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martes, 9 de junio de 2015

Bastión Esperanza - "El control de la órbita".

Golem, por Jason Leonti (fuente).
Alba y Numerio no salían de su asombro. El Golem Mayor estaba parado delante de ellos, de nuevo inmóvil, sobre una pila de cuerpos de las criaturas de diez patas, despedazadas y descuartizadas. No había sido una batalla, había sido una masacre, y la falta de expresión de la criatura humanoide de diez metros de alto le daba a la escena una cierta imagen de delirante irrealidad.

Escalante y sus hombres aparecieron en escena. Y se quedaron boquiabiertos.

– Entonces pasó de verdad – dijo Escalante, tratando de recobrar la compostura. Había visto todo lo sucedido con el Golem Mayor, a través de la menterminal de Alba y de Numerio.

– Escalante... – dijo Alba, y sus ojos y labios temblaron. Era bastante obvio para quienes la miraban, que la chica estaba siendo sobrepasada poco a poco, no habiendo sido preparada nunca para situaciones de combate; daba la idea de estar a punto de un colapso mental.

Escalante y sus hombres revisaron alrededor. Algunas pocas criaturas hacían aspavientos de moverse, y los soldados en respuesta los cosían a tiros. No era fácil; desconocían la anatomía del enemigo, y por tanto, sólo podían conjeturar en qué punto del cuerpo debían clavarle un balazo para rematarlos.

Quedaba todavía la batalla en el exterior, en el espacio, por supuesto.

– ¿Estás bien? – preguntó Escalante, y luego, viendo cómo Numerio había fruncido el ceño y se había cruzado cómicamente de brazos al ser ignorado, lo incluyó: – ¿Están bien, los dos...?

Alba asintió. Numerio soltó un monosílabo, asintiendo también, suspirando, como pidiendo paciencia.

– Es gracioso – dijo Escalante, inesperadamente serio. – Cuando venía para acá, al rescate, yo pensaba en lo que le haría a estos condenados bichos si es que te llegaban a...

– ¡Eso es! – dijo Numerio. Alba y Escalante se volvieron hacia él. Numerio siguió: – ¡Alba! La nave Ganímedes se movió cuando tú querías que lo hiciera. Y el Golem Mayor se movió cuando Escalante quería... Escalante...

– ¡Señor Escalante para tí, bicho! – dijo Escalante, volviendo a su tono autoritario habitual, al verse sobrepasado en estrellato por el chico.

– ¡Señor Escalante! – cedió Numerio, ignorando la reprimenda, sabiendo de que no había tiempo. – ¡Pruebe a mover el Golem Mayor con la mente!

– ¡Pero qué... estupidez...!

– ¡Hágalo! – interrumpió Numerio.

Escalante gruñó algo, pero no se atrevió a dejar de lado una posible solución a la crisis militar, por muy estrafalaria que pudiera parecer. De manera que hizo algunos gestos hacia el Golem Mayor.

– ¡Muévete! – añadió.

– ¡Así no! – dijo Numerio. – ¡Tienes que estar convencido! ¡Con decisión! Como... como... Les das órdenes a estos tipos, ¿no?

Numerio miraba a los soldados bajo el mando de Escalante. Este movió la cabeza de manera negativa, pero dio una orden al Golem Mayor, con un tono de incuestionable autoridad.

El golem movió una pierna. Lentamente, dio un paso hacia Escalante.

– Esto es una locura – dijo Escalante, pero luego, al darse cuenta de lo que esto verdaderamente significaba, le dio órdenes a sus hombres: – ¡Ustedes! ¡Busquen entre los golems! ¡Investiguen si pueden manejar alguno de ellos con la mente!

– Bueno... esa es la razón por la que no son robots con cabina y llenos de botones – dijo Numerio, satisfecho de su propio descubrimiento.

– Cállate, niño – dijo Escalante. – La batalla sigue allá afuera. Las naves enemigas se están congregando. Alba... Si puedes darle órdenes a esta nave con la mente, entonces tienes que encontrar algún sistema de armamentos.

– Pero, yo no sé... no puedo... – empezó a farfullar Alba, asustada.

Escalante miró a Alba de frente a frente.

– Alba, esto es serio. Tienes que tratar. El enemigo ha aniquilado dos ciudades y se ha cargado a cuatrocientas mil personas. Tienen poder de fuego para aniquilarnos a todo el resto, así como a toda la escuadra, y no tenemos nada con lo que podamos hacerles frente, salvo esta nave. Y tú la controlas. Si no descubres las armas que tenga, o no las usas, entonces terminaremos exterminados como ratones. Alba... el destino de todo Esperanza y los seres humanos que vivimos en este planeta, depende de ti, y exclusivamente de ti, ¿entiendes?

Alba no respondió. Su rostro se volvió inexpresivo.

– ¿Alba? ¡Alba! – dijo Escalante, desesperándose.

Numerio le tomó la mano a Alba, con fuerza, y la tiró levemente del brazo.

– No te preocupes, Alba. Yo voy a estar contigo, te voy a defender y te voy a ayudar.

Alba miró a Numerio, y esbozó una sonrisa suave y algo triste. Sus ojos se humedecieron por un instante por la ternura del chico, pero haciendo un esfuerzo, no llegó a llorar.

La escena fue interrumpida por otro golem, que se puso al lado del Golem Mayor.

– ¡Señor, mire! ¡Encontré un golem al que le puedo dar órdenes! ¡Siéntate!

Y el segundo golem, obediente, con movimientos pesados, se acuclilló, extendió las manos a tierra por detrás, se dejó caer, y quedó sentado en el suelo.

– ¡Es como un perrito, señor!

– ¡Deja de jugar, Paparizou, y familiarízate con ese golem! ¡El resto, que se reporte!

Y mientras Escalante se centraba otra vez en sus soldados, Alba se volvió hacia Numerio.

– Vamos, Numerio. Tú sabes de ciencias, tienes que ayudarme a entender esta nave.

– ¡Sí! – dijo Numerio, con entusiasmo; le gustaba que Alba lo necesitara, después de todo.

OxxxOxOOOxOxxxO

Mientras tanto, las cosas a bordo del Coloso iban mal. La enconada resistencia de los tripulantes humanos, además de la ventaja de estar en el terreno propio, había conseguido mantener a raya y barrer a la oleada de criaturas. Pero la nave enemiga lanzó una segunda andanada de capullos.

– ¡Ahí vienen de nuevo! – gritó Chu.

– ¡Usen los lásers!

Un diluvio de rayos láser cruzó el espacio exterior. Varios capullos fueron reventados en la trayectoria, pero una importante cantidad de ellos alcanzó al Coloso.

– ¡Dénles con todo lo que tengan! – gritó el Capitán Abascal.

– ¡Señor, aquí Davidson! ¡Mi grupo está diezmado, apenas tengo cuatro hombres! ¡No creo que podamos resistir!

– ¡Davidson, Leibowicz! ¡Coordínense entre los dos y hagan una resistencia combinada!

Los capullos eclosionaron y más criaturas de diez patas emergieron. Nuevamente tronaron los disparos y las explosiones en los pasillos del Coloso. Y de nuevo, los bichos avanzaron devastándolo todo a su paso, dejando hombres y mujeres fuertes y sanos convertidos en guiñapos desgarrados, con la misma facilidad de una nena haciendo trizas una muñeca de trapo con los dientes.

– ¡Señor! – gritó Chu. – ¡Cuatro naves enemigas están convergiendo sobre nosotros! ¡Y por detrás viene el Zodíaco y el Arecibo! Tengo una comunicación del capitán Messier.

– ¿Messier? – preguntó el Capitán Abascal, recordando que éste se encontraba a bordo del Zodíaco, pero su rango no era el de capitán.

– Capitán Abascal, aquí Messier. El Zodíaco está en muy malas condiciones, nos golpearon muy fuerte e hicieron colapsar nuestros sistema, incluyendo el B.I. El capitán Harnois está en la enfermería, y yo lo estoy sustituyendo. Casi no tenemos energía, casi todos mis hombres están K.I.A., y... me pongo a su entera disposición, señor.

– Messier, aquí el capitán Abascal. Si puede embestir a alguna de las naves enemigas... elija una, póngala en rumbo de colisión, evacúen, y que Dios los proteja.

– Sí... sí, señor... – dijo Messier, y como le pareció haber sonado vacilante, añadió: – Lo haré.

– Capitán Abascal, aquí el capitán Upendra. Las cuatro naves enemigas están convergiendo sobre aquella con la que está luchando usted. Hemos recibido serios golpes, pero el B.I. está intacto. Si consigo avanzar hasta la mitad del grupo y ordeno la sobrecarga de los sistemas, entonces al explotar el Arecibo, es posible que nos llevemos con nosotros a varios bandidos.

El Capitán Abascal se quedó pensando. Por alguna razón, las naves enemigas no utilizaban el formidable campo energético que podían proyectar como arma. ¿Acaso algo en Ganímedes había hecho fallar el golpe? El enemigo estaba recurriendo al ataque cuerpo a cuerpo. Una estrategia suicida podía llegar a tener resultados.

– ¡Capitán! ¡Los bandidos han alcanzado el B.I.! ¡El reactor está perdiendo potencia!

– ¡Elimelech, aguante todo lo que pueda! ¡Necesitamos que la red energética del B.I. funcione, y...!

Se produjo un corte energético completo. El puente de mando quedó a oscuras. Las menterminales siguieron funcionando, pero de manera muy limitada, al fallar los repetidores.

La energía volvió con los generadores de emergencia. Las pantallas se reactivaron.

– ¡Chu! – gritó el Capitán Abascal. – ¿Todavía los motores siguen fuera de potencia?

– Sí, señor.

– Ni siquiera podemos pensar en embestirlos...

– ¡Señor, mire esto! ¡Son los golem! ¡Han sido lanzados desde Ganímedes!

En ese minuto se abrió la comunicación con Escalante.

– ¡Aquí, Escalante! ¡Yo y mis hombres hemos limpiado los bandidos en Ganímedes! ¡Ahora vamos con rumbo a la nave enemiga! ¡Vamos a llevar la guerra al frente enemigo, y ganar el control de la órbita!

– ¡Escalante! – dijo el capitán Abascal, con consciencia de que los golems no parecían estar diseñados para propulsarse en el espacio exterior, y por tanto debían llegar a la otra nave para propulsarse de regreso, de alguna manera. – ¡El Arecibo está moviéndose para detonar en medio de las naves enemigas! ¡Salga cuanto antes de ahí!

– Demasiado tarde, señor – dijo Escalante, ahora con tristeza en la voz. – Pero le prometo que haré lo imposible por mantenernos vivos. Escalante fuera.

El capitán Abascal apretó los labios. No podía ordenar al Arecibo detenerse, porque dicha detonación era su mejor oportunidad. Y Escalante y los suyos no podían volver porque los golems no tenían propulsión autónoma en el espacio exterior. Una estúpida descoordinación arrojaba a una docena de sus mejores hombres a una masacre inútil, con los golems de paso. Ahora, sólo la pericia de Escalante, que no era infante de combate sino piloto de cazas, podía llegar a salvarlos a todos...

つづく


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