martes, 23 de junio de 2015

Bastión Esperanza - "Tratando de evitar la extinción".


El General Luca descargó su irritación en forma de puñetazos bien visibles contra un escritorio. Luego, como eso no terminara de satisfacerlo, le dio un par de recias patadas. Resopló como un toro de lidia por unos instantes, y luego, más tranquilo, aunque aún con el rostro rojo, se dirigió al profesor Higgins:

– Elimine esa estática a la brevedad. Quiero saber cómo está la situación en la órbita.

Pasaron algunos minutos angustiosos. Pero finalmente, pudieron atravesar la profunda estática.

– ¡Señor! – gritó el profesor Higgins. – ¡Las cuatro naves enemigas contra las cuales cargó el Arecibo, todas fueron destruidas! ¡Pero la quinta nave, la que estaba enganchada en combate contra el Coloso y contra Ganímedes, se encuentra en curso de colisión contra el Coloso!

– ¿Y el resto?

– Nuestras naves están arribando al destino – dijo el profesor Higgins. – Las naves enemigas... ¡Están abandonando la órbita, señor!

– ¿Van a bombardearnos de nuevo? – palideció el General Luca, antes revisar la información por la menterminal. – ¡No! ¡Están viajando hacia el espacio profundo! ¡Se están retirando de Esperanza!

Todos lo veían, pero cuando el General Luca lo puso en palabras, la sala completa de técnicos y militares estalló en vítores y hurras. Incluso el General Luca, aliviado, extrajo su pañuelo y se secó el sudor de la frente, al tiempo que soltó un resoplido, lo que era lo más cercano a una sonrisa que podría sacársele. Sólo quedaba una nave enemiga combatiendo, y aunque ésta acabara con el Coloso, era seguro que Ganímedes, sólo o con apoyo de las otras naves que estaban llegando al escenario del combate, se encargarían de ella.

Sólo el profesor Higgins permaneció sombrío y en silencio. Era demasiado fácil. Habían acabado con cinco naves enemigas, y si liquidaban a la todavía enganchada en combate, serían seis en total. Pero aún así, quedarían dieciocho. Estas no se iban al espacio profundo sino que habían adoptado una trayectoria que las pondría en órbita alrededor de la Luna Mayor de Esperanza. Y con el enorme poder de fuego que habían manifestado, sumado a la profunda desorganización táctica de los humanos durante la batalla, cabía preguntarse por qué se retiraban de lo que parecía una victoria tan fácil.

– Van a volver – dijo el profesor Higgins, para sus adentros, desconectando su menterminal por un instante para que nadie leyera sus pensamientos. – No se retiraron porque los hiciéramos correr. No sé por qué se retiraron, pero no fue por algo que hicimos nosotros. Y cuando resuelvan los problemas que tengan, cualesquiera que éstos sean, van a volver. Y cuando lo hagan... cuando lo hagan...

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Mientras tanto, en órbita, la nave enemiga, atravesada de parte a parte por el disparo de Ganímedes, cargando consigo los restos del vacío cuántico generados por éste, embistió de lleno contra el Coloso. Este, aunque con los reactores Berserker Inferno operativos a media máquina, estaba demasiado dañado como para conseguir algo.

El impacto fue lento y pesado. La substancia de la cual estaba hecha la nave enemiga, cortó a través de las aleaciones del Coloso como la mantequilla. Un espantoso chirrido invadió a la nave.

– Llegó la hora – dijo el Capitán Abascal. – Ha sido un honor, y nos veremos en la otra vida, White.

– El honor ha sido mío, señor – dijo White, dejando a un lado su rifle con el cual, en el intertanto, había tiroteado a un decápodo que, de alguna manera, había conseguido abrirse paso hasta el puente de mando sólo para terminar acribillado hasta la muerte por un White implacable hasta el último.

En el exterior de Ganímedes, en el intertanto, Escalante y los suyos luchaban por entrar de regreso con sus golem a la nave. La colisión de la nave enemiga contra el Coloso eran muy malas noticias: cuando se produjera la detonación, la chatarra espacial iba a golpear de lleno la superficie de Ganímedes, y si alguno de los pedazos alcanzaba a los golem, los tripulantes en su interior serían acribillados sin misericordia. Escalante ya había perdido dos hombres con sus golem en vano; no quería perder otros adicionales. De manera ingresaban por las escotillas, uno a uno, rogando cada uno por que la explosión se demorara algunos segundos más, apenas algunos segundos...

Sobrevino una explosión gigantesca. El espacio se llenó de restos volando a velocidades hipersónicas. Uno de los golem fue alcanzado, y éste en conjunto con su tripulante salieron despedidos hacia el espacio infinito. A través de la menterminal resonaron los gritos y alaridos del pobre desgraciado. Ganímedes mismo retumbó con los pedazos y fragmentos de chatarra espacial que golpearon su casco.

Y luego, todo había terminado.

Escalante echó un vistazo rápido para contar a sus hombres. Nueve habían conseguido regresar a Ganímedes, incluyendo a él mismo. A medias aliviado, le dio mentalmente la orden al Golem Mayor, de que lo liberara. La especie de lodo de la que estaba hecho el golem, se abrió por el pecho, y Escalante se dejó medio caer hacia el exterior, tratando de no perder el equilibrio. Luego de que Escalante hubo salido, el Golem Mayor volvió a cerrarse. Otro tanto hicieron sus ocho compañeros, casi todos ellos sin dificultad, salvo por Paparizou.

– Si quiere un comentario, señor... Esto es casi mejor que tripular un caza – dijo Paparizou. Y añadió: – Dios, por qué no entré a la infantería.

– No está mal – dijo Escalante, pensativo y algo sombrío. – Sobrevivimos, supongo que eso cuenta.

Escalante había sobrevivido a la primera batalla real en su vida, que además había sido la primera batalla librada en contra de una potencia alienígena, y además lo había hecho dentro de un humanoide de una especie de lodo, de diez metros de alto, que nadie sabía como funcionaba, pero que parecía responder a las órdenes mentales, como si tuviera una especie de conexión telepática.

En otra parte de la nave, mientras tanto, Nakamura se dirigió hacia Chu:

– Usted es el oficial con mayor rango aquí, señor – dijo. – ¿Qué hacemos ahora?

– Conoce el protocolo, Nakamura. Examinar y curar a los heridos, hacer la lista de los caídos y los desaparecidos... Y prepararnos para regresar a Esperanza. Debemos estar listos para la siguiente batalla, porque una cosa le digo, Nakamura: esos bandidos van a volver.

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En el centro de comando de Ganímedes, mientras tanto, Alba se encogió de rodillas con movimientos lentos y deliberados, y dejándose caer al suelo, se quedó allí, inmóvil, con los brazos cruzados sobre las rodillas. Numerio se le acercó.

– Alba – dijo Numerio, apenado.

Numerio se preguntó cómo era posible que él, un niño de nueve años, hubiera podido resistir, y Alba no. La respuesta se le antojó obvia: Alba era demasiado dulce y sensible para una guerra. Por desgracia, por el minuto a lo menos, era la única persona capaz de controlar a Ganímedes, nave espacial que a su vez era la única gran carta que habían podido jugar los humanos para defender a Esperanza.

Alba suspiró. Por un instante se olvidó de Numerio, de Ganímedes, de la guerra y de los muertos. Desconectó la menterminal, y su mente comenzó a vagar incluso fuera de su propia voluntad. No le gustaban las peleas ni los conflictos, y tener que comandar a Ganímedes la había superado. Su mente retrocedió hasta su más tierna infancia, hasta los confusos recuerdos que poseía de su padre. Por un instante, sintió su mirada de reproche. Su padre siempre había sido tierno con ella, por lo que contemplarle enojado era casi un sinsentido. Y sin embargo, ahí podía verlo disgustado. Alba se preguntó por qué había dejado de lado la Medicina y había terminado estudiando materias relacionadas con la Física y la Ingeniería. Alba siempre había querido salvar vidas, no matarlas, ni siquiera en una guerra. Siempre lo había querido desde que su padre y su madre habían caído víctimas de la epidemia de muerte púrpura que había azotado a los primeros colonos de Esperanza, al llegar desde la Tierra.

Cuando sintió calor corporal encima suyo, Alba regresó al mundo. La ensoñación desapareció. Numerio estaba abrazándola. ¡Pobre Numerio...! Era tan seguro, tan confiado, pero también tan ingenuo... Se movía como si fuera un hombre, pero seguía siendo sólo un chiquillo. Para él, todo esto no era más que una gigantesca aventura. Habían salido bien librado de la misma, por los pelos, pero si la guerra seguía, y lo más probable es que de verdad fuera a seguir...

– No te preocupes, Alba, yo te voy a cuidar – dijo Numerio, abrazando a Alba. Ella, sonriendo, extendió su brazo alrededor de Numerio, y soltó una risilla suave y llena de ternura.

– ¿Y qué te pareció tu gira por Ganímedes? – preguntó Alba, en tono de chanza.

– Guau – respondió Numerio, con voz de admiración.

Ambos rieron de buena gana. La guerra iba a seguir, pero de momento, se habían ganado su descanso.

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Pronto se organizó una conferencia vía menterminal entre Chu, Nakamura, el profesor Higgins y el General Luca.

– ¿Y el Capitán Abascal? – preguntó el General Luca.

– Muerto... – dijo Chu, de manera maquinal, pero luego, conmovido, cambió la expresión: – Perdido en combate, señor. Yo estoy a cargo. Nakamura viene como asistente personal. ¿Y el Comandante Rubik?

– En su tratamiento – dijo el General Luca. – Yo estoy a cargo también.

– Militares – dijo el profesor Higgins para sí, moviendo la cabeza con resignación. Desde siempre le había parecido que los militares eran gente rígida e inflexible, con las cuales era difícil trabajar. La ciencia es labor de libertad creativa, de imaginación, de estar dispuesto a saltarse lo conocido si es que eso puede aportar nuevas visiones sobre la existencia, todo lo contrario de los valores militares.

– Podemos dar la batalla por terminada – dijo el General Luca. – Hemos destruido a seis de sus naves, y dieciocho de ellas ahora se encuentran en órbita alrededor de la Luna Mayor.

– Antes de seguir, deberíamos citar a Alba y a Numerio a la conferencia – dijo el profesor Higgins.

– ¿A esa mujer y su niño? – resopló el General Luca. – ¡Pero son civiles!

– Alba es la persona que controla a Ganímedes, aún no sabemos cómo, y Numerio es la persona que la ayudó a mantenerse en pie de guerra, y de encontrar algunas soluciones. Podemos decir que son los dos mayores especialistas que tenemos en este minuto sobre como funciona la única nave que fue capaz de cambiar el equilibrio de la guerra a nuestro favor.

– ¡Bien, bien! – soltó el General Luca, impaciente. – Que participen en esta conferencia.

Apenas Alba y Numerio se presentaron, porque ni Chu ni Nakamura sabían de ellos. Alba añadió:

– Escalante también debería participar. El es quien consiguió echar a andar al Golem Mayor.

– ¡Perfecto, transformemos esta reunión privada y altamente confidencial en una reunión del club de campo! – estalló el General Luca. – ¡Llámenlo, maldita sea, si los hace felices!

De esta manera, Escalante también acabó formando parte de la reunión.

– Bien, caballeros... – dijo el General Luca, de manera ampulosa. Tomó aire para generar un poco de efecto con sus palabras, y luego dijo: – Ganímedes es la mejor carta de triunfo que tenemos. Si podemos duplicar su tecnología en el resto de nuestras naves, tenemos ganada la guerra. Por eso debemos prepararnos para su regreso inmediato desde la órbita a Esperanza, y...

– No podemos – dijo de manera ominosa el profesor Higgins.

– ¿No? – saltaron todos. Alba añadió un: – ¡Pero, profesor...!

– Alba, sabes mejor que nadie de lo que se trata. Tus padres murieron por la muerte púrpura...

– Entiendo – dijo Alba, interrumpiendo con algo de brusquedad.

– ¡Yo no! – estalló el General Luca. – ¿Alguien puede explicarnos a los que no hablamos cientifiqués, de qué se trata todo esto?

– Estamos tratando de evitar la extinción de toda la población humana de Esperanza, General Luca – dijo el profesor Higgins.

つづく

2 comentarios:

Cidroq dijo...

Vientos Guillermo, a esperar el siguiente capítulo.

Guillermo Ríos dijo...

Me alegra que la blogoserie esté quedando emocionante. Saludos.

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