martes, 16 de junio de 2015

Bastión Esperanza - "El destino del Coloso".


El Capitán Abascal meditó por un instante la situación. Y luego trató de ponerse en contacto con Ganímedes. Fue Numerio quien respondió.

– ¿Cómo es posible que Escalante y los suyos vayan en esos golem, Numerio? – preguntó el Capitán Abascal, sintiéndose casi en una película surrealista por estarle hablando a un niño de nueve años.

– No lo sé... Es... ¿Recuerda que los golem parecían hechos de una substancia parecida al lodo, pero que nadie sabía lo que era...? Bueno... descubrieron la manera de envolverse en ella como una crepé... – dijo Numerio, claramente entusiasmado, antes de darse cuenta de que estaba hablando con todo un capitán, y añadió con voz más baja, tratando de sonar respetuoso: – ...señor...

En el espacio exterior, Escalante y sus once hombres iban cada uno en un golem, envueltos en ellos, casi como dentro de una armadura de combate, sólo que hecha no de metal, sino de alguna clase de material que les servía como sistema de soporte vital.

– Sólo espero que sepan lo que están haciendo – murmuró el Capitán Abascal, y añadió para sí: – Escalante, por lo que más quiera... ¡Devuélvase! ¡Salga de ahí antes de que termine vaporizado por la detonación del Arecibo!

Y luego, ahora de viva voz, se dirigió a sus hombres en el puente de mando:

– ¿Qué tan grave es la condición del Coloso?

– 78 por ciento de la maquinaria inactiva, B.I. fuera de combate, sistemas de soporte vital funcionando con reservas de emergencia, bandidos en el 45% de los corredores, y...

– Y además de eso, la onda de choque del Arecibo nos va a llegar de lleno. Muy bien – dijo el Capitán Abascal. – Señores, hemos hecho todo lo posible. Chu, orden general para evacuar el Coloso.

– ¡Pero, Capitán, el General Luca dijo que...!

– ¡Bajo mi responsabilidad! Evacúen hacia Ganímedes. Hagan funcionar de nuevo a B.I., y sobrecárguenlo. El Coloso caerá, pero nos llevaremos a unos cuantos de esos bichos con nosotros.

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La docena de golems capitaneados por Escalante llegó hasta la superficie de la nave enemiga. La misma parecía tener paredes lisas, sin rugosidades o lugares a través de los cuales adherirse; ése era el minuto en el cual Escalante había sudado frío, al darse cuenta de que se había lanzado al vacío sin tener la más mínima idea de cómo iba a adherirse a la superficie de su destino. De hecho, dos de los golems rebotaron brutalmente contra la nave y salieron despedidos de nuevo hacia el espacio exterior, pataleando impotentes mientras marchaban hacia el infinito con sus pilotos adentro.

– ¡Señor, me estoy yendo! ¡Me estoy yendo, socorro! – gritaban los dos hombres en sus golems.

– ¡Concéntrense al máximo en adherirse a la nave! – gritó Escalante al resto, tratando de ignorar las angustiosas peticiones de ayuda de sus dos hombres que ya no podrían ser rescatados sino por la eternidad. Era triste, pero había que preocuparse por el resto. Escalante tenía una idea absurda, pero quizás podía funcionar. No tenía conocimiento de cómo podía funcionar un golem, pero quizás...

Y funcionó. La misteriosa substancia de la cual estaban fabricados los golem, y que parecía una especie de barro reseco, mostró tener cualidades adherentes de alguna clase. El resto de los hombres había conseguido adherirse como si fueran arañas caminando por la pared. Arañas que tuvieran sólo dos brazos y dos piernas, por supuesto, humanoides como eran los golems.

Escalante meditó un momento. Podían abordar la nave y tomársela a pecho descubierto, y conseguían una gran captura, pero si la detonación del Arecibo los pillaba, sería todo para ellos.

– ¡Alba! – llamó Escalante por menterminal. – ¿Hay en Ganímedes alguna clase de arma que nos pueda sacar de acá? ¡Van a detonar el Arecibo y nos va a barrer a todos!

– No... lo sé – respondió Alba, temerosa.

– ¡Alba, busca algo que pueda concentrar el fuego! ¡Causar una explosión en la superficie de esa nave! – dijo Numerio, entusiasmado por la excitación del combate.

– Chico del demonio – masculló Escalante.

– ¿Qué cosa? – replicó Numerio, en tono agrio y algo insolente.

– Aquí tengo algo – dijo Alba, interrumpiendo sin darse cuenta. – Es una especie de... cañón de... partículas. No lo entiendo muy bien. Genera una especie de vacío cuántico en su blanco que...

– ¡Alba, no tenemos tiempo! ¡Sólo dispáralo cerca de donde estamos, para que podamos aprovechar la onda expansiva y saltar al espacio! – gritó Escalante. – ¡Hombres, prepárense para saltar al espacio, y al saltar, apunten bien hacia Ganímedes, o acabarán flotando en órbita para siempre!

Alba le dio la orden a Ganímedes. Y la gigantesca nave de veinticinco kilómetros de largo, lanzó un disparo. Era una especie de rayo de energía que impactó de lleno a la nave. En vez de generar una onda expansiva, lo que hizo fue ocasionar una implosión; si la decena de golems que se aferraba a la superficie de la nave enemiga no se vieron arrastrados, es sólo porque en el espacio no hay atmósfera. Pero más allá de la superficie de la nave, el rayo siguió perforando y atravesó a la nave de parte a parte. Algo en su interior explotó. Por su parte, el mismísimo punto de ataque, convertido bruscamente en una especie de vacío cuántico, en una verdadera pieza faltante en la red del espacio y tiempo del universo, al rellenarse de nuevo generó de rebote, la onda expansiva necesaria. Curiosamente, ésta no operó en todas direcciones, sino sólo hacia Ganímedes.

– Sorprendente – dijo el profesor Higgins, desde la superficie de Esperanza, que contemplaba toda la situación y buscaba analizarla desde todo ángulo científico que sirviera para derrotar al enemigo. – Se condensa a sí mismo en una única dimensión del espacio, como el chorro de un agujero negro. Pero...

Escalante y los suyos saltaron, tratando de apuntar hacia Ganímedes. La nave bajo sus pies, agujereada de parte a parte, ahora parecía completamente inoperante. Escalante maldijo para sus adentros la oportunidad perdida. Si iban a librar más batallas contra los alienígenas, tendrían mucho que aprender.

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Mientras tanto, combatiendo a brazo partido con las criaturas de diez patas que infestaban el Coloso, la tripulación de la nave había conseguido tender un puente hacia Ganímedes, que en el intertanto, comandada por Alba, se había acercado para acoger a los tripulantes evacuados. Había mejores posibilidades de rechazar al enemigo a bordo de Ganímedes, aún intacto aunque no se conociera su funcionamiento, que a bordo del Coloso, vuelto por la batalla casi una carcasa inservible.

– Chu, lárguese – dijo el Capitán Abascal. – Ya terminó todo.

– De ninguna manera, señor – dijo Chu, adivinando por el gesto, la expresión y el tono, que el Capitán Severo Abascal iba a quedarse para hundirse con su nave.

– Si los bichos ponen fuera de combate el Berserker Inferno, alguien tiene que reactivarlo desde el puente o desde la sala de ingeniería – dijo el capitán. – Además, alguien debe activar los cohetes por última vez. Yo me quedo para eso. Usted sobrevivirá para una nueva batalla, que las habrá, y en las cuales a usted lo necesitarán. ¡Ahora, váyase, es una orden!

Chu asintió, sin terminar de asimilar la situación, y luego, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que sus ojos se humedecían, se cuadró militarmente a manera de despedida, y salió corriendo del puente de mando. El Capitán Abascal miró hacia adelante, hacia las varias pantallas, y apretó la mandíbula más que nunca.

Como un mal augurio, le llegaban por menterminal los varios reportes de lo que ocurría a bordo del Zodíaco. Los bichos habían conseguido alcanzar al reactor y lo terminaron por poner fuera de combate. El Zodíaco quedó a la deriva y sin energía suficiente para embestir. Pero eso no importaba. Llegó un último reporte del capitán interino Messier acerca de que la situación estaba perdida, y el Zodíaco explotó en el espacio. El poco oxígeno que no había escapado todavía del interior del Zodíaco generó una débil flama, y la nave se transformó en una carcasa vacía y semiderruída en órbita. El Capitán Abascal se persignó, en honor del capitán interino Messier y del capitán Harnois, que seguro debía haber perecido en la enfermería del Zodíaco.

El Arecibo seguía todavía moviéndose, lenta y pesadamente. Ahora, su detonación era la única salida. Al igual que el Coloso, el capitán Upendra había ordenado la evacuación del Arecibo, con sólo el personal indispensable a bordo. También tratarían de alcanzar a Ganímedes, aunque estaban demasiado lejos como para tender un puente. Sus tripulantes deberían usar las cápsulas de salvamento, y detonar los cohetes de eyección de la manera correcta para salvarse. Las cápsulas de salvamento tenían un sistema de dirección para lanzarse de manera tal que pudieran mantenerse en órbita y no caer a la superficie antes de ser rescatados. Pero si los alienígenas exterminaban a toda la población de Esperanza, no quedaría nadie para rescatarlos.

– Malditos – dijo el Capitán Abascal en voz baja, apretando los dientes al máximo para aceptar de mejor manera su suerte inminente. – Jamás me he rendido. Y yo les prometo que si nos exterminan, no se irán a casa diciendo que eliminaron a una raza a la que le faltó el orgullo o la voluntad de luchar.

– ¡Señor! – dijo Elimelech, desde el cuarto de máquinas. Al escuchar su voz, el Capitán Abascal salió de su marasmo. – ¡Hemos conseguido poner a raya a los bichos! Tuvimos que irradiar el compartimento completo, pero lo logramos.

– ¿Irradiarlo? ¡Pero eso significa que... ustedes...!

– Señor, si salimos de ésta, nos espera una bonita terapia contra el cáncer terminal. Pero no saldremos de ésta, ¿verdad? Después de todo, nos necesita para detonar el Coloso y cargarnos a los bichos.

– Mi gente... – dijo el Capitán Abascal, conmovido, tratando de que no le temblara la voz para infundir confianza en sus hombres hasta el último. – Es un honor tenerlos bajo mi mando.

– Y es un honor para nosotros servir bajo el suyo – emergió una voz desde atrás. Era White. Y como el Capitán Abascal lo miraba de manera interrogante, éste añadió: – Si vienen los bichos, alguien tiene que quedarse para vigilar el puente de mando con un rifle, y darle tiempo para que detone esto.

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En el exterior, Chu se encontró con Nakamura.

– ¿Quién está a cargo de la evacuación? – preguntó Chu.

– ¿Ahora...? – respondió Nakamura, sorprendido por la pregunta. – Usted, señor – añadió. Era lo obvio: entre los presentes, Chu que acababa de llegar, era el oficial de más alto rango.

– Bien – dijo Chu, retemblando porque él era un oficial técnico, y por ende, lo suyo no era planificar estrategias de combate, y menos de combate cuerpo a cuerpo. – ¿Cómo va la evacuación?

– El túnel entre Ganímedes y el Coloso está bajo asedio de los bichos. Pareciera que los condenados supieran. Tenemos soldados peleando afuera para impedir que comprometan el puente.

– Bien – dijo Chu.

– ¡Señor, somos los últimos! – se acercó otro.

– ¡A pasar! ¡Vamos, vamos, pasen por el túnel! – dijo Chu.

El último grupo de tripulantes del Coloso comenzó a pasar hacia el otro lado.

El Arecibo acababa de emplazarse en posición. El capitán Upendra dio la orden, y los reactores Berserker Inferno del Arecibo fueron sobrecargados. La nave reventó.

La detonación fue algo como nunca antes visto en el espacio. La onda expansiva de materia calentada a temperaturas plasmáticas desató un resplandor blanquecino como la leche. El puente entre Ganímedes y el Coloso fue arrasado por completo, incluyendo a los soldados combatiendo en el exterior del puente, así como los bichos. El resplandor empezó a bajar poco a poco.

Las comunicaciones a través de las menterminales se llenaron de estática. Desde la superficie de Esperanza, el General Luca trataba inútilmente de comunicarse con la órbita. ¿Había conseguido la detonación del Arecibo barrer con las cinco naves enemigas? ¿Qué había sucedido con Ganímedes y el Coloso, habían resistido o habían sido aniquilados...? Por el minuto, no había manera de saberlo.


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