martes, 30 de junio de 2015

Bastión Esperanza - "Intercambio de agentes biológicos".


El General Luca se impacientó. La nave espacial Ganímedes era la única carta de victoria para derrotar a los invasores alienígenas que se habían retirado temporalmente, y los científicos estaban diciéndole que debían mantenerla orbitando en vez de traerla de regreso a la superficie de Esperanza, para estudiar las nuevas tecnologías que pudieran extraer de ahí.

– ¡Sea directo, hable de una maldita vez! – estalló el General Luca.

– General... – tomó la palabra Alba, sabedora de que era positivo descargarle algo de responsabilidad al profesor Higgins, que debía lidiar con los militares todos los días. – ¿Usted está familiarizado con la historia de la Tierra, con la conquista de América por los europeos?

– Yo pensaba que lo de usted era la Ingeniería, no la Historia – masculló el General Luca.

– General – comenzó Alba, ignorando el sarcasmo. – Cuando los españoles llegaron a América, no lo hicieron solos. Trajeron la viruela consigo. Los españoles mataron a muchos americanos, pero la principal masacre la hizo el virus de la viruela. Los españoles tenían inmunidad natural porque habían coexistido con la viruela durante miles de años. Los indígenas no, y murieron por millones.

– ¿Le tiene miedo a los microbios que hayan traído los alienígenas? ¡Bah!

– Señor, con todo respeto, le recuerdo... – dijo Chu, y añadió: – Los bichos ésos atacaron tanto al Coloso como a Ganímedes, y ambas tripulaciones estuvieron expuestas. El riesgo es real.

– ¡No puede ser tan grande! Hagan cuarentena, conviertan al Ganímedes en un hospital, dejen pasar un poco de tiempo, y asunto arreglado.

– No es tan sencillo – siguió Alba, con la paciencia que la caracterizaba. – Los intercambios de patógenos son por regla general asimétricos. Los europeos llevaron la viruela al Nuevo Mundo, que casi arrasó con los indígenas, pero al revés, ellos llevaron la sífilis, que no causó ni de lejos tantos daños en Europa. Eso es porque la gente del mundo eurasiático eran más civilizaciones en contacto unas con otras, con una mayor reserva de enfermedades contra las cuales eran inmunes, y por lo tanto, tenían más con qué contagiar a los americanos, mientras que éstos tenían pocas enfermedades porque eran sociedades pequeñas, y no pudieron devolverles la mano en la misma medida.

– Prosiga – dijo el General Luca, ahora prestando una mayor atención.

– En este caso, estamos en la misma situación de los americanos expuestos a la viruela. La Humanidad es una civilización joven. Apenas salimos del Sistema Solar hace un siglo, colonizamos Esperanza y otros planetas, a velocidades inferiores a la de la luz, sin contacto entre las colonias... Cuando llegamos a Esperanza lo hicimos con toda nuestra batería de Medicina y de terapia genética, y aún así, un patógeno de Esperanza ocasionó la epidemia de muerte púrpura que en menos de un año eliminó al veinte por ciento de los colonos... – dijo Alba, y su tono de voz bajó: – ...incluyendo a mis padres.

– ¿Y los invasores serían como los europeos?

– Podemos suponer que, dominando tecnologías superiores a las nuestras, han conquistado y colonizado una cantidad mayor de planetas, y por lo tanto, han estado expuestos a decenas o cientos de ecosistemas y biosferas más que nosotros. Sus sistemas inmunológicos por lo tanto, es probable que sean mucho más fuertes y robustos. En definitiva, ellos tienen una mejor oportunidad de aguantar nuestras enfermedades, que nosotros las de ellos. En un intercambio de agentes biológicos, nosotros tendríamos las de perder.

– Y estando Ganímedes comprometido porque su tripulación y la del Coloso estuvieron expuestos a los atacantes, y hay cadáveres de bichos muertos por los corredores, y es posible que si descienden y llegan a Esperanza, alguna terrible epidemia nos masacre a todos, y los alienígenas ni siquiera tengan que librar una segunda batalla con nosotros para apoderarse del planeta – dijo el General Luca, ahora más pensativo. Y con algo casi parecido a la humildad, preguntó: – ¿Y qué se puede hacer contra eso?

– Primero que nada, mantener a Ganímedes en cuarentena, en órbita. Segundo, convertir a Ganímedes en un gran hospital, de manera que si estalla algún brote epidémico de alguna clase, podamos contenerlo sin que infecte a toda la tripulación. Y tercero... y esto es lo más arriesgado de todo... – dijo el profesor Higgins, y luego de una pausa en la cual eligió deliberadamente sus palabras: – ...debemos encontrar voluntarios que asciendan a Ganímedes y ayuden con las investigaciones médicas necesarias.

– Bien, bien. Si es por eso, podemos mantener a Ganímedes en órbita para siempre. Tanto mejor, así los esperamos en el espacio y evitamos que ataquen la superficie – dijo el General Luca, inesperadamente tranquilo por haber encontrado una solución tan fácil al problema.

– Tampoco – dijo el profesor Higgins.

– ¡Ahora qué! – restelló el General Luca.

– Ganímedes tiene veinticinco kilómetros de largo por once de ancho y dos de alto. No sabemos cuánta masa tiene, pero por su tamaño, es más grande que el meteorito que exterminó a los dinosaurios en la Tierra. Si Ganímedes es atacado o por cualquier otro motivo pierde la órbita y cae sin control sobre la superficie... nos enviará a la Edad de Piedra, con suerte, y si no la tenemos, será nuestra extinción en Esperanza – dijo el profesor Higgins, con su voz cada vez más gélida en tanto soltaba el reporte.

– Ganímedes es un peligro si permanece en la órbita y es un peligro si desciende – dijo el General Luca, con acritud. – Muy bien, ¿alguna otra mala noticia de que yo deba estar informado, cerebrito?

– Por el minuto no. Pero las habrá, eso se lo aseguro – dijo el profesor Higgins, ignorando el insulto.

– Bien. Empezaremos a ver el tema del... asunto de los microbios – dijo el General Luca. – Enviaremos un equipo médico para examinar lo que haya que examinar allá arriba. Hagan lo que tengan que hacer.

El General Luca cortó su menterminal, saliéndose de la conversación, y empezó a caminar con paso lento hacia la puerta de salida del Centro del Alto Mando. El profesor Higgins suspiró.

Lo que ni el profesor Higgins ni nadie podía suponer, ante la reacción del General Luca, era que éste maldecía para sus adentros. Las noticias caerían como una bomba ante el Comandante Rubik y el Presidente Kulkov, ante quienes debería reportarse. El Comandante debería estar hecho una furia porque sus tropas habían fracasado en evitar la muerte de cerca de 400.000 civiles, y el Presidente, por haber perdido a cerca de 400.000 de sus ciudadanos.

En un solo día de batalla, cerca de la quinta parte de la población total de Esperanza había sido lisa y llanamente exterminada, luego de que Ciudad del Progreso y Ciudad de la Libertad fueran vaporizadas por completo. Ese era el poder de destrucción de los alienígenas, y cuando volvieran, más valía que Ganímedes siguiera bastando para contenerlos, o que ocurriera un milagro. O de lo contrario, no quedaría ningún humano vivo sobre la superficie de Esperanza para escribir la crónica de la extinción.

¿Qué se proponían realmente los alienígenas? ¿Eran conquistadores espaciales que deseaban anexarse Esperanza? ¿Buscaban la aniquilación de la Humanidad? ¿Tenían acaso otro objetivo, y una vez cumplido éste, dejarían en paz a Esperanza y sus habitantes? Por el minuto no había manera de saberlo, y al reflexionar sobre ello, el General Luca hizo un chasquido de fastidio con los labios.

OxxxOxOOOxOxxxO

A bordo de Ganímedes, los grupos de soldados estaban tratando de reagruparse y reconstruir la cadena de mando, gravemente comprometida por la salvaje cantidad de bajas militares. Todo eso, en medio de un ambiente mortecino. Los soldados más veteranos habían combatido en la Rebelión Mendeliana, en los primeros años de la llegada de los colonos al planeta, y los había tan viejos que incluso les había tocado combatir en el Sistema Solar, antes de viajar los setenta años luz de distancia entre la Tierra y Esperanza; para los más jóvenes, por el contrario, había sido su bautismo de fuego. Pero nadie, absolutamente nadie entre ellos, había combatido jamás contra un alienígena, y menos todavía, contra bichos de diez patas capaces de moverse con tanta velocidad, e impasibles mutilando y descuartizando soldados con sus patas terminadas en garfios filosos e implacables.

Además, no tenían comida. Cuando Ganímedes había estado semienterrado en la superficie de Esperanza, los arqueólogos e ingenieros inspeccionando la nave habían instalado todo el apoyo logístico en cubículos armables en el exterior, los cuales por supuesto habían sido arrasados cuando Ganímedes se había sacudido de la corteza de Esperanza como un niño sacándose costras de barro. La gran reserva de comida había estado en el Coloso, nave que por supuesto había sido evacuada con celeridad y de la cual por lo tanto nadie había rescatado comida, medicinas, o cualquiera otra cosa que pudiera ser útil. En unas instalaciones dentro de Ganímedes, en la sección hasta hace algunas horas enterrada, habían encontrado una bodega con comida refrigerada, pero nadie sabía en realidad cuánto tiempo tenía esa comida ahí; Ganímedes había sido descubierto diez años atrás, y la comida estaba incluso desde antes.

Pero la presencia de comida era una señal de algo que Numerio ya había reparado: a pesar de su tecnología increíblemente avanzada, Ganímedes no había sido construido por alienígenas. Los constructores de Ganímedes eran seres humanos pertenecientes a la cultura humana, sea de otras colonias o sea del mismísimo Sistema Solar.

– Es casi como esas novelas policiales de cuarto cerrado – dijo una chica de facciones angulosas sobre un rostro de forma más redonda que alargada, pelo negro y lacio, ojos también negros y algo fríos, y rostro levemente moreno. Y como las otras cinco personas la miraran de manera interrogante, añadió: – En un misterio de cuarto cerrado, el cadáver aparece en un cuarto sellado perfectamente por dentro, de manera que sólo la víctima muerta pudo haberlo cerrado. El problema entonces es resolver cómo el asesino mató a la víctima y salió, o bien, cómo introdujo el cadáver.

– O sea, Ganímedes es lo mismo, Lincopán – dijo Escalante, que estaba a cargo del grupo. – Una nave de fabricación humana, que no debería estar aquí o ahora, porque ni otras colonias ni la Tierra tienen la tecnología para fabricarla, o el tiempo para hacerla viajar hasta Esperanza.

– A lo mejor la fabricaron acá mismo en Ganímedes – dijo un joven de facciones alegres, pelo negro, y nariz ganchuda que le confería una fisonomía muy reconocible.

– No seas tonto, Paparizou – dijo Lincopán. – ¿Por qué razón, si alguien la fabricó en Ganímedes, iban a estrellarla hasta dejarla tan enterrada en Esperanza, que los arqueólogos se la pasaron diez años desenterrándola, explorándola, luchando contra las trampas instaladas...?

– Un minuto... – dijo Escalante, suspirando. – Me voy. Me están llamando para discutir algunos asuntos del Golem Mayor. Los cerebritos todavía no saben cómo funciona eso de manejarlos con la mente.

Y Escalante se marchó. El quinteto de soldados se miró entre sí. Algunos se rieron.

– ¿Qué? – preguntó Paparizou.

– “Me están llamando” significa que los científicos lo necesitan, y muy en particular esa chica, ¿cómo es que se llamaba? Alba – soltó Lincopán, con sarcasmo en la voz. Y luego, dirigiéndose a la otra chica del grupo, una rubia de pelo ensortijado sobre facciones redondeadas y ojos azules, cuyo rostro se había ensombrecido un resto, añadió: – Pero eso no debería preocuparte, Ashcroft, porque de todas maneras nos tienen prohibido eso de los romances dentro de la tropa...

– ¡A mí no me interesa Escalante! – protestó Ashcroft de manera quizás demasiado enfática. Los tres varones del grupo soltaron ruidos de burla, y luego algunas risotadas. – ¡A lo mejor te interesa a ti!

– ¿A mí? No, ya sabes que tengo mi asunto en la superficie – dijo Lincopán, algo misteriosa.

– Si regresamos – dijo otro de los varones. Era un joven pelirrojo y ojos azules, mirada melancólica, y facciones delgadas y acusadas. – Con eso de que dicen que podríamos estar contagiados de quién sabe qué porquería espacial, quién sabe.

– No seas pesimista, Hilmarsson – dijo el quinto hombre, un bruto de dos metros de alto de mandíbula cuadrada, pelo negro, y ojos intensos y agresivos. – Está bien que tomen precauciones, eso es todo.

– Podrían sacrificarnos acá arriba, Brown – dijo Hilmarsson.

– No lo harán. Somos demasiado valiosos, aunque sea porque somos los únicos que hemos conseguido pilotar esos golems. Tienen que mantenernos vivos aunque sea para averiguar cuál es la conexión de nuestros cerebros con esas... máquinas... o cosas. Lo que sean.

– Bueno, si nos morimos, siempre pueden abrir nuestros cráneos, poner nuestros cerebros en jarras y estudiarlos – dijo Hilmarsson con amargura.

– Entonces así lo haremos – dijo Lincopán, con gravedad, tanta más cuanto su tono de voz había bajado hasta hacerse solemne. – Somos soldados. Obedecemos órdenes. Morimos por ellas si es necesario. Hay cientos de miles de personas en Esperanza que dependen de nosotros, y no podemos defraudarlos porque somos su única y última línea de defensa. ¿Está claro...?

– Sí, señor – dijo el resto de la tropa, tratando de darse ánimos.

つづく

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