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martes, 2 de junio de 2015

Bastión Esperanza - "Batalla cuerpo a cuerpo en el espacio exterior".

Soldados espaciales por Carlson Fackler.
A punto de que sus nervios la traicionaran, Alba trató de serenarse, viendo la situación de manera tan impersonal como si se tratara de un análisis de laboratorio. Estaba al mando de Ganímedes, una nave espacial con forma de paralelepípedo que medía veinticinco kilómetros de largo, que aparentemente era controlada mediante alguna clase de poder mental. Delante suyo tenía al Coloso, el mayor crucero de la escuadra humana en el planeta Esperanza, gravemente destrozado por una batalla contra dos naves enemigas. Una de las naves enemigas estaba precipitándose sobre la superficie de Esperanza, mientras la otra iba a atacar, y...

– ¡Alba! ¡Reacciona, vamos! – dijo Numerio, al lado de ella, con toda la fuerza de sus nueve años.

– ¡Capitán! – gritó Chu, a bordo del Coloso. – ¡La energía del halo de la nave enemiga está alcanzando el máximo! ¡Nos van a disparar!

– ¡Alba! – gritó el Capitán Abascal. – ¡Por favor, reaccione!

En el Centro del Alto Mando en Ciudad del Progreso, el General Luca, que en el intertanto estaba en contacto gracias a los técnicos del profesor Higgins, estalló.

– ¡Ganímedes, maldita sea, haga algo! ¡Ataque con algo, maldita sea!

– ¿Alba? ¿Eres tú? – saltó una voz familiar.

– ¡Escalante! – repuso Alba.

– ¡Alba, haz algo o nos van a hacer pedazos acá en el Coloso!

La nave enemiga alcanzó el máximo de energía, y la proyectó en un megatónico haz de energía, en contra del Coloso.

Pero el haz completo de energía alcanzó una cierta distancia del Coloso, sólo para ser deflectado en todas direcciones, excepto hacia Ganímedes y el Coloso mismo. El ataque energético había fallado.

Numerio trató de usar su menterminal para meterse dentro de Ganímedes y averiguar qué estaba ocurriendo, pero los sistemas de seguridad de la nave le impidieron el paso.

La nave enemiga pareció dudar por un instante. Se quedó quieta, sin ningún margen de maniobra.

Y luego, de manera completamente intempestiva, desde la misma salieron disparados varias cosas que, si hubiera que describirlas de alguna manera, no daban la impresión de ser balas o misiles, sino capullos de alguna clase. El blanco de ambos era tanto el Coloso como Ganímedes.

La mayor parte de los capullos impactaron en ambas naves, mientras que algunos pocos se perdieron en el espacio exterior. Pero los que impactaron en las naves, parecieron eclosionar, y desde su interior salieron unas criaturas que parecían desafiar cualquier descripción. Recordaban lejanamente a las arañas, pero tenían diez apéndices en vez de ocho. Y apéndice parece una palabra más correcta que patas, porque parecían armados con sendas estacas que, de alguna manera, brillaban en la oscuridad.

– ¡Es increíble, capitán! ¡Las patas de esas cosas despiden una forma de energía desconocida para nuestros sensores!

Gracias a esa fuente de energía, las patas eran capaces de incrustarse en la gruesa aleación, tanto del Coloso como de Ganímedes. Peor aún, conseguían rasgar sus corazas, tratando de abrirse paso de manera desesperada hasta el interior.

– Nos... están... abordando – dijo el Capitán Abascal, atónito.

A bordo de Ganímedes, Numerio comenzó a mirar frenéticamente alrededor, tratando de adivinar si había alguna clase de arma con la cual defenderse en una eventual y más que probable batalla cuerpo a cuerpo.

– ¡Todos los hombres, a las armas! – gritó el Capitán Abascal, a bordo del Coloso! ¡Vamos a tener que luchar cuerpo a cuerpo!

Pero era muy poco probable que las armas de asalto con las cuales estaba provista el Coloso, pudiera servir de algo contra esas criaturas capaces de mantenerse vivas en el espacio exterior, y rasgar su camino a través de las más duras aleaciones conocidas por la Humanidad.

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En el Cuartel General del Alto Mando Militar de Ciudad del Progreso, mientras tanto, el General Luca contemplaba la pantalla en donde se desplegaba la totalidad del escenario bélico.

Más de la mitad de las naves humanas o habían sido destruídas, o habían sido derribadas sobre la superficie, o flotaban como chatarra inservible en alguna órbita alrededor de Esperanza. El resto de la escuadra marchaba hacia Coloso y Ganímedes, aunque faltaba tiempo para su arribo.

En cuanto a los enemigos, parecían haber reparado en la maniobra, y también estaban agrupando su escuadra. Varias naves enemigas parecían presentar daños significativos, pero sólo aquella derribada por Coloso parecía de verdad fuera de combate.

– Al menos cuando se estrelle esa nave, podremos capturarla y averiguar algo de los invasores – dijo el General Luca.

Pero como si los alienígenas hubieran adivinado las palabras del General Luca y estuvieran decidido a frustrarlo, dicha nave que estaba viniéndose a pique sobre la superficie de Esperanza, estalló durante su ingreso a la parte superior de la atmósfera. La explosión fue lo bastante definitiva como para generar una gigantesca onda de energía, que si hubiera alcanzado a la superficie de Esperanza, la hubiera carbonizado en kilómetros a la redonda; sólo la altitud salvó a la gente abajo de la zona de impacto, de morir en una ola de calor y radioactividad.

– Díganme que no es cierto – dijo el General Luca. Ahora parecía haber perdido algo de combatividad, y su voz sonaba escalofriantemente monótona.

– Con una explosión de esas dimensiones, es poco probable que haya quedado alguna tuerca o tornillo que nos sirva para investigarlos y practicar ingeniería reversa, menos algún mecanismo operativo que analizar – dijo el profesor Higgins, suspirando con desánimo.

– Muy bien – dijo el General Luca. – Ahora está en manos de Ganímedes. Profesor Higgins, esa chica, Alba, se las está arreglando para pilotearlo, ¿no?

– Así parece ser.

– ¿Funciona por poder mental o algo?

– No lo sabemos, General. Los poderes mentales ni siquiera son algo... científico.

– ¿Y esa chica es combativa?

– Es una asistente de laboratorio, señor.

– Asistente de laboratorio – dijo el General Luca, dejando caer con desánimo la palma de la mano sobre el escritorio. – Maldita sea. Ahora todo está en manos del Capitán Abascal.

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En la órbita de Esperanza, Escalante llegó hasta el puente de mando.

– ¡Señor, permiso para abordar el Ganímedes! – gritó, cuadrándose.

– ¿Está loco? ¡Estamos en plena batalla! ¡No podrá salir al espacio exterior y cruzar vivo allá!

– ¡Señor, yo conozco a Alba! Ella no es una militar. Ella es pura bondad, y no mataría a una mosca. Pero yo la conozco y puedo hacerla reaccionar, señor.

Y como el Capitán Abascal parecía indeciso, Escalante insistió.

– Señor, de alguna manera, Alba consiguió controlar a Ganímedes. Si Ganímedes tiene el poder de fuego necesario, es nuestra mejor opción, pero para eso necesitamos que Alba reaccione. Por favor, permítame ir hacia Ganímedes.

– ¡Bien! Puede proceder. Acompáñese de un equipo de hombres – dijo el Capitán Abascal, y luego se puso a dar órdenes. – ¡White! ¡Nakamura! ¡Escalante y un equipo van con rumbo a Ganímedes! ¡Cúbranlos! ¡Escalante, qué espera, muévase! Y... que Dios esté con usted.

– Gracias, señor – dijo Escalante, y salió corriendo, atropellándose a sí mismo.

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Dentro del Coloso, los enemigos aracnoides ya habían conseguido alcanzar los corredores. Allí en donde la infiltración parecía más probable, se habían instalado varios piquetes de hombres, con trajes espaciales para luchar contra la ausencia de atmósfera que invadía a los sectores infiltrados, debido a la rajadura de la cubierta hacia el espacio. Al ver al enemigo, dispararon sus ametralladoras y sus fusiles de asalto. Los aracnoides reculaban, y de hecho las armas parecían ocasionarles bastante daño, pero ellos mismos también eran rápidos y avanzaron por suelo, paredes y techo de manera implacable.

Apenas los aracnoides alcanzaban a los soldados, usaban sus zarpas para atacarlos. El resultado era hombres mutilados, hombres eviscerados, hombres rajados en dos por el tronco de un solo corte. Varios aracnoides caían, víctimas de los disparos, pero aún más aracnoides conseguían abrirse paso.

Mientras tanto, Ganímedes estaba indefenso. La gente que custodiaba a la nave, había salido corriendo al remecerse ésta, antes de despegar, de manera que Alba y Numerio eran su única tripulación. Apenas los aracnoides habían conseguido atravesar la cubierta exterior, habían comenzado la invasión del interior, sin resistencia ninguna.

A través de la menterminal, Alba se daba cuenta de cómo los aracnoides se apoderaban de sección de Ganímedes tras sección de Ganímedes. Era cuestión de tiempo antes de que alcanzaran el centro de mando, y tanto Alba como Numerio estaban indefensos allí.

– Alba... ¿no hay armas a bordo de esta cosa? ¡Tenemos que defendernos! – dijo Numerio.

Pero Alba ya no escuchaba. Su mente la había desconectado de la existencia, superada por los acontecimientos, de manera que se limitaba a permanecer quieta, con su mirada extraviada en algún punto más allá de nuestro universo.

– ¿Alba? ¡Alba! ¡Alba, responde! ¿Estás bien? ¡Alba! – soltó Escalante a través de la menterminal.

– ¿Escalante? – preguntó Alba, volviendo a la vida.

– Nunca pensé que me alegraría escuchar a ese pesado – dijo Numerio, aliviado.

– ¡Alba, estoy a bordo de Ganímedes! ¡Conseguí pasar con un equipo de hombres! ¡Por favor, dime en donde estás!

– Estoy en... Estoy en... – dijo Alba, y luego, nerviosa, acumuló en su mente toda la información, y la remitió a Escalante vía menterminal.

– ¡Voy en camino! – dijo Escalante. – ¡No te va a pasar nada! ¡Te voy a rescatar, te lo prometo!

En ese minuto, los aracnoides comenzaron a golpear de manera decidida al centro de comando de Ganímedes, por su parte exterior.

– ¡Ya están aquí! – dijo Numerio, palideciendo.

Los aracnoides rasgaron las paredes de aleación, y a través de la rasgadura, empezaron a pasar. Alba y Numerio intentaron retroceder, mientras las pantallas se disolvían lentamente en el vacío.

De pronto, Alba y Numerio no dieron crédito a lo que sus ojos veían. Los aracnoides estaban siendo aplastados a puñetazos, sin misericordia alguna, reventados hasta quedar estampados como pulpa contra las paredes y el suelo. Y por detrás de la rajadura, era posible ver la figura del Golem Mayor que, de alguna manera, había vuelto a la vida, y ahora, mudo e implacable, estaba combatiendo para proteger a Alba y Numerio.

つづく 
 

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