchando: por construir una nueva vida. Es por eso que ellos cayeron: por construir una nueva vida. Y es por eso que no nos rendiremos: porque construiremos una nueva vida. Así, transformaremos la muerte en nueva vida. Y la esperanza será nuestra fortaleza y nuestro bastión. Por eso, por favor... griten conmigo. ¡Vivan nuestros héroes! ¡Vivan los seres humanos! ¡Viva Esperanza!

La gente que presenciaba el discurso fúnebre, estalló de inmediato en vítores de toda clase.

– El Capitán Chu tiene un don, parece ser – dijo Alba, sonriendo con dulzura.

– Más vale que así sea – dijo Lincopán, sarcástica. – Porque eres la única capaz de volar a Ganímedes y él ahora es el Capitán, y por eso, más vale que ustedes dos simpaticen, o todos estaremos fritos.

OxxxOxOOOxOxxxO

Sandrine presenció la ceremonia fúnebre, y después se acostó aunque todavía no era de noche. Había preguntado insistentemente a los militares acerca del paradero de su marido, pero en vano. Hasta que, de pronto, de la nada, un oficial de alto rango se puso en contacto con ella, vía menterminal.

– Buenos días, doña Sandrine – dijo el oficial, luego de verificar los códigos de seguridad que comprobaban que la conexión vía menterminal había sido efectuada con la persona correcta. – Soy el Teniente Kaito Nakamura, cómo está usted...

– Bien... – dijo Sandrine, desconcertada. Por lo general, las comunicaciones eran con oficiales de bajo rango. Debía ser importante si uno de alto rango detenía sus labores para dirigirse a ella, una civil.

– Doña Sandrine... me temo mucho que debo darle una noticia terrible. He preferido comunicársela en persona, en vez de delegársela a un subordinado, debido al profundo aprecio que sentía por su marido, como camarada de armas.

Sandrine comenzó a llorar en silencio. Ya adivinaba lo que le iban a decir: su marido había muerto.

– Doña Sandrine... hemos decidido cesar las labores de búsqueda de su marido.

– ¿Eso es? ¿O sea que... podría todavía estar vivo...? – preguntó Sandrine.

– No lo creemos así, doña Sandrine. No hemos recuperado su cuerpo o partes de él, pero si estuviera en Ganímedes, ya lo habríamos encontrado. Otras naves no reportan haberlo rescatado. De manera que lo más seguro es... asumir que su marido, el Teniente Klaus White, falleció en acción abordo del Coloso.

– Gracias – dijo Sandrine, quedamente.

– Si hay algo más en lo que pueda ayudarla, entonces no dude en...

– Quiero subir arriba. Quiero ir a Ganímedes – interrumpió Sandrine.

– Pero doña Sandrine, estamos en cuarentena, y no puedo asegurarle que...

– Teniente, yo soy experta en robótica. Van a necesitar a expertos en robótica para que esa chatarra que tienen en órbita, vuele para alguna parte. Arregle que me suban.

– Ve... Veré lo que puedo hacer – dijo el Teniente Nakamura, perplejo, pero con firmeza militar.

Y al cortarse la comunicación, Sandrine suspiró. En realidad no había sido la mejor esposa del mundo, pero ya era tarde: su marido estaba muerto, y no podía hacerse nada al respecto. No se hacía ilusiones de que White apareciera con vida.

Pero Escalante sí que estaba allá arriba, en Ganímedes.

OxxxOxOOOxOxxxO

El hombre sentado en el sillón del hospital, levantó de pronto la cabeza; había cabeceado sin darse cuenta. Estaba pálido y demacrado, con los ojos macilentos; los doctores le habían insistido en que probara a dormir un poco, pero realmente no podía. En respuesta, su cuerpo de pronto se desconectaba y lo arrojaba al sueño profundo cada cierta cantidad de rato, sólo para volverlo a despertar en un estado de ansiedad e irritación.

En esa situación, apareció una enfermera. No traía cara de preocupación, sino que de sonrisa:

– Ya puede pasar, señor Hernández. Su esposa ya despertó.

Hernández a duras penas pudo contenerse. Entró, tratando de mantenerse calmado.

– Sea suave. Ella está muy débil todavía – dijo la enfermera.

Hernández miró a la cama en donde estaba su esposa. Parecía dormitar, pero al sentir que él se acercaba, ella abrió los ojos.

– ¡Beni! – dijo ella, pero parecía costarle trabajo respirar.

– Gianna... – dijo él. – ¿Ya viste a nuestra niña? ¡Es preciosa!

El rostro de Gianna se iluminó.

– Los médicos dicen que me voy a poner bien, que sólo tengo que descansar... – dijo Gianna, y se interrumpió porque se le agotó el aire en los pulmones.

– Tranquila, vas a estar bien. Los médicos dicen que sólo fue la tensión nerviosa, que sólo necesitas descansar.

El ataque alienígena contra Ciudad de la Libertad había resultado particularmente brutal para Gianna, cuya familia vivía allá. Gianna misma estaba en Ciudad del Progreso, a donde había seguido a su marido. En el minuto del ataque, la familia de Gianna estaba festejando con ella su cumpleaños, vía menterminal. En cosa de un segundo, la felicidad se había visto reemplazada por un ruido infernal, y luego, el negro absoluto y el silencio más sepulcral. La familia de Gianna ni siquiera había alcanzado a gritar de dolor; la onda de calor los había reducido a vapor en milisegundos. El cuerpo de Gianna no había resistido, había sufrido una descompensación generalizada, y había comenzado labores de parto un mes antes de lo programado.

Su hija había nacido con ocho meses. Pero estaba viva, y saludable.

– ¿Sabes, Gianna? Estaba pensando... ¿Por qué no la llamamos Consuelo?

– Benito... – dijo Gianna, tratando de incorporarse. Rara vez usaba el nombre completo de su marido.

– Cálmate, Gianna, cuidado... Yo... Mira, todo esto es difícil. No sabemos qué va a pasar. No sabemos si los extraterrestres van a volver. Pero... mira... Ella tiene que ser nuestro consuelo, para salir de esto.

– O sea que... ya no se va a llamar Giuseppina – dijo Gianna, algo frustrada. Pero él insistió un poco más, sin palabras audibles, sólo musitando el nombre con los labios, sonriendo con la sonrisa que había enamorado a Gianna desde que se habían conocido, hacía tres años atrás. Ella se rindió, y añadió entonces: – Consuelo. Será nuestro consuelo.

OxxxOxOOOxOxxxO

El profesor Higgins seguía trabajando en sus investigaciones, analizando intensivamente él y su equipo la batalla contra los alienígenas. De pronto, uno de sus subordinados le pasó vía menterminal los resultados que acababa de obtener acerca de la colisión y explosión entre la nave enemiga y el Coloso.

– ¿Está seguro de esto, Richter?

Richter asintió. El profesor Higgins se quedó perplejo. Era imposible, simplemente imposible. Violaba todas las leyes de la Física conocida. Violaba el principio de la conservación de la materia y la energía.

Según los análisis, después de la colisión, la suma de la materia y energía calculada para los fragmentos de chatarra y la onda energética era grotescamente inferior a la suma de las masas estimadas de ambas naves, incluyendo su energía, cinética o de cualquier otro tipo. En otros términos, había desaparecido energía y materia, como si un prestidigitador hubiera roto las leyes de la Física por simple antojo.

– Richter... ¿es posible que estemos ante alguna forma de teletransporte o similar...? Es la única explicación que se me ocurre para la desaparición de materia o energía.

– Donna y yo pensamos lo mismo, señor – respondió Richter. – Aunque si los alienígenas dominaran la tecnología del teletransporte, supuesto de que ésta fuera posible... ¿por qué no aparecieron de manera directa en órbita de Esperanza?

– Otro misterio más a la lista – dijo el profesor Higgins, con resignación. – Bien... sigan investigando.

Richter se retiró a seguir trabajando. El profesor Higgins se quedó meditabundo. Odiaba la carnicería, la muerte, la destrucción. Había renunciado a trabajar para la Academia de Ciencias de Esperanza y entrado al servicio de los militares justamente con la ilusión de que sus investigaciones le ayudaran a impedir que hubiera guerras en el futuro. Ahora, por ironías del destino, debía asegurarse el triunfo de los humanos sobre los alienígenas a través de más carnicería, muerte y destrucción. Y sin embargo... Era una noticia esperanzadora. ¿Acaso el Capitán Chu no había hablado de transformar la muerte en nueva vida...? De manera que, vía menterminal, se comunicó con el Comandante interino Luca.

– Señor... Tengo noticias. Por el minuto, es sólo una hipótesis de trabajo sin confirmar, pero... existe una pequeña posibilidad de que el Capitán Abascal sí se encuentre vivo, en alguna parte del universo...

つづく

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