domingo, 21 de junio de 2015

Lo que (no) sabemos de los griegos.

La Biblioteca de Alejandría, en una recreación para la serie televisiva Cosmos de 1.980.
Aprender Historia parece fácil, en un comienzo. Basta con agarrar un manual, y ahí están todos los hechos y procesos sociales, tan bien delimitados y explicados como sea el talento del escritor de marras. De tarde en tarde, para las áreas menos iluminadas por nuestro conocimiento histórico, aparecen algunas incertidumbres: datos no del todo precisos, la abreviatura "aprox." para ciertas fechas, algunas referencias a vacíos o lagunas en el registro histórico. Esto vale tanto para la historia antigua, en donde es más obvio, como para la historia reciente que no está del todo documentada. Un escritor cualquiera del siglo XX, por ejemplo, cuya importancia sea obvia en vida será también objeto de tantos estudios y análisis que lo sabremos casi todo de él, pero uno reconocido de manera póstuma será uno en que mucha información potencialmente vital para entenderlo, se habrá perdido en el tráfago cotidiano: cartas quemadas, actas y certificados destruidos, testigos que han fallecido... El conocimiento histórico, lo que sabemos de otros lugares y épocas, no es tan preciso como nos gustaría. Y para ello, nada mejor que referirnos aquí en la Guillermocracia a uno de los campos en apariencia mejor conocidos, como es el mundo griego, pero que en realidad está sometido a una serie de deformaciones. ¿Por qué? Porque mucha información desapareció en el camino. ¿Cuánta, de qué calidad? No lo sabemos. Ese es el problema.

Se suele considerar el origen de la cultura griega a la isla de Creta. Sobre la misma no sabemos nada que no sea por el registro arqueológico, siempre difícil de interpretar. Los cretenses poseían una escritura, pero no la hemos conseguido descifrar. Cuando decimos de algo que es como leer chino, olvidamos que podemos aprender chino y leerlo por muy difícil que sea. O chinos en plural, porque hay más de un idioma chino. El cretense, en cambio, se ha perdido quizás para siempre porque nadie se tomó la molestia de dejarnos un diccionario cretense-actualés; por tanto, nadie hoy en día en el mundo puede aprender cretense y leerlo. Quizás algún día aparezca un Champollion que descubra la clave del asunto, y leer cretense se transforme en algo tan sencillo y rutinario como leer, digamos, jeroglíficos egipcios, pero no hay miras de que esto vaya a suceder en el mediano plazo.

Luego vino otra cultura, la de los micénicos. Unos pueblos llamados los aqueos invadieron Grecia y crearon una serie de reinos, el más famoso de los cuales es el regido desde la ciudad de Micenas. Sobre sus reyes y su sociedad no sabemos casi nada. Textos históricos de la época, no nos queda ninguno. El grueso de lo que hemos podido reconstruir, es extrapolando a partir de los poemas escritos por un tal Homero, que se refirió a un incidente de los tiempos aqueos: la guerra de estos pueblos con un puerto mercantil llamado Troya. Pero Homero en primer lugar no era historiador, y sus poemas épicos buscan entretener a la audiencia, no enseñar Historia. Además, escribió cerca de tres siglos después de los eventos que describe, si no más. Casi todo lo que sabemos sobre el mundo micénico, en realidad es una laboriosa reconstrucción que mezcla los siempre inseguros testimonios arqueológicos, reinterpretaciones de mitos griegos antiguos, y un examen de la evolución de los nombres de ciudades y regiones para determinar qué sitios acabaron como la Tierra bajo los Invid, y qué sitios se libraron de ser invadidos. Hacia el siglo XII a.C. cayó sobre Grecia una invasión de un pueblo llamado los dorios, y lo único que quedó para la posteridad fueron los mencionados nombres geográficos, un puñado de leyendas, y algunos sitios arqueológicos dispersos por aquí y por allá. Es casi un milagro que sepamos cosas de ellos, con semejantes vacíos en nuestro conocimiento.

La época que viene después, es llamada con acierto la Edad Oscura. Sobre la historia de Grecia desde el siglo XII al siglo VIII a.C. no sabemos prácticamente nada. Podemos hacernos una idea de las costumbres, creencias y escala de valores de las gentes de esa época a través de los poemas de Homero (La Ilíada y La Odisea), y tener un vislumbre de la vida cotidiana campesina de esos tiempos gracias a la obra llamada Los trabajos y los días, un poema de Hesíodo, autor sobre el que no sabemos nada, sólo para variar un poco. Por cierto, La Ilíada y La Odisea formaban parte de un ciclo mitológico mucho más extenso, escrito por varios autores a lo largo de cerca de tres siglos, que fue compendiado por un erudito del siglo III a.C. llamado Zenódoto; dicho canon estaba conformado por catorce poemas épicos, pero de la mayoría de ellos no se conservan sino fragmentos, y en algún caso afortunado, algún autor romano posterior nos ha legado un resumen del argumento. Es como si de aquí a dos mil años más, la gente conociera el argumento de Lo que el viento se llevóCien años de soledad o Juego de Tronos únicamente porque un erudito en materias literarias escribió un resumen de mil o dos mil palabras sobre tales obras, dentro de una obra de erudición literaria mayor.

Aqueos luchando contra invasores dorios.
El período que vino después, está algo mejor documentado. Grecia entró en la red de comercio internacional que iba hasta el Medio Oriente, el nivel cultural se elevó, y surgió una pléyade de escritores que nos han dado una idea de en qué clase de mundo vivían. Por desgracia, de muchos de ellos se conservan apenas fragmentos, en algunos casos ni siquiera de primera fuente sino por citas de segunda mano. En los siglos VI y V a.C. florecieron varios eruditos que escribieron importantísimos tratados filosóficos y científicos, colectivamente conocidos como el Racionalismo Jónico, y sin embargo sólo sabemos de dichos eruditos, sus ideas y sus obras, gracias a recopilaciones posteriores. Si usted oye hablar cualquier anécdota sobre los llamados filósofos presocráticos, hay buenas posibilidades de que el autor esté haciendo copiar y pegar sobre un tratado de un historiador del siglo III a.C. llamado Diógenes Laercio, que es la casi la única fuente sobre varios de ellos; conociendo este dato, de pronto nos sentimos mucho más inseguros sobre lo que sabemos de los filósofos griegos. En cuanto a Diógenes Laercio mismo, siguiendo la tradición... tampoco sabemos nada de él, así es que cualquier sesgo de simpatía o antipatía hacia sus biografiados que hubiera podido tener, no lo podemos filtrar. Pero esta segunda información de segunda mano es lo que hay, de manera que no queda más remedio que trabajar sobre ella. En algunos casos hemos tenido una buena suerte casi cósmica: creíamos que la obra de la poetisa Safo de Lesbos se había perdido para siempre, salvo algunas citas casuales, hasta que la arqueología moderna encontró textos literarios de su autoría... copiados en papiros egipcios y conservados en Egipto. No es mucho, pero es que antes de eso no se tenía nada, salvo uno o dos versos citados por autores romanos. Ojalá hubiéramos esa misma suerte con otros poetas muy apreciados de esa época, pero cuyo gusto no podemos compartir porque no hemos leído ni podemos leer nada de ellos.

Del llamado Siglo de Oro de Pericles (siglo V a.C.) conservamos mucho más material. Del dramaturgo Esquilo por ejemplo conservamos siete tragedias, incluyendo una trilogía completa, la Orestíada. Nada mal, aunque si consideramos que su canon estaba conformado por 123 obras, como que sabe a poco; al menos entre las que conservamos está Prometeo encadenado, una de las obras seminales del canon occidental, y no por nada. Con Sófocles sucede otro tanto, aunque entre las que nos llegaron hasta la actualidad están las monumentales Edipo rey y Antígona. Existió en Atenas una vasta producción de comedias, tantas que había un festival de competencia con comedias de estreno todos los años; pero las únicas obras teatrales del género que nos han llegado desde esa época son las escritas por Aristófanes, once de ellas. Sobre cuánto se ha perdido, y sobre todo de qué calidad, es algo que sólo podemos especular. Pero piense usted en qué pasaría si de aquí a dos mil años más se conservaran sólo Coriolano y Las alegres comadres de Windsor, de un tal William Shakespeare, más la noticia de que el bardo inglés de marras escribió algunas cosas más que eran muy apreciadas por sus contemporáneos, y cuyos títulos parece que eran Romeo y Julieta, Hamlet, Julio César o El mercader de Venecia.

Durante los quinientos años posteriores al Siglo de Oro se produce una paradoja: conservamos más material del siglo I a.C. en adelante, que de los siglos IV a II a.C. ¿Por qué? Por puro accidente. Resulta que en el siglo V a.C., debido al predominio imperial de Atenas, el dialecto ático se transformó en el griego por excelencia, hasta el punto de desplazar al dorio (de Esparta y sus alrededores) o los dialectos jónicos (en los cuales escribían el grueso de los filósofos presocráticos). Cuando en la actualidad usted estudia griego antiguo, algo hoy en día más friki incluso que ser un otaku que estudie japonés, lo que está estudiando en realidad es principalmente griego ático, que es uno de los dialectos griegos, no el único en hablarse, y no el único en tener una literatura propia. Es como lo que pasó en España con el castellano versus el galaico-portugués; el castellano llegó a ser tan predominante sobre otros idiomas hispánicos, que ha pasado a ser el español por antonomasia. Hoy en día el Cantar de Mio Cid y el Quijote de la Mancha forman parte de los estudios escolares de todo el mundo hispanohablante, pero la poesía escrita en Galicia durante los siglos XII a XIV, un bastante grueso corpus literario, es material sólo para eruditos y ratones de biblioteca, no porque dicho material sea de inferior calidad, sino por el accidente de que el castellano fue el idioma de los conquistadores que construyeron el Imperio Español, mientras que el galaico-portugués falleció cuando Galicia y Portugal quedaron separados por una frontera política, y el idioma se escindió en dos nuevos, los actuales gallego y portugués precisamente.

El Partenón de Atenas.
Ahora bien, la expansión del comercio internacional en el siglo IV a.C. llevó a una corrupción del ático clásico, el que se mezcló con idiomas de todo el Mediterráneo Oriental hasta formar una lengua común, llamada en griego koiné. Por supuesto que muchos escritores de esa hornada dejaron de lado el ático clásico y empezaron a escribir en koiné, por la misma razón por la cual un escritor de castellano moderno utiliza el castellano moderno y no el castellano cervantino. Pero luego, cuando Grecia perdió su independencia política a manos del Imperio Romano, se produjo una reacción nacionalista en el campo cultural que llevó a revalorizar el antiguo ático, hasta el punto que los nuevos autores empezaron a escribir en un estilo que se llamó neoático, repudiando la koiné. Un buen puñado de esos autores neoáticos, incluyendo al satírico Luciano de Samósata (autor de Historia verdadera, el primer viaje a la Luna literario registrado, considerada por algunos como la primera novela de Ciencia Ficción) se han conservado, pero el grueso de los autores que escribieron en koiné se han perdido, porque los eruditos de la época copiaban los libros clásicos áticos, no las obras contemporáneas en koiné, para utilizarlas como modelo literario para sus propios textos. Y se gana usted un premio (metafóricamente hablando, no intente cobrarlo) si adivina qué obra literaria en koiné sí que se las ha arreglado para sobrevivir hasta hoy en día. Si dijo "ésta es fácil, me la sé... ¡ya lo tengo! ¡El Nuevo Testamento!", entonces acertó. Porque las partes del Nuevo Testamento escritas en griego son casi las únicas obras literarias de cierta extensión que han sobrevivido casi intactas hasta el día de hoy y que están escritas en koiné, y eso no porque los copistas apreciaran sus valores literarios (aunque los tenga, y de hecho los tiene), sino por su evidente valor religioso, por mucho que su estilo fuera el vulgar koiné y no el pedante neoático que se estilaba en la época.

Ya en la época de los eruditos griegos bajo el Imperio Romano, había comenzado la destrucción del antiguo material literario griego. Las obras en koiné fueron las primeras víctimas, pero siguieron otras. Muchas obras de la época fueron concentradas en la fastuosa Biblioteca de Alejandría. Pero durante la invasión de Julio César a Alejandría en 47 a.C., dicha Biblioteca ardió. No fue el golpe final, pero desde luego que muchos textos originales, incluyendo varias obras que los reyes alejandrinos habían comprado o directamente saqueado a Atenas, se perdieron. Luego vinieron los fanáticos cristianos. En tiempos del Emperador romano Teodosio, que consagró el Cristianismo como religión oficial del Imperio Romano a finales del siglo IV d.C., la Biblioteca de Alejandría ardió otra vez; el golpe final sobrevino con la invasión musulmana del año 640, cuando el califa Omar mandó quemar lo que quedaba de los rollos antiguos, so pretexto de que si estaban de acuerdo con el Corán eran superfluos, y si estaban en contra eran heréticos. Estos incendios fueron acompañados por diversas cacerías de libros paganos, y así mucho de la cultura clásica se perdió para siempre.

Créase o no, la cultura grecorromana no terminó de perderse del todo, como los fanáticos del Renacimiento nos quieren hacer creer. Es como el chiste de Piratas del Caribe en donde un pirata dice que donde va el villano no sobrevive nadie, y Jack Sparrow responde entonces que quién se encarga de propagar las historias sobre las fechorías del villano. Para que la literatura griega sobreviviera, en alguna parte debieron quedar libros que copiar. En Occidente, este lugar fue Irlanda. En el siglo IV o V d.C., la isla de Irlanda fue cristianizada a tiempo para que los monjes se llevaran allí numerosos textos antiguos clásicos, y se dedicaron a copiarlos; estos monjes trabajaron a salvo de las invasiones bárbaras porque para los germanos que atacaron Inglaterra (anglos, sajones y jutos), Irlanda quedaba demasiado lejos, y ni siquiera se tomaron la molestia de ir allá a invadir. En consecuencia, en los siglos venideros, y hasta bien pasado el Imperio Carolingio, los monjes irlandeses fueron los eruditos más sabios de toda Europa Occidental.

La versión medieval del actual copy-and-paste.
Pero había una trampa. En general, tendían a copiarse los textos más relacionados con la religión. Y esto significaba por supuesto copiar a los Padres de la Iglesia, fuera que escribieran en griego o latín, o bien a los filósofos paganos cuya filosofía hubiera servido de inspiración a esos Padres de la Iglesia, o al menos pudieran encajarse con sus doctrinas. Cualquiera diría, considerando que de Platón conservamos casi todo, que éste fue el filósofo más importante de su tiempo. En la realidad, Platón fue un filósofo intensamente criticado y combatido por sus contemporáneos, pero eso lo sabemos sólo por el testimonio de autores de segunda mano como el historiador antiguo Diógenes Laercio, ya que los textos de los autores contrarios a Platón se han perdido todos. ¿Por qué esta selección? Simplemente porque las teorías de Platón sobre el Mundo de las Ideas, sobre el dualismo entre la realidad material y el mundo filosófico, y sus exhortaciones a renunciar al mundo para buscar la vida filosófica, encajaban a las maravillas con las enseñanzas cristianas hasta el punto que Agustín de Hipona se inspiró en varias ideas platónicas para escribir La ciudad de Dios, mientras que los filósofos que cuestionaban a Platón eran considerados anticristianos, no se copiaban, y se perdieron. Una insigne víctima de este trato fue Diógenes el Cínico, que parece haber sido demasiado escéptico y pesimista como para gustarle a la Patrística cristiana y a los copistas posteriores.

De todas maneras, ésta era la situación en Occidente. En el Imperio Bizantino, créase o no, se conservó un importante cuerpo de obras procedentes del antiguo mundo griego. Todavía en el siglo X d.C., podían escribirse enciclopedias completas sobre los antiguos griegos, como por ejemplo la llamada Suda. Hoy en día, gracias a las herramientas del análisis crítico, sabemos que la Suda tiene muchas imprecisiones, pero aún así es una fuente secundaria importante sobre el mundo griego para nosotros porque los autores de la Suda tuvieron acceso a numerosos textos del antiguo mundo griego que nosotros no. ¿Qué pasó con esos textos en el intermedio, por qué los bizantinos no nos los legaron?

La culpa la tuvieron los venecianos. En 1.204, debido a las maquinaciones de Venecia, la Cuarta Cruzada se desvió de su objetivo de atacar Tierra Santa, y en vez de ello atacó a Constantinopla. El Imperio Bizantino fue destrozado y sus territorios fueron repartidos entre varios reinos feudales; fue reconstruido después por una dinastía llamada los Paleólogos, pero ya no fue lo mismo. Créase o no, los transeúntes en la Constantinopla de 1.204 todavía podían ver estatuas y pinturas griegas que tenían entre mil y mil quinientos años de antigüedad, en las calles y mansiones de dicha ciudad; eso es entre dos y tres veces el tiempo que ha transcurrido desde la Gioconda de Leonardo o la Piedad de Miguel Angel, que usted puede apreciar en los museos europeos, si es que consigue apartar brutalmente a las hordas de turistas que van más por decir yo estuve ahí y tomarse la selfie que por verdadera afición al arte. También los bizantinos podían leer libros antiguos en las bibliotecas; la copia más antigua que conservamos de la Ilíada es justamente un manuscrito ilustrado que data de los inicios del período bizantino, llamada la Ilíada Ambrosiana por encontrarse en la Biblioteca Ambrosiana de Milán. A saber cómo llegó a dicha ciudad.

Entrada de los cruzados a Constantinopla en 1.204. Litografía de 1.877 por Gustave Doré.
El saqueo de Constantinopla de 1.204 fue tan apocalíptico, que el propio Papa condenó a los cruzados por tratar así a los cristianos (parece que ese nivel de destrucción estaba reservado sólo para el infiel sarraceno). Las estatuas griegas fueron decapitadas, muchas de ellas arrojadas al mar o llevadas a Venecia para utilizar sus restos como materias primas en la construcción. Los libros fueron quemados simplemente por ser inútiles y de ningún valor para un soldado ávido de saquear y matar y enriquecerse en el camino. Cuando en 1.453 la ciudad de Constantinopla cayó finalmente en manos de los turcos, algunos eruditos bizantinos escaparon a Florencia y fundaron academias en donde enseñaron el antiguo legado griego, ayudando al Renacimiento. Pero iban con lo poquísimo que habían conseguido salvar de la orgía de destrucción generalizada que significó el saqueo de 1.204.

De manera que mucho de lo que sabemos del mundo griego, en realidad está distorsionado por la enorme cantidad de fuentes que hemos perdido. Lo que hemos conservado no necesariamente es lo mejor, y lo que hemos perdido es sin lugar a dudas mucho. Un listado de textos que hemos perdido quizás para siempre, debe incluir el grueso de la poesía de Anacreonte o Arquíloco, vates de la pasión y el amor a la vida. O los textos que hicieron evolucionar la Tragedia griega antes de la monumental obra de Esquilo. O la práctica totalidad de los filósofos presocráticos, más allá de alguna sentencia suelta que hemos conservado de ellos. O la escuela filosófica de los cínicos. O la inmensa mayoría de los textos científicos griegos, incluyendo el revolucionario tratado astronómico de Aristarco en que afirmaba que la Tierra giraba alrededor del Sol, y que conocemos sólo por referencias. O la historia en varios volúmenes del griego Polibio en que describe el ascenso del Imperio Romano en la época de las Guerras Púnicas, obra de la que sólo disponemos de algunos trozos. O la comedia posterior a Aristófanes, que nos es casi por completo desconocida, salvo por Teócrito y otros autores sueltos. y en otras artes no sólo hemos perdido el grueso de las esculturas, o los brazos de ellas a lo menos, sino que hemos perdido la totalidad de la Pintura griega, de manera que sólo podemos saber que el pintor Apeles era un genio por lo mucho que lo apreciaban sus contemporáneos, sin que podamos ver sus pinturas para formarnos nuestra propia opinión.

Todo lo anterior debería alejar al lector de la idea de que el pasado histórico es tan absoluto o está tan bien conocido como querríamos. El estudio de la Historia es un territorio mucho más movedizo de lo que nos gustaría, y con frecuencia los historiadores deben hacer lo mejor que pueden con lo poco que tienen. Porque si ese poco es lo que sabemos de los antiguos griegos, una de las civilizaciones antiguas más documentadas que existen, imagínense los dolores de cabeza que supone trabajar con mesopotámicos, egipcios, celtas o mayas. La Historia es un negocio mucho más inseguro de lo que a muchos les gustaría hacernos creer, y siempre hay que tomársela con un grano de sal.

Platón y Aristóteles, por Rafael.


6 comentarios:

Martín dijo...

Muy interesante entrada. Sabía que en la historia hay lagunas - por ejemplo, los hititas se creyeron imaginación de los autores de la Biblia hasta hace relativamente poco - pero no que eran tan extensas. También desconocía por completo lo referido a Platón.
Y repito, interesante a la vez que ilustrativa.

Guillermo Ríos dijo...

Lo de los hititas es caso aparte, que cuando los arqueólogos empezaron a levantar tablillas escritas en el idioma hitita y descubrieron que estaban sembradas por todo el Medio Oriente desde Turquía hasta Palestina, empezó a caerles la teja de que quizás no eran una tribu miserable como los fereceos o los jebuseos sino todo un imperio que se lo había tragado la Historia. Y a saber qué sorpresas adicionales nos esperan en lo sucesivo.

Gracias por las felicitaciones, y me alegra que la entrada haya quedado en forma.

Cidroq dijo...

Excelente, muy interesante, gracias por estos aportes Guillermo

Guillermo Ríos dijo...

De nada, y gracias por las felicitaciones.

Guillem Castro Izquierdo dijo...

Primeramente, felicitaciones por la página. Su contenido versa muy interesante para el ávido de saber algo más allá de lo mundano, si bien muchas veces lo mundano ya es difícil de saber.

Voy directo a mi opinión: Me gusta todo lo leído, pero quiero puntualizar cosas en las que difiero...

- No estoy de acuerdo con el tratamiento de Atenas como un imperio en sus tiempos mozos. Me baso en tres datos: el primero es que el concepto imperial va ligado estrechamente con un concepto de administración más o menos centralizada (más que menos) en favor de un pueblo dominante; Atenas no ejerció nunca administración alguna de éstas características (no confundir con pactos, convenios, tratados, e incluso presión militar-naval), en tal sentido es útil recordar que las colonias griegas como tal no existían, apoikia (el término equivalente a nuestra "colonia") era simplemente un "hogar fuera"..."del hogar", y se establecía la mayoría de las veces por fortunas no deseadas o circunstancias varias, en tanto además tales colonias no subyugaban al pueblo autóctono (eso no contempla el hecho de tratarlos mejor o peor), si bien si querían comerciar con ellos y hacer negocio para su poleis "madre". El otro hecho para tal reflexión es sobre el poderío militar: la flota ateniense, su joya, no era de subyugación para la conquista, no almenos como conquista permanente y expansionista, era el seguro de vida de su economía y sazón política (Solón, Miltíades, Xantiphus, Temístocles, Pericles, entre tantos, se dieron cuenta). El tercer factor era la propia cultura de la poleis, en tanto no creían en una administración extralimitada a muchas ciudades y centralizadas, más allá del círculo de influencia que si aceptaban y que para ellos era sinónimo de prosperidad, comercio, acumulación de riqueza y fácil control gubernativo de la ciudad por sus dimensiones. Adam Smith estaría orgulloso del concepto competitivo que tenía Grecia (puntualizando alguna bruta manera, jeje). La corriente de influencia Ateniense era un perjuicio para muchas otras ciudades y estados (la monea de Atenas era el dolar del siglo XX), y ello creó animadversión y el menosprecio de ser tachados de imperialistas, incluso por historiadores que se atreven a decir que Atenas era un imperio fallido, y que -El gran Macedonio- si que lo consiguió, así como los romanos (historiadores parcialistas...). Una curiosidad a ello, es reflexionar acerca de uno de los peores castigos que podía sufrir un griego de allí, el ostracismo de la poleis (un poco contradictorio con el concepto territorial de imperio).

- Hecho de menos (pero es algo menor y superficial) en el post hablar de cuestiones que moldearon sobremanera esa Grecia, aunque solamente fuera de mención: Licurgo, Solón de Atenas, el racismo Dorio que desembocó en la diferenciación entre dorios y jonios, si los aqueos o dorios eran los famosos "pueblos del mar", Pisístrato el tirano de Atenas (el mejor tirano de la historia. Quiero recordar que el concepto tirano no era de la negatividad que entendemos hoy en día), sobre que la mitología griega se divide entre lo anterior a los dorios y lo posterior haciendo una mixtura y aprovechando leyendas para justificar su dominio, hablar de ciertas batallas como Mícala o Marathon, hablar de la olvidada pero vital Thebes con sus beotarcas y el gran genio táctico de la humanidad Epaminondas o su "maestro" Pelopidas... Etc... Pero entiendo que eso da para un post más largo.

Saludos desde el viejo continente. Continuaré siendo "peregrinus" de por estos rincones.

Guillermo Ríos dijo...

Muchas gracias por las felicitaciones.

En realidad, a Atenas sí podemos considerarla como un imperio blando, si se me permite el barbarismo, en vías de convertirse en un imperio duro. Yo me atrevería a aseverar que en la Historia, la dominación imperial por conquista militar directa estilo Hernán Cortés o Francisco Pizarro tiende a ser más la excepción que la regla. Lo más normal, según yo lo entiendo, es que los imperios surjan un poco siguiendo el modelo de la República Romana: primero la expansión de los intereses comerciales, luego presiones o guerras contra los vecinos, luego pactos diplomáticos y comerciales con esos mismos vecinos, luego sujección al estatuto de reinos tributarios, y al último la anexión cruenta o incruenta y de pleno derecho a la administración imperial. Por ejemplo, la pugna entre Atenas y Samos en 440 a.C., uno de los puntos álgidos de la hegemonía ateniense vía Liga de Delos, ¿fue una acción imperial? Desde el punto de vista de considerar como imperio a una administración centralizada en favor de un pueblo dominante, no lo fue, por supuesto, porque fue una trifulca entre dos Estados en principio soberanos. Pero si consideramos que un imperio se construye en varias fases y la hegemonía ateniense iba en rumbo a transformar la Liga de Delos en su propio patio de juegos particular, entonces dicha acción sí que podemos considerarla como imperialista. La cuestión es muy larga de debatir, por supuesto, y de hecho, pensándolo bien, creo que voy a dedicar un posteo a futuro, a profundizar esa cuestión en particular.

Las otras cuestiones (Licurgo, Solón, etcétera), no las abordé porque el punto de posteo era tratar acerca de las lagunas e imperfecciones de nuestro conocimiento sobre la Grecia Antigua, a manera de ejemplo por las imperfecciones del conocimiento histórico en general, y no escribir derechamente una historia del mundo griego antiguo, que de por sí es algo que daría para unos cuantos tomos de texto. Uno de los proyectos de la Guillermocracia que se ha quedado en fase de idea, es justamente escribir una serie de posteos compendiando la historia del mundo griego antiguo, o del mundo grecorromano antiguo, pero no lo he hecho principalmente porque hay bastantes fuentes muy buenas al respecto, y no veo qué podría añadir yo sobre el particular, que otros autores no hayan tratado incluso mejor que yo. Pero si llegara a escribir y publicar dicha serie, entonces sí que habría espacio para Pisístrato, los dorios, los tiranos, las Guerras Médicas, Epaminondas, etcétera. Todas esas son historias apasionantes, después de todo.

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